Tomé un respiro. Lo malo que tenía aquel informe no era todo
lo que tenía que escribir (ya llevaba 30 folios). Era peor todo lo que tenía que
leer. Tras cuatro horas de voraz lectura, tomando notas frenéticamente, y
consciente de todo lo que me quedaba por leer y escribir me froté los ojos y me
eché hacia atrás apoyando la espalda en el respaldo del sillón giratorio del
despacho, cerrando los ojos para tomar un respiro de unos minutos.
Con los ojos cerrados no pensé en nada. Solamente dejé
descansar mis ojos. Aún con estos cerrados me parecía estar viendo mi despacho.
Amplio, escasa, pero elegantemente amueblado. Me parecía ver la puerta abierta,
por la que me llegaban los ruidos de las impresoras, de las conversaciones, de
la intensa actividad de la consultoría. Más a la derecha una elegante librería,
desde la que una tremenda pantalla plana me estaba dando imágenes sin voz de 4
cadenas distintas de noticias a la vez. Más a la derecha aún, en el rincón
estaba la papelera y un enorme macetero con una enorme planta. Desde allí me
llegó el sonido que me devolvió a la realidad.
Entreabrí los ojos. Con los ojos casi cerrados mal veía, pero
una corta línea blanca horizontal recabó toda mi atención (la poca que aún
reservaba para el exterior en aquel momento de descanso). Extrañamente, al
contrario que unos segundos antes, en que veía mi despacho con los ojos
cerrados, en aquel momento, aún con los ojos abiertos, solamente veía aquel
corto segmento horizontal blanco, como si aquella delgada línea fuera todo el
mundo que existía fuera de mí.
Poco a poco, fui recobrando plenamente mis sentidos. El campo
de mi visión se amplió un poco. Percibí a ambos extremos de aquel segmento
horizontal dos líneas casi verticales que en contacto con aquel lo delimitaban.
Bueno, no eran verticales. En realidad eran ligeramente divergentes, separándose
un poco a medida que ascendían. Hacia abajo permanecían casi paralelas,
desapareciendo rápidamente.
Aún tuve que abrir un poco más el plano para darme cuenta de
que era lo que estaba mirando. Y en ese momento mi visión dejó de ampliar el
campo, centrándose en mi reciente descubrimiento. Estaba mirando un culo. Un
magnífico trasero. Sobre la tensa tela de un pijama blanco se marcaban las gomas
laterales y la costura inferior de unas pequeñas bragas.
Retuve mi atención sobre aquel reciente descubrimiento.
Definitivamente era un buen culo.
Una vez examinado aquel estupendo trasero curioseé sobre su
posible propietaria. Era la señora de la limpieza. Trasteaba en la planta, una
inmensa formación de bambú, y agachada como estaba me ofrecía aquel magnífico
panorama.
Se llama Amelia. Está muy buena. Tendrá poco más de 30 años.
Rubia de bote, permanentada. La tez muy clara. Largas piernas y pechos discretos
pero notables en forma y tamaño. El pijama de la empresa de limpieza para la que
trabaja oculta un poco sus formas, pero la había visto un par de veces vestida
de calle, y sabía que era un verdadero cañón de mujer.
A pesar de esto puedo decir que no recuerdo haber cruzado con
ella una sola palabra más allá de los meros formulismos sociales de saludo y
despedida.
Estuvo un rato cortando ramas en mal estado regando y
acicalando el bambú, y dejando que me recreara con aquel trasero recién
descubierto. Después de un rato intentó mover la planta.
Estaba claro que no podría. La maceta era un gran cubo
transparente, relleno de piedras y agua, sin apenas tierra.
¿Te ayudo?
Respingó sobresaltada.
Perdón. Le he visto descansando y no he querido
molestar.
Perdóname tú a mí. Te he asustado. ¿Te ayudo?
