Capítulo Segundo. Menos mal que sólo ha sido un sueño.
Beatriz no se movió de su cama y permaneció desnuda y muy
excitada acariciándose todo el cuerpo. La conversación con Irene la había
trastornado. ¿Quién le iba a decir que su amante era una esclava, una masoca?,
¿y que Miguel, un tío al que siempre había deseado, estaba por ella?. Y lo que
era más importante. Que Miguel era un sádico. Repentinamente pensó que Irene
tenía mucha suerte. Lo que daría ella por estar en su lugar. Pero francamente no
entendía a Irene. Una cosa era someterse de forma temporal al hombre al que
deseaba, aunque fuera un sádico, y otra muy distinta, renunciar a su vida para
siempre y entregarse vete a saber a qué prácticas sadomasoquistas. Lo de Irene
debía ser una enfermedad, y sin embargo, en el fondo de su ser la comprendía.
Beatriz pasó varias horas pensando en esto masturbándose, y al final cayó
rendida de cansancio.
Poco después un ruido le volvió a despertar, y junto a ella
notó el cuerpo desnudo de Irene. No entendía nada, ¿no se había marchado ella de
allí?. Repentinamente se dio cuenta de que no estaba en su apartamento, estaba
en otro lugar, en un sitio extraño. Apenas le dio tiempo a identificarlo pues
alguien abrió la puerta y gritó. Rápido, huid, han matado al amo. Irene y ella
se levantaron rápidamente y de forma maquinal fueron a buscar sus ropas. Aquello
sí que era extraño. Las ropas estaban en el suelo y no podían dejar de ser más
raras. Se trataba de unas simples túnicas de falda larga fabricadas en una
extraña tela que no había visto nunca. La parte superior constaba de dos
tirantes triangulares que se ataban en los hombros con un pequeño lazo de manera
que la túnica dejaba un escote en el pecho y otro simétrico en la espalda. Fue
al ponerse la túnica cuando Beatriz reparó en los anillos de acero que
perforaban sus pezones. ¿Qué rayos hacía eso ahí?. Irene también los llevaba y
lo mismo ocurría en su clítoris. Entonces Beatriz miró mecánicamente hacia su
propia entrepierna y vio el anillo allí, exactamente en el mismo lugar que su
amiga. ¿Qué era todo aquello?.
Démonos prisa, dijo Irene muy apurada, si nos cogen ya sabes
lo que nos espera. Beatriz no sabía de qué estaba hablando su amiga, pero
igualmente corrió tras ella. Sin embargo, ya era demasiado tarde para ellas.
Nada más abrieron la puerta salieron hacia el atrio de la casa y allí las
apresaron los soldados. ¿Adónde creéis que vais vosotras dos?, dijo un rudo
soldado mientras cogía a Beatriz por los brazos. Las muchachas patalearon e
intentaron escaparse pero todo fue inútil. Los soldados las tenían fuertemente
agarradas.
Beatriz se dio cuenta entonces de las extrañas ropas de
aquellos hombres. Eran legionarios romanos. Uno de ellos gritó de repente.
Señor, venga, tenemos algo para usted. Repentinamente, el que parecía el jefe
apareció por un lateral. Esos bastardos se han ido, dijo con rabia. Pero al ver
a las dos jóvenes en manos de sus hombres su gesto se mudó y sonrió cruelmente.
Se acercó a Beatriz, le puso la mano en el cuello y amenazándole con su espada
corta le dijo. Vaya, vaya, mira lo que tenemos aquí. Se nota que el senador
tenía dinero y buen gusto, son dos esclavas de primera. Y diciendo esto le
introdujo a la chica la espada por dentro de la túnica, suavemente, con un gesto
de sadismo y lujuria. Beatriz estaba enmudecida, no se atrevía a decir nada y el
contacto del frío metal contra su piel le hizo estremecerse. Por favor, no me
hagan daño, musitó. Vamos, no tengas miedo, preciosa.
