Habíamos quedado aquel "largo" fin de semana para irnos a una
casa rural que alguien de nuestro grupo de amigos conocía, y pasar unos días
realizando actividades lúdicas varias, deportes de aventura y similares. La idea
era aprovechar que como al fin de semana se le añadían dos festivos (una fiesta
local y una nacional) dispondríamos de cuatro días para pasarlos en una casa
rural que alquilaríamos para todos, y podríamos organizar actividades diversas,
como las ya comentadas. A alguien se le ocurrió que pidiendo un día en el
trabajo, a cuenta de vacaciones podríamos ir un día antes y aprovechar los
descuentos que los propietarios nos harían por una estancia de cinco días,
además de evitarnos los atascos en la salida de la cudad, algo habitual a la que
hay un puente a la vista.
Todos estuvieron de acuerdo en solicitar un día de vacaciones
en sus respectivas empresas, y comunicarlo a la persona encargada de reservar la
casa en dos días máximo para no perder la reserva. Como siempre tiene que pasar
algo, todos consiguieron su día extra excepto el que esto escribe ( cómo no!),
ya que esa semana teníamos previsto un viaje a la central de mi empresa para
evaluar las estrategias y bla, bla… es decir cosas de empresas multinacionales,
que son absolutamente ineludibles. Este inconveniente suponía que llegaría ese
mismo día en el avión que me llevaba de vuelta a casa, además de irme a mi casa,
preparar lo necesario para la estancia en aquel lugar, coger el coche y hacer
unas dos horas de viaje (eso sin contar los atascos de turno) hasta la casa
rural.
En definitiva, acordamos que todos se irían para allá un día
antes, y que y llegaría al día siguiente cuando pudiera. Si cuando yo llegara
ellos se hubieran marchado, me dejarían la llave de la casa en un lugar que me
indicaron para que fuera instalándome mientras llegaban.
Quedó todo definido en estos términos, y pasaron los días
hasta la semana en la que habíamos planeado nuestro fin de semana en la casa
rural. Estuve en la central de la compañía entre reunión y reunión, y
afortunadamente para mí, todo el orden del día quedo listo el día anterior a lo
previsto, lo cual me iba de perlas, ya que podría cambiar mi avión, llegar antes
a mi casa, yo de esta forma prepararlo todo para poder salir antes hacia la casa
rural, con lo que evitaría los odiados atascos.
Conseguí un billete a primera hora de la mañana que me llevó
al aeropuerto de mi ciudad en poco más de dos horas, un taxi para casa, una
ducha, hacer la maleta para cuatro días y salir hacia allá. Total que llegaría a
mi destino poco después de comer, cuando inicialmente estaba previsto que
llegara casi a la hora de la cena. Mejor para mí.
Cuando llegué a la casa, pude apreciar que había un par de
coches en la puerta, y que los coches del resto de la gente no estaban, por lo
que deduje que se habrían repartido para ir en menos coches al lugar donde
tenían planeada la actividad de aquel día. Bajé del coche y me acerqué a la
puerta, al lugar donde me habían indicado que dejarían la llave, para abrir y
poder descargar mi equipaje, pero la llave no estaba. Miré por los alrededores,
por si pudiera haber entendido mal el lugar acordado para la llave, pero no fui
capaz de encontrar nada. "Vaya gracia", pensé, mientras, casi por intuición, o
quizá porque no sabes muy bien que hacer en casos así, agarraba el pomo de la
puerta, en un intento de abrir una puerta que seguro estaba cerrada… un pequeño
giro y la puerta estaba abierta. "Quizá han hablado de mi caso con el dueño, y
les ha comentado que por estos lares no hay problema en dejar la puerta sin
cerrar" pensaba, extrañado al encontrarme la puerta abierta. "A ver, como no
entre una gallina del corral próximo… si esto está más perdido que otra cosa…"
bromeaba para mí. – Hola! ¿hay alguien?- dije en voz alta, casi más para
tranquilizarme a mí mismo que por creer que allí hubiera alguien. No se oía ni
un ruido. "estos han dejado la puerta sin cerrar! Bueno, descargaré las cosas"
decidí, y fui al coche a coger la bolsa de mi equipaje para esos días, y dejarla
en la habitación. – …la habitación del piso de arriba con un numero 3 en la
puerta, al fondo del pasillo,- es lo que me habían dicho para cuando llegara, y
así hice, subí la escalera, y arriba me encontré con una gran estancia, con una
mesa de comedor para unas 20 personas, hacia mi izquierda una puerta que daba a
una cocina bastante grande y perfectamente equipada, y hacia la derecha muchas
puertas numeradas. Al fondo, había unas grandes puertas correderas semiabiertas
y se adivinaba un sofá, debía ser una especie de salón con la televisión. Justo
antes de esa estancia se veía la puerta del numero 3. "esa es" deduje, mientras
me dirigía a dejar el equipaje. Estaba llegando a la puerta cuando oí un sonido,
más o menos rítmico, que procedía del salón… era como un respiración
entrecortada, alguien que hacía un esfuerzo o algo así, no soy bueno para estas
cosas. Me acerqué a la puerta de mi habitación con una sensación que iba de la
prudencia al temor, y tratando de no hacer ruido me asomé hacia aquel salón, del
que procedía el sonido, y me asomé…
Me quedé parado, asombrado, atónito… no sé como describir ese
momento. Durante unos breves instantes, pero que me han quedado grabados como si
aquella escena hubiera sido eterna, lo que vi me dejó sin poder reaccionar: en
el sofá, mas o menos de espaldas a mi posición, estaba Sara, una de las chicas
de nuestro grupo, desnuda completamente, masturbándose frenéticamente con un DVD
porno puesto en la televisión que había en el salón. Gemía cada vez más
profundamente, cercana al orgasmo. "pero ¿qué hace ésta aquí? ¿No estaban todos
fuera? Vale, por eso no estaba la llave" Eso y muchas otras cosas pasaron
fugazmente por mi cabeza, al tiempo que decidía que hacer en esa situación. Por
otro lado la visión me había hecho reaccionar bastante rápido, y me excité ante
la visión de Sara desnuda. Probablemente sea de las chicas más espectaculares de
nuestro grupo, pelirroja de cara muy atractiva, y con todo muy bien puesto en su
sitio, vaya, que estaba bastante buena. Era de las pocas, junto conmigo y otra
amiga del mismo grupo que ni tenía pareja, ni estaba casada, como el resto.
