DESMADRE DE INMACULADA
Aventuras de una monja desenfrenada durante
el rodaje de “Decamerón”.
“¡Motor! ¡Se rueda!”
Isabetta, una belleza noble, se enamoró de su
pariente que solía frecuentarla en el convento donde estaba encerrada. Pasaron
muchas horas felices en la celda practicando trotes y galopes hasta que las
monjas curiosas husmearon su secreto. La abadesa Usimbalda, al enterarse de tal
infamia, decidió castigar a los culpables. Ordenó que la avisaran en el caso de
una aparición sospechosa. Por desgracia, ocurrió en la noche cuando ella misma
recibía una visita placentera de un cura que muy a menudo entraba en sus
aposentos bien escondido en el fondo de un arca. “¡Madre! ¡Isabetta se va a
acostar con un hombre embozado!” “¡Ya voy!”. Temerosa de la invasión
de santurronas en su propio espacio privado, Usimbalda se vistió de prisa sin
percatarse de que en vez de su cofia llevaba calzconcillos del reverendo padre.
Durante el tribunal la abadesa echaba rayos y
centellas. “Tu comportamiento ensucia la pureza de nuestro ambiente austero y
apaga la luz de nuestra devoción. Has destruido el honor y la buena reputación
del convento. Ningún acto de contrición limpiará esta mancha”. La pobre
Isabetta no paraba de llorar. Las amenazas fustigaban sus oídos y picaban su
alma cual un enjambre de avispas. De pronto levantó la mirada… “Madre, tenga
la bondad de arreglar su cofia. Después hablaremos”. “¿Te atreves a bromear,
sinvergüenza? ¿Qué cofia?” “Arregle la cofia y diga lo que se le antoja”.
Bastó una mirada a la superiora para captar la alusión. Entonces Usimbalda
cambió de tono y se puso a predicar todo lo opuesto al discurso previo. “Hija
mía, es difícil resistir a la llamada carnal. Cada una se consuela como puede.
¡Pero a hurtadillas! ¿Entiendes? Vete con Dios. Disfruta el resto de la noche.
Tampoco soy de piedra y no me apetece malgastar mi tiempo con vosotras. Me están
esperando”. Isabetta regresó a la celda, dispuesta a continuar las
lecciones del evangelio. Y la abadesa se reunió con el cura. “Deja en paz a
los tortolitos, - dijo él. – La boca se hace más joven con los besos.
Aprende a preparar el elixir de juventud. Te ayudaré”. Acto seguido se
fundían en un ósculo húmedo. Usimbalda se sentó a horcajadas sobre su amante e
inició una lenta cabalgata, azotada por la mole de su barriga.
Éste fue el material que conseguimos rodar a
velocidad de alud. El director Alfonso daba saltos de alegría. “¡Bravo,
Juanito! ¡Bravo, maestro! Os merecéis un Oscar. Tú y tu incomparable mujer, -
se volteó a felicitar a otros actores. – Gracias de corazón. Nos hemos
lucido”. Mi cuñado obeso sudaba como un misionero capturado por una tribu de
antropófagos salvajes. Deleitaba nuestro olfato con olores de calamares fritos
que desprendía su sotana raída. “Ya soy un poco mayorcito para esas
travesuras, pero me encanta. Creo que moriré jugando”. “Conmigo” – susurró
Isabetta, alias Silvia, mi adorada hermana, pegándose a sus labios babeantes que
colgaban hasta la barbilla. Daría mi vida a un mago que descifraría el enigma de
la elección femenina. ¿Por qué un tío repugnante se convierte en un objeto de
deseo y un joven apuesto es rechazado sin misericordia? “Mi amor por vosotros
no tiene límites” – repetía Alfonso, al borde de lágrimas. “Al igual que
nuestro afecto por ti” – respondieron en unísono, al borde de lágrimas
también. Oh, sí, tanto afecto le tenían que por poco le llevaron a la ruina
patrocinados por el ministro de cultura. Hubo una historia rara con el estreno
de “Fausto”. El actor que interpretaba el papel de Mefisto desapareció justo
después de la primera representación. Alfonso debía pagar el pato, indemnizar
los gastos, abandonar su puesto. No obstante, pocos años después, el ave Fénix
resurgió y empezó a construir el castillo de nuevos planes sobre las cenizas de
fracasos anteriores. Actualmente estaba creando “Decamerón”, una serie de varios
capítulos. Yo, Mario Barrera, su principal ayudante y el bohemio más perezoso
del planeta, participaba activamente en el proceso o más bien creaba una ilusión
convincente de mi eficiencia. Por suerte, trabajamos en un convento, ubicado en
mi ciudad natal. Así obtuve la posibilidad de alojarme en la casa paterna donde
había transcurrido mi infancia. En la compañía agradable de Silvia, mi cuñado y
sus dos hijos. Y en la compañía no tan agradable de mi otra hermana que se
preparaba para tomar los hábitos y alejarse de “vanidad de vanidades”. Se
llamaba Inmaculada y en efecto lo era.