Estoy intentando pegarla un poco más a la pared. Aquí
le da el aire acondicionado. Y no le sienta bien.- había vuelto a intentar
empujar la maceta. Hablaba conmigo mientras volvía a ofrecerme su trasero.
Eso pesa demasiado para ti. Espera que te ayudo.
Ella siguió empujando, y yo me levanté sin dejar de mirar
aquel precioso panorama. Cuanta más fuerza hacía más se le tensaban los glúteos,
y más me atraía aquel espectáculo. Las líneas blancas de sus bragas brasileñas
se retorcían ligeramente con los esfuerzos de sus músculos.
Continuaba hablando con aquella aguda vocecilla, mientras sus
jadeos daban muestra de sus inútiles pero intensos esfuerzos.
Además … es que me daaaa…. miedo … que al moverlo …
uuuuhhhmmm … se quiebre la planta. Tiene tan poco sustrato … y tan poca …
raíz …
Levantado ahora, acercándome despacio a ella, me recreé en la
continuación de aquella preciosidad de trasero por sus caderas. El pijama
holgado colgaba delante de ella, que seguía flexionada, con lo que se ajustaba a
su espalda estrecha, y dibujaba también las formas de su sujetador. En el
extremo de aquella espalda, la llama de su cabello se agitaba con cada uno de
los baldíos esfuerzos que hacía para mover el macetero. Demasiados kilos para un
cuerpecito tan pequeño… y tan bien hecho.
Puedo intentar empujarlo mientras tú sujetas la base de
la planta.
Pero no se moleste, por favor.- dijo incorporándose y
volviéndose hacia mí.
¿Que molestia? Tú sola no podrás. Y así me despejo un
poco.
Ambos nos quedamos un momento callados, examinándonos. Pude
apreciar así lo delicado de su figura. Tenía de todo lo que debe tener una
mujer. Pero lejos de las exhuberancias que pretenden los actuales cánones de
belleza, ella era una decidida opción por la elegancia, la proporción y la
armonía. Especialmente me llamó la atención las cuidadas manos, inesperadas
teniendo en cuenta su trabajo. Y la palidez casi enfermiza de su piel terminaba
de darle un toque "áureo", casi angelical. Los ojos, y en eso si era la primera
vez que me fijaba, eran castaños, pero tan claros que parecían también dorados.
Una verdadera preciosidad.
Yo por mi parte estoy ya muy lejos del cuerpo apolíneo de mi
juventud. Sigo haciendo deporte y manteniendo el tono, pero los litros de
cerveza que han metabolizado mis riñones han tenido como consecuencia un, aún
ligero, pero ya inocultable "abultamiento abdominal". Quiero decir que a pesar
del deporte, la barriguita cervecera ya solo merece tal apelativo por el cariño
que le tengo (después de todo es mía), que de otro modo habría perdido para
denominarse simplemente barriga, sin diminutivo. Aún así no estoy mal del todo.
Su cara no emitió ninguna opinión en este sentido. Ni bien,
ni mal. Me observaba también, me medía, pero de modo mucho más discreto al que
empleaba yo. Sonreía dulcemente, en una expresión que podía ser desde inocencia
hasta suficiencia, pasando por el más absoluto vicio. Comprenderéis que con este
abanico de posibilidades, yo no me hiciera ninguna ilusión. Pero del mismo modo
comprenderéis que no descartara ninguna posibilidad.
Pasados esos segundos ella volvió a hablar:
¡Que apuro! Haberle molestado …
Estoy encantado de ayudarte. Sujeta la planta que yo
empujo el macetero.
Había más formas de hacer aquello, pero elegí la que creí más
de acuerdo con mis intenciones. Adelante un brazo por cada lado de sus pierna,
y, muy agachado para aprovechar la fuerza de todos mis músculos, apoyé las manos
en el borde superior del macetero. Ella me miró, y rápidamente adoptó su
posición. Con el tronco flexionado, cogió con ambas manos la base de la planta.
