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- ¿Cómo te va con tu
nuevo compañero de piso? Me decía Alberto mientras me llevaba a tu casa en
coche.
- Muy bien, Carlos es un
chico muy simpático.
No hacía ni dos semanas que
vivía contigo. La relación entre Alberto y yo cada vez era más intensa, el
carácter de Alberto me abrumaba, tan seguro de si mismo, siempre sabía qué hacer
y decir, me dejaba sin argumentos y doblegaba mi voluntad sin esfuerzos, eso me
mantenía en un estado de excitación continua.
Ya habíamos llegado, Alberto
paró el coche y empezó a desabrocharse el pantalón.
Me incliné hacia él y con mi
mano empecé a sobar el bulto que había bajo el pantalón, pero Alberto retiró mi
mano.
Terminó de bajarse la cremallera
y se la sacó, llevó la mano hacia mi nuca y la empujó hasta que mis labios
rozaron la punta de su pene.
- Bésala.
Y eso hice, su mano seguía
presionando tras la nuca y tras besarla empecé a deslizar mi lengua lentamente.
Sentí como su otra mano subía
por entre mis muslos, subiendo mi falda, hizo a un lado la tira del tanga y su
dedo empezó a jugar con la entrada de mi ano.
Presionó mi nuca hasta que
engullí por completo su polla, a la vez que introducía su dedo en mi culo.
- Esta noche vas a
tirarte a tu compañero Carlos y yo voy a verlo. Harás lo siguiente…
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Aquella noche, ya en tu piso,
temblaba bajo la manta y no por el frío.
Sabía lo que tenia que hacer y
eso me excitaba y aterraba al mismo tiempo. Tú estabas ahí al lado, dormido
seguramente. Sentí de nuevo la llama que me había consumido tantas otras
ocasiones, la última vez hacía apenas una hora en el coche de Alberto. Ahora se
apoderaba del control de mi cuerpo vibrando y pulsando en las ingles hasta que
creí que moriría si no podía obtener más esa misma noche.
De un sólo movimiento me destapé
y me erguí en la cama...-Vamos Silvia, no lo pienses más- me levanté y dirigí
mis pies descalzos a tu dormitorio, cuya puerta estaba entreabierta.
Encendí el ordenador, mirando
con cuidado que no despertaras aún y accedí a mi cuenta de contactos. Tal como
esperaba ahí estaba Alberto, esperándome.
Conecté la cámara, encendí el
flexo que había sobre el escritorio y empecé a desnudarme, primero me quité la
camiseta, luego me bajé los pantalones y me quedé inmóvil ante el ordenador.
Se abrió una ventana en la
pantalla:
Alberto: Perfecto, ahora bájate
las bragas, ve hacia la cama y enciende también la luz de la mesita de noche, no
quiero perder detalle.
Me despojé de mis braguitas
percibiendo el olor a sexo húmedo que desprendían. Me acerqué a la cama y
encendí la luz, abriste los ojos y me miraste sorprendido. Antes de que dijeras
nada me llevé un dedo a los labios, haciendo el gesto de que guardaras silencio.
Aparté las sábanas y me subí a la cama, colocándome a horcajadas sobre ti,
dándote la espalda.
Cogí tus manos, comencé a
moverlas en círculos sobre mis pechos, deslicé mi mano derecha hacia abajo
llevándome la tuya conmigo, abrí un poco más las piernas para que tu mano y la
mía se perdieran entre mis muslos. Introduje un dedo, luego tú otro, nuestros
dedos bañados en mi excitación jugaban entre mi hendidura y pliegues. Me llevé
los dedos a la boca y los succioné lascivamente para Alberto, que nos observaba
desde su ordenador a través de la pequeña cámara que había sobre el monitor.
Me incliné hacia delante y eché
mis caderas hacia atrás, quedando mi cara justo donde quería, frente a tu
abultado miembro.
Empecé a acariciarlo sobre la
tela del pantalón, presionándolo, entretanto tú acariciabas firmemente mis
nalgas. Bajé el pantalón y tu poderosa verga se alzó desafiante ante mi,
acaricié tus piernas, el interior de tus muslos, agarré tú polla con la mano y
lamí tus huevos introduciéndolos en mi boca, tirando suavemente, deslicé mi
lengua por todo el tronco varias veces, sin llegar al glande, finalmente al
llegar a la punta dejé caer un pequeño reguero de saliva sobre ella y me la metí
entera. Gemías y tu aliento acariciaba la humedad de mi sexo haciendo que me
excitara aún más.
Instintivamente mis ojos se
dirigían una y otra vez hacía donde estaba la cámara, mientras mis labios
recorrían cada centímetro de carne en un suave compás que fue aumentando
paulatinamente, tu pasabas la lengua por mis muslos, rozando las ingles,
acercándote inminentemente a mi sexo.
Sentía como tu miembro palpitaba
en respuesta a los mimos que le brindaban mi lengua, a la vez que la tuya me
hacía estremecer, recorriendo mi clítoris y adentrándose en mi coño
incansablemente.
No dejaba de recordar que
Alberto me miraba desde su casa, me excitaba sobremanera sentirme observada, lo
imaginaba sentado, excitado, deseándome, mientras yo sólo deseaba ser follada
sin descanso.
Nuevamente me erguí adelantando
mis caderas, sujeté tu polla con firmeza colocándola en la entrada de mi
lubricado sexo, Al principio penetró sin problemas, pero entonces noté cierta
resistencia, un estrechamiento, sin ningún reparo dejé caer el peso de mi cuerpo
sobre tu erecto miembro, clavándomelo hasta el fondo.
El dolor inicial fue remitiendo,
dando paso a un placer cada vez mayor, movía mis caderas hacia arriba y abajo.
Mis gemidos se intercalaban entre jadeos. Situaste tus manos sobre mis caderas,
cada empujón era como un fogonazo de luz en mi mente y el placer nublaba mis
sentidos.
Noté como te corrías dentro de
mí, inundándome, mi gozo fue aumentando hasta llegar a niveles que ignoraba que
existieran hasta ese día.
Me dejé caer sobre la cama,
exhausta, aturdida, feliz. Te miré y entreabriste los labios para musitar:
- Joder…joder…ha sido
increíble…
- Si, lo ha sido -
Respondí con una sonrisa.
Te besé, apagué la luz de la
mesita y saliendo de la cama te di las buenas noches.
Fui al escritorio para apagar
aquella la luz del flexo y el ordenador.
En la pantalla la ventana de
Alberto parpadeaba:
Alberto: Has estado
muy bien. Dentro de una hora paso a por ti para follarte, pero como a una
perra.
Quizás debería haberme sentido
ofendida, pero aquello me gustaba y me excitaba más que nada. ¿Por qué debía
avergonzarme?
Alberto me llevó a su casa, me
desnudó y de espaldas, sujetándome del pelo, me obligó a mirarlo, el calor se
expandió nuevamente dentro de mí dejando como epicentro mi sexo.
Con los pechos aplastados sobre
el escritorio y la mirada fija en la puerta de la habitación Alberto me folló
como a una perra, tal como había dicho, sin caricias, ni susurros, ni besos,
nada.
Sus manos en mis caderas, todo
fue tan rápido e inesperado y sin embargo tan placentero.
Te cuento todo esto porque desde
entonces tú y yo hemos compartido numerosos e intensos orgasmos, también los he
compartido con Alberto; ahora me gustaría compartirlos con los dos juntos.
Alberto está de acuerdo, sólo falta que tú quieras, Carlos… ¿qué me dices? A mi
me apetece más.