Antes que nada, vaya mi cordial agradecimiento a los que me
han leído, pero en especial a quienes además han tenido la gentileza de enviarme
sus mensajes. No he podido hacerlo con cada uno porque soy nuevo en las lides de
la computación y temo que al hacerlo oprima la tecla equivocada y me borre lo
que tengo, como ya me ha sucedido. Aseguro que he puesto el mejor de mis empeños
queriendo aprender siquiera lo elemental de esto, pero cuando me hablan de la
facilidad para conseguirlo siento que me hablan en chino mandarín. Que conste.
R E C L A M O
Con un mensajero me hiciste llegar un paquete repleto de
objetos diversos que fuiste acumulando a lo largo de nuestro de nuestro
noviazgo, tales como contraseñas de entrada a distintos espectáculos, flores
deshidratadas, peluches, discos y servilletas de papel en las que desbordé la
pasión que sentía por ti haciendo acrósticos con tu nombre. Ni siquiera
conservaste aquellos poemas que te escribí, con un estilo y una métrica un tanto
cuanto desparpajados pero eso sí, muy bien rimados. Al releerlos me doy cuenta
que la poesía es una actividad en la que no debo volver a incursionar por ningún
motivo. También recibí la libreta que te regalé en tu santo en la que en otro
arrebato me puse a escribir "TE AMO" cuantas veces cupo en cada renglón de sus
cuatrocientas páginas. Recuerdo que al recibirla dijiste emocionada y con
lágrimas en los ojos que era el mejor regalo que te habían hecho en la vida.
Juraste por tu madre que era lo mejor que se había escrito, que ni García
Marques ni Saramago tenían mi altura, que sería tu libro de cabecera, del que
nunca te desprenderías, y mira como cambian de parecer las personas.
Esto debo tomarlo como el rompimiento formal de nuestras
relaciones ya que en la breve nota que acompañaba el envío no me llamaste
Adorado Brad, como siempre lo hacías al escribirme en alusión al actor Brad Pitt,
del que te declarabas rendida admiradora y con el que me hallabas cierto
parecido. De este particular modo tuyo de llamarme debo agradecer que nunca se
enterara ninguna de mis hermanas, que si no todavía estaría siendo víctima de
sus burlas, y no te imaginas que crueles y refinadas son cuando hace escarnio de
alguien.
Debo hablarte, con toda franqueza, de la manera como te
conocí. No fue como supones. Los encuentros se dan de mil formas: bien sea que
alguien nos ponga frente a frente para presentarnos; o al efectuar la búsqueda
de un libro en una biblioteca o una librería y cederlo cortésmente cuando nos
informan que sólo hay un volumen disponible; también puede darse al saludar a la
de junto al llegar a un nuevo trabajo o al chocar accidentalmente la copa en la
barra de un bar; en la fila para comprar boletos para entrar al teatro o al
cine; al esperar que nos den mesa en un restaurante y después de prolongada
espera informen que se desocupó una mesa para dos personas y dos perfectos
desconocidos aceptan compartirla; vaya hasta en un velorio puede darse un
encuentro. Es increíble la forma como alguien puede conocer a otra persona.
Ahora bien, nuestro encuentro se dio del modo que nadie imaginaría:
Como parte del servicio social que debía realizar para
obtener el título profesional de arquitecto, me enviaron al Museo Nacional de
Arte a cumplir con dicha responsabilidad y como primera tarea me encomendaron
hacer un estudio sobre un nuevo diseño y distribución de los baños para el
personal que allí laboraba. Decidí comenzar por los baños de mujeres del noveno
piso. Una vez allí tomé medidas del lugar y anoté detalles y características del
mobiliario. Por cierto me llamó la atención la higiene extrema del sitio;
espejos, lavabos y retretes lucían inmaculados. Hacia el fondo del conjunto
había un pequeño cuarto, empujé la puerta que lo protegía y vi que se trataba de
una pequeña bodega donde guardaban utensilios de aseo. Me introduje para medir
el espacio y completar mis anotaciones.
Justo cuando estaba por concluir la toma de datos, escucho el
taconeo de alguien que entra apuradamente y se encierra en uno de los cubículos;
se oye el deslizamiento de un cierre, manipuleo de prendas de vestir y enseguida
el sonido característico de un potente chorro de orines que hace contacto con el
agua de la taza. A esta agitación viene a añadirse el estrépito de una retahíla
de pedos que escaparon libremente, al imaginarse esa persona que no había nadie
más en el baño y que podía expulsar sus gases con entera confianza. Hasta
entonces me percaté que había olvidado colocar en la puerta de entrada la
advertencia Fuera de Servicio. Me quedé encerrado donde estaba pues hubiera sido
penosísimo, tanto para mí como para esa persona, habernos visto en esas
circunstancias, por lo que decidí esperar a que terminara y saliera cuanto
antes. Una vez que la persona se marchó fui de prisa a la puerta y puse la señal
que debí colocar desde el principio.
Al efectuar un recorrido para verificar mis datos, al pie de
la taza del baño que habían utilizado, pues aun se escuchaba el fluir del agua
de llenado de la caja del mueble, descubro una cartera tirada en el piso. De
inmediato deduzco que pertenecía a la persona que acababa de utilizar el
servicio. La levanto y al abrirla para identificar a su propietaria, quedó
asombrado por la belleza del rostro que aparecía en la licencia de manejo que
extraje así como en el gafete de trabajo que estaba a tu nombre. Permanecí unos
minutos admirando tu hermosura. En el contenido también había diversas tarjetas
de crédito así como una cantidad de dinero en efectivo. Para completar el
hallazgo cuando bajé la vista, distingo un rizo de vello púbico en el borde de
la blancura de la taza. Lo tomé con sumo cuidado, lo puse en la palma de mi mano
y lo extendí observándolo detenidamente y excitándome al pensar que ese diminuto
filamento formó parte de la intimidad de la hermosa mujer que aparecía
fotografiada en los documentos que tenía junto. Todavía conservo ese rizo tuyo y
me gusta fantasear coda que lo pongo en la palma de mi mano.
Esa misma tarde te llamé a uno de los números de teléfono que
encontré entre tus documentos y te mentí diciéndote que había encontrado tu
cartera tirada en uno de los pasillos del Museo Nacional de Arte. Reaccionaste
sorprendida pues comentaste que hasta entonces no te habías dado cuenta de la
pérdida de tu cartera. Señalaste que habías ido a ese sitio a saludar a una
amiga que trabajaba allí, y seguramente en un descuido se te escurrió de la
bolsa y no lo notaste. Agradeciste mi generosidad y, aunque me ofrecí llevártela
a tu casa esa misma tarde, decidiste que nos viéramos en un lugar al día
siguiente para la entrega. Cuando te vi por primera vez concluí que eras más
bonita en persona que en fotografía; lucías un conjunto que acentuaba tu figura
esbelta. Para mi fortuna de ti salió que fuéramos a tomar un café, ya que juzgué
que si lo hacía yo te verías obligada aceptar para corresponder mi gesto. Así
fue como te conocí.
Haciendo un recuento de nuestro romance recuerdo que siempre
tuviste una marcada obsesión a imaginar que te secuestraban. Cuando caminábamos
por la calle mirabas inquieta para atrás buscando posibles secuestradores.
Ignoro si lo hacías por temor o frustrada por que el caso nunca se daba. ¿Viste
a ese que pasó de prisa? Señalabas a determinado individuo que pasaba
despreocupado junto a nosotros. Regularmente eran barbones o melenudos. Le ví la
típica facha de secuestrador, afirmabas plenamente convencida. Nunca pude
convencerte que quienes se dedicaban al secuestro no tenían un rasgo distintivo,
lo mismo podían ser barbones que lampiños; vestidos de mezclilla o de traje;
altos o chaparros; hasta ciertos elementos policíacos que a determinada hora nos
protegían, en su tiempo libre se dedicaban al secuestro de personas como forma
de allegarse más recursos.
Otra de tus locuras favoritas consistía en afirmar que
recordabas reencarnaciones pasadas; insistías que en alguna de tus vidas
anteriores fuiste soberana de un pueblo que alcanzó notable desarrollo, gracias
a tus cualidades de gobernante. Que el territorio donde se hallaba ubicado dicho
pueblo estaba bañado por caudalosos ríos, que les aseguraban cosechas abundantes
por lo que el hambre era desconocida en ese mítico lugar. Que quienes te
ayudaban a gobernar no eran personas despreciables con patente de corzo, ni
gozaban de todos lo privilegios mientras la ciudadanía pasaba penurias, sino que
la prosperidad era un derecho de todos los pobladores. Agregabas que esta
prosperidad despertaba envidias y traiciones razón por la cual, un aciago día,
un ministro en el que tenías depositada toda tu confianza, apoyado por un grupo
de traidores que nunca faltan, daban una especie de golpe de estado y se alzaban
con el poder. Te tomaban prisionera y te secuestraban, encerrándote en la torre
de un oscuro y frío castillo. No recordabas más detalles, el hecho es que
estuviste una larga temporada sin que te pegara el sol. Pero un buen día,
exclamabas orgullosa, aparecía un arrojado plebeyo, una especie de hidalgo con
lanza, espada y armadura así como el infaltable caballo, quien después de librar
fiera batalla lograba rescatarte de tu cautiverio; acto por el cual, una vez
instalada en tu trono y mediante un complicado ceremonial, lo designabas
caballero de tu corte. Ahora entiendo por qué eras tan reservada conmigo, como
yo en la vida he realizado nada que pudiera considerarse relevante y tú en
cambio te entiendes tan bien con los héroes y la nobleza, he ahí el pobre
resultado sentimental.
Entre los trebejos que recibí encontré una fotografía en la
que aparezco sentado y sobre mi pierna una parte de tu mano, producto del brutal
tijeretazo para suprimir tu presencia de la escena. A mi espalda está el granuja
de tu hermano sonriente y poniéndome cuernos. La ocasión se presta para
confesarte que gracias a él conservo uno más de mis preciados tesoros. Resulta
que en cierta ocasión, cuando estaba en la sala de tu casa, apareció el bribón
de tu hermano en actitud sospechosa. No le presté atención porque este era su
comportamiento habitual. Luego de rondar de aquí para allá inquieto se acercó
hasta donde estaba y volteando receloso a los lados, me dijo a media voz: Te
vendo unos calzones de la Lucía. Acto seguido me mostró un pequeño envoltorio de
tela negra que extrajo de la bolsa de su pantalón.
De momento quedé sorprendido por la naturaleza de su
ofrecimiento pues nunca lo hubiera esperado de un chiquillo de esa edad, apenas
tenía diez años, aunado al parentesco que guardaba contigo. Sin embargo, poseer
una prenda íntima que hubieras usado me pareció excitante en todos sentidos, por
lo que le pregunté: ¿De dónde sacaste esto? Al tiempo que estiraba el brazo para
tocarla. ¿Vas a comprar o me vas a interrogar? Agregó el pillo de tu hermano,
poniendo el envoltorio fuera de mi alcance e impidiéndome ese goce. Para
entonces mi lujuria se había desatado ya que sería el complemento perfecto del
rizo tuyo que conservaba celosamente. Como buen negociante que pintaba desde
entonces, se dio cuenta del morbo que despertó su ofrecimiento por lo que me
apresuró para que la comprara, argumentando que podías aparecer de un momento a
otro. Me tenía en sus manos el muy bandido y sabía que no podía rechazar su
oferta, por lo que terminé entregándole el poco efectivo que llevaba. Como no le
satisfizo el monto obtenido exigió que también le entregara mi reloj y hasta un
anillo de graduación de preparatoria que vio en mi mano.
Una vez en casa con mi preciada adquisición, me encerré en mi
recámara, extendí la delicada prenda sobre el restirador de dibujo y encendí la
lámpara para tener una perfecta visibilidad y me puse a revisarla
minuciosamente, a la búsqueda de cualquier detalle que hubieras dejado al
usarla. La pasé por mi rostro para sentir su suavidad así como para aspirar al
aroma que despedía, deseando encontrar alguna fragancia tuya.
No puedo explicarme por qué decides terminar lo nuestro.
Nunca imaginé que aquel artículo que encontré en un periódico, el cual te
comenté, entre risas, sin medir las consecuencias, provocara nuestro
distanciamiento. Recuerdo el rostro adusto que pusiste al escucharla y la
pregunta lapidaria que esgrimiste enseguida: ¿Entonces así me tienes catalogada?
La frase, fuera de contexto, que provocó tu inconformidad fue: Hay dos tipos de
mujeres: las que lo hacen y las muertas.
No podría concluir este resumen sin aceptar que no tuve
elementos para vencer tu obstinado rechazo a disfrutar nuestro amor, recuerdo
que en cuanto sentías que los besos y las caricias aumentaban de intensidad y
mis manos buscaban tu cuerpo, detenías abruptamente mi acometida y advertías que
nunca debería intentar meterte mano porque hasta ese día duraba nuestro
noviazgo. Ahora disfruto evocando los fugaces momentos de placer que tuvimos y
me consuelo acariciando la pantaleta negra de satín, al tiempo que paso por mis
labios el rizo que escapó de tu pubis.
Vaya todo esto a modo de reclamo a ver si consigo convencerte
que unamos tus obsesiones y mi locura; estoy convencido que tenemos más en común
que en desacuerdo. Tengo la confianza que un día que navegues en Internet, como
regularmente lo haces, encuentres estas líneas y después de leerlas no te
incomoden la sinceridad de mis palabras. No tengo más que decirte y perdona lo
reiterativo. Espero tu correo.