El centurión aún jugó un poco más con su prisionera y
repentinamente le sajó el tirante de la túnica de un violento tirón, lo cual
provocó un gesto de sorpresa y una pequeña queja en la chica. El pecho izquierdo
de Beatriz quedó al aire, y con él, el pezón anillado. Al verlo, el centurión
sonrió al reconocer la marca de una esclava sexual y estiró del anillo
retorciéndolo cruelmente. Beatriz sintió una punzada muy dolorosa en su pecho y
gritó de dolor. Una de éstas me gustaría tener para mí sólo dijo el centurión.
Debías gustarle mucho a tu amo para que te colocara esos adornos en las tetas. Y
mientras le decía esto el centurión siguió desnudando a Beatriz que, aún
dolorida, estaba paralizada por el dolor y porque los escalofríos recorrían su
cuerpo. Lentamente, el centurión le bajó el otro tirante y continuó palpando su
pecho derecho con la mano llena, al tiempo que su polla crecía bajo sus
calzones. ¿Habéis visto qué maravilla?. Qué suave tienes la piel, esclava. A
Beatriz se le puso piel de gallina en su torso desnudo y los pezones se le
erizaron. El resto de los soldados reían excitados viendo cómo la joven bajaba
la cabeza roja de vergüenza al no poder controlar sus reacciones. Por último, el
centurión le cortó el cinto de la túnica y se la arrancó de un tirón. Beatriz
estaba ahora completamente desnuda ante los soldados, aterrorizada y sin valor
siquiera para gritar. A Irene también la desnudaron a tirones y los soldados se
mofaron de sus anillas y abusaron de ellas a pesar de sus protestas. Las dos
jovencitas ya estaban desnudas soportando esos toqueteos sin atreverse a gritar
ni escapar. Así me gusta, desnuditas como dos buenas esclavas, dijo el
centurión. Los demás se han escapado, pero estas dos preciosidades pagarán por
todos. Atadlas y amordazadlas, hay que llevarlas al Pretorio. Los soldados
sonrieron y brutalmente ataron los brazos de sus prisioneras a la espalda, sin
hacer caso a sus ruegos y pataleos, pero antes se los doblaron sobre sí mismos,
de modo que las muñecas quedaban retorcidas entre los omóplatos. Las jóvenes se
quejaban y forcejeaban pero todo era inútil. Beatriz sólo podía decir. Por
favor, ¿qué hemos hecho?, pero nadie le respondía. Acto seguido las amordazaron
de una manera también muy dolorosa y humillante. Cogieron un palo grueso como de
un metro de largo y obligaron a las dos jóvenes a metérselo tranversalmente
entre los dientes. Acto seguido les ataron la peculiar mordaza al cuello. Las
dos gimieron y protestaron por el dolor y humillación de tener que meterse ese
palo en la boca, pero pronto sus protestas se convirtieron en gemidos
incomprensibles. Alguien ató una cuerda a los dos extremos del palo y empezó a
tirar de ellas. Las dos muchachas no tuvieron más remedio que andar, pero como
no lo hicieron con suficiente rapidez el látigo silbó en el aire y golpeó en las
piernas de Irene. La chica lanzó un terrible gemido y se retorció por el
castigo, obligando a su compañera a agacharse y gemir de dolor. Beatriz también
recibió un latigazo en las nalgas, lanzando saliva por la boca y gritando de
rabia. Una fina línea roja recorría ahora sus piernas y el escozor era terrible.