Quiero aclarar de entrada que mi amor por
Silvia no sólo huele al incesto, sino apesta. Gracias a ella me convertí en un
Gran Masturbador, un fetichista, un masoquista, un torturador de putas que no se
parecían a ella… total, un energúmeno. Menos mal que me libré de la obsesión
con la ayuda de una legión de psicoanalíticos. A veces los recuerdos afloran y
entonces sueño con desgarrar su vestido ceñido, chupar sus pequeños pechos hasta
provocarle un desmayo, besar su ombligo acaramelado, morder el melocotón de su
trasero, catar el licor de su entrepierna, clavar mi puñal en la hendidura
caliente y… necesito barriles de tinta para describirlo en detalle. Ella está
totalmente enfrascada en la pasión por su marido Juanito y no se fija en nadie
(aunque en una ocasión la sorprendí mirando una tarjeta con la letra M,
murmurando “¡Qué tiempos aquellos!”). Yo soy un tío perfecto para sus
hijos: Azazel, un niño simpatiquísimo de ojos amarillos e inteligencia
desarrollada; Lope, un clon del padre, con la misma berenjena en lugar de nariz
y los mismos párpados de tortuga propios para los judíos.
Mis sentimientos por Inmaculada carecen de
matices. Aversión intensa, pura, irreparable. Su mera presencia me asfixia y me
provoca arcadas. Cerca de ella deseas una sola cosa: pudrirte bajo telarañas y
hojas secas. Un ser subterráneo que “deslumbra” con una cara agria, tonta como
el culo de un vaso, y un cuerpo grueso, ideal de pintores renacentistas. Huele a
a cal, a incienso, a muerte prematura. Todo un tesoro para una película de
terror: piel lívida de Frankenstein; una melena más negra que el plumaje del
cuervo; ojos de distinto color – uno marrón, el otro verde. Fruto del primer
matrimonio de mi madre y un biólogo paranoico. Yo y Silvia somos rubios,
agraciados y muy extrovertidos. No soportamos el ambiente soso que reina en las
misas – un caldo de cultivo para Inmaculada, siempre pegada a las espaldas de su
confesor, con la mirada perdida en el breviario. Ninguna mujer de mi entorno
encaja con los claustros como ella. Con una salvedad: a diferencia de las monjas
no sabe cocinar. Hasta los cerdos no se atreven a tocar sus manjares.
*
Intuía infaliblemente que Silvia y su querido
esposo, calentados por Decamerón, montarían un espectáculo digno de contemplar.
No me lo perdería. Perforé un orificio en el suelo para obtener el acceso a su
dormitorio, situado justamente debajo de mi habitación. La realidad colmó con
creces mis expectativas. Juanito apareció en un disfraz de ermitaño. Y ella le
esperaba en una túnica sencilla que dejaba entrever sus encantos. “Padre mío,
mi único anhelo es servir a Dios” “No hay una obra más benéfica que meter al
Diablo en el infierno, hija mía”. “¿Qué debo hacer?” “Obedecer, nada más” Se
quitó la ropa de un tirón descubriendo una flecha que la apuntaba amenazante.
