Continuación de:
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El viernes siguió su
camino, y Joan se fue de casa de Lucía antes de que llegaran los padres de la
muchacha. Lucía se apresuró a rehacer la cama de sus padres donde, tras su
masturbación y la posterior “violación” de Joan, las sábanas habían quedados
hechas un amasijo de tela a los pies del colchón. Escamoteó una nueva píldora
“anti-baby” de la cajita de su madre y se puso a ver la tele sin siquiera ganas
de buscar una peli porno. Su sexo estuvo irritado durante horas.
Cenó sola Niña Lucía.
Llegaron luego sus padres y detrás de ellos llegó el sábado. Y con las primeras
luces del sábado, sus padres se volvieron a marchar al trabajo. Ya no los vería
en todo el día, y Lucía, sola y aburrida, cogió su móvil.
Joan. Stoi en ksa sola. Vn
y t dare lo q t prometi. Un bso dnd tu sabs.
I. De compras.
Niña Lucía sabía que tenía
algo de tiempo hasta que Joan despertara y viera el mensaje. Se duchó, se
vistió, cogió su bolso y su grueso abrigo para no ser reconocida y salió a la
calle. No tuvo que caminar mucho. Su destino estaba a menos de tres manzanas de
su casa. Se paró ante la puerta, miró a uno y otro lado y entró.
“ho-hola.”- le tembló la
voz a Lucía. Era la primera vez que entraba en un local de esos, y tanto objeto
y tan explícito la incomodaban.
“Muy buenas, chiquilla.
¿Puedo ayudarte?”- le respondió la dependienta, una guapa joven de aspecto
“alternativo”, mirándola divertida.
“Verás… yo… esto…”- Los
ojos de Lucía no estaban quietos. Viajaban de un lado a otro y, cada vez, su
cara iba tomando tintes más rojizos. Se acaloraba. Tuvo que quitarse el abrigo.
La dependienta rió.-
“Tranquila, pequeña. No le tengas miedo a estas cosas. Ya estás en edad de
usarlas.”- aquellas palabras de la mujer calmaron muchísimo a Niña Lucía. “Ya
estás en edad de usarlas.” Era verdad. Ya era toda una mujer en todos los
sentidos (excepto en sus pechos, que se negaban a dar el salto definitivo a la
culminación de sus sueños). Se decidió.
“Quisiera un bote de
lubricante. Hoy quiero darle a mi chico algo especial”
“Vaya. Una chica
aguerrida. ¿Cuántos años tienes?”- preguntó la joven dependienta del sex-shop.
“¿Importa?”- la
inseguridad volvió a hacer mella en Lucía.
“Si te digo la verdad. NO.
Si quieres comprarlo te lo voy a vender igual. Porque si quieres hacerlo lo vas
a hacer igual y el que hayas venido aquí demuestra dos cosas. Una, que quieres
hacerlo bien. Y si no te vendo el lub, seguro que tú y tu amiguito lo intentáis
con cualquier otra cosa y puede ser peligroso… y otra, que tienes unos ovarios
muy bien puestos, pequeña. Con tu edad yo no hubiera entrado en un local de
estos ni soñando. “
Sonrió Niña Lucía. Sonrió
también la dependienta, que puso encima de la mesa un botecito de lubricante y
guiñó un ojo a la muchacha.
“¿Sabes cómo hacerlo? ¿La
limpieza previa y todo eso?”- inquirió la dependienta. Niña Lucía, con las
mejillas avergonzadas, movió negativamente la cabeza.
“Bien. Esto del lubricante
no tiene misterio, es untar bien la entrada, untar la punta de la polla de tu
amigo e intentarlo poco a poco. Primero que use los deditos para agrandar porque
si no te va a reventar, preciosa. Pero antes vas a tener que hacerte una
limpieza…”
“¿Limpieza?”
“Claro. ¿No querrás que a
tu amigo se le manche el rabo de mierda?”- Niña Lucía, azorada, no supo
contestar.- “Mira, podéis usar un enema, o, directamente usar la manguera de la
ducha…”
“¿Cómo?”- Niña Lucía pensó
en la ducha de su casa, y la alcarchofa en que acababa, mucho más grande que un
puño.