Porque ella no quería, porque no le faltaban candidatos…
Tome la decisión de echar marcha atrás y volver a andar el
mismo camino, desde la escalera hasta mi habitación, pero esta vez haciendo un
poco de ruido y avisando de mi llegada para darle tiempo a recomponerse; - Hola!
¿Hay alguien en casa? Soy yo, he podido venir antes...- y me asomé otra vez por
la puerta, esta vez abiertamente, esperando que se habría podido tapar, y no
asustarla. Abrí la puerta del salón para saludar como si nada, y entonces pensé
que se liaba… o no me había escuchado, a pesar de avisar bastante fuerte, o
estaba tan concentrada en sus tareas, que no se dio cuenta de mi llegada hasta
que abrí, con lo que allí me encontró en la puerta mirándola desnuda, viéndo lo
que su reacción natural de taparse con los brazos lo que pudo me dejó ver…
Reaccioné rápido esta vez y mascullando un "hostia, perdona…"
salí inmediatamente de allí y fui a dejar las cosas en mi habitación, que estaba
justo al lado. No escuché nada de su parte, o eso creo, y me puse a colocar las
cosas nerviosamente para no pensar en nada más. Ya pediría disculpas de después,
y hablaría con ella, si es que era capaz de hacerlo sin pensar en lo que había
visto y sin imaginármela desnuda nada más verle la cara y excitarme. De hecho ya
lo estaba y bastante. Esta chica es que está muy buena, pero que muy buena.
No hizo falta esperar a después. Estaba colocando el equipaje
cuando llamó a la puerta. – Adelante- contesté. Apareció ella por la puerta,
visiblemente avergonzada, por el color de sus mejillas, y vestida con una fina
bata que le caía por el cuerpo hasta por encima de sus rodillas, y que
descansaba visiblemente sobre sus bien proporcionados pechos. Era evidente que
no llevaba nada más debajo, y esto no ayudó a que la excitación que tenía
disminuyera, así que me senté en una de las dos camas que había, y esperé a que
entrara y comenzara a hablar, posiblemente de lo ocurrido minutos antes.
- Verás, lo de antes, yo…- intento decir algo con evidente
vergüenza, pero le corté. – No tienes que disculparte, si acaso soy yo quien te
pide disculpas por asustarte -
- No es que me asustaras, es por la situación en que me
encontraste. No quisiera parecer una salida o algo así… -
- No me lo pareces en absoluto, ¿quién no se ha masturbado
alguna vez, o muchas? Es normal, olvida lo de parecer nada, que hacerse pajas no
es cosa de los tíos, y yo al menos lo considero normal. Entiendo que la
situación es embarazosa, al menos para ti ya que he sido yo quien te ha visto a
tí y no al revés, pero por mi parte al menos, no habrá problemas, puedes estar
tranquila. Por cierto, ¿qué haces aquí tu sola? No esperaba ver a nadie por
aquí, e incluso me asusté un poco cuando llegué al no encontrar la llave, y la
puerta abierta… Pero vaya – dije, sonriendo ligeramente para relajar la
situación, medio en broma, medio en serio – prefiero haberme encontrado lo que
me he encontrado.-
- No te burles de mi, que bastante vergüenza tengo ya, -
dijo, visiblemente azorada, pero con un tono que denotaba que en el fondo se
sentía halagada. – no me burlo, es cierto. He de reconocer que es mejor haberte
visto a ti, lo cual, entre tú y yo, me ha excitado durante los breves instantes
que te he contemplado antes de reaccionar, que haberme encontrado alguna
sorpresa menos desagradable, un ladrón, o algo así ¿no crees?-
Ante esta frase sonrió, y la verdad es que estaba preciosa.
Mi excitación se mantenía a tope. – ¿en serio te excitó? Pensaba que eras el
único de los chicos de la panda que no veía nada en mí. Creo que después de
estos años, y sabes que hace muchos que nos conocemos, eres el único que no me
ha tirado los trastos, ni cuando hemos tenido las peores borracheras.-
- Aún estoy excitado, ¿qué te crees, que soy de piedra?
Además, sabes bien que hace mucho que no estoy con nadie, y que hace ya algún
tiempo que no me como un rosco, y eso no ayuda precisamente a mantener la calma.
Y si no te he tirado los trastos es porque considero que eres una amiga, y muy
buena amiga por cierto, y aunque me pareces un cañón de mujer, es mas importante
para mí tenerte de amiga que mandarlo al cuerno por un rollo fiestero.- Lo decía
sinceramente, porque había tenido alguna experiencia anterior con alguna otra
chica de la panda algunos años antes, y la cosa se había deteriorado bastante,
hasta tal punto que con el tiempo dejamos de verla. Fue desagradable, y no
quería repetirla.
