Nunca me he considerado una persona atractiva. A mis 20 años
mi cuerpo no era nada fuera de lo ordinario, de poco más de 1.80 m., ojos y
cabello color negro y un abdomen en el punto medio de musculoso y obeso... en
fin, nada del otro mundo.
Ese año había sido algo complicado, en la universidad una
materia me había detenido, así que tendría que esperar hasta el siguiente
semestre para cursarla nuevamente. Mi hermana, maestra de vocación, recién había
contraído nupcias y al poco tiempo sorprendió a la familia con la noticia de un
embarazo. Esperó a que nuestros padres se fueran y me pidió la supiera en su
trabajo, me sería fácil, dijo, después de todo estaba estudiando medicina.
El colegio donde impartiría clases estaba bajo dirección de
una de mis tías, yo había estudiado ahí mismo y debido a mi relación con la
directora conocía a los profesores, quienes, al menos un par de ellos también
eran familiares míos que daban clases ahí mientras terminaban sus postgrados o
encontraban un trabajo más de su carrera.
... un numeroso grupo de alumnos entró despreocupado al aula,
me observaban y seguían a sus lugares. Un par de alumnas caminaban despacio
hablándose al oído, tal vez fueron esas faldas que cubrían apenas hasta donde
sus bragas ya no podían hacerlo, o quizás esa mezcla de perfumes femeninos que
transportaban a un mundo donde las hormonas quienes dictaban las reglas, pero me
sentí afortunado.
Eran señoritas de segundo año de secundaria pero sus cuerpos
pareciera no estaban enterados, junto a rostros inocentes y voces infantiles se
mostraban senos medianos cubiertos por una delgada blusa blanca que dejaba ver
los sostenes y en un par de ocasiones unos pequeños pezones erectos por el frío.
Piernas bien formadas en parte gracias a las clases aeróbicas que la escuela
impartía, muslos perfectos cuyo final se ocultaba entre cuadros rojos de la
falda. ¡ah, si! Casi olvidaba mencionar, también había varones.
Los lunes iban a ser los más pesados, me había dicho mi
hermana, y no mentía. Los lunes me tocaba impartir clases en los 5 grupos
dejándome solo dos sesiones y los recesos para mis asuntos. Fue justamente en
uno de estos recesos que me encontré con mi profesora de ciencias sociales,
Fátima, quién también respondía a ser mi prima, tendría 30 años, de piel clara,
herencia de sus antepasados franceses, ojos verdes y cabello negro, desde que yo
había estado en la escuela me había enamorado de ella. Más de una ocasión me
imagine masajeando sus grandes senos mientras mis labios y mi lengua se
enfrascaban en la ardua tarea de complacer a su zona genital. Vestía unos
pantalones ajustados y un suéter blanco que no lograban del todo esconder sus
formas.
¿cómo está tu hermana? – me preguntó sacándome de mis
pensamientos.
Pues todo parece indicar que bien profesora.
No hay necesidad de que me digas profesora, ahora somos
colegas – dijo mientras caminaba hacia su casillero - ¿qué te parecieron los
alumnos?
Bien, bien – respondí al tiempo que observaba su trasero
que se mostraba perfecto en la mezclilla ajustada.
¿Sabes? – la escuché pero no podía apartar mi vista de
sus voluptuosos glúteos – le prometí a tu hermana que te ayudaría a preparar
tus clases. ¡oye!
¡Ah, esta... esta bien...!
Mira, esta es mi dirección – se dirigió de nuevo a su
casillero en búsqueda de un papel donde apuntar pero está ocasión contoneaba
más sus caderas – ve después de las 6 de la tarde, a esas horas mi hijo está
en casa de sus abuelos.
En esos momentos entro a la sala de profesores el señor
director, de inmediato me pregunto por el estado de mi hermana y después de un
par de minutos la profesora Fátima se disculpo y salió del recinto.
Las clases terminaban a las 3 de la tarde, fui a mi hogar a
tomar una ducha y cambiarme de ropa, no muy formal, un pantalón y una camisa
desfajada. A las 5 menos 20 estaba ya fuera de la dirección indicada tocando el
timbre, una voz conocida respondió desde dentro.
¿Quién?
Soy... yo, digo... Eduardo, el hermano de Gloría...
Pasa, pasa... bien dijo tu hermana que la puntualidad era
una de tus cualidades. Se acaba de ir mi hijo ¿no lo verías acaso?
No, disculpa ¿y tu esposo? – las palabras salieron sin
siquiera pensarlas - ¿no se enfadará si me encuentra aquí?
Descuida – respondió y luego en voz apenas audible dijo –
se lo merece el infeliz.
