-Es un poco tarde- dijo la jefa de personal. Yo mientras
tanto miré por la ventana y vi el atardecer en el parque, la luz enrojecía las
copas de los árboles y gente de todas las edades corría o caminaba por entre los
senderos. Era la hora en que se cerraba la calle lateral y con la ausencia de
tránsito la tranquilidad era aun mayor. Cuando terminé de armar las cajas de
documentos y los paquetes de repuestos le entregué mis remitos a la jefa y
preparé mi mochila para irme a casa. Entonces llegó Fernanda, elegante en su
trajecito de oficina de color bordó, con sus ojos dulces y su figura menuda pero
tan apetecible, es que el amor obnubila un poco, emborracha, me dije a mí mismo,
y me fui de allí, fingiendo una indiferencia que no sentía. Cuando llegué a la
puerta Fernanda se agachó a recoger una carpeta que se le había caído, casi con
el rabillo del ojo alcancé a ver una tanguita de color naranja, acaso verde, que
parecía incrustada en ese culito levantadito, carnoso y divino. Atravesé el
parque rumbo a la parada de mi autobús con una sensación de sequedad en la boca,
como cuando la soledad se hace demasiado pesada. En esos días yo vivía en casa
de mis tíos, que me habían cedido un cuarto al fondo de su casa, en el populoso
sector de Los Alcarrizos. En esa casa vivían también dos primas mías, Anaide y
Cristal, algo mayores que yo. Anaide trabajaba en una aseguradora y tenía un
novio militar, Cristal estaba entonces embarcada en terminar su carrera de
abogada y había terminado hacía poco tiempo su relación con su novio. Se la
notaba un poco apagada, pero llenaba su tiempo enfrascada en el estudio. No me
trataban mal, mi tía me lavaba la ropa, me guardaba comida y nunca tuve
problemas con esa familia, mi tío era chofer de una empresa lechera y a veces se
lo veía en la casa los fines de semana solamente.
Yo estudiaba diseño gráfico en una universidad privada y los
pocos pesos que me sobraban de mi sueldo, deducido el pago de mis estudios y lo
que aportaba en casa de mi tío, iban a parar a un envío mensual a mi madre que
vivía en Neyba, lejos de la capital. Cuando conseguí trabajo en la venta de
repuestos lo asumí como un mal necesario, un medio para pagar mis estudios, no
quería trabajar en periódicos porque no me daría tiempo para ir a la universidad
y me pasaría lo mismo que a mis amigos, ninguno terminó la carrera. En ese lugar
trabajaba Fernanda. Era la secretaria del gerente, superpreparada, hablaba
inglés y francés con fluidez envidiable, era más baja que yo, de contextura
pequeña, pero todo en ella estaba perfectamente proporcionado, un vientre con
una pequeña curvita hacia adelante, pechos redondos y regordetes, una carita de
nena con ojos grandes y negros, una boquita sensual, su piel de mulata caribeña
era como una porcelana oscura, pero lo más lindo de Fernanda era ese culito
precioso, disparador de mis fantasías más audaces. Fernanda olía a perfume caro,
a brisa matinal con aroma de jardines recién regados, usaba el pelo cortito como
una renegrida melenita varonil. Muchas veces redacté mi renuncia para no tener
que seguir viéndola, pero nunca me animé a entregarla. Fernanda tenía un Toyota
verde habano que mantenía impecable. Una mañana, después de bajar del autobús y
de cruzar la transitada y vertiginosa avenida Luperón, iba entrando a la empresa
por el parqueo de los autos de los empleados, había caído un breve aguacero y el
piso mostraba efímeros charquitos por todos lados. Un auto entró a mayor
velocidad de la que se debe llevar en un parqueo, pisó uno de los charquitos y
me salpicó hasta la cara. Corrí detrás, indignado, hasta que se detuvo casi
junto a la entrada posterior de la gerencia y me arrimé a la puerta del
conductor. El tipo bajó la ventanilla y me increpó:
-¡Coño! El parqueo no es para que entren los empleados.
-¡Maldito pendejo! ¿Y tú decides por dónde entra la gente?
¡Bájate!
Pero la que bajó del auto fue Fernanda.
-Cálmate, por favor, la culpa es mía que apuré a este hombre
porque estoy llegando tarde, fue sin querer, te lo aseguro.
El muy desgraciado aprovechó la situación y se mandó a mudar.
-¡Ay, no sé cómo disculparme!, te juro que lo siento.
Su carita se veía realmente apenada, sus ojos enormes estaban
brillantes, su perfume me ablandó. Di la vuelta y me metí en el baño de
servicio, con mi pañuelo mojado limpié mi camisa, la parte más sucia del
pantalón y mis zapatos, en fin, cuando llegué a la oficina nadie pareció notar
nada. Al mediodía Fernanda me llamó a mi extensión para reiterar su pedido de
disculpas, para decirme que estaba muy apenada, que su auto se había dañado y
por eso tuvo que tomar un taxi, en fin, me sentí tan trabado que no supe qué
decir, alcancé a balbucear que no se hiciera problema, que todo estaba bien y
que ya… quizá esa situación hizo que Fernanda notara mi existencia.