- Eso no tendría por qué ocurrir, somos adultos y ya no
estamos para chiquilladas.- de repente cambió de tema, o al menos esa es la
impresión que me llevé cuando tras una breve pausa continuó hablando. – Mira, a
mí también me pasa lo mismo, hace mucho que no estoy con nadie, y como tú dices,
tampoco soy de piedra.- se estaba sincerando – por eso me has encontrado como me
has encontrado hace un momento. Tenían todos una excursión no sé muy bien dónde,
y todos nuestros amigos excepto tú y yo han venido con sus parejas. La verdad es
que no me apetecía ir en esta situación. Ayer cuando llegamos, al repartir
habitaciones, pues eso, una para cada dos, para cada pareja quiero decir,
excepto esta que es la tuya, y la mía que es justo la de aquí al lado. Me hizo
pensar que hace mucho que no estoy con un hombre, y que no tengo sexo con nadie
desde hace tiempo como te acabo de decir. Lo peor fue anoche, al irnos a dormir;
menudo concierto de colchones y gemidos varios tuve que escuchar! Lo que me
preocupa es que me pasé la noche masturbándome de manera frenética casi toda la
noche, igual que ahora, y creo que es un poco excesivo, parezco una vulgar
salida.- mientras decia esto los lados de la bata que llevaba se habían
deslizado hacia los lados al cruzar sus piernas, y dejaban ver sus fantásticos
muslos, y en alguno de sus gestos cuando hablaba de había inclinado hacia
delante dejando ver su generoso escote.
La verdad es que estaba empezando a pasarlo realmente mal;
hacía años que la conocía, estaba muy buena, pero quizá me había acostumbrado a
ella, y ya no veía a Sara como el pedazo de hembra que es; en aquel momento,
dada la situación, lo que había visto en el salón de la casa, y la levedad de la
ropa que llevaba puesta, me encontraba con una erección de campeonato, y grandes
dificultades para mantener la vista fija en sus ojos.
Un respiro mental, y conseguí hablar, tratando de aparentar
una calma que estaba perdiendo:
- Mira, no te preocupes por eso de la frecuencia que dices,
será una mala racha. Yo también he pasado por eso en ocasiones, que no somos
máquinas programadas, tenemos nuestros buenos y malos ratos, y un desahogo no
viene mal -
- ¿tú también has tenido épocas en las que ibas más salido
que otra cosa? – dijo con tono casi inocente. La verdad es que era una mujer
brillante, pero en ocasiones parecía la persona más inocente del mundo, y ésta
era una de ellas. – ¿Y te masturbas muy a menudo cuando estás así? -
- Hombre, según la racha – respondí yo. Esto se estaba
disparando – hay veces que me mato a pajas, y discúlpame la expresión, y otras
que sencillamente me gustaría estar con alguien, no sé como explicarte…–
- A mí me pasa lo mismo. A veces estoy que no paro, y otras…
bueno yo no quiero estar con nadie, porque la verdad, las experiencias que he
tenido con los hombres con los que he salido, no las recuerdo como momentos
especialmente placenteros… ya sabes a qué me refiero.-
- ¿Me quieres decir que nunca has tenido un orgasmo cuando
has tenido sexo con hombres? No te puedo creer -
- Hombre que quieres que te diga, un orgasmo como cuando me
masturbo, pues nunca… siempre ha sido todo muy rápido. Me enrollo contigo, te
echo uno rápido, y ahí te quedas. En alguna ocasión alguna leve sensación de
placer, y poco más.-
Yo estaba asombrado, y por supuesto excitadísimo. Nunca había
hablado con Sara abiertamente de sexo, a pesar de ser muy buenos amigos desde
casi nuestra infancia, el colegio, el instituto y hasta ahora… con casi 30 años.
Y ahora me estaba hablando de su vida íntima y sus sensaciones con toda la
naturalidad del mundo, gracias a una casi estúpida situación embarazosa. Qué
curiosa es la vida. Me lancé a seguir hablando abiertamente del tema; total,
habíamos roto unas cuantas barreras…
- Pero, cuando te masturbas, ¿te cuesta llegar al orgasmo? -
- Que va, si por eso digo que estoy muy salida, si es
comenzar a tocarme y me pongo como una moto – hablaba de ello conmigo como si
hablara con una amiga íntima - ¿a vosotros os pasa lo mismo?-
- Depende, si me pillas en un momento como este, contigo
delante y hablando de lo que estamos hablando, seguramente duraría menos que un
caramelo a la puerta de un colegio –. "Ya puestos, vamos a ser sinceros todos, y
lo quesea, sea", pensaba. Después de un buen rato, y sin prisas, podría pasarlo
bien y hacer que lo pasara bien la otra persona. ¿Acaso no has perdido nunca un
rato en acariciar y explorar a tu eventual pareja cuando has tenido sexo otras
veces? Te aseguro que se disfruta mucho, y que el orgasmo final no es sino la
guinda del pastel.-
Su cara se puso un poco seria tras mis palabras, - por lo que
me cuentas, para los tíos con los que he estado, he sido más tetas y culo, o un
trofeo que lucir ante los amigos que otra cosa, porque todo se ha limitado
siempre a un simple te bajo las bragas en el coche o en la habitación del hotel,
o donde sea, te la meto, me corro tras dos vaivenes, y adiós maciza. Si me da
otro apretón te llamo y ya veremos-
- Pues qué gilipollas, porque una carita y un cuerpo como el
tuyo es para disfrutarlo a sorbitos, como el buen vino, y para hacerte disfrutar
al mismo tiempo… si me permites la expresión – Hostia, me había pasado tres
pueblos, sin embargo, se inclinó un poco más hacia delante, ahora podía ver sus
pechos casi al completo, - ¿eso es lo qué recomendarías, o lo que tú me harías?
