Antes de preparar la nueva bebida de Naomi, volví a llenar mi
vaso de coñac y le di un buen trago. Me lo pasé lentamente, permitiendo que el
alcohol llegase a mi cerebro. No sé que pasaba esa noche, pues aunque llevaba ya
una buena cantidad de licor ingerida, no me estaba emborrachando para nada.
En el caso de Naomi no me extrañaba, pues su formidable
tamaño le permitía absorber con facilidad cualquier cantidad de vino. Pero yo
hace mucho que debía sentirme cuando menos mareado, lo cual no había ocurrido.
-¿Me tardé mucho, bebé?-, se escuchó de pronto la acariciante
voz de la Mulata, sorprendiéndome por enésima vez en la noche.
Estaba parada atrás del sofá, inclinada sobre el respaldo,
donde había situado la cabeza para apoyarla sobre uno de sus antebrazos,
directamente atrás y arriba de mi oreja izquierda.
-No, no tardaste nada, Mami-.
-Bueno-, respondió sonriendo, -pero estás en mi lugar
chiquito. Ahí en esa esquina, a un lado de la charola, va la anfitriona de la
casa.
La gigante no me dio tiempo a responder, pues bajando sus
brazos por mis costados, metió ambas manos bajo mi trasero, me levantó un poco y
me deslizó hacia un lado. Luego brincó ágilmente apoyando una mano en el
respaldo, para caer sentada en "su lugar", a mi lado.
Apenas se acomodó, volvió a manipularme como pluma,
colocándome sobre su regazo de frente a ella. Una mano se apoderó de mi muslo y
su boca bajó sobre la mía, haciéndome ver estrellitas por algunos minutos.
Cuando me separó de ella, yo estaba de nuevo temblando, con
los ojos cerrados y las manos aferradas al cuello de su bata.
-Que rico besas, chaparrito-. Su voz me sacó de mi
ensoñación. Abrí los ojos y me encontré con su sonrisa relajada y sus ojos
posesivos.
-Con esa boquita de fresa que tienes-, agregó, acariciándome
los labios, -has de hacer muchas cositas ricas, además de besar bien-.
-Yo…Mami…no sé…creo…-….
-Pero eso, niñito, lo averiguaremos más adelante. Ahorita mi
modelo favorito me va a mostrar una nueva batita de temporada.
-Si, Ma-Mami, no se me olvida-, contesté, inseguro. -Ya te
voy a modelar-.
Dispuesto a cumplir con mí promesa, bajé de su regazo y me
alejé de ella, hasta llegar a mediación de sala. Ahí di la media vuelta y la
encaré. Esperé unos momentos y empecé a "modelar" para Naomi...
Durante casi 20 minutos lo intenté con ganas. Caminaba
contoneando las caderas, me paraba de medio lado, giraba sobre mi mismo. Imité
todo lo que he visto en los desfiles de modas, pero sabía que no estaba haciendo
un buen trabajo y no estaba complaciendo a mi exigente "público", a la alta
chica que me observaba muy fijamente, sentada en el sillón.
-Chist, chist…-, la gigante me interrumpió, chistándome y
llamándome con un dedo. Cuando me tuvo a su lado, se recargó hacia delante, puso
la barbilla en una mano y con la otra empezó a acariciar mi culito, por debajo
de la bata.
-¿Qué pasa, chaparrito?-, dijo entonces, sonriendo ante mi
cara de enfurruñado. -¿Mi modelito de Calvin Klein no está inspirado hoy?-.
-¡No me sale, Mami!-, respondí frustrado, pues realmente
quería complacerla. – ¡Y yo …-…
-Ya, ya-, me apaciguó, pasando superficialmente un dedo por
la separación de mis nalgas. –Es que no es fácil pequeño, si no, cualquiera con
tu cuerpecito de azúcar, fuera modelo.
-¡Pero Mamita, yo sé que puedo, si tan sólo…-…
-Nada, nada-, me interrumpió nuevamente, con dos dedos en mis
labios. Luego se quedó pensando unos momentos y sonrió: una idea acababa de
pasar por su mente.
-Mira bebé, lo que te falta es tan sólo un poco de
inspiración-.
-¿Inspiración, Mami?-, respondí metiéndome entre sus piernas,
sugerente.
-No niñito cachondo, no esa clase de inspiración-, me
reprendió con una nalgadita.
-¿No?-, repuse desilusionado.
-NO. Lo que quiero que hagas es que me traigas una caja de
madera de aquel librero. Es igual a donde empacan cigarros habanos y está en el
treceavo estante, de abajo, hacia arriba, del lado derecho.
