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Cambié los micros por las pollas
TODORELATOS » RELATOS » BROMA DE MEFISTO
[ Vaca de dos amos, ni da leche ni come grano. ]
 TODORELATOS.COM Fecha: 11 de Octubre, 2008.
Fecha: 26-Mar-07 « Anterior | Siguiente » en Hetero: Infidelidad (2901 de 3513)

Broma de Mefisto

scarlet83
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Una actriz celosa espía a su marido y cae en una trampa tendida por… Version para imprimirEnviar este relato a un amigo/a Ver ficha del autor

BROMA DE MEFISTO

Una actriz celosa espía a su marido y cae en una trampa tendida por… 

Mi marido es un idiota consumado. Y yo también gracias a mis celos obsesivos que me incitan a espiarle días y noches. Me he convertido en la comidilla de todos porque no le dejo ni a sol ni a sombra. Los dos trabajamos de actores en el mismo teatro y hemos ganado cierta fama. Especialmente él quien suele interpretar los papeles de amantes fatales aunque le falta pelo, le sobran canas, le salen verrugas y orzuelos en los momentos más inapropiados y luce una panza de 9 meses, fruto de su unión con Madame Cerveza. Pero su voz de trueno retumba debajo de las candilejas, irrumpe en los palcos, arrasa la platea y se vuelve melosamente patética durante el desenlace dramático para el gran regocijo de momias teatrales, ataviadas de negro. A la luz de focos, semioculto por columnas, parece pasable e incluso imponente como un coronel de vacaciones. Y claro, es irresistible cuando hace mutis o, aún mejor, después de la caída del telón. ¿Por qué me deliro por un pedazo de degenerado como éste? Muy fácil. Tiene sangre judía. ¿Entendéis? Un vicioso nato que fornica al estilo de conejos. Cuando me bombea soy capaz de perdonarle cualquier cosa. No me importan sus bufidos de bisonte ni sus ojos desorbitados ni la danza frenética de su grasa. De acuerdo, apesta a patatas podridas y quesos franceses. ¿Y qué? No siento naúsea, no cambiaría esta “fragancia” por todas las rosas del planeta. Su verga gigantesca lo recompensa con creces. Me encanta ponerle verde durante mis reuniones con amigas, afilar el cuchillo de mi ironía hasta límites insospechados y, sin embargo, la llegada de la noche aniquila mi personalidad, me reduce a un yunque incandescente que sólo desea los golpes de su martillo.

Nadie me cree cuando confieso que yo, Silvia Barrera, siempre he sido fiel a mi espantapájaros rechoncho, nacido en el mismo año que mi padre. ¡Una mujer joven, desinhibida, traviesa, rodeada de admiradores! A mis 28 años aparento 23 como máximo debido a mi cuerpo esbelto y mi carita de ángel. Mi físico contiene los rasgos característicos de una pícara, una niña mujer que atrapa en sus redes a los hombres de todas las edades: rubia, pelo largo, piel de madreperla, ojos verdigris de expresión ingenua, naricilla respingona, boquita carnosa, pechos casi adolescentes, culito bien moldeado. No en vano he interpretado a tantas criadas graciosas que derrochan donaire y eclipsan a las aristócratas desabridas. A pesar de que practico el sexo maratónico mi vagina sigue siendo apretada, elástica y acogedora, dispuesta a asombrar con sus profundidades de seda. Ya véis, yo y mi marido representamos dos polos diametralmente opuestos, pero, según dice un dicho, los extremos se tocan. Y a mí me toca de maravilla.

Sus jueguitos… un tema aparte. Por ejemplo, me obliga a follar en una peluca pelirroja mientras golpea mi trasero con un bastón y repite de mil maneras posibles: “Te voy a quitar el pellejo, zorra astuta”. Y yo debo responder: “No me lastimes, hermanito lobo”. O me disfrazo de una señorita cursi que lleva un corsé ceñido y chilla cada 15 minutos:  “¡Me está violando! ¡Pare! ¡Soy una duquesa virgen! ¡Ay, qué gusto!” De vez en cuando montamos una orgía sobre la bandera roja imaginando que somos aliados de Lenin. Entonces decimos: “Compañero, tenga la bondad de correrse”, “Compañera, ¿acaso ha olvidado los votos comunistas?”  Su diversión favorita se llama “cliente melindrosa”. El procedimiento es sencillo. Hay que untarle el pubis de flan y natillas, adornar el miembro con fresas, guindas y uvas, aderezar con vainilla y canela + algunos detalles que dependen de la situación. Juanito declara solemnemente: “Aquí está el postre, señorita”. Y yo, fingiendo indignación: “¡No voy a comer semejante barbaridad! ¡No he pedido carne!” Y él: “Según las reglas de nuestro establecimiento ha de zampar el plato o pagar una indemnización”. Poco a poco voy aceptando las condiciones del “restaurante”, me arrodillo y doy unas lamidas flojas con una mueca de repulsión. “¿Qué pasa? ¿Padece anorexia? Le impondremos un castigo por falta de apetito”. Después de muchos arrumacos me lanzo a devorar el postre con tanta saña que recibo una bebida extra – un enorme vaso de leche. En fin, podría escribir un tratado sobre nuestros alicientes sexuales. Quizá me dedique a eso en el umbral de jubilación con tal de amasar un capital para mi grandioso entierro.