– Vaya, esto no son tiritos, eran cañonazos. – Es lo que haría, observa el
condicional, pero Sara, somos amigos, no quisiera…- Se levantó, y se sentó en la
cama en la que estaba yo sentado. - Y dale! Somos adultos, y los dos hace tiempo
que no tenemos sexo con nadie. ¿Qué hay de malo en ello? ¿No te parezco
atractiva? -
- Sara, que estás muy buena, ya te lo he dicho, pero no lo
veo claro… - mientras decía esto, cogió mi barbilla con sus dedos, obligándome a
girar la cabeza hacia ella, y me besó. Comenzó poco a poco, labios contra
labios, y entreabrió su boca para tantear la mía con su lengua, y hacer que se
encontraran. Me dejé ir. La verdad es que Sara es un sueño para cualquier
hombre, un bombón, yo la conocía casi tan bien como su mejor amiga, y la quería
mucho. Seguimos besándonos unos minutos, mientras sus manos me iban despojando
de mi camisa, dejando mi torso al descubierto. Las mías por su parte, comenzaron
a explorar la espectacular anatomía de Sara, y no fue difícil, ya que su bata
cayó sin esfuerzo, y debajo de ésta estaba completamente desnuda, debido a la
situación en la que la encontré al llegar. Con los ojos cerrados por los besos
que nos dábamos mutuamente, me dediqué a disfrutar de las formas de su cuerpo
con la yema de mis dedos, recorriendo su cuello, hombros y espalda con mucha
delicadeza. Un escalofrío recorrió su cuerpo mientras lo hacía. Esta chica tenía
una piel suave y estaba deseando ser acariciada, ya que nadie le había prestado
la atención que merecía hasta ahora. Ella por su parte acariciaba mi pecho con
sus manos, bajando lentamente y comenzando a desabrocharme los pantalones, para
quedar empatados en desnudez. Me deshice de mis ropas ayudándola, y por primera
vez desde que con seis o siete años nos conocimos en el colegio, estábamos los
dos desnudos, el uno frente al otro. Ella repasaba mi cuerpo con la mirada,
igual que hacía yo con el suyo. - ¿Estás segura? – Le pregunté, consciente de
que si seguíamos adelante con lo que ambos deseábamos en ese instante, nuestra
relación de amistad cambiaría para siempre. – Nunca he estado tan segura –
respondió mientras se acercaba para abrazarme, pegando su cuerpo desnudo al mío.
Nos tumbamos en la cama, el uno al lado del otro. Yo me
incorporé sobre mi brazo, de costado, y me deleité recorriendo su cuerpo con mi
mano, al tiempo que observaba todas sus curvas, y la expresión de su cara. – no
tengas, prisa, Sara. Disfruta del momento. Cierra los ojos y concéntrate en lo
que sientes en cada momento,- le decía susurrando en su oído, mientras mis manos
rozaban apenas su cara, sus ojos cerrados, sus labios, entreabiertos, intentando
coger aire despacio. Acariciaba sus mejillas, bajando por su cuello; seguía el
recorrido de mi mano por sus hombros, hasta alcanzar sus pechos, erguidos,
erectos, que bajaban y se elevaban con cada suspiro que emitía cuando mi mano
los acariciaba. Tenía los pezones enhiestos, durísimos, y a medida que mis manos
avanzaban por su cuerpo, podía apreciar como se le ponía la piel de gallina, y
comenzaba a temblar.
Me incorporé, de rodillas en la cama, y la ayudé a tenderse
boca abajo estirada, invitándola a relajarse. Así lo hizo, quedó tendida de boca
abajo, con sus brazos a lo largo de su cuerpo pero levemente separados de éste,
y con las piernas estiradas y ligeramente abiertas. Sus ojos permanecían
cerrados, con una expresión de placer y relajación total. Era una mujer
preciosa. Así, tumbada boca abajo, podía apreciar perfectamente las líneas del
perfil de su cara, sus rasgos bien marcados, armoniosos, como el resto del
cuerpo, los brazos a lo largo de su cuerpo, la silueta desde la espalda hacia la
cintura y sus caderas, todo en una simetría perfecta, que quedaba completada con
unas piernas torneadas, bien proporcionadas. Era de estatura más bien baja, pero
tenía el cuerpo muy bien proporcionado. Mi erección ante esta visión estaba en
su plenitud, y de buena gana la habría tenido sexo con ella sin ningún
preámbulo, pero tras la conversación tenía un objetivo claro en mi mente: le iba
a hacer disfrutar cuanto me fuera posible; ya habría tiempo para mí después, y
seguro sería un orgasmo intenso y placentero.
