La fiesta de Arturo
Arturo conocía a Carmen desde la escuela. Ella era la chica
que tenía la falda del uniforme más corta de la clase. A él le volvía loco
aquello, aunque sabía que no era el único que se moría por sus piernas. Los
ajetreos de Carmen eran la comidilla de él y sus amigos en los recreos: Carmen
se agachó, Carmen se sentó mal... De ese modo, un día echaron del colegio a un
viejo profesor por pasarse toda una clase mirando por debajo de la carpeta de
Carmen. Y es que la muchacha, además de bonita, siempre se mostraba provocativa.
Nunca fue una de las más populares, puesto que no era tan
liberal como las que sí; aunque físicamente no le faltaba nada para coronarse
como una más de las de ese mundillo. Carmen era delgada y alta (eso podía
explicar lo de la falda corta: esa talla que le ceñía bien estaba diseñada para
una chica de menor edad y de mucho menos estatura que Carmen), además tenía un
largo y bonito cabello ondulado negro y dos ojos marrones que cautivaban a
cualquiera. Tanto así: una vez Arturo escuchó de la boca de una compañera suya:
"me gustan los preciosos ojos de Carmen. Si yo fuese hombre, me la comería a
besos".
Con todo, Carmen y Arturo nunca fueron amigos muy cercanos.
En toda la época del colegio apenas habrían cruzado un par de palabras y algunas
miradas; gestos que le valieron a Arturo para justificar sus mejores y más
gloriosas masturbaciones.
La lejanía de aquellas épocas de relativo compañerismo
estudiantil habría de extrañar a Carmen, algunos años después, cuando ella tenía
ya 19 y Arturo estaba al borde de cumplir la mayoría de edad. Ocurrió cuando el
muchacho llamó a Carmen precisamente para invitarla a su fiesta. La chica vaciló
con la respuesta, pues no podía decir que consideraba a Arturo un Amigo. Sin
embargo, ante la insistencia del muchacho, se vio obligada a aceptar. Y ese fue
su gran error. Arturo estaba organizando una fiesta que sus amigos, 15 antiguos
compañeros de escuela, recordasen por siempre. Según los planes del cumpleañero,
el acto central de la celebración sería ni más ni menos que follar a Carmen.
***
El día de la fiesta Carmen llegó con una falda blanca que le
ajustaba por las caderas pero que después se soltaba hasta sus rodillas; nada
que ver con su sensual atuendo del colegio. Sin embargo, la prenda era un poco
traslúcida y a través de ella se veía un calzón pequeño y de encaje. De la misma
manera, tenía puesta una blusa clara muy ceñida a su cuerpo. También ésta dejaba
ver un brasiere blanco que contenía y paraba con rigor militar sus preciosos
pechos.
Cuando Carmen entró, todos los 15 muchachos la empezaron a
examinar maliciosamente. Con la mirada buscaban las formas más prácticas de
quitarle la ropa, de dejarla desnuda, de poner al descubierto todas las curvas y
quiebres de su fino cuerpo. Ella no tenía idea de lo que le esperaba. Pero algo
presintió frente a tantas miradas perversas juntas. Por ello, caminó hacia
Arturo, a quien vio a priori como un domador de bestias, y trató de refugiarse
en él. Carmen le traía un regalo. Era una colonia, una simplonería. Arturo abrió
el paquete y cuando descubrió la fragancia a penas se limitó a agradecer el
gesto. Carmen preguntó si es que no vendrían otras chicas. Arturo la engañó: "No
sé por que no han venido, pero deben estar en camino. ¿Por qué no jugamos a algo
mientras las esperamos?" Entonces todos en la habitación pararon la oreja.
—¿Qué cosa? —preguntó Carmen, juguetona.
—Juguemos "Quién es quién". Nosotros te tapamos los ojos y te
atamos las manos. Después nos formamos en un círculo alrededor de ti y tú tratas
de adivinar quién es quién, porque tú ya nos conoces a todos desde la escuela
¿cierto?
Uno de los muchachos no pudo contener la risa y rió
imaginando lo que se vendría. Carmen, por su lado, hizo gala de su inocencia y
despreció la malicia de la proposición o entendió perfectamente lo que Arturo
tramaba y, aún así, quiso seguir con el juego porque el muchacho estaba de
cumpleaños y ¡caramba!, ¡no todos los días se cumple 18!