“Digo sólo la manguera,
niña. Y no tienes que metértela… si no quieres.”- la mujer guiño el ojo
izquierdo.- “Le quitas la última parte, abres el grifo con agua tibia y apuntas
bien a tu agujerito. Sentirás que el vientre se te va llenando. Aguantas un
poquito y luego lo echas todo. Saldrá mucha “agua sucia”, y tendrás que repetir
la acción unas cuantas veces. Pero todo sea por hacerlo higiénicamente. ¡Ah! Y
controla a tu amiguito, que los hombres pierden la cabeza ante un culito como el
tuyo…”
Niña Lucía rió. La
dependienta observaba su culo. Era verdad. Era un buen culo. Sin ninguna duda.
Los hombres perdían la cabeza ante un culo como ése.
“Por cierto, con tu
amiguito no hace falta, pero si vas a follarte a algún otro, usa preservativo.
Que no habrá riesgo de embarazo, pero nunca sabes lo que te puedes encontrar por
ahí y esto es más peligroso que un polvo normal.”
“Entendido.”- asintió Niña
Lucía con una sonrisa. Aunque era extraño. Hasta que no lo oyó de palabras de
esa desconocida, jamás pensó en follarse a “algún otro” que no fuera Joan. ¿Por
qué se lo habría dicho aquella mujer? Sin embargo, ahora, la idea no le parecía
tan lejana…
Niña Lucía cogió el bote,
disimulado en una bolsa blanca, sin logotipo, pagó católicamente y, antes de
salir del local, se volvió hacia la dependienta y la miró a los ojos.
“Quince”.- Dijo.-“Tengo
quince”.
“¡Te espera un futuro
cojonudo, niña!”- exclamó la mujer, alzando los pulgares al cielo.
Niña Lucía sonrió, salió
del sex-shop con el abrigo doblado sobre el brazo y la cabeza bien alta y se fue
a su casa.
Nada más llegar, buscó el
móvil, que se había dejado olvidado. Un mensaje. De diez minutos antes. Joan.
Boy xa alla.
Conciso. Directo. Nervioso
y apresurado. ¡Cuánto decía aquél mensaje de Joan en esos momentos! Niña Lucía
se dejó caer en el sofá sonriendo, aún con la bolsa con el bote de lubricante en
las manos. Otra barrera. Iba a romper otra barrera. Ya estaba segura. Si no
hubiera tenido que conocer a su tío, estaba segura que habría entregado su
virginidad a Joan. Ahora lo iba a hacer. Otra virginidad, pero se la iba a dar a
Joan. Se lo merecía.
El timbre la sacó de sus
pensamientos. De un salto, se levantó del sofá y fue hasta la puerta. La abrió
y, sin siquiera una sola palabra, se lanzó a los brazos de Joan y lo besó con
una pasión que la superaba.
Entraron en casa y
cerraron la puerta.
II. Agua sucia
“¿Preparado para el
regalo?”- suspiró Niña Lucía al oído de Joan.
“Si tú estás dispuesta,
estoy preparado.”
Niña Lucía sonrió y lo
llevó al baño de la mano.
“Primero, vas a tener que
limpiarme”- A Lucía no le sorprendió la cara de extrañeza de su novio.-
“Duchémonos antes”.
A Joan la idea le
convenció. Sonriendo, y sin dejar de mirar el cuerpecito delgado de Lucía, cada
vez más desnudo, comenzó a desvestirse. Cuando acabó, Niña Lucía ya estaba
calentando el agua de la ducha.
“¿Vienes?”- preguntó,
metiéndose en la ducha y comenzando a mojar su cuerpecito desnudo.
Joan tembló. Jamás pensó
que Niña Lucía podía asemejar tan lasciva, con el agua cayendo sobre ella,
empapándola, creando ríos por su torso casi plano y sus piernas, pegando la
corta melena rubia a su cara. Su polla, por fin desnuda, empezó a despertar.
Joan se introdujo en la
ducha y cerró la puerta de plástico traslúcido tras él. La ducha era pequeña,
pero lo suficientemente grande como para que los dos pudieran moverse sin
problemas.
Niña Lucía apuntó los
chorritos de la ducha hacia el pecho de Joan, al tiempo que con la otra mano
rodeaba y comenzaba a acariciar su polla. Joan suspiró. El agua resbalaba por su
pecho y bajaba en tropel hasta calentar la verga que se estremecía en la mano de
Niña Lucía. Se mojaron los dos, juntos, acariciándose, hasta acabar empapados.
Niña Lucía, el doble.
Entonces la muchacha
comenzó a desenroscar la alcarchofa de la ducha, dejando que el agua saliera en
un solo chorro a través de la manguera.
“¿Me vas a limpiar antes,
cariño?”- preguntó Niña Lucía, con voz y gesto de niña buena. La niña buena que,
sabía, hacía mucho que había dejado de ser.