Con mis manos comencé a masajearla el cuello, la espalda, los
costados, para llegar a lo poco de sus pechos que sobresalía por los lados con
la presión contra la cama; bajaba a su cintura, su trasero, sus muslos, hasta
sus pies. Comencé a besar sus pies, sus tobillos, pantorrillas; lamía de vez en
cuando su piel disfrutando su olor y el sabor ligeramente salado de su piel; así
iba haciendo con todo su cuerpo, añadiendo ocasionalmente algún leve mordisco en
sus nalgas o en los hombros, arrancando así algún leve espasmo de placer, que le
volvía a poner la piel de gallina, y hacía que se le escapase algún que otro
suspiro. En este proceso, en algún momento dejé caer mis manos de manera
aparentemente casual por la línea que separaba sus glúteos perfectos, redondos,
bajando mi mano hasta alcanzar a acariciar, presionando levemente su sexo; sus
piernas se abrieron un poco más, y dejo escapar un gemido. Estaba excitada, a
juzgar por su reacción y la humedad que desprendía, cosa lógica, ya que la había
sorprendido masturbándose, y con la sorpresa, probablemente se habría quedado
con las ganas. Me mantuve unos instantes presionando su sexo, cosa que a ella
pareció excitarla más aún. Era momento de cambiar, y le ayudé a incorporarse y
sentarse en la cama, con las piernas cruzadas en una pose que parecía que
estuviera practicando yoga. Me senté de la misma manera frente a ella. Parecía
sorprendida, como no sabiendo qué iba a pasar en esa posición; alcé su cara, -
mírame a los ojos, Sara – abrió sus ojos, que aún mantenía cerrados, como
queriendo mantener las sensaciones que había experimentado hasta aquel momento,
y me miró fijamente, con esos ojos de color verde claro y brillante que tiene, y
que me transmitieron una especie de alegría, o agradecimiento por lo que estaba
sintiendo, por una parte, mezclados por otra parte con una disponibilidad
absoluta, que me invitaba a seguir haciendo todo lo posible para que disfrutara
del placer del que por desgracia no había disfrutado, al menos en compañía.
- Mírame a los ojos, Sara – repetí, -disfruta de las
sensaciones, y haz lo que yo haga, pero si no quieres o no te sale, haz lo que
te venga a la mente en cada momento, pero sobre todo disfruta- Decía esto
mientras lentamente comencé a acariciarla de nuevo, y ella repetía conmigo lo
que yo hacía con ella. Nos tocábamos la cara, nos besábamos, nos abrazábamos,
jugábamos cada uno con el cuerpo del otro, ella pasando sus uñas suavemente por
mi pecho, yo jugando con sus pezones…
En este juego seguía yo, cuando ella con una de sus manos
agarró mi pene, soltó volvió a asirlo con la mano, como explorándolo. La
sensación era deliciosa, lo cogía con delicadeza, como si tuviera miedo a
hacerme daño, y esas caricias me estaban haciendo llegar al séptimo cielo. Vi
que dejaba de mirarme a los ojos y que bajaba su vista a mi pene, examinándolo
de cerca. – Parece que no hubieras visto nunca un pene- le dije con una sonrisa,
- Sí que he visto, pero nunca tan cerca, ni de este tamaño – respondió,
dubitativa, - Pues este no es grande, te aseguro que los he visto más grandes -
le respondí, y era cierto. Creo tener un pene normal, ni grande ni pequeño, a
tenor de los que he visto en el gimnasio, o con los amigos en las duchas después
de un partido de fútbol. – Pues los pocos que he visto eran más pequeños que
éste, pero de todas formas no los vi mucho, ya te he contado que era un polvo,
me visto y adiós. ¿Te molesta que lo mire?- preguntó. – No, mujer, tú misma,
pero sin prisa, que si no… - sonreí, y ella pareció relajarse. - ¿cómo te
masturbas? – me espetó, y yo me sorprendí inicialmente, pero no me pareció mala
idea seguir excitándonos, hablar de temas así. – Agarro mi pene con mi mano,
cuando esta erecta y me masturbó lentamente de arriba abajo, hasta que llego al
orgasmo, ¿y tú? – respondí añadiendo esta pregunta. – Yo me desnudo, me tumbo o
me reclino y con mis manos me voy tocando los pechos, mi vientre, hasta que
llego a mi sexo. Después me estimulo con mis dedos el clítoris, ¿ves? – Señaló
ese punto con su dedo, abriendo sus labios con la otra mano – frotando con
distinta presión según el momento, hasta que me corro.- Hizo el ademán de
presionar su clítoris con un dedo a modo de explicación visual, mientras me lo
contaba. Quise ir un poco más allá.
- ¿Te masturbarías aquí, delante de mí? – Lo pensó un
brevísimo instante, antes de responder. – Sólo si tú también lo haces – Me había
llevado una sorpresa. – Vale, pero nos miraremos a los ojos todo el tiempo, ¿te
parece?- Descruzó sus piernas y las estiró, reclinándose hasta apoyar su espalda
contra el cabecero de la cama. Y me puse frente a ella de rodillas sentado sobre
mis talones, situado entre sus piernas, que había abierto y flexionado
ligeramente, mostrándome todo el esplendor de su sexo. Nos mirábamos a los ojos
con excitación, y es que la situación era excitante. Comenzó a acariciarse su
sexo con su mano derecha, introduciendo su dedo entre los pliegues de su vulva,
en busca de su clítoris. Una vez allí, inició un movimiento circular unas veces,
y de vaivén otras. Yo por mi parte comencé a masturbarme lentamente, agarrando
mi pene con firmeza y comenzando un pausado movimiento de vaivén, con lentitud,
para evitar correrme antes de lo deseado. Nuestros sexos estaban a escasos
centímetros uno del otro, y ambos alternábamos nuestra mirada entre los ojos del
otro y la visión de de la masturbación que cada uno llevaba a cabo. Después de
los primeros instantes, a ella le costaba mantener la vista fija en algo, y
comenzaba a jadear y cerrar los ojos, anunciando así que estaba próxima al
orgasmo. Yo por mi parte, comencé a aumentar el ritmo de mi mano, mientras que
con la otra acariciaba sus pezones. Esto hizo que comenzara a jadear y a gemir
ostensiblemente, aumentando el ritmo de su mano. Comenzó a sufrir pequeños
espasmos, y el ritmo de su mano era frenético, igual que el mío. Comenzó a
gemir, se estaba corriendo. Casi inmediatamente me corrí yo, eyaculando sobre su
abdomen de manera abundante sobre y resoplando. Había sido excitante y muy
placentero.
