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Follando en una isla desierta
TODORELATOS » RELATOS » UN RESPIRO EN EL TRABAJO.
[ La viuda que se arrebola, por mi fe que no duerme sola. ]
 TODORELATOS.COM Fecha: 04 de Diciembre, 2008.
Fecha: 05-Abr-07 « Anterior | Siguiente » en Hetero: General (4413 de 5036)

Un respiro en el trabajo.

kraneo
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Tomé un respiro. Lo malo que tenía aquel informe no era todo lo que tenía que escribir (ya llevaba 30 folios). Era peor todo lo que tenía que leer. Tras cuatro horas de voraz lectura, tomando notas frenéticamente, y consciente de todo lo que me quedaba por leer y escribir me froté los ojos y me eché hacia atrás apoyando la espalda en el respaldo del sillón giratorio del despacho, cerrando los ojos para tomar un respiro de unos minutos.

Con los ojos cerrados no pensé en nada. Solamente dejé descansar mis ojos. Aún con estos cerrados me parecía estar viendo mi despacho. Amplio, escasa, pero elegantemente amueblado. Me parecía ver la puerta abierta, por la que me llegaban los ruidos de las impresoras, de las conversaciones, de la intensa actividad de la consultoría. Más a la derecha una elegante librería, desde la que una tremenda pantalla plana me estaba dando imágenes sin voz de 4 cadenas distintas de noticias a la vez. Más a la derecha aún, en el rincón estaba la papelera y un enorme macetero con una enorme planta. Desde allí me llegó el sonido que me devolvió a la realidad.

Entreabrí los ojos. Con los ojos casi cerrados mal veía, pero una corta línea blanca horizontal recabó toda mi atención (la poca que aún reservaba para el exterior en aquel momento de descanso). Extrañamente, al contrario que unos segundos antes, en que veía mi despacho con los ojos cerrados, en aquel momento, aún con los ojos abiertos, solamente veía aquel corto segmento horizontal blanco, como si aquella delgada línea fuera todo el mundo que existía fuera de mí.

Poco a poco, fui recobrando plenamente mis sentidos. El campo de mi visión se amplió un poco. Percibí a ambos extremos de aquel segmento horizontal dos líneas casi verticales que en contacto con aquel lo delimitaban. Bueno, no eran verticales. En realidad eran ligeramente divergentes, separándose un poco a medida que ascendían. Hacia abajo permanecían casi paralelas, desapareciendo rápidamente.

Aún tuve que abrir un poco más el plano para darme cuenta de que era lo que estaba mirando. Y en ese momento mi visión dejó de ampliar el campo, centrándose en mi reciente descubrimiento. Estaba mirando un culo. Un magnífico trasero. Sobre la tensa tela de un pijama blanco se marcaban las gomas laterales y la costura inferior de unas pequeñas bragas.

Retuve mi atención sobre aquel reciente descubrimiento. Definitivamente era un buen culo.

Una vez examinado aquel estupendo trasero curioseé sobre su posible propietaria. Era la señora de la limpieza. Trasteaba en la planta, una inmensa formación de bambú, y agachada como estaba me ofrecía aquel magnífico panorama.

Se llama Amelia. Está muy buena. Tendrá poco más de 30 años. Rubia de bote, permanentada. La tez muy clara. Largas piernas y pechos discretos pero notables en forma y tamaño. El pijama de la empresa de limpieza para la que trabaja oculta un poco sus formas, pero la había visto un par de veces vestida de calle, y sabía que era un verdadero cañón de mujer.

A pesar de esto puedo decir que no recuerdo haber cruzado con ella una sola palabra más allá de los meros formulismos sociales de saludo y despedida.

Estuvo un rato cortando ramas en mal estado regando y acicalando el bambú, y dejando que me recreara con aquel trasero recién descubierto. Después de un rato intentó mover la planta.

Estaba claro que no podría. La maceta era un gran cubo transparente, relleno de piedras y agua, sin apenas tierra.

¿Te ayudo?

Respingó sobresaltada.

Perdón. Le he visto descansando y no he querido molestar.

Perdóname tú a mí. Te he asustado. ¿Te ayudo?

Estoy intentando pegarla un poco más a la pared. Aquí le da el aire acondicionado. Y no le sienta bien.- había vuelto a intentar empujar la maceta. Hablaba conmigo mientras volvía a ofrecerme su trasero.

Eso pesa demasiado para ti. Espera que te ayudo.

