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La guarra de mi prima me convenció
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[ Están locos estos romanos (Obelix) ]
 TODORELATOS.COM Fecha: 06 de Octubre, 2008.
Fecha: 24-Abr-07 « Anterior | Siguiente » en Fetichismo (493 de 583)

Reclamo

troly
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Una pareja sui generis, desde la forma de conocerse,un rizo, una prenda y el ruego para continuar la aventura. Version para imprimirEnviar este relato a un amigo/a Ver ficha del autor

Antes que nada, vaya mi cordial agradecimiento a los que me han leído, pero en especial a quienes además han tenido la gentileza de enviarme sus mensajes. No he podido hacerlo con cada uno porque soy nuevo en las lides de la computación y temo que al hacerlo oprima la tecla equivocada y me borre lo que tengo, como ya me ha sucedido. Aseguro que he puesto el mejor de mis empeños queriendo aprender siquiera lo elemental de esto, pero cuando me hablan de la facilidad para conseguirlo siento que me hablan en chino mandarín. Que conste.

 

R E C L A M O

Con un mensajero me hiciste llegar un paquete repleto de objetos diversos que fuiste acumulando a lo largo de nuestro de nuestro noviazgo, tales como contraseñas de entrada a distintos espectáculos, flores deshidratadas, peluches, discos y servilletas de papel en las que desbordé la pasión que sentía por ti haciendo acrósticos con tu nombre. Ni siquiera conservaste aquellos poemas que te escribí, con un estilo y una métrica un tanto cuanto desparpajados pero eso sí, muy bien rimados. Al releerlos me doy cuenta que la poesía es una actividad en la que no debo volver a incursionar por ningún motivo. También recibí la libreta que te regalé en tu santo en la que en otro arrebato me puse a escribir "TE AMO" cuantas veces cupo en cada renglón de sus cuatrocientas páginas. Recuerdo que al recibirla dijiste emocionada y con lágrimas en los ojos que era el mejor regalo que te habían hecho en la vida. Juraste por tu madre que era lo mejor que se había escrito, que ni García Marques ni Saramago tenían mi altura, que sería tu libro de cabecera, del que nunca te desprenderías, y mira como cambian de parecer las personas.

Esto debo tomarlo como el rompimiento formal de nuestras relaciones ya que en la breve nota que acompañaba el envío no me llamaste Adorado Brad, como siempre lo hacías al escribirme en alusión al actor Brad Pitt, del que te declarabas rendida admiradora y con el que me hallabas cierto parecido. De este particular modo tuyo de llamarme debo agradecer que nunca se enterara ninguna de mis hermanas, que si no todavía estaría siendo víctima de sus burlas, y no te imaginas que crueles y refinadas son cuando hace escarnio de alguien.

Debo hablarte, con toda franqueza, de la manera como te conocí. No fue como supones. Los encuentros se dan de mil formas: bien sea que alguien nos ponga frente a frente para presentarnos; o al efectuar la búsqueda de un libro en una biblioteca o una librería y cederlo cortésmente cuando nos informan que sólo hay un volumen disponible; también puede darse al saludar a la de junto al llegar a un nuevo trabajo o al chocar accidentalmente la copa en la barra de un bar; en la fila para comprar boletos para entrar al teatro o al cine; al esperar que nos den mesa en un restaurante y después de prolongada espera informen que se desocupó una mesa para dos personas y dos perfectos desconocidos aceptan compartirla; vaya hasta en un velorio puede darse un encuentro. Es increíble la forma como alguien puede conocer a otra persona. Ahora bien, nuestro encuentro se dio del modo que nadie imaginaría:

Como parte del servicio social que debía realizar para obtener el título profesional de arquitecto, me enviaron al Museo Nacional de Arte a cumplir con dicha responsabilidad y como primera tarea me encomendaron hacer un estudio sobre un nuevo diseño y distribución de los baños para el personal que allí laboraba. Decidí comenzar por los baños de mujeres del noveno piso. Una vez allí tomé medidas del lugar y anoté detalles y características del mobiliario. Por cierto me llamó la atención la higiene extrema del sitio; espejos, lavabos y retretes lucían inmaculados. Hacia el fondo del conjunto había un pequeño cuarto, empujé la puerta que lo protegía y vi que se trataba de una pequeña bodega donde guardaban utensilios de aseo. Me introduje para medir el espacio y completar mis anotaciones.

