Tras aquella tarde con los amigos de mi hermano, comenzó para
mí una época de desaforado furor uterino. Me sentía una diosa del sexo lanzada
sobre sus dominios. A pesar de la reticencia de los muchachos, lo sucedido
aquella tarde no tardó demasiado en divulgarse. Con el tiempo descubriría que
esas cosas no se pueden mantener en secreto y que tarde o temprano, acaban por
saberse. Los hombres, jóvenes o no tan jóvenes, son unos bocazas. Recuerdo una
tarde en que hablando con un amigo, le recriminé, maliciosamente pero sin
verdadera ofensa, que anduviera divulgando sus andadas con una conocida que
salía con otro chico, a lo cual él me respondió que, si no podía comentarlo, se
qué le servía follársela. No pude evitar romper a reír y aún hoy me arranca
alguna carcajada cuando lo recuerdo. En fin, ellos son así, pero tampoco me
molesta demasiado. En realidad, es parte de su encanto y, además, tras aquella
experiencia fui yo misma la que les pedí que divulgasen aquello y ellos los que,
por motivos nada altruistas, no recibieron muy entusiasmados la petición. Era,
claro, antes de descubrir muchas cosas que descubriría en los próximos meses
acerca de la naturaleza humana y las relaciones sociales. ¡Cuantas caras puede
tener un mismo tema, dependiendo de la perspectiva desde la que se le mire! La
cosa es que el rumor comenzó a extenderse y, pronto, los chicos comenzaron a
acercarse en masa a aquella chica de la cual decían "era fácil y follaba".
Fue una época aquella de magreos intensos con todo chico que
me parecía atractivo e iniciaba un aproximamiento o respondía al mío y mamadas
en el asiento trasero de sus coches. Una época en la cual me quitaba las bragas
con la misma facilidad y espontaneidad con que otros entablan amistad y demás.
Al igual que aquel día de mi infancia en que recibiera la dorada lluvia de aquel
niño sin tener noción de hacer algo malo, ahora follaba y me entregaba al sexo
con la misma naturalidad. Bueno, exactamente, no la misma. Saber, sabía que
estaba mal visto que una chica sea promiscua y sexual, o, por decirlo de una
forma más clara, una zorra. Pero vamos, era la época de la rebeldía y el "¿por
qué si los chicos pueden, nosotras no?". Con el tiempo entendería "por qué ellos
pueden y nosotras no", el equilibrio que hay en las relaciones entre hombres y
mujeres y el precio que hay que estar dispuesta a pagar si decides alterarlo.
Pero en fin, eso ya lo explicaré en otro momento. Por ahora, baste con decir que
a esa edad veía no tenía noción alguna de equilibrios ni precios, y aquello me
parecía una injusticia a laque yo no iba a plegarme. ¡Sic! Eso sí, siempre
procuré respetar a los chicos con novia. Aquella experiencia con el padre de
Fátima me había marcado profundamente y, sus llagas, aún no habían sido llamadas
a desaparecer.
Durante ese tiempo, descubrí el placer que puede deparar un
simple pero intenso magreo de tetas, lo magnífico de poder acostarte con el
chico que te parezca sin pedir más cuentas o el morbo de sentir el tacto de la
sedosa piel mientras masturbas una buena polla. Y también descubrí el mundo de
la noche cuando igualmente descubrí que los chicos más mayores y con coche, no
tenían pega en reservarme una plaza en él si yo no la tenía tampoco para
chupársela. Fue una época de mamadas mientras ellos conducían –me gustaba, y me
gusta, hacerlo así- y de escapadas nocturnas por la ventana los viernes y
sábados noche mientras mis padres dormían. Por lo general no me dejaban entrar a
las discotecas pese a ir maquillada y con vestida con ropa y maquillaje que
chicas más mayores del grupo –grupos- me prestaban y con lo cual aparentaba algo
–poco- más de edad, pero sí llegue a entrar más de una vez y conocí bien el
ambiente de los parkings.
Así recibí mi decimocuarta primavera, pero ya para entonces
comenzaba a notar que no todo era tan ideal. Ya para entonces, comenzaba a ser
consciente de que los chicos, esos mismos que tan a gusto me reservaban plaza en
su coche, me sobaban y follaban, no me prodigaban el mismo trato que a otras
chicas. Cuando hablaban de lo buena que estaba la una o la otra, notaba
claramente que las valoraban más que a mí y, cuando hablaban con ellas, lo
hacían con un respeto que no guardaban conmigo. No es que me hablaran mal, ni
por supuesto, que me trataran como una zorra, cosa que me encanta, más bien es…
no sabría decirlo. Supongo que el valor de una persona no debiera medirse por la
cantidad de chicos o chicas que meta en su cama, sino por valores más elevados
como su nobleza, altruismo y demás. Y eso era lo que faltaba allí. De alguna
manera, sentía que me trataran como si fuera algo así como una "hembra de
segunda", con menos valor que las otras más recatadas por el mero hecho de,
precisamente, no poner pegas a la hora de entregarme sexualmente, lo cual, a fin
de cuentas, es lo que ellos desean. ¿Alguien lo entendía?
La cuestión es que aquello no me gustaba nada y comencé a
encubar un cierto recelo hacia el tema. Empezó a ser más difícil, aunque no
mucho tampoco, llevarme a al cama para los guaperas de turno y cada vez más, fui
seleccionando a quien se la chupaba. No me hacía gracia que el mismo al que se
la había mamado media hora antes, me mirase de lejos después de una manera nada
cortés mientras se lo comentaba a sus colegas. No me molestaba el hecho en sí de
que lo hiciera, sino el desdén que parecía ir implícito con aquello. Le había
dado placer, ¿no? Le había entregado mi cuerpo sin poner demasiadas pegas, cosa
nada habitual en las chicas según ellos mismos admitía. ¿Por qué pues era luego
a ellas a quien miraban con buenos ojos y a mí como si fuera una estigmatizada?
La cosa toco techo el día que, una de las profesoras del
colegio, me pilló mamándosela a un chico en el aseo. Al parecer, absorta yo en
mi labor y él en su disfrute, no atendimos a los niños más pequeños que,
aupándose desde el inodoro a la pared que separaba la celda de WC donde nos
encontrábamos de la contigua, espiaban nuestros actos. No es que no nos diéramos
cuenta de que estaban allí, pues ya había ocurrido algunas de las veces que, con
anterioridad, había hecho algo parecido, simplemente que había aprendido a no
hacerles caso, y mis amigos también. Y a alguno de los chiquillos, muy
simpáticos ellos, no se le ocurrió otra gracia que salir corriendo y decírselo a
alguno de los profesores que, a su vez, avisó a mi tutora para que se hiciera
cargo de la situación. "La situación". ¡Cómo si lo que estaba haciendo fuera
algo malo! La cuestión es que Doña Isabel se acercó hasta allá y, antes de tocar
a la puerta, decidió ella misma auparse para echar una mirada. Me cabe la total
certeza de que no fue nada morboso, sino algo que hizo por cerciorarse de lo que
allí estaba ocurriendo para que no pudiera negarlo después. Un segundo después,
la señorita golpeaba la puerta con furia.
