NOTA PREVIA
Este relato es la tercera entrega de la serie de Lorena,
posterior a la saga de cinco dedicada a la lasciva lolita. Recomiendo leer los
anteriores a quien no lo hayan hecho –al menos los dos previos, "Génesis de una
zorra" y "El desvirgamiento de Lorena", pues este no es más que una transición,
algo menos morbosa, aunque morbosa al fin y al cabo, hacia las entregas que
están por venir y no se comprenderá muy bien la narración sin conocer aquellos.
Este es un relato ficticio, aunque, como ya he dicho antes en
otros, contiene mucho de autobiografía esta historia. Las experiencias de Lorena
estarán basadas a menudo en otras que yo misma viví, concediéndome la licencia
de modificarlas, magnificarlas y demás, en beneficio del morbo y el interés
morbo-literario. Algunas otras también, enteramente ficticias, pretenderán
narrar lo que pudo ser y no fue, lo que podría haber sido de haber tenido
entonces, a la edad de Lorena, la experiencia e ideas tan claras que tengo
ahora. En cualquier caso, ambas hablarán de mi espíritu, anhelos y psicología
sexual, que es la más pura realidad de las personas.
……………………………………….
CONFIRMACIÓN DE UNA ZORRA
A la mañana siguiente volví a acudir al colegio, como cada
día. Pero ya nunca ese "cada día" volvería a ser el "cada día" que había
conocido hasta entonces. Me sentía como una persona nueva, renacida tras mi
bautismo sexual. Ni mente era sexo y miraba a los chicos y chicas de una manera
totalmente distinta. Hasta el mismo día anterior, lo había hecho como una niña
que despierta a la pubertad puede hacerlo, con atracción en algunos casos, pero
sin el fuego de una mujer. Ahora en cambio, mis ojos eran bien distintos, y
también su brillo y forma de comunicarse. Había trascendido el nivel del simple
juego para entrar de lleno en el de la pura lujuria.
Me sentía una diosa sexual, recién descubierto un mundo de
posibilidades infinitas y ansiosa por explorarlo. Feliz y plena en una palabra.
Seguía sintiendo tristeza por mi virginidad perdida, pero era aquella tristeza
que sentimos inevitablemente siempre que hemos de deshacernos de algo que nos ha
acompañado durante toda nuestra vida, pero que ya ahora no sirve para nada y aún
es una molestia e impedimento para nuestra la nueva. Había soltado el lastre del
globo que era mi sexualidad. Un lastre que fue mi compañero desde la salida del
vientre materno hasta mi nuevo renacer y cuya pérdida siempre sentiría, pero que
me permitía elevarme por encima de los paisajes limitados que hasta entonces
había conocido, para contemplar el mundo en toda su grandiosidad desde la más
elevada altura. Me había despedido de él como quien ve caer aquellos sacos de
arena con una última mirada melancólica, ante la cual al mismo tiempo comienza a
expandirse el horizonte.
Recuerdo ese día como de intensa alegría y optimismo. Era
feliz y reía y todo me parecía maravilloso. Ya por la tarde, volví a casa de mi
amiga con la esperanza de encontrar allí de nuevo a su padre y buscar la
oportunidad de ser poseída por él de nuevo. Aún sentía el dolor de mi reciente
desfloración, pero eran más las ganas de sentir de nuevo su duro miembro dentro
de mí que la cohibición que pudiera ejercer aquel.
Llegada ante la puerta del bungalow, pulsé el botón del
timbre. Él mismo fue el encargado de abrirme. Nada más aparecer ante mí, le
obsequié con la más espléndida de mis sonrisas. Y fui correspondida con una de
las decepciones más significativas que recuerdo en mi vida. Si había esperado
encontrar a alguien tan ilusionado y deseoso de repetir como yo, pronto quedó
claro que no era sí. En lugar de eso, encontré una mirada indescriptible que me
hizo sentir muy mal. Venía a decirme algo así cómo, "¿a qué has vuelto? ¿Quieres
destrozar mi vida?". Me sentí verdaderamente sucia y rebajada, tanto como solo
puede conocer quien ha sido despreciado con desdén rayano en el asco por alguien
en quien había depositado sus más sinceras ilusiones. Después, con una
perspectiva y experiencia más amplia, he podido hacerme cargo de lo que tuvo que
pasar por la cabeza de aquel hombre tras nuestro encuentro. Bajo los efectos del
alcohol, se había acostado con una de las amigas de su hija, que aún estando más
desarrollada de lo habitual, no llegaba todavía a los dieciocho años. Era un hombre
infiel, hecho a las juergas y los clubs, pero aquello era algo más complicado,
que podría acabar con su matrimonio, su familia, su consideración social, su
trabajo e incluso dar con sus huesos en la cárcel. Una niña no es una mujer. Por
más que sus formas puedan parecer las de esta, su mente sigue siendo infantil,
con un funcionamiento bien distinto a la de un adulto y susceptible por tanto de
cualquier cosa. Un berrinche, una conversación con amigas…en cualquier momento
una niña podría irse de la lengua y soltar la bomba, sin que pudieran tomarse
precauciones que garantizaran nada. Toda su vida dependía del capricho de una
chiquilla. Fue lógico que me mirara como los habitantes de las islas del
"cinturón de fuego" del Pacífico miran a sus volcanes, sabiéndose siempre en sus
manos y sin poder escapar a su fatalidad.
