Capítulo Primero. Confesiones en la cama.
Beatriz sintió las últimas oleadas de su orgasmo entre dulces
estremecimientos, mientras Irene continuaba lamiendo insistentemente y besando
su clítoris y labios vaginales. Esta vez Irene se ha portado, pensó Beatriz
entre espasmos cada vez más débiles y espaciados en su entrepierna. Y una vez
dueña de sí misma recibió con un beso a su amiga que se deslizaba sobre su
delgado cuerpo hacia su boca, buscándola con ansiedad. La besó con calidez e
intención, en un beso sincero y húmedo, gimiendo de placer y ambas muchachas se
quedaron abrazadas entre las sábanas. Dos cuerpos desnudos, de piel suave y
cálida llenos de pasión y deseo. A los veinte años la pasión entre dos chicas
puede ser así tierna y sensual. Sin embargo, junto a la ternura y la pasión,
pueden existir otros deseos menos tiernos y confesables. Y esos eran
precisamente los que bullían en la cabeza de las dos amantes.
Tras un largo rato de permanecer abrazadas en silencio,
Beatriz dijo. Hoy estás muy callada rubita. ¿Te pasa algo?. Irene no contestó.
Era una muchachita rubia, menuda y delgada, de pechos pequeños y tiernos, ojos
azules y una mirada muy bonita, pero en ese momento estaba mustia y triste. De
hecho, Irene estaba a punto de llorar, pues no podía dejar de pensar en lo que
le esperaba ese fin de semana y en lo que Beatriz pensaría de ella si lo
supiera. Beatriz era su amiga del colegio de monjas y ambas eran inseparables
desde siempre. Con ella se había iniciado en el sexo y la amaba profundamente.
Deseaba su cuerpo, adoraba cómo Beatriz se movía entre sus brazos. Pero sobre
todo le gustaba ver su rostro gimiendo y estremeciéndose de placer, cuando ella
la masturbaba o le lamía su sexo. Beatriz no era una belleza a la manera como lo
son las modelos de revista, no tenía cara de muñeca ni nada parecido, pero no se
podía negar que era muy atractiva. Con esos ojos castaños tan grandes, y su
deliciosa sonrisa, Beatriz embrujaba a Irene y entonces ésta ya no podía negarle
nada.
¿No quieres decirme lo que te pasa cariño?, le decía Beatriz
melosamente mientras jugueteaba con los dedos en el pelo rubio y corto de su
amiga. Irene levantó sus bellos ojos azules. Unas lágrimas querían asomar por
ellos, pero al final se atrevió a decir. Lo nuestro ya no puede ser, Beatriz.
Esta se quedó de una pieza. ¿Por qué dices eso?, le dijo un poco alterada.
Bueno, podemos seguir, pero será de otra manera, y al ver el gesto de de Beatriz
siguió adelante. Es Miguel. Este fin de semana me quiere para él sólo, bueno,
para él y para sus amigos. ¿Qué?, preguntó Beatriz, ¿qué amigos?.
Irene negó con la cabeza, las lágrimas caían ahora
francamente por su mejillas. Miguel era su novio, pero también era mucho más.
Beatriz sabía que Miguel era muy importante para Irene. Se trataba de un tipo
muy dominante, y eso le iba mucho a su amante, pues ésta tenía cierta tendencia
a la sumisión y a la obediencia.
No entiendo nada, dijo Beatriz un poco nerviosa y enfadada.
Si no entiendo mal estás dispuesta a que te entregue a sus amigos y tú lo
aceptas así, sin más, no lo entiendo. Tengo que obedecerle, amor mío, no hay más
remedio, volvió a decir Irene entre lágrimas. Pero ¿por qué?. No me atrevo a
decírtelo, me da un poco de vergüenza. Vamos Irene, después de lo que me has
hecho ahí abajo, ¿crees que aún puede sorprenderme algo de lo que digas?. Así
es. Cuéntame, por favor. Es que Miguel ya no es mi novio. ¿Cómo?. No, ahora
Miguel es mi amo, y yo. Irene dudó unos momentos antes de seguir hablando. Yo
soy su esclava. Beatriz abrió mucho los ojos. Sí Beatriz, he decidido entregarme
a él como esclava. Beatriz no se lo podía creer, pero al oír la palabra esclava
en labios de su amiga se excitó muchísimo. ¿Qué significa eso de que eres su
esclava?. Por ahora no mucho, contestó Irene. Hasta ayer todo era un juego. A
veces me ata las manos mientras hacemos el amor o le hago una felación, y alguna
vez me ha hecho un poco de daño, pero ayer me exigió algo distinto. ¿Qué te
exigió?, preguntó Beatriz muy intrigada. Tuve que firmar un papel en el que
aceptaba entregarme a él y a quien él quisiera sin ningún límite. Miguel me
advirtió que si firmaba sería su prisionera durante todo el fin de semana y que
me mantendría desnuda y maniatada para hacerme lo que lo que quisiese. También
me advirtió que traería a otras personas para que abusaran de mí. Me quiere
sodomizar Beatriz, dijo Irene respirando muy agitada. Eso hace mucho daño
¿verdad?.