-¡Lorena! ¡Abre, Lorena!
Me puse roja como un tomate y el chico me miró con una cara
que, de ser otro momento, me hubiera hecho romper a reír. Pero en aquel momento
no lo hizo.
-¡Abre ahora mismo, Lorena!
Muerta de vergüenza, obedecí, encontrándome con la mirada
severa de mi tutora que de mí pasó a él y luego de vuelta a mí.
-¿Qué estabais haciendo, Lorena?- preguntó muy seria.
No pude mantenerle la mirada, bajando la mía si responder. De
alguna manera, sabía que no podía mentir. Volvió a mirarlo a él y de nuevo a mí.
-Muy bien. Tú –se dirigió a mí-, acompáñame al despacho. Y tú
–a él-, luego hablarás con tu tutor.
Supongo que todos los que estaréis leyendo esto, habréis ido
al colegio. Así pues, recordaréis la terrible, casi siniestra, atmósfera que
rodeaba el despacho de los profesores y el temor con que se acudía a ellos
cuando te reclamaban. Llegada allí, me hizo sentar frente a ella, al otro lado
de la gran mesa. Durante un momento, se limitó a mirarme en silencio. Yo no me
atrevía a levantar la mirada y me limitaba a esperar el fatídico momento en que
descolgase el teléfono para llamar a mis padres.
-Mírame, Lorena.
Tímidamente, alce los ojos. La miré. Nunca olvidaré la
expresión de su cara en aquel momento. Doña Isabel era una profesora joven, de
veintitantos años y recién casada. Era bastante guapa y desenfadada, con lo cual
nos caía muy bien a todos. Una mujer dulce y cariñosa que, para mi sorpresa,
ahora me miraba también con esa dulzura acostumbrada en sus hermosos ojos
azules.
-Sabes que sé lo que estabais haciendo, ¿verdad?
Asentí con la cabeza y ella guardó silencio por un momento,
mirándome.
-¿Qué se supone que he de hacer yo ahora?
-No lo sé- respondí cortadísima y muy atemorizada. –Supongo
que llamar a mis padres.
-¿Es lo que creer que voy a hacer?
Volví a asentir. Doña Isabel sonrió tiernamente, alargando su
brazo sobre la mesa.
-Dame la mano.
No entendía aquello, pero obedecí, y la tomó con cariño en la
suya, acariciándomela.
-¿Piensas que soy mala?
Dudé para contestar. No porque no tuviera clara mi respuesta,
sino por que estaba desconcertada.
-No.
-¿Crees entonces que haría algo que fuera malo para ti?
-No- volví a negar y ella sonrió de nuevo, con tanta ternura
y dulzura como antes.
-No voy a llamar a tus padres.
Mis ojos debieron abrirse desmesuradamente, provocando la
risa de mi profesora.
-Soy tu tutora, Lorena. Y se supone que debo preocuparme por
ti y por tu formación como persona. No creo que contarle esto a tus padres
solucione nada y sí que, en cambio y muy probablemente, agrave el problema el
hacerte enfrentar a esa vergüenza.
En ese momento no supe como reaccionar. Un mar de confusión
se hizo en mi mente y no debió faltar mucho para que cayese de rodillas ante
ella para darle las gracias.
-Los niños, ya sabes como son, lo van a pregonar por ahí,
pero tanto el tutor de Juan Carlos como yo, diremos que cuando fui no os
encontré haciendo nada malo. Si acaso, alguna travesura que justifique el que él
estuviera en el aseo de las chicas. ¿OK?
Asentí con la cabeza, demasiado agradecida para articular un
sí.
-Por supuesto, esperamos de vosotros lo mismo. Nos dejaríais
muy mal si vuestros padres llegasen a enterarse de esto.
-¡Por supuesto! ¡No se preocupe de nada, Doña Isabel!
Sonrió de nuevo.
-Lo único que te voy a pedir a cambio, es que recapacites
sobre esto.
Ahora me miró fijamente, y me pareció sentir su mirada en lo
más profundo de mi alma.
-¿Por qué haces esto, Lorena? ¿Es lo que quieres para tu
futuro?
De nuevo, quedé sin palabras.
-Debes ser consciente de que estás cogiendo una fama que no
te conviene, Lorena.
La miré sin responder.
-Ese mismo chico, Juan Carlos, al salir de clase se lo
comentará a todos sus amigos. Y, ¿qué crees que va a decir? ¿Qué eres muy buena
chica? No, va a decir que eres una "guarra".
Me sorprendió que fuera tan directa y ella debió notarlo.
-Es el apelativo que los hombres dan a las chicas que no se
lo piensan mucho para… eso. Ahora quizá pienses que no te importe demasiado.
Eres ya una mujercita, pero todavía te faltan muchas cosas por descubrir. Hazme
caso, yo no quiero nada malo para ti. Lo sabes, ¿verdad?
-Claro que sí.
-Como te digo, es posible que ahora pienses que no importa,
pero sí importa. Todavía eres muy jovencita, pero ya tienes 18 años y un
cuerpazo de mujer. No tardará en llegar un chico del que te enamorarás y querrás
estar con él. ¿Sabes lo que ocurrirá entonces?
Negué con la cabeza.
-Esos mismos "amigos" que tienes ahora, le dirán que eres una
guarra y que para echar un par de polvos estás bien, pero que ni se le ocurra
enrollarse contigo.
De nuevo, me sorprendió su franqueza a la hora de elegir sus
palabras.
-Los chicos son todos muy machitos y les gusta presumir de
sus novias. Ningún guaperas querrá por novia a una chica de la que se dice ha
pasado de mano en mano y con la que, probablemente, varios conocidos y amigos
suyos se hayan acostado. ¿Te gustan los chicos guapos, Lorena?
-S-si… -asentí algo cortada- Claro.
Isabel sabía qué resortes de la mente juvenil tocar
exactamente. A esa edad, hablarme del amor, de pasiones y enamoramientos, puede
resultar algo un tanto abstracto, cuyas referencias, por falta de experiencia
personal, se limita a las películas. En cambio, hablar de chicos guapos y
simpáticos, despierta el interés de cualquier adolescente.
-¿Y te parece inteligente renunciar a un novio guapo y bien
plantado por haber entregado tu cuerpo a unos imbéciles que no lo van a
agradecer y se van a reír de ti?
