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TODORELATOS » RELATOS » SEXO AL AIRE LIBRE
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 TODORELATOS.COM Fecha: 16 de Mayo, 2008.
Fecha: 08-Abr-07 « Anterior | Siguiente » en Hetero: General (4804 de 5284)

Sexo al aire libre

Perez Andre
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La vegetación era espesa y cargada de humedad. La cuesta se empinaba cada vez y comenzaste a necesitar de mi ayuda para subir.

Hasta el momento tú caminabas frente a mí, deteniéndonos a ratos a comentar sobre el paisaje, la vegetación y lo difícil del terreno.

En los intervalos yo me deleitaba viéndote subir. Tus piernas, tu trasero, tus brazos, tu cuello… ese color de piel tan seductor se me antojaba, queriendo o no, hacia volar mi cabeza.

En esta parte del camino tomé yo la delantera, perdiendo mi posición para observarte. La primer vez que necesité volverme para ayudarte a subir me di cuenta de que me había equivocado: esta era la mejor posición: al volverme tu generoso escote me dejó observar de reojo (no me atrevo a mirarte directamente) un acantilado distinto a los de la montaña, uno en el que sin pensarlo cualquiera se dejaría caer.

Como tuviste que bajar la mirada para cuidar tu paso pude mirarte mejor y te tendí mis manos en solidario gesto, sin que tú supieras que era más que retribuido por la visión de tu cuerpo.

Cuando llegaste a donde estaba me sonreíste y en un acto reflejo acomodaste tu blusa mientras yo miraba tus ojos y tu boca con una terrible gula interior.

Cada vez que te ayudaba el mismo proceso, sintiendo tus delicadas manos en las mías, mi mirada perdida en el limbo y tu alcanzándome.

Pronto el juego cambió un poco y yo tiraba de ti con más fuerza, haciendo que tu cuerpo chocara contra el mío al alcanzarme, dejándome sentir contra mi pecho el tuyo, en una caricia que en otra situación no hubiera sido nada.

Algunas veces me tomabas de los hombros para afianzarte y la sensación de tus pechos contra el mío, aunque a través de la ropa, me enajenaba.

Alcanzamos la cúspide del camino e iniciamos la penosa bajada.

Ahora la gravedad hacia su parte y en vez de tirar de ti debía ayudarte a bajar. Las primeras veces te tomé de las manos y saltaste hacia lo seguro, pero cuando el camino no permitió esto, te tomaba de una mano y cuando comenzabas a bajar te abrazaba de la cintura, cuerpo a cuerpo y te ayudaba a tocar suelo.

Ese roce de nuestros cuerpos dejó de ser inocente y, a pesar de que me apenaba que te dieras cuenta, yo lo buscaba para disfrutarlo.

El final del camino nos llevó a un río. Grandes piedras rodadas, cauce bajo por la falta de lluvias. Nos descalzamos para limpiar nuestros zapatos y pies. El cansancio era mucho y yo, cual solícito fetichista, me agaché a ayudarte a lavar tus pies. Acariciarlos, lavarlos, tocarlos, fue un lujo de reyes.

Ya mis caricias no te eran ajenas y me seguiste el juego. Me quité la camisa y el pantalón en un acto de desesperación, quedando en boxer con el pretexto de bañarme en el río. Tú, más previsora, quedaste en una licra corta u un top de algodón dispuesta a tomar el sol sobre una piedra.

- Si me duermo me cuidas – me dijiste inocentemente, - porque tengo el sueño muy profundo – y a esto último no le alcancé a notar intención.

El agua fría me liberó la mente de pensamientos, pero tu cuerpo cobre la roca, como el de una diosa india, tendida, rendida, entregada me hacia palpitar el corazón con fuerza.

 

 

II

Dormitabas y a diez metros de ti yo te observaba. Decidí dejarme ir, me acerque a ti desde la parte de la roca en la reposabas tu cabeza, puse mis brazos a cada lado de tu cabeza y me fui agachando hasta que coloqué la mía sobre la tuya, en dirección inversa. Unas leves gotas de agua cayeron de mi cabeza sobre tu rostro, apenas te abriste los ojos acerqué mi boca a la tuya, el acoplamiento inverso me permitió morder tu labio inferior con suavidad mientras mi ojos se perdían en la sublime imagen de tu cuerpo.

