La vegetación era espesa y cargada de humedad. La cuesta se
empinaba cada vez y comenzaste a necesitar de mi ayuda para subir.
Hasta el momento tú caminabas frente a mí, deteniéndonos a
ratos a comentar sobre el paisaje, la vegetación y lo difícil del terreno.
En los intervalos yo me deleitaba viéndote subir. Tus
piernas, tu trasero, tus brazos, tu cuello… ese color de piel tan seductor se me
antojaba, queriendo o no, hacia volar mi cabeza.
En esta parte del camino tomé yo la delantera, perdiendo mi
posición para observarte. La primer vez que necesité volverme para ayudarte a
subir me di cuenta de que me había equivocado: esta era la mejor posición: al
volverme tu generoso escote me dejó observar de reojo (no me atrevo a mirarte
directamente) un acantilado distinto a los de la montaña, uno en el que sin
pensarlo cualquiera se dejaría caer.
Como tuviste que bajar la mirada para cuidar tu paso pude
mirarte mejor y te tendí mis manos en solidario gesto, sin que tú supieras que
era más que retribuido por la visión de tu cuerpo.
Cuando llegaste a donde estaba me sonreíste y en un acto
reflejo acomodaste tu blusa mientras yo miraba tus ojos y tu boca con una
terrible gula interior.
Cada vez que te ayudaba el mismo proceso, sintiendo tus
delicadas manos en las mías, mi mirada perdida en el limbo y tu alcanzándome.
Pronto el juego cambió un poco y yo tiraba de ti con más
fuerza, haciendo que tu cuerpo chocara contra el mío al alcanzarme, dejándome
sentir contra mi pecho el tuyo, en una caricia que en otra situación no hubiera
sido nada.
Algunas veces me tomabas de los hombros para afianzarte y la
sensación de tus pechos contra el mío, aunque a través de la ropa, me enajenaba.
Alcanzamos la cúspide del camino e iniciamos la penosa
bajada.
Ahora la gravedad hacia su parte y en vez de tirar de ti
debía ayudarte a bajar. Las primeras veces te tomé de las manos y saltaste hacia
lo seguro, pero cuando el camino no permitió esto, te tomaba de una mano y
cuando comenzabas a bajar te abrazaba de la cintura, cuerpo a cuerpo y te
ayudaba a tocar suelo.
Ese roce de nuestros cuerpos dejó de ser inocente y, a pesar
de que me apenaba que te dieras cuenta, yo lo buscaba para disfrutarlo.
El final del camino nos llevó a un río. Grandes piedras
rodadas, cauce bajo por la falta de lluvias. Nos descalzamos para limpiar
nuestros zapatos y pies. El cansancio era mucho y yo, cual solícito fetichista,
me agaché a ayudarte a lavar tus pies. Acariciarlos, lavarlos, tocarlos, fue un
lujo de reyes.
Ya mis caricias no te eran ajenas y me seguiste el juego. Me
quité la camisa y el pantalón en un acto de desesperación, quedando en boxer con
el pretexto de bañarme en el río. Tú, más previsora, quedaste en una licra corta
u un top de algodón dispuesta a tomar el sol sobre una piedra.
- Si me duermo me cuidas – me dijiste inocentemente, - porque
tengo el sueño muy profundo – y a esto último no le alcancé a notar intención.
El agua fría me liberó la mente de pensamientos, pero tu
cuerpo cobre la roca, como el de una diosa india, tendida, rendida, entregada me
hacia palpitar el corazón con fuerza.
II
Dormitabas y a diez metros de ti yo te observaba. Decidí
dejarme ir, me acerque a ti desde la parte de la roca en la reposabas tu cabeza,
puse mis brazos a cada lado de tu cabeza y me fui agachando hasta que coloqué la
mía sobre la tuya, en dirección inversa. Unas leves gotas de agua cayeron de mi
cabeza sobre tu rostro, apenas te abriste los ojos acerqué mi boca a la tuya, el
acoplamiento inverso me permitió morder tu labio inferior con suavidad mientras
mi ojos se perdían en la sublime imagen de tu cuerpo.