-No- respondí sinceramente. Doña Isabel sonrió de nuevo.
Continuamos hablando hasta que sonó el timbre que marcaba el
fin del recreo y, para cuando salí de aquel despacho, había ganado una amiga que
había conseguido dar un giro de 180 grados a mi visión de la vida.
………………………………………………………………………………………
Como resultará fácil imaginar, no lo fue para mí el seguir
ese nuevo tipo de vida. Recién descubierta mi sexualidad y el mundo que para mí
abría, hube de imponerle unas nuevas fronteras artificiales. No obstante,
aquello parecía tener sus recompensas. Me sentía, o creía sentirme, limpia por
dentro, como si hubiese limpiado una mancha que no había entendido como tal,
pero que me esforzaba en aceptar que lo era. Como vaticinó Doña Isabel, aunque
mucho antes de lo que ella hubiera imaginado –si pensó en años, fueron en
realidad pocos meses-, conocí a un chico genial. Un morenazo de 18 años
guapísimo e hijo de papá adinerado, muy noble y con la suficiente personalidad
para que no le importase lo que había sido mi incipiente fama. Claro que el
avance de esta había sido cortado de cuajo y se podía escudar un poco tras mi
inexperiencia, cambiando las cosas ahora que había aprendido. Desde mi
conversación con la profesora, solo había vuelto a acostarme con un par de
chicos antes de conocerlo y ninguno más después. Mantenerme fiel me costaba lo
mío, pero veía mi recompensa. Mis amigas, y todas las chicas del colegio, me
miraban con envidia y yo tenía todo un chulazo por novio que me colmaba de mimos
y atenciones, y para el cual todo era poco para mí. Tabaco, ropa, consumiciones
en los pubs a donde íbamos… todo corría de su cuenta y yo solo tenía que pedir
por mi boca lo que desease para que él se aprestase a cumplirlo. ¡Qué diferencia
respecto de aquellos imbéciles para los cuales no era más que una zorra para
pasar el rato! Obviamente, mis padres no sabían nada de esto, de lo contrario no
hubieran visto con buenos ojos que saliera con un chico tan mayor para mí
entonces. Y la verdad es que lo era, pero a él no le importaba, ya que yo a mis
recién estrenados 18 años ya estaba más buena que la mayoría de chicas de su
edad y mayores, y a mí ya no podían llenarme los chicos de la mía.
Pero la vida parece guardar sus propios designios para
nosotros y a veces te encuentras con viajeros en el camino que te hacen
preguntarte por el verdadero sentido y destino de este y si no habrá alguien
allá tras tirando de los hilos. A mediados de curso, una nueva niña llegó a mi
clase. Se llamaba Jennyfer y había tenido que cambiar de colegio por un cambio
de residencia de su madre, con la cual vivía. Era una chica distinta a las
demás. Vestía con una ropa que nos alucinaba a las demás, muy fashion, y se la
veía más despierta. Desde el principio, sentí una empatía natural con ella. Me
cayó supersimpática y me convertí en su primera amiga de su nuevo centro. La
tercera o cuarta tarde tras su llegada, Luís, que así se llamaba mi chico, me
esperaba a la salida del colegio en el coche, un tanto disimulado como siempre,
para que no se percataran los profesores.
-Bueno, Jennyfer. Me está esperando mi chico, hoy me voy con
él –le comenté señalando con una mirada hacia el "Audi" de Luís.
-¿Ese es tu chico?
-Sí. ¿A qué es guapo?
-¡Está como un tren! Y lo conozco.
-¿Sí?- pregunté sonriente y volviendo la cabeza hacia él,
que, efectivamente, la saludó con la mano.
-Solo de vista. Va por un pub adonde me ido yo también alguna
vez con mi hermana y su novio.
-¡Es genial! Si quieres, podríamos quedar algún día.
-Estupendo. Coméntaselo. Por mí no hay problema.
-OK, quedamos así pues. Nos vemos. Un beso.
Tras darle los dos de despedida, crucé la calle y subí al
coche, besando también a Luís, a él en los labios.
-Hola, Lorena. ¿Qué tal el día?
-Muy bien. ¿Conoces a Laura? Me ha dicho que te conoce.
A la vez que le preguntaba, me despedía nuevamente de ella,
que me podía ver a través de la ventana, con la mano y una sonrisa.
-Sí, claro- contestó a la vez que arrancaba el coche y lo
ponía en marcha-. Más que a ella a su hermana, pero vamos, tampoco demasiado. De
vista más que nada.
-¡Qué guay!, ¿no?
-Sí, parece una chica maja.
-Me ha dicho de quedar algún día. ¿Qué te parece la idea?
-Bueno, muy niña es para la gente con que nos movemos.
-Tiene la misma edad que yo.
-Sí, pero tú eres mi novia. Y además, estás más desarrollada.
Pero OK, no me importa que se venga alguna vez, siempre que no sea de continuo.
Aunque a lo mejor a ti si te importa.
Lo miré extrañada.
-¿Por qué lo dices?
-Sabes lo que dicen de ella, ¿no?
-No- respondí aún más extrañada.- ¿Qué cuentan?
-Tiene mala fama.
-¿Es una… guarra?
-No, ella no. Pero sus padres están separados porque él la
pilló con un chico joven en la cama y su hermana creo que hace películas porno y
esas cosas. Ya sabes que yo no hago mucho caso de la gente y no me importa, pero
tú siempre estás hablando de lo importante que es para ti no volver a tener la
fama que tuviste antes y eso. A lo mejor no te sientes a gusto con alguien que
pueda hacer que la peña piense que has vuelto a las andadas.
Quedé bastante confusa, intentado asimilar aquello y lo que
implicaba.
-Tú… ¿no quieres que vaya con ella?
-A mí no me importa, siempre y cuando cuides de que la gente
no se confunda.
Sin darme cuenta, había llegado al punto donde debía llegar
inexcusablemente y nunca había imaginado. Cuando una pretende cambiar de forma
de ser, avanzando desde la antigua hacia la nueva buscada, antes o después llega
el punto de inflexión en el cual ha de mirar hacia atrás y enfrentarse a lo que
hay allí. De ser Lorena "la zorra", había pasado a ser Lorena "la buena chica"
y, las buenas chicas, reniegan de las zorras. Luís tenía razón. Había costado
mucho lavar mi antigua fama y juntarme con una chica como Jenny, crearía
desconfianza en la gente hacia mí. Con lo que había sido y esas amistades…
¿Quién iba a creer que había cambiado? Jennyfer me caía muy bien, pero estaba
claro que no era lo que me convenía. Sí, no tenía más posibilidad que darle de
lado.
…………………………………………………………………………………………….