Un viernes, día de cobro de nómina, con el clima de alegría y
efervescencia en la gente joven, las chicas de la sección decidieron salir a
comer pizza antes de regresar a sus casas, yo en cambio no tenía planes y además
tenía un examen pendiente y trabajos que completar, de manera que conseguí
permiso de la jefa para quedarme a trabajar en una de las computadoras, si se me
hacía muy tarde podía llamar un taxi, o hablar con algunos de los choferes para
que me acercaran un poco. Comencé a diseñar en fotoshop, sobre el cuerpo de una
mujer desnuda, paisajes con soles atardecidos, noches de luna llena sobre un mar
tropical, isletas con palmeras, armé un aviso publicitario para una agencia de
turismo con la leyenda "El destino más deseado". Me gustó, me quedé admirando mi
propia obra, como un Pigmalión caribeño, y comencé a corregir los errores de
texto, tan concentrado estaba en mi tarea que la voz que sonó a mis espaldas me
sobresaltó.
-Perdón, no era mi intención asustarte, pero estabas tan en
lo tuyo y eso se ve tan bonito que…
Fernanda vestía un ajustado conjunto de oficina de falda y
chaqueta de color salmón, tenía el pelo brillante de gel y el cuello de una
blusa color crema sobresalía por encima del de la chaqueta, sus zapatos negros
de taco chino y sus medias transparentes acentuaban la sensualidad de su
aspecto. Me puse de pie y ella me tocó la cabeza, me felicitó y se fue después
de regalarme una sonrisa que habrá hecho morir de envidia a los ángeles. Seguí
trabajando como hasta las diez de la noche y, cuando uno de los guardias vino a
avisarme que ya era hora de cerrar, guardé todos mis archivos en mi USB, revisé
mi mochila y salí en busca de alguno de los choferes a ver si achicaba
distancias a esa hora en que por esa zona ya no había transporte público. Eché
un carajo al aire cuando vi vacío el parqueo de las camionetas y me dispuse a
caminar las quince cuadras que me separaban de la avenida Luperón, maldije mi
mala suerte y comencé a andar cuando, a poco más de cincuenta metros,
casualidad, extraña conjunción de ángeles bienhechores, no sé, el Toyota verde
habano de Fernanda frenó y la propia Fernanda me invitó a subir.
-¿En dónde te dejo?
-Donde te sea más cómodo, no te preocupes…
-¿Dónde vives?
-Oh, en Los Alcarrizos- contesté.
-Mira, yo voy por la Kennedy hasta la entrada de Manoguayabo,
yo vivo en una urbanización ahí cerca del hipermercado…
En ese momento sonó mi celular, que había guardado en la
mochila, que estaba entre mis piernas y tuve que buscarlo rápidamente, vi las
piernas preciosas de Fernanda, su faldita levemente levantada… en el bolsillo de
la mochila había dos paletas que había comprado el día anterior, ella frenó en
un semáforo y bajó el volumen de la radio para que yo pudiera hablar. Fabio, mi
compañero de universidad, me pedía unos apuntes. Seguimos el resto del trayecto
sin hablar. En la radio sonaba una canción de La oreja de Van Gogh. Al bajar del
auto en la parada de autobuses del Kilómetro Nueve le regalé a Fernanda una de
las paletas. Me agradeció con una sonrisa y, con su boquita encantadora, dibujó
un beso y me lo sopló, de lejos y su auto se la llevó. Debo de haberme puesto
colorado.
El lunes me llamaron de una agencia de publicidad para
decirme que habían aceptado un diseño que yo había enviado, y que pasara a
retirar mi cheque, eso me alegró de una manera como nunca me había sucedido,
pregunté por cuánto era el cheque y resultó ser casi la mitad de lo que yo
ganaba en la empresa, volví a cargar la camioneta y me reía solo, de tan
contento que estaba. Me crucé con Fernanda y ella se quedó mirándome… Fernanda…
mirándome ¿a mí?
-¿Y esa contentura? Casi te estoy envidiando- dijo.
-¿Tú… envidiarme? Pero…
-¿No me lo permites?- preguntó.
-Hmm… bueno, pero solo un poco…
-Oh, gracias- dijo, me tomó de la mano, me puso un chicle y
se fue, se había quitado la chaqueta, estaba de pantalones, y esos pantalones
resaltaban el molde de ese culito alucinante, y hasta se adivinaba la tanguita
y… dioses, dije, ¿y si la invito a salir y…? Pero no, su sola presencia me
bloqueaba completamente, además ella tenía novio, todo el mundo lo sabía… el fin
de semana llegó y yo, gracias a mi tacañería, y a que aprobé mis exámenes, tenía
dinero para darme un gusto caro, es decir, ir a ver una película, tomarme una
cerveza y estrenar zapatos, pantalones de vestir y camisa de marca. En la
cartelera se anunciaban muchas películas, pero yo quería ver algo ligero,
entretenido, como para no pensar demasiado, elegí La leyenda del tesoro perdido,
pero tenía que esperar media hora antes de que empezara, así que decidí dar una
vuelta por los locales de Plaza Central… y encontré a Fernanda. Estaba
hermosísima, con una falda verde acampanada con cinturón dorado y una blusita
marrón con botones también dorados, sandalias negras de tiritas, un bolso de
tela, se había puesto unos aretes de fantasía con forma de estrellitas que la
hacían todavía más linda, estaba sentada a una mesa del local de Burger King,
con dos amigas a las que les puse muy poca atención. Se levantó y vino hasta
donde yo estaba, el balanceo de sus caderas al caminar, su sonrisa… sentí que el
piso se ablandaba, como si fuera de algodón… me puso la mejilla y le estampé un
beso, sonrió…
-¿Esperas a tu novia?