Parecen dos bueyes tirando del arado, dijo un soldado riendo y restayando otra
vez el látigo gritó, vamos putas, moveos, ya veréis lo que os espera. Ellas
empezaron a gemir y a llorar pero de nada les sirvieron sus protestas. Las
sacaron brutalmente a la calle tirando de su mordaza y entonces el gentío que se
había agolpado a la puerta de la casa empezó a insultarlas y a tirarles fruta
podrida. Ataron la mordaza con una larga cuerda al caballo del centurión y se
pusieron en marcha. Ellas tuvieron que hacer todo el recorrido hasta el Pretorio
así. Desnudas, maniatadas con aquel objeto en su boca que tiraba de ellas y les
hacía parecer animales, y ese odioso látigo cayendo una y otra vez sobre su
cuerpo desnudo. Las dos jóvenes babeaban a través de su mordaza, lloraban de
dolor y de rabia, indefensas ante los latigazos de sus guardianes y ante el
pueblo que se aprovechaba de su impotencia. Los pies desnudos se herían
dolorosamente con las piedras del suelo y al poco tiempo tenían las plantas de
los pies en carne viva, y sin embargo tenían que seguir al caballo a pasos
cortos y rápidos para no caerse al suelo. Esto les hacía parecer más ridículas
haciendo vibrar las trémulas carnes de sus pechos y trasero tiernos y deseables.
Los soldados ya se estaban relamiendo por el tratamiento especial que iban a dar
a esas dos jovencitas en el Pretorio. Beatriz se sentía humillada y
aterrorizada. No sabía cuál era su crimen ni lo que harían con ellas. Toda esa
violencia era inhumana, incomprensible. ¿Por qué se cebaban con ellas de esa
manera?. La joven ignoraba que su martirio acababa de empezar y que sería largo
y cruel. Llegar hasta el Pretorio fue en sí un tormento que duró más de una
hora, pero lo que ocurrió allí dentro fue mucho peor.
En primer lugar, las dos muchachas fueron presentadas
desnudas e indefensas ante el pretor y les quitaron la mordaza para que éste
pudiera interrogarlas. Bien centurión, explícate, dijo el pretor mirando a las
dos jóvenes llorosas y maltratadas con curiosidad y lujuria. Han asesinado al
senador Flaminio señor, lo encontraron muerto en su casa. Todos los esclavos
huyeron de allí, sólo encontramos a estas dos. Bien, dijo el pretor con sadismo,
ya conoces la ley. Llévate a las esclavas fuera de la ciudad y crucifícalas.
Beatriz se horrorizó al oír estas palabras, y las dos muchachas se miraron
angustiadas. La cruz no, pensó desesperada, respirando agitadamente, es una
muerte lenta y horrible, por favor la cruz no. Conozco la ley, señor, dijo el
centurión, pero estas dos esclavas son lo único que tenemos, quizá sepan algo. Y
al decir esto, el centurión miró sádicamente a las jóvenes. Creo que antes de la
cruz deberían ser interrogadas, no perdemos nada con ello. Está bien centurión,
tienes razón, reconoció con desgana el Pretor. Tú, la rubia. ¿quién mató al
senador?. No lo sé señor, dijo Irene a punto de echarse a llorar. De modo que no
lo sabes, ¿eh?. Irene volvió a negar con la cabeza, y el pretor la miró
severamente. ¿Y tú?, se dirigió el pretor a Beatriz, ¿vas a hablar?. No sé nada
señor, somos inocentes. Beatriz se postró de rodillas y empezó a suplicar entre
sollozos. Por favor, la cruz no, no nos crucifiquéis, no podré soportarlo, y
Beatriz se echó a llorar. El pretor se empezó a impacientar. Mira esclava, será
mejor que hables ahora, nada te puede librar ya de la cruz, es la ley. Pero
antes de crucificarte podemos hacerte otras cosas. Abajo tenemos una mazmorra
muy especial y unos juguetes aún más especiales para utilizarlos en vuestros
cuerpecitos. Si no queréis hablar aquí los verdugos se encargarán de arrancaros
la verdad allí. Os aseguro que no es muy agradable lo que os van a hacer así que
sería mejor para vosotras contar toda la verdad ahora. Somos inocentes, por
favor, tenéis que creernos, dijo Beatriz llorando. No puedo perder el tiempo con
esto, dijo el pretor muy enfadado. Ocúpate tú, le dijo al centurión. Tienes dos
días para hacerles hablar, no me importa lo que les hagas. Dentro de dos días te
encargarás personalmente de crucificarlas, y ahora, lleváoslas. Las dos
muchachas empezaron a protestar llorando y a patalear, pero sus guardianes se
las llevaron de allí a toda prisa.