*

Mi historia empieza un día lluvioso de noviembre, más triste que las zapatillas de una solterona, cuando nuestro querido director Alfonso se enamoró de la idea de plasmar su versión escénica de “Fausto”. No hubo problemas con el reparto de papeles dado que yo y Juanito nos considerábamos las estrellas más brillantes: él – Fausto, yo – Margarita. ¿Y Mefisto? El Señor de Tinieblas nos encerró en un callejón sin salida. El primer pretendiente a este papel fue hospitalizado con urgencia (un ladrillo le aplastó el pie cuando se paseaba por una obra en construcción). El segundo se mudó a otra ciudad por razones desconocidas. El tercero se negó rotundamente bajo el pretexto de que tenía “sueños amenazantes”. El cuarto empezó a tartamudear y se vio obligado a abandonar el teatro. Empezamos a pensar en suspender el proyecto. Y entonces se presentó el quinto – nuestro salvador. Alto, moreno, atlético, melena negra hasta los hombros, mirada penetrante. Lo adecuado para la imagen del Diablo. Le calculé unos 30 años aunque su sabiduría y la sagacidad de sus comentarios despertaban la sospecha sobre una madurez más avanzada. Trabajaba en una unión de actores independientes, ubicada no sé dónde. Su nombre sonaba raro – Atanás (elección de su padre griego, decía él). Alfonso bromeaba que venía a pelo. Durante los ensayos me fijé en un detalle sorprendente: no hacía ningún esfuerzo para encajar con el personaje, sencillamente entraba en él y se portaba con naturalidad. Nos enseñó a todos una lección de maestría artística.

El estreno resultó un éxito innegable. Yo enternecía con mi candor infantil, Juanito infundía respeto con la gravedad de su voz y la redondez de su barriga que le daba semejanza con un barril artesano, Atanás deslumbraba con la desenvoltura de un papel tan complicado. Cosechamos una lluvia de aplausos y felicitaciones que garantizaría buenas reseñas en los medios de comunicación. Misión cumplida. Lo importante ocurrió después de la función. Atanás me llevó al pasillo y allí anunció en un tono burlón:

-         Tu marido te va a poner los cuernos.

-         ¿Cómo? ¿Estás loco?

-         Dentro de cinco minutos te dirá: Cariño, necesito hablar con el ministro de cultura. Quiere otorgar una subvención para mi primer experimento. Sabes perfectamente qué ilusión me daría dirigir una obra. Insiste en discutirlo en un bar, a solas. No tardaré mucho en volver. Nos vemos en casa, ¿vale? En realidad irá a su camerín para retozar con Marta, vuestra contadora.

-         No me agrada tu sentido de humor.

-         Ya verás.

Me escondí en el servicio y me puse a contar como tonta: 1, 2, 3, 4…

-         ¿Silvia? – mi marido llamaba a la puerta. – Cariño, necesito hablar con el ministro de cultura… - reprodujo el monólogo que acababa de oír de Atanás, palabra por palabra.

Atolondrada, omití mi interrogatorio habitual y le dejé partir. El “vidente” me esperaba a la salida del teatro.

-         Quédate. No hace falta comprar un hacha para descuartizar a la parejita. Existe otra opción: observarles sin que te vean. ¡Menuda ventaja! 

-         ¿Cómo?

-         Desde mi camerín contiguo. Hay una rendija en la pared… lo suficientemente grande…

Acepté la propuesta. Por una parte, ardía de furia, por otra – de curiosidad por comparar las artimañas a las que recurría mi esposo en cópulas legales y en polvetes secretos.