Joan cogió la manguera de
la ducha, que seguía vomitando agua constantemente, mojándolos a ambos. Lucía se
volvió y puso sus manos sobre la pared de azulejos, al tiempo que alzaba su
culo.
“Apunta dentro. Pero con
cuidado, Joan.”- Lucía temblaba. Nervios, frío, impaciencia, excitación… quizá
algo de miedo. No. Miedo no. Confiaba en Joan. Sin duda.
Joan, aunque Lucía no lo
viera, asintió. Se había quedado sin palabras. Disminuyó la fuerza del chorro y
lo enfrió un poco manipulando las ruedecillas del grifo. Antes de apuntar al ano
de Lucía, comprobó varias veces el agua sobre el dorso de su mano. Cuando vio
que ya no podía hacerle daño a su chica, se agachó tras ella y, con la mano
izquierda, separó las nalgas de la joven, descubriendo allí en medio, su
fruncido agujerito. Joan, como Niña Lucía, sintió un escalofrío al pasar la yema
de su dedo sobre aquella zona tan prohibida.
La acarició un poco hasta
que la sintió palpitar, boquear mínimamente como un minúsculo pez sacado del
agua. Luego, aplicó el extremo de la manguera, con su ya débil chorrito de agua
tibia, entre las nalgas de Lucía, y maniobró hasta que sintió que el agua ya no
caía y que, por consiguientes, entraba en el cuerpo de Lucía.
La muchacha siseó. Sentía
su estómago llenarse. Poco a poco, sin prisa y sin pausa, hasta que un pinchazo
en su bajo vientre le indicó que no cabría mucho más allí dentro.
“Espera”- gimió la joven,
y Joan alejó rápidamente la manguera. Niña Lucía, acariciándose el vientre como
si llevara un bebé allí dentro, salió de la ducha y se dirigió al váter. Se
sentó e hizo fuerza. Oyeron, ella y él, diminutos trozos sólidos cayendo sobre
el agua, disimulados por un fuerte chorro que se precipitaba del mismo sitio. El
culito de la adolescente.
Cuando hubo vaciado toda
el agua, Lucía volvió a la ducha y se colocó en la misma posición.
“Otra vez”- susurró ella,
y Joan obedeció. Repitieron la acción. El agua volvió a inundar la puerta
trasera de Lucía y ella volvió a vaciarla sobre el váter, echando ahora mucha
más agua sucia que cualquier otra cosa. Nuevamente, Lucía regresó a la ducha
aunque, esta vez, trajo consigo un pequeño bote.
Volvió a colocarse de
espaldas a Joan y le abrió el bote.
“Antes de la última vez,
palpa por dentro.”- Joan miró a su chica, observó el bote y volvió a mirar a
Niña Lucía.
“Vale.”- con lentitud,
metió su dedo en el bote y lo sacó embadurnado de gel transparente. Abrió por
tercera vez las perfectas nalgas de Lucía y embadurnó con su dedo la entrada de
la quinceañera. Niña Lucía dio un respingo al notar el gel frío tocar su piel
desprotegida. Joan, con lentitud, fue introduciendo poco a poco el dedo por
aquel agujerito.
Niña Lucía notaba cómo el
dedo de Joan traspasaba lentamente su ano, buscando un camino libre por el que
avanzar. Le gustó. Le encantó la sensación. Aquel dedo tocaba puntos que jamás
pensó que fueran tan placenteros. Bajó una de sus manos a su clítoris y,
mientras el dedo de Joan alcanzaba su máxima capacidad de penetración, Lucía
comenzó a masturbarse.
“Fóllame con el dedo.”-
murmuró la muchacha, ya con la respiración agitada. Joan ni siquiera lo pensó,
obedeció sin rechistar y comenzó a sacar, para después meter otra vez, el dedo
que hurgaba el esfínter de la chica.
Niña Lucía frotaba su sexo
con rapidez, casi desesperación, mientras su ano, penetrado dulcemente por aquél
fino dedo, se amoldaba al invasor. Los gemidos no se hicieron esperar. Joan
cogió, con la mano que quedaba libre, el lubricante del suelo de la ducha y,
tras sacar el pequeño invasor del ano de Niña Lucía, embadurnó un segundo dedo
(el corazón, el más largo) e introdujo ambos lentamente en el culo de ella.
“¡Dios! ¡Sí!”- exclamó
Niña Lucía sin dejar de masturbarse. Los dos dedos de Joan se abrían paso en su
interior mientras su propia mano se encargaba de darle placer a su sexo
caliente.
