Mi recuerdo para Rosa
Las tristes experiencias con la censura me inhiben de relatar
las cosas que me están pasando. He debido apelar a mi memoria para rescatar
hechos del pasado, cuando no era tan afortunado ni selectivo.
Hoy me remonto a mis dieciocho años, poco más o menos,
cursaba la secundaria en mi pueblo. Muchas pajas y pocas mujeres, desde mi
primera vez con Piedad (Ver
http://www.todorelatos.com/relato/46325/), era muy poco lo que había pasado
en mi vida, algunas veces más con ella, que seguramente prefería amantes más
experimentados, y una triste experiencia de sexo colectivo en la que cinco
chicos de mi edad nos juntamos para tener los servicios gratuitos de una chica,
amiga de uno de nosotros, que se prestó en su calentura a satisfacernos a todos,
uno a uno.
Mi cuerpo había crecido gracias a la intensa actividad
deportiva. En esos súbitos estirones propios de la edad también se había
estirado y engrosado mi verga, ya alcanzaba casi el tamaño que tiene ahora, era
la pija más grande de mi curso. Competíamos a veces entre tres o cuatro amigos,
las parábamos a pura mano y las medíamos con una regla.
Pero de muy poco me servía el tamaño apreciable de mi
miembro, seguía siendo tímido e inexperto para todo lo que tuviera que ver con
el sexo. No sabía como acercarme a una mujer y hacerle saber que quería tener
algo con ella.
Me habían dicho que las pajas debilitaban, que me saldrían
pelos en la mano, que bajaría mi rendimiento en el deporte, y todos los mitos
circulantes en la época, de modo que me pajeaba poco y no cogía nada. Andaba con
una calentura perpetua, veía una foto de mujer en traje de baño y se me paraba
la verga.
Esos calentones con sus consiguientes erecciones me obligaban
a ocultarme de las miradas femeninas, tanto en mi casa como en el colegio.
Una vez en el colegio me calenté mirando la pierna de una
compañera, desde la rodilla al zapato, y se me paró. El profesor me llamó para
dar la lección en el frente y, aunque la sabía al dedillo, tuve que excusarme
diciendo que no había podido estudiar, cuando en verdad lo que no podía era
ponerme de pie.
Y en mi casa debía evitar las miradas de mis padres, de mis
hermanos y, a veces de mi tía Rosa cuando estaba allí.
Mi tía, hermana de mi madre, estaba alcanzando la cuarentena
y era soltera. En el pueblo las mujeres solteras de esa edad obtenían la
categoría de solteronas.
La tía Rosa hasta sus treinta había sido una mujer de buen
aspecto, luego comenzó a engordar (ahora supongo que habrá sido por un
desequilibrio psíquico o endocrino).
Al tiempo de mi relato ya era decididamente una gorda,
siempre luchando en vano contra los kilos. Piernas respetables, un culo enorme,
tetas muy grandes siempre comprimidas en sus sujetadores. Y un abdomen más que
considerable que le colgaba por debajo de la inexistente cintura.
Rosa pasaba temporadas en la casa de mis padres, y otras en
la chacra de la abuela que vivía allí sola. La abuela nunca quiso dejar la
chacra que había compartido con el abuelo mientras él vivía. Sus hijos querían
que se viniera a vivir al pueblo, pero nunca la convencieron, al fin la chacra
quedaba a unos pocos kilómetros del centro del pueblo.
Esa chacra había sido las delicias en nuestra infancia,
cuando vivía el abuelo, un tanque australiano oficiaba de piscina en los
veranos, un pequeño monte de frutales era nuestro coto de caza, y las seis
hectáreas eran un mundo infinito para nuestras correría de niños. Solíamos
juntarnos hasta catorce primos.
Pero ya a mis dieciocho años poco íbamos por allí, algunas
veces a visitar a la abuela, era raro que nos quedáramos mucho tiempo.
En aquel verano yo estaba castigado por mi padre, me había
quedado una materia para marzo. Estuve privado de salidas, hasta que en febrero
la abuela logró que me dejaran ir a la chacra prometiendo que ella me vigilaría
para que estudiara.