Marta. ¡Vaya elección acertada! Pasaría por su hermana gemela. La misma edad, la misma voz de trueno, en vez de cuerpo – jalea y sebo por doquier. Pertenecía al tipo “molinera sin complejos”. Estaría menos enfadada si mi esposo me engañara con una mujer digna de rivalizar conmigo. En cambio, el retrasado mental con quien tengo la desgracia de compartir la cama decía: “¡Qué guapa te has puesto, Martita! Eres plato de primera, para chuparse los dedos”.  “Pues chúpalos. ¿A qué esperas?” – espetó la muy puta. Ni corto ni perezoso Juanito metió tres dedos suyos en la boca y empezó a devorarlos. Siempre le gustaban salchichas pringosas. ¡Pervertido! “Quieta, se van enterar” – advirtió Atanás arrimando su hombro al mío.  Su aliento parecía de magma. Me incomodaba bastante, pero no hubo posibilidad de evitarlo por falta de espacio. Entretanto, aquellos dos cerdos se entregaron a un morreo desvergonzado que ponía por tierra los baluartes de decencia. Literalmente bebían la mezcla afrodisíaca de sus babas y practicaban la revisión dental uno a otro. Se oía el chapoteo de sus labios gruesos y la fricción de sus lenguas enroscadas. No, no eran cerdos. Dos medusas deformes que se fundían en un mar tranquilo, apenas moviendo los tentáculos. Me relamí la boca por instinto y en seguida sentí la presión caliente de un beso que me atrapaba en la telaraña de deseo. Voraz y tierno a la vez. A duras penas lo interrumpí para leer un sermón moralista al invasor. “A sus órdenes, señora, no la molestaré” – respondió malicioso. Menos mal que la incipiente humedad entre mis piernas no supiera hablar. Diría otras cosas.

La pornostar exclusiva se quitó la blusa y el sujetador que bien podrían servir de velas para Titanic. La descripción de sus tetas requiere un superlativo especial, no inventado hasta la fecha. “Peras”, “melones”, “piñas” y “sandías” no corresponden a la altura de su escala. “Qué bonito, chiquilla. Mi mujer carece de pecho. Y el tuyo sabe a tortilla de patatas. ¡Riquísimo!” “Pobre Silvia. Deberá operarse” ¡Al menos mis pechos no llegan hasta el ombligo! ¡Apuntan hacia arriba! Claro, incluso él los tenía más grandes que yo, rellenaría la copa de talla B. Mis ojos se empañaron de lágrimas. Costaba demasiado contemplar el espectáculo. Juanito le amasaba las mamas como si estuviera preparando panes para toda la población africana. Lamía sus enormes aureolas, chupaba sus erectos pezones, se atragantaba con el resto… Había que proceder con cuidado. Un paso atrevido y dos bloques de cemento provocarían una conmoción cerebral. Sin embargo, no le importaba. Disfrutaba a tope, como un bebé insaciable. Noté que mis pezones se erguían también. Necesitaba mi parte de estímulo. “Atanás, ¿crees que mis tetitas son feas?” “Ni por asomo, Silvia. ¿Me permites realizar un análisis táctil?” Llevé su mano al sostén de encaje y suspiré con alivio cuando se deslizó debajo de la tela, palpó mis pequeñas amigas y las sopesó delicadamente mientras mordía mi orejita y hacía cosquillas con su barbilla recién afeitada. A medida de mis suspiros iba acelerando el ritmo del masaje hasta convertirlo en un magreo feroz. Me derretía de gusto. Ni siquiera presté atención a sus sortijas que me rasgaban la piel. El actor se acomodó en el suelo, apoyó la espalda contra la pared, me colocó sobre sus rodillas y me abrió el vestido para saborear el manjar con mayor libertad. Yo seguía con mi labor de voyeur mucho más relajada. “Estoy gozando igual que vosotros, malditos traidores” – triunfaba para mis adentros sintiendo mis senos inflamados a punto de reventarse debido a la intensidad de sus succiones y lamidas. 