El sádico centurión hizo buen uso del plazo que le había dado
el pretor. Beatriz e Irene fueron conducidas a la cámara de tortura del pretorio
y allí fueron torturadas salvajemente durante dos días completos. Por supuesto,
los soldados empezaron violándolas.
Primero les obligaron a chuparles la polla y después las
violaron por delante y por detrás sodomizándolas sin ninguna piedad. La
violación duró dos horas y una docena de soldados se folló a las muchachas de
todas las maneras imaginables.
Acto seguido, empezaron el tormento con Irene. Mientras
torturaban a su compañera en su presencia, a Beatriz la amordazaron y la
subieron a un caballete de madera con forma de cuña, una pierna a cada lado,
doblada sobre sí misma, con los tobillos atados al madero y todo su peso
descansando sobre su entrepierna. Una cuerda colocada alrededor de su cuello le
obligaba a permanecer erguida y amenazaba con asfixiarla. El tormento del
caballete fue muy doloroso, como rebelaba el gesto crispado y las lágrimas de la
pobre Beatriz, pero eso no fue nada en comparación con lo que le hicieron a
Irene. Con Irene empezaron de una manera relativamente suave. La ataron a una
armazón de madera que basculaba sobre una estructura también de madera. Tras su
cabeza había un gran barreño de agua, de modo que simplemente con inclinar su
cuerpo hacia atrás podían sumergir la cabeza bajo el agua. Le pusieron unos
tapones de lana en la nariz y empezaron a meter su cabeza en el agua cada vez
durante más tiempo. El tormento duró más de una hora. Irene pedía piedad
desesperada tosiendo y gimiendo cada vez que la dejaban respirar, pero sus
verdugos no se apiadaron de ella y le azotaron con una verga flexible en su
entrepierna mientras permanecía sumergida. Tras lo del agua, vino lo de la
garrucha, ataron a Irene con los brazos a la espalda y la suspendieron en vilo
del techo. Se encontraba en el aire gritando de dolor cuando sus verdugos
empeoraron mucho su suplicio colocando pesos colgados de los tobillos. También
pusieron pesos en los pezones y clítoris, aprovechando para ello los anillos de
esclava. Como Irene gritaba muy fuerte por la tortura, la amordazaron y le
dieron más de cincuenta latigazos, después le pusieron un brasero bajo los pies,
Irene gritaba y gritaba, suplicando piedad, y así estuvo debatiéndose más de
media hora hasta que desfalleció, tras esto la dejaron así colgada, mientras
iban a buscar a Beatriz. A ésta no le bajaron del caballete, sino que la dejaron
allí para que siguiera sufriendo, sin embargo, además de esto trajeron un
brasero y metieron unas pequeñas tenazas en él para que se fueran calentando.
Beatriz miraba horrorizada cómo los instrumentos de tortura se iban poniendo al
rojo en el brasero y se preguntaba por qué las mantenían amordazadas si de lo
que se trataba era de que confesasen, pero eso al centurión le daba igual saber
la verdad, lo de interrogarlas era una excusa, sólo quería disfrutar
martirizando a las dos pobres esclavas. Fue el propio centurión quien utilizó
las tenazas al rojo para atrapar las anillas de los pezones de Beatriz. La pobre
muchacha aulló casi desde el primer momento que empezaron a torturarla, viendo
el gesto de sádico del centurión mientras retorcía sus pezones que se iban
quemando a medida que las anillas de metal lo hacían. La joven lloraba y gemía
pidiendo piedad a gritos. Pero de nada le sirvió. Tras media hora con eso,
Beatriz se desmayó cuando no pudo soportar más. Al de un rato, se volvió a
despertar, al oír los gritos de Irene que se encontraba justo delante de ella,
atada de la misma manera y subida al caballete. No tenía una soga al cuello,
sino que mantenía sus brazos en alto completamente estirados. El centurión le
estaba retorciendo los pezones con unas tenazas y tras hacer esto le clavaba en
los pezones agujas calentadas al rojo. A la pobre Irene se le desencajaba el
rostro de dolor a medida que le introducían las agujas calientes, sus ojos se
ponían en blanco y lanzaba alaridos inhumanos mientras el centurión perforaba
lentamente sus pezones con aquellas agujas candentes. En cuanto el centurión se
dio cuenta de que Beatriz se había despertado sonrió y empezó ese mismo
tratamiento con ella. Las dos muchachas siguieron sufriendo esta cruel tortura
alternativamente durante horas. Lloraban y gritaban completamente histéricas
llamando a su madre y pidiendo una muerte rápida con todas sus fuerzas. El
centurión no hacía ningún caso de los ruegos desesperados de sus víctimas sino
que introducía una a una las agujas en los pezones de las muchachas sin descanso
y sin piedad.