¿Resultado?: su trasero de nuevo invitaba a ser admirado, pero esta vez a
escasísimos centímetros de mis ojos.
De nuevo mi mundo se redujo a aquella línea horizontal.
Incluso, por debajo de su discreto perfume, percibía su tenue olor a hembra (al
recordar aquel olor lamento haber vuelto a fumar).
- A la de tres empiezo a empujar.- ella se flexionó aún más,
preparándose, con lo que me acercó más el trasero- Una, dos y tres.
Aquello pesaba como su puta madre. Pero cualquiera se rajaba
en aquel momento. Con la vista fija en la línea horizontal, apreté los dientes,
y muy lentamente, con gran esfuerzo, el macetero comenzó a moverse. Despacio,
pero constantemente el macetero se movía, y mis músculos y mi cuerpo se
acompasaron con aquel lento movimiento. Por ello, cuando una junta entre
baldosas detuvo el lento movimiento del macetero, mi cuerpo siguió moviéndose un
instante hacia delante, con el inevitable resultado de que hundí mi nariz en su
trasero.
Aunque fue solamente un instante, me permití adelantar la
barbilla, buscando un contacto más estrecho y aún más íntimo. Pero ella respingó
al notar mi cara en su culo, con lo que deshizo el contacto.
Me retiré y cuando iba a musitar una disculpa observé que
volvía a prepararse para mover el macetero, recuperando la posición, así que me
guardé las excusas y volví a contar:
Una, dos y tres.
La carga, lentamente, volvió a moverse, para volver a topar
enseguida, y esta vez ya con la pared. Mi cuerpo volvió a dejarse llevar por la
inercia. Nunca he empleado mejor este término: dejarse llevar. Podía haberlo
evitado, ahora que estaba preparado, pero volví a hundir mi nariz en su trasero.
Ella esta vez no respingó. Solo cedió un poco hacia delante al notarme, pero en
seguido recuperó la posición, a pesar de que ya no había nada que empujar
(Bueno, eso creía ella).
Cuando la noté volver despacio a la misma posición, pegándose
a mi cara de nuevo, me decidí a todo. Aún así le di una oportunidad más. Con mi
nariz allí metida sacudí un poco la cabeza, como si negara levemente. Del mismo
modo que yo noté como se agitaban sus nalgas, ella debió ser perfectamente
consciente de mi cara en su trasero, pero no varió su posición, salvo para
echarlo aún un poco más atrás, perfeccionando el contacto. Decididamente
adelanté la barbilla, y apoyando mis labios en su sexo, por encima de la ropa
besé levemente unas cuantas veces.
Cuando abrió un poco las piernas, facilitándome el contacto,
dejó de existir la posibilidad de retirarme. Y me lancé a fondo.
Mis manos fueron a sus muslos, permaneciendo allí unos
segundos mientras mi boca hurgaba en sus secretos. Besaba, y tironeaba del
tejido de su holgado pantalón, notando las tensas gomas de sus bragas un poco
más allá.
Y desde aquellos muslos mis manos subieron a sus ingles,
donde se detuvieron unos segundos. Mis labios comenzaron a subir despacio.
Recorrí con ellos el cauce entre sus nalgas, por encima del tejido, para
continuar besando sobre la tela todas y cada una de sus vértebras, mientras
dejaba a mis dedos jugar en el pliegue de sus ingles.
Al llegar con mis besos cerca de su cuello necesité una mano
en su nuca para retirar el cabello. La subí, y aproveché para retirar la otra,
que subió pegada a su piel, por debajo de la camisola, hasta detenerse en sus
tetas, que acaricié por encima de un sujetador sin tirantes, a través del que
apenas notaba la confortable calidez de sus senos.
Ahora fueron sus manos las que se movieron. Como si hubiera
oído mi pensamiento, y por detrás de su espalda desabrochó el sostén, que,
rodando por el interior de su camisola, cayó a sus pies. Sus tetas, pequeñas,
más que colgar, flotaban ingrávidas. En aquel momento deseé tener ojos en las
palmas de mis manos, como única manera de ver aquellos pechos que adivinaba, al
tacto, perfectos.
Ahora aplicaba mis dos manos, en dos perfectos 1 contra 1,
mientras seguía besándole el cuello. Mis dedos buscaban sus pezones, que percibí
bien hinchados. La areola debía haber desaparecido, si es que existía, y las
yemas de mis dedos pasaban de acariciar levemente la piel tibia y suave de sus
senos a comprobar la áspera rugosidad de la erección de sus pezones. Ella había
girado la cabeza, buscando con su boca la mía. Mantenía una mano en mi trasero,
empujándome hacia ella, mientras con la otra encontró mi nuca para guiar mis
labios hasta los suyos.
A pesar de la blanda humedad de su boca el beso fue
eléctrico. Sentí como si todos mis sentidos hubieran estallado en aquel contacto
de nuestros labios y nuestras lenguas. El sonido de su respiración profunda. El
tacto blando y húmedo de su boca. La visión cercana de su piel pálida. El olor
fuerte del sexo desencadenado bajo su suave perfume. El sabor dulce y metálico
de su saliva.
Deshizo la incómoda postura de aquel beso, y mis labios se
concentraron de nuevo en su cuello y en el lóbulo de la oreja que me ofrecía.
Una de mis manos bajó por su vientre, y posé mi mano en su entrepierna.
Presionando suavemente, la apreté contra mí, a la vez que iniciaba en su sexo un
masaje estático, solo aumentando o disminuyendo la presión de mi mano sobre su
pubis. Su vientre estaba muy caliente, su regazo casi febril, pero su
respiración profunda me exigía que siguiera.
Subí la mano a su barriga, ya contactando con su piel. La
piel tibia de su vientre contrastaba con el fuego que percibía conforme me
acercaba a la blanda goma de su pantalón. Vencí su escasa resistencia, y seguí
bajando en aquel horno, tocando ya la suavidad ardiente del nylon de sus
pequeñas bragas.
Aún bajé más, dibujando sobre el tejido los pliegues de su
vulva. Ella se estremeció, y retiré mi mano hacia el costado, donde recorrí la
goma de sus brasileñas por sus caderas. Finalmente llegué a su trasero. Lo noté
extrañamente frío, pero aún así acogedor. Y amasé y sopesé sus nalgas,
separándolas y juntándolas. La estrecha franja de tela en su culo casi
desapareció entre sus carnes.
Pero me molestaba su pantalón. Sin tener muy claro si iba a
oponerse me separé un poco de ella, metí los dedos de ambas manos por debajo de
la goma de su pantalón y empujé despacio, bajándoselo. No sólo no se resistió,
sino que se contoneó levemente para ayudarme a quitárselo. Solamente acompañé el
movimiento hasta las rodillas, desde donde cayeron por gravedad, pero fue
suficiente para que mi cara volviera a quedar junto a aquel blanco, reluciente
culo. Volví a acuclillarme y apoyando mis manos en sus nalgas volví a dedicar
mis besuqueos a su trasero.
La inicial frescura se tornó de nuevo calor, más cuanto más
se acercaban mis besos al cauce que separaba sus glúteos. Ella mantenía la misma
postura, ofreciéndome el culo mientras se acariciaba los pechos bajo la
camisola. Yo separaba sus nalgas con mis manos, facilitando que mis labios y mi
lengua hurgaran cada vez más profundamente en su intimidad. El intenso olor era
delicioso. A sexo, a hembra, a intimidad.
La tela de sus bragas empezaba a sobrarme. Pero fue ella
impaciente la que comenzó a bajárselas. Solo un poco. Lo justo para hacerme ver
que quería llegar más lejos. Fui yo quien separándome un poco se las terminé de
bajar hasta los tobillos. No sé porqué había esperado una espesa mata de vello
negro allí abajo. En lugar de eso descubrí un sexo completamente rasurado, y un
estrecho penacho de vello rubio en el pubis. Me resistí a comérmelo
directamente. Preferí verlo bien antes, mientras dejaba que mis dedos lo
acariciaran. Tironeé suavemente del rubio penacho púbico, pellizqué los
abultados labios exteriores, recorrí la humedad de su gruta. Luego dejé una mano
jugando con su clítoris, y con la otra busqué su ano, comenzando a masajeárselo.
Presionaba suavemente en su esfínter, para retirar en seguida el dedo a masajear
dulcemente el exterior. Luego volvía a su esfínter, encontrándolo más relajado
que cuando lo dejé.
Desde lejos observaba como su fruncido agujerito cada vez era
menos fruncido, y menos agujerito. Poco a poco se relajaba y agrandaba. Cuando
cedió a la presión de mi dedo, dejándolo entrar, lo sustituí por mi lengua, que
redobló los masajes desde dentro y desde fuera, mientras mis dedos exploraban su
vagina, cada vez más adentro, y sin abandonar nunca su clítoris.
Muy bajito, casi como silbando, dijo:
¡¡¡Vamos!!! ¡¡¡Ahora!!!
Comprenderéis que entendiera a la perfección, y, que como
buen caballero que soy, no hiciera esperar a la dama. Me incorporé, me abrí la
bragueta y, no sin dificultad a causa de la erección, me saqué la poya. Ella se
volvió un poco, para verla, y me la cogió, tirando suavemente de ella hacia su
sexo. Se pasó la punta por toda su raja un par de veces. Luego la encaró a su
sexo y inclinándose aún un poco más apoyó sus manos en la pared que tenía
enfrente.
Empujé despacio. Notaba un espacio grande y lubricado, pero
que conseguía rellenar completamente. Era acogedor. Húmedo y caliente, lo
bastante grande para entrar en ella sin dificultad, pero lo bastante ajustado
para notar cada milímetro que profundizaba en su sexo. Llevé una de mis manos a
sus tetas. La otra se centraba en su pubis.
Un ruido a mis espaldas reclamó mi atención. Volví la cabeza,
pero sólo acerté a ver el vuelo de una falda de cuadros tipo escocesa, de mi
secretaria saliendo. No sé si nos vio o no. Pero ya daba igual. Volví a
centrarme en lo que estaba haciendo.
Empecé a moverme muy despacio. Amelia dejó escapar unos
gemidos en voz muy baja. Pero yo estaba decidido a que aquello no fuera un
polvete más. Quería que no lo olvidara nunca, y sabía como hacerlo. Palpé con mi
pulgar en su ano, notando que empezaba a fruncirse de nuevo. Sin dejar de
moverme dentro de ella, sin dejar de acariciar su sexo, reinicié las caricias y
la ligera presión sobre su esfínter. En seguida volvió a dilatarse. Más rápido
que antes, más relajada que antes. En sólo unos segundos mi pulgar entró en su
culo sin empujar demasiado.
Me retiré despacio, sacándosela completamente. Ayudándome con
ambas manos apoyé la punta de mi poya en su ano y presioné ligeramente.
No.- musitó, pero no cambió para nada su posición.
Solamente un leve respingo para volver a la anterior posición enseguida.
Sin embargo repitió.- No.
Shhhhhhhhhh.
Fue suficiente para tranquilizarla, junto con una disminución
de la presión de mi rabo. Mis manos volvieron a su sitio, en su sexo y en sus
tetas. Poco a poco recobró la calma y volvió a concentrarse en su placer.