-¿Está Fátima en casa?
-Está arriba. Pasa.
Las palabras fueron pronunciadas sin la más mínima emoción,
pero sus ojos decían "¿por qué no te vas para siempre y nos dejas en paz?". Con
la cabeza gacha y humillada, entré y subí las escaleras para encontrar a mi
amiga. Y su triste mirada acabó de derrotarme. Obviamente no debía saber nada,
pero seguía tan triste como cuando la dejé. Entre unas cosas y otras, no
habíamos coincidido ese día en el colegio y no había tenido oportunidad de
hablar con ella antes. En ese momento me sentí una mierda. Hablamos un poco y,
media hora después, más o menos, salí de su casa dirección de la mía. Nunca más
volví a pisarla, ni a saber del hombre a quien entregué mi flor más preciada.
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A menudo tendemos a establecer períodos totales para todas
las cosas, incluida nuestra evolución vital. Pero es una imprecisión del
recuerdo, que tiende a resumir todo por bloques en lugar de establecer un "continuum".
La manzana no pasa de estar verde a roja de repente, sino que poco a poco va
madurando y cambiando su color.
Durante mucho tiempo (*), en mi interior se libró una cruenta
batalla entre mis propios ángeles y demonios, batalla de la que supongo nadie se
libra en su vida, sea cual sea el resultado de ella. A lo largo de los años, mi
morbo luchó contra mi conciencia. Mi naturaleza sexual tendía a la perversión
poderosamente. Me atraía irresistiblemente el mundo del sexo más perverso y
lascivo. Era algo que tiraba de mí como un electroimán que incrementara
progresivamente su potencia, ejerciendo su influencia sobre los metálicos
objetos que, si bien al principio pueden luchar y resistirse a ella,
invariablemente acaban siendo arrastrados por él. Me encantaba sentirme zorra,
sumergiéndome cada vez más en el insondable pozo de la humillación y vejación
personal, y ni siquiera los principios más sagrados de mi vida suponían un
límite a ello. Valga como ejemplo la narración de mi pasión por humillar a mi
padre follando con sus compañeros de trabajo y sometiéndome ante ellos a las
mayores vejaciones, relatado en la primera entrega de "la saga de Lorena".
En esos momentos, era capaz de las más abyectas
depravaciones, aún a sabiendas de que más tarde me arrepentiría de ellas, como
así era una y otra vez. Durante días después, mi moral y autoestima quedaba por
los suelos y no tenía ganas de nada. Pero siempre acababa volviendo a caer de
nuevo. Buceaba entonces en mi pasado, intentando encontrar el origen de aquella
nefasta atracción y quizá con él la solución para erradicarla. Siempre pensé que
debía haber tenido algo que ver con aquel capítulo de mi más tierna infancia, en
que mi madre me recriminó por haberme dejado orinar por los chicos que jugaban
al fútbol en aquel campo ("génesis de una zorra"). No entendí entonces que había
de malo en ello. La culpa más difícil de purgar es aquella que no se entiende,
pues, si no sabemos qué debe motivar nuestro arrepentimiento, ¿cómo es posible
alcanzar a sentirlo? Quizá por ello mi subconsciente siempre se sintió culpable.
Culpable de no poder sentirse culpable. Y quizá por ello siempre busqué la forma
de autocastigarme por ello.
Pero no hay mal que cien años dure, ni cuerpo que lo aguante,
y todo aquello comenzó a remitir. Mi psiquis comenzó a aceptar lo que era y
nunca dejaría de ser hasta el día en que la muerte me reclame. Así pues, cada
vez se fueron reduciendo más esos períodos de remordimiento, hasta limitarse a
unos minutos tras el orgasmo y llegar a desaparecer por completo finalmente. A
día de hoy, gozo plenamente con mi naturaleza masoquista. Siento un placer
inmenso sometiéndome a los hombres para su uso y disfrute, y mi humillación se
hace extensiva a todo aquello que considero mío y forma parte de mí, como mi
familia. Busco constantemente nuevos límites y tabúes no para respetarlos, sino
para transgredirlos.