-Nadie espera lo que no tiene ¿y tu novio?
Hizo un gracioso mohín con la cabeza, como quien no sabe de
qué le están hablando.
-Vine a saludarte porque sé que eres tímido y no quería que
pienses que…
Se quedó callada bruscamente.
-Yo no pienso nada, casi no sé pensar… ¿vienes al cine?
-No, estamos haciendo tiempo con mis amigas, vamos a una
despedida de soltera de una chica que se casa la semana que viene… ya tú sabes…
-Oh, sí, es una de esas fiestas con un moreno lleno de
músculos que se desnuda y las mujeres se le tiran encima…
Rió de buena gana y me dio un golpecito en el brazo, en
broma…
-Eres muy malo, ¿lo sabías? Me voy… que disfrutes tu
película- dijo y se fue sin siquiera darme un beso de despedida. Vi el contoneo
sensual de sus caderas mientras ella caminaba hacia la mesa en que la aguardaban
sus amigas y busqué rápidamente la sala de mi película.
El sábado en la mañana recibí un llamado a mi celular.
-¿Gustavo?
Reconocí de inmediato la voz de mi jefa.
-Mira, estamos en una emergencia, hubo un incendio en el
depósito, están los bomberos aquí y ya lo están sofocando, pero vamos a tener
que rescatar todo lo que se pueda, así que ven cuanto antes, coge un taxi, que
después yo te doy…
Salí de mi casa disparado, cuando llegué a la empresa vi el
amontonamiento de gente, la autobomba, periodistas y curiosos, no había sido un
incendio muy grande, pero explotaron tres tambores de lubricante y las llamas
alcanzaron algunos árboles vecinos y desataron una humareda infernal. Con el
resto de los muchachos armamos varias pilas de cajas de repuestos, clasificamos
lo que se pudo salvar y rescatamos todo lo que fue posible. Fernanda llegó casi
al mediodía, estaba hermosa, de pantalones de gimnasia y camiseta deportiva.
-Me enteré por la tele- dijo y se sumó al grupo de mujeres
que limpiaban las oficinas. Casi a las tres de la tarde, comenzaron a repartir
la comida que nuestra jefa mandó a comprar. Eran las seis cuando terminamos de
arreglar todo, cubrimos las pilas de repuestos con polietileno bajo el alero de
la parte de atrás. Al día siguiente vendrían los operarios de la casa central a
reparar el depósito. Cuando me vi en el espejo del baño me asusté de mi aspecto,
tenía la cara tiznada de aceite y grasa oscura, la ropa sucia y transpirada, mis
manos estaban ennegrecidas, toda mi facha era tan lamentable que me reí de mí
mismo. Fernanda me ofreció acercarme hasta la parada del 9, pero le dije que
mejor tomaría un taxi, ningún autobús me llevaría con ese aspecto, o al menos
eso pensaba yo.
-Mírame, yo tampoco estoy mejor que tú- dijo ella y se
acomodó el cuello de la camiseta que tenía puesta. Lo cierto es que fuimos
varios los que nos montamos en su auto, todos se fueron quedando por el camino,
cuando bajó el último de los muchachos del depósito ella buscó una música suave
en la radio, se conformó con una vieja canción de Cristian Castro y tuvo que
detenerse en el largo tapón que se había formado en la avenida Kennedy.
-Trabajaste mucho… tu jefa no te sacaba los ojos mientras
acomodabas esa cantidad de repuestos de camiones, ¿sabes? Yo creo que esa doña
está enamorada de ti- dijo y soltó una carcajada…
Por la ventanilla del auto vi el cielo encapotado, no
tardaría en llover.
-¿Te molesta que la doña esté enamorada de ti?
Permanecí callado pero ella insistía, reía y comenzó a
pincharme con un dedo en las costillas…
-Responde, vamos, responde, te quedaste mudo ¿verdad?
-Yo también estoy enamorado- dije mientras la larga fila de
autos comenzaba a moverse.
-¿De la doña?- preguntó ella sorprendida y tuvo que hacer una
brusca maniobra porque un camión casi se nos viene encima. Con la garganta
oprimida, sintiendo que me faltaba el aire, volví a negar con la cabeza.
-No, de la doña no, de ti- dije y mis ojos se nublaron
bruscamente y tuve que buscar mi pañuelo ennegrecido para secarme las lágrimas.
Fernanda tomó una calle lateral y aceleró y dobló en una
esquina mientras yo quería que la tierra me tragara, que un ovni viniera a
raptarme o que un maremoto sumergiera la ciudad de Santo Domingo, me latían las
sienes al tiempo que intentaba entender el porqué de su brusca maniobra y de mi
atropellada declaración. El auto se detuvo junto a un enorme flamboyán en una
esquina.
-Repite eso- dijo ella y sacó de la guantera un paquetito de
pañuelos de papel, tomó un puñado y comenzó a limpiarme la cara con toda la
suavidad del mundo.
-¿Estás enamorado de mí?
Asentí. Ella siguió limpiándome la cara.
-¿Y por qué?- preguntó mientras sonreía. Yo tenía la lengua
trabada, no me salía ninguna palabra y me faltaba el aliento. Había comenzado a
llover, gruesos goterones caían sobre el auto detenido con el motor en marcha y
una nube de vapor se dibujaba sobre el borde de la tapa del motor. Fernanda
terminó de limpiarme la cara y me besó, y yo me dejé besar, como un colegial en
su primera cita, no quería tocarla, estaba tan sucio de grasa y de aceite, y
ella era tan hermosa, aunque sus mejillas tenían manchas ennegrecidas como las
mías. Fernanda pisó el acelerador y regresamos a la avenida Kennedy. Me tomó de
la mano y con la otra manejaba. Pasó de largo por el 9 mientras llovía a
raudales, dobló por la entrada lateral al hipermercado Carrefour y entró a un
barrio recientemente inaugurado. Yo estaba tan aturdido que no sabía qué decir.
El auto se detuvo frente a un edificio de apartamentos. Fernanda sacó su celular
y llamó a un taxi. Volvió a besarme y esta vez la estrujé con fuerza pese a la
dificultad que representaban los asientos.
-Mira, mi casa es en la tercera planta, la del balcón de
rejas verdes- dijo señalando con el dedo. En la fracción de segundo que el
limpiaparabrisas dejó limpio el cristal observé el balcón, estaba lleno de
flores y del techo colgaban dos maceteros con helechos. El taxi apareció en
menos de cinco minutos, todo un milagro cuando llueve.
-Ve a cambiarte y regresa. ¿En serio que estás enamorado de
mí?
-Sí.
-Lo tuyo es grave- dijo y sonrió –tenemos que hablar
entonces. Te espero, no tardes.
Y esta vez me besó con fuerza, y yo me sentí besado como si
fuera la primera vez. Mientras el taxi me llevaba a mi casa pensé que no sabía
casi nada de Fernanda, ni ella de mí, siempre supuse que tenía novio, al menos
lo había oído alguna vez, también sabía que vivía con su madre con un hermano,
su padre había muerto un tiempo antes de que yo ingresara a la empresa, estaba
en un geriátrico y tenía Alzheimer… pero eso ¿qué importaba?
Me di una prolongada ducha, me bañé con jabón en polvo para
quitarme toda la grasa y después gasté medio jabón de tocador, tardé media hora
en elegir mi mejor camisa y salí a buscar un taxi, masqué media caja de chicles
de menta en el camino, pese a mis 24 años, había rejuvenecido, había regresado a
mi adolescencia. En la escalera del edificio ayudé a dos mujeres que subían con
sus compras del supermercado y una de ellas me informó cuál era el departamento
de Fernanda ¿una muchacha bajita de pelo cortito, muy bonita? Pero claro, mire,
es ahí…
Fernanda me recibió con un beso y me hizo sentar en un sofá,
tenía puesta una salida de baño y olía a lavanda, a champú, me trajo un vaso de
jugo de naranja y se metió en un cuarto. Salió vestida con un pantalón azul
oscuro pegado a su cuerpo, una blusa del mismo color con botones plateados y una
chaqueta pequeña, se había puesto un pañuelo de seda color púrpura y unos aretes
plateados con forma de roseta en el centro de una argolla. Sus zapatos
charolados de taco de aguja completaban su atuendo y su estampa de modelo
juvenil. Me quedé viéndola embobado, con la boca abierta, pero no sería la única
vez que me quedaría así ante Fernanda. Parecía que en la casa no había nadie.
-¿Vamos?- dijo ella mientras se acomodaba la cartera.
El auto arrancó por la avenida Kennedy hacia la Lincoln.
-¿No me vas a preguntar adónde te llevo?
Negué con la cabeza.
Se detuvo en un pequeño bar. La lluvia había amainado pero la
calle continuaba brillante. Nos sentamos a una mesa ubicada en un rincón bajo un
farolito chino de papel rojo.
-Háblame de eso que me dijiste esta tarde- pidió ella y me
tomó una mano sobre la mesa.
-Es de hace mucho, desde que entré a la empresa, un día que
te vi con una falda cortita, estabas muy hermosa…
-¿Y por qué no me lo dijiste?
-Porque tú tenías novio, o tal vez lo tienes todavía y yo…
-Tonto, yo no tengo novio, desde antes de entrar a la empresa
rompí con él…
Hablamos un rato más, las cosas de las que hablan siempre las
parejitas en su primer día, hice preguntas, Fernanda estaba sola en su casa en
esos días, su madre estaba en Nueva York y volvería la semana próxima, su
hermano estaba en Puerto Rico, en fin, nada que me interesara demasiado en ese
momento. Me porté como un caballero en la primera cita, la acompañé a su casa,
pedí mi taxi y me fui a dormir, pero casi al amanecer del domingo sonó mi
celular, todavía no eran las siete.
-No puedo dejar de pensar en ti, te quiero- dijo ella.
-¿Dónde estás?
-Estoy en el local de Kentucky junto a la bomba de la Shell
en la Kennedy y Tiradentes, si vienes rápido te espero para beber café.
-Voy- dije y salté de la cama. Me lavé los dientes, me vestí
apurado y me monté en un motoconcho hasta llegar a un lugar desde donde me sería
fácil pedir un taxi.
-Hola, perdóname por levantarte tan temprano.
-Ya estaba despierto- dije mientras me sentaba a su lado.
-¿Y me extrañabas?
Asentí. Recostó su cabeza en mi hombro. Tomamos café y
hablamos de pasar el día juntos.
-¿Quieres ir a la playa? Puedo prestarte un short de mi
hermano, no te preocupes, él no vuelve hasta fin de año. ¿No te molesta verdad?
-No, para nada…
Fernanda tenía puesto un capri negro y una blusa suelta de
color marrón que le quedaba muy bien. Fuimos andando de la mano hasta su auto y
cuando llegamos a su casa me abrazó y me comió a besos. Sus labios estaban
deliciosos, su lengüita sabía a café y sus besos me ponían a mil. La abracé con
fuerza, deslicé mis manos por su espalda, pasé mis yemas con suavidad por detrás
de sus orejas y acaricié la pelusilla de su nuca, ella comenzó a besarme el
cuello, me desprendió un botón de la camisa y me besó el pecho. Nos miramos, sus
ojos anhelantes eran un reflejo de los míos, mi excitación estaba al límite. La
solté.
-¿Tienes que ser tan caballero, tan correcto hasta en
momentos como estos?- preguntó ella. Sonreí, la abracé y le acaricié el pelo. El
rumor de la lluvia llegó desde el balcón. Fernanda me soltó, abrió la puerta de
un cuarto, encendió el ventilador de techo y armó rápidamente un bolso, puso
toallas, chancletas, buscó dos gorras, cerró la puerta y salió de allí con el
bolso en la mano.
-¿Vas a ponerte el short?
-¿Vamos a ir a la playa?
-Claro, seguro que allá no llueve.
Entré a la habitación y me probé el pantaloncito, aunque de
solo quitarme la ropa me sentí excitado, decidí esperar sin apresurar las cosas.
Pasamos un día de playa muy intenso, Fernanda llevaba un traje de baño enterizo
de color amarillo que resaltaba su piel de mulata caribeña, tomamos sol y
bebimos un par de cervezas cuando salimos del agua, hasta que, casi a las cinco
de la tarde, ella comenzó a recoger toallas y frascos de crema y salimos de allí
en su auto. Lo único que Fer se puso fue una bermuda, colocó un grueso toallón
sobre su asiento y cuando llegamos a la zona de San Isidro ella enfiló hacia uno
de los moteles y entró en una cabaña ejecutiva. No dije nada, Fernanda tampoco
habló, es que tal vez no hacían falta las palabras. Iba a encender el televisor
pero ella me abrazó, comenzó a besarme despacio, hasta que después, con toda la
animalidad del deseo, su boca se abrió y su lengua se fundió con la mía. Me dio
un poco de trabajo quitar su traje de baño, su piel tenía el sabor salobre del
agua de mar, cuando la tuve desnuda me quité la ropa y caminamos abrazados
primero hasta la ducha, después al yacuzzi, solo entonces exploré su cuerpito
precioso con mi boca y con mis ojos sedientos, puse erguidos sus pezones, besé
su nuca y sentí en mis labios el terciopelo de esa pelusilla mojada, dejé que mi
lengua anduviera por su espalda y la puse a flotar sobre el agua del yacuzi para
mordisquear suavemente ese culito alucinante, vi un lunar redondo como un sol
negro en el centro mismo del glúteo izquierdo y solo cuado ella se dio vuelta me
impactó la visión de su sexo primorosamente depilado con apenas una matica de
vello sobre el nacimiento de su chochito delicioso, me arrodillé y mi lengua
exploró el labio mayor y mi boca succionó esa otra boca salobre mientras la
sostenía de las nalgas para libar mejor el néctar de su placer, me olvidé de mí
mismo, solo existía en ese momento la tibia, la encantadora chuchi de mi amada
que exploraba con la minuciosa curiosidad de un niño que busca entre los árboles
las señales de su casa, Fernanda cerraba los ojos, se mecía sobre el agua y
gemía suavemente, hasta que se tumbó sobre el piso helado al borde del yacuzi y
puso sus piernas en mis hombros, entonces le introduje la lengua hasta el fondo
de su panochita ardiente, la moví, le acaricié el culete mojadito con los
nudillos de la mano derecha mientras con la izquierda le apretaba suavemente el
pezón, ella comenzó a moverse más y más, su gemido era cada vez más sonoro como
una melodía que aumentara su ritmo hasta que finalmente se tensó y me sostuvo la
frente con ambas manos porque había alcanzado el orgasmo.
-Tengo frío- dijo ella y comenzó a secarse rápidamente con
una de las toallas del motel. Hice lo mismo aunque yo estaba súper caliente.
Fernanda me abrazó y sus manos bajaron hacia mi bastoncito, jugueteó con el
vello, me tomó de la mano y me llevó a la cama, me fue besando despacito bajo el
ombligo mientras me masturbaba suavemente, hasta que cuando me tuvo a mil me
colocó un condón, lo acomodó con su boca y enseguida se abrió y se introdujo de
una vez toda mi verga en su chochete empapadísimo, mientras ella se movía yo
lamía la confluencia de sus senos, empecé a empujar hacia arriba para buscar el
ritmo hasta que coincidimos en el impulso de la misma danza, sostuve con las
manos sus tetas saltarinas, mordí sus pezones mientras sentía que mi placer
aumentaba, Fernanda gemía y su orgasmo me excitó tanto que en la última
embestida acabé como si soltara mi vida completa en un solo chorro. Sudorosos,
jadeantes, saciados, nos tumbamos sobre la cama, con la piel de gallina por el
frío del aire acondicionado, sensibilizados por el goce.
-¿Me deseabas mucho?- preguntó ella.
-No te imaginas cuánto.
-¿En serio?
-Yo creo que me enamoré de ti desde que te vi…
-Un día que yo tenía puesta una falda cortita y me agaché a
recoger un fólder que se me había caído ¿verdad?
Permanecí en silencio.
-Eres un fresco, ¿lo sabías?- dijo riendo y saltó de la cama.
Verla desnuda, los senos hamacándose y después el contoneo de ese culito sensual
con el lunar encantador hizo que mi erección regresara, la seguí hasta la ducha
y esta vez ella me enjabonó completamente, solo cuando estuvo convencida de que
mi piel estaba totalmente limpia me besó las tetillas, se arrodilló, me dio una
breve mamada y caminó hasta el sofá de la habitación, se secó un poco, lo
suficiente para no mojar el sillón y se puso de espaldas con las piernas
abiertas, me puse el condón y se lo fui metiendo de a poco, mientras le
acariciaba los pezones erguidos como montañitas, mi pelvis rozaba su culito
ensoñador, mi bastón entró totalmente en su panochita caliente y entonces
comenzamos a movernos…
-Acaba cuando tú quieras, amor, yo ya estoy hecha, ya… ah… es
tan rico… oh… sigue…
A medida que mis embates eran un poco más fuertes sus tetas
se hamacaban y yo las sostenía con ambas manos, ella tiraba el culito hacia
atrás para ayudar, era como en las películas, ver cómo se abría esa cuevita me
volvía loco, sentía que mi bastoncito de carne se calentaba cada vez más, me
daba un cosquilleo sensual hasta en las pantorrillas, dioses, era la locura más
encantadora que había vivido jamás, Fernanda me pedía que siguiera, que acabara,
pero se seguía moviendo de una manera tan excitante…
-Sigue mi amor… sigue, voy a acabar otra vez, oh… sigue- dijo
y su gemido fue casi un grito, entonces yo también me vine y sentí que la punta
de mi pene se había vuelto de gelatina, cerré los ojos, jadeé, y Fernanda se dio
vuelta y me abrazó y me besó y caímos de nuevo sobre la cama y enseguida nos
quedamos dormidos. Desperté media hora después, la punta del pene se me había
metido en el culito de Fernanda, sentí un dolorcito al sacarlo. En su casa
preparamos café, y esta vez hablamos de cómo nos manejaríamos en la empresa.
Para mí lo mejor era que nadie supiera nada, que nos cuidáramos al menos los
primeros días, a mi jefa no le gustaban los romances de oficina, y no quería que
ella tuviera problemas con su jefe. Estuvo de acuerdo. Quiso llevarme a casa en
su auto, pero yo no lo acepté. Ella estaba cansada y me parecía mejor que
durmiera temprano, aunque los dos estábamos un poco ansiosos.
El lunes dejé un caramelo de menta sobre el teclado de
Fernanda, tras filtrarme de manera subrepticia en la gerencia antes de que ella
o su jefe llegaran, pero ese día no tuve contacto con ella, no me llamó al
celular ni respondió a mis llamadas, el martes estaba al borde de la locura, iba
a ir a buscarla en su oficina ni bien llegara, ensayé la forma en que le diría
que, si ella lo deseaba, podía olvidarme de lo que había sucedido el fin de
semana, yo no tenía una computadora disponible para mandarle mails o para
chatear con ella, era un simple acomodador de cajas de repuestos… pero apenas
llegué la recepcionista me llamó para entregarme un paquetito, era una cajita
pequeña envuelta en papel de regalo que había sido enviada por correo. La abrí y
encontré un chocolate y una cartita escrita en papel celeste: "Perdóname por no
llamarte ayer, es que con esto del incendio hay todo un lío que el gerente me
tuvo a maltraer durante todo el día, iba a llamarte en la noche pero mi celular
se descargó, te llamo a tu extensión en cuanto pueda, pero ten cuidado, que aquí
graban las llamadas internas". A la hora del almuerzo Fernanda vino a hablar con
mi jefa mientras yo daba vueltas acomodando cajas de papeles, pasó a mi lado y
dejó caer en un papelito en un bolsillo de mi pantalón: Siete y media, Parqueo
de atrás del Supermercado Nacional. Si usted le arrima un fósforo encendido,
este documento se autodestruirá en cinco segundos… la cartita olía a su crema de
manos… fui feliz.
Compré golosinas en el supermercado y salí a las siete y
media en punto al parqueo de atrás, justo cuando el Toyota verde habano llegaba.
Me monté rápidamente y Fernanda tomó por la Lincoln hacia el malecón.
-¿Me extrañaste?
Asentí mientras ella me tomaba una mano y manejaba con la
otra. Aceleró por la avenida hacia la zona de moteles, más allá del puente de la
avenida Luperón. Comencé a buscar en mi mochila el chocolate de almendras que
había comprado y Fernanda se sorprendió.
-No te preocupes mi amor, yo te invito- dijo. Sonreí. La
habitación olía a pino, busqué música y encendí la tele y pasé rápidamente el
canal donde una rubia pechugona amasaba con sus senos la verga descomunal de un
pelirrojo con cara de alemán. Fernanda pagó el turno y comenzó a desnudarse con
rapidez.
-Quiero sacarme todo el olor de esa oficina que me está
matando- exclamó y se metió bajo la ducha. La seguí y tomé entre mis brazos su
cuerpo enjabonado, nos bañamos, nos besamos hasta que las lenguas se saciaron de
explorar las bocas y entonces besé su cuello, le di un mordisco a cada pezón
hasta que lo sentí durito como una golosina de azúcar quemada, Fernanda anudó
sus brazos alrededor de mi cuello y se dejó cargar, la sequé rápidamente y le
besé el culito respingón que me enloquecía, la punta de mi bastón estaba mojada,
gotitas de mi lubricación natural caían sobre mis muslos, ella se sentó en la
cama y me tomó del pene para atraerme, me dio una breve chupada que me puso a
mil, me puso un condón y se tiró después sobre la cama y se tomo ambos pies con
cada mano, el paisaje de su chochito abierto, los labios oscuritos y el centro
rosadito me encendieron la sangre, le di una chupada rápida, ella me tomó de la
cabeza y me hizo subir la boca por su vientre hasta llegar de nuevo a sus
pezones erguidos…
-Ya… mételo, plis…
Comencé a moverme con lentitud, se lo clavé hasta el fondo y
lo saqué, repetí la operación varias veces hasta que me di cuenta de que sus
mejillas se ponían rosaditas, sus piernas se liaron alrededor de mi cintura, yo
sentía que esas paredes de carne tibia de su chochete empapado me recibían como
si me estuvieran esperando desde siempre… -Te quiero- dije entre suspiros y
Fernanda sonrió… -Yo… yo… oh… yo también…- alcanzó a balbucear mientras gemía…
-Ya… mi amor… vente… que yo… oh… dijo al tiempo que su vientre se tensaba, me
moví más rápido y me enloqueció el ritmo al que se hamacaban sus senos
regordetes, ella gritó estremecida de placer y yo me sentí elevado a una altura
de nubes celestes y una musiquita de violines me acariciaba el alma. Giré hacia
el costado y me quité el condón. Fernanda se recostó sobre mi pecho, sentí su
panocha empapada sobre mi muslo izquierdo, y fui feliz. Charlamos largamente,
hablamos de nosotros, de cómo nos habíamos sentido en esos días, de lo que
haríamos de ahí en más, nos duchamos brevemente y volvimos a la cama, en la
radio se oía la voz de Julieta Venegas. Fernanda puso el canal porno y se rió de
la pose aparatosa con que una rubia teñida recibía una chupada de un gordito
superdotado, me tocó el pene fláccido y dijo
-Este me gusta más. Entonces comenzamos un sesenta y nueve,
fui pasando la lengua por esa panocha que olía a jabón, con un dedo ensalivado
le fui lubricando el culito mientras su lengua endiablada me ponía el palo tieso
como una roca, hasta que conseguí meter la puta del pulgar en su cuevita trasera
que se contraía y se dilataba mientras ella daba leves envioncitos hacia atrás,
aceleré las estocadas de mi lengua contra su clítoris y entonces Fernanda gimió,
su culete brilloso y ensalivado comenzó a latir, hice girar mi dedo mientras
sentía que en cualquier momento mi orgasmo estallaría, pero Fernanda acabó
primero, gimió de placer y terminó de darme la mamada genial que me estaba
dando… -Ya… me vengoooo…- alcancé a murmurar y su boca me soltó y sentí que mi
semen se esparcía por el aire mientras Fernanda me acariciaba el bajo vientre y
me besaba el cuello…
-Tenemos que irnos, ¿te conté que mi mamá llegó ayer? No, es
que no hemos hablado de eso… estamos ocupados en otra cosa ¿verdad?
Sonreí y creo que me puse colorado.
Sólo pudimos hablar por el celular durante el resto de la
semana, ella estaba muy ocupada con su tesis para graduarse de licenciada en
economía y yo preparando una campaña que sería mi último trabajo en la
universidad, después vendría mi tesis, que ya estaba en fase preliminar. El
sábado nos tomamos un respiro, conocí a la mamá de Fernanda, creo que le caí
bien, cenamos en su casa y después salimos. Ella quería ir a bailar a una
discoteca, aunque a mí eso no me atraía demasiado acepté para complacerla.
Bailamos un rato, hasta que cuando pusieron música lenta Fernanda se puso
romántica, comenzó a besarme el cuellito, me abrazaba cada vez con más fuerza,
hasta que en algún momento sintió mi dureza y me susurró al oído…
-Habrá un lugar donde bailar mejor que aquí… ¿Qué tú crees?
Fuimos a un hotelito en la misma avenida 27 de Febrero, nos
desnudamos a toda prisa y en pocos minutos estábamos sobre la cama, cuando me
puse a buscar los condones ella dijo
-No te preocupes, me tiene que llegar entre mañana y pasado…
-Pero…
-Tú sí me cuidas ¿verdad? Eres un encanto… pero en serio,
podemos hacerlo sin eso. Y me besó y sus pezones se apretaron contra mi pecho,
dejé que mis manos bajaran por su espalda, acaricié ese culito de terciopelo
mientras ella tomaba mi trocito con una mano, me hizo acostar boca arriba, se
montó de espaldas y se lo introdujo de a poco, al principio se movió para
lubricar bien su panochita tibia, después se lo introdujo por completo, apoyó
sus manos sobre mis rodillas y comenzó a moverse, el movimiento de ese culito
encantador que se abría y se cerraba me enloqueció, cerré los ojos porque esa
visión me excitaba tanto que temía acabar antes que ella, cada tanto Fernanda se
inclinaba hacia atrás para que yo le acariciara los senos, sentir cómo se
hamacaban en mis manos esas tetas preciosas era como disfrutar de un poema, ella
siguió moviéndose con mi pene introducido por completo en su chochito riquísimo
y después me acarició los testículos, era lo que me faltaba para llegar al
paroxismo, Fernanda gimió, abrazada a mis piernas, y yo me vacié en su sexo
mojado y calentito… fuimos a la ducha después, y luego de descansar un rato y de
hablar del futuro, ella puso el canal porno y se rió de las poses estrafalarias
que practicaban un moreno grandote y una rubia con aspecto de yanqui de Brooklin
con unas tetazas enormes de silicona, comencé a acariciarle el culito con toda
suavidad, pero después me incorporé y le mordí el huesito dulce, le abrí las
nalgas y le soplé la cuevita negrecita, ella arqueó la cintura hacia arriba,
entonces le estampé un beso negro…
-¿Quieres metérmelo por ahí?- preguntó
-Sólo si tú quieres…
-Hmmm… se siente rico cuando me lo acaricias, pero si me
duele lo quitarás ¿sí?
-De acuerdo…
Ella estiró la mano hacia su cartera y buscó un potecito de
crema sin perfume, me colocó un condón, me untó el pene en toda su extensión y
se colocó una almohada debajo de la pelvis, entré despacito, sentía cómo ese
culito se cerraba de pronto, entonces comencé a sacárselo y a meterlo despacito,
ella empezó a moverse un poquito, hasta que después de un rato de estar así nos
quedamos quietos los dos, entonces ella me pidió que me moviera, despacito…
despacito… eso es… así… un poquitín más… se incorporó un poco y yo sentí que mi
pene se hundió por completo en esa joya de culito… muévete mi amor… muévete…
ahora casi no había resistencia pero yo tenía miedo de ser brusco… ella se puso
de costado y yo comencé a masturbarla con una mano, levantó una pierna para
ayudarme a abarcar mejor toda su panochita, mi dedo entraba y salía cada vez más
lubricado, entonces ella comenzó a empujar hacia atrás y cada movimiento me
aprisionaba el pene con tanta fuerza que sentía que estaba a punto de estallar,
se mezclaban el dolor y el placer con tanta intensidad que eso me enloquecía, la
chuchi de Fernanda estaba mojadísima, mi pene hacía ruido en su culete
lubricado, me sentía vibrar y estremecer como en el centro de una tormenta,
hasta que la oí gemir con mi dedo enterrado en su chochito y me moví más rápido,
vi el vaivén encantador de sus pechos en el espejo y una convulsión me llenó el
cuerpo cuando me vine por completo, como si hubiera vaciado toda mi capacidad de
amar en ese culito calentito y enloquecedor…
-Eres un fresco, ¿lo sabías? Nunca nadie había entrado ahí…
ohhhh…- dijo ella y me besó y en un rato más se quedó dormida.
Fernanda y yo estamos juntos otra vez, ella es ahora gerente
de la sucursal donde nos conocimos, estuvimos separados casi un año por un
malentendido de los dos… pero el reencuentro fue tan maravilloso que amerita
otra historia.