“¿Te apetece una hamburguesa?”“Por supuesto, no estoy en régimen”.  Marta le bajó la bragueta librando a mi mascota favorita a la que llamaba Tarzán o Willy. “¡Qué porra! ¿Ma vas a castigar mucho?” “Mucho y duro en el caso de que no me ofreces la flor de tus labios, ansiosa por recibir el néctar de mi lujuria”. “¿De qué pieza es?” “Qué más da. Manos a la obra, esclava”. ¡Si pudiera sacar unas tijeras y cortarle estas muñecas rellenitas junto con su lengua de serpiente! ¿Qué derecho tenía a tocar lo mío? Atanás adivinó bien mi esencia de destripadora. Por cierto, sus dedos ágiles me retenían en mi sitio. Trazaban círculos sobre la superficie lisa de abdomen y caderas, acariciaban la cara interna de mis muslos, derramaban chispas eléctricas cerca de la entrepierna deteniéndose a un centímetro del elástico de braguitas. La sensación reconfortante que me prodigaba ayudó a guardar la compostura mientras una ballena hacía una paja soberana a mi marido. Ambos sudaban copiosamente. “Martita, aunque eres contadora puedes causar pequeñas muertes incontables” – jadeaba mi Fausto. Ella gruñó algo aprobativo y metió en la boca la máxima cantidad de carne que cabía. ¡Qué torpeza! ¿Y el preludio? Por lo visto una conducta simplificada complacía a Juanito no menos que nuestros trucos. Cerré los ojos e imaginé claramente que fui yo quien se adueñaba de su pene, lamía el glande, engullía el tronco, jugaba con testículos. Noté que violaba la insondable ventosa de ejecutiva casi con desdén y me alegré. Así. Dale, mi amor. Humilla a esa criatura repulsiva.  El que me servía de silla estalló en una risa sonora y guió mi mano hacia su paquete. Me llevé una grata sorpresa al descubrir que apenas se distinguía de la herramienta con la que solía trabajar. Empecé a frotar suavemente con la vista clavada en el campo de batalla principal. Allí resonaban los berridos de un hombre satisfecho que acababa de venirse. Se me antojaba que inundaba mi boca con su sabor familiar y Marta no tenía nada que ver. Una pregunta me corroía por dentro: ¿por qué nos parece tan hermoso cuando somos participantes y tan grotesco desde la posición de observador?

“Voy a pedir a Alfonso que te dé una medalla por haberme ordeñado, jajaja”. “Lo hará gustoso, sabe por experiencia mis capacidades de ordeño”. “¡Ay, qué ramerita he pescado!” Se aferraron a una botella de vino para recuperar las fuerzas. Yo seguía con mi entretenimiento manual. El aguante de Atanás y la dureza de su portento impactaron en lo más profundo de mi ser. Mi gordito mentiroso creía que le esperaba en casa sin sospechar que me consolaba con un buen ariete, frente a él. “Quítate toda la ropa, así me pondrás a mil, nena”. La “nena” de 120 kilos se desnudó a velocidad de rayo. Un strip tease poco convincente para mi gusto. Juanito no estaba de acuerdo. “¿Quién podría contenerse ante un contoneo tan insinuante?” Lógica masculina. Bonita alfombra fabricaría de su falda. Marta se recostó sobre el sofá y se abrió de piernas mostrando el acceso a la habitación secreta de su cuerpo. Me quedé de piedra. La opulencia alabastrina la convertía en una diosa de fertilidad. Juanito no era más que un sacerdote de su culto, listo para depositar su semilla en la matriz de Madre Tierra. Sus muslos, rotundos como montañas, realzaban una raja mojada entre los arbustos oscuros del pubis. Extasiado por la obscenidad del panorama, mi marido se lanzó a paladear torrentes de líquido viscoso que emanaban de esa concha incansable. Además, volvía a apretar sus “cañones” (no se me ocurre otra definición) como si quisiera exprimir leche o arrancarlos de cuajo.                          

 Mi excitación iba en aumento. Me quejé con un hilillo de voz y alcé las caderas iniciando una especie de cabalgata sobre mi jinete. Aceptó la invitación, hizo a un lado la lencería, pellizcó mis labios vaginales y me penetró con un dedo, sustituido rápidamente por dos que soltaron las aguas subterráneas de mi cuevita tibia. Se lo agradecí con un estremecimiento elocuente y me pegué otra vez a la grieta en la pared. Juanito no paraba de dar lengua a su ídolo, contento de provocarle espasmos y aullidos de placer. Marta se tumbó boca abajo y entregó el templo del trasero a los besuqueos de su admirador que restregaba el miembro reanimado en los cachetes inmensos. Reaccioné con un brinco e inconscientemente aprisioné la mano de Atanás que me exploraba a fondo.  De pronto una oleada de remordimientos me despertó del trance. “No voy a permitir que llegue hasta el final. No soy tan guarra como mi bandido. Me marcho”. – me prometí arrepentida. Debió de leerme el pensamiento, ya que me levantó en vilo y se situó debajo para hundir su rostro en mi sexo palpitante. No había escapatoria. Espatarrada, inmóvil, llena de vergüenza, cedí a la locura. Su lengua, cual una ávida sanguijuela, se adentraba en el estrecho túnel, absorbía todas mis fuerzas y al mismo tiempo me hacía adicta a esta tortura. No me quedaba otra opción que presionar su cabeza con mis piernas, arquear la espalda, mover la pelvis arriba-abajo como una muñeca de trapo. El clítoris me ardía más fuerte que una antorcha. Para el colmo, introdujo un dedo en mi agujero posterior y me estimuló con maestría abriendo los grifos del orgasmo demoledor. 