Y marché con mis libros, sólo textos no me permitieron llevar
otros, mis cuadernos, y la calentura que no me abandonaba nunca.
Las hembras humanas de la chacra eran mi abuela y mi tía, por
lo tanto vedadas y muy poco atractivas. Pensaba en dos ovejitas muy mansas, y en
varias gallinas, pero no me atrevía.
Aprovechaba el fresco de las mañanas y los atardeceres para
estudiar con dedicación. Entre las diez y las diecinueve el intenso calor me
agobiaba.
Los almuerzos y las cenas de la abuela magníficos como
siempre.
El resto del tiempo lo repartía entre el tanque australiano y
unas prolongadas siestas.
Aunque la casona era muy grande y de techos altos se hacía
difícil dormir a causa de las altas temperaturas, sobre todo a la siesta.
Buscando y buscando hallé el sótano que se empleaba como
despensa, allí, entre bolsas de papas y estanterías con comestibles envasados se
sentía fresco. De modo que me llevé una colchoneta y hacía mis siestas bastante
plácido.
En una cena mi tía le dijo a mi abuela:
Gito encontró el mejor sitio para su siesta.
Sí, de cihco me decían Gito, apodo boludo si los hay.
¿Dónde?- respondió la abuela.
En el sótano, está fresco, me parece que en cualquier
momento te acompaño si me lo permitís.
Claro tía, si sobra espacio.
No me preocupaba la compañía de Rosa en mis siestas, había
limitado mis pajas a una por semana, por temor a que se me secara el cerebro. Y
esa única semanal me la hacía al oscurecer, en el pasto, bajo un ciruelo, y
pensando en Isabel Sarli, una estrella del cine semi porno de la época.
Al día siguiente mientras dormía la siesta en el sótano me
despertó un ruido. Era la tía Rosa, que portando una colchoneta ingresaba al
fresco ambiente.
Intenté seguir durmiendo, la cabeza cubierta con la almohada.
La curiosidad no me dejó. A los pocos minutos busqué con la vista el sitio en
que se había instalado mi tía. El lugar estaba casi en penumbras, algo de luz
entraba por unas pequeñas ventanas que quedaban apenas al nivel del piso del
exterior.
La divisé, acostada a unos tres metros de mí, había tendido
su colchoneta en el piso y me daba la espalda.
Tendida de costado y vista desde atrás la tía parecía otra
mujer. El ligero y corto vestido de entre casa se había recogido y dejaba ver
parte de sus muslos, gruesos, rotundos, generosos. El culo comprimido por la
tela ajustada se veía enorme, pero no desagradable. La posición ocultaba su
abdomen y sus tetas. Su pelo teñido de rubio ceniza lucía casi sexy.
Ante la visión mi verga empezó a crecer y a tomar dureza. Ya
me la tocaba con mucho temor. No me atrevía a hacerme una paja con modelo vivo,
ni a sacar la pija del short que llevaba puesto, ella podía despertar. Y si me
sorprendía menudo lío.
Así me quedé, mirando y sobando suavemente mi verga por sobre
la tela. Volaba de la calentura.
La tía se dio vuelta de pronto con los ojos abiertos, sin
darme tiempo a hacerme el dormido, ni a retirar mi mano del miembro erecto.
Gito, me desperté porque percibí que me estaban
mirando, eras vos.
Sssí tíííaaa.
¡Pero mirá cómo estás! No me digas que te calentaste
con tu tía la gorda.
No tía Rosa, no pienses mal.
Si tenés la verga parada.
Que me hablara en esos términos me tranquilizó un tanto,
hasta poder hablar sin tartamudear para decirle:
Es que llevo mucho tiempo sin nada.
¿Cómo, no te pajeás?
No tía eso hace mal para la salud.
¡Pobrecito! Cómo debés andar, a tu edad, y en el medio
del campo. ¿No probaste con las ovejas?
No me animo, me pueden ver.
