HANS, EL MUCHACHO DE LOS PIES GRANDES
Trabajo en un liceo nocturno donde doy clases a adultos que
por alguna razón no pudieron continuar sus estudios en el momento que les
correspondía. Es un lugar en el cual le brindamos a personas mayores de diversa
edad la oportunidad de tener un nuevo futuro. Allí conocí a Hans un muchacho de
unos 25 años de edad, alto (más o menos 1,90 mts), corpulento, pero no obeso,
piel blanca, cabello negro, de porte agradable a la vista, aunque sin ser un
bombón espectacular. Sus características físicas provienen de su abuelo, un
emigrante sueco que llegó a este país hace muchos años. Al principio no me di
cuenta de otra de sus peculiaridades más notorias: Tiene unos pies grandísimos,
algo muy importante para un fetichista como yo. No entiendo cómo no había
reparado en eso antes, pues sin duda alguna sus zapatos resaltan mucho por su
tamaño. Él usa constantemente unos de modelo deportivo color blanco con una raya
azul horizontal alrededor de la abertura que tienen para introducir los pies. Me
imaginaba jugando con esos zapatos tan inmensos y lamiendo sus enormes pies. Al
principio traté de contenerme las ganas que tenía. Sin embargo, una noche, luego
de terminada la clase, salimos al pasillo a un área poco concurrida y no pude
resistir la tentación de preguntarle sobre eso. Para despistarlo empecé tocando
un tema que a él le interesa mucho, el caso del Titanic, el archiconocido barco
inglés que se hundió en 1912. Tiene mucha información al respecto e incluso me
recomendó una página web para que me ilustrara aún más. Después de un buen rato
disertando sobre el tema me sentí en posición de preguntarle lo que realmente
quería saber.
- Dime una cosa Hans, sólo por curiosidad, ¿Cuánto calzas
tú?.
- Ja, ja, esa es una pregunta que casi todos me hacen, yo
calzo 48 y medio.
- ¿Qué?, no puede ser.
– Claro que sí, lo que pasa es que la mayoría de las personas
tienen pies más pequeños y desconocen muchas de estas cosas, incluso hay gente
que tiene pies más grandes que yo.
- ¡Madre mía!, ¿Y tienes problemas para conseguir calzado? .
- Sí, lamentablemente no hay muchos zapatos de este tamaño,
así que debo conformarme con los escasos que consigo.
- ¿Y dónde consigues esos zapatotes?.
- En zapaterías especiales, pocas por cierto y los modelos no
son muy variados. Como habrá podido notar siempre llevo puestos estos mismos
zapatos pues, aparte de que no hay mucha diversidad, son más caros que los de
modelo más pequeño.
- La verdad se ven un poco gastados y ahora sé por qué.
- Sí, es cierto, es que me gustan mucho porque me quedan como
un guante.
- Dime algo ¿La gente te dice cosas por el tamaño de tus
pies?.
- Claro, mis vecinos me llaman Hans "Patón".
- Ja, ja, ja, es obvio. Este tema de los pies es muy
interesante y me gustaría seguir hablando sobre eso, ¿Qué tienes que hacer
después de clase?
- Nada, no me corresponde trabajar mañana porque es sábado,
¿Por qué lo dice?.
- Pues, porque si no tienes inconveniente me gustaría
invitarte unos tragos para seguir conversando.
- No tengo ningún problema profe, Usted dirá.
- Perfecto, dame unos minutos para firmar algunas cosas,
mientras tanto espérame en la planta baja cerca del estacionamiento.
- Ok, allí le esperaré.
Hans se retiró y yo me quedé pensando si había sido muy
directo al decirle que quería seguir hablando de sus pies. Sin embargo, también
me llamó poderosamente la atención que no se extrañara por esa proposición; más
bien noté una comprensión casi gélida sobre ese tema, ¿Será que ya se había dado
cuenta de mis gustos? o ¿Será que ya tenía experiencia al respecto?. La mente se
me llenó de pensamientos eróticos y decidí que si me daba la oportunidad haría
realidad mi sueño de adorar sus zapatos y sus pies. Luego de firmar los
registros correspondientes me despedí de mis compañeros de trabajo y fui directo
al estacionamiento. Allí estaba él esperándome sentado en un banco cercano. Le
hice señas para que se acercara y ambos nos fuimos al auto. Cuando salimos del
liceo le propuse irnos directo a casa pues allá tenía un whisky muy fino que me
habían regalado unos amigos. Él asintió sin ningún tipo de resquemor, cosa que
me extrañó, pero al fin y al cabo me sentí más a gusto.
