Café, con aroma de sexo
El pitillo de la cafetera atacaba furioso nuestros oídos.
Ambos caminamos con prisa a la cocina, sin intenciones
escondidas, como autómatas de la cafeína.
Chorreábamos el café despacio, mirándonos mutuamente las
manos. Mientras servías el café me dispuse a lavar la bolsa del chorreador y el
contacto con el desecho del café me excitó. ¡Loco! Dirán ustedes, pero la
sensación boronosa, húmeda y tibia de los residuos del néctar afro americano
despertó en mí los deseos por ti.
Mis manos seguían acariciando tan inusitado fetiche cuando
tú, cuál pitonisa de oráculo, uniste tus manos a las mías en laboriosa
complicidad.
Nuestros dedos enredándose, el agua fría cayendo sobre
nuestras manos. Te abrí espacio frente a mi y tú, más pequeña, quedaste atrapada
con mis brazos a tus costados mientras terminábamos la labor.
Mi boca se acercó a tu cuello, tus caderas retrocedieron al
encuentro de mi pelvis. Nada nos dijimos, por lo menos verbalmente, y pronto el
lavado de platos quedó al lado para dar campo a la pasión.
Mis manos desde atrás se tomaron de tus senos, y tus manos se
posaron sobre las mías, instruyéndome sobre como acariciarte, a pesar de los
miles de años que en la genética lleva educándonos en los temas del placer.
Mi boca y dientes en tus orejas, tus manos tiradas hacia
atrás en mi trasero.
Sin saber como, por prestidigitación sexual me encontré
desnudo penetrándote desde atrás, ahí sobre el fregadero, mientras los últimos
residuos sólidos del café se iban a la cañería, y el líquido cálido de él
emanado se enfriaba a la espera de dos amantes.