¡Vaya monstruo! Silvia se agarró del juguete con una sonrisa inocente y soltó un
gemido de asombro. “¡Qué palanca tan espantosa!” “Es el Diablo que me
tortura” “Qué bien, no tengo nada semejante” “Tú tienes el infierno abrasador,
creado para la salvación de mi alma. Si conseguimos atrapar al Diablo en su
prisión aliviarás mis penas y Dios te lo agradecerá” “Entonces vamos a encerrar
al espíritu maligno en mi infierno”. “Bendita sea tu devoción, hija mía”. La
desvistió al instante y se lanzó a chupar sus pechos turgentes, algo más grandes
debido a dos partos. Mi mano subía y bajaba por mi propio instrumento endurecido
al compás de sus caricias. Imaginé que los labios de mi hermana se cerraban en
torno de mi capullo y lo succionaban sin parar. El contraste entre los amantes
resultaba de lo más obsceno. Merecían el apodo “parejita extravagante”. La bella
y la bestia. Un hipopótamo y un cisne. Un sapo y una paloma. ¡Ay! Mi propia
bestia se reventaba de excitación. No sé qué crimen cometería para tener a
Silvia, así, tumbada, indefensa, abierta para mí. Pero era aquel gordo gracioso
quien entró en su cueva y empezó a bombear como loco. Ella se quejaba al estilo
de una virgen: “Qué malo es este Diablo, padre. El mismo infierno siente
dolor cuando lo recibe” “Todavía no está acostumbrado a sus visitas, hija mía.
Eso tiene arreglo” Lástima que no hubiera posibilidad de aplaudir a su
brillante interpretación del cuento más cómico de “Decamerón”. No aguanté más.
Mi semen salió a borbotones formando un charco sobre la alfombra. Si participara
en un concurso de pajilleros me inscribirían en el libro de Hynness. “Silvia
es capaz de seducir al verdadero Diablo” – pensé en voz alta. Me pareció oír
una carcajada ronca en el fondo del espejo…
El azar me deparaba otras sorpresas. Por el
camino al baño percibí unos jadeos elocuentes que provenían del cuarto de mi
hermana mayor. Entreabrí la puerta y me vi frente a un show de alto voltaje. La
beata se masturbaba con un enorme crucifijo a la vez que se daba una tunda con
un látigo y clavaba alfileres en sus tetas de infarto. Su frente sangraba
gracias a una corona de espinas. Cada dos minutos saltaba a una silla y miraba
en un agujero horadado en el techo. ¡Claro! Yo no era el único quien quería
gozar de las diversiones de Silvia. Para colmo, la pantalla del televisor
mostraba las imágenes recién filmadas en el convento. ¡Menudo ingenio! El cuerpo
rellenito de Inmaculada se deshacía en convulsiones mientras hundía el crucifijo
en su interior y susurraba entre dientes: “Sufre, puta. Ay, Señor, perdona a
tu oveja descarriada que no ansía más que glorificarte” Y después:
“¡Tómame, Juanito! ¡Soy tuya! ¡Tu mujer! ¡Fóllame!” Alucinante. Un
escalofrío de repulsión reptaba por mi espina dorsal. “Mejor que te cases,
hermanita” – dije para mis adentros y cerré la puerta con cuidado.
Al día siguiente conté el episodio a mi madre
con la que solía sincerarme desde niño. Mi atracción por Silvia constituía el
único tabú. Por ello omití los pormenores de mi propia paja limitándome a la
descripción de la frenesí de Inmaculada.
-
¡Desgraciada! Lleva un animal en sus entrañas que pugna por salir.
Siempre ha tenido un temperamento indomable, no muy apto para el convento. No
hay manera de convencerla. Tan testaruda…
-
¿Está enamorada de Juanito?
-
Desde el primer segundo cuando lo vio.
Me acordé de las
palabras de Silvia: “Tengo una sospecha bien fundada de que todo el mundo
esté enamorado de mi Juanito”. Otra vez Juanito. Juanito por todas partes.