Decir las cosas es una cosa y hacerlas, otra. Me propuse ir
dejando de lado a Jennyfer poco a poco, para que no se diera cuenta de lo que
ocurría, pero no era tan fácil. Por algún motivo, su aura y la de su familia me
atraían como un poderoso imán a un curioso clavo. Un interés casi científico,
creía yo en esos momentos, pero interés al fin y al cabo.
No me fue tan fácil como pensé el ir distanciándome de mi
amiga. Al salir de clase, me costaba separarme de ella cuando llegábamos al
punto donde los caminos a nuestras respectivas casas se separaban, acompañándola
más de una vez un par de calles más allá mientras hablábamos, aunque ello
implicaba para mí rehacer lo andado de nuevo después. En una de esas, mientras
departíamos sobre quien estaba más bueno, si Brad Pit o Beckam, me comentó que
tenía en su casa una revista de su madre donde salían unas fotos nuevas del
bombón de Victoria. Ilusionada, le pregunté si podría escanearlas y mandármelas
por mail, a lo que ella me respondió que por supuesto, pero que, ya que estaba
allí, porque no subía a su casa, que ya quedaba a un par de manzanas solamente.
-Vente –me dijo-. Así conoces a mi madre. Le he hablado mucho
de ti.
De repente, me encontré en una encrucijada. Por no saber
definirme, me había colocado yo sola entre la espada y la pared. Aunque, si
tenía que ser sincera conmigo misma, era una situación buscada. Por más que me
decía que tenía que alejarme de aquella chica, la curiosidad podía más, y me
tiraba mucho la posibilidad de conocer a aquella mujer que, aunque
negativamente, me fascinaba.
La primera impresión que me causó no pudo ser más grata.
Sofía resultó ser una mujer de poco más de cincuenta años, muy cuidada y muy
guapa. Llevaba el pelo corto y teñido de rubio y era evidente que se había
sometido a varias operaciones de cirugía para mantener la lozanía de su rostro.
Además, mantenía un cuerpo delgado y bien formado, por lo que di por sentado que
debía dedicarle su tiempo también, extremo que vería confirmado cuando supe que
fue con uno de sus monitores del gimnasio al que acudía con quien su marido la
pilló en la cama. Sofía me deslumbro con su sonrisa y con la seguridad que de
ella emanaba. Era una mujer con una claridad de ideas impresionante y, desde el
primer momento, supe que ya no renegaría de aquella familia jamás. Ciertamente,
yo seguiría por mi camino, pero ello no implicaba no respetar a la gente que
eligiera otro. Jennyfer era mi amiga y su madre me caía genial. ¿Qué mal podía
haber pues en mantener su amistad? La gente tendría que aprender a aceptar eso.
Pero la que verdaderamente me encantó, fue su hermana.
Durante semanas. Oí hablar de ella sin conocerla, hasta que un buen día se
presentó allí mientras nosotras resolvíamos algunas ecuaciones para el día
siguiente.
-Hola a todos.
Como he dicho, me encantó. Un vistazo me bastó para saber que
era lo que yo había querido ser en otro momento, no hacía todavía demasiado.
Elisabeth, que así se llamaba, era una chica guapísima de unos veintiséis o
veintisiete años. Llevaba su rizado cabello largo y teñido de rojo, enmarcando
idealmente una cara preciosa donde sus preciosos ojos verdes brillaban cual
esmeraldas en los ríos del Amazonas. Su cuerpo era ideal, el que se le supone a
una actriz porno. Vestía sencillamente, con pantalones y camisa vaqueros, y por
el escote que esta dejaba asomaban voluminosas unas preciosas tetas de silicona.
Pensé que ese era el pecho que yo quería tener de mayor y sonreí. Las mujeres
siempre tememos el momento en que nuestros pechos empiecen a caer y perder su
belleza, pero, a la vista de aquella maravilla, supe que aquel problema ya no me
quitaría el sueño.
-Hola –me saludó con una deslumbrante sonrisa-. Tú debes ser
Lorena, ¿no?
-Sí- contesté sonriéndole también.
-Jennyfer me ha hablado mucho de ti, pero veo que eres
todavía más guapa de lo que me había dicho.
En ese momento me sentí como una mierda y me odié a mí misma
por haber renegado de mi amiga. ¿Cómo podía haber deseado dejar de lado a
alguien tan noble y que tanto aprecio me demostraba, por el qué dirán de unos
imbéciles que jamás se preocuparon por mí?
Aquel rumor que situaba a Elisabeth en el porno
profesionalmente, resultó cierto. Ella y su novio trabajaban en Barcelona,
rodando películas y actuando en vivo por las noches en las salas de la ciudad
condal y por las tardes en sus pep-shows. Cada película suponía seiscientos
euros para cada uno, pero el dinero se lo reportaban sus actuaciones. Sin contar
los extras que muy posiblemente hicieran de vez en cuando con algún adinerado
espectador/a especialmente seducido por alguno de ellos, debían sacar del orden
de 240 euros cada uno entre las salas y los pep-shows, o lo que es lo mismo, ya
que estaban perfectamente avenidos, 480 entre los dos. En total, entre unas
cosas y otras y descansando dos días por semana, se levantaban la friolera de
20000 euros más o menos por mes, lo cual les permitía pasar agradables
temporadas de descanso en Alicante o Tromso, la ciudad natal de Björm y
explicaba la "ropita" que lucía llevaba mi amiga. Claro que eso de "descanso"
era un decir, porque en realidad seguían haciendo lo mismo, pero sin cobrar.
¡Deformación profesional!
Al siguiente que conocí, fue a Bjöm, su cuñado –vaya un beso
desde aquí para el "vikingo" y su "oxidada"-, un noruego imponente. Elizabeth
era toda una belleza, desde luego, pero, si allí había alguien que podía
llamarse afortunado, era ella. El chico era un pedazo de vikingo de unos
veintiocho o veintinueve años, de más de metro noventa de escultural anatomía,
rubio como la cerveza y guapo como solo los nórdicos pueden serlo. Por hacer una
idea, digamos que era una cosa así como Darek, el novio polaco de Ana Obregón.
No quiero decir que se parecieran, sino que se trata del mismo tipo de hombre.
Björm era una escultura griega con unos impresionantes ojazos azules como los
hielos marinos de su norte natal, que cuando miraban a una mujer la turbaban y
obstruían su mente hasta el punto de impedir cualquier pensamiento.