Tras el episodio con el padre de mi amiga, mi sexualidad se
tornó hambrienta. Nada más haberlo descubierto, me había sido arrebatado el
alimento del cual ya nunca podría prescindir. Sobre las llamas de mi sexualidad
había sido arrojado un cubo de gasolina y no tenía nada para combatir el voraz
incendió provocado. Los juegos con Isabel y Ana, llegaron a una intensidad por
mi parte que casi alcanzaba a asustarlas. Lo único que evitaba que lo hiciera,
era el placer indescriptible que les proporcionaba en ellos. Mis caricias, besos
y lamidas dejaron de ser algo ingenuo para tornarse diabólico. Pero ellos eran
la única válvula de escape que me quedaba y aunque me desfogaba todo lo que
podía, había un tremendo excedente de calentura no compensando y que aumentaba
progresivamente, convirtiéndome en una hembra en celo desesperada, en permanente
búsqueda de polla con que apagar los ardores que me consumían. Me dejaba sobar
con facilidad, incluso por los niños más pequeños que hasta mí se acercaban
corriendo desde atrás para palmearme el culo o agarrarme las tetas y salir
huyendo después. Y la verdad es que no sé porqué, pues pocas veces les
reprendía. Es más, los alentaba a ello colocándome a su alcance y adoptando las
posturas adecuadas. No sé cuantas veces los chicos de mi clase me metieron con
sus juegos en el armario del aula a empujones en un por ambas partes deseado
secuestro, para meterme mano y sobarme a gusto las tetas y el culo, dejándome yo
hacer sin pegas. Quizá a veces me hiciera un poco la remolona, pero no demasiado
y solo por inercia. Pero los muy imbéciles nunca pasaban de ahí. Una vez cara a
cara con una hembra entregada en sus manos, hacían aguas y se deshacían, valga
la paradoja.
También me convertí en asidua de las escapadas por la tarde a
una vieja finca abandonada, donde en una pequeña colina jugábamos a la
"botella". Pero de nuevo, no pasaba la cosa de unos simples besos con lengua y
sobadas a mis tetas. Lo más lejos que se llegaba era a dejar que me las mamaran
un poco -era la única de las chicas que accedía a ello-. Una vez, como caso
extraordinario, se me pidió que le diera una lamida en la polla a uno de los
chicos. Supongo que quizá pensaban que me cortaría, pero me presté gustosa a
ello y fue el subnormal de él el que pareció tomarlo como algo muy divertido. Si
me hubiera dejado seguir, le hubiera hecho la primera mamada de su vida muy a
gusto, pero el grandísimo gilipollas, en lugar de eso, se recogió la polla y
salió corriendo a donde los otros esperaban, gritando;
-"!Me la ha chupado! ¡Me la ha chupado!"
En fin, que aquellos juegos nunca pasaban de eso, de ser
simples juegos y yo necesitaba más, mucho más. Incluso en la época del famoso
"violador del castillo de San Fernando", hubo días en que me dejé seducir por el
Diablo, internándome por el bosquecillo de pinos al atardecer. No sé qué como
hubiera actuado de encontrarme con el célebre Cascales (*) y seguramente, de
haberlo hecho, habría intentado huir y, de no conseguirlo, me habría lamentado
quizá por el resto de mi vida. Pero en aquellos momentos no podía resistir la
voz que me empujaba hacia allí.
Un buen día, supe de las actividades de mi hermano y sus
amigos en mi casa, en las tardes en que mis padres estaban trabajando. Me
mandaba entonces fuera con mis amigas, para ver en nuestro DVD las películas
porno que uno de ellos traía del videoclub de su padre. Sacaban entonces sus
pollas y se masturbaban con ganas varias veces, hasta que ya no salía más leche
de ellas. Me enteré a través de una de mis amigas que se había enterado a través
de un hermano menor, al que a su vez se lo había contado otro hermano mayor que
formaba parte del grupo. Y ya no pude quitármelo de la cabeza. Allí mismo, en mi
propia casa, había casi cada tarde un verdadero desfile de pollas y yo no tenía
acceso a él. Y no podría tenerlo de ninguna manera, pues mi propio hermano
formaba parte del grupo. Era imposible separarlo de este, pues la reunión era en
nuestra casa y, por tanto, sería imposible sin él, y en ninguna otra sería
posible, pues era la única que permanecía sola y susceptible de ser usada de
aquella manera. Desde ese momento, ya no paré de maquinar e intentar buscar la
forma de alejar a mi hermano de allí para poder disfrutar de aquellas pollas.
Y la encontré. En realidad, todo llega en la vida si se sabe
esperar. Es esta como un arroyo por el que pasa el agua. Si queremos capturar un
pez y tenemos paciencia, solo hay que apostarse en su orilla con una red con
mango de las que usan los pescadores. Antes o después el escamoso pasará, y solo
tendremos que tender esta para capturarlo.
