Sin condón
El apagonazo nos dejó en pausa. El trabajo olvidado en la
computadora y el sillón demasiado cálido.
-Juguemos a las posturitas- le dije con todo el morbo del
mundo. Y ella, deseosa como yo, aceptó de inmediato.
Se subió sobre mi cuerpo y comenzamos a besarnos. Su boca, su
mentón, nuestras lenguas jugueteando como lenguas danzarinas de fuego sobre una
candela.
Mis manos en sus grandes nalgas, el pantalón bajo de cadera
que me dejaba tocar el nacimiento de ellas.
Su escote le permitía a mi lengua licencias que sólo se
obtienen revolcándose sobre un sillón. Poco a poco mi camisa y su blusa
desaparecieron. El contacto de mi pecho contra los suyos… lujuria. Mi boca en su
cuello y sus suaves gemidos taladrando mis oídos.
Mi boca descendiendo hacia sus pechos, sus ricos pezones
entrando en mi lúbrica cavidad bucal. Mi lengua haciendo círculos sobre su
areola, dando golpecitos en su erecto centro, mis dientes dando pequeños
mordiscos, apretando hasta sentirte revolver avisando que llegas al límite de tu
aguante, apretando un poco más y luego la liberación, tu pezón que queda
caliente por la "cruel" caricia y mi lengua que apaga el dolor poco a poco.
Mis manos ya dentro de tu pantalón, tomándote de las nalgas y
forzando a la estorbosa prenda a bajar cada vez más.
Pronto quedas sólo en un sugerente cachetero y te acuesto
sobre mis piernas, como niña castigada y mis manos dan suaves nalgadas que van
aumentando en intensidad. Mi mano derecha se mete entre tus piernas y acaricia,
sobre la tela, la humedad que permea hacia fuera, mientras mi mano izquierda
sigue "castigándote" por excitarme tanto.
Mis dedos se meten bajo la tela de tu ropa interior y cruzan
la húmeda entrada de tu sexo, dos dedos se mueven con deleite dentro de ti, mi
boca besa y chupa tu espalda, y al oído te digo lo rica que estás, lo que me
gusta tocarte, todo con ese tono de voz que te encanta.
Tus manos no se quedan quietas y me van despojando,
lentamente por la incómoda posición, de mi pantalón. Quedó en bóxer y tu ávida
boca se dedica a chupar mi pene sobre la tela, lo muerdes, aprietas tu cara
contra él, restriegas tus mejillas en mi virilidad.
Poco a poco nos despojamos de esa pareja de prendas
rezagadas, desnudos en el sillón nos contemplamos extasiados, como midiendo el
rival de tan delicioso encuentro. Más besos, esta vez sintiéndonos piel a piel,
rozándonos con descaro.
Te recuesto en el sillón y me pierdo entre tus piernas, mi
boca y mi lengua serpentean por tus muslos, tus pantorrillas, tus tobillos, tus
pies. Con desesperación caigo sobre tu vagina, húmeda y sabrosa y la exploro con
la lengua, primero en el canalito que queda entre los labios mayores y menores,
y luego internándose con firmeza en ti. Beso tu clítoris, lo tomo con mis
labios, lo acaricio con la lengua.
Un cambio de posición y eres tú quien me devora, primero
despacio, sólo lamiendo, y luego con fuerza, tragándome entero, poseyéndome. Tus
dedos y uñas en mis testículos, en una caricia suprema, tu lengua atormentando
la cabeza de mi pene, tus dientes mordiendo el tronco henchido.
Te coloco en cuatro sobre el sillón y pongo mi boca entre tus
nalgas, mi lengua y saliva lubrican entre ellas, mis dientes mordisquean esa
maravillosa creación de la naturaleza.
Coloco mi pene en medio de tus nalgas y me muevo,
masturbándome lentamente, mientras mi boca retoma tu cuello y te hace gemir como
gata en celo.
La excitación es mucha y nos detenemos, nos dirigimos
desnudos a la cocina por agua, llenamos los vasos y le ponemos hielo. Un cubo de
hielo lo mantengo en mi boca y me agacho a lamer tus pezones (que bajita te ves
junto a mí). Mis labios aprisionan tu pezón, y mi lengua, en un acto de
habilidad que no le conocía, empuja el hielo contra tu pezón, luego lo tira
hacia atrás para que mis dientes muerdan tu adormecido piquito de carne hasta
hacerte gemir y vuelve a calmar el dolor con el frío del agua sólida.
Se deshace el hielo y tomas revancha. Te acuclillas frente a
mi y metes mi pene en tu boca. Salto al sentir el frío de tu boca, el calor y el
frío hacen estragos en mi cuerpo. Quiero correr y perderme en ti.
Otros hielos recorren nuestros pezones, luego es el chocolate
líquido la cubierta perfecta para seguir saboreándonos, y al final, mientras te
masturbo con mis dedos y llegas al orgasmos entre mis brazos, me vengo como un
adolescente, sin tocarme, sólo por sentir mi pene contra tus muslos, llenándote
entera.
Nos recomponemos un poco, algo más calmados, pero
prometiéndonos que la próxima vez traeremos condones…