¡Hembras chifladas!
-
Te digo más, hijito… Intentó envenenar a Silvia.
-
¿Cómo? ¿Cuándo?
-
En el período de noviazgo. Fracasó por pura casualidad. Silvia arrojó el
trozo de carne a nuestro perro.
-
¡A Diamante! ¡Mi favorito! ¡Misteriosamente fallecido! Lo achacamos a la
vejez. ¡Pero mamá! ¡Es un crimen! ¡Vamos a denunciarla!
-
¿Y las pruebas? Me lo confesó a solas. Y yo no haré nada. Ha recibido un
castigo lo suficiente fuerte. Con esos apetitos sexuales que buscan la descarga
y no la encuentran… ¡Maldita operación!
-
¿Qué operación?
-
Estaba enferma. Hace poco nuestra ginecóloga le practicó algo en los
ovarios… o en las trompas… no me entero de eso. De ahí el cosquilleo constante
que la persigue. Se moja en seguida. Necesita una relación intensa para
contrarrestar el daño colateral.
Mi odio por Inmaculada seguía creciendo. No le
perdonaba la tentativa de matar a mi bella Silvia. Al principio pensaba
estrangularla con el placer sádico de Otello. O echarle arsénico en la comida.
Poco a poco ideé un plan: sacar al animal que la devoraba desde dentro. Por su
bien. Tres personas de nuestro equipo deberían hacer realidad de mis fantasías
malvadas. 1. Enrique. Un actor pésimo, obsesionado con tirarse a una
monja. “Sabes, Mario, mi sueño más preciado es desvirgar a una monja
auténtica que me contaría sobre el Juicio Final durante la posesión” -
decía a menudo. 2. Gonzalo. Un obrero que se encargaba del montaje
del decorado. Un gorila peludo sin una chispa de reflexión en los ojos. 3.
Tomoko. Un técnico en imagen de origen japonés. Un pillo afligido por la
ausencia de líos con mujeres españolas.
*
-
¿Crees que vendrá?
-
Por supuesto. Recuerda la carta que le escribí: “¡Inmaculada de mi
alma! Sé muy bien que estoy cometiendo un sacrilegio imperdonable. Pero no puedo
guardar silencio. Necesito verte y hablarte antes de que serás inaccesible
detrás de las rejas del convento. Es mi única oportunidad de pronunciar tantas
palabras acumuladas en mi corazón. Ven al establo a la medianoche. Te esperaré
hasta la eternidad. Tu Juanito”.
-
¡Qué barbaridad! No va a pillar el anzuelo.
-
Apuesto mi cabeza…
-
¡Punto en boca! ¡Una hembra se está acercando!
Me puse un antifaz y
me arrellané en el sillón, listo para disfrutar de la película gratuita
“Vejación de una mojigata”. Obviamente no iba a tocar a ese esperpento, no lo
haría ni por un millón de euros.
-
¡Juanito! ¡He venido! – la voz graznante de Inmaculada vibraba de
ansiedad.
-
¡Aquí tienes a Juanito! – exclamaron tres granujas abalanzándose sobre su
presa.
La inmovilizaron en un
abrir y cerrar de ojos. Ella pataleaba y les amenazaba con un rayo divino que
les partiría por el intento de profanar su santidad (para la euforia de
Enrique).
-
Yo te partiré antes que el rayo me partirá a mí, - se rió Gonzalo
mientras hacía jirones de sus ropas, palpaba su vientre fofo y estrujaba dos
pasteles hinchados, denominados “pechos”.
Los compañeros tampoco
eran mancos. Cuatro manos pellizcaban los muslos exuberantes y el trasero
monumental cuyos cachetes se asemejaban a pelotas de goma.
-
No se nota que te atienes a los ayunos. A ver que llevas bajo la falda…
¡vaya cosita tan peluda! ¿Es una zarza ardiente?
-
¡Guárdate de mi sancta sanctorum!
