Fernando tiró hacia bajo de los pantalones del chaval de 19
añitos que había sido uno de los tres elegidos para representar a España en
aquel campeonato internacional. Un culo delgadito quedo a la vista, apretado
dentro de unos slips bastante infantiles, pues tenían estampados con pequeños
marineros y lunas. Le duraron poco puestos, pues el instructor se los sacó
también, dejándole en pelotas. Mi polla, como comprenderéis, estaba a 200 por
hora. El calor me subía desde la entrepiernas y me enrojecía la cara, en donde
empezaba a aparecer cierta película de sudor ante el tórrido ambiente de la
habitación. Charli, el hijo del entrenador, giró su cuello para observar mi cara
de acaloramiento. Sonrió, se inclinó un poco hacia mí y llevó su mano hasta mi
camisa, en donde me desabrochó dos botones como el que no quiere la cosa.
—Te vas a asfixiar —me guiñó un ojo.
—Gracias —respondí intimidado. Me había fijado en cómo se le
había marcado su moreno bíceps al flexionar el brazo. Aquel cabroncete
veinteañero había heredado la constitución física de su padre, así como su
hombría y atractivo.
Precisamente su progenitor habló en ese momento desde la
cama.
—Muy bien. Vamos a preparar este culito para que pueda
entrarle toda mi polla, ¿eh? —habló Fernando despacio, llevando sus bastas manos
a las blancas y finas nalgas de Ignacio —. Intentaremos que te entre todo mi
mástil —propuso masturbándose su pesado y venoso rabo.
El míster se había sentando en la cama y estiraba sus brazos
para masajear el cerrado esfínter del asturiano, mientras éste apoyaba su cara
en el ligeramente redondeado vientre del instructor. Sacaba su lengua y besaba y
lamía los velludos abdominales del maduro, que parecía estar bastante excitado,
pues lanzaba pequeños exhalos.
—Es enorme, entrenador —susurró un caliente Ignacio,
sopesando el gigantesco pollote del madurito con una de sus manos. Lo levantó,
lo calibró y se lo llevó a la boca, sacando su roja lengua y paseándola por
aquel capullazo amoratado y brillante como el acero. El desorbitado capullo de
Fernando era digno de esculpir.
Éste gimió al sentir como el chaval le lamía el rabo.
—¡Ah, sí! ¡Me pones muy cachondo! —confesó un calenturiento
Fernando—. Recórreme todo el tronco con tu lengüita y luego dame chupetones con
los labios en el capullo. ¡Así, así! ¡Qué bien! —gemía un entregadísimo
instructor—. Vamos, ahora méteme la punta de la lengua en el agujero de la
polla. Sepáralo y juega ahí con tu lengua —le demandaba.
Me sorprendió ver cómo Fernando se dejaba llevar mucho más
que con Álvaro, el malagueño. Quizás porque al anterior debía de bajarle un poco
tanta soberbia. Sin embargo, el joven Ignacio era más dócil y estaba totalmente
dispuesto a hacer lo que le pidiera el míster.
El chaval soltó un gorgojeo de placer cuando el entrenador le
clavó dos de sus dedazos gordos como morcillas en su rosado e imberbe agujero.
Le había lubricado a base de saliva y parecía que el trajín dactilar que se
traía el entrenador en aquel culo surtía efectos. Ignacio gemía con su boquita
entreabierta, los ojos cerrados y el gordo pollón de Fernando intentado colarse
entre sus rosados labios. Era un Adonis aquel muchacho sanote, un Adonis al que
daban ganas de follárselo hasta dejarle sin resuello.
Fernando metió un tercer dedo sin aviso y el chico soltó un
grito a la par que daba un respingo de dolor, amarrándose fuertemente a las
caderas del instructor y hundiendo su cara en su vientre cubierto de ralo vello.
—¡Ay, sí! —gimió de gusto al momento—. ¡Sí, entrenador! ¡Sí!
¡Más! —pidió.
—¿Quieres más? —le susurró Fernando—. No te duele.
—Sí, me duele, pero quiero más.
—Bien —sonrió el madurito, dejando caer un lapo en el agujero
del muchacho. Acto seguido introdujo un cuarto dedo que Ignacio recibió con
gusto y desesperación a la vez, pues su cerrado agujero, algo más holgado ya,
tuvo que hacer bastante esfuerzo por ceder. Pero para eso estaba allí, para
conseguir dilatar su esfínter hasta el límite y poder disfrutar de folladas
extremas como las que acostumbraba a ver en las películas porno alemanas más
duras que descargaba de Internet.
Fernando tenía la polla a tope de dura. El asturiano se la
sujetaba y ésta le llegaba sin problemas al míster por encima del ombligo. ¡Era
un monstruo! —Túmbate boca abajo —le indicó al chico, que obedeció en seguida.