Bueno Gito, te tengo que decir algo muy íntimo, pero
prometeme que cualquiera sea tu decisión no se lo vas a contar a nadie.
Si vos me lo pedís contá conmigo.
Bueno sobrino querido, hace tiempo que te vengo
observando. Alguna vez en tu casa te he visto haciéndote una paja, sí, vos
no te diste cuenta pero te vi. Y ví cómo te ha crecido la pija, ya es la
pija de un hombre hecho y derecho.
Sí tía, me ha crecido bastante.
Callate y dejame seguir, tu tía es una mujer, ya no la
mujer que era hace unos años. Antes tenía un buen cuerpo y conseguía todos
los hombres que quería. Ahora con esta gordura ni me mira ninguno. Hace
años que no me miraban como vos me estabas mirando.
Perdoname tía, no quise hacerlo.
Ningún perdón, me gustó que me miraras así. Comprendé
Gito, yo ando como vos, muy caliente. En este sótano se han juntado el
hambre y las ganas de comer. Podemos ayudarnos entre nosotros.
¿Y cómo tía?
Pero, mirá que sos boludo, con razón andás caliente
como perro de azotea. Vos andás desesperado por coger, y yo desesperada
por que me cojan, ¿cómo querés que te lo explique?
Tía, ¿ me estás diciendo que yo te coja a vos?
¡Al fin entendiste algo pendejo boludo! Tenés una verga
hermosa, se te para como estaca. ¡Claro que quiero que me cojas YA! Vení
para acá.
Mientras me desplazaba hacia su colchoneta Rosa se sacaba su
vestido, debajo tenía su sujetador que le contenía el desborde de sus tetas
tamaño macro, y unos calzones grandes que apenas contenían su culazo.
Cuando llegué a su lado me bajó el short de un tirón. Mi
tranca salió disparada como un resorte y quedó mirando al techo.
Se la apropió y se la metió casi entera en la boca. Nunca me
la habían mamado, y la tía sabía hacerlo muy bien. Me apretaba el glande con sus
labios gruesos, luego la metía un poco más y me lo acariciaba con la lengua. Se
la tragaba entera y succionaba. Volvía a sacarla y me lamía los huevos. Se
dedicaba con esmero a lamer el perineo, y llegaba más allá, me pasaba la lengua
por el ano. La sensación era deliciosa, pero yo temía que me fuera a gustar
demasiado que me estimularan el culo.
Ahí no tía, me querés hacer puto.
No digas boludeces, nadie se hace puto porque le chupen
el orto.
Volvía a poner toda la verga en su boca, movía la cabeza para
hacerla entrar y salir.
¡Tía que acabo!
Dale acabá, regalame tu lechita.
Había mucha leche acumulada, se la regalé toda. Rosa no
alcanzó a tragar todo, dos chorros de semen se escurrían por las comisuras de su
boca. La cara de puta que tenía mientras saboreaba mi leche no dejó que la verga
se me ablandara. Además se sacó el calzón y el sujetador, sus tetas se
bamboleaban, eran enormes y bastante caídas.
¡Querido, qué juventud! Recién acabaste y tu verga
sigue parada como si nunca hubieras cogido. No la desperdiciemos, te
quiero en la concha.
Sí tía como quieras.
Basta de tía, soy Rosa, tu amante.
Se puso boca arriba y abrió las piernas, me coloqué entre
ellas con la verga en la mano. Pero no acertaba a ponérsela, ella la tomó y la
acercó a su concha, estaba totalmente depilada, y muy mojada. Le puse la cabeza
y gimió, le metí un poco más, su barriga nos separaba, no podía ponérsela
entera. Rosa lo advirtió, se la sacó y se puso en cuatro, volvió a ayudarme a
meterla, pero así era su culo el que no me dejaba que se la metiera toda.