Al principio no reaccionaste pero pronto tu boca respondió a
mis besos. Nuestras lenguas comenzaron a tocarse con suavidad, la mía recorrió
tu labio inferior y pasó a besar tu mentón, mi cuerpo fue girando lentamente
mientras besaba tus mejillas y tu cuello, llegando hasta tus hombros mientras me
colocaba a gatas sobre ti.
Tus manos se posaron detrás de mi cabeza y con tus uñas
comenzaste a rozar mi cuello, bajaste por la línea de mis hombros y seguiste
hacia mis brazos, tocando con tus uñas y con las palmas de tus manos.
Mi brazo derecho se metió debajo de tu espalda y levantó t tu
cuerpo hacia mi, nuestras bocas se juntaron en un fuerte beso y poco a poco fui
acostándome sobre la piedra y colocándote sobre mí.
Mis manos se posaron en tus caderas y la empujaban contra la
mía mientras nuestros labios se prodigaban todas las caricias posibles. Mis
manos acariciaron tus nalgas y comenzaron a subir por tu espalda, tus caderas
siguieron moviéndose sin necesidad de mi ayuda y tu respiración se agitaba.
Recorrí suavemente tu espalda y poco a poco metí mis manos
bajo tu top. Las comencé a girar lentamente, comenzando a sentir el contorno
lateral de tus pechos, tu te levantaste y quedaste sentada sobre mí y pude así
agarrar con toda mi mano esas preciosas colinas de carne. Ambos sacamos top
sobre tu cabeza.
Apoyaste tus manos a los lados de mi cabeza y fuiste
descendiendo hasta que tu pecho derecho quedó al alcance de mi boca. Mi lengua
fue la cabeza de batalla y salio al encuentro de tu pezón, para acariciarlo
lentamente, mientras seguías descendiendo, y yo abría mi boca para albergar la
mayor cantidad de piel posible dentro de ella.
Chupe, besé y mordí con dedicación y suavidad. Tu misma
moviste tu cuerpo de lado para dejar tu otro pecho a mi alcance y realicé la
misma operación, mientras mis manos se recreaban palpando, las no menos
deliciosas protuberancias de tu trasero.
Una nueva vuelta y quedaste boca arriba en la piedra y yo de
nuevo besándote. Mi lengua reptó por tu cuello, se entretuvo entre tus pechos
desnudos y bajó hacia tu vientre. Tu ombligo fue una parada obligada antes de
seguir, y al llegar a los bordes de la licra que tenías puesta, mi lengua se
dedicó a seguir el contorno de ella, sin tratar de llegar más allá.
Decidí seguir bajando en mi exploración oral de tu cuerpo,
besé tu pubis sobre tu cuerpo pero seguí de inmediato hacia tus muslos,
mordiscos más fuertes, agitación en el pecho. Tus rodillas, pantorrillas y pies
fueron besados y lamidos, y luego comenzó el viaje de retorno.
Cuando llegué a tus muslos busqué tu mirada. Sonreíste
coquetamente y tus manos bajaron la licra hasta dejar casi desnudo tu sexo.
Acepté la invitación y mi boca volvió a recorrer, el ahora más bajo límite de tu
ropa.
Tus caderas y el inicio de tu sexo estaban expuestos, y mi
sentido del gusto y del olfato se recrearon en él. Pensé en seguir subiendo
cuando tus manos terminaron de bajar tu ropa y las mías terminaron el trabajo.
Tu licra se deslizó por tus muslos, tus rodillas, tus piernas enteras y salió
hacia el olvido por tus pies.
Abriste tus piernas en seductora invitación y me perdí entre
ellas. La suavidad de tu sexo en mi boca, mi lengua moviéndose dentro de ti, mis
manos aferradas a tus caderas que se movían lentamente pero con fuerza al
encuentro de mi lujuria.
Mientras seguía saboreándote te fui dando vuelta hasta quedar
boca abajo, desde atrás seguí comiéndote entera, pero mi boca se desvió a tu
trasero.
Mi boca besó tus nalgas y mis manos juguetonas te daban
suaves nalgadas que eran recibidas como un juego por vos.
Me quité mi boxer y comencé a besar la parte baja de tu
espalda, siguiendo el camino hacia tu cuello. Pasé mi lengua por toda tu espalda
y a medida que subía me iba a costando sobre tu cuerpo. Mi sexo quedó entre tus
nalgas, mi pecho contra tu espalda, tu sentías el calor de la piedra contra tus
pechos, tu cabeza de lado, mi boca encontrando la tuya en un beso incómodo pero
delicioso.