Nunca se supo que habría pasado por la cabeza de Carmen en
ese momento. Lo que sí se advirtió de ella, y con mucha claridad, fue una
pregunta ingenua: "¿Y cómo los reconoceré?" Para ello, Arturo respondió con
mucha audacia: "esa es la gracia del juego". Con ese comentario el joven se
había evitado comentar, y oportunamente, que una vez que éste vendase a Carmen y
la deje privada de la defensa de sus manos, la muchacha se convertiría en presa
fácil de los instintos de quince enloquecidos muchachos.
Entonces, entre risas a Carmen le dieron unas diez vueltas
para preservar la fachada del juego de niños y también para marearla un poco. De
ese modo, no pasaría mucho tiempo hasta que uno de los muchachos se animó a
tocarla por un lugar indebido. Arturo se convirtió en el siguiente al apretarle
uno de sus senos y preguntarle burlonamente: "¿Quién es?". Carmen, tras sentir
una mano por su entrepierna y dos que le sobaban el trasero, se aterró y empezó
a gritar y a tratar de escapar. Cuando lo notaron, tres muchachos la
aprisionaron para atar sus muñecas al respaldar de una silla; y cada uno de sus
pies, a las patas delanteras del asiento. De pronto Carmen se hallaba
inmovilizada. Sin embargo, cuando los amigos de Arturo se dispusieron a rifar
turnos para cogerse a Carmen, se escuchó una voz adulta: "¡Vaya putita que se
han traído, muchachos!". Era el señor Sierra, el padre de Arturo. Había
escuchado el alboroto y bajaba las escaleras. "¡Yo no soy ninguna putita,
señor!", respondió Carmen, desesperada. A ver, ¿quién la trajo?", preguntó el
señor Sierra, desdeñando el comentario de Carmen. "Yo la traje, papá", respondió
Arturo, con temor. Los demás chicos empezaron a subirse los pantalones para
salir de la casa. Temían un sermón o que todo termine donde la policía. Sin
embargo, la reacción del papá de Arturo fue inesperada:
—¿Será posible, hijo? ¿Será posible que tengas tan buenos
gustos? Mira a esta perra. ¿Verdad que no está para tirársela?
—¡Déjeme ir, señor, por favor! ¿No ve que me quieren hacer
daño? —Interrumpió Carmen, tratando de adoptar otra posición que no sea la de
una prostituta; pose que le imponían sus amarras a la silla.
— Hija, despreocúpate —le dijo el papá de Arturo tiernamente
a Carmen—. Todo va a salir bien, lo que pasa es que estos chicos no saben.
—¿No saben qué, señor Sierra? —preguntó Carmen preocupada—
—¿Qué cosa no sabemos, señor Sierra? —cuestionaron los quince
chicos.
—¡No saben tirar! Eso es lo que no saben. Piensan que a una
chica tan delicada se le debe coger como si fuese una puta grande. ¡No, no es
así! A las chicas como ella, que son de buena familia, hay que darles con
cariño, primero, sino después no ceden.
Ante el asombro de todos, y de Carmen, especialmente, el
hombre le levantó la falda blanca y le bajó su ajustado calzón hasta sus
rodillas. Entonces quedó a la vista el trasero blanco y liso de la joven.
"¡Miren, niños! A las putitas hay que afanarlas bien. Les voy a enseñar: no se
les puede meter nada por el culo hasta que no estén calientes y ésta
definitivamente no lo está", indicó el señor. Como Carmen estaba muy inquieta,
el señor Sierra caminó al enfrente de ella y le comentó bajito y muy cerca a sus
labios: "No te preocupes, perrita, yo se en el fondo que estás cachonda. En
algunos minutos vas a estar gozando como nunca". Inmediatamente, le dio un beso
en la frente y regresó hacia atrás.
—¡Ustedes ya tendrán su turno! Pero, por ahora, sólo
disfrutarán de la función —Gritó el papá de Arturo mientras se bajaba los
pantalones y dejaba al descubierto su erecto pene.