En poco más de un mes, pasé de desconocida a ser una más de
la familia. Con las personas ocurre lo mismo que con los emisores/receptores de
radio. Cuando se emite en una determinada frecuencia, los receptores afines la
captarán sin dificultad. Así yo sintonizaba con aquella gente. Había allí una
afinidad natural que cada vez resultaba más evidente. No tardé en darme cuenta,
además, de que Björm me miraba con deseo, entre otras cosas, porque tampoco él
hacía nada por disimularlo. Evidentemente, a mí aquello me halagaba. ¡Qué
demonios me halagaba! ¡Cuando Björm me miraba yo me derretía! Que un macho así
te demuestre su interés, es algo a lo que ninguna se resiste. Pero era el novio
de la hermana de mi mejor amiga, la cual, por sí misma, ya era una de las
personas que más apreciaba al margen de mi familia y mi chico. No podía decir
que la situación me incomodara, porque todos conocemos el morbo del Diablo y
cuando alguien te gusta las demás el peso de las demás consideraciones resulta
liviano cual luma de ave, pero sin desear que las cosas pasaran de ahí.
Un día, estando en casa de ellos, al ir a darnos los besos de
despedida cuando nos íbamos, Björm me tocó el culo. Lo hizo con todo el descaro
del mundo, poniendo la mano sobre él por encima de mi falda, pero sin que se
dieran cuenta Jennyfer ni, por supuesto, su hermana. No fue una caricia ligera y
de paso, sino una sobada como Dios manda. Colocó la palma sobe mis glúteos y la
dejó allí, acariciándomelos sin retirarla hasta que nos separamos. Quedé muy
turbada y mi amiga debió notarlo, pues durante el viaje – o bien su hermana o
bien su cuñado, cuando no ambos, nos llevaban siempre de vuelta a casa en coche-
me preguntó si me ocurría algo.
-No, que va. Estoy bien. Es solo que he olvidado recoger mi
habitación y en llegar verás la que me va a echar mi madre.
-¡Ja, ja, ja! –rió Elisabeth-. Tu madre tiene razón, Lorena.
Debes aprender a ser ordenada con tus cosas.
…………………………………………………………………………………………….
Pasaron unos días sin que Björm volviera a intentar nada
conmigo. Supuse que había entendido mi posición y comprendido que no podía ser.
Pero me equivocaba. Un sábado en que fui a buscar a Jenny a su casa. No estaba
ella, pero sí Elisabeth, que me comentó que había pasado la noche en la suya y
que, si quería, podía llevarme allí con ella. Estuve de acuerdo con la propuesta
y tras despedirnos de Sofía, envió un mensaje a su novio diciéndole que íbamos
para allá. ¡Craso error por su parte! Björm, el muy zorro, montó a Jennyfer en
su coche y la llevó a casa de su madre. Esta, al verlos, les explicó el tema y
le preguntó si no había recibido el mensaje, a lo que el muy cabrón respondió
que no, que tenía el teléfono en modo "silencio" y no lo había oído, añadiendo
que tenía que ir a un sitio donde no podía ir con ella. Sofía se ofreció para
llevarla en su coche a su casa, pero él dijo que no era necesario, que Elisabeth
tenía que volver a la ciudad y que ella la recogería. ¡El muy truhán se lo había
montado bien!
Por supuesto, el sitio al que tenía que ir y al cual no podía
acompañarle Jennyfer, era su propia casa. Cuando llegó, ya estábamos nosotras
allí.
-¡Buuuff! ¡Hola, cariño! Vengo de casa de tu madre. He ido a
llevar a la niña y me ha dicho que os habíais venido vosotras para acá.
-Pero… ¿por qué se la has llevado?
-¿Cómo que por qué? ¿No quedamos en que se la llevaríamos a
las diez?
Elisabeth rompió a reír divertida.
-¡A las diez de la noche, tonto, no a las diez de la mañana!
Björm puso cara de bobo, como si realmente se hubiera
confundido. Pero yo ya empezaba a notar que allí había algo raro.
-Bueno, ¿qué hacemos ahora?
-Yo había quedado con "Capri" para comentar unos temas de
trabajo a las 10:30, pero, temiendo llegar tarde al pasarme por aquí antes, le
he llamado y dicho que venga él.
-Y yo tengo que ir al centro a comprar ropa.
-Ya lo sé. Le dije a tu madre que pasarías después a recoger
a Jennyfer.
-OK, no hay problema. ¿Me llevo entonces a Lorena?
-No hace falta. Se puede quedar aquí, así comemos todos
juntos, ¿no? ¿Qué te parece, Lorena?
"¡Malditos sean esos ojos azules!", pensé en aquel momento.
Una mirada suya, bastó para dejarme clavada y sin capacidad para negarme.
-Vale pues. Llamad a su madre y decidle que se queda aquí. Yo
me voy para el centro. Sobre las dos estaré de vuelta con la niña.
Jennyfer se fue entonces, dejándonos solos. Le miré a los
ojos.
-No va a venir nadie, ¿verdad?
Él simplemente sonrió como respuesta, dirigiéndose al sofá.
-Ven, Lorena- me invitó sentándose en él-. Hace días que
quería hablar contigo. ¡Vamos, ven! –insistió sonriente al ver que dudaba-. ¡No
te voy a morder!
Resignada pero tratando de fortalecerme, obedecí. Nada más
sentarme, pasó un brazo por mis hombros.
-Björm… esto no está bien.
-¿Por qué? Los dos lo deseamos, ¿no?
-Lo deseamos, pero no está bien.
-Porque tú tienes novia y yo también.
-¿Tú también tienes novia?
-¡No, tonto! –me hizo reír-. Yo también tengo novio- añadí
más seria de nuevo.
-Bueno, pero ellos no están aquí ahora.
-No, pero Elisabeth es la hermana de mi mejor amiga y ella
misma, y tú, sois mis amigos.
-¿Y? Ella no tiene por qué enterarse.
-Björm… me gustas mucho, eso no puedo negártelo, pero hay por
medio tres personas y hay que respetarlas. Ni Luís ni Elisabeth se merecen que
les pongamos los cuernos y…
En estas palabras estaba cuando, aparentemente sin siquiera
escucharlas, él alargó el brazo para tomar mi teta en su mano y apretarla
ligeramente. Sentí un estremecimiento instantáneo. Un hombre ha de estar muy
seguro de sí mismo y del deseo de la mujer para hacer eso. En la inmensa mayoría
de los casos, se expondrá a una bofetada o un corte de los que dejan huella,
pero, ¡ay! esa tremenda seguridad que necesita para hacerlo, si la tiene, mina
la nuestra propia notablemente, y más aún, mucho más, si en realidad te mueres
de deseo por él.
Por un momento, mis ojos se cerraron y mi boca se entreabrió
para dejar escapar un apenas audible suspiro de placer. Luego, los abrí de nuevo
para mirarlo. Iba a pedirle por favor que retirase la mano, pero el me lo
impidió con un ligero beso en los labios. Los míos no se movieron.