-
Ahora empezamos con latín. ¡Tápale la boca!
Enrique la amordazó
con su lengua besando a la desesperada. Gonzalo aprovechó para atarla a una tina
donde servían comida a los cerdos y Tomoko – para estirar sus carnosos labios
vaginales y de paso introducir un dedo que entró en su hoyo sin aparente
dificultad. Su vagina se lo comía entero con avidez de un recién nacido. Todo
sucedía a un ritmo vertiginoso, “molto allegre”, como en un rodaje acelerado.
-
Señor, en tus manos encomiendo mi espíritu. Si es tu deseo de verme
pisoteada por esas alimañas despreciables me resigno. Si es tu deseo de verme
crucifada en el monte Gólgota me resigno. Así podré subir a la altura del reino
celestial, - vociferó Inmaculada en cuanto se libró del beso asqueroso.
Entretanto, sus pisos
bajos reaccionaban muy bien a los estímulos del japonés que no mezquinaba ágiles
lametones al erecto clítoris. No estoy seguro en cuanto al reino celestial, pero
sí podría subir a la máxima altura de lujuria gracias a la temperatura de su
horno interior.
-
Una muerte terrible os acechará después de la última campanada, - seguía
escupiendo maldiciones en plena contradicción a los espasmos de su “sancta
sanctorum”. Tomoko sabía muy pocas palabras en español, así que no le prestó
atención, enfrascado en la exploración de una raja tan generosamente anegada de
flujos.
-
Entonces vamos a sonar a tus campanas, - respondió Enrique a la vez que
agarraba una teta y mordía el pezón abultado.
-
¡Ding! ¡Ding! ¡Ding! – gritó el degenerado de Gonzalo repitiendo las
mismas acciones.
-
¡Servidores del Diablo! El Dios Todopoderoso os condenará en el Juicio
Final. Vais a sufrir unas torturas muchísimo peores que sufro yo, - pese a la
presencia del japonés entre sus piernas Inmaculada infundía respeto con su
discurso retórico interrumpido por esporádicos resoplidos del placer que no
controlaba.
-
Será nuestro próximo punto de encuentro, preciosa. Por cierto, la
presunta tortura te complace mucho al juzgar por los jugos destilados. ¿Sabes
qué significa? Tu conejito pide buena zanahoria.
Enrique apartó a
Tomoko y empezó a frotar su glande por los húmedos labios que parecían sonreir
de un modo provocativo. Aquel fue el momento clave cuando mi hermana perdió los
papeles y soltó a su “animal” de la jaula de hipocresía.
-
¡Sí, cabronazo! ¡Tienes razón! ¡Estoy muy hambrienta! ¡Demasiado! No me
jodas con palabras, hazlo con tu maravillosa tranca.
El asombro les dejó
boquiabiertos, incapaces de manosearla durante unos ratos. Incluso Tomoko se
enteró del sentido explícito del mensaje.
-
A las órdenes de la dama, - tartamudeó el actor, bastante desconcertado.
Se acomodó entre los muslos rollizos y empujó rumbo a un himen… inexistente. -
¡Vaya estafa! ¡No es virgen!
-
Tranquilo, tu vergota es la primera que recibo. Me he desflorado yo misma
con objetos no animados.
-
¿Con qué lo hacías?
-
Más fácil contestar con qué no lo hacía.
-
¡Puta!
-
¡Sí! ¡Puta de Babilonia que monta la bestia de Apocalipsis!
-
¡Estamos cometiendo un pecado mortal! ¿Has olvidado?
-
Te absuelvo los pecados, hijo mío.
El sueño preciado de
Enrique se vino abajo. No obstante, entraba y salía de ella a velocidad de una
trituradora. Si pretendía darle un disgusto fracasó. Por lo visto las sacudidas
brutales la ponían a mil.
-
¡Sí! ¡Mete el gol en mi portería! ¿Y tú, morenito? ¿Por qué me miras con
los ojos de un cordero degollado? Ven aquí. Déjame probar el embutido que te
revienta la bragueta. No te cortes. ¡Y desátame!
