El auto subía despacio por las curvas y la oscuridad. La
música del radio sonaba como un leve fondo que arrullaba los oídos.
La mano de él del volante a la palanca de cambios
metódicamente, sin prisas ni sorpresas.
Una mirada de reojo y sus grandes pechos aprisionados por una
suave blusa, remarcados por cinturón de seguridad le estremecieron el alma. Su
mano varió la ruta y pasó de la palanca de cambios a su rodilla.
La suave tela del pantalón le permitía sentir el calor de su
piel, y pronto buscó acariciar suavemente sus muslos. Ella se colocó de lado y
miró su cara con una barba apenas incipiente, con sus dedos y uñas le acarició
la mejilla, bajó siguiendo el contorno de su mandíbula hasta el cuello… era un
juego aprendido.
Ella desabrochó dos de los botones de la camisa de él y se
metieron para acariciar su varonil pecho. Sus uñas juguetearon con su pezón
hasta ponerlo duro y juguetearon entre los pelos de alrededor de él.
La mano derecha de él dejó su muslo y tomó el volante, la
izquierda se cruzó sobre su cuerpo y acarició aquel antebrazo dueño de la mano
que lo estaba excitando.
El agarró del cenicero de su carro un chocolate y lo intentó
abrir. Ella solícita ayudó en la maniobra, pero en vez de dárselo directamente a
la boca lo dejó aprisionado en su mano hasta derretirlo, y luego le ofreció a él
su palma untada del delicioso dulce para ser lamida.
La lengua de él se deslizó por la palma de su mano, recogió
el dulce que había en ella, llegó hasta la base de sus dedos y comenzó a
recorrerlos uno a uno pasando su lengua como pensaba hacerlo por el resto de su
cuerpo. Los dedos de ella penetraban la boca de él y eran engullidos y lamidos a
placer.
Las luces del hotel les indicaron que debían posponer un
momento el juego, se registraron y buscaron la cabaña elegida.
El clima era frío, la noche clara.
Mientras ella entraba al baño para arreglarse él preparó
todo: encendió la chimenea, prendió unas cuantas velas, tiró al suelo el amplió
cubrecamas y abrió la botella de vino tinto.
Ella salió caminando despacio, disfrutando con su mirada el
nido preparado por él, se quitó sus zapatos de tacón con lentitud, sabiendo como
él disfrutaba observar como sus pies iban quedando desnudos. Se sentó en la
cama, con los pies reposando en la otra cama y esperó. Apenas unos segundos
después comenzó a sentir el roce de la lengua de él jugando con sus pies,
lamiéndolos como una gato, suavemente, sin mordiscos o chupetones que pudieran
desviar las sensaciones.
Las manos de él subieron por sus pantorrillas y muslos y se
agarraron de sus caderas. Su boca se hundió en su entrepierna, aún cubierta por
el pantalón y la ropa interior. El broche y cremallera del pantalón cedieron
pronto y él comenzó a desnudarla: desnudó su cadera y la besó, desnudó sus
muslos y los besó, llegó a sus pantorrillas y se deleitó chupando.
Pronto estaban ambos en ropa interior sobre el suelo cubierto
por la ropa de cama. La chimenea proyectaba la sombra de sus cuerpos en la pared
mientras por la ventana la luna era testigo muda de sus caricias.
Tomaban pequeños sorbos de vino y sin tomárselo todo se
prodigaban lúbricos besos que hacían que el vino cayera sobre sus cuerpos, sólo
para ser lamidos al instante mutuamente y con paciencia, disfrutándose.
Los grandes pechos de ella, morenos henchidos de excitación
pronto quedaron desnudos, y él comenzó a pasar su barba sobre ellos. Suavemente
el roce de ese vello facial, más duro que el del resto del cuerpo, erizó los
pezones de ella al punto necesario para ser chupados por la ávida boca del
varón.
Sus manos estrujaban esos cantaros de placer y besaban toda
esa carne deliciosa, metía su cara entre ellos y pasaba su lengua en el oscuro
canal de esos cerros de piel. Poco a poco la recostó y se situó entre sus
piernas, la erección era notable dentro de su boxer. Comenzó a restregar su
entrepierna contra la de ella, deseando penetrarla a través de la ropa interior
de ambos.
Ella se tomaba de su ancha espalda con fuerza, pasaba sus
uñas por ellas, se agarraba del trasero de su amante y lo empujaba hacia ella
mientras levantaba su propia cadera para hacer más fuerte el roce.
Él la volteó poco a poco y contempló su deliciosa espalda. La
lengua comenzó a bajar desde su nuca, pasó por sus hombros, la línea de su
columna y llegó a sus grandes nalgas. Las tomó con fuerza con sus manos y raspó
con su barba el canal entre ellas.
Su lengua y boca pronto se apoderaron de esa carne tan
deseada, mientras sus dedos retiraban la breve tira de su tanga para acariciar,
por fin, la suave oquedad de su sexo.
Él le abrió las piernas con sus manos y ella arqueó su
espalda levantando su trasero para que su hombre, desde atrás, tuviera acceso
con su lengua a la entrada de su vagina. El sabor de su amada le llegó al
paladar como el néctar más dulce de la tierra y lamió y lamió hasta quedar sin
aliento. Sin quitarla de esa posición colocó su pene entre las nalgas de ella y
recostó su cuerpo enteró sobre su amada. Los movimientos de su trasero y los de
su cadera se acompasaron al ritmo suave y cadencioso de quienes quieren alargar
el momento.
Pronto cambiaron de posición. Él se hincó sobre el lecho
creado y se sentó sobre sus talones, ella lo montó de frente y se penetró
lentamente. Las manos él en sus caderas la movían con lentitud, manteniendo el
pene lo más adentro posible. Su boca en sus pechos, las manos de ella rodeándole
la cabeza y apretándolo contra su pecho. El orgasmo caminó lento, al ritmo de
los dos y les llegó a ambos en el más estrecho abrazó creado por la noche.