Volteé a la pared que indicaba su dedo y pasé saliva.
-¡Pero está altísimo, Mami!-.
-Ahí está una escalerita, bebé, de las que se usan en las
bibliotecas. ¿La ves? ¿Si, verdad? Bueno, ándele chiquito, obedezca a Mami-.
La instrucción fue otra vez cariñosa, pero inapelable e,
impulsado por una buena nalgada, me dirigí al alto mueble. En cuanto subí a la
escalera, me di cuenta que ni así llegaba al dichoso treceavo nivel, pero Naomí
aparentemente ya lo tenía previsto.
-Sí, ya veo que no alcanzas, Cosita, pero no hay problema,
puedes escalar por el librero-.
-¿Escalar? Pe-pe-pero…¿y que tal si…?...-.
-No se preocupe, mi Chiquito-, me interrumpió, cómodamente
cruzada de piernas y disfrutando su whisky. –Ese mueble es resistente y no le va
a pasar nada. Ándele, bebé. Trépese como changuito, para Mami-.
Yo no estaba precisamente preocupado por el maldito librero,
pero no me quedó mas remedio que arriesgarme a un zapotazo y empecé a trepar.
Apoyaba pies y manos en lo entrepaños, subiendo poco a poco, aprovechando que
había espacios entre los libros, adornos y otras cosas que llenaban el anaquel.
Cuando mis manos alcanzaron el décimo estante, la Mulata
expresó:
-¡Ahí! ¡Ahí mero, nenito!-.
-¿Aquí?-, pregunté dudando, extendiendo más el brazo y
tanteando con los dedos, pues no alcanzaba a ver. -¿Segura, Mamita? Creo que era
más arriba, ¿no?-.
-No pequeño, ahí exactamente…-…
-¿Segurita, Mami? ¿Aquí?-, insistí, sosteniéndome de
puntitas-.
-…ahí exactamente se le ve toooodo el culito a mi bebito…
¡Bien rico!-.
-¡MAMI!...-. La brusquedad con que bajé una mano para jalarme
la bata hacia abajo e intentar cubrir mis redondeles, casi hizo que me cayera.
Ella estaba carcajeándose, mientras que yo, intensamente ruborizado, trataba de
mantener el equilibrio.
-¡Ay, chiquito chulo! ¡Discúlpame!-, pudo decir finalmente,
limpiándose las lágrimas de los ojos. –Es que en serio, ahí trepadito, te lucen
deliciosas las nalguitas, bien esponjositas. ¿O que, pequeño? ¿Te molesta que te
mire Mamita?-.
-Nno….no, Mami…-, respondí a duras penas, abochornado por
mirada traviesa, aún fija en mi trasero.
-¿Te incomoda que te diga que tienes un culito apetitoso y
respingón? ¿Eh, flaquito?-.
-No…no es eso, pero…-…
-¿Pero que, caramelito?-.
-Es que me distrae, Mamita, me pongo todo nervioso y baboso…
¡Y ahorita se me hace que doy el ranazo hasta abajo!-.
La gigante volvió a reír como colegiala. Luego se paró y
empezó a hablar mientras se acercaba a mí.
-¡Ay, Carlitos! ¡De verdad que eres un primor! ¡Aparte de
guapito, me haces reír como nadie! Si yo no fuera tan posesiva, te rentaría para
despedidas de soltera. ¡Conozco muchas chicas, con gustos especiales, que
pagarían fortunas por disponer unas horas de un muñequito como tú!-.
Cuando llegó al librero, Naomi retiró la escalerilla y se
colocó pegada al estante, exactamente por debajo de mí. Lo que hizo a
continuación, provocó que volviera a tambalearme.
-¡Mmmmm-, expresó, mordiéndose un labio y deslizando sus uñas
por mis pantorrillas, en dirección hacia arriba. –El panorama se aprecia mejor
de aquí…-…
-¡Mami! ¡Te pasas!-, reproché yo, agarrándome
desesperadamente del mueble y luchando con el escalofrío que me recorrió la
columna.
-Bueno, bueno, ya-, respondió conciliadora, retirando sus
manos y cruzándolas a la espalda. –Ya no voy a tocarte, ni a decir nadita, mi
niño…-…
-Por fa, Mami…-…
-…nomás voy a aprovechar la vista, nalgoncito…-…
-¡Mamita! ¡Ya! ¡De veras me voy a caer!-. Yo no podía evitar
sonreír y sonrojarme, halagado por el deseo que veía en sus ojos. Pero realmente
sentía el riesgo de precipitarme al piso.