La muy descarada bajó
el pantalón al obrero atónito y le obsequió con un servicio profesional.
-
¡Cuánto tiempo llevo a la espera de un mazo así, duro, gordo, bronceado!
No sabe a embutido, sino a jamón serrano. ¡Cómo te laten las venas, mi niño! ¿Te
gusta la lengua de mamá? ¡Toma! ¡No apartes de mí este cáliz de dulzura! – y se
ocupaba del enorme miembro con más esmero lamiendo, chupando, pajeando sin
restricciones. No paró hasta que unos chorros espesos embadurnaron su cara.
Tampoco tuvo reparos en tragar la “producción” que alcanzó su boca.
-
¡Viva la clase proletaria! – comentó Enrique que se movía con poco
entusiasmo debido al apagón del morbo inicial. Ella fue el eje giratorio que
retorcía todo su cuerpo, levantaba la pelvis, tensaba los músculos vaginales
manipulando a su violador como un títere por el camino a una descarga inminente.
-
Ahora te toca a ti, asiático de mierda, - ordenó a Tomoko que practicaba
una cubana y señaló a su concha “vacante”.
El japonés no tardó en
llenar el vacío. No estaba tan dotado como otros dos, pero lo recompensaba con
su maestría. “Buen chico” – le alabó Inmaculada y volvió a apresar entre
sus mandíbulas el “jamón” de Gonzalo que la atraía más que un imán. Además, se
le ocurrió masturbar el pene fláccido e inerte de Enrique. El pobre se negaba a
aceptar la realidad espeluznante. Una fiera feísima en vez de una doncella
casta. Obscenidades en vez de lloriqueos. Todavía albergaba un rescoldo de
ilusión acerca de su culo que podría romper en las mejores tradiciones sádicas.
Reanimado por la idea, se dedicó a dilatarle el agujero, restregar la punta de
su amigo contra esas nalgas redondas y ejercer una lenta presión. Ella no paraba
de cabalgar al representante de otra cultura sin manifestar ningún tipo de
protesta. Ni siquiera se quejó cuando se sintió ensartada por detrás.
-
¡Me cago en…! ¡El ano tampoco es virgen!
-
¿Y tú que esperabas, idiota? – le espetó cínicamente abandonando por un
instante a la víctima de su ataque oral.
Irritado hasta un
grado inefable, Enrique se propuso la tarea de causarle mayor daño posible. Se
esforzó en arremeterse contra el trasero insondable y sodomizar sin miramientos.
Lo que consiguió fue un berrido de satisfacción.
-
¡Eso me gusta! ¡Inmaculada bien enculada! ¡Adelante, caballeros! ¡Seguid
remando en el Mar Muerto de mis entrañas! ¡Destrozad el tabique entre mis
orificios! ¡Soy más ancha que Jerusalén! ¡Más ancha que el Universo! ¡Entrad
todos! Un camello puede pasar por el ojo de una aguja. Asimismo miles de hombres
pueden pasar por mi túnel. Jesús alimentó a una multitud con cinco panes. Yo
alimentaré al mundo con el pan de mi cuerpo y saciaré su sed con el vino de mis
fluidos. ¡María Magdalina! ¡Éste es mi destino! ¡El destino de una elegida!
Sudorosos y
horrorizados, se corrieron dentro de ella. El japonés aguantó un poco más.
Inmaculada se lanzó al “proletario”, tomó su herramienta y la guió hacia su
gruta omnívora. Lo utilizaba como un consolador sin importarle sus sensaciones
ni mucho menos su personalidad ausente. A su gran desengaño, Gonzalo se derramó
en unos minutos. Los impresionantes atributos viriles no le salvaron del miedo
ante una amazona tan salvaje. De hecho, a lo largo de toda esta sesión de puro
absurdo, yo sofocaba mis carcajadas con un pañuelo. Justo lo que sospechaba. La
acosada se transformó en un verdugo implacable. Les dominaba por completo. Un
pulpo viscoso que atrapaba a los navegantes descuidados. ¿La moraleja? Hay que
gozar sanamente, a tiempo. Las que se reprimen y resisten a la Madre Naturaleza
corren el riesgo de contagiarse de la enfermedad “desmadre de Inmaculada”.