Cuando llegamos a casa nos sentamos en la sala uno frente al
otro en dos sillones distintos aunque con cierta distancia entre ellos y serví
dos vasos de licor para empezar. Al principio hablamos de varias cosas, pero no
de sus pies, ya que no hallaba la manera de regresar al tema. No obstante, Hans
se dio cuenta que yo miraba fijamente sus pies y preguntó:
- Por cierto profe, ¿No quería Usted hablar de mis pies?.
- Sí, si no te incomoda por supuesto.
- No, realmente no. He notado que me los mira mucho, ¿Por
qué?.
- Sí, es que llaman mucho la atención por lo grandes que son,
nunca había visto unos pies de ese tamaño.
- Pues le confieso que me gusta bastante que la gente me mire
los pies.
- A mi me gustaría verlos más de cerca.
- No hay problema profesor, pero antes debo ponerle ciertas
cosas en claro.
- Tu dirás.
- Sé que le gustan mis pies porque ha hecho mucho énfasis en
ese tema y además no deja de mirarlos. Como podrá darse cuenta son un manjar muy
buscado por quienes saben apreciarlos. Durante mi vida he conocido a varias
personas que harían cualquier cosa con tal de adorar mis pies y yo debo
confesarle que eso me gusta. ¿Quiere adorar mis pies?, dígamelo con sinceridad,
soy comprensivo con estas cosas.
- Sí, es lo que más deseo en este momento.
- Yo puedo hacer que Usted cumpla ese sueño, pero le voy a
poner una condición.
- Sí, la que sea.
- Le voy a ser muy sincero. Me gusta que la gente haga lo que
yo desee, pero por encima de todo, siento un profundo placer cuando humillo a
alguien y así que Usted, mejor dicho tú, harás lo que yo quiera si deseas adorar
mis pies. Te someterás a mi autoridad y cumplirás con todo lo que te diga, no
importa cuan difícil, ridículo o vergonzoso te parezca. Deberás ejecutar todas
mis órdenes exactamente, ni más ni menos, porque ambos casos son infracciones
para mí y si no lo haces te castigaré quitándote lo que más te gusta. En ese
caso tú perderías más que yo. ¿Te quedó claro?
- Sí, sí, muy claro, nunca me habían pedido algo como eso,
pero estoy dispuesto a cumplir todo lo que ordenes de aquí en adelante.
- Bien, pero que no se te olvide que eres todo mío, tu
voluntad no importa, te guste o no te guste estás bajo mi poder.
Su voz potente e inflexible, sus ojos, vivaces y llenos de
energía y su notoria corpulencia física, se complementaban simultáneamente e
irradiaban un formidable poder de coerción sobre mí. Todo lo que estaba pasando
era lógico, yo le había dejado al descubierto mi punto débil, mi "droga" y él,
ni corto ni perezoso, se aprovechaba gustosamente de tal situación. Me doblegó
sin el más mínimo esfuerzo y verme ante él indefenso y expectante le excitaba al
máximo, cosa se podía notar por la sonrisa cínica que mostraba y por supuesto a
mí también me gustaba esa nueva y extraña situación.
- ¿Tienes una cámara filmadora?.
- Sí-Le dije un poco temeroso-
- ¿Y una máscara?
- También, es de látex negro.
- Perfecto, no podría ser mejor. Anda a buscar ambas cosas,
pero rápido que soy muy impaciente.
Subí veloz a mi cuarto y busqué ambas objetos. Mi corazón
latía presuroso por la emoción que sentía. Me encantaban las máscaras, pero me
daba miedo que quisiera filmar este encuentro y divulgarlo públicamente. A los
pocos minutos estaba de nuevo en su presencia.
- ¿Trajiste todo?
- Sí señor.
- Muy bien, muy bien. Dame la cámara, quítate la ropa y los
zapatos y ponte la máscara ya que estoy ansioso.