Al principio no reaccionaste pero pronto tu boca respondió a mis besos. Nuestras lenguas comenzaron a tocarse con suavidad, la mía recorrió tu labio inferior y pasó a besar tu mentón, mi cuerpo fue girando lentamente mientras besaba tus mejillas y tu cuello, llegando hasta tus hombros mientras me colocaba a gatas sobre ti.

Tus manos se posaron detrás de mi cabeza y con tus uñas comenzaste a rozar mi cuello, bajaste por la línea de mis hombros y seguiste hacia mis brazos, tocando con tus uñas y con las palmas de tus manos.

Mi brazo derecho se metió debajo de tu espalda y levantó t tu cuerpo hacia mi, nuestras bocas se juntaron en un fuerte beso y poco a poco fui acostándome sobre la piedra y colocándote sobre mí.

Mis manos se posaron en tus caderas y la empujaban contra la mía mientras nuestros labios se prodigaban todas las caricias posibles. Mis manos acariciaron tus nalgas y comenzaron a subir por tu espalda, tus caderas siguieron moviéndose sin necesidad de mi ayuda y tu respiración se agitaba.

Recorrí suavemente tu espalda y poco a poco metí mis manos bajo tu top. Las comencé a girar lentamente, comenzando a sentir el contorno lateral de tus pechos, tu te levantaste y quedaste sentada sobre mí y pude así agarrar con toda mi mano esas preciosas colinas de carne. Ambos sacamos top sobre tu cabeza.

Apoyaste tus manos a los lados de mi cabeza y fuiste descendiendo hasta que tu pecho derecho quedó al alcance de mi boca. Mi lengua fue la cabeza de batalla y salio al encuentro de tu pezón, para acariciarlo lentamente, mientras seguías descendiendo, y yo abría mi boca para albergar la mayor cantidad de piel posible dentro de ella.

Chupe, besé y mordí con dedicación y suavidad. Tu misma moviste tu cuerpo de lado para dejar tu otro pecho a mi alcance y realicé la misma operación, mientras mis manos se recreaban palpando, las no menos deliciosas protuberancias de tu trasero.

Una nueva vuelta y quedaste boca arriba en la piedra y yo de nuevo besándote. Mi lengua reptó por tu cuello, se entretuvo entre tus pechos desnudos y bajó hacia tu vientre. Tu ombligo fue una parada obligada antes de seguir, y al llegar a los bordes de la licra que tenías puesta, mi lengua se dedicó a seguir el contorno de ella, sin tratar de llegar más allá.

Decidí seguir bajando en mi exploración oral de tu cuerpo, besé tu pubis sobre tu cuerpo pero seguí de inmediato hacia tus muslos, mordiscos más fuertes, agitación en el pecho. Tus rodillas, pantorrillas y pies fueron besados y lamidos, y luego comenzó el viaje de retorno.

Cuando llegué a tus muslos busqué tu mirada. Sonreíste coquetamente y tus manos bajaron la licra hasta dejar casi desnudo tu sexo. Acepté la invitación y mi boca volvió a recorrer, el ahora más bajo límite de tu ropa.

Tus caderas y el inicio de tu sexo estaban expuestos, y mi sentido del gusto y del olfato se recrearon en él. Pensé en seguir subiendo cuando tus manos terminaron de bajar tu ropa y las mías terminaron el trabajo. Tu licra se deslizó por tus muslos, tus rodillas, tus piernas enteras y salió hacia el olvido por tus pies.

Abriste tus piernas en seductora invitación y me perdí entre ellas. La suavidad de tu sexo en mi boca, mi lengua moviéndose dentro de ti, mis manos aferradas a tus caderas que se movían lentamente pero con fuerza al encuentro de mi lujuria.

Mientras seguía saboreándote te fui dando vuelta hasta quedar boca abajo, desde atrás seguí comiéndote entera, pero mi boca se desvió a tu trasero.

Mi boca besó tus nalgas y mis manos juguetonas te daban suaves nalgadas que eran recibidas como un juego por vos.

Me quité mi boxer y comencé a besar la parte baja de tu espalda, siguiendo el camino hacia tu cuello. Pasé mi lengua por toda tu espalda y a medida que subía me iba a costando sobre tu cuerpo. Mi sexo quedó entre tus nalgas, mi pecho contra tu espalda, tu sentías el calor de la piedra contra tus pechos, tu cabeza de lado, mi boca encontrando la tuya en un beso incómodo pero delicioso.