Ella siguió empujando, y yo me levanté sin dejar de mirar aquel precioso panorama. Cuanta más fuerza hacía más se le tensaban los glúteos, y más me atraía aquel espectáculo. Las líneas blancas de sus bragas brasileñas se retorcían ligeramente con los esfuerzos de sus músculos.

Continuaba hablando con aquella aguda vocecilla, mientras sus jadeos daban muestra de sus inútiles pero intensos esfuerzos.

Además … es que me daaaa…. miedo … que al moverlo … uuuuhhhmmm … se quiebre la planta. Tiene tan poco sustrato … y tan poca … raíz …

Levantado ahora, acercándome despacio a ella, me recreé en la continuación de aquella preciosidad de trasero por sus caderas. El pijama holgado colgaba delante de ella, que seguía flexionada, con lo que se ajustaba a su espalda estrecha, y dibujaba también las formas de su sujetador. En el extremo de aquella espalda, la llama de su cabello se agitaba con cada uno de los baldíos esfuerzos que hacía para mover el macetero. Demasiados kilos para un cuerpecito tan pequeño… y tan bien hecho.

Puedo intentar empujarlo mientras tú sujetas la base de la planta.

Pero no se moleste, por favor.- dijo incorporándose y volviéndose hacia mí.

¿Que molestia? Tú sola no podrás. Y así me despejo un poco.

Ambos nos quedamos un momento callados, examinándonos. Pude apreciar así lo delicado de su figura. Tenía de todo lo que debe tener una mujer. Pero lejos de las exhuberancias que pretenden los actuales cánones de belleza, ella era una decidida opción por la elegancia, la proporción y la armonía. Especialmente me llamó la atención las cuidadas manos, inesperadas teniendo en cuenta su trabajo. Y la palidez casi enfermiza de su piel terminaba de darle un toque "áureo", casi angelical. Los ojos, y en eso si era la primera vez que me fijaba, eran castaños, pero tan claros que parecían también dorados. Una verdadera preciosidad.

Yo por mi parte estoy ya muy lejos del cuerpo apolíneo de mi juventud. Sigo haciendo deporte y manteniendo el tono, pero los litros de cerveza que han metabolizado mis riñones han tenido como consecuencia un, aún ligero, pero ya inocultable "abultamiento abdominal". Quiero decir que a pesar del deporte, la barriguita cervecera ya solo merece tal apelativo por el cariño que le tengo (después de todo es mía), que de otro modo habría perdido para denominarse simplemente barriga, sin diminutivo. Aún así no estoy mal del todo.

Su cara no emitió ninguna opinión en este sentido. Ni bien, ni mal. Me observaba también, me medía, pero de modo mucho más discreto al que empleaba yo. Sonreía dulcemente, en una expresión que podía ser desde inocencia hasta suficiencia, pasando por el más absoluto vicio. Comprenderéis que con este abanico de posibilidades, yo no me hiciera ninguna ilusión. Pero del mismo modo comprenderéis que no descartara ninguna posibilidad.

Pasados esos segundos ella volvió a hablar:

¡Que apuro! Haberle molestado …

Estoy encantado de ayudarte. Sujeta la planta que yo empujo el macetero.

Había más formas de hacer aquello, pero elegí la que creí más de acuerdo con mis intenciones. Adelante un brazo por cada lado de sus pierna, y, muy agachado para aprovechar la fuerza de todos mis músculos, apoyé las manos en el borde superior del macetero. Ella me miró, y rápidamente adoptó su posición. Con el tronco flexionado, cogió con ambas manos la base de la planta. ¿Resultado?: su trasero de nuevo invitaba a ser admirado, pero esta vez a escasísimos centímetros de mis ojos.

De nuevo mi mundo se redujo a aquella línea horizontal. Incluso, por debajo de su discreto perfume, percibía su tenue olor a hembra (al recordar aquel olor lamento haber vuelto a fumar).

- A la de tres empiezo a empujar.- ella se flexionó aún más, preparándose, con lo que me acercó más el trasero- Una, dos y tres.

Aquello pesaba como su puta madre. Pero cualquiera se rajaba en aquel momento. Con la vista fija en la línea horizontal, apreté los dientes, y muy lentamente, con gran esfuerzo, el macetero comenzó a moverse. Despacio, pero constantemente el macetero se movía, y mis músculos y mi cuerpo se acompasaron con aquel lento movimiento. Por ello, cuando una junta entre baldosas detuvo el lento movimiento del macetero, mi cuerpo siguió moviéndose un instante hacia delante, con el inevitable resultado de que hundí mi nariz en su trasero.