Me desvestí y me puse la máscara y me la ajusté lo mejor
posible. Me cubría toda la cabeza, salvo los ojos, los orificios de la nariz y
la boca, para los cuales había aberturas pequeñas. Cuando hube completado el
proceso de colocármela, tomó la cámara y comenzó a filmar. Su segunda orden fue
que me arrodillara frente a sus pies. Por primera vez los veía tan cerca. Dejó
en claro que sólo debía cumplir con sus órdenes taxativamente. Así que por el
momento debía permanecer en aquella posición. Lo hizo con toda la mala intención
del mundo. Sus ojos me contemplaban llenos de gozo pues mis ganas de adorar sus
pies crecían, mas yo no debía moverme. Pasó largo rato antes de que me ordenara
acostarme boca abajo en el suelo. Ahora estaba aún más cerca, sus zapatos se
erguían magnánimos a pocos centímetros de mi nariz y podía sentir, aunque muy
débil, el olor del cuero gastado de su calzado. Su rostro dibujó una sonrisa
cruel y burlona. Acercó primero su zapato izquierdo, ahora sí el olor era mas
perceptible y dejaba menos espacio a la imaginación, sin embargo, se transformó
en un elemento de mayor tortura. Alejó lentamente su pie izquierdo y todo estaba
como al principio. Mis ojos mostraron desaprobación y él me dijo:
- Nada de quejas o de lo contrario será peor para ti.
- No, no, claro, así lo haré.
- Shhhhhhh –hizo con la boca mientras ponía el índice de su
mano derecha en forma vertical en sus labios-, hablarás cuando te indique.
Asentí con la cabeza para no caer en una nueva infracción.
Esta vez acercó ambos pies unidos y luego abrió un poco las piernas y me rozó
los laterales de la cara, exactamente debajo de las orejas hasta que las puntas
tocaron mis hombros.
- Eres sencillamente un imbécil sin voluntad, ojalá pudieras
ver la pose de tonto que tienes. Mira lo que hago contigo.
Acto seguido colocó sus dos zapatotes encima de mi espalda y
apretó fuertemente hasta que sentí dolor.
- Ahh, me duele.
- Shhh -Me hizo de nuevo, pero esta vez se acercó a mi oído
derecho y dijo casi susurrando- ¿No entiendes cuando te hablo?. Voy a tener que
enseñarte quién es el que lleva las riendas aquí porque evidentemente no has
entendido todavía. Recuerda que tú pierdes más que yo en este juego.
Con un movimiento de mi cabeza le di a entender que aceptaba
lo que decía. No obstante mi actitud sumisa se levantó del sillón y se sentó en
el sofá que estaba a un lado de nosotros para castigarme por no obedecerle. Su
sonrisa era de placer infinito pues yo debía hacer ciertos esfuerzos con mi
cabeza para poder verle y para colmo comenzó a provocarme con sus pies. Se
acariciaba los zapatos lentamente con ambas manos y se introducía cada dedo
índice en el espacio existente entre su zapato y su pie exactamente debajo de
los tobillos para posteriormente olérselos con infinito gusto, como si estuviese
catando algún tipo de champaña de la más alta calidad existente. Yo por mi parte
deseaba ver ese espectáculo pues me deleitaba, pero el cuello me dolía por la
posición que debía adoptar para lograr mi propósito.
No dejó de captar nada de lo acontecido con la cámara
filmadora y luego de pasada media hora de ese juego sádico volvió a su lugar
original y me ordenó que le desanudara lentamente sus zapatos e hizo énfasis en
la palabra lentamente. En la posición en la que me encontraba se me hizo un poco
difícil controlar la velocidad de mis manos, pero al fin logré hacerlo. Primero
el derecho y luego el izquierdo. Después me dijo que halara un poco las
lengüetas de sus zapatos para aflojarlos. El aroma de pie crecía y me estremecía
todo mi ser.
- Acaricia mis zapatos, pasa tus manos por ellos muy
lentamente. ¿Te gustan?
- Sí.
- ¿Mucho?
- Bastante.
- Serán tuyos si te portas bien, ah y otra cosa que se me
había olvidado, esto debe quedar como secreto entre tú y yo, de lo contrario me
perderás para siempre. Respóndeme con tu cabeza.