Cuando, instantes después, nos repusimos de nuestros
respectivos orgasmos, nos miramos con una sonrisa de complicidad. - ¿Qué te ha
parecido? – Dijo con una sonrisa. – Ha sido genial, Sara. Nunca lo había hecho
de esta manera, y estaba realmente excitado como hacía tiempo no lo estaba.
Gracias por este momento. ¿Y tú, qué tal?- respondí, aún jadeando ligeramente.
Ella se incorporó y tras un profundo y sensual beso, sonrió abiertamente. –
Muchas gracias a ti. Me has hecho sentir cosas nuevas y maravillosas. – Y volvió
a besarme, abrazándome fuerte contra ella.
Decidimos levantarnos. – Voy a darme una ducha, ¿te parece?
Después hablamos de lo que ha pasado, si no te importa.- Dije, al tiempo que me
acercaba a mi maleta para coger lo necesario. - ¿Te importa que me duche
contigo? Después de lo que ha pasado, no será un problema, ¿verdad? .- Ponía esa
cara de niña traviesa que ocasionalmente utilizaba para conseguir algo. Tras
pensar un instante, se me ocurrió algo. – Vamos a hacer una cosa, ¿a qué hora
vuelve el resto?-
- Tardarán bastante.- miró su reloj. – Son las cinco y media
de la tarde, y tenían previsto cenar en un pueblo cercano al que han ido, y
vendrán entrada la noche, ¿por qué?-
- Cuando llegué, al ver que la llave no estaba donde me
habíais dicho, estuve dando vueltas por la casa, para ver si la encontraba en
algún otro sitio, y vi que al lado hay una fantástica piscina. ¿Te apuntas a un
bañito, tal y como estamos, ahora que no hay nadie?- Me había venido la idea a
la cabeza como un relámpago repentino, y probé suerte a ver si aceptaba. - ¿Así
en pelotas, quieres decir? – Se lo pensó un instante, y sonrió con cara de
traviesa,- Tonto el último! – y salió corriendo de la habitación, desnuda como
estaba, escaleras abajo. Salí corriendo detrás de ella, con mi miembro
comenzando a reaccionar, y bamboleándose en mi carrera tras ella, pensando en lo
que podía ocurrir en la piscina. Cuando salí de la casa, y me dirigí a la
piscina, ella ya estaba en el borde de la misma, en posición para lanzarse al
agua de cabeza. Salté yo al agua tras ella, con intención de atraparla, hacerle
cosquillas, jugar con ella, y reírnos un rato, como hacíamos siempre que íbamos
a la piscina, o a la playa, sólo que esta vez había una diferencia: estábamos
desnudos los dos, y no podíamos obviar lo que poco antes había pasado en mi
habitación de la casa.
Tras unas brazadas, llegó al otro extremo de la piscina, y
dándose la vuelta se apoyó de espaldas en el borde, con los brazos abiertos y
extendidos sobre el mismo. Podía apreciar sus pechos a ras del agua, flotando
con el movimiento de las ondas que con nuestros braceos habíamos provocado en el
agua. Tenía los pezones erguidos, mirando hacia arriba, como consecuencia de la
temperatura del agua. Me miraba con una sonrisa desafiante mientras yo me
acercaba hacia el lugar donde ella estaba. Yo sonreía también, divertido y
excitado con la situación, pero ninguno de los dos decíamos nada. No hacía
falta, con la mirada del uno al otro había un entendimiento casi telepático,
como si cada uno supiéramos en qué pensaba el otro. Cuando paré justo delante de
ella, quedamos los dos por unos instantes quietos, uno frente al otro, a escasos
milímetros. Podía notar sus pechos rozando la zona más alta de mi abdomen, y mi
pene en erección rozaba levemente el suyo. No decíamos nada, solo nos mirábamos.
En un instante alzó sus brazos, y los puso alrededor de mi cuello, acerco su
cara a la mía y unió sus labios con los míos, abriendo su boca, para entregarme
su lengua, y que yo le entregara la mía. Agarrada así a mi cuello, levantó sus
piernas con facilidad, como es normal dentro del agua, y me rodeó la cintura con
sus piernas. Tenía su pecho apretado contra el mío, y nuestros sexos se
presionaban y se frotaban uno contra otro. La situación era excitante por si
sola, y no nos hizo falta ni preparación, ni excitación previa; estábamos
listos, a pesar de habernos corrido poco rato antes.
Con ella enlazada a mí, alcancé a bajar mi mano para agarrar
mi pene e introducírselo lentamente. Entró con relativa facilidad, con un leve
suspiro por su parte, que alzó su cara hacia el cielo, con los ojos cerrados,
mientras lo hacía.