III
De repente te revolviste furiosa bajo mi cuerpo. Me quité
asustado de que quisieras abandonar el juego pero con tus manos me llevaste a
acostarme en la piedra.
Te sentaste sobre mis muslos y tu boca buscó la mía. Me dejé
besar, chupar los labios y morder la lengua con descaro y placer.
Tu boca se deslizó a mi cuello y comenzaste a besarme
mojándome con tu saliva. Tus manos me acariciaban los hombros y fuiste
descendiendo hacia mi pecho.
Levantaste un poco la cara y comenzaste a jugar con los
vellos de mi pecho, enredándolos en tus dedos, tirando de ellos con suavidad
unas veces, con fuerza otras. Luego mordiste mis pezones y con tus uñas
acariciabas con fuerza mis caderas.
Tu boca descendió a mi vientre en el preludio de un sueño,
mientras lo hacías restregabas tus pechos contra mi cuerpo en una caricia
sublime y llegaste a poner entre ellos mi sexo, el calor la suavidad de ellos
hacían palpitar mi pene, el cual acariciabas con esas carnes lujuriosas.
Hincada entre mis piernas me masturbabas de esa forma, mi
cabeza tirada a tras conteniendo el placer que recibía, concentrado en las
sensaciones de tu piel contra la mía. De repente una lúbrica caricia en mi
glande me sacó de mi concentración, y sin necesidad de abrir los ojos supe que
ahora era yo el que era comido a placer.
Tus manos en mis caderas marcaban el ritmo y tu lengua me
llevaba a nirvanas que no necesitan de yoga para ser alcanzados. Chupetones,
lamidas, mordiscos, de arriba abajo, de lado a lado, leves profundas, el
repertorio fue entero y gratificante.
Como gata en celo gateaste hacia mi cabeza, me llenaste la
boca con tus besos y solícita dirigiste mi pene a la entrada de tu vagina.
Lentamente te penetraste, mirándome a los ojos, hasta llegar a estar
completamente acoplados.
Apoyaste tus manos en mi pecho y te erguiste como una
amazona, mis manos te tomaron de las caderas y nalgas, ahora unas, después las
otras, y nos movimos con lentitud, apenas sintiendo esa caricia sublime de
nuestros sexos.
Acelerábamos algunas veces, otras nos quedábamos quietos
contemplándonos, como si fueras parte de esa naturaleza salvaje que nos rodeaba.
Luego de un rato cambiamos y fui yo quien quedó sobre ti, tus
piernas rodeando mi cadera mientras te penetraba profundamente, mirando tus ojos
y tu boca representar con gestos lo que sucedía en nuestra intimidad.
Resbalamos hacia debajo de la piedra, cayendo al agua poco
profunda que apenas nos cubría las caderas. Yo sentado en el lecho del río, tu
sentada sobre mí y conmigo adentro, el agua fría, pero no lo necesario como para
aplacar el deseo.
Nos movíamos, nos besábamos, tus pechos en mi boca, tu boca
en mi cuello, tomaba agua con mis manos y la tiraba sobre tus pechos, el frío te
erizaba los pezones y mi boca calmaba esa sensación.
Nos reíamos de estar metidos en esta travesura tan perversa,
tan lúbrica, tan deseada. Nos poseíamos sabiendo que el olvido era el final
inminente de aquel medio día de lujuria.
Nos levantamos y apoyé mi espalda sobre una piedra. Te
volviste hacia mí apoyando tu trasero en mi ingle, tuve que bajar mi cuerpo para
acoplarnos, desde atrás te penetré y tu cuerpo enteró comenzó a echarse con
furia contra mí.
Mientras el camino al orgasmo se aceleraba gemimos, gritamos
y nos dijimos las frases cansinas y repetitivas que sólo en el sexo tienen
sentido. Cuando llegó tu orgasmo salí de ti y te acomodé rápidamente contra la
roca, de frente a mí, y me hinqué para chupar tu palpitante sexo. Tu respiración
se fue calmando mientras mi boca y lengua prodigaban leves caricias a tus
muslos, vientre, pechos y cuello, y nos abrazamos finalizando el encuentro que
comenzó al subir la montaña.