Mi mano en su sexo estaba empapada. Su coño era un río por el
que manaban sus flujos, llegando a gotear. Mi poya, dura como una roca, seguía
apoyada en su esfínter, y volví a presionar suavemente, sin forzar, pero
manteniendo la presión. Empujar y ceder. Empujar un poco más que antes y ceder.
Yo aumentaba poco a poco la presión en su trasero. Cada golpe
de riñón era un poco más intenso que el anterior. Sin atosigar, pero sin ceder.
Ella, cada vez más confiada, se acompasó con mis movimientos, y empujaba hacia
atrás a la vez que yo empujaba hacia delante. Notaba como cada vez llegábamos
más lejos, haciendo que mi glande se asomara cada vez un poco más en su
interior. Escupí un par de veces sobre la unión de nuestras carnes. Mi saliva se
repartió, con la ayuda de mi glande.
Cuando noté que aquello era posible contuve mis emboladas
unas cuantas veces, disminuyendo la presión. Cuando noté que ella llevaba su
trasero más atrás, buscando la misma intensidad en el contacto que estábamos
logrando, ví que había llegado el momento. Me preparé, y de una embolada seca,
rápida y despiadada se la introduje. Contuve el recorrido, para comprobar su
reacción, con lo que solo le metí el capullo.
Amelia respingó de nuevo. Vi como llevaba una mano a su boca,
supuse que para morderla, y como la otra bajaba rápidamente hasta mi vientre,
como si fuera a poder contenerme si seguía empujando.
Nooo. Por favor. Nooo.
Shhhhh. Tranquila. Cuidaré de ti. Te gustará. Relájate.
Ibas muy bien.
Noté que su respiración se aceleraba, como si se sobrepusiera
a un miedo terrible, pero su mano se retiró de mi vientre y volvió a la pared. A
pesar de que su otra mano seguía en su boca, me pareció que aquello era una
autorización, así que volví a lo mío.
Mis movimientos eran ahora muy suaves. Al principio ni
intentaba llegar más adentro. Me limitaba a presionar y tirar levemente, sin
moverla apenas, mientras mis manos redoblaban las caricias en su sexo y en sus
pechos. En seguida noté como su esfínter cedía aún un poco más y fui ampliando
el recorrido del movimiento de mis caderas. Notaba como cada empujón me abría
paso un poco más profundamente que el anterior de manera apenas perceptible. La
humedad de su sexo, el ritmo de su respiración me decía que ya no le dolía. Sus
gemidos ahogados me excitaban y me animaban a seguir.
Antes de darme cuenta, mi vientre topaba ya con sus glúteos,
con toda mi poya metida en su culo. Aún así mis movimientos seguían siendo
suaves. Empecé a alargar el recorrido. Sacaba media poya, recreándome en la
visión de su esfínter estirado siguiendo el movimiento de retirada, para llegar
de nuevo a la máxima penetración.
Y entretenido en esto como estaba me sorprendió cuando el
estremecimiento de su cuerpo, y la ligera contracción de su ano me anunciaron
que ella ya había estallado. Su coño era ya una inundación, que se mantuvo
mientras unas ligeras convulsiones alargaban su placer. Pero yo seguía teniendo
trabajo.
Desafiado por la involuntaria contracción de su ano aumenté
aún más la amplitud de mis movimientos. Casi se la sacaba del todo, para
inmediatamente empujar hasta que mi vientre golpeaba en sus nalgas. Ella no se
quejaba. La mano de su boca bajó a su vientre y sustituyó a la mía en las
caricias en su clítoris. Me sentí liberado para agarrar sus caderas y acompañar
y reforzar sus embestidas sobre mi rabo. Casi de inmediato, mi poya empezó a
salir cada vez, para volver a entrar impetuosamente.
Las caricias que ella se daba ganaron en intensidad. Volvía a
estar de nuevo preparada. Por ello, cuando ya estuve listo, acompañé el que supe
que sería mi último movimiento con aún más energía. Mi estallido, bien dentro de
su cuerpo, coincidió con un nuevo estremecimiento por su parte. Mi rugido
silencioso, coincidió con sus gemidos desmayados, y con sus nuevas convulsiones.