Tras desmayarse las dos de puro dolor y agotamiento, bajaron
a Beatriz del caballete y la acostaron en el potro de tortura. Esta vez lo
prepararon todo concienzudamente. Todo lo anterior fueron meras caricias
comparado con lo que le hicieron a la muchacha en el potro. Beatriz permaneció
en el potro seis largas horas de pura y dolorosa agonía. En ese tiempo la
torturaron salvajemente, primero estiraron su cuerpo hasta el límite hasta ocho
veces, y en la octava le dislocaron los brazos, aunque después se los volvieron
a encajar en su sitio. Irene apartaba la vista horrorizada a punto de volverse
loca por el sádico tormento. El cuerpo de Beatriz pendía en vilo de sus muñecas
y tobillos, estirado hasta un extremo inhumano y bañado en sudor. A pesar de la
mordaza los gritos de Beatriz pidiendo piedad eran perfectamente audibles, pero
sus verdugos seguían y seguían apretando. Por supuesto, eso no fue todo, pues en
el potro la torturaron de mil maneras. A Beatriz le aplicaron la toca, la
azotaron con látigos, le quemaron la planta de los pies, le echaron cera
caliente por el vientre y las piernas, y después le clavaron agujas candentes en
pechos, vagina y bajo las uñas. Sin embargo, lo peor con mucho fue lo de los
hierros candentes. El castigo de los hierros lo guardaron para el final y duró
dos interminables horas. Sus verdugos le aplicaron a la joven hierros calentados
al rojo vivo por todo su cuerpo desnudo, lo hicieron lentamente dando tiempo a
la esclava para que asimilara el dolor de cada quemadura y echando después sal
sobre cada herida. Beatriz suplicaba la muerte a gritos cada vez que le quemaban
la piel con esos hierros, pero eso no impidió que se corriese un par de veces
durante la tortura. Cuando Beatriz perdió el sentido por quinta vez, la soltaron
y quedó tendida en el suelo de la mazmorra, mientras Irene, que lo había visto
todo, ocupaba su lugar entre sollozos desesperados. Irene era menos resistente,
y sólo pudo soportar dos horas un tormento análogo antes de perder completamente
el sentido.
Por fin dejaron descansar a las dos esclavas, las ataron
entre sí y las dejaron en el suelo de la mazmorra, entre suciedad y ratas. Allí
pasaron diez horas, recuperando suficientes fuerzas para el suplicio de la cruz
que les esperaba al día siguiente.