Comencé lentamente un movimiento de vaivén, al que ella
ayudaba, dando la mayor profundidad posible a la penetración. Su vagina me
apretaba deliciosamente el miembro, y era impresionante sentir su presión en
cada embestida. Me encontraba con un nivel de excitación sorprendente para mí,
ya que hacía pocos instantes que había eyaculado abundantemente, y la verdad, no
soy ningún semental, o cosas por el estilo. Comencé a incrementar mi ritmo
progresivamente, y el ritmo de sus jadeos aumentó también, y comenzó a colgarse
literalmente de mí, aumentando ella el ritmo por su parte. Parecía que se iba a
correr de nuevo, y ambos nos embestíamos con furia. En un momento estaba
jadeando de manera ostensible e intentando coger aire a la vez, al tiempo que me
abrazaba con fuerza y me aprisionaba entre sus piernas. Aumente mi vaivén, y me
corrí yo con sus últimos espasmos. Estábamos abrazados, de pie en la piscina,
cansados, jadeantes, y satisfechos. Nos mantuvimos de esa forma un rato sin
hablar, ella con su cabeza apoyada en mi hombro, y yo abrazándola con fuerza, y
con mi miembro aún dentro de ella – Gracias, gracias, te quiero…- noté un
sollozo mientras decía esto. ¿Me había dicho "te quiero"? No me asusté, ni me
sorprendí, ni me mosqueé por una frase así. Al contrario, me di cuenta de lo que
sentía por mi parte. La quería; mucho. La había tenido al lado durante años,
casi desde la infancia, y jamás la había visto de otra forma que no fuera como
mi mejor amiga. Nos conocíamos como hermanos, y siempre nos habíamos entendido
casi sin hablar. Había hecho falta que ocurriera algo así, para que me diera
cuenta de que mis sentimientos hacia ella iban más allá.
- ¿De verdad, me quieres, estas segura de lo que dices, Sara?
– Levantó su cabeza de mi hombro, desenroscó sus puertas de mi cintura, salí de
ella. Quedó de pie frente a mí, seria. – Claro que estoy segura de lo que digo.
Te quiero desde hace tiempo, pero nunca te he dicho nada, porque tú parecías no
estar interesado en mí de otra forma que no fuera siendo la amiga que siempre he
sido. – Su voz era triste y teñida de cierta duda, como temiendo que lo que me
estaba confesando en aquel momento podía estropearlo todo, y nuestra amistad
pudiera irse al traste por aquella conversación. Respiró hondo. - ¿En quién
crees que pensaba cuando llegaste y me viste desnuda, masturbándome, sino en ti?
¿Por qué crees que me he quedado en la casa, en vez de marchar con los demás,
después haberlo planificado todo, y cuando has llegado y me has encontrado así
he ido inmediatamente a hablar contigo? Me he insinuado a ti descaradamente, ¿no
lo has notado?- Estaba lanzada, y decidida a confesarse a mí y echar el resto,
pasara lo que pasara. Iba a continuar con su discurso, que parecía tener
preparado desde hace tiempo, pero la detuve.
- Tranquila, Sara, no te lances. No hace falta que me
expliques nada. De hecho me he preguntado en alguna ocasión si habría algún
motivo para que alguien tan espectacular como tú, y tan atractiva tanto por
fuera como interiormente, puedes creerme, pues soy hombre y además te conozco
bien, no haya tenido relaciones con nadie desde hace tanto tiempo. Tenía esa
curiosidad, pero jamás te pregunté nada. Sabes que no soy dado a esas cosas, si
no lo quieren compartir conmigo, lo respeto. – Me miraba con interés, - ¿Sabes
en qué pensaba antes de que hablaras? – continué, - Pensaba en o que acaba de
pasar, y no ha sido como tener sexo sin más. Ha sido sublime, especial, y me he
dado cuenta de que te quiero mucho, muchísimo, pero que no era sólo como amiga,
sino algo más profundo. No quería echar un vulgar polvo contigo, sino que
disfrutaras, y disfrutar contigo, como creo que ha ocurrido. Ha habido mucho más
que sexo entre tú y yo hoy, estoy seguro – Dicho esto la besé, con ternura, la
apreté contra mí fuerte deseando que no se separara de mí. Unas lágrimas cayeron
por sus mejillas. – Hoy me has enseñado muchas cosas, - dijo con emoción, - he
sentido cosas que no conocía, y me has llevado a lugares y sensaciones que no
conocía. He jugado fuerte, y me alegro de que todo haya llegado a este punto. Te
quiero.-
Seguimos abrazados un rato más, sin hablar, y decidimos
volver a la casa, para ducharnos y estar juntos un rato más hablando de esta
nueva situación. Sara trajo sus cosas a mi habitación, que era un poco más
grande que la suya, decididos a pasar el resto del fin de semana juntos, cuanto
más tiempo mejor. Ya pensaríamos cómo explicarlo a los demás cuando volvieran.
Nos duchamos juntos, y allí volvimos a hacer el amor, esta vez ella se puso
contra la pared y se me ofreció para que la tomara desde atrás, de pie, bajo el
chorro de agua tibia. Gemimos, jadeamos, y llegamos a un orgasmo tan intenso
como el que habíamos tenido en la piscina. Me encantaba acariciarla y recorrer
su cuerpo con mis manos, y ella parecía estar encantada con mis caricias. Tras
la ducha, nos pusimos ropa cómoda, y decidimos ir a dar un paseo por el campo
alrededor de la casa, para hacer tiempo mientras llegaban los demás. Aun
quedaban muchas horas, y teníamos todo el tiempo del mundo para nosotros.