Los gemidos fueron
subiendo de volumen. Los dedos (tanto los de Joan como los de Lucía), fueron
subiendo de velocidad. Niña Lucía se atrevió a introducir por su coño también un
par de dedos, y pudo sentir los de Joan separados de ella por una fina pared. Le
seguía el movimiento, se acopló al rápido vaivén de Joan para que sus dedos
turnaran su máximo apogeo en el interior de su cuerpecito adolescente. El agua
que había quedado en el interior de su recto (ya no tan sucia) se filtraba entre
los dedos de Joan. Su flujo se filtraba entre sus propios dedos. Comenzó a
temblar más notoriamente, sus dedos y los de Joan se complementaban en su
interior.
Gritó. Y a su grito todo
se detuvo. Los dedos de Joan, sus propios dedos, sus gemidos. El orgasmo hizo
suya a Niña Lucía que, incluso, tuvo los ojos en blanco por unos segundos. Joan
sintió sus dedos siendo apretados y aflojados por el cuerpo en clímax de su
novia. Cuando Niña Lucía dejó de temblar, los sacó y ella cayó sobre él.
Su cara era un poema. La
mirada (su bella mirada de ojos azules) parecía perdida aún en un mágico mundo.
Su cara mostraba una sonrisa satisfecha, cubierta de sudor.
Cuando Niña Lucía se
recuperó, volvió a colocarse en posición, aunque sus piernas amenazaran,
cansadas, con no aguantar su cuerpo. Joan introdujo (ahora sí) un par de
centímetros la manguera chorreante en el interior de Lucía, y la mantuvo allí
hasta que Lucía dijo un “Ya” que él sentía como orden irrechazable.
Lucía dejó caer nuevamente
en el interior del inodoro toda el agua sucia que quedaba en su interior. Un
minuto después, ella, él, y el bote de lubricante iban hacia su cuarto.
III. La estrecha senda. PX
Los dos, aún desnudos y
medio-húmedos (las toallas habían durado bien poco ante la impaciencia de los
adolescentes), se tumbaron sobre la cama, cayendo encima de sábanas, almohada y
peluches. Niña Lucía hizo ademán de quitar sus muñequitos de felpa de allí, pero
Joan lo impidió.
“Déjalos ahí.”- sonrió el
joven. Lucía le devolvió la sonrisa perversa y se lanzó a besarlo.
Dejaron el gel sobre la
mesita, abierto, y procedieron a colocarse en posición. Niña Lucía, esquivando
peluches, se colocó a gatas sobre la cama. Sus pequeños pechos colgaban
levemente de su torso. Miró hacia atrás, entre sus piernas, Joan, de rodillas,
cogía el lubricante. Primero, se untó bien sus tres dedos centrales de la mano
derecha, y con ellos mismos, se encargó de lubricar el ya algo dilatado ano de
su chica.
Metió dos y, nuevamente,
comenzó a masturbar a Niña Lucía, haciendo hueco para que, en poco tiempo,
pudiera meter el tercer dedo. Lucía sonreía, y se abandonaba a las
manipulaciones de Joan. Uno, dos dedos. Uno, dos dedos. Su culo palpitaba, y
ella mordía uno de sus peluches para no gritar de placer. El tercer dedo pronto
encontró sitio y se sumó al movimiento de sus compañeros.
Niña Lucía se sentía en
las nubes. La otra mano de Joan quiso sumarse a la fiesta e introdujo un dedo
(extrañamente frío) en el ahora estrecho coño de Lucía. Masturbada por sendos
santuarios, Lucía temblaba. Ahogaba en el algodón de uno de sus peluches los
gemidos que se callaba. Aun tras el orgasmo anterior, nada hacía parecer que un
segundo clímax tan fuerte y poderoso como el otro no fuera posible.
“Hazlo ya.”- rogó Niña
Lucía, y Joan extrajo sus dedos y, tras untar de gel su durísima verga, la
apuntó al abierto agujerito de Lucía, que se abría y cerraba, palpitando, como
pidiendo algo que lo llenara. Y allí estaba. La polla de Joan dispuesta a
rellenar el culo de Lucía.
La introdujo sin
contemplaciones, y a Lucía se le escapó un mísero “ay” que casi no le dolió.
“Controla a tu amiguito” le había dicho la dependienta del sex-shop.
“¿Confías en mí, Joan?”-
inquirió Niña Lucía, sintiendo cómo aquella polla se hundía sin problemas hasta
el fondo.