-Björm… por favor- le pedí al alejar su cara. Pero el volvió
a besarme y esta vez entreabrí los labios para dejar entrar su lengua. Aunque mi
actitud siguió siendo semipasiva, él comenzó un morreo en condiciones, mientras
su mano me pegaba una sobada de tetas en toda regla. Tuve en ese momento un
instante de lucidez y supe que, si no cortaba aquello entonces, ya no podría
hacerlo.
-Creo que será mejor que me lleves a casa- le espeté
separándome y poniéndome en pie-. O mejor, que me prestes algo de dinero para
tomar el autobús- añadí dirigiéndome a la puerta.
-Vale, Lorena. Te pido perdón.
Estaba siendo sincero, lo podía leer en sus ojos.
-Pero no es buena idea eso de irte. Elisabeth y Jennyfer se
pueden mosquear. Vamos a hacer una cosa. Me gustas mucho, Lorena. Mucho, mucho.
Pero no voy a forzarte a nada que no quieras. No volveré a tomar la iniciativa,
te lo prometo.
-¿De verdad?
-Sé que aquí se promete muy a la ligera, pero, en mi país,
cuando un hombre da su palabra, está muy mal visto que la rompa. Yo no lo haré.
Me miró a los ojos y supe que decía la verdad.
-Lorena… me voy a sacar la polla.
Fue como si de repente algo intangible golpeara en toda la
superficie de mi cuerpo, conmocionándome.
-Y tú te vas a sentar a mi lado de nuevo.
Lo miré atónita.
-Te he prometido que no volveré a tomar la iniciativa…y no lo
haré. Si en cualquier momento cambias de idea, deberás ser tú la que lo haga. Mi
polla va a estar a tu alcance, pero, si la quieres, tendrás que ser tú quien se
amorre al pilón.
El tío era un perfecto "macho fatal". No solo tenía un físico
que haría palidecer de envidia al mismísimo Adonis, sino que además dominaba a
la perfección el arte de la seducción. No me cabía la duda de que ese hombre que
tenía ante mí, podía ser un perfecto dandy, cortés con su dama y de modales
exquisitos si así lo deseaba, pero a la vez sabía reconocer a cada tipo de mujer
y qué deseaba escuchar y cuando. Palabras como "polla" y frases como "amorrarse
al pilón", no suenan ofensivas cuando estás loca por un hombre y, ya habiendo
dado los primeros pasos y magreos, sabe modularlas y dejarlas caer en el momento
justo y con la cadencia justa.
-Yo no voy a pedírtelo. Ni ahora, ni nunca más. Vamos a
hablar como los amigos que somos y, si para cuando lleguen Elisabeth y Jennyfer
no ha ocurrido nada, ya nunca ocurrirá y seguiremos siendo esos buenos amigos
que somos ahora.
Nos miramos y aceptamos el compromiso sin palabras.
-Ven. Siéntate.
Obedecí. Me acerqué de nuevo al sofá y me senté a su lado.
Nos miramos a los ojos. Fue un momento intenso. Después, yo misma comencé a
inclinarme y, cuando ya había recorrido más de la mitad de la distancia que me
separaba de su polla, noté su mano en mi nuca, acompañándome en los últimos
centímetros.
Abriendo los labios, la introduje morcillona. Poco después,
se erguía pletórica y gloriosa dentro de mi boca. Fui entonces consciente de las
dimensiones del miembro. Ya antes, entre la niebla de mi semiconsciencia,
turbada por las contradicción de mis deseos, había observado que aquello en
erección debía resultar el mayor miembro que había conocido hasta entonces. Le
calculo que mediría alrededor de 20 o 21 CMS, pero reales. En mi experiencia con
los hombres, he llegado a la conclusión de que la mayoría no tiene idea real de
lo que supone un pene de esas dimensiones. Ven películas y demás, pero supongo
que pollas reales en erección, no han debido ver demasiadas, salvo quizá, en los
tiempos de las reuniones de palilleros de la escuela, cuando aún no han
alcanzado estas su pleno desarrollo. Pero una mujer que ha visto a escasos
centímetros de su cara, que ha tenido en sus manos, en su boca y en sus agujeros
distintas pollas de distintos tamaños, más grandes y más pequeñas, que las ha
sentido y comparado, ella sí sabe lo que supone.
Björm acarició mi cabecita.
-¿Sabes? No es fácil conseguir poner así una polla como la
mía. Siendo tan grande, necesita mucha sangre y hay que estar muy excitado para
llevarla allí en suficiente cantidad, y aún más para mantenerla.
Deseé sonreír feliz, pero no lo hice. Ni por un momento
quería dejar escapar esa joya de mi boca. Me separó entonces con suavidad, pero
hubo de incrementar su fuerza riendo cuando intenté luchar por seguir mamando.
-¡Tranquila, gatita! ¡Tranquila! –me calmó sonriente-. Vamos
a la cama. Estaremos mejor allí.
En las veces que había estado en aquel chalet, jamás había
entrado al dormitorio. Vamos, en realidad, únicamente había conocido el salón,
el aseo y la cocina. Nada de la planta superior. Así que, cuando entré allí,
quedé alucinada. Aquello parecía una de esas habitaciones que se ven en las
películas, expresamente concebida para el placer. Colchón de agua, espejos en el
techo, paredes rojas…
-Ahora déjame a mí.
Con toda la dulzura el mundo, me fue desnudando poco a poco,
cubriendo mi cuerpo de besos y caricias que me transportaban al séptimo cielo.
Para cuando me tuvo totalmente desnuda, mi coño era un lago.
-¡Vaya! ¿Qué tenemos aquí? –comentó sonriente y muy
dulcemente-. Parece que tu coñito se ha derretido con mi tratamiento.
Sonreí.
-Mi coñito es tuyo, Björm. Está deseando que lo chupes y lo
perfores.
-Será un placer, princesa.
"Princesa". Realmente me sentía una en aquel momento. Aquel
vikingo de oro, comenzó a lamer mi clítoris mientras introducía sus dedos en mi
vagina, jugando con ellos en su interior. Legó incluso a introducir alguno en mi
ano y la cosa me gustó, por lo que no le pedí que lo sacara, pero sí le indiqué
con mis gemidos que era virgen por ahí y que no me seducía la ida de entregarlo
a algo mayor que un dedo. Él lo entendió y no buscó más. Como ya he dicho, era
una verdadera máquina del amor.
Acariciando sus cabellos, aquellos lacios y rubios cabellos
por los que tanto había suspirando, fui acumulando orgasmos hasta el tercero o
cuarto. En realidad, nunca he sabido contar estos exactamente, pienso que soy
mujer más de orgasmo continuo que de varios seguidos. Si el hombre me gusta y me
lo hace bien, comienzo a orgasmar de continuo y lo único que varía es la
intensidad. Al menos, es lo que a mí me parece.
Llegado un momento, separó su boca de mi gruta del amor para
ascender hacia mi cara, no sin antes detenerse en mis tetas para mamar de ellas
deliciosamente, arrancándome nuevos suspiros de placer. ¡Qué locura de hombre!
Había nacido para dar placer a las mujeres. ¡Quien se acordaba en esos momentos
de Luís o cualquier otro varón!
Llegando hasta mi cara finalmente, me miró a los ojos. Clavó
en los míos aquellos zafiros suyos y me derritió de nuevo. Sonrió y le sonreí.
Me besó en los labios.
-¿Quieres jugar?
-¿Jugar?- pregunté.
-Jugar.
Y yo sonreí a manera de afirmación.
-Vea por tu móvil.
Sonriente, obedecí. Imaginaba lo que tenía en mente y me
gustaba. ¡Qué diferencia con respecto al resto de machos que había conocido!
Björm estaba buenísimo, sabía tratarme como me gustaba, follarme de forma que me
volvía loca y además era fantasioso y morboso en la cama. ¡Qué envidia me daba
Elisabeth!
Volví en apenas unos momentos, tumbándome junto a él en la
cama.
-Déjalo en la mesita de noche.
-¿No vamos a jugar con él?
-Todavía no.
-Bueno… vale-acepté sin entender del todo y, aprovechando que
le di la espalda y me estiré para dejarlo allí, me tomó por la cintura y penetró
por sorpresa. No fue un empellón brisco, sino que su polla se deslizó por mi
coño cual mango de cuchillo por túnel de mantequilla. Resbaló llenándome
deliciosamente y no pude evitar dejar escapar un gemido de puro placer. Había
marginado que aquel miembro debía causarme dolor al entrar en mi aún estrecha
vagina adolescente, y, ciertamente, algo dolió, pero no fue nada en comparación
con la sensación de plenitud y profundo placer que me embargó. El pene de Björm
tocó fondo en mi cueva, comenzando entonces un movimiento de mete y saca.
Pasando su brazo bajo el mío, comenzó a sobar mis tetas desnudas que a él se
ofrecían gustosas. Poco a poco, la cosa fue ganando en intensidad, abandonándome
yo totalmente al placer y olvidándome de todo. Si en aquel momento Elisabeth
hubiera llegado con mi amiga, no las hubiera escuchado entrar y, muy
probablemente, si tan siquiera hubiera sido consciente de su presencia de entrar
en la habitación. En lo que a mí respectaba, el mundo se había parado. Solo
estábamos él, yo y nuestro placer. De ocurrir algo que hubiera hecho que
tuviéramos que detenernos, tendría que haberse percatado él y sacado a mí de mi
trance.
Y algo así fue lo que hizo cuando, en un momento dado,
escuché un susurro que al oído me preguntaba:
-Ahora. ¿Quieres jugar?
-Sí- suspiré.
-Coge el teléfono.
Obedecí y, tomándolo, se lo tendí. Lo tomó el entonces y, sin
dejar de follarme, comenzó a trastearlo.
-Toma- me dijo en un momento dado.
Sin comprender, lo recogí en mi mano y miré. La luz de la
pantalla estaba encendida, en plena llamada y, en ella, aparecía un nombre de
varón: ¡Luís!
-¡¿Estás loco?! –le recriminé colgando a la vez que me daba
un vuelco el corazón. Cuando dijo de jugar, pensé que se refería al vibrador.
¿Qué tenía este tío en la cabeza? Desde atrás, me llego su risa.
-Tío, ¿estás colgado o qué?
-Llama a tu novio- me pidió mientras comenzaba de nuevo a
taladrarme con su carencia enloquecedora.
-Pero… ¿qué dices? ¿Estás…loco?- protesté con voz
entrecortada, sintiendo que el placer comenzaba a inundarme de nuevo. Paso otra
vez su brazo por debajo del mío, tomando en sus dedos mi pezón para comenzar a
pellizcarlo suavemente, llevándome al delirio.
-Llama a tu novio.
-Pero… ¿para qué?
-Dile que lo quieres… que lo echas de menos.
-Estás… loco.
-Hazlo. Ríete de él mientras le pones los cuernos.
¡Humíllalo!
Esa voz… ¡el muy cabrón! Tenía algo que hacía que una mujer
no pudiera resistirse a sus deseos. Aunque tampoco tengo muy claro que quisiera
hacerlo. Así, obedeciendo, pulsé el botón de "rellamada". Antes había colgado
antes de establecer la llamada, de modo que debió Luís llegar a enterarse, pero
ahora esperé, esperé hasta que descolgó.
-Hola, Lorena. ¿Qué tal?
-Hola, cariño- contesté luchando que no se entrecortara mi
voz.
-Dime.
-Nada. Te llamaba solo… para decirte que te quiero.
Luís debió extrañarse, pero aún con las nieblas que turbaban
mi mente y a través del teléfono, pude notar su agrado.
-Estas loca –protestó cariñoso- ¿Para eso me llamas?
-Sí… solo para eso… y para decirte que te hecho mucho de
menos. Me gustaría que estuvieras ahora aquí.
Sacándome la polla de repente, Björm me obligó a bajar la
cabeza hasta su polla de forma bastante brusca.
-"¡Mama!"- me ordenó con un susurro.
Sin osar discutirle, ni, menos, desear hacerlo, comencé a
mamar con placer.
-¿Si? ¿Y para qué te gustaría que estuviera allí?
-"Si te pregunta por el sonido que haces al mamar, dile que
tienes en la boca un chupa-chups o algo así."
-Me gustaría que estuvieras aquí… para desnudarte poco a
poco…
Hablaba combinando mis frases con mis mamadas, dejando unos
segundos entre una y otra para saborear aquella polla que ya adoraba, procurando
que resultaran sonoras mis chupadas.
-¿Escuchas? Así, como estoy chupando este chupa-chups, te la
chuparía si estuvieras aquí ahora mismo.
A la vez que decía esto, cerraba mi puño y erguía mi dedo
corazón para indicarle a Björm "¡una mierda!". El muy cabrón rió bajito y me
levantó, colocándome de nuevo de espaldas a él.
-¡Huuumm! –(Luís)- Suena muy bien.
Me mordió el lóbulo de la oreja y un escalofrío de placer
recorrió mi cuerpo. Comenzó a follarme otra vez, aumentando ahora la velocidad y
ponencia de sus embestidas gradualmente.
-¿Y tú, cariño? ¿Me quieres?
-Claro que te quiero.
-¿Cuánto?
-Mucho.
-Mentiroso.
-¡Ja, ja, ja!
-Dime cuanto me quieres.
-Mucho.
-Más.
-Mucho.
-Más.
