Por asuntos que no vienen al caso terminé siendo el tutor de
una mujer Europea, de unos 45 años, blanca como la leche y con un español
marcado. A mis 32 años no era nuevo para mí darle clase a personas adultas, y la
mujer esta, refinada, un poco parca, viviendo sola, me despertaba un cierto
morbo (además siempre me han gustado las mujeres mayores a mí).
Ella necesitaba presentar el examen para la ciudadanía de mi
país, y yo me dediqué a darle clases de historia y geografía de Costa Rica. Los
primeros días fueron normales, su ropa era sumamente recatada y la verdad me
gustan más las morenas que esa blancura casi total de su cuerpo, aunque también
me imaginaba esa claridad de piel contra mi piel chola, lo que unido a mi
afición por los relatos eróticos me hizo pensar un par de escenas sexuales con
aquella, según yo, mojigata mujer.
Un día se me ocurrió dejarle olvidados en su escritorio un
par de relatos de mujeres sumisas y dominadas. Ella me llamó para decirme que
había olvidado algunos papeles y yo, sin inflexiones en la voz le dije que podía
botarlos, con la esperanza de que antes de hacerlo los leyera.
La siguiente clase llegué y la ví un poco cambiada. Una falda
de army hasta la rodilla, una blusa liviana que permitía apreciar un poco su
brasier, unos zapatos de tacón alto y una hermosa cola de caballo en su negro
cabellera.
La clase seguía con normalidad hasta que ella cometió un
error de localización y yo bromeando le dije: -Hace unos años te hubiera tenido
que castigar por el error-. >Sin decir nada se levantó y colocó las manos sobre
la mesa, abrió un poco las piernas y tiró hacia atrás su trasero.
Yo estaba de pie, alucinado, con la regla de madera de un
metro que utilizo para señalar en el mapa y sin saber que hacer. Su mirada
estaba perdida sobre los papeles que estaban en la mesa y luego de un instante,
que no sabría precisar cuanto duró, tomé la regla y le di suavemente en sus
nalgas.
Dejó salir el aire de sus pulmones en un gemido de placer
inconfundible, otra vez la regla golpeó contra su trasero, suavemente, y sus
ojos se cerraron de placer. Fuera de mí le di cuatro o cinco golpes fuertes con
la vara, que fueron recibidas con pequeños gemidos de dolor, pero con una cara
de placer que me tenía fuera de este mundo.
Satisfecho de este giro en mis lecciones me detuve y le dije
que se sentara y estudiara más la próxima vez.
La lección seguía y casi al final de la misma se volvió a
equivocar. Esta vez no la dejé levantarse, con mi mano tomé con fuerza su cola
de caballo y tiré de su cabeza hacia atrás. Sus ojos se abrieron
desmesuradamente pero de su boca no salió un sólo gemido. Mi mano izquierda
metió dos dedos en su boca y haló de su mandíbula, obligándola a abrirla hasta
su máxima capacidad y sin pensarlo solté toda la saliva que tenía en mi boca en
la suya.
Por un momento pensé que me había pasado, pero la manera en
que su lengua jugó dentro de su boca con mi regalo me dio a entender que de
verdad estaba entregada. Con fuerza la levante de su pelo y la coloqué en la
misma posición de su primer castigo. Le levanté la falda y sin dar tiempo de
nada le solté dos fuertes reglazos en la parte interna de sus bancos muslos, que
los marcaron con unas claras líneas rojas.
Dos reglazos más en sus nalgas, sólo cubiertas por un calzón,
que sin ser sexy, era bastante lindo, la obligaron a gemir un poco, lo que
excitó sobremanera. La regla fue sustituida por mi mano y comencé a nalguearla
firmemente. Mis dedos pronto se animaron a tocar su vagina, húmeda y caliente, y
le arrancaron dos gemidos de placer que erotizarían a cualquiera.
Tomé dos marcadores de pizarra y los introduje en su vagina,
acomodándole la ropa y mandándola a sentar.
Su cara era de vicio, y termine la lección con una clara
erección.
Cuando nos despedimos en la puerta, sin haber sacado los
marcadores de su sexo, sólo me dijo: - Hasta la próxima clase profesor-.