III

De repente te revolviste furiosa bajo mi cuerpo. Me quité asustado de que quisieras abandonar el juego pero con tus manos me llevaste a acostarme en la piedra.

Te sentaste sobre mis muslos y tu boca buscó la mía. Me dejé besar, chupar los labios y morder la lengua con descaro y placer.

Tu boca se deslizó a mi cuello y comenzaste a besarme mojándome con tu saliva. Tus manos me acariciaban los hombros y fuiste descendiendo hacia mi pecho.

Levantaste un poco la cara y comenzaste a jugar con los vellos de mi pecho, enredándolos en tus dedos, tirando de ellos con suavidad unas veces, con fuerza otras. Luego mordiste mis pezones y con tus uñas acariciabas con fuerza mis caderas.

Tu boca descendió a mi vientre en el preludio de un sueño, mientras lo hacías restregabas tus pechos contra mi cuerpo en una caricia sublime y llegaste a poner entre ellos mi sexo, el calor la suavidad de ellos hacían palpitar mi pene, el cual acariciabas con esas carnes lujuriosas.

Hincada entre mis piernas me masturbabas de esa forma, mi cabeza tirada a tras conteniendo el placer que recibía, concentrado en las sensaciones de tu piel contra la mía. De repente una lúbrica caricia en mi glande me sacó de mi concentración, y sin necesidad de abrir los ojos supe que ahora era yo el que era comido a placer.

Tus manos en mis caderas marcaban el ritmo y tu lengua me llevaba a nirvanas que no necesitan de yoga para ser alcanzados. Chupetones, lamidas, mordiscos, de arriba abajo, de lado a lado, leves profundas, el repertorio fue entero y gratificante.

Como gata en celo gateaste hacia mi cabeza, me llenaste la boca con tus besos y solícita dirigiste mi pene a la entrada de tu vagina. Lentamente te penetraste, mirándome a los ojos, hasta llegar a estar completamente acoplados.

Apoyaste tus manos en mi pecho y te erguiste como una amazona, mis manos te tomaron de las caderas y nalgas, ahora unas, después las otras, y nos movimos con lentitud, apenas sintiendo esa caricia sublime de nuestros sexos.

Acelerábamos algunas veces, otras nos quedábamos quietos contemplándonos, como si fueras parte de esa naturaleza salvaje que nos rodeaba.

Luego de un rato cambiamos y fui yo quien quedó sobre ti, tus piernas rodeando mi cadera mientras te penetraba profundamente, mirando tus ojos y tu boca representar con gestos lo que sucedía en nuestra intimidad.

Resbalamos hacia debajo de la piedra, cayendo al agua poco profunda que apenas nos cubría las caderas. Yo sentado en el lecho del río, tu sentada sobre mí y conmigo adentro, el agua fría, pero no lo necesario como para aplacar el deseo.

Nos movíamos, nos besábamos, tus pechos en mi boca, tu boca en mi cuello, tomaba agua con mis manos y la tiraba sobre tus pechos, el frío te erizaba los pezones y mi boca calmaba esa sensación.

Nos reíamos de estar metidos en esta travesura tan perversa, tan lúbrica, tan deseada. Nos poseíamos sabiendo que el olvido era el final inminente de aquel medio día de lujuria.

Nos levantamos y apoyé mi espalda sobre una piedra. Te volviste hacia mí apoyando tu trasero en mi ingle, tuve que bajar mi cuerpo para acoplarnos, desde atrás te penetré y tu cuerpo enteró comenzó a echarse con furia contra mí.

Mientras el camino al orgasmo se aceleraba gemimos, gritamos y nos dijimos las frases cansinas y repetitivas que sólo en el sexo tienen sentido. Cuando llegó tu orgasmo salí de ti y te acomodé rápidamente contra la roca, de frente a mí, y me hinqué para chupar tu palpitante sexo. Tu respiración se fue calmando mientras mi boca y lengua prodigaban leves caricias a tus muslos, vientre, pechos y cuello, y nos abrazamos finalizando el encuentro que comenzó al subir la montaña.

TodoRelatos.com © Perez Andre

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