Un buen día, mi padre hubo de desplazarse a Zamora en viaje
de trabajo. Aunque nosotros –los hermanos- somos nacidos en Caracas, nuestra
familia es de aquella zona del norte de España, habiendo sido nuestros padres
emigrantes. Mi hermano insistió en ir con él para ver a nuestros primos, con los
que solo coincidíamos de verano en verano. Serían solo dos días y dado que mi
hermano llevaba bien sus estudios, mi padre accedió y yo supe que había llegado
la oportunidad que había estado esperando.
Ese día, no me reuní con mis amigos a la hora del recreo. En
su lugar, me hice la loca paseando por una zona bien diferente del colegio, allá
donde el enorme ficcus daba a una pequeña caseta de cemento, en la cual se
reunía mi hermano con los suyos para fumar sus cigarrillos. Bueno, al menos
aquellos que fumaban, pues mi hermano no lo hacía. Me desabroché un par de
botones de la camisa para dejar que mi canalillo y el nacimiento de mis pechos
se viera por su apertura y esperé a que llegaran. Cuando lo hicieron aguardé un
par de minutos, acercándome después.
-Hola.
-Hola Lorena.
-¿Me dais un cigarro?
No fumaba y ellos lo sabían, pero es que no sabía con que
excusa entrarles.
-¿Un cigarro? ¡Pero si no sabes fumar!
-¿Y tú qué sabes? ¡Claro que sé!
-¡Hala, va! Seguro que no te tragas el humo.
-¿Ah, no? Dame uno y verás.
El chaval sacó entonces un Winston del paquete y me lo
tendió. Sería el primer cigarrillo de mi vida, vicio que ya nunca dejaría. Hago
deporte para compensarlo y no lo recomiendo a nadie, pero desde muy jovencita
entendí que mi vocación era la de zorra sexual y el fumar lo concebía como parte
inseparable de ello. Me encanta hacerlo y nunca lo dejaré. Acercó después la
llama del mechero hasta su punta para darme lumbre y yo aspiré tragando el humo
para prenderlo. Recuerdo que me entró como un cañonazo y comencé a toser,
sintiéndome una estúpida ante las risas de los muchachos. Fue mi primer contacto
con el tabaco. Hasta entonces no había sabido lo que era realmente y me cogió
por sorpresa. Pero ya no lo hizo la segunda calada. Ni la tercera. Ni ninguna
más en lo sucesivo. Nunca más volví a toser al tragar el humo del tabaco.
-Vaya, parece que la nena empieza a crecer, ¿eh?
Sentía sus intensas miradas en mis tetas. Bueno, al menos las
de los que no me encaraban. Los otros, a pesar de ser mayores que yo, seguían
siendo niños no obstante y no tenían la seguridad necesaria para mirármelas de
frente. Pero lo que importaba era que me estaban mirando las tetas. ¡Me
encantaba!
-¿Vais a venir esta tarde a casa?
-No, que va. Hoy no está tu hermano.
-Ya lo sé, pero pensé que a lo mejor vendríais igualmente.
-¿Cómo vamos a ir si no está él?
-¿Y yo qué? ¿No cuento? También podéis ver la película
conmigo.
Los chicos rieron, creyendo que no sabía por donde iba la
cosa. Se suponía que veían películas de acción, terror y demás, y que nadie
sospechaba que en realidad lo que allí tenía lugar era un festival de pajas.
-¡Qué va! Es que además estamos esperando que le devuelvan a
José una de Angelina Jolie para verla.
-¿Y os vais a hacer las pajas mirando a Angelina?
Casi no pude contenerme para no estallar en carcajadas ante
la mirada que pusieron los chicos, sus ojos abiertos como platos.
-Angelina está buenísima –maticé lo de "buenísima", más que
por una verdadera atracción sexual por definirme como calentorra-, pero pensé
que para cascárosla llevabais otras pelis más fuertes.
-¡Joder, Lorena…!
Los muchachos no sabían qué decir ni qué cara poner.
-Vamos, tengo curiosidad por ver una película porno. Nunca he
visto ninguna.
Más que en cualquier momento inmediatamente anterior, sentí
sus miradas clavadas en mis tetas. Los chavales intentaban asimilar la ocasión
que podía llegar a presentarse. Mis tetas y el resto de mi curvilínea anatomía,
eran ya una poderosa tentación con 18 años recién cumplidos.
-¿Vale? ¿Os espero?
-Pero…¿no se mosqueará Ernesto?
-Si vosotros no se lo decís yo tampoco lo haré. ¿OK pues?
-Vale…OK.