Asentí inmediatamente para acceder a su imposición. Entonces
acercó sus pies a mí que continuaba tendido boca abajo en el piso y mis manos
comenzaron a deslizarse en forma suave y rítmica a través de la superficie del
cuero blancuzco y ligeramente agrietado de su calzado. Este último detalle me
gustaba muchísimo pues me imaginaba que debían tener un olor magnífico por el
uso y el tiempo que denotaban. Tenía unas ganas inmensas de acercarme las manos
a la nariz para tener contacto con el perfume que despedían los zapatos, pero
sin autorización de mi amo me expondría al castigo que ya conocía. La filmadora
seguía inexorablemente todos mis movimientos y era fácil deducir que Hans
disfrutaría muchísimo cuando viera este video. Mas no debía temer por mi
identidad ya que el hecho de estar desvestido y enmascarado me protegía de toda
posibilidad de identificación. Realmente ese muchacho era un genio, había
calibrado todo a la perfección para resguardarnos a ambos.
A pesar de todo Hans disfrutaba más que yo esos momentos pues
el proceso que me llevaba hacia la adoración de sus pies era extremadamente
lento. Todo estaba calculado para crear el mayor sufrimiento en mí y, en
consecuencia, el mayor placer en él. Parecía que nunca llegaría donde tanto
ansiaba. Cuando menos lo esperaba me dijo:
- Quítame el zapato izquierdo.
Sin perder tiempo así su tobillo con mi mano izquierda y con
la derecha, más hábil halé ligeramente el zapato tomándolo por su base. Lo fui
deslizando hacia mi rostro y cuando terminé mi labor lo coloqué en el piso. El
olor inconfundible de pie llegó por fin a mi nariz. No era fétido, como había
estado deseando desde el principio, pero era olor a pie sudado y eso bastaba
para mí. Comenzaba a entrar en el paraíso. Movió sus dedos dentro del calcetín
para provocarme más y después agregó:
- Toma mi zapato y huélelo profundamente, gózalo, disfrútalo,
por ahora es todo tuyo.
Tomé el zapato con ambas manos y aspiré lo más que pude.
Sentí una rica mezcla de cuero y sudor de pie. No podía detenerme, respiraba
dentro de él como si fuera la mascarilla de oxígeno de una sala de terapia
intensiva, como si de ello dependiera mi vida.
- Ahora siéntate en el piso y pon tu nariz cerca de mi pie,
luego toma el zapato y colócatelo en tu pene.
Después de esto mi corazón se aceleró aún más. Me puse en la
posición que me ordenó y su zapatote cubría perfectamente mi miembro.
-Perfecto, ahora quítame el calcetín sin usar las manos.
Lo único que se me ocurrió fue morder la parte delantera del
calcetín con los dientes teniendo cuidado de no hacerle daño a su pie. Allí casi
se me salió el corazón, por fin estaba cerca de lo más había soñado esos últimos
días. Su pie se veía gigantesco ante mi vista. Puse el máximo cuidado en no
herir sus dedos con los dientes y logré comenzar la sacar el calcetín halando
suave y firmemente la parte delantera del mismo. Cuando hube sacado todo el
calcetín me ordenó que me lo colocara alrededor de los ojos como si fuese una
venda. Me até bien el calcetín alrededor de los ojos y quedé sin sentido de la
vista. Así aumentó mi dependencia hacia sus deseos. Yo estaba totalmente turbado
por la emoción y debía hacer un esfuerzo para seguir las órdenes que emanaban de
los labios de mi amo.
- Bien, te estás comportando muy bien cachorrito. Ahora tu
dueño te va a premiar por eso. Huele mi pie, yo lo guiaré hacia tu nariz y al
mismo tiempo trata de masturbarte con mi zapato.
Qué ricura, el placer continuaba en aumento. Mi nariz ya
tenía perfecto contacto con el olor de ese manjar de dioses y aspiré todo lo que
pude para no perder nada de lo que allí brotaba. Con ambas manos apreté
fuertemente el zapatote y comencé a masturbarme, al principio era dificultoso
por las dimensiones que tenía, pero poco a poco lo fui tomando el ritmo y mi
pene desde hace rato erecto pudo disfrutar de ese momento.