Este comenzó la mañana del segundo día muy temprano. Los
guardias cogieron a las prisioneras y las llevaron al patio del Pretorio. Allí
las ataron a unos postes verticales, con los brazos y piernas bien abiertos. Por
supuesto, las amordazaron para no oír sus gritos y súplicas mientras las
flagelaban. Beatriz respiraba muy nerviosa esperando la flagelación de rigor y
pudo ver cómo los soldados colocaban dos largos maderos en el suelo, delante de
cada una de ellas. Junto a los maderos había un gran cesto con martillos y unos
largos clavos negros de más de diez centímetros. Beatriz se estremeció al
reconocer el instrumental de su propio suplicio, el patíbulum, el leño
transversal de la cruz que ellas mismas tendrían que transportar sobre sus
brazos hasta el lugar de la crucifixión. La flagelación fue horrible. Toda la
soldadesca del Pretorio fue testigo del castigo y disfrutó de lo lindo
martirizando a las dos esclavas casi adolescentes. Los hombres reían y se
excitaban viendo cómo los golpes del flagrum arrancaban de ellas gemidos
espeluznantes. El cuerpo desnudo de las dos muchachas brillaba al sol por el
sudor y los regueros de sangre que provocaba el flagelo. A pesar de estar con
los miembros completamente estirados, los músculos de las muchachas se
estremecían y reaccionaban contrayéndose a cada golpe, mientras sus rostros
despedían salivazos y lágrimas, completamente enrojecidos y crispados de dolor.
Beatriz e Irene chillaban histéricas, suplicando piedad a gritos, pero los
soldados disfrutaban del martirio de sus prisioneras y aquellos gritos
acariciaban sus oídos casi con la misma efectividad que las lenguas de las dos
muchachas habían acariciado sus penes en la cámara de tortura. Las jóvenes
recibieron más de treinta latigazos, y sólo entonces las soltaron, desplomándose
en el suelo de puro agotamiento. Allí, en un charco de sangre, permanecieron
respirando agitadamente y llorando de desesperación hasta que las reanimaron con
baldes de agua y les empezaron a atar el patíbulum a los brazos. Durante la
operación tuvieron que permanecer arrodilladas, y les obligaron a extender sus
brazos a lo largo, atándolos con cuerdas al madero de la cruz. Las esclavas
permanecieron amordazadas en todo momento para aumentar su humillación. Además
les colgaron unas tablillas de madera de las anillas de los pezones. En ellas
aclaraban la causa de la ejecución: Esta esclava, sufre en la cruz ante tus ojos
por traicionar a su amo, decía la tablilla. Tras esto, las condujeron hacia la
puerta de la ciudad para crucificarlas allí fuera de las murallas. Las dos
muchachas fueron escoltadas por una veintena de soldados que apartaban al pueblo
con sus lanzas, mientras un par de sicarios seguía azotándolas para que
caminasen. La lenta procesión de las esclavas por las calles de la ciudad fue un
castigo adicional para ellas, pues las mujeres avanzaban muy lentamente a causa
del peso del madero y de que llevaban los pies descalzos y en carne viva. Casi
dos horas tardaron en llegar al lugar del suplicio entre latigazos, insultos y
salivazos. En todo el trayecto siguieron siendo martirizadas y humilladas por
sus verdugos y por el pueblo. En las calles más estrechas, atestadas de gente,
los hombres las sobaban y pellizcaban, y las mujeres les echaban salivazos y
fruta podrida.
Por fin salieron de las puertas de la ciudad y las condujeron
a un pequeño montículo cercano donde se procedería a su ejecución. Las dos
jóvenes por fin se pudieron arrodillar, completamente agotadas. Aún tenían que
esperar la llegada de los estipes, el palo largo de la cruz que los soldados
traían atrás en un carro, y que se había atascado entre el gentío. Aprovechando
esta demora, los soldados obligaron a las esclavas a tumbarse en el suelo y las
violaron nuevamente uno tras otro. Tras la violación, Beatriz pudo ver que los
soldados ya habían traído los estipes y que ya se había congregado una gran
cantidad de espectadores para ver su suplicio. La mayor parte eran hombres
decididos a gozar del espectáculo de ver a las dos bellas jóvenes clavadas
desnudas en la cruz y retorciéndose de dolor y desesperación durante largas
horas de agonía.