…………………………………………
Esa tarde me sentí tremendamente nerviosa. Mucho más de lo
que hubiera esperado. Tras la aventura con el padre de Fátima, me creía una
reina del sexo con el tema ya dominado. La realidad en cambio, es que seguía
siendo una niñata a la que las piernas flaqueaban ante la perspectiva real de un
polvo. Ahora entendía mejor a mis compañeros de clase y amigos, con sus dudas y
timidez. Salí a pasear al perro para distraer mi mente, tomando dinero para
comprar tabaco de la mesilla donde mi madre lo dejaba por si era necesario. No
obstante, pensé que era muy posible que me cruzara con los chicos en el trayecto
de ida o de vuelta y pretendía dejar muy claras las cosas desde el principio.
Así pues, antes de salir me cambié de ropa, optando por un pantaloncito rosa muy
cortito que usaba para las clases de gimnasia y una camiseta blanca ajustada,
olvidándome aposta del sujetador. Creo recordar que fue una de las primeras
veces que paseé sin él a la vista de la gente y con mis pechos ya
considerablemente desarrollados, sintiendo las miradas de hombres y muchachos
sobre ellos al pasar. Me encantó la experiencia.
Como había previsto, a la vuelta encontré a tres de los
chicos ante la verja de entrada. Cuando me vieron llegar ataviada desemejante
guisa, se quedaron mirando como pasmadotes y yo no pude evitar una pícara
sonrisa. Por más increíble que pudiera parecerles, todo parecía indicar que la
maciza hermana de su amigo se les estaba ofreciendo descaradamente. Seguramente
debían haber intentado desengañarse temiendo que solo se tratase de los juegos
de una calientapollas, pero si este el caso, estaba claro que esta conocía muy
bien su arte.
-Hola, chicos.
-Hola, Lorena. Pensamos que no estabas.
-Que me había quedado con vosotros, ¿no?- respondí
maliciosamente.
-Sí, bueno… algo así.
-Apartá, "tarao".
A la vez que pronunciaba simpáticamente las palabras, le di
un golpecito e cadera para hacerlo a un lado. Después, me incliné para
introducir la llave en la cerradura, colocando mi culo contra su paquete con
toda intención. Intuí su sobresalto y comencé a restregarlo suavemente, pero con
descaro. Mis dudas y temores habían desaparecido, alejados por la sabiduría
acumulada genéticamente por la experiencia acumulada por millones de hembras a
lo largo de miles de años de evolución. Jamás volverían. Los chicos se miraron
cortados. No los vi, estaba de espaldas. Las mujeres notamos esas cosas.
-Vamos –les invité a pasar cuando la puerta estuvo abierta.
Pronto estuvimos dentro de casa.
-¿Solo venís vosotros? ¿Y la peli?
-No, no… Enseguida llegan José y los demás con ella.
-OK, dame fuego entonces –le pedí abriendo el paquete de
Winston y tomando un cigarrillo a la vez que les tendía aquel a ellos.
-¡Vaya! Veo que te ha gustado lo de fumar.
-A lo mejor me gusta más fumar otras cosas –contesté
mirándole perversa.
"Ring", sonó el timbre.
-Deben ser ellos.
-Abridles. Voy mientas a guardar a "Tommy" en la terraza.
Pensé entonces que aquella ropita que llevaba había estado
bien para la primera toma de contacto, pero que quizá no fuera la más indicada
para forzar el desenlace que deseaba. Ya sabía lo cortados que podían llegar a
ser los chicos y aquella provocación podía convertirse más en un obstáculo que
los cohibiera que en un aliciente que los lanzase. Había que provocarles, sí,
pero a la vez facilitarles el acceso a "mis objetivos". Así pues, subí a la
habitación de mis padres y me cambié, tomando esta vez una minifalda de vuelo
negra muy veraniega y cortita de mi madre y una blusa blanca muy ceñida y
semitransparente. Debajo, evidentemente, nada. Esa tarde iba a pasarme por la
piedra a todos los amigos de mi hermano que habían venido a casa, aunque tuviera
que violarlos.
Para cuando volví, ya todos me esperaban en el salón. Siete
chicos, catorce ojos que de nuevo se abrieron de par en par cuando e vieron
aparecer, como si fueran idiotas. Sonreí. Casi podía escuchar sus pensamientos.
"¡Madre mía! ¡Cómo está la hermanita! ¡Y está pidiendo guerra a gritos! Esto no
puede estar pasando realmente, aquí falla algo". Sobraba espacio en los sofás
para un par de personas más, no obstante yo fui a sentarme directamente sobre
las rodillas de Luismi, el más guapo y rubiales de todos ellos. Sin poder hacer
nada por evitarlo lo corto de mi atuendo, ni con ninguna intención por mi parte
de que lo hiciera, mi coño quedaba a la vista de los demás descaradamente. Pasé
mis brazos por el cuello de mi chico, dejando mis tetas a escasos centímetros de
su cara. Sonreí mirándolo a los ojos y luego me volví hacia el resto.