Los chicos se sonrieron entre sí. Algunos se acomodaron sobre
los sillones, otros sobre el suelo. Sin embargo, todos, sin excepción, empezaron
a masturbarse mirando a Carmen. El padre de Arturo se sacudió el pene antes de
introducirlo. Luego lo metió con delicadeza. Era el movimiento más lento del
mundo y Carmen, a pesar de la escena y de toda la morbosa situación, podía decir
que lo disfrutaba. Tan lentamente entraba la verga del hombre que parecía que
nunca se iba a terminar y que nunca iba a tocar fondo. Carmen empezó a sentir
placer, de aquel que se siente cuando casi se está por llegar al tope de algo,
cuando se está apunto de iniciar un declive. Entonces Carmen descubrió que el
papá de Arturo tenía razón; toda la razón cuando le dijo que iba a gozar como
nunca. Y es que, a sus pocos años, su corta experiencia sexual no pasaba de las
mañanas de domingo, cuando se masturbaba antes de ir a misa. Pero esto sólo era
la travesura de un dedito o dos que siempre confesaba al cura al llegar a la
iglesia. No obstante, ahora era diferente. Esta vez tenía algo diez veces más
grueso y tres veces más largo penetrando su lugar más íntimo. Por ello Carmen
soltó (o más bien dejó escapar) un suspiro de placer. Fue el momento en el que
uno de los amigos de Arturo, el más gordo de ellos, se descargó manchándose toda
la barriga. "¡Eres una mierda! No puedes ser tan precoz", riñó el chico que se
masturbaba al costado.
La verga del señor Sierra penetraba las paredes vaginales de
Carmen como un cuchillo y, al llegar a su himen, lo perforó. Carmen vio las
estrellas. Y gritó, para el deleite de la muchachada. Como la presión del
movimiento apretó el capullo del papá de Arturo, éste exhaló placer y luego sacó
ensangrentado su pene de la estrecha vagina de Carmen.
El festejo fue general. Carmen aún no sabía bien qué pasaba,
pero lo presentía. Presentía que ya había perdido su insignia de virgo. Y, por
ello, el que ahora el señor Sierra le metiera nuevamente su enorme pene, ahora
sí hasta el fondo, le pareció infinitamente menos sucio. Menos aún le fastidió
que la frotación interna aumentara de velocidad o que la verga del papá de
Arturo sea tan larga que con los entra y sale se secase por partes y que por
ello todo se volviese más rasposo para ella y las paredes de su vulva. Más aún:
podía decir que lo estaba disfrutando. Carmen se sentía una putita.
El señor Sierra de pronto dio un giro a sus intenciones y
sacó su verga del coño de la muchacha. —Suficiente —dijo—, esta perra ya está
lista—. Entonces, desató a Carmen y, como ésta se tambaleaba, la empujó hacia su
hijo, que estaba sentado en un sillón de enfrente. "Gózala, hijo. Gócenla todos.
Quiero qué tan bien lo hacen", dijo el papá de Arturo mientras se sentaba al
frente y comenzaba a masturbarse.
Entonces, mientras Arturo le terminaba de quitar el calzón a
Carmen y uno de sus compañeros le abría el cierre de la falda y otro le
arrancaba la estrecha blusa por encima de su cabellera negra y otros dos se
peleaban por destrozarle el brasiere; uno de los muchachos más avispados pasó
por detrás y, aprovechado el pánico, abrió con sus manos los glúteos de la chica
y metió indiscriminadamente su verga por el ano de Carmen hasta el fondo. Ella
estaba lo bastante extasiada para permitirlo, así que suspiró con una nota
musical. Arturo tenía a Carmen delante de él. Ella estaba tan cerca del chico a
que sus senos desnudos rozaban el pecho lampiño de Arturo. Entonces él decidió
resbalarse por el sillón de modo que su verga tiesa esté a la altura de la
vagina de Carmen. Se la clavó. Ahora Carmen estaba conectada a dos machos.
Ellos no eran delicados cono el señor Sierra. Ellos cogían
asustados, temían la desaprobación del grupo. Y, como en el miedo se suelen
hacer cosas muy crueles, Arturo y su amigo cogían a Carmen con todas las fuerzas
que tenían sin preocuparse siquiera por la chica que tenían encima.
En ese forcejeo, uno de los muchachos, el que se quejaba al
costado del gordo precoz, se paró sobre el sillón de Arturo, poniendo su verga a
la altura de la cara de Carmen. Ella trató de evitar que la apunten. Sin
embargo, el que la cogía por el culo la agarró por el cabello y estabilizó la
cabeza de la chica de modo que el muchacho que estaba parado enfrente consiguió
descargar todo su semen sobre la cara de Carmen. La sustancia espesa se escurrió
por los labios de la chica. Otro de los jóvenes quiso repetir la maniobra.