Justo cuando estaba por concluir la toma de datos, escucho el taconeo de alguien que entra apuradamente y se encierra en uno de los cubículos; se oye el deslizamiento de un cierre, manipuleo de prendas de vestir y enseguida el sonido característico de un potente chorro de orines que hace contacto con el agua de la taza. A esta agitación viene a añadirse el estrépito de una retahíla de pedos que escaparon libremente, al imaginarse esa persona que no había nadie más en el baño y que podía expulsar sus gases con entera confianza. Hasta entonces me percaté que había olvidado colocar en la puerta de entrada la advertencia Fuera de Servicio. Me quedé encerrado donde estaba pues hubiera sido penosísimo, tanto para mí como para esa persona, habernos visto en esas circunstancias, por lo que decidí esperar a que terminara y saliera cuanto antes. Una vez que la persona se marchó fui de prisa a la puerta y puse la señal que debí colocar desde el principio.

Al efectuar un recorrido para verificar mis datos, al pie de la taza del baño que habían utilizado, pues aun se escuchaba el fluir del agua de llenado de la caja del mueble, descubro una cartera tirada en el piso. De inmediato deduzco que pertenecía a la persona que acababa de utilizar el servicio. La levanto y al abrirla para identificar a su propietaria, quedó asombrado por la belleza del rostro que aparecía en la licencia de manejo que extraje así como en el gafete de trabajo que estaba a tu nombre. Permanecí unos minutos admirando tu hermosura. En el contenido también había diversas tarjetas de crédito así como una cantidad de dinero en efectivo. Para completar el hallazgo cuando bajé la vista, distingo un rizo de vello púbico en el borde de la blancura de la taza. Lo tomé con sumo cuidado, lo puse en la palma de mi mano y lo extendí observándolo detenidamente y excitándome al pensar que ese diminuto filamento formó parte de la intimidad de la hermosa mujer que aparecía fotografiada en los documentos que tenía junto. Todavía conservo ese rizo tuyo y me gusta fantasear coda que lo pongo en la palma de mi mano.

Esa misma tarde te llamé a uno de los números de teléfono que encontré entre tus documentos y te mentí diciéndote que había encontrado tu cartera tirada en uno de los pasillos del Museo Nacional de Arte. Reaccionaste sorprendida pues comentaste que hasta entonces no te habías dado cuenta de la pérdida de tu cartera. Señalaste que habías ido a ese sitio a saludar a una amiga que trabajaba allí, y seguramente en un descuido se te escurrió de la bolsa y no lo notaste. Agradeciste mi generosidad y, aunque me ofrecí llevártela a tu casa esa misma tarde, decidiste que nos viéramos en un lugar al día siguiente para la entrega. Cuando te vi por primera vez concluí que eras más bonita en persona que en fotografía; lucías un conjunto que acentuaba tu figura esbelta. Para mi fortuna de ti salió que fuéramos a tomar un café, ya que juzgué que si lo hacía yo te verías obligada aceptar para corresponder mi gesto. Así fue como te conocí.

Haciendo un recuento de nuestro romance recuerdo que siempre tuviste una marcada obsesión a imaginar que te secuestraban. Cuando caminábamos por la calle mirabas inquieta para atrás buscando posibles secuestradores. Ignoro si lo hacías por temor o frustrada por que el caso nunca se daba. ¿Viste a ese que pasó de prisa? Señalabas a determinado individuo que pasaba despreocupado junto a nosotros. Regularmente eran barbones o melenudos. Le ví la típica facha de secuestrador, afirmabas plenamente convencida. Nunca pude convencerte que quienes se dedicaban al secuestro no tenían un rasgo distintivo, lo mismo podían ser barbones que lampiños; vestidos de mezclilla o de traje; altos o chaparros; hasta ciertos elementos policíacos que a determinada hora nos protegían, en su tiempo libre se dedicaban al secuestro de personas como forma de allegarse más recursos.

Otra de tus locuras favoritas consistía en afirmar que recordabas reencarnaciones pasadas; insistías que en alguna de tus vidas anteriores fuiste soberana de un pueblo que alcanzó notable desarrollo, gracias a tus cualidades de gobernante. Que el territorio donde se hallaba ubicado dicho pueblo estaba bañado por caudalosos ríos, que les aseguraban cosechas abundantes por lo que el hambre era desconocida en ese mítico lugar. Que quienes te ayudaban a gobernar no eran personas despreciables con patente de corzo, ni gozaban de todos lo privilegios mientras la ciudadanía pasaba penurias, sino que la prosperidad era un derecho de todos los pobladores. Agregabas que esta prosperidad despertaba envidias y traiciones razón por la cual, un aciago día, un ministro en el que tenías depositada toda tu confianza, apoyado por un grupo de traidores que nunca faltan, daban una especie de golpe de estado y se alzaban con el poder. Te tomaban prisionera y te secuestraban, encerrándote en la torre de un oscuro y frío castillo. No recordabas más detalles, el hecho es que estuviste una larga temporada sin que te pegara el sol. Pero un buen día, exclamabas orgullosa, aparecía un arrojado plebeyo, una especie de hidalgo con lanza, espada y armadura así como el infaltable caballo, quien después de librar fiera batalla lograba rescatarte de tu cautiverio; acto por el cual, una vez instalada en tu trono y mediante un complicado ceremonial, lo designabas caballero de tu corte. Ahora entiendo por qué eras tan reservada conmigo, como yo en la vida he realizado nada que pudiera considerarse relevante y tú en cambio te entiendes tan bien con los héroes y la nobleza, he ahí el pobre resultado sentimental.