“Por supuesto.”
“Pues no te muevas”-
sonrió ella, y comenzó a moverse lentamente, adelante y atrás, metiendo y
sacando la polla de Joan de su culo. A Joan no le importaba que fuera Niña Lucía
la que llevaba el tempo. Mejor incluso para él. El placer, la presión del
esfínter de Lucía sobre su verga eran incluso mejores. Jadeó. Una de las manos
de Niña Lucía volvió a su sexo, para aumentar aquella sensación de gusto.
La quinceañera comenzó a
gemir. Su respiración estaba incontrolada. No era sólo el placer. Era algo más.
Algo que podía superarlo. Morbo. El morbo de lo prohibido. Sexo anal, acto
contra natura, propio de putas, y no de quinceañeras. Sexo anal. Y la polla de
Joan, penetrándola por detrás. No. No era la polla al que la penetraba. Era ella
quien se penetraba con esa polla hasta que los cojones golpeaban sus nalgas y la
mano con la que se masturbaba.
Los movimientos comenzaron
a acelerarse, la tranca de Joan ya se encontraba a gusto en ese culo que la
cerraba como un guante y el vaivén perdió cuidado y ganó en lujuria. En la casa
sólo se escuchaban los gemidos de Lucía, apagados por el peluche, los jadeos de
Joan y el choque de las pieles.
Joan no podía creerlo. El
culo de Lucía. ¡Se sentía tan bien! Los peluches, que poblaban la cama, le
devolvían la realidad que tanto le gustaba. Poco más que una niña, poco menos
que una mujer hecha y derecha. Estaba sodomizando a Lucía. A Niña Lucía. Y ella…
lo disfrutaba.
“joder, joder… ¡Oh, Dios
mío!”- A Niña Lucía ya no le importaba blasfemar. Que, cuando se está follando,
aunque sea por el culo, el único dios que existe se llama “placer” y su misa es
un orgasmo a la que los dos, Lucía y Joan, marchaban a grandes pasos cogidos de
la mano.
El cuerpo de Lucía no
paraba. Joan, llevado por la excitación, empezó a responder los movimientos de
Lucía, haciendo más profunda cada penetración y, como ella no se quejaba, al
contrario, los gemidos aumentaban, siguió con sus movimientos.
Niña Lucía casi sentía que
no le hacía falta masturbarse. El placer anal que sentía la estaba llevando
lejos, muy lejos. Lo que antes era frío gel lubricante, ahora era un fuego que
los ardía.
Niña Lucía cerró los ojos.
Detuvo su mano, detuvo su cuerpo. No detuvo la respiración porque era imposible,
sus pulmones tenían vida propia. Una, dos, tres, cuatro embestidas de Joan. Una,
dos, tres, cuatro campanadas dentro de su cabeza. Mordió el peluche que tenía
enfrente.
El murmullo que se oyó fue
sólo la milésima parte de un grito que se apagó en el peluche. El orgasmo, como
todos, total y poderoso, tuvo una fuerza incluso mayor que los anteriores. El
morbo y el sexo se habían juntado en ese clímax al que, por fin, tras mucho
aguantarse (casi hasta el límite de lo humano), Joan pudo sumarse. Se corrió
como un animal en el coño de Lucía mientras los dos temblaban como poseídos.
Tras aquél orgasmo, cuando
Lucía pudo recuperar la capacidad de andar, marchó al baño. Se sentó en la taza
y echó, sobre el agua sucia, el semen y el lubricante que quedaban en su culo.
Sonriendo, volvió hacia Joan. Volvió A Joan.
“¿Qué te ha parecido?”-
fue Joan el que lo preguntó.
“Hay que repetirlo. Pero
otro día. Hoy creo que ya no tengo fuerzas para nada”- murmuró Lucía, tumbándose
al lado de su desnudo chico y dándole un tierno piquito.
“Te entiendo. Yo también
estoy agotado”
Otro beso no tardó en
caer. Tras él, Niña Lucía preguntó, con una sonrisa traviesa:
“¿Y qué será lo próximo?”
“Lo que tú quieras. Sabes
que haré lo que tú quieras.”
Subiéndose sobre Joan,
haciendo que su verga, que ya empezaba a decaer, quedara bajo el cuerpo
adolescente de la joven, Niña Lucía dijo:
“¿Sabes? Algún día haré
que te arrepientas de eso que acabas de decir.”
Se inclinó sobre él… y lo
besó, dejando en el aire el misterio de sus palabras.
Continuará.
Kalashnikov.