-Mucho, mucho, mucho, mucho…
Separando el teléfono de mi oído, lo acerqué al de Björm
mientras me partía de risa en silencio. ¡Qué patético se veía ahora mi novio! Al
lado de Björm, era menos que un gusano. En ningún aspecto podía soñar llegarle a
la suela de los talones y me descubrí a mí misma gozando perversamente con su
humillación. Björm, con una sonrisa perversa, comenzó a aumentar aún más la
velocidad de sus embestidas. Sus pollazos se estrellaban ahora en lo más
profundo de mi útero y parecía que me iba a sacar la polla por la garganta. Me
hacía daño, pero era un dolor adorable aquel y yo deseaba más. En un delirio de
frenesí, fuimos cabalgando hacia el orgasmo. Desconecté el teléfono y,
apagándolo, lo arrojé lejos. No sabía que le diría a Luís. Ya inventaría algo,
pero ahora, el medio hombre que resultaba mi novio en comparación con la bestia
que me estaba destrozando de gusto, me preocupaba tanto como la mierda cuando
tiro de la cadena- perdón por usar la palabra a veces, pero es que es necesario
para transmitir el sentimiento del momento-. Los embites de Björm fueron ganando
intensidad hasta tornarse algo realmente brutal. Mi teta, la que quedaba libre,
ya que la otra permanecía semiaplastada contra el colchón por mi posición de
lado, saltaba arriba y abajo y de mi garganta escapaban auténticos alaridos de
placer. Siempre había pensado que eso era mera teatralidad de las películas
porno y algunas notas, pero en esos momentos me descubrí a mismísima gritando de
gusto como una loca. No era que no pudiera contenerme, ¡era que no quería
contenerme! Quería estallar para gritar al mundo mi placer. Y así, entre gritos
y embestidas bestiales, llegó el orgasmo de mi fabuloso amante.
Como no podía ser menos en un ser perfecto, supo sacarla a
tiempo para correrse fuera y noté su semen estamparse con fuerza contra la zona
lumbar de mi espalda. Acto seguido, la tensión desapareció totalmente de su
cuerpo y se desplomó, si es que cabe hacerlo estando tendido de perfil, abrazado
a mí. Poco a poco, fuimos recuperando el ritmo de nuestra respiración.
Volviéndome, lo encaré para, sin dejar de abrazarlo, apoyar mi cabecita sobre su
poderoso pecho., mientras, ya más relajada, recapacitaba sobre lo ocurrido,
sintiendo como poco a poco, al igual que el placer cuando empieza a llegar,
comenzaba a llegar ahora el arrepentimiento. Jugando con sus dedos en mi
espalda, recogió Björm con el índice y el corazón algo de semen y lo acercó a
mis labios.
-No- le dije procurando no ser desagradable-. No me gusta.
Björm los retiró sin insistir, notando por el tono de mi voz
mi debacle interna.
-¿Qué ocurre, princesa?
No respondí. Una lágrima comenzaba a resbalar por mi mejilla
en dirección a su torso.
-¡Mi niña! ¿Por qué lloras?
-Porque soy una guarra.
-¡Eh… eh! –exclamó dulcemente, a la vez que, tomándome de la
barbilla, alzaba mi cabecita para mirarme a los ojos.
-¿No te ha gustado?
-¿Tú que crees? Nunca había sentido algo igual. Pero soy una
mierda. He traicionado a mi chico, que es un tío de puta madre, y a Elisabeth y
Jennyfer. Soy una guarra, no valgo nada.
-¡Eh! No digas eso –me consoló a la vez que, con toda la
ternura del mundo, pasaba su dedo por mi rostro para limpiar mis lágrimas.- Tu
vales mucho. Muchísimo. No digas que no vales nada. Eres una putita, es cierto,
pero eso no es nada malo.
Reí sin carcajadas, con tristeza.
-Para ti es sencillo decirlo. Los chicos lo tenéis muy fácil.
-¿Y es distinto para vosotras?
-Agaché la mirada.
-Nosotras somos unas zorras cuando hacemos esto.
-¿Y?- preguntó volviendo a tomar mi carita para que lo mirase
a los ojos-. Si tú disfrutas con ello, ¿qué importa?
-Claro. ¡Qué fácil es para ti decirlo!
-De nuevo eso. O sea que el problema es que soy hombre. ¿En
qué quedamos? ¿Es eso bueno o malo?
De nuevo, me hizo reír en medio de mi tristeza. ¿Como podía
haberle robado, siquiera por un rato, alguien tan maravilloso a la genial
hermana de mi amiga? ¿Qué clase de se perverso era yo?
-Veamos; ¿te resultaría más creíble si en lugar de hombre
fuera mujer?
Más risas tristes, sin carcajadas.
-¿Qué vas a hacer? ¿Te vas a travestir para consolarme?
-No… precisamente eso no. Pero quizá haya alguien que pueda
ayudarte.
Lo miré sin entender.
-Ya puedes entrar, cariño.
La puerta del dormitorio se abrió entonces de repente y yo me
volví sorprendida para contemplar a… ¡Elisabeth!
CONTINUARÁ
Este relato, al igual que toda la saga de Lorena y el resto
de los salidos de mi pluma en general, salvo "Gloria: Historia de una hembra" y
aún esta en líneas generales, es una obra de ficción. La saga de la viciosa
lolita, se basa en mi propia biografía, pero reservándome el derecho de
alterarla, modificando, magnificando y/o añadiendo personajes y acontecimientos
en beneficio del morbo. Léase más como la idea de lo que pudo ser según los
morbos y fantasías, que lo que realmente fue. Muchos de los hechos relatados
pues, tienen una base real, pero la mayoría han sido modificados en mayor o
menor medida e incluso algunos son enteramente ficticios.
En el transcurso de este relato, envío un saludo a dos
personas que siempre tendrán un entrañable lugar en mi recuerdo. Me dirijo a
ellos por los apelativos con que cariñosamente los llamaban sus amigos, entre
los que tuve la suerte de contarme. Nunca jamás, ni el guapísimo "vikingo" ni su
preciosa "oxidada", hubieran aconsejado a una niña menor edad ciertas cosas que
entenderéis a partir del próximo capítulo, cuando empezará a despertar el lado
más perverso de la protagonista. He creído conveniente aclarar este punto y
emplear estos pseudónimos para referirme a ellos porque, por más aclaraciones
que se den, siempre habrá quien no entienda las cosas como son y no me gustaría
ver empañados los nombres de las personas que me abrieron los ojos a un mundo
maravilloso.
Estén donde estén, es muy probable que hoy estén leyendo los
relatos eróticos de esta y otras páginas, incluido este, así que, desde aquí,
quiero mandarles un beso grandísimo. Para siempre quedarán en el recuerdo
aquellas tardes y noches leyendo los relatos de la entrañable "LIB" y, años mas
tarde, "Clima". Estéis donde estéis, os quiere
GLORIA