Ella aún vestía aquel pantalón azul oscuro que llevaba en la
escuela, pero el suéter había desaparecido dejando ver una blusa blanca que
permitía ver los inicios de sus senos y ese triangulo precioso que se forma
cuando se encuentran en el medio del cuerpo. Los cordones de su blusa parecería
no soportarían mucho tiempo y la ausencia de otras estructuras me obligaban a
pesar que no llevaba sostén. Llegamos a la sala en un abrir y cerrar de ojos.
Libros de biología, apuntes y una computadora portátil adornaba la mesilla para
café, un par de vasos llenos de soda y la música de una estación de moda eran
los únicos acompañantes de nuestra estancia.
Todo comenzó normal, me preguntaba cómo me sentía dando
clases y cómo creía tendría que hacer para enseñarles, mis respuestas eran vagas
pues con insistencia veía el borde superior de su blusa y me perdía entre sus
formas, ella lo notaba pero no decía nada y en ocasiones, como al recoger mi
vaso para ir por más soda, acercaba sus senos a mi rostro... yo solo suspiraba y
mientras no estaba trataba de pensar en otras cosas para hacer disminuir la
erección que tenía.
Lalo – me llamó al poco tiempo - ¿pero, por qué no me lo
decías? Ya eres mayor de edad, y yo dándote refrescos y jugos, ¿no prefieres
un tequila o algo así?
Gracias... pero por el momento no.
Pues yo si me voy a tomar un "algo"... espero no te
moleste.
Adelante, por mi no hay problema.
Tomo asiento de nuevo con la bebida en su mano, la bebió
rápidamente y tras servirse y servirse de nuevo pronto yo era el único que
hablaba, ella solo me miraba, se mordía los labios y frecuentemente hacía un
gesto negativo y fingía mirar los apuntes, para luego mirarme de nuevo. Ya desde
secundaria era un movimiento muy normal en ella poner la mano en el hombro del
alumno cuando este le estaba platicando algo, pero ahora sus manos comenzaban a
pasar a mi cuello, a mi oreja, a mi cabello. Todo esto me mantenía excitado, mis
ojos en su cuerpo se hicieron menos discretos y aprovechando la aparente
confianza mi mano se apoyaba en su rodilla.
De repente, su silencio se vio interrumpido por su llanto.
Sus palabras entrecortadas describiéndome sus últimos meses, las riñas con su
marido, el que su hijo prefería estar con sus abuelos y que en la escuela
parecía a punto de despedirla, su mundo se venía abajo y ella creía no podía
hacer nada. Mis palabras parecían consolarla, me agradecía mi presencia, y se
disculpaba por la escena una y otra vez.
Te voy a compensar, tu no tienes por qué soportar mis
lloriqueos...
Profesora, no te preocupe...
Me quedé mudo, cuando la miré de nuevo su blusa había
desaparecido dejando a la vista su exquisito par de senos. Mis fantasías no se
acercaban siquiera a aquella fabulosa realidad, su tamaño, su forma... todo era
perfecto, su piel blanca los hacía verse aún más bellos, y coronando entre una
areola pequeña estaban sus pezones que erectos invitaban al pecado. Se acerco
caminando despacio, permitiendo disfrutar el espectáculo que regalaba.
Es momento de dejarlo salir – dijo al estar a poca
distancia de mi, una de sus manos se aferraba a mi trasero y la otra
acariciaba mi miembro por sobre el pantalón.
Hundió su mano entre la cremallera, hizo a un lado la prenda
interior y agarrándolo fuertemente me masturbaba de la manera mas deliciosa que
soy capaz de recordar. Nuestros labios se había unido en un apasionado beso,
sentía su lengua recorrer la mía y buscar con desesperación por toda mi boca.
Mis manos, en un acto reflejo ya había comenzado a desabotonar su pantalón,
bajaron la prenda y por sobre una tanga color rosa acariciaban una ya húmeda
región genital. Hablamos en este idioma un par de minutos, hasta que mis dedos
ya hacía a un lado la tela y se hundían despacio y salían de entre sus labios
vaginales una y otra vez.
Se recostó sobre el sofá más amplio, y con las prendas
tiradas a un lado, mi lengua se enfrasco en la envidiable tarea de hacerla
disfrutar, recorrían mis manos cual poseídas por un demonio sus pechos, los
apretaban, y masajeaban y después se detenían sosteniendo delicadamente sus
pezones. Sus gemidos, sus manos que empujaban mi cabeza hacia su sexo me decían
que mis constantes visitas a su clítoris la hacían sentirse al punto de su
orgasmo. Lo cual sucedió a los pocos instantes entre gritos de placer y sus
fluidos en mi lengua.
