Nunca me había puesto a pensar que era una fantasiosa
fetichista, pero poniéndome delante a un tío con un mono de trabajo y una
camiseta ajustada, como el que tuve en ese momento ante mí, cualquiera se
hubiera resistido a darle vueltas a la cabeza y a hacer trabajar a la
imaginación.
Resulta que esta mañana estaba sola en casa y llamaron al
timbre. Al abrir la puerta me encontré a un pedazo de tío de esos que están
buenos a distancia, de los que no se ven por la calle habitualmente, esos que te
hacen disipar la percepción de la realidad. Con su mono de trabajo azul atado a
la cintura, una camiseta ajustada marcando pectorales y unos brazos musculosos
que sostenían una caja de herramientas sobre su hombro eran, literalmente, la
presencia de una dulce aparición. No sé cuanto tiempo me quedé sin habla, pero
admirando ese guapísimo chico, seguramente se me quedó una cara de boba de las
que no se borran fácilmente. Hasta que me sacó de mis pensamientos.
- Hola guapa.
Venía a reparar la calefacción.
- Pero, mi madre…
no está.
- Oh, vale, me
vengo en otro momento, entonces.
- No, no, pasa,
pasa. Debe ser el radiador del salón.
- Vale preciosa,
me pongo a ello.
Me metí en mi cuarto y tras cerrar la puerta tuve que apoyar
mi espalda en ella si no quería desplomarme al suelo, pues mis piernas apenas
podían sostenerme. Rápidamente me cambié de indumentaria, ni me había dado
cuenta que aun estaba en pijama. ¿Qué habría pensado ese chico al verme con esas
pintas? Casi instintivamente me puse la camiseta color salmón tan marcona que
compré a escondidas de mi madre y la faldita vaquera. Me acicalé el pelo y me
dirigí de nuevo al salón.
De nuevo me quedé sin habla. El chico me daba la espalda,
¡pero que espalda! Con sus piernas flexionadas imprimía sobre la tela del mono
unos músculos que aparentaban estar bien duritos, por no nombrar un culo, que
cada vez que se agachaba a mirar por debajo del radiador yo creía estar viendo
visiones. De pronto se volvió viéndome allí pasmada mirándole como una tonta.
Sus ojos recorrieron mi anatomía. Al hacerlo una sensación extraña me asaltó,
notaba su mirada clavada en mis piernas y en mis tetas y eso hacía acalorarme,
no sé si de vergüenza o de excitación. De nuevo fue él quién rompió el silencio.
- Hola preciosa.
¿Querías alguna cosa? Aun tengo para rato aquí.
- Oh no, perdona,
solo era… por si… ¿Te apetece tomar algo?
Fue lo primero que se me pasó por la cabeza para intentar
disimular de ese estado de paralización que tenía mi cuerpo y mi mente.
- Por ahora no,
guapa, luego si acaso una cervecita fría, pero primero voy a ver si termino
esto.
Me metí en la cocina rauda, intentando no parecer una
estúpida allí plantada, pero es que la presencia de ese chico me había
trastornado sobremanera. Me apoyé sobre la encimera y a partir de ese momento es
cuando comencé a poner en marcha mi imaginación. La verdad es que soy muy
fantástica, pero con ese hombre en la habitación de al lado no era nada, pero
nada difícil.
Pensaba que en cualquier momento finalizaría su trabajo y
llegaría hasta la cocina para decirme al oído: “hola preciosa”, porque además su
forma de decirlo sonaba a música celestial. Me pediría esa cerveza fresquita,
que le ofrecería complaciente agachándome insinuante sobre la nevera para
recogerla. Sus manos alcanzarían mi cintura por detrás para decirme “Que buena
estás, niña”. Notaría su bulto pegado a mi culo y yo agarrándome a su cuello,
preguntaría. “¿En serio te gusto?”. Sus manos se apoderarían de mis tetas con
fuerza, para afirmar lo caliente que estaba por mi culpa, al igual que yo
teniéndole adherido a mi cuerpo. Pellizcaría mis pezones duros con esas
preciosas manos que Dios le ha dado y de mi boca solo podrían salir suspiros ó
jadeos. Nuestras bocas se unirían en un beso profundo, apasionado. Su lengua
saldría al encuentro de la mía y en el aire se ensalzarían en un apacible
abrazo.