- Lo estás haciendo fenomenal. Ahora roza tu nariz con mi pie
y deslízala suavemente por todos lados.
Mi olfato ya tenía contacto con la fuente del placer y eso le
dio un nuevo impulso a mi pene que ya se acercaba velozmente al momento de la
eyaculación. Mi nariz recorría su pie por todos lados, ayudado por el movimiento
diestro que hacía Hans de su extremidad para ayudarme a cumplir mi misión. Pasé
así un rato y logré memorizar perfectamente la forma de esa parte de su cuerpo.
- Ahora el cachorro debe lamer el pie de su dueño-me dijo con
voz más cariñosa-
Esta vez le tocaba el turno a mi lengua recrearse. Se
encontró con un sabor algo salado, pero característico y muy agradable. Sin
embargo mi nariz no había dejado de aspirar. Ambos sentidos eran mi fuente de
placer en ese momento. Entonces posó su pie derecho, hasta entonces inmóvil,
sobre mi hombro izquierdo. Me encorvé un poco por el peso y la fuerza que
ejerció para recordarme que aún estaba bajo su poder.
Después de unos pocos minutos así no pude resistir más y mi
pene eyaculó copiosamente dentro su zapatote. No estaba seguro si eso le
gustaría a Hans, pero me comentó que le excitaba que alguien adorara su pie y
por ello no le molestaba el semen que dejé allí.
- Ahora quítame el otro zapato y también el calcetín, pero
esta vez más rápido.
Hice lo que me ordenó y pronto colocó ese pie sobre mi pecho
y me acarició con él deslizándolo por todas partes. Mi respiración se aceleró de
nuevo al sentirlo, no podía verlo, pero igualmente disfrutaba todo aquello. Me
gustaba su contacto con mi piel y el olor suave que despedía. Después de un rato
lo apartó de mi pecho y lo colocó en mi nariz apretando enérgicamente con los
dedos índice y pulgar y al mismo tiempo empujaba y halaba mi cabeza con cierta
fuerza.. No podía respirar bien y debía inhalar el oxígeno por la boca. Era una
situación de lo más sádica, pero también muy erótica.
Sin darme cuenta él se estaba masturbando por las escenas que
contemplaba, su movimiento de mano se aceleró por mi total sumisión a sus pies y
su respiración era cada vez más rápida y sonora. Poco tiempo después eyaculó
sobre mi rostro una leche espesa y abundante, producto de todo su placer. Ambos
estábamos satisfechos por todo lo que habíamos hecho. Yo cumplí mi sueño de
adorar unos pies y zapatos grandísimos como esos y él desempeñaba el papel que
más le gustaba: Ser el amo y señor de un fetichista como yo. Éramos tal para
cual y nos complementábamos a la perfección.
Finalmente me desanudó la media y mis ojos pudieron volver a
observar todo sus monumentales pies.
- ¿Te gustó cachorro?
- Sí, muchísimo ¿Y a ti?
- También, hiciste todo como es debido. Pronto volveremos a
tener otra aventura de este tipo, te lo prometo.
- Gracias, eres único.
- ¿Te gustaron mis pies?.
- Sí, son lo mejor que he probado en mi vida.
- ¿Alguna sugerencia?.
- Bueno, me gustaría que olieran más a sudor, eso me vuelve
loco.
- Eso se puede arreglar fácil. Yo practico básquetbol con mis
amigos casi todos los días. Puedo usar un par de calcetines varias veces
seguidas y luego te pongo a adorarlos tal como hiciste hoy, ¿Qué me dices?.
- Perfecto, perfecto, no podría ser mejor. Quisiera decirte
algo y espero que no te molestes. Hoy he disfrutado mucho contigo, me encantaría
que sigamos haciendo lo mismo siempre, pero además quiero decirte que siento
algo muy especial por ti. Me gustaría tener una relación más estable contigo. No
te preocupes por tu novia, no soy celoso con las mujeres. ¿Qué me dices?.
- No tengo problema, siempre y cuando te sometas a mis reglas
tal y como hiciste hoy, yo te daré lo que quieres y tú me harás sentir como a mí
me gusta.
- Así será, lo prometo.
Entonces nos abrazamos tiernamente dando inicio a una sólida
y tórrida relación amorosa que aún persiste.