-
¿Qué pasa, capones? ¿Os habéis rendido? ¡Qué débiles! Todavía no he
terminado con vosotros. ¡Mi útero no está contento! ¡Necesito embestidas!
¡Irrigación! ¡Vigor masculino!
Por enésima vez
atormentó a los tres con felaciones y manoseos. Clavaba las garras en la carne
expuesta al estilo de Freddy Crugger, tiraba de los testículos como si quisiera
arrancarlos, jugaba con el prepucio y el frenillo, ordeñaba y exprimía hasta la
última gota. Literalmente les obligó a realizar unos cuantos polvos más que
provocaron algún que otro orgasmo. Cualquier acto sexual le parecía
insuficiente, minúsculo, ínfimo por el contraste con sus exigencias. Al final la
compasión me venció. Salí al escenario, saludé cordialmente a mi hermana y le
ofrecí una copa de vino (en la que acababa de echar somnífero) junto con la
promesa de “follarla como nadie”. Al cabo de un cuarto de hora roncaba
plácidamente sobre el heno. Yo pretendía eso. Ponerla en su lugar adecuado.
Cubierta de mugre y semen. Desgreñada y furiosa. Rezumando ninfomanía por los
poros. Predicando la depravación con el mismo ardor con que predicaba dogmas
religiosos. La convertí en la abadesa Usimbalda de nuestra película.
Mis amigos huyeron a la desbandada. Se
mostraban abatidos, a punto de llorar. Sólo el japonés sonreía, ya que los
japoneses sonríen siempre.
-
Podéis decirme: ¿quién violó a quién? – exclamó Gonzalo.
Guardamos silencio. La
respuesta parecía evidente.
-
¿Acaso no hay pureza en este mundo perverso? – suspiró Enrique, el más
indignado.
-
Quielo dolmil, - murmuró Tomoco que no sabía pronunciar “r” y no se
avergonzaba en lo mínimo.
*
Mi familia no volvió a saber de Inmaculada que
desapareció misteriosamente sin dejar ni una huella, ni una nota. Las monjas
ingenuas creían en su ascenso hacia el “reino celestial”. Sin embargo, yo tuve
la suerte de contemplar los resultados fabulosos de su evolución. Durante una
marcha alocada nos metimos en un antro de mala fama, un cabaré preferido de
drogadictos y delincuentes. Allí me topé con ella, la diosa del vicio, que
deslumbró al público con la interpretación estelar de su canción “Qué promiscua
soy, madre mía”. Totalmente desnuda debajo de una transparente malla rosada.
Pelo adornado con lentejuelas y plumas de avestruz. Pezones teñidos de carmesí y
traspasados por aretes. Pubis empolvado de oro. La reconocí por sus ojos
desorbitados, de distinto color, que le daban un encanto peculiar para su papel,
algo que se llama “glamour”. Sin lugar a dudas, el animal encontró la guarida
que le correspondía. Se acercó a mi mesa después de tontear con marineros
borrachos y me besó en la boca como si tal cosa. Dijo que se sentía la mujer más
plena y feliz del planeta, ahora, cuando tantos hombres pasaron por su
“infierno” y apagaron parcialmente las llamas que la consumían. En la calle me
olvidé de ella. Nunca me caía bien.
Nuestra versión de “Decamerón” batió todos los
records taquilleros. Después del rodaje Juanito y Silvia engedraron una niña
hermosa a la que pusieron el nombre Isabetta. Yo estoy absorto en planes
maquiavélicos que atañen al director Alfonso. Sueño con arruinarle y apropiarme
de sus proyectos lucrativos. ¿Tenéis alguna idea?
Nota de autora:
Las aventuras de Juanito y Silvia se describen en el relato “Broma de Mefisto”
cuyo link está en mi perfil. Gracias por haberme leído. Saludos.