Juanito se hartó de preliminares, masajeó por última vez la vulva de su “molinera” y la ensartó con una sola estocada. Yo deseaba lo mismo. Olvidé mi ira, mis planes de venganza, mi angustia de verle con otra. El único objetivo se concentraba en el garrote de Atanás. Sólo él podía apagar las llamas infernales que abrasaban mis entrañas. “Saca tu arma de empuñadura, mi fiel escudero, y clávala en mi alma” – supliqué y en seguida me mordí los labios (se trataba de una frase que utilizaba cuando Juanito se disponía a tomarme).  El actor me miró con una sonrisa cínica. “Ponte de pie y no apartes los ojos de tu adorado cónyuge”. Obedecí en silencio. Se colocó detrás y durante unos minutos interminables jugaba conmigo alargando la espera, metiendo y sacando la punta de su verga férrea. Estaba a punto de romper a llorar. Aquellos dos lo pasaban fenomenal, totalmente perdidos en su polvo. Al final, cuando casi me despedí de la esperanza de recibir la recompensa, irrumpió en mí al ritmo de un tren descarrilado, haciéndome sentir una presa en las garras de un ave depredador. “Grita, Silvia. He dicho a tu marido que voy a encontrar a una chica callejera para pasar con ella un rato agradable. No se asombrará”.  Por poco me desgarré la garganta durante el concierto de chillidos, inspirado por un acoplamiento de ensueño. Ellos se pusieron cachondísimos, repetían con exactitud nuestros gestos espasmódicos. Éramos reflejos de nuestros reflejos, fantasmas que se van y no vuelven. 

Cuando me acercaba al borde del clímax, aún más intenso que el anterior, sucedió una cosa extraña. Me desmayé y divisé un desierto, una estatua, unos signos indescifrables en la arena. Quería huir de una algarabía de voces amenazantes. Lo conseguí. Una soledad espantosa me cobijó entre sus alas. Alguien me tendió un libro antiguo. “¡No leas!” – ordenó Atanás y me obligó a explotar en el geiser de su eyaculación. Un viento nórdico me barrió de allí y me aterrizó en el camerín. Me encontraba sola aunque los jugos seguían escurriendo de mi vagina recién taladrada y una cicatriz se quedó grabada en mi nuca donde sentí una ligera cornada hace unos minutos. Una densa humareda se esparcía por el techo. Lo entendí todo en un instante y me libré de una carga pesada. “No tengo la culpa, Juanito. Ninguna mujer, incluso la más pudorosa, es capaz de resistir a Él si se empeña en transformarla en su puta privada. Así son bromitas de Mefisto” – dije mentalmente a mi marido sin importarme que no me oyera en plena faena de descargar sus necesidades libidinosas.  Ya no había ganas de observar por la rendija. Me vestí y me disolví como una sombra en los pasillos del teatro.              

 

*

 

La aventura me influyó positivamente. Al aprender la lección “nunca digas de esta agua no beberé” dejé de atormentarme con celos. Y salí ganando. La infidelidad de Juanito se debía al deseo de violar un tabú, desafiar a la disciplina impuesta. Cuando lo prohibido se hizo permitido perdió el interés por su propia libertad ilimitada. Porque me ama. Yo también amo a esta bola de tocino que rueda por las tablas del escenario y no sabe presentar ningún monólogo sin entonaciones empalagosas. Sólo a él regalo los latidos de mi corazón y los mejores momentos de mi pasado, presente y futuro.  Le perdoné su lío con Marta. Los hombres buscan la variedad. Los que suelen comer bizcochos finos sueñan con pan rallado. Leyes universales. Nada de extrañar que Juanito, acostumbrado a mi frágil cuerpo de colegiala, se enrolló con una madurita, bien metida en carnes, cuyos bruscos modales contrastaban con mis travesuras elegantes. Al menos no la inició en nuestros juegos –  “hermanito lobo”, “duquesa violada”, “comunistas viciosos”, “cliente melindrosa”, etc. Debo confesar que durante algún tiempo echaba de menos a mi seductor sobrenatural y anhelaba otro encuentro con él. Intenté averