AJUSTABLE
Fernando deseaba una manera con la cual su pene respondiera a
los estímulos de su excitación proporcionadamente. Sentía que era injusto que,
por muy cachondo que estuviera, su pene sólo alcanzara cierto tamaño.
Si la vida fuera justa, pensaba, su polla sería un
instrumento enorme y fascinante en el clímax de un buen polvo. Pero la vida no
suele serlo, y así tenía que conformarse con lo que tenía, y simplemente anhelar
que la imagen de su excitación supliera a la realidad.
Un día, sin embargo, algo ocurrió que jamás se atrevería a
revelarle a nadie. Estaba navegando por Internet, buscando pequeños clips porno
de no más de treinta segundos (en su mayoría, fragmentos de una estrella del
porno de grandes pechos botando empalada sobre una gran verga), cuando la
ventana de su programa conversacional se abrió sin pleno aviso.
¿Quieres que se te cumpla un deseo? – preguntaba el
desconocido. El lema de usuario rezaba: Dador de luz.
Se quedó dudando un momento. Bien podía ser un virus o un
programa pirata; muchas de las páginas que visitaba solían hacer saltar el
antivirus con un mensaje de aviso, y el adentrarse en el porno de Internet
suponía saber manejar y detectar la peligrosidad de ciertos sitios. No era la
primera vez que un pequeño programa espía se instalaba en su ordenador, así que
por jugar un poco se atrevió a contestar:
¿Qué deseo? – escribió en la pantalla de diálogo.
Casi podía adivinar la respuesta. Hacerlo con jovencitas
calientes, milfs (acrónimo de mothers i’d like to fuck, madres que me gustaría
follar), grandes pechos… cualquiera de esas cosas. En ese sentido, los hombres
somos simples, razonó: queremos una chica guapa y pechos grandes y firmes como
para sujetar un vaso de tubo entre ambos.
Que tu polla se ajuste a tu placer.
No se dejó llevar por el nerviosismo, a pesar de que aquel
programa había conseguido adentrarse en su deseo más profundo. Se había
equivocado, respecto a qué quería el programa; no ofrecía chicas sino
alargadores de pene. Los hombres seguían siendo simples: aquél era el deseo
secundario de una gran parte de ellos.
No quiero alargadores de pene – contestó. Suponía que era
un programa, o en todo caso una persona que no tardaría en enviarle un virus
o un troyano, si es que no se lo había mandado ya.
Lo sé.
Fernando miró inquieto la pantalla que tenía delante. Todo
era tan raro…
¿Entonces que quiero? – escribió, aporreando con cierta
furia las teclas.
Que el tamaño sea proporcional a tu deseo. Más deseo, más
tamaño.
Y ahí empezó a preocuparse. No era un deseo muy común, más
retorcido que otra cosa. La gran mayoría de hombres descontentos con su miembro
se veían contentados con un alargamiento permanente, pero Fernando quería uno
ajustable.
¿Cómo lo sabes?
¿Lo quieres o no?
Me encantaría.
¿Qué darías por ello?
¿Qué pides?
Tu alma.
Se rió, con fuerza y escepticismo. Hacía años que se había
vuelto ateo, y los jueguecitos de Cielo contra Infierno le sonaban tan viejos,
tan infantiles, que aceptó de buen grado el precio entre risas. Sentía que
estaba dando algo que no tenía, como pagar con un cheque en blanco.
Venga, dámelo.
Con una respuesta más lenta de lo habitual, el dador de luz
respondió al fin, acompañando su mensaje de un zumbido:
Ya lo tienes.
Y Fernando cerró la ventana de la conversación y volvió a
reír. Este tipo de cosas alegran el día a cualquiera.
Hay una gran cantidad de porno en Internet. De hecho, a veces
navegar por la red es como estar en un pequeño lago de datos, rodeado de
inmensas montañas de porno. Tienes la cordillera del Hardcore, las modestas
colinas de sexo falso (penes protésicos enormes y tetas demasiado grandes para
ser saludables), el pico de la Zoofilia, la emergente montaña de sexo con
maduras… y ríos de lascivia y falsa pasión regando cada palmo.
Y a Fernando le encantaba pasear por allí. Clic, vídeo de
treinta segundos. Clic, foto. Clic, clic, clic.
Cerró la conversación y siguió su búsqueda de pornografía.
Rubia cabalgando la verga de un negro ciego de coca: clic; dos bomberos
encendiendo el fuego en una pequeña asiática de tetas operadas: clic.
El bulto de su entrepierna comenzó a crecer, ante el
inminente festín cuando terminara de navegar y procediera a masturbarse con el
fruto de su empeño.
Clic.
Cuando no pudo aguantarse más, y sintió a su pene palpitar de
excitación, se lo sacó para dejar que creciera sin los límites de la ropa
interior. Al principio no se dio cuenta, pues siguió haciendo clic ante una
joven de pelo negro y pechos turgentes de eterna sonrisa (y eso, a pesar de la
brutalidad con que se la estaban follando); entonces miró abajo y no reconoció
lo que anidaba entre los muslos.
Su pene, de unos discretos quince centímetros en plena
erección, superaba en aquel momento el palmo, y no parecía haber un límite para
aquello. Se tocó con curiosidad, pensando en un principio en algún tipo de
enfermedad. No fue hasta segundos más tarde, cuando su polla había alcanzado un
grosor superior al de la circunferencia formada por su mano, que se acordó de la
extraña conversación con Dador de Luz, y del pacto que había adquirido.
Pero se suponía que era un majadero, ¿no?
Vale, sí, que conste en acta que el tipo sabía de lo que
hablaba, y sabía lo que Fernando pensaba… pero de ahí a cumplir su palabra…
bueno, había un impedimento físico, ¿no? Te quedas con lo que naces, y si no,
ahorras.
El crecimiento se detuvo.
¿Será este mi límite? – susurró asombrado.
Abarcar su apéndice con las dos manos era imposible a lo
largo: estimó necesaria una tercera. Y a lo ancho, sólo cabía la posibilidad de
juntar las dos, rodeándolo de tal forma que las yemas de una mano tocaban los
nudillos de la otra. Al cogerse el pene, éste encogió ligeramente pero ganó
dureza, y esa dureza, que le tiraba del pubis, le llamó a hacer algo más que
masturbarse.
Con la polla enhiesta, corrió a por el periódico y consultó
la sección de contactos. No tenía novia, ni paciencia para echarse un ligue de
una noche. Pasó de travestís, transexuales, chaperos e, incluso, una puta que
"jugaba" con ácido de batería. Por fin, encontró un mensaje interesante, el cual
rezaba:
Pilar, 25 años, tocaré música con tu polla. Llámame, y no te
arrepentirás.
Corrió a por el teléfono, llamó a la tal Pilar, concertó una
hora y se sentó en la cama. Y acabó la faena que tenía entre manos antes de que
llegara la puta.
Llamaron a la puerta, con un sonido que conseguía transmitir
timidez. Fernando dejó lo que se traía entre manos, en ese momento de algo más
que un palmo, se lo guardó en el pantalón y caminó hacia la puerta, rebosando
confianza en sí mismo; antes de abrir, comprobó en su cartera que había dinero
suficiente, y se colocó una gran sonrisa en la cara.
Al otro lado estaba la tal Pilar. En la veintena, tenía el
pelo de color negro azulado, con una cara de niña asomando bajo un inquieto
flequillo asimétrico. No tenía anillos ni alhajas ni tatuajes, e iba vestida con
una blusa verde y una falda vaquera desgastada, rematado el conjunto con un
pequeño bolso negro y unas botas de caña alta negras y lisas. Su cuerpo, de
metro sesenta, transmitía el mismo aire infantil que el rostro, salvo por los
pechos, abultados y muy firmes u operados; las piernas eran robustas, y al
caminar se la marcaban algunos de los músculos bajo la falda; el culo era
redondo y respingón. En definitiva, transmitía una idea de carnalidad, de sexo,
irrefenable.
Pilar entró como una ráfaga de aire caliente, dejando
rápidamente la puerta atrás y tocando el paquete de Fernando por el camino. Fue
hasta el salón y se sentó en uno de los sofás de viejo cuero, con las piernas
bien abiertas para lucir que no llevaba bragas.
¿Cuándo empezamos? – dijo, con la misma confianza que su
cliente sentía en su interior.
Cuando quieras – contestó Fernando, y se bajó los
pantalones.
Caminó como pudo, los pantalones en los tobillos, hasta la
joven puta, y le colocó la entrepierna delante de la boca. Ésta no dudó en
agarrarle el miembro, y masajearlo hasta que alcanzara una media erección. No
lucía muy grande, pero Fernando sabía que con el tiempo, aquella joven se
llevaría una sorpresa…
Un minuto después, él estaba tumbado en el sofá, ella de
cuclillas enfrente, el pene alojado en su boca. Y entonces, Fernando descubrió
que en el anuncio no se mentía, y que aquella chica SABÍA tocar música con el
pene. Era cuestión de talento, más que de práctica; eso, o que Pilar lo había
hecho tantas veces que la técnica entró a formar parte de sí misma, de su alma.
El caso es que, tomando como DO grave la base del pene, y un DO agudo para la
punta del glande, la fulana se montaba su propio pentagrama en su cabeza, con un
DO más grave si venía acompañado de una presión en los testículos y uno más
agudo si los pellizcaba. Las corcheas las hacía con la boca. Con ese plan,
tocaba una deliciosa armonía que poco tenía que ver con la música clásica: no
era una simple transposición de alguna pieza maestra, la 9º Sinfonía de
Beethoven o alguna partitura para clavecín de Bach, no, aquello tenía que ver
con la conjunción de dolor, placer, tacto, humedad, presión, músculos, piel,
nervios, dientes y uñas, con una miríada de sensaciones que, combinadas, daban
lugar a un apabullante concierto de orgasmos completos, interrumpidos, intensos,
leves e incluso anecdóticos. Dos y hasta tres orgasmos simultáneos, y luego un
masaje para templar el instrumento y prepararle para otro tema. Y aunque en un
pentagrama normal aquello sonaría, con toda probabilidad, a un director de
orquesta borracho y epiléptico, en la pija erecta y cada vez más grande de
Fernando le hacía temblar la cabeza y pitar los oídos. Podía sentir cada músculo
de su cuerpo invadido por una tormenta cuyo epicentro se hallaba en sus
genitales, y le encantaba aquello y pensaba que no había dinero suficiente en el
mundo para pagarlo.
Y sólo estaba empezando.
Hasta que Pilar, que se encontró con un pene tan grande que
le era imposible llegar al DO grave con la boca, sintió una corriente de
excitación ante tamaño reto. Nunca, en sus tres años de oficio, había visto nada
igual, y lo mejor es que no dejaba de crecer. De sólo imaginarse a Fernando
dentro de ella, un placer fantasma, futuro y casi palpable, mojó su entrepierna.
Arrastró a Fernando fuera del sofá, se tumbó en su lugar y
tiró de su cliente hacia ella. Se sorprendió al darse cuenta que no podía
mirarle a los ojos, que todo su ser reclamaba la verga, así que acercó su boca a
la oreja de él y susurró:
Fóllame.
Le soltó y dejó que se manejara solito. Y cuando sintió la
punta, casi del tamaño de su puño, meterse en ella, dijo en voz alta, al borde
del gemido animal:
- ¡Fóllame!
Y cuando al fin sintió, cuan larga era, aquella
desproporcionada longitud y anchura desafiando la elasticidad de su vagina,
gritó:
- ¡¡Fóllame!!
Cada una de las acometidas de Fernando estremecía el interior
de Pilar, quien no sabía qué hacer. Por un lado, tenía ganas de salir de allí,
vestirse y huir, olvidar aquella locura de crecimiento sin fin; por el otro,
sentía que era un reto que tenía que superar. Así que se llevó las manos a la
cabeza, tapándose los oídos mientras su compañero gruñía encima de ella.