A una señal del centurión comenzó el tormento. Primero
arrastraron a las dos muchachas hasta los estipes cogiéndolas del patíbulum y de
las piernas. Una vez acostadas en el estipe, ataron a éste el patíbulum y los
tobillos de las mujeres. Las piernas se las iban a clavar a los costados del
estipe, atravesando sus calcaños con dos largos clavos de hierro. Los verdugos
no les estiraron las piernas, sino que las doblaron dolorosamente para que en
todo momento quedara a la vista su entrepierna y su vagina abierta. Las chicas
veían los preparativos aterrorizadas, mientras sus verdugos demoraban todo lo
posible el comienzo de la ejecución solo para aumentar el tormento sicológico de
las víctimas. Normalmente, como medida de gracia, proporcionaban un anestésico a
los condenados a la crucifixión, así al menos sus músculos estarían adormecidos
mientras les clavaban los clavos, pero ese caso era especial. El muerto era un
senador y el castigo debía ser ejemplar. Por eso Beatriz e Irene fueron
crucificadas a lo vivo, sin anestésico de ningún tipo, totalmente conscientes y
sensibles al tremendo dolor.
Los verdugos empezaron por Irene, tenía las piernas
dolorosamente dobladas con los tobillos por encima de las rodillas, a la altura
de los muslos. Los verdugos levantaron su trasero y bajo él clavaron un madero
transversalmente al estipe con cuña en la parte superior. Una vez hecho esto le
clavaron los cuatro clavos empezando por las muñecas y terminando por los
tobillos. Durante su crucifixión Irene lanzó alaridos como una posesa. Sólo la
mordaza impedía que sus gritos volvieran sordo a todo el mundo. Mientras tanto
el verdugo clavaba los calvos en muñecas y tobillos con golpes secos de martillo
haciendo saltar goterones de sangre que manchaban la madera y el cuerpo desnudo
de Irene. La mujer se agitaba desesperada intentando liberarse de sus ataduras,
arqueando su cuerpo y lanzando espumarajos por la boca, mientras sus ojos se
ponían en blanco de puro dolor y su cabeza golpeaba el madero de la cruz con la
esperanza de perder el sentido. Beatriz lo vio todo desesperada. Cómo torturaban
a su amante, y cómo, una vez clavada en la cruz y cortadas las cuerdas que la
sostenían a ella, ponían ésta vertical, mientras ella aullaba de dolor al notar
el terrible suplicio de descargar todo su cuerpo sobre sus muñecas y tobillos.
Irene gritó desesperada con el rostro hacia el cielo, mientras el público
prorrumpía en aplausos al ver en lo alto el cuerpo torturado de la joven esclava
colgando de su cruz.
Acto seguido le tocó el turno a la propia Beatriz. Mientras
el verdugo ponía la punta del primer clavo en su muñeca derecha la chica podía
oír perfectamente los latidos de su propio corazón. La iban a crucificar, la
muerte más horrible que pueda imaginarse. No podía ser, tenía que hacer algo, y
empezó a gritar a su verdugo, pero como éste no podía entender nada a causa de
la mordaza , ella negaba con la cabeza llorando y pidiendo piedad. Todo fue
inútil, el verdugo descargó el martillo con toda su fuerza y el clavo penetró en
su muñeca rompiendo los delicados nervios y tendones del brazo de la esclava. Un
tremendo relámpago de dolor recorrió todo el cuerpo de Beatriz. Todos y cada uno
de los músculos de su cuerpo respondieron al dolor tensándose y estremeciéndose
y la joven lanzó un tremendo alarido, mientras se arqueaba y retorcía sobre el
madero del martirio. Un chorro de orina salió de su coño manchando el madero de
la cruz, pero el verdugo no se inmutó y siguió con el tremendo suplicio,
impasible completamente al sufrimiento de su víctima. Beatriz lloraba y lloraba
mientras clavaban sus muñecas al patíbulum, pedía la muerte a gritos y que
acabara todo aquel tormento, pero el suplicio de la cruz era intencionadamente
lento y cruel. Cuando las muñecas estaban sólidamente clavadas al madero,
cortaron las cuerdas de éste e izaron la cruz. A medida que la cruz iba
alcanzando la vertical, Beatriz comprobó horrorizada que el dolor de sus muñecas
se hacía más y más intenso. Aún no le habían clavado las piernas y todo su peso
descansaba sobre los brazos. No le habían colocado sedile de ninguna clase ni
una cuña como la de Irene, por lo que no podría apoyarse en nada. A Beatriz le
pareció que sus muñecas se desgarraban longitudinalmente y empezó a gritar
desesperada que la bajaran de allí. Pero su tormento no había hecho más que
empezar. Su cuerpo desnudo y estirado sobre el madero se sumó al de su rubia
amiga y la muchedumbre gritó de excitación al ver a las dos bellas muchachas
crucificadas una junto a la otra. Sin embargo, no fueron crucificadas de la
misma manera. Una vez erecta la cruz, procedieron a colocar el cornu a Beatriz.
El cornu era un largo y afilado cuerno que clavaron a la cruz a la espalda de la
joven esclava. Los soldados cortaron las ligaduras de los tobillos de la joven y
le obligaron a ensartar su ano en el cuerno. A pesar de que Beatriz luchó todo
lo que pudo, no pudo evitar que los soldados la fueran empalando lentamente por
el ano. A medida que el cornu se fue clavando en su recto Beatriz gritaba de
dolor con el rostro dirigido hacia lo alto, retorciendo su cuerpo a la vista del
público que observaba atónito el bárbaro suplicio. Un hilo de sangre se deslizó
entre sus muslos a medida que el cuerno la iba sodomizando más de veinte
centímetros en el interior de su cuerpo. Por fin terminaron de empalarla, y
entonces le clavaron los tobillos a ambos lados del estipe y con las piernas
bien dobladas hacia arriba para dejar su coño lo más abierto y expuesto posible
a ulteriores tormentos. El rostro de Beatriz estaba deformado por el intenso
sufrimiento y la desdichada esclava golpeaba la madera con la cabeza una y otra
vez para acabar de una vez. Por si no les habían hecho sufrir aún bastante, los
verdugos les quitaron los carteles de madera, que clavaron sobre sus cabezas y
en su lugar colgaron de las anillas de los pezones unos pesos de plomo que
estiraron los pechos dolorosamente hacia el suelo. Además a Beatriz le colocaron
otra pesa colgando del anillo de su clítoris, y a Irene le clavaron los labios
exteriores de la vagina a la cuña de madera sobre la que descansaba su
entrepierna. Tras el lento y doloroso proceso de clavarlas en las cruces, los
verdugos descansaron viendo satisfechos su obra.
Allí permanecían al sol, ante un pueblo sangriento y unos
verdugos crueles las dos pobres esclavas. Desnudas, torturadas, humilladas y
vejadas, las jóvenes, inocentes de toda culpa estaban sufriendo una agonía
terrible y cruel porque así lo dictaban las leyes de Roma. La muerte violenta
del amo implicaba la crucifixión de todos sus esclavos y esclavas. Ahora las
muchachas se retorcían en la cruz como anguilas buscando inútilmente una postura
que mitigara su dolor, cada vez más intenso, cada minuto más desesperante.
Normalmente las personas crucificadas tardaban varias horas en morir, y la causa
más frecuente era la asfixia, sin embargo, a Irene y Beatriz les habían colocado
sólidos sediles que impedían que las muchachas se asfixiaran. Esto alargó su
agonía mucho más. De este modo, Irene murió tras dos días de sufrimiento,
mientras que Beatriz aún permanecía viva el tercer día del tormento. Fue
entonces cuando el centurión, acompañado de dos soldados llevó hasta la mujer
moribunda un carro con un brasero lleno de instrumentos de hierro y con la
intención de arrancarle trozos de su cuerpo con tenazas candentes. Empezó por
uno de los pezones de la muchacha. Se lo atrapó con la tenaza y Beatriz gritó
como un animal. La muchacha suplicaba pero su verdugo empezó a arrancarle el
pezón de cuajo. Fue entonces cuando Beatriz despertó en un mar de sudor. Estaba
en la cama de su apartamento, todo había sido una pesadilla.