-¿No ponéis la peli? Ya sabéis como funciona el vídeo.
José abrió entonces el estuche y sacó el CD, introduciéndolo
en el DVD y tomando el mando para encender este y la tv.
-¿De qué va?
-Pues… ¿de qué va a ir, tía? –contestó el chaval cortado,
haciéndome reír.
-Déjame que vea la portada.
Me la tendió entonces y yo la observé. Un grupo de chicas
aparecía en ella desnudas y rodeadas de varias pollas, ocupando el centro un
primer plano sobre la escena de una chica de color con las comisuras de la boca
llenas de semen. "Yo trago" era el título, acompañado de un icono que hacía
intuir que se trataba de una serie. Entretanto, mi chico empezaba a soltarse
poco a poco y había colocado su mano sobre mi muslo desnudo, avanzando, muy
tímidamente, pero avanzando, hacia arriba sin ninguna oposición por mi parte.
-¿Esto lo expone tu padre en el videoclub? ¡Qué raro! Nunca
la vi.
-No, qué va. Eso es de la sala porno, la lleva mi hermano.
Efectivamente, en el videoclub había una sala porno anexa,
donde los más cachondos podían visionar películas de temas que por entonces yo
no conocía.
La primera imagen de la película tras los títulos, mostraba a
un impresionante rubio ataviado con una bata de ir por casa que, semiabierta,
dejaba entrever su escultural cuerpo, de abdominales perfectamente marcadas y
pectorales bien definidos. Sentí la calentura comenzar a invadir mi cuerpo. El
timbre había sonado y el chico caminaba hacia la puerta. Al abrirla, apareció en
ella una despampanante negra. Era realmente preciosa y la minúscula ropita que
llevaba parecía tener dificultades para contener toda aquella tremenda
voluptuosidad. Sentí aumentar más mi calentura y giré la cabeza para morrear
directamente a mi propio rubio. Tomé su cara en mis manos y le estampé un
hambriento beso en todos los moros, metiendo mi lengua en su boca con lascivia.
Tomé al chico por sorpresa y quedó cortado, pero no fue por mucho tiempo. Al
igual que las mujeres, los hombres también parecen tener su memoria genética de
machos grabada a fuego en sus cromosomas y muy pronto supo que hacer. ¡Y cómo lo
hacía! Comenzó a sobarme las tetas con ganas y avaricia, de una forma que
conseguía volverme loca. Las amasaba en movimientos circulares, comprimiéndolas
contra mi pecho a la vez que las apretaba con sus grandes manos. De vez en
cuando las liberaba para pellizcarme los pezones y yo creía delirar. Era
consciente de que los demás nos miraban, seguramente ajenos a la película y eso
me encendía aún más. Debimos continuar así por espacio al menos de quince
minutos, durante los primeros de los cuales comenzaron a escucharse gemidos
procedentes de la tv. En un momento dado, separé mis labios de los de Luismi
para tomar aire. Le miré a los ojos y sonreí. Hizo él entonces amago de retirar
su mano de mis tetas, pero me anticipé con la mía para impedírselo. Mantuve mi
sonrisa si dejar de mirarlo y entendió que no tenía por qué dejar de sobarme. Me
giré entonces hacia los demás mientras él seguía amasando mis melones. Todos se
habían girado hacia la tv ya para evitar que los descubriera mirándonos como
tontos, lo cual me hizo sonreír de nuevo. En la pantalla, la diosa negra estaba
siendo enculada por el dios rubio y otros dos tíos igual de musculazos que él.
Miré a los chicos.
-¡Qué pasa!- les regañé, haciendo que se giraran todas las
cabezas hacia nosotros de nuevo.
-¿Q-qué… qué pasa?- preguntaron confusos.
-¿Y esas pollas?
Ahora más de uno se puso rojo como un tomate.
-Habéis venido aquí a cascárosla, ¿no? ¿Dónde están pues esas
pollas?
Unos se miraron entre sí, otros rieron, otros hicieron algún
comentario gracioso… pero ninguno se la sacó.
-¿Qué pasa? Voy a tener que bajaros yo la bragueta y
sacárosla.
La escena era un poema. Los chicos mirándome a mí y mirándose
entre ellos sin saber qué cara poner. Ahora algunos se la sacaron, pero seguía
habiendo quien no lo hacía.
-¿Qué? ¿Voy?
-¡Qué va, qué va! ¡Córtate, Lorena!
-¿Qué me corte? ¡De aquí no salís sin que os haya visto la
polla a todos!
-¡Que no, que no!