Entre los trebejos que recibí encontré una fotografía en la que aparezco sentado y sobre mi pierna una parte de tu mano, producto del brutal tijeretazo para suprimir tu presencia de la escena. A mi espalda está el granuja de tu hermano sonriente y poniéndome cuernos. La ocasión se presta para confesarte que gracias a él conservo uno más de mis preciados tesoros. Resulta que en cierta ocasión, cuando estaba en la sala de tu casa, apareció el bribón de tu hermano en actitud sospechosa. No le presté atención porque este era su comportamiento habitual. Luego de rondar de aquí para allá inquieto se acercó hasta donde estaba y volteando receloso a los lados, me dijo a media voz: Te vendo unos calzones de la Lucía. Acto seguido me mostró un pequeño envoltorio de tela negra que extrajo de la bolsa de su pantalón.

De momento quedé sorprendido por la naturaleza de su ofrecimiento pues nunca lo hubiera esperado de un chiquillo de esa edad, apenas tenía diez años, aunado al parentesco que guardaba contigo. Sin embargo, poseer una prenda íntima que hubieras usado me pareció excitante en todos sentidos, por lo que le pregunté: ¿De dónde sacaste esto? Al tiempo que estiraba el brazo para tocarla. ¿Vas a comprar o me vas a interrogar? Agregó el pillo de tu hermano, poniendo el envoltorio fuera de mi alcance e impidiéndome ese goce. Para entonces mi lujuria se había desatado ya que sería el complemento perfecto del rizo tuyo que conservaba celosamente. Como buen negociante que pintaba desde entonces, se dio cuenta del morbo que despertó su ofrecimiento por lo que me apresuró para que la comprara, argumentando que podías aparecer de un momento a otro. Me tenía en sus manos el muy bandido y sabía que no podía rechazar su oferta, por lo que terminé entregándole el poco efectivo que llevaba. Como no le satisfizo el monto obtenido exigió que también le entregara mi reloj y hasta un anillo de graduación de preparatoria que vio en mi mano.

Una vez en casa con mi preciada adquisición, me encerré en mi recámara, extendí la delicada prenda sobre el restirador de dibujo y encendí la lámpara para tener una perfecta visibilidad y me puse a revisarla minuciosamente, a la búsqueda de cualquier detalle que hubieras dejado al usarla. La pasé por mi rostro para sentir su suavidad así como para aspirar al aroma que despedía, deseando encontrar alguna fragancia tuya.

No puedo explicarme por qué decides terminar lo nuestro. Nunca imaginé que aquel artículo que encontré en un periódico, el cual te comenté, entre risas, sin medir las consecuencias, provocara nuestro distanciamiento. Recuerdo el rostro adusto que pusiste al escucharla y la pregunta lapidaria que esgrimiste enseguida: ¿Entonces así me tienes catalogada? La frase, fuera de contexto, que provocó tu inconformidad fue: Hay dos tipos de mujeres: las que lo hacen y las muertas.

No podría concluir este resumen sin aceptar que no tuve elementos para vencer tu obstinado rechazo a disfrutar nuestro amor, recuerdo que en cuanto sentías que los besos y las caricias aumentaban de intensidad y mis manos buscaban tu cuerpo, detenías abruptamente mi acometida y advertías que nunca debería intentar meterte mano porque hasta ese día duraba nuestro noviazgo. Ahora disfruto evocando los fugaces momentos de placer que tuvimos y me consuelo acariciando la pantaleta negra de satín, al tiempo que paso por mis labios el rizo que escapó de tu pubis.

Vaya todo esto a modo de reclamo a ver si consigo convencerte que unamos tus obsesiones y mi locura; estoy convencido que tenemos más en común que en desacuerdo. Tengo la confianza que un día que navegues en Internet, como regularmente lo haces, encuentres estas líneas y después de leerlas no te incomoden la sinceridad de mis palabras. No tengo más que decirte y perdona lo reiterativo. Espero tu correo.

TodoRelatos.com © troly

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