Beatriz no contestó pero estaba entre indignada y cachonda
con lo que le contaba su amiga. De todos modos, eso no es lo peor. Después de
hacerme firmar Miguel me obligó a desnudarme, y tras atarme a una silla y
amordazarme, se pasó toda la tarde leyéndome algo horrible. Te juro que se me
ponían los pelos de punta al oír aquello, era terrible. Sin embargo, luego
ocurrió algo extraño, después de media hora estaba muy caliente y hubiera
deseado tener una mano libre para masturbarme, al final lo hizo Miguel y me
corrí en cuestión de segundos. Pero, ¿de qué trataba eso que leía?, preguntó
Beatriz muy alterada. Irene la miró fijamente y, casi rompiéndosele la voz,
dijo. De tortura. ¿Qué?, preguntó Beatriz. Era un relato que trataba de la
crucifixión de dos jóvenes esclavas en la antigua Roma. Era supersádico con todo
lujo de detalles morbosos y terribles. Beatriz oía todo aquello cada vez más
caliente. ¿Sabes que les clavaban los clavos en las muñecas y no en la palma de
las manos?, la crucifixión debe ser una muerte horrible. Cuando terminó el
cuento, Miguel me dijo que él y sus amigos no se conformarían con abusar de mí,
sino que debería ser atada a una cruz con cuerdas y allí sus sádicos amigos me
torturarían de diversas formas, no muy duro pero sí lo suficiente. Estoy
acojonada Beatriz, ¿Qué debo hacer?
Beatriz no contestó. El corazón le latía con fuerza. A ella
volvió de repente la clase de religión del colegio. Recordó cómo su entrepierna
se mojaba cada vez que veía las imágenes de la crucifixión de Cristo, o cuando
leían el martirio de alguna santa. Nunca mataban a las santas de una forma
normal, siempre las torturaban antes, especialmente en sus pechos y en su sexo.
También recordó cómo Irene y ella comenzaron sus juegos sexuales con simulacros
de torturas. Se encerraban en su habitación y allí desnudas se ataban las manos
a la espalda una a la otra y se acercaban una vela al pecho hasta que no podían
soportar el calor, o bien se azotaban con una pequeña goma en el clítoris.
Aquello le ponía muy cachonda tanto si actuaba como verdugo como si hacía de
víctima.
Repentinamente Beatriz volvió al mundo real. Sigo sin
entender, Irene, si te da tanto miedo basta con que le digas que no. Es que no
quiero decirle que no, dijo Irene, como si fuera una cuestión evidente. No me
digas que, y Beatriz dejó sin terminar la frase. Irene afirmó con la cabeza con
lágrimas en los ojos. Sí, contestó. ¿Deseas que te torturen?, preguntó incrédula
Beatriz. Lo deseo ardientemente, es mi fantasía desde hace mucho tiempo, le dijo
Irene. Quiero que lo haga Miguel y otras personas desconocidas.¿Te das cuenta?.
Irene empezó a masturbarse junto a su amiga y empezó a hablar entre jadeos.
Harán conmigo lo que quieran, cada hora, cada minuto. Sin descanso, sin piedad,
y yo no podré hacer nada por evitarlo, estoy segura de que me correré casi de
continuo, qué gusto. La joven pronunció estas palabras en medio de un orgasmo
profundo e intenso, y nuevamente se dejó caer en la cama sudorosa y con los ojos
cerrados.
Beatriz se tumbó entonces sobre su cuerpo cálido y palpitante
besándola y abrazándola. ¿Lo has pensado bien?, preguntó Irene. ¿Cómo sabes que
tu novio y su grupo no son unos sicópatas?. Una cosa es jugar al sado y otro la
tortura de verdad. ¿Tanto confías en él?. Por eso precisamente te lo estoy
contando. Ya he pensado en esa posibilidad. Tengo miedo de que se pasen, y por
eso me gustaría que alguien supiera dónde estoy y que vigile qué es lo que hacen
conmigo. ¿Y quieres que ese alguien sea yo?, dijo Beatriz. Debes estar loca.
¿Por qué no?. Miguel no lo aceptará, contestó Beatriz. No perdemos nada con
probar, contestó Irene, te lo pido por favor. Pero has quedado con él mañana.
¿Qué puedo hacer yo?. Lo tengo todo pensado. Irene se levantó y empezó a
vestirse. Mañana hemos quedado en su chalet. A media mañana vendrán sus amigos.
Sólo te pido que vayas antes y le digas a Miguel que lo sabes todo y que también
quieres formar de la fiesta…como verdugo. Beatriz no se lo podía creer. Pero,
¿por qué me hará caso a mí?, preguntó Beatriz aún desnuda desde la cama. Por dos
razones, le dijo Irene mientras terminaba de vestirse. Primero, porque lo sabes
todo, y puedes amenazarle con ir a la policía y segundo, e Irene hizo una pausa.
¿Segundo?, dijo Beatriz impaciente. Segundo porque sé que le gustas, si aceptas
ser su amante él hará lo que quieras, siempre te ha preferido a mí. Y diciendo
esto Irene abrió la puerta y se marchó. No tardes, le dijo, sabes que confío en
ti. Beatriz se quedó con la palabra en la boca, la confesión de que Miguel la
deseaba le trastornó completamente. Ella también le deseaba a él desde hacía
años.