No recuerdo, ni antes ni después, una corrida como aquella.
Las sacudidas de mi rabo duraron un buen rato, en el que no dejé de expulsar en
su interior abundantes chorros de mis fluidos.
Cuando me vacié volví a besarle el cuello. La presión de su
esfínter mantuvo unos segundos una buena erección. Aún así, empecé a retirarme
despacio, mientras que con una de mis manos le acariciaba la zona de alrededor
para facilitar la salida. Un "plop" me anunció que ya estaba completamente
fuera. No pude evitar volver a agacharme a mirarle el trasero, con la excusa de
besárselo también. Aquel fruncido agujero que recordaba de las caricias
iniciales había sido sustituido por una cueva, ancha y profunda, por cuyos
bordes enrojecidos empezaban a salir espesos regueros blancos y pastosos. Me
recreé en esa visión unos segundos, y enseguida un deseo me asaltó. Pringada
como estaba, sentía que necesitaba subirle las bragas y los pantalones. Y lo
hice, sin que ella se quejara.
Aún me entretuve, sin dejar de besar sus nalgas, en guardarme
el ya flácido miembro, dejando así que la cantidad de fluido que su trasero
expulsaba fuera mayor.
Cuando le subí las exiguas bragas brasileñas, el reguero le
llegaba a medio muslo. Si le dolió cuando el tejido volvió a cubrir su maltrecho
culo, no lo manifestó ni con palabras ni con movimientos. Sentí despedirme de
aquella visión al subirle el pantalón, y recoger su sujetador del suelo, donde
aún seguía..
Ella se volvió y me miró sonriendo. Su sonrisa, a pesar de la
mueca que le pintaba el dolor que ahora sí, debía sentir, era franca. Nos
abrazamos y nos besamos. Cuando deshicimos el abrazo ella recogió los trastos de
las plantas y se dirigió al ventanal, a arreglar las que allí había.
Si se dio cuenta de que yo tenía su sujetador no lo dejó ver,
así que me lo guardé en el bolsillo y volví a mi sillón.
Al sentarme, por la puerta, me enfrenté con la mirada de mi
secretaria a través de la puerta, que había permanecido en todo momento abierta.
Me miraba por encima de las gafas con una expresión divertida. En ese momento
supe que nos había visto en plena faena. Se levantó y se acercó caminando, dando
a su falda escocesa más vuelo del necesario.
Iba hablando ya desde el momento que entró.
Te ha llamado …
Un gesto mío la hizo callar, pero le indiqué que se sentara.
Lo hizo en la silla que utilizaba siempre. Cuando estuvo allí sentada me recreé
en la visión de Amelia, mientras arreglaba las plantas que decoraban el
ventanal. Al trasluz, el pijama de la limpieza dejaba ver la perfección de su
figura. Los breves pechos, la estrecha cintura, las caderas exactas. En el
interior de sus muslos el pantalón parecía haberse pegado. Así estuve un buen
rato, hasta que terminada su labor, sin mirarme dijo:
Hasta mañana.
Y se alejó, dando pasitos muy cortos, con las piernas muy
juntas, como siempre hacía.
Cuando me volví hacia mi secretaria ella me seguía mirando
fijamente por encima de las gafas, con la misma pícara expresión que antes.
Apoyaba un bolígrafo en sus labios y sus piernas cruzadas se exhibían
generosamente. Las descruzó lentamente, y las dejó quizá demasiado separadas,
sin dejar ver nada, pero atrayendo mi vista hacia allí.
¿Qué? ¿Empezamos?- dijo.
No estuve muy seguro de a que se refería, pero tomé nota
mental en mi cerebro de su actitud y escuché sus recados. Poco a poco retomé el
quehacer diario y olvidé aquel contacto.