No obstante, como demoraba, el papá de Arturo recomendó: "Haz
que te la chupe". El joven miró con temor a Carmen y preguntó "¿Y si me muerde
la verga?". El Señor Sierra se paró y fue donde la muchacha. Los chicos la
seguían penetrando sin parar. El Papá de Arturo miró bien a Carmen y se dio
cuenta de que la chica estaba tan excitada que había perdido toda fuerza de
voluntad. Dijo que podía estar tratando de fingir que no lo desea pero en
realidad sus orgasmos la están matando. Entonces, para probar su teoría, cogió a
Carmen por el cuello y le metió delicadamente su pene por la boca. Lo hizo de la
misma manera en la que había penetrado a la chica por primera vez. Luego sacó su
verga envuelta en la saliva de Carmen y exhortó al muchacho a que hiciera lo
mismo.
Sin embargo el chico era tan inexperto que no se pudo
contener y acabó dentro de la boca de Carmen, atragantándole la garganta con
semen. Carmen se sintió en medio de un ahogo que la hizo lanzarse a un lado a la
par que se desenchufaba de los penes de Arturo y del joven que la cogía por
detrás. Tosió un rato pero inmediatamente se sintió otra vez excitada. Entonces
se le dio por revolcarse desnuda por la alfombra. Pero no pudo moverse mucho.
Fue cercada por todos los muchachos que se habían parado al rededor de ella
deslumbrados por cómo sus pechos se habían hinchado. Uno de ellos, el que la
cogió por el culo, no pudo aguantar la visión y le regó su leche por sus
caderas. Entonces, y como una pieza de dominó que cae empujando a otra, Arturo
secundó al eyectar una buena cantidad de semen sobre las piernas largas de
Carmen. Después siguió otro y otro, hasta que todos acabaron por empaparla de
esperma. Carmen sentía la viscosidad entre sus piernas, sus brazos, sus pechos y
su cara. Había pasado por varios orgasmos uno mayor que otro y ahora se sentía
en la cumbre. Entonces empezó a masturbarse. Ahí, a vista de todos. Era una
imagen gloriosa. Pero a nadie le servía ya, porque todos los muchachos estaban
descargados, todos excepto el gordo.
El muchacho estratégicamente había acabado rápido para
renovar su semen y así tener una segunda oportunidad de gozar a Carmen cuando
todos ya estén agotados. Así que tomó a la chica, porque la tenía para el sólo y
la acomodó en cuatro sobre la alfombra. Trató de hacer la posición del perrito.
El resto de los muchachos, dado que no les quedaba de otra, empezaron a alentar:
"¡Dale, gordo, dale!, ¡cógetela toda!", "Gordo, llena de leche a esa puta",
"¡Jódela, jódela, bien, gordo!"...
El gordo pronto se cansó de follar a Carmen por la vagina y
decidió meter su verga por el culo de la muchacha. El pene del gordo no era el
más grande ni el más grueso de la noche. Sin embargo, la brutalidad del joven
sumada a su sudor, sus babas y su forma de prenderse, casi arañando el delicado
cuerpo de Carmen, hicieron que la muchacha chille como no lo había hecho hasta
entonces. El gordo también comenzó a gritar (más bien a denigrar) a Carmen: "Te
van a doler hasta los riñones, perra". El gordo cogió asquerosamente a Carmen
por le culo, hasta que sintió que ya era el momento. Había sudado demasiado.
Entonces volteó a la chica y la puso boca arriba. Le apuntó a Carmen con su
verga erecta. La sacudió un rato y comenzó a descargar su leche por litros. Se
podría decir que todo el cuerpo de Carmen se pudo remojar en la secreción del
gordo. La alfombra también quedó salpicada. Los muchachos se quedaron asombrados
de la magnitud explosión. El mismo señor Sierra se sorprendió. El gordo
realmente había gozado a Carmen. Y para pagarle, la escupió a la altura del
ombligo. El espumarajo se mezcló con el semen.
En ese momento, el papá de Arturo decidió que el godo había
maleado el asunto; así que apartó al muchacho de Carmen con un pie. Luego bromeó
un poco con él: "¡Tú mismo me vas a limpiar esa alfombra!". Entonces contempló a
Carmen tendida y mojada y acabó encima de ella. Un líquido grumoso, amarillento
y maloliente se escurrió entre los puntiagudos pechos de Carmen.