Durante el paseo, nos alejamos un poco de la casa, y nos
sentamos entre unos árboles, para hablar de nuestras cosas, y nuestra nueva
relación. Y me recosté en un árbol, y ella se sentó a horcajadas sobre mi,
mientras me abrazaba y me iba dando besos en la cara, el cuello los lóbulos de
mis orejas, y yo respondía acariciando su cuerpo, solamente cubierto por un leve
vestido veraniego que se abría por delante con unos botones. Le abrí los botones
para poner su pecho al descubierto. Iba sin sujetador, la verdad es que no lo
necesitaba para nada. Chupé y lamí y mordisqueé sus pezones con firmeza, pero
con cariño, y ella me ayudó a despojarme de mi camiseta. Me estaba excitando de
nuevo, y acabé por desabrochar su vestido del todo, apartándolo a un lado, y
quedó sentada sobre mis piernas cubierta por uno de esos tangas minúsculos que
llevan las mujeres cuando no quieren que se noten sus braguitas. Se retiró un
poco hacia atrás y retiró el bañador que llevaba puesto, Mi pene se elevó al
cielo al verse liberado, y Sara lo miraba con atención. – Hay que ver cómo estás
de nuevo, - dijo con una sonrisa.
- Con lo que me estás haciendo, cualquiera no lo estaría, -
respondí yo, e inmediatamente me la agarró con sus manos y agachándose comenzó a
lamer, besar y mordisquear ligeramente. Fantástico, parecía que una intuición
suya, o las ganas que tenía de darme placer le guiaban, porque me estaba
llevando al límite. Paraba y mirándome a los ojos me masturbaba lentamente
deslizando su mano por mi miembro. Si no hacía algo iba a terminar eyaculando en
su cara. – Para, o no duraré más, cariño, - trate de decir con la voz
entrecortada, - no me importa, disfruta, mi cielo – respondió y continuó con su
juego. Poco después mi orgasmo llegó, intenso, brutal. Cuando abrí los ojos,
había eyaculado en su cara y su pelo, dejándola perdida, y ella me miraba a los
ojos, sonriendo. Había estado observándome con atención mientras yo me corría.
Le sonreí – Te he puesto perdida – ella se acerco a mí y me besó – Ya te he
dicho que no me importaba, sólo quería darte placer. No había hecho esto nunca,
pero solo verte disfrutar compensa-.
Te debo una, entonces ¿no? – le pregunté-
No me debes nada, lo hice porque quiero y porque te
quiero – respondió.
La miré, de rodillas sobre la hierba verde casi desnuda,
preciosa. Tenía un cuerpo para ser admirado y deleitarse en sus formas
eternamente. – Entonces, - me incorporé – voy a hacer algo porque quiero y
porque te quiero. – La tumbé sobre el césped, y tirando de los lados de su tanga
la desnudé del todo. La verdad es que uno podía quedarse embelesado horas
mirando su cuerpo. Comencé a acariciarla, besarla, y a recorrer todo su cuerpo.
Ella cerraba los ojos y entre suspiros se dejaba hacer. Estuve así un rato hasta
que bajé mi cara entre sus muslos. Automáticamente abrió sus piernas, y yo me
dediqué a saborear su sexo, recorriéndolo y explorándolo con mi lengua. Tras un
rato de esta forma, cogió mi cabeza con sus manos apretándola contra su sexo;
poco después se deshacía en un orgasmo tremendo, mientras se pellizcaba sus
pezones.
Más besos, más abrazos; estuvimos un rato tumbados en aquella
arboleda recuperándonos. Comenzaba a oscurecer, así que decidimos vestirnos y
volver a la casa. Los demás estarían a punto de llegar, y cogidos de la mano
regresamos.
El resto del fin de semana transcurrió entre actividades, y
risas con los amigos, sobre todo cuando al darse cuenta de que nos íbamos los
dos a la misma habitación al llegar la hora de dormir, tuvimos que explicarles
nuestra nueva situación. Hubo risas, pero a todos les pareció fantástico. "Ya
era hora" llegó a comentar alguien, parece ser que todos habían hablado de
nosotros entre ellos, y estaban convencidos de que antes o después acabaríamos
juntos.
Por las noches, en la habitación, las sesiones de sexo
duraban casi toda la noche, aunque por los sonidos apagados que llegaban
débilmente desde otras habitaciones no éramos los únicos. Probamos casi de todo,
en todas las posiciones, nos acariciamos, nos exploramos y tuvimos sexo de todas
las formas que se nos ocurrían y nos apetecían; lo hicimos en la cama, en la
ducha, de pie en nuestra habitación, en alguna ocasión al aire libre por los
alrededores de la casa; tuvimos sexo oral, nos masturbamos mutuamente. Probamos
el sexo anal con más o menos dificultad pero con buen resultado final; en
definitiva, exploramos las posibilidades del sexo sin más límite que nuestro
deseo; exploramos todos los rincones de nuestro cuerpo, y nos dimos el mayor
placer que recordaba desde hacía tiempo.
Así estamos hasta hoy; vivimos juntos y continuamos con
nuestra tórrida y apasionada relación. Soy un hombre satisfecho; y ella, según
me ha confesado esta misma mañana al despertar, tras una genial sesión de sexo,
en la que hemos acabado masturbándonos mutuamente, es una mujer plena.