Entonces adoptó una posición muy extraña, se puso de costado,
me ubicó a su espalda, pasó mi pierna derecha sobre su pierna izquierda, los dos
como en cruz, mi pierna derecha rozaba su barriga. Así logró que se la pusiera
entera en la concha. Ella hacía el gasto del movimiento, aunque casi no era
necesario para mí. Tenía la concha estrecha y caliente, mi verga estaba a mil
gozando del contacto. Pronto yo también me movía embistiendo esa concha que me
estaba regalando un momento inigualable.
Rosa gemía y gritaba, la sentí estremecerse. Era la primera
vez que sentía el orgasmo de una mujer con mi verga dentro. Comprendí que Piedad
nunca había gozado conmigo, apenas si fingía para complacerme.
Lamentablemente en muy poco tiempo me vino otra vez la leche
desde todos los rincones de mi cuerpo y me derramé en su concha.
¡Qué apurado querido! Acabé una sola vez, tenés que
aprender a contenerte.
Rosa, nadie me enseñó esas cosas.
No te preocupes, Rosa te va a enseñar todo. Con esa
verga y lo que aprendas vas a ser el macho más cotizado de la zona. Te van
a sobrar las mujeres. Espero que no te olvides de la vieja gorda.
Nunca me voy a olvidar de vos, me hiciste gozar
demasiado en estas dos veces.
Nada de dos, vamos a seguir un rato más, es temprano
todavía. ¿Te gusta mi culo?
Era justamente lo que te estaba mirando cuando te
despertaste.
¿Querés ponerla por ahí?
Nunca lo hice Rosa, pero prometo aprender todo lo que
quieras enseñarme.
Bueno bebé, pero la tenés muy grande y mi culo hace
rato que no tiene una pija adentro. Fijate si hay aceite o grasa o
manteca.
Lo primero que hallé fue un tarro con grasa de cerdo, rasqué
un poco con los dedos y volví a la improvisada cama. Ella me fue guiando para
untarle el ano con grasa, meter un dedo y luego otro, se abría las cachas para
que yo pudiera llegar más hondo.
Se puso dos almohadas bajo la inexistente cintura, eso le
levantó el culo, me pidió que esta vez yo mismo guiara mi poronga, porque ella
tenía sus dos manos ocupadas en separarse las nalgas al máximo posible.
El ano era marrón, y brillaba por la grasa, se mostraba
apenas abierto. Apoyé el glande sobre el anillo rugoso y empujé, el esfínter
resistía airoso. Pero mi verga estaba otra vez muy dura, yo estaba muy caliente
y mis músculos me respondían a pleno.
Logré entrar la cabeza, gritó, pero suave y poco, le dolía un
tanto. Me instó a seguirla penetrando. Por puro instinto, ya que mi ciencia era
nula, le ponía un tramo y paraba unos segundos, luego iba otro pedazo y vuelta a
parar.
Cuando se la había metido entera Rosa empezó a moverse, con
lentitud primero. Después a un ritmo cada vez más alocado.
También yo la culeaba con furia, la pija entraba y salía,
nunca salía del todo. Rosa gemía y gritaba de placer, yo hacía lo mismo. Ese
culo me apretaba la verga como si fuera un puño cerrado. Nuestros cuerpos
estaban como fundidos a presión.
Logré retardar mi eyaculación varios minutos, pero la enema
de leche terminó por imponerse.
Había cogido mi primer culo, me sentí eufórico. También me la
habían mamado por primera vez. Y la tía me iba a enseñar a coger bien, a hacer
gozar a las mujeres. Mi futuro se presentaba esplendoroso.
Debimos suspender la sesión porque el tiempo corría. Pero esa
noche repetimos en su cuarto. Ninguno de los dos se saciaba.
Y no nos saciamos en los quince días que restaban para que yo
tuviera que volver con mis padres y a mi examen.
Aguzamos el ingenio para poder encontrarnos en los lugares
más insólitos. Aprendía a pasos agigantados todo lo que se debía saber del sexo.
Terminé doctorado y con un master.
Quizás vuelva para relatar todo el proceso de aprendizaje.
Desde entonces jamás dejo de lado a una gorda caliente.
La tía Rosa ya no está en este mundo, pero donde esté que
reciba mi eterna gratitud.