En ese momento tuve otra de esas iluminaciones genéticas que
a hembras y machos nos asisten a veces procedentes de nuestra herencia como
especie y género. Bajé mis ojos hasta las entrepiernas de los muchachos y supe
por qué eran tan reacios. Sonreí.
-Ya veo.
En efecto, como podría comprobar posteriormente a lo largo de
mi vida, la reacción de los hombres puede ser muy diferente ante el estímulo
sexual. Unos trempan enseguida, mientras que otros, más tímidos, se retrotraen y
sus miembros se encojen como ellos ante una devoradora descarada. Por lo que
podía comprobar, solo tres de mis siete amigos pertenecían al primer grupo,
incluido mi chico. El resto quedaba integrado en el segundo.
-Vaya…Habrá que hacer algo.
Me levanté entonces y, eligiendo a uno de los tímidos, avancé
hacia él con mi mirada clavada en la suya, que automáticamente la rehuyó. No
obstante, seguí acercándome y me senté a horcajadas sobre sus piernas. Tomando
su cabeza con ambas manos, le obligué a mirarme a los ojos.
-Vamos. ¡Sóbame!
-¿Q-que…?
-¡Sóbame! ¡Méteme mano, tócame las tetas!
Viendo que aún dudaba y aunque tuve la seguridad de que en un
momento hubiera dejado de hacerlo, tomé sus manos para llevarlas a mi culo,
agarrando a continuación su cabeza de nuevo para enterrarla entre mis melones,
que comencé a restregar en su cara.
-¡Vamos! ¡Muérdelos! ¡Sóbalos!
En pocos segundos, el chico había dejado de ser un niño
tímido para tornarse en caliente poseso, mientras yo reía feliz y cachonda. Mis
tetas lucirían al día descaradas manchas moradas, pero no me importaba.
-Preparaos los demás también. Voy a pasar por cada uno de
vosotros y vuestras manos van a pasar por mis tetas, culo y donde queráis. Las
de todos. Para cuando acabe el rondo, quiero teneros a todos encendidos.
Y así fue. Más de veinte minutos de sobos y magreos que
consiguieron encenderme más a mí que a ellos, que tampoco se quedaron cortos y
tras los que, increíblemente cuando lo pienso ahora, mi ropa seguía en su sitio.
¡Ni una teta fuera de la camisa! No puedo evitar reír al recordarlo. ¡Cuan
ingenuos y tiernos pueden llegar a ser los jovencitos! A día de hoy los adoro.
Esa deliciosa candidez de la juventud es algo que me pone tremendamente
cachonda.
Bien. Tras esto, los tenía a todos lanzados y sedientos de
sexo. No obstante, aún había quien no había trempado. Otra cosa que aprendería
con los años, es que tampoco ante la ansiedad sexual todos los machos tienen la
misma respuesta. Unos trempan y/o se corren enseguida, mientras que a otros les
coarta. Unos, tras un largo tiempo de abstinencia o cuando cogen a una mujer a
la que desean con furor, se corren enseguida, mientras que otros, benditos sean,
lo que les ocurre es que ven dificultado con ello la llegada al orgasmo y
dilatan el polvo deliciosamente. Volví a mirar la televisión. Ahora la bella,
tumbada boca arriba, ofrecía sus grandes tetas para que uno de sus amantes las
follara, mientras mamaba la del rubio y un tercero le taladraba la vagina sin
piedad.
-Vele… -sonreí comenzando a desabrocharme la blusa.
Fue la primera cubana de mi vida. ¡Y me encantó! No sabría
describir la sensación, pero algo vibró en mi interior al contacto de la suave y
cálida piel del pene con mis pechos. Mirando al chico a los ojos, comencé un
movimiento masturbatorio sin dejar de sonreírle. En pocos minutos, la flácida
carne se torno dura, gloriosa. ¡Qué maravilla! Era como tener una barra de
hierro caliente entre mis tetas, que sobre ella apretaba aún más para aún más
notar su dureza. De repente, aquello estalló. Fue como si escupiera con fuerza y
su leche de macho vino a estrellarse contra mi cuello y parte inferior de la
barbilla. Sorprendida, bajé la mirada para observar su corrida, y los siguientes
chorros fueron a dar en mi cara. Me pareció en aquel momento algo muy divertido
y comencé a reír suavemente, con lo cual estos dieron de pleno en mis labios y
dientes varias veces.
-Vale. Ahora quiero que me folléis.
Los chicos se miraron entre ellos. Evidentemente, ninguno se
había estrenado todavía y me sentí feliz de saber que iba a ser su iniciadora.
-No os preocupéis. A vera ayudadme a retirar las cosas de
encima de la mesa.
Era esta un mueble de roble macizo, de escasa altura y muy
resistente. Algo de aspecto algo rústico, pero muy chic y que a mi madre había
costado, como se dice, un ojo de la cara.