Fernando sopesó su rabo con ambas manos, lo meneó mientras
colgaban densos hilos de precum al echar arriba y abajo su grueso prepucio, se
masturbó un poco y se lo ensalivó bien. Le volvió a meter tres dedos al chaval y
apuntó con su estoque como si fuera un matador de toros. Le iba a clavar el nabo
hasta lo más hondo.
—¿Listo? —preguntó al muchacho. Éste asintió concentrado.
Ansioso de recibir a aquel macho en lo más hondo de sus entrañas. Sabía bien que
no saldría de aquella follada demasiado bien parado.
El madurito se echó hacia delante, plantó su brillante y
húmedo capullo en el ojete de Ignacio y comenzó a apretar. El chico hundió su
cara en la almohada y, al momento, la levantó ante la fuerza que hacía aquel
hijo de puta con su bate de carne. Pero sólo se atrevió a abrir la boca y soltar
un gemido de agonizante dolor. En ningún momento pidió que parara. No, todavía
no.
—Vamos —se inclinó Fernando hacia delante, acariciando el
revuelto pelo del chico y besándole en los hombros—, relaja el culo para que te
entre el capullo. Después todo será más fácil.
—Tiene un capullo enorme, entrenador. Es muy grande —se quejó
Ignacio, que hizo por relajar el esfínter—. Y se me ha olvidado ponerme un enema
—cayó en la cuenta de su error en ese momento.
—¿Enema? —preguntó escéptico el instructor—. Tendrás que
acostumbrarte a que te follen con el culo tal cual. Es una de las normas del
campeonato. Follar a pelo y sin el uso de enemas salvo en las pruebas que se
consideren imprescindibles.
Abrí bastante los ojos al oír aquello. Sabía que los
participantes firmaban un contrato en el que realizaban un juramento y una serie
de pruebas médicas para evitar posibles contagios. Pero lo de los enemas me
parecía totalmente depravado. Sí. Ya iba entendiendo el concepto de "sexo
sucio", pero quizás era… ¿demasiado sucio?
Fernando notó que Ignacio se relajaba y aprovechó a soltar un
empellón, con lo que la mitad de su capullazo se clavó sin piedad en el culo del
asturiano, que abrió los ojos y la boca de par en par sin poder soltar ni el
aire. El culo comenzó a arderle como nunca, a pesar de lo acostumbrado que
estaba a que le metieran las pollas dobladas. Ni siquiera cuando alguna noche en
que su amigo Richard, que era dueño de un bar y cerraba dicho local para hacer
camas redondas, había encontrado un cipote parecido. Y mira que a sus diecinueve
años ya se había metido rabos de todo tamaño y grosor. Hasta de dos en dos, ya
que aquellos frikis góticos que solían frecuentar esas "noches especiales"
hacían cosas de lo más raras que Ignacio perdonaba o no según el morbo que le
dieran o el tamaño de sus rabazos. Pero no, ninguna polla conocida por él era
como aquella. Parecidas como mucho, pero no iguales. Sí, aquel rabo que
ostentaba entre sus piernas el míster era la polla más suculenta jamás vista por
sus ojos.
Tenía el gigantesco glande atascado en la mitad del culo y
una morbosa comezón le pedía a gritos sentir más adentro todo aquel cañón. El
introvertido asturiano quería más. Mucho más.
—Sííííí —se retorció de placer y dolor cuando Fernando empujó
con delicadeza, haciendo que su capullo entero se instalara en los intestinos de
su pupilo—. Ahhhhh. ¡Dios! ¡Me rompes el culo, míster!
—Tranquilo —le acarició Fernando la espalda, inclinándose
hacia delante un poco más—. La vas a tener toda dentro, así que cálmate y no te
desesperes aún. Voy a hacer que te sientas totalmente lleno por dentro, hasta
que desees expulsarme por ti mismo. No creo que tu intestino aguante una
anaconda así. Sentirás unas horribles ganas de que te vacíe, de cagarte vivo,
¿sabes?
—Jodeeeerrr —apretó el chaval la mandíbula—. Es muy gorda.
¡Ahhhhh! —gimoteaba el jovencito—. No me va a entrar.
—Relaja el ojete, cabrón —masculló Fernando entre dientes,
apretando también su mandíbula e intentando meter más polla en el culo del
chaval.
—Le va a partir —susurré a Charli, que sentado a mi lado giró
el cuello para mirarme sonriente.
—Apuesto a que eso te la pondría más dura todavía —me guiñó
un ojo.
Aquel cabrón de Charli, el hijo del entrenador… Con lo
cachondo que estaba no podía parar de lanzarle miraditas de poco en poco, sobre
todo al bulto de su entrepierna. Sí. Ese mamón estaba tan caliente como yo,
viendo como su papaíto se follaba al joven asturiano de 19 años.
