Un hombre Maduro.
Dicen que hay viejos proverbios que uno siempre debe
respetar, me paso a mí, mi gusto por los hombres se reducía solo aquellos de mi
misma edad, por eso, decir "De esta agua no beberé" fue mi perdición.
En efecto, cuando lo conocí noté su avanzada edad,
perfectamente podría ser mi padre, pero su recorrido por el mundo fue apreciado
con deleite por mi intimidad, al enfrentarnos en su cama, una noche en que me
dejo tocar el cielo con las manos y que su lengua recorrió cada milímetro de mi
ser.
-Recuéstate y déjame hacer todo el trabajo, te prometo
que no te arrepentirás de aceptar mi propuesta- me dijo sonriente.
Me tendí en la cama y suavemente comenzó a dibujar mi figura
con la yema de sus dedos, su olor era seductor, su aliento era agradable y
fresco, su respiración era pausada, sabía exactamente su tarea y me condujo a
sensaciones que jamás había experimentado.
Sin dudarlo, me beso en los labios, sus besos eran ardientes
pero a la vez muy románticos, su lengua recorrió mis oídos y mi cuello, yo
estaba quieta, solo recibiendo su cariño, no quería manifestarle mi gusto,
estaba esperando a ver qué podía hacer aquel maduro exquisito, por eso, solo
deje que mis gemidos lo sedujeran y me entregue dichosa a sus deseos,
rindiéndome ante su lengua cautivadora.
Lentamente, sus manos se deslizaban por mi cuerpo, con finura
y deseo, sentía como mis pelos se erizaban cuando visitaba mi vientre y mi
entrepierna, sus manos acariciaban mis pechos haciendo pequeños círculos en mis
pezones, todo era delicioso, sus besos, su lengua, sus manos.
Desabrocho mi blusa y encontró mis montañas, las miro
emocionado y suavemente las despojo de sus ropas, las acaricio con lujuria, con
bravía pero al mismo tiempo, con amor, succionó alegre mis sensibilidades y
juntó mis pechos para meterlos en su boca, me daba pequeños mordiscos y
succiones, que provocaron que mi sexo se humedeciera, mis gemidos comenzaron a
hacerse más fuertes y los suyos me dejaron saber su deseo por mi, su mano caminó
rauda por mi pubis y desordenó mis vellos largos y gruesos, desabrochó mi
pantalón y suavemente tomo mi clítoris, lo sedujo al punto de dejarlo palpitante
de deseo, se acomodo a mí y saco deprisa mi pantalón, arqueé mis piernas y lo
sentí succionándome, dándose un festín con mis partes intimas, me volvía loca,
su cabeza estaba entre mis piernas y su lengua entraba y salía de mis cavernas
enloquecida, frenética, indecorosa, quise que se quedara pegado ahí, lo sujete
fuerte de su pelo desordenado y lo invite a saborear mis líquidos una y otra
vez, hasta dejarme seca.
Aaaaaahhhhhhh que delicia mi amor, que rico me haces
sentir- le repetía y repetía.
Su desborde era preciso, impúdico, vívido, la forma en que
toda su lengua se involucraba con mis labios íntimos y mi clítoris era algo
indescriptible, a ratos, mordía mi entrepierna, pero sus mordiscos eran intensos
y maravillosos, succionaba mi clítoris haciéndome chorrear litros y litros de mi
calor, por momentos gritaba de goce y lo apretaba con mis piernas contra mí, era
mi reo y no quería dejarlo escapar de entre mis muslos.
Sentí que mi orgasmo se acercaba, y no quería irme sola,
pensé que debía motivarme y encontrar su sexo para saborearlo, lentamente, nos
fuimos girando hasta que lo vi, ante mis ojos, su fuerza, su hombría.
Con mis manos tome sus testículos y lentamente me fui
metiendo su poderío en mi boca, primero la cabeza y luego el tronco, fue algo
alucinante, su sexo palpitaba en mi boca, mi lengua recorría cada pliegue de su
deseo y mis manos apretaban sus testículos duros, inyectados de su semilla que
gritaba por parir dentro de mí.
Ambos fuimos testigos del nacer de todos nuestros más
preciados jugos, los míos, a esa altura, chorreaban por mis piernas y desde su
boca; los de él, se presentaban sabrosos amargos y llenos de vida, sentía como
pequeños chorros de su fiebre se iban desplegando por mi boca y mi excitación se
enaltecía.
Mmmmm que rico, eres una bebe deliciosa- me decía.
No sé exactamente cuanto tiempo estuvimos dándonos placer,
pero sé que fue el suficiente como para que yo me extasiara y tocara el cielo
con las manos, respiraba agitada, no podía más con mi pasión, succionaba su
fuerza como una loca, quería que su leche saliera y pasara por mi garganta, de
pronto supe que el cielo estaba ante mis ojos.
-En mi boca, quiero que riegues toda tu semilla, en mi
boca- le suplique
Nuestros orgasmos fueron húmedos, intensos, electrizantes,
sentí toda su bravía en mi boca, su crema estaba caliente sabrosa y era tanta
que por un momento casi pierdo la respiración, su sexo palpitaba de gusto al
desembarcar dentro de mi boca, mi intimidad yacía en sus labios y mis jugos
chorreaban su mentón.
Nos quedamos así, por un momento, enfrentados a nuestra
integridad, de pronto mi hombre maduro se reincorporó y se acomodó a mi lado, me
beso tiernamente y reconocí mi sabor en su boca, me abrasó y me regaló de
palabras tiernas, yo quede alegre y satisfecha y desde ese día, supe algunos
hombres son como el vino, mientras más tiempo tengan en este mundo, mucho mejor.