Una vez limpia la superficie de ornamentos, me tumbé de
espaldas sobre ella, colocando, colocando los pies en el borde y ofreciendo mis
piernas bien abiertas.
-A ver… ¿Quién va a ser el primero?
La verdad es que esta vez los chicos no dudaron, pero tampoco
yo esperé a comprobar si lo hacían. Aprovechando el dominio de la situación que
me había dado el hecho estar en mi casa y el que lo hicieran anteriormente,
decidí no soltar ya el mango de la sartén y aprovechar para extraer de la
situación el máximo morbo posible.
-No os preocupéis. Vamos a hacer las cosas bien. Primero, me
va a follar Luismi, que para eso es el que más me gusta y llevo tiempo
haciéndome dedos pensando en él.
De nuevo quedaron sorprendidos de mi descaro. Se oyeron
algunas risas, pero en realidad no eran más que la única respuesta que les cabía
ante mi osadía.
El chico se acercó entonces y me miró a los ojos, sus
pantalones desabrochados, su polla saludándome enhiesta. Sonreí.
-Vamos.
Sin dudar demasiado, colocó su glande a la entrada de mi
gruta de placer. Una evidencia más de mi teoría de que, tanto los machos como
las hembras, sabemos qué hemos de hacer en estos casos aunque no tengamos
experiencia previa ni nadie nos lo haya explicado. Pero sí dudó a la hora de
penetrarme. Seguramente temiendo hacerme daño.
-Vamos –le animé-… ¡Métemela! No tengas miedo.
Empujó entonces un poco, y en su rostro se dibujó una
expresión mixta de descubrimiento y felicidad al ver con que facilidad entraba
su polla en mi anhelante vagina. En realidad, totalmente lubricada por mis
diríase que esta la absorbió hambrienta.
-Vale. Ahora, mientras él me folla, id midiéndoos los rabos,
porque me la vais a ir metiendo por orden de tamaño. De la más grande a la más
pequeña.
Ya no me paré a fijarme en sus expresiones. Si con la
penetración mi ya baboso coño había comenzado a rezumar líquidos en abundancia,
cuando el Luismi se soltó y comenzó a embestir con fuerza y profundamente,
aquello se transformó en un volcán del que no paraba de manar la lava ardiente
que eran mis jugos, empezando a arrancarme los primeros suspiros de placer, que
pronto se tornaron en auténticos gritos. Era consciente de que los vecinos
podían llegar a escucharlos, y eso no hizo sino aumentar más mi calentura. Los
suspiros se transformaron entonces en gritos. No era ya que no me preocupara me
oyeran. ¡Era que quería que me lo hicieran!
Llegado el momento, Luismi supo sacar su polla de mi cuerpo a
tiempo para correrse sobre él y no dentro. Con un suspiro y embargada de placer,
ladeé la cabeza. En la tele, los cachas se habían corrido sobre la cara de la
hermosa, que con deleite recogía su esperma con los dedos para llevarlo hasta su
boca y lamerlo con expresión de lascivia infinita. Aquello me calentó
sobremanera, al mismo tiempo que sentía un nuevo miembro invadir mis entrañas.
Cerré los ojos sin siquiera ver la cara de mi follador, entregándome al placer
sin importarme su identidad.
Uno a uno, todos los chicos fueron pasando por mi coño. Para
cuando acabaron, todos quedaban ya sentados en el sofá y los sillones, yo
tendida en la mesa ante ellos, mi vientre y tetas embadurnado de semen.
-Ahora, chicos, el remate. Quiero que os pajeéis y corráis
sobre mi cara. Y hacedlo bien, porque quiero que intentéis hacerlo a la vez.
Primero se miraron entre ellos, pero no se lo pensaron
demasiado. En un momento, estaba viendo sus pollas desde abajo, rodeando mi cara
mientras con sus manos las sacudían. No consiguieron correrse a la vez, pero
hicieron lo que pudieron y tampoco hubo mucha diferencia entre una corrida y
otra, e incluso un par de ellas sí fueron simultáneas. Agradecida, pasé a
restregarme su semen por todo el rostro sin decidirme a ingerirlo. Ese placer y
morbo era algo que descubriría más adelante.
Antes de irse los chicos, quise hacerles prometer que
divulgarían lo ocurrido aquella tarde. Deseaba que todo el mundo se enterase de
lo zorra que era y que estaba dispuesta a tener más aventuras como aquella, pero
los chicos se mostraron reacios, alegando que mi hermano era su amigo. A
regañadientes, acepté su negativa, pero arrancándoles el compromiso de, por lo
menos, comentarlo siempre que pudieran hacerlo sin peligro de que mi hermano se
enterase.