En cuanto a Fernando, estaba más que satisfecho. La chica
seguía haciendo música con su sexo, y si antes había manejado su polla como un
instrumento de viento y a la vez de percusión, la sensación actual era semejante
a la de un instrumento de cuerda, un violín. La verga era a la vez arco y
puente, produciendo y recibiendo placer al mismo tiempo, mientras Pilar vibraba
de placer.
De repente, un breve e intenso mareo sacudió a Fernando, y
supo que estaba a punto de correrse. Su excitación no parecía tener límites, y
por tanto su pene siguió creciendo y creciendo, absorbiendo sangre, robándosela
casi, hasta tal punto que sintió que podía llegar a morir de hipovolemia. Su
pulso se aceleró. Y sin embargo, el susto no disminuyó su libido, muy al
contrario: pareció encontrar excitante que la sangre entrara en el cuerpo
cavernoso del pene, sin encontrar una salida a través de las venas.
En cuanto a Pilar, llegó un punto en que no pudo más. Paró en
seco los movimientos circulares con la pelvis, detuvo a Fernando y le gritó:
¡Sal, por Dios! ¡Vas a matarme!
Pero Fernando no le hizo caso. Estaba demasiado ocupado.
Tenía un plan.
¡Para cabrón! – dijo Pilar. El pene crecía y crecía, y
sentía una enorme presión en su interior que superaba la incomodidad para
convertirse en un calvario. Sus labios estaban a punto de desgarrarse -.
¡Por favor, te lo suplico! ¡¡Para!! – gimió.
No… n-no puedo – contestó Fernando, ahíto de sexo y, aún
así, embistiendo sin control - ¡No baja! – chilló desesperado.
¿¡Qué!? – preguntó preocupada Pilar. Y si hubiera podido
ver a través de su vientre, habría encontrado un motivo para preocuparse.
Yo… me fallan las fuerzas, pero esto sigue creciendo y…
¡joder, la única solución es que me corra! ¡Entonces se me bajará!
La joven puta escuchó la declaración e intentó, en primer
lugar, desacoplarse. Le fue imposible. Su propio miedo atenazaba el miembro de
su cliente y los dejaba a ambos unidos. Así fue como tomó la decisión de moverse
como nunca había hecho, hilar la más preciosa de las melodías de cuantas había
tocado con su coño, con tal de librarse de la situación. Y mientras, Fernando se
lamentaba por creer a alguien como el Diablo. Es un tipo experto en darte lo que
deseas sin ser realmente lo que quieres, pensó amargamente, y sentenció en voz
alta:
Cuando tomas sopa con el diablo, deber tener una cuchara
muy larga.
Rió con apenas un hálito de vida.
Larga… jeh… muy larga – su vida se escapaba de entre sus
dedos mientras alimentaba a la poderosa herramienta con la que taladraba a
la chica - ¡No! Mejor… ajustable…
Dicho esto, percibió un inmenso dolor en su polla. El límite
de la carne, aquel donde no puede más y se desgarra como tela avejentada por la
lejía, había sido alcanzado. Había llegado, al fin, el clímax, pero no
sobreviviría a él.
Ninguno de los dos.
Su pene sufrió un desgarro desde la base hasta la punta de la
piel, que no pudo contener la contínua hinchazón del cuerpo cavernoso. Éste
siguió expandiéndose, sin la piel dándole forma, hasta llegar a su propio
límite.
Ambos chillaron, de dolor y de placer. De vidas rotas y
orgasmos cumplidos, solapados por la promesa de una muerte segura.
El resultado fue una explosión de su verga que hizo trizas el
interior de Pilar. Ella acabó con su interior hecho papilla, y él murió
desangrado casi al instante, acostado en los pechos firmes de su pareja.
Y en algún lugar del Universo, el Diablo se la meneaba, pensando en lo divertido
que era joder a los humanos.