Lentamente se incorporó hasta quedar de rodillas frente a mi,
se deshizo de mis prendas y, sin mucho pensarlo, llevó mi miembro hasta su boca,
la punta de mi falo se encontró con la punta de su lengua que, gustosa daba
suaves lamidas sacándome un par de sonidos de excitación. Sentía sus uñas
clavándose en mis glúteos y, cuando al fin se decidió por introducirse todo en
su boca mi reacción fue la de tomar su cabeza y empujarla más hacia mi.
Lamía mi miembro con desesperación, abría sus ojos cuando en
mis movimientos sentía en su garganta un delicioso visitante. Pocos instantes
después, sus manos soltaron mi cuerpo y se dirigieron deseosas hacia sus senos,
ella sabía cuanto es que me fascinaban y sorprendiéndome me tiró hasta quedar
sentado en el sofá, las junto e inició un salvaje movimiento de sube y baja con
mi miembro entre sus senos, su rostro expresaba una pícara sonrisa. Sabia que
estaba yo a su entera disposición, se sabía la dominante y parecía gustarle.
Desde secundaria que deseabas hacer esto ¿verdad? –
hablaba despacio para que cada una de sus palabras provocaran el efecto
deseado – yo siempre me di cuenta de tus miradas que me hacían ver desnuda
entre tus pensamientos, ¿sabes? Yo siempre había querido saber qué se sentía
hacerlo con un alumno. Y esta es una excelente oportunidad.
Mi expresiones respondían de manera exacta por mi. Apenas me
di cuenta de cuando se levantó y ahora apuntaba mi miembro hacia su privacidad.
Me dio un beso en el que ambos perdimos las nociones de tiempo y lugar, y
después... aquella divina sensación.
Me sentía dentro de ella, podía sentir sus movimientos lentos
y rítmicos, me hablaban de su experiencia, ella quería sentir una profunda
penetración, me recosté quedando ella tendida sobre mi. Mis manos apretaban esas
nalgas que tanto había deseado y al encontrarme con su ano no pude evitar
introducir un dedo, ella no se quejo, nos besábamos una y otra vez mientras mi
falo rompía las barreras de alumno y profesora que alguna vez había existido, y
mi dedo se abría paso en su terreno prohibido y, que después me enteraría, hasta
ese momento inexplorado. Jadeábamos al unísono ante cada arremetida, sentía
ganas de correrme, pero sus gritos y gemidos me decían que pronto ella lo haría.
Ven... – hablo mientras se empezaba a dejar caer hacia
uno de los lados del sofá – quiero probar de diferentes maneras.
Caímos juntos al piso, el impacto provoco un movimiento
brusco que la hizo doler un poco, se acomodo en cuatro puntos, dejándome ver su
región pélvica a mi gusto.
Házmelo así... – dijo con voz queda – pero, dejemos mi
culo para otra ocasión.
Pareciera haber leído mi mente. Apunte de nuevo y en un solo
movimiento introduje todo mi miembro en ella, esa posición siempre me había
gustado y ya en diversas ocasiones practicado así que a los pocos segundos ya
estábamos ambos gozando de lo lindo, mis manos apoyados sobre sus nalgas y el
movimiento hipnótico de sus senos eran lo mejor que podía pedir, volvió a
correrse lo que hizo que sus brazos perdieran fuerza y tuviera que quedar
tendida en el piso aún con su trasero apuntando hacía mi.
Voy a correrme – informé a los pocos instantes.
Dentro de mi no, por favor – respondió ya casi sin
fuerzas – hazlo sobre mis nalgas, quiero sentir tus líquidos mojando mis
glúteos.
Saque mi miembro de aquel paradisíaco sitio y sin mucha
espera mi semen volaba acompañado de mis sonidos y terminaba posado sobre sus
blancas nalgas. Cuando hube terminado los dos quedamos recostados juntos en la
alfombra de la sala de su hogar. El radio anuncio las 10:20 de la noche y ella
dijo que su hijo llegaría en algunos minutos. Nos vestimos uno al otro, y
mientras yo ponía su pantalón le di beso de despedida a su clítoris, acomodé su
blusa no sin antes despedirme de igual manera de sus pechos. Ella mientras subía
mi pantalón lentamente se despedía de mi falo.
Nos vemos después... – le decía mientras daba pequeños
lengüetazos a mi miembro que al sentirlos trataba de incorporarse de nuevo –
recuerda que eres mio.
Colocó su tanga en uno de mis bolsillos y nos despedimos en
un tierno beso.
- Mañana nos vemos colega... – me dijo desde la puerta – tu
vida como profesor en esa escuela apenas va comenzando.