Las manos del chico se colarían por debajo de mi camiseta
para abarcar con sus dedos mi pecho desnudo, sintiendo sobre mi piel el buen
hacer de esas grandes manos. Su mano libre iría directamente por la cinturilla
de mi falda, colándose hasta llegar a mi pubis. Advertiría esos dedos jugar con
la costura de mis braguitas, para llegar más pronto que tarde a colarse en el
interior mi húmedo sexo y sacarme otro suspiro de placer. Me diría “Te voy a
follar, nena. Vas a ver las estrellas”.
Los dedos que minutos antes estaban en mis tetas estarían
después en mi rajita separando mis labios vaginales que pedirán a gritos una
herramienta bien dura entre ellos. Me haría sentarme sobre la encimera de la
cocina y separando mis piernas, acariciaría mis ingles, viendo como mi cuerpo
estremecerse ante sus caricias. Separaría mis bragas empapadas a un lado y
repasando con su lengua mi rajita caliente volvería a hacerme estremecer.
Mordería mis labios, succionando mi clítoris, introduciendo al mismo tiempo sus
dedos en lo más profundo de mi ser.
Me agacharía diligente frente a ese cuerpazo, le bajaría el
mono de trabajo, haciendo que su verga dura apareciese jovial ante mi cara.
Introduciría de golpe en mi boca su glande, aspirando el sabor, el calor de un
pene que iría endureciéndose por momentos al colarse hasta mi garganta sedienta.
Notaría sus respingos cuando mi lengua alcanzara sus huevos y llegase nuevamente
hasta su glande en lamidas lentas y prolongadas. Ese miembro desaparecería en mi
boca una y otra vez, en un vaivén interminable. Percibiría agradecido mi lengua
deslizarse por toda su largura y como se introducía reiteradamente hasta llegar
a lo más hondo de mi garganta aprisionando su dureza con mis labios.
Desnudos en un delicado abrazo, nos besaríamos con todas las
ganas, ansiosos ambos de unirnos en un acto más que anhelado. Dándome la vuelta
colocaría mi culo a su alcance con mi pecho y mi cara reclinados sobre la
encimera. Con sus brazos poderosos agarraría mis muñecas para aprisionarlas
contra mi espalda. Notaría como de una estocada me insertaba su miembro divino
en mi sexo caliente y me follaría como solo él sabe hacerlo, con fuerza, con
todas las ganas, sintiendo sus huevos chocar contra mi culo.
Luego volvería a hacerme sentarme sobre la encimera y
mirándome a los ojos repetiría unos besos geniales, esos que abarcarían mis
labios con los suyos y nuestros sexos haciéndolo también sin parar en una unión
precisa… placentera. Ese hombre me haría el amor como nadie, sentiría estar en
la gloria con sus poderosas acometidas hasta hacerme sentir el más intenso de
los orgasmos depositando en el interior de mi sexo, su agradable emulsión
caliente mientras mi vagina, agradecida, le oprimiría para sacarle hasta la
última gota sin dejar de besarnos como animales en celo.
Creo que me traspuse en mis pensamientos y no me percaté con
los ojos cerrados de la entrada de ese chico en la cocina, alejado de mi
fantasía y presente en la vida real. Su voz rompió el silencio de nuevo:
- Yo ya terminé.
Era más fácil de lo que parecía.
- Pero ¿ya?
- Si, ya está.
- Y… ¿la cerveza?
- Mejor otro día,
vale. Hasta luego, preciosa.
Ese chico desapareció de la cocina y de mi casa, pero no de
mis pensamientos donde anduvo presente a lo largo de toda la semana y donde yo
también estuve atada a él.
Sylke
(23 de abril de 2007)