Ignacio se retorció en la cama y vimos como casi la mitad del
nabo de Fernando desaparecía en aquel agujero. Éste nos miró.
—Alcanzadme el lubricante, por favor —nos pidió educadamente.
Charli se levantó de su asiento y le pasó a su padre el bote
de lubricante que había sobre la mesilla de noche. Éste echó un buen chorretón
sobre su nabo semienterrado en el culo del asturianito y luego lo restregó por
todo el culo del chaval, dejándole la piel reluciente. El cabrón del entrenador,
con su cipote sepultado en aquel culo, totalmente taponado, se atrevió a empujar
uno de sus gordos dedos para que entrara junto a su polla. Ignacio alzó el
cuello lanzando un aterrador y doloroso grito y llevó sus manos hacia atrás para
detener al entrenador, que aprovechando que el chico había bajado la guardia,
arremetió contra él y le clavó otro buen trecho de su cañón de venosa carne.
Ignacio lanzó un gorgojeo agonizante mientras abría su boca
al vacío, en un grito silencioso y con la cara desencajada. Fernando estaba
destrozando a aquel muchachito delgado, que parecía frágil y a merced del toro
que tenía enterrándole el nabo dentro. Había superado con cierta facilidad el
proceso de selección, pero si quería llegar a clasificarse para las primeras
rondas del campeonato tendría que hacer un sacrificio peor que aquel.
—Noooooo —gritaba, removiéndose como un gusano en el
anzuelo—. ¡Entrenador, por favor! ¡Me duele mucho!
Fernando observo su cipote convertido en potro de tortura,
sólo metido hasta la mitad. La verdad es que aquel chavalín era todavía un crío
y no podía evitar sentir un apego algo paternal por él. Le acarició su revuelto
pelo rizado sin sacarle el rabo todavía y le besó en la mejilla.
Las lágrimas se escurrían solas de los ojos del asturiano
mientras el instructor comenzaba a abrazarle tiernamente. Mi polla soltó un
caliente chorro de líquido preseminal que bien podía asemejarse a una corrida.
—No te la voy a meter más. Al menos por hoy —le susurró al
oído—. Pero me voy a quedar dentro y voy a moverme un poco. Seguro que eso te
apetece, ¿eh?
—Pero despacio, por favor —suplicó el chico, llevando su mano
al tronco del tremendo pene de Fernando. Lo acarició y volvió a girar la cara
para mirar al míster—. Es el rabo más gordo que nunca he visto, entrenador.
—Ya me imagino —sonrió éste, que comenzó a mover sus caderas
lentamente mientras el chaval suspiraba, gemía y jadeaba como un perro en celo—.
Ahora te la voy a sacar toda entera y te la voy a volver a meter. Lo haré varias
veces despacio para que te vayas acostumbrando a mi diámetro. —Ignacio asintió
dispuesto.
Fernando se salió lentamente del ojete del chaval y cuando su
polla empezó a aparecer completamente manchada de marrón, volvió a hundírsela
hasta la mitad, el tope que se habían puesto ese primer día.
—Menudo estropicio hemos hecho ahí dentro —comentó con humor
el míster, inclinándose para besar la boca del chico con un tierno pico—. Me has
puesto la polla hasta arriba de mierda, ¿sabes?
—Lo siento —musitó el asturiano avergonzado—. Ya le he dicho
que se me ha olvidado…
—Shhhhhh —le mandó callar Fernando, sellándole la boca con un
tierno beso en el que la punta de su lengua rozó la del chico—. No importa
—comentó, haciendo lentos movimientos con su cadera, follándoselo despacito
mientras el chaval jadeaba sudoroso. Ambos traspiraban por cada poro de su piel.
La larga y circuncidada polla del chico se bamboleaba dura,
arriba y abajo, con su rojo glande soltando hilajos de precum que manchaban las
sábanas. Apretaba sus dientes y echaba hacia atrás su boca para besar a
Fernando, que le sostenía de la barbilla para morrearle. Charli se removía en su
silla, como si estuviera molesto.
—¿Todo bien? —le susurré.
—Sí, supongo —contestó de mala gana.
—¿Seguro? —insistí.
—Es lo que hay —se resignó—. Creo que a mi padre le mola este
chico. Mira como le besa. Pero bueno, no le culpo…
—No, hombre. Es su trabajo —dije.
—Sí, claro —zanjó el hijo del entrenador la conversación.
Esa especie de ataque de celos me dejó sorprendido. ¿Por qué
sentía celos Charli de ver a su padre besando a aquel chaval? No los había
sentido cuando se folló a Álvaro. Algo se removió en mi estómago porque valoré
en mi mente la posibilidad de que entre padre e hijo hubiese una relación más
cercana, si cabía, que la que ya tenían de por sí. Pero me pareció demasiado
retorcido. Así que la otra posibilidad era que a Charli le molara Ignacio, lo
que no era tan descabellado. Aunque el hijo del entrenador tenía pinta de
hetero, el que fuera el asistente de su padre en aquel trabajo también dejaba
bastante hueco a la sospecha.
Abandoné en seguida mi discurso mental, pues unos profundos
gemidos anunciaban que Ignacio se corría. Fernando se había sentado boca arriba
y había dejado al chaval sentado e incrustado sobre su cipotazo. El entrenador
le había abrazado con dos manos y así le hacía subir y bajar. El nardo duro,
largo y delgado del asturiano comenzó a soltar espesos chorros de leche que
formaron un charco sobre la cama. Era una cantidad espectacular. Tras esto,
desfallecido, se quedó clavado como un espantapájaros en el chorizo cantimpalo
de Fernando. El chico intentaba recobrar el aliento, pero el entrenador se lo
sacó de encima y le dejó tirado sobre la cama. Se inclinó hacia él, le dio un
leve beso en los labios y le revolvió el pelo.
—Muy bien —le felicitó—. Hemos terminado. Será mejor que te
des un baño caliente, pidas un poco de hielo en recepción y te lo pongas en ese
maravilloso culo que la naturaleza te ha dado. Has aguantado como un campeón.
Ignacio, algo colocado, se levantó y preguntó si ya se podía
ir. Fernando, de rodillas en la cama frente a él y con la polla aún dura y
machada, sonrió y asintió con la cabeza. Entonces, un entregado Ignacio, le
rodeó el cuello con sus delgados pero fibrados brazos y se morreó con él.
Fernando, algo sorprendido, le rodeó la espalda dejando sus grandes bíceps en
tensión, apretujó al chavalín contra él y le dio un beso profundo y denso, con
sus lenguas jugando parsimoniosas la una contra la otra. Duró varios minutos,
durante los cuales Charli volvió a removerse inquieto en su asiento. Después se
separaron, se miraron entrenador y alumno e Ignacio agachó su cabeza algo
avergonzado.
—Lo siento —musitó—. Es que… Es que ha sido muy fuerte,
entrenador. Y… Y me he sentido bien como me ha tratado.
—Bien —le acarició Fernando la mejilla enternecido. La verdad
es que aquel instructor, por muy bestia que pareciera, tenía sus sentimientos,
sobre todo por aquel jovenzuelo asturiano—. Pero no te malacostumbres, Ignacio
—le advirtió—. Cuando llegues a Bratislava será el cuádruple de duro. Allí no
habrá ni cariños ni mimos. Te encontrarás con auténticos psicópatas que sólo
pensarán en reventarte el culo literalmente para su propio goce. Tenlo en cuenta
desde ya.
Ignacio comenzó a vestirse mientras Fernando desaparecía en
el interior del baño para limpiarse bien y prepararse para el siguiente
seleccionado: Roger. Charli se levantó para ir a avisarle, pero antes de salir
de la habitación junto a Ignacio asomó su cabeza en el baño y le pidió a su
padre tiempo libre. Fernando se lo concedió, de modo que eso me dejaría sólo
durante la sesión de sexo salvaje con el entrenador y Roger.
Los chavales se despidieron de mí hasta la hora de cenar,
cerrando la puerta tras de sí. Al momento reapareció el míster completamente
limpio.
—¿Estás bien? —preguntó.
—Sí —respondí mientras él avanzaba hacia mí. Se paró frente a
mi cara, con su pollas ahora fláccida colgando.
—Ahora subirá Roger. Ese si que es un competidor nato. Me
tendré que emplear a fondo porque puedo asegurarte que ese tío sí que es un
vicioso. Tanto como yo. Podría decir incluso que me iguala. Pero será divertido.
¡Alucinarás! —comentaba más emocionado que otra cosa.
Pero para emocionada mi polla. Me dolía. Me dolía mucho, lo
mismo que mis huevos. Contemplé a Fernando y se lo dije.
—Me duele el rabo muchísimo. Lo tengo demasiado duro.
El míster sonrió despiadadamente y me apretujó el paquete,
inclinándose hacia mí.
—Señor Márquez, ¿si le pido ayuda durante los siguientes tres
cuartos de hora estaría dispuesto a prestármela? —me interrogó.
—No sé —dudé—. Depende de lo que me pida.
Y sin más, Fernando levantó mi barbilla y me morreó, rascando
mi afeitada piel con su rala barba de un par de días. Unos golpes en la puerta
nos interrumpieron momentos después.