-OK, bebito, OK. Ya me voy a portar bien, para que puedas
agarrar la caja -, respondió como frustrada, pero luego agregó con tono pícaro:
–Pero si te caes, entonces sí tendría que hacer algo…
-¿Qué Mami?-, pregunté, empezando a volver a trepar.
-…RECOGERTE, culoncito… ¡Y bien RECOGIDITO!-.
Ahora sí perdí el equilibrio, excitado por el cachondo
ronroneo. Mis pies resbalaron y quedé colgado por los dedos. No alcancé ni a
gritar, por que la gigante acudió como rayo en mi auxilio, sosteniéndome por las
caderas. Me asusté terriblemente.
-¡Ya ves, Mami! ¡Ya ves!-, empecé a regañarla, mas
atemorizado, que violento y ella así lo entendió.
-Perdón, chiquito, de veras perdóname, ya no te voy a
distraer-, respondió ella, denotando preocupación y arrepentimiento y levantando
mí peso hasta que pude volver a apoyar los pies. Luego me sostuvo por el trasero
y me dijo, con dulce amabilidad.
-Anda, Cosita, ya baja esa cosa, que yo te sostengo mientras.
Ya no te quiero ver ahí trepadito, que ya me dio miedo que te me caigas y te
lastimes, chiquito-.
-Pe-pero, Mamita, tus…tus manos…-…
-¿Qué tienen mis manos, pequeño? Te quiero detener…-…
-¿No…no me vas…a hacer travesuras, Mamita?-.
La gigante parpadeó, confundida y luego observó el sitio del
que me estaba sujetando. Sus largos habían quedado envolviendo mis desnudas
nalgas, separándolas involuntariamente y dejando mi culito peligrosamente
expuesto y muy cerca, de sus dos gruesos pulgares.
La Mulata sonrió al comprender mi preocupación y retornó a mi
rostro para tranquilizarme.
-No te preocupes, Cosita, no te voy a hacer nada-, dijo,
aventándome un breve beso. –Es la única parte de la que puedo agarrarte, cielito
y de verdad no me perdonaría si te caes. ¿OK?-.
-OK, Mamita-, respondí, todavía con cara de temor, pero
devolviéndole el beso. –Ya voy a seguir subiendo, Mami-.
Cuando finalmente alcancé el susodicho anaquel 13,
rápidamente palpé un objeto de las características indicadas. Lo tomé y lo
mostré por atrás de mi hombro.
-¿Es este, Mami?-.
-Ese mero es, pequeño. Déjalo caer-.
Escuché claramente cuando Naomi atrapaba la caja y también la
oí sugerir:
-Bueno, bebé, ya no quiero esperar a que bajes solito.
Suéltate y te dejas caer hacia atrás-.
-Pero, Mami-…-, empecé a objetar, nuevamente asustado.
-No pasa nada, nenito-, me calló con firme ternura. –NUNCA
permitiría que te hicieras daño, eres mi cosita mas preciada, mi figurita de
cristal.
Su voz me llenó de seguridad y más cuando reafirmó:
-Un niño lindo como tú, seguramente ha sufrido muchos abusos
y maltratos, por pura maldad y envidia, pero de aquí en delante NADA te va a
pasar. YO te voy a cuidar. ¿OK, bebé?
-OK, Mami-, respondí sin dudas y halagado por su tono
protector.
-¿Confías en mi, pequeño?-.
-Como en nadie, Mamita-.
-Entonces cuando yo te diga, te empujas con las manos hacia
atrás y dejas apoyados los pies. ¿OK? ¿Listo, chiquito? ¡Va! ¡Una, dos y…tres!-.
Me arrojé al vacío. Naomi tenía razón y siempre había tenido
que luchar contra atropellos y humillaciones. Tal vez, de verdad, necesitaba de
alguien fuerte y amoroso, como ella, para protegerme.
La tibieza y rapidez con que sus brazos y su voz me
recibieron, me dijeron que quizá había acertado.
-¿Estas bien? ¿No le pasó nada, a mi pajarito?-, expresó la
gigante con melosa preocupación, apretándome contra sus tetotas y palpando todo
mi cuerpo, como si de verdad pudiera haberme lastimado en el breve vuelo.
-No, Mamita-, respondí quedito, pasando mis manos por el
bello e infantil rostro. –Contigo cuidándome, nada me puede pasar-, y la jalé
por la nuca, para besarla.