Yo tuve hace años un profesor de gimnasia que desde el primer
día me decía hay que sudar para tener buenos resultados con el ejercicio.
Hacia mis tablas y se acercaba para colocar sus manos en cada
una de mis axilas.
Sudas poco.
Hay que trabajar más.
Antonio, el profesor, me daba las grandes palizas.
No vuelvas a depilarte sudarás más y no uses desodorante que
es malo para la piel.
Al cabo de un rato, otra vez las manos en mis axilas y
recogiendo el sudor con ellas
Así un día y otro..
Hacia lo mismo siempre, hasta que un día, me volví y de reojo
comprobé como olía mi sudor y posteriormente se lamía la mano.
Empezó a extrañarme hasta que decidí enterarme que hacia
aquel profesor.
Un día escondida le encontré sacando de la casilla mis bragas
y oliéndolas.
Me enfadé mucho conmigo misma, estuve a punto de no volver al
gimnasio, hasta que pensé que aquello me excitaba, y que podía ser yo la que
jugara con él.
Desde aquel dia decidí no ducharme en casa e ir al gimnasio
con las mismas bragas que había utilizado toda la noche.
Con los primeros ejercicios noté que olia mucho, muchísimo,
cuando se acercó a tocar, el caradura me dijo:
Ahora ya empiezas a ir mejor.
Y yo con el afán de excitarle le comenté
Mira mis pechos también estan empapados de sudor.
Déjame tocar.
No en ese sitio esta prohibido.
Y si te ato y les toco a la fuerza?.
Es broma, es broma.
Pero me dio miedo y no volvi nunca mas aquel gimnasio.
Pasó el tiempo y yo conservaba la costumbre de no afeitarme
los vellos de las axilas, incluso procuraba no usar desodorante.
Poco a poco fui recordando a mi profe de gimnasia, cada vez
con mayor intensidad y con un poco de deseo, que se fue acrecentando con el paso
de los días, era una mezcla de curiosidad y deseo.
Un buen día me levanté, me puse el maillot de gimnasia, una
toalla y me dirigí al gimnasio.
Abrí la puerta y apareció Antonio quien me saludó como si
hubiera estado el día anterior, estuvo muy inteligente pues en ese momento cortó
toda angustia y explicación de mi ausencia.
Cristina no te cambies de ropa, vete a tu casa, y regresa
a la hora de cerrar, a las diez de la noche, que necesitas una sesión más
amplia
Precisamente era una de las cosas que me fascinaba de
Antonio: su autoridad.
Regresé a casa y dije a mi madre que me quedaría a estudiar
en casa de una vecina y como teníamos exámenes vendría tarde o me quedaría a
dormir con ella.
Empezaba a estar loca de ansiedad, me temblaban las piernas,
la cabeza me daba vueltas.
Los minutos se me hicieron horas.
A las nueve y media estaba en la puerta del gimnasio sin
atreverme a entrar, escondida en el portal de enfrente.
Tenía miedo, mucho miedo pero también ansiedad y deseo.
Cuando faltaban cinco minutos para las diez llamé a la
puerta.
Me abrió un chico de unos 30 años, alto, delgado, con la
cabeza rapada y vestido con un chaleco, botas altas y un tapa rabos de cuero.
Di un empujón y quise cerrar la puerta, sin éxito, pues me
agarró del pelo y me introdujo dentro.
Entonces pude ver a Antonio y a otro hombre que no conocía,
todos vestidos de cuero
No te haremos mucho daño sólo gozar de tus intimidades.
Me colocaron en una especie de silla ginecológica, mientras
uno me levantaba los brazos para oler mis axilas, el otro abría mis labios
vaginales, mientras que el tercero frotaba mi clítoris hasta que empecé a echar
jugos.
Los lamieron y me obligaron a mear, mientras sentía como una
cánula entraba en mi recto y me llenaba las entrañas de un líquido caliente y
que escocía, al cabo de un minutos empecé a expulsar, lo que les hizo ponerme a
cuatro patas y darme una buena paliza con varas de bambú.
Una vez finalizado me soltaron y me citaron para el día
siguiente.