Aunque fue solamente un instante, me permití adelantar la barbilla, buscando un contacto más estrecho y aún más íntimo. Pero ella respingó al notar mi cara en su culo, con lo que deshizo el contacto.

Me retiré y cuando iba a musitar una disculpa observé que volvía a prepararse para mover el macetero, recuperando la posición, así que me guardé las excusas y volví a contar:

Una, dos y tres.

La carga, lentamente, volvió a moverse, para volver a topar enseguida, y esta vez ya con la pared. Mi cuerpo volvió a dejarse llevar por la inercia. Nunca he empleado mejor este término: dejarse llevar. Podía haberlo evitado, ahora que estaba preparado, pero volví a hundir mi nariz en su trasero. Ella esta vez no respingó. Solo cedió un poco hacia delante al notarme, pero en seguido recuperó la posición, a pesar de que ya no había nada que empujar (Bueno, eso creía ella).

Cuando la noté volver despacio a la misma posición, pegándose a mi cara de nuevo, me decidí a todo. Aún así le di una oportunidad más. Con mi nariz allí metida sacudí un poco la cabeza, como si negara levemente. Del mismo modo que yo noté como se agitaban sus nalgas, ella debió ser perfectamente consciente de mi cara en su trasero, pero no varió su posición, salvo para echarlo aún un poco más atrás, perfeccionando el contacto. Decididamente adelanté la barbilla, y apoyando mis labios en su sexo, por encima de la ropa besé levemente unas cuantas veces.

Cuando abrió un poco las piernas, facilitándome el contacto, dejó de existir la posibilidad de retirarme. Y me lancé a fondo.

Mis manos fueron a sus muslos, permaneciendo allí unos segundos mientras mi boca hurgaba en sus secretos. Besaba, y tironeaba del tejido de su holgado pantalón, notando las tensas gomas de sus bragas un poco más allá.

Y desde aquellos muslos mis manos subieron a sus ingles, donde se detuvieron unos segundos. Mis labios comenzaron a subir despacio. Recorrí con ellos el cauce entre sus nalgas, por encima del tejido, para continuar besando sobre la tela todas y cada una de sus vértebras, mientras dejaba a mis dedos jugar en el pliegue de sus ingles.

Al llegar con mis besos cerca de su cuello necesité una mano en su nuca para retirar el cabello. La subí, y aproveché para retirar la otra, que subió pegada a su piel, por debajo de la camisola, hasta detenerse en sus tetas, que acaricié por encima de un sujetador sin tirantes, a través del que apenas notaba la confortable calidez de sus senos.

Ahora fueron sus manos las que se movieron. Como si hubiera oído mi pensamiento, y por detrás de su espalda desabrochó el sostén, que, rodando por el interior de su camisola, cayó a sus pies. Sus tetas, pequeñas, más que colgar, flotaban ingrávidas. En aquel momento deseé tener ojos en las palmas de mis manos, como única manera de ver aquellos pechos que adivinaba, al tacto, perfectos.

Ahora aplicaba mis dos manos, en dos perfectos 1 contra 1, mientras seguía besándole el cuello. Mis dedos buscaban sus pezones, que percibí bien hinchados. La areola debía haber desaparecido, si es que existía, y las yemas de mis dedos pasaban de acariciar levemente la piel tibia y suave de sus senos a comprobar la áspera rugosidad de la erección de sus pezones. Ella había girado la cabeza, buscando con su boca la mía. Mantenía una mano en mi trasero, empujándome hacia ella, mientras con la otra encontró mi nuca para guiar mis labios hasta los suyos.

A pesar de la blanda humedad de su boca el beso fue eléctrico. Sentí como si todos mis sentidos hubieran estallado en aquel contacto de nuestros labios y nuestras lenguas. El sonido de su respiración profunda. El tacto blando y húmedo de su boca. La visión cercana de su piel pálida. El olor fuerte del sexo desencadenado bajo su suave perfume. El sabor dulce y metálico de su saliva.

Deshizo la incómoda postura de aquel beso, y mis labios se concentraron de nuevo en su cuello y en el lóbulo de la oreja que me ofrecía. Una de mis manos bajó por su vientre, y posé mi mano en su entrepierna. Presionando suavemente, la apreté contra mí, a la vez que iniciaba en su sexo un masaje estático, solo aumentando o disminuyendo la presión de mi mano sobre su pubis. Su vientre estaba muy caliente, su regazo casi febril, pero su respiración profunda me exigía que siguiera.

Subí la mano a su barriga, ya contactando con su piel. La piel tibia de su vientre contrastaba con el fuego que percibía conforme me acercaba a la blanda goma de su pantalón. Vencí su escasa resistencia, y seguí bajando en aquel horno, tocando ya la suavidad ardiente del nylon de sus pequeñas bragas.

Aún bajé más, dibujando sobre el tejido los pliegues de su vulva. Ella se estremeció, y retiré mi mano hacia el costado, donde recorrí la goma de sus brasileñas por sus caderas. Finalmente llegué a su trasero. Lo noté extrañamente frío, pero aún así acogedor. Y amasé y sopesé sus nalgas, separándolas y juntándolas. La estrecha franja de tela en su culo casi desapareció entre sus carnes.

Pero me molestaba su pantalón. Sin tener muy claro si iba a oponerse me separé un poco de ella, metí los dedos de ambas manos por debajo de la goma de su pantalón y empujé despacio, bajándoselo. No sólo no se resistió, sino que se contoneó levemente para ayudarme a quitárselo. Solamente acompañé el movimiento hasta las rodillas, desde donde cayeron por gravedad, pero fue suficiente para que mi cara volviera a quedar junto a aquel blanco, reluciente culo. Volví a acuclillarme y apoyando mis manos en sus nalgas volví a dedicar mis besuqueos a su trasero.

La inicial frescura se tornó de nuevo calor, más cuanto más se acercaban mis besos al cauce que separaba sus glúteos. Ella mantenía la misma postura, ofreciéndome el culo mientras se acariciaba los pechos bajo la camisola. Yo separaba sus nalgas con mis manos, facilitando que mis labios y mi lengua hurgaran cada vez más profundamente en su intimidad. El intenso olor era delicioso. A sexo, a hembra, a intimidad.

La tela de sus bragas empezaba a sobrarme. Pero fue ella impaciente la que comenzó a bajárselas. Solo un poco. Lo justo para hacerme ver que quería llegar más lejos. Fui yo quien separándome un poco se las terminé de bajar hasta los tobillos. No sé porqué había esperado una espesa mata de vello negro allí abajo. En lugar de eso descubrí un sexo completamente rasurado, y un estrecho penacho de vello rubio en el pubis. Me resistí a comérmelo directamente. Preferí verlo bien antes, mientras dejaba que mis dedos lo acariciaran. Tironeé suavemente del rubio penacho púbico, pellizqué los abultados labios exteriores, recorrí la humedad de su gruta. Luego dejé una mano jugando con su clítoris, y con la otra busqué su ano, comenzando a masajeárselo. Presionaba suavemente en su esfínter, para retirar en seguida el dedo a masajear dulcemente el exterior. Luego volvía a su esfínter, encontrándolo más relajado que cuando lo dejé.

Desde lejos observaba como su fruncido agujerito cada vez era menos fruncido, y menos agujerito. Poco a poco se relajaba y agrandaba. Cuando cedió a la presión de mi dedo, dejándolo entrar, lo sustituí por mi lengua, que redobló los masajes desde dentro y desde fuera, mientras mis dedos exploraban su vagina, cada vez más adentro, y sin abandonar nunca su clítoris.

Muy bajito, casi como silbando, dijo:

¡¡¡Vamos!!! ¡¡¡Ahora!!!

Comprenderéis que entendiera a la perfección, y, que como buen caballero que soy, no hiciera esperar a la dama. Me incorporé, me abrí la bragueta y, no sin dificultad a causa de la erección, me saqué la poya. Ella se volvió un poco, para verla, y me la cogió, tirando suavemente de ella hacia su sexo. Se pasó la punta por toda su raja un par de veces. Luego la encaró a su sexo y inclinándose aún un poco más apoyó sus manos en la pared que tenía enfrente.

Empujé despacio. Notaba un espacio grande y lubricado, pero que conseguía rellenar completamente. Era acogedor. Húmedo y caliente, lo bastante grande para entrar en ella sin dificultad, pero lo bastante ajustado para notar cada milímetro que profundizaba en su sexo. Llevé una de mis manos a sus tetas. La otra se centraba en su pubis.

Un ruido a mis espaldas reclamó mi atención. Volví la cabeza, pero sólo acerté a ver el vuelo de una falda de cuadros tipo escocesa, de mi secretaria saliendo. No sé si nos vio o no. Pero ya daba igual. Volví a centrarme en lo que estaba haciendo.

Empecé a moverme muy despacio. Amelia dejó escapar unos gemidos en voz muy baja. Pero yo estaba decidido a que aquello no fuera un polvete más. Quería que no lo olvidara nunca, y sabía como hacerlo. Palpé con mi pulgar en su ano, notando que empezaba a fruncirse de nuevo. Sin dejar de moverme dentro de ella, sin dejar de acariciar su sexo, reinicié las caricias y la ligera presión sobre su esfínter. En seguida volvió a dilatarse. Más rápido que antes, más relajada que antes. En sólo unos segundos mi pulgar entró en su culo sin empujar demasiado.

Me retiré despacio, sacándosela completamente. Ayudándome con ambas manos apoyé la punta de mi poya en su ano y presioné ligeramente.

No.- musitó, pero no cambió para nada su posición. Solamente un leve respingo para volver a la anterior posición enseguida. Sin embargo repitió.- No.

Shhhhhhhhhh.

Fue suficiente para tranquilizarla, junto con una disminución de la presión de mi rabo. Mis manos volvieron a su sitio, en su sexo y en sus tetas. Poco a poco recobró la calma y volvió a concentrarse en su placer.

Mi mano en su sexo estaba empapada. Su coño era un río por el que manaban sus flujos, llegando a gotear. Mi poya, dura como una roca, seguía apoyada en su esfínter, y volví a presionar suavemente, sin forzar, pero manteniendo la presión. Empujar y ceder. Empujar un poco más que antes y ceder.

Yo aumentaba poco a poco la presión en su trasero. Cada golpe de riñón era un poco más intenso que el anterior. Sin atosigar, pero sin ceder. Ella, cada vez más confiada, se acompasó con mis movimientos, y empujaba hacia atrás a la vez que yo empujaba hacia delante. Notaba como cada vez llegábamos más lejos, haciendo que mi glande se asomara cada vez un poco más en su interior. Escupí un par de veces sobre la unión de nuestras carnes. Mi saliva se repartió, con la ayuda de mi glande.

Cuando noté que aquello era posible contuve mis emboladas unas cuantas veces, disminuyendo la presión. Cuando noté que ella llevaba su trasero más atrás, buscando la misma intensidad en el contacto que estábamos logrando, ví que había llegado el momento. Me preparé, y de una embolada seca, rápida y despiadada se la introduje. Contuve el recorrido, para comprobar su reacción, con lo que solo le metí el capullo.

Amelia respingó de nuevo. Vi como llevaba una mano a su boca, supuse que para morderla, y como la otra bajaba rápidamente hasta mi vientre, como si fuera a poder contenerme si seguía empujando.

Nooo. Por favor. Nooo.

Shhhhh. Tranquila. Cuidaré de ti. Te gustará. Relájate. Ibas muy bien.

Noté que su respiración se aceleraba, como si se sobrepusiera a un miedo terrible, pero su mano se retiró de mi vientre y volvió a la pared. A pesar de que su otra mano seguía en su boca, me pareció que aquello era una autorización, así que volví a lo mío.

Mis movimientos eran ahora muy suaves. Al principio ni intentaba llegar más adentro. Me limitaba a presionar y tirar levemente, sin moverla apenas, mientras mis manos redoblaban las caricias en su sexo y en sus pechos. En seguida noté como su esfínter cedía aún un poco más y fui ampliando el recorrido del movimiento de mis caderas. Notaba como cada empujón me abría paso un poco más profundamente que el anterior de manera apenas perceptible. La humedad de su sexo, el ritmo de su respiración me decía que ya no le dolía. Sus gemidos ahogados me excitaban y me animaban a seguir.

Antes de darme cuenta, mi vientre topaba ya con sus glúteos, con toda mi poya metida en su culo. Aún así mis movimientos seguían siendo suaves. Empecé a alargar el recorrido. Sacaba media poya, recreándome en la visión de su esfínter estirado siguiendo el movimiento de retirada, para llegar de nuevo a la máxima penetración.

Y entretenido en esto como estaba me sorprendió cuando el estremecimiento de su cuerpo, y la ligera contracción de su ano me anunciaron que ella ya había estallado. Su coño era ya una inundación, que se mantuvo mientras unas ligeras convulsiones alargaban su placer. Pero yo seguía teniendo trabajo.

Desafiado por la involuntaria contracción de su ano aumenté aún más la amplitud de mis movimientos. Casi se la sacaba del todo, para inmediatamente empujar hasta que mi vientre golpeaba en sus nalgas. Ella no se quejaba. La mano de su boca bajó a su vientre y sustituyó a la mía en las caricias en su clítoris. Me sentí liberado para agarrar sus caderas y acompañar y reforzar sus embestidas sobre mi rabo. Casi de inmediato, mi poya empezó a salir cada vez, para volver a entrar impetuosamente.

Las caricias que ella se daba ganaron en intensidad. Volvía a estar de nuevo preparada. Por ello, cuando ya estuve listo, acompañé el que supe que sería mi último movimiento con aún más energía. Mi estallido, bien dentro de su cuerpo, coincidió con un nuevo estremecimiento por su parte. Mi rugido silencioso, coincidió con sus gemidos desmayados, y con sus nuevas convulsiones.

No recuerdo, ni antes ni después, una corrida como aquella. Las sacudidas de mi rabo duraron un buen rato, en el que no dejé de expulsar en su interior abundantes chorros de mis fluidos.

Cuando me vacié volví a besarle el cuello. La presión de su esfínter mantuvo unos segundos una buena erección. Aún así, empecé a retirarme despacio, mientras que con una de mis manos le acariciaba la zona de alrededor para facilitar la salida. Un "plop" me anunció que ya estaba completamente fuera. No pude evitar volver a agacharme a mirarle el trasero, con la excusa de besárselo también. Aquel fruncido agujero que recordaba de las caricias iniciales había sido sustituido por una cueva, ancha y profunda, por cuyos bordes enrojecidos empezaban a salir espesos regueros blancos y pastosos. Me recreé en esa visión unos segundos, y enseguida un deseo me asaltó. Pringada como estaba, sentía que necesitaba subirle las bragas y los pantalones. Y lo hice, sin que ella se quejara.

Aún me entretuve, sin dejar de besar sus nalgas, en guardarme el ya flácido miembro, dejando así que la cantidad de fluido que su trasero expulsaba fuera mayor.

Cuando le subí las exiguas bragas brasileñas, el reguero le llegaba a medio muslo. Si le dolió cuando el tejido volvió a cubrir su maltrecho culo, no lo manifestó ni con palabras ni con movimientos. Sentí despedirme de aquella visión al subirle el pantalón, y recoger su sujetador del suelo, donde aún seguía..

Ella se volvió y me miró sonriendo. Su sonrisa, a pesar de la mueca que le pintaba el dolor que ahora sí, debía sentir, era franca. Nos abrazamos y nos besamos. Cuando deshicimos el abrazo ella recogió los trastos de las plantas y se dirigió al ventanal, a arreglar las que allí había.

Si se dio cuenta de que yo tenía su sujetador no lo dejó ver, así que me lo guardé en el bolsillo y volví a mi sillón.

Al sentarme, por la puerta, me enfrenté con la mirada de mi secretaria a través de la puerta, que había permanecido en todo momento abierta. Me miraba por encima de las gafas con una expresión divertida. En ese momento supe que nos había visto en plena faena. Se levantó y se acercó caminando, dando a su falda escocesa más vuelo del necesario.

Iba hablando ya desde el momento que entró.

Te ha llamado …

Un gesto mío la hizo callar, pero le indiqué que se sentara. Lo hizo en la silla que utilizaba siempre. Cuando estuvo allí sentada me recreé en la visión de Amelia, mientras arreglaba las plantas que decoraban el ventanal. Al trasluz, el pijama de la limpieza dejaba ver la perfección de su figura. Los breves pechos, la estrecha cintura, las caderas exactas. En el interior de sus muslos el pantalón parecía haberse pegado. Así estuve un buen rato, hasta que terminada su labor, sin mirarme dijo:

Hasta mañana.

Y se alejó, dando pasitos muy cortos, con las piernas muy juntas, como siempre hacía.

Cuando me volví hacia mi secretaria ella me seguía mirando fijamente por encima de las gafas, con la misma pícara expresión que antes. Apoyaba un bolígrafo en sus labios y sus piernas cruzadas se exhibían generosamente. Las descruzó lentamente, y las dejó quizá demasiado separadas, sin dejar ver nada, pero atrayendo mi vista hacia allí.

¿Qué? ¿Empezamos?- dijo.

No estuve muy seguro de a que se refería, pero tomé nota mental en mi cerebro de su actitud y escuché sus recados. Poco a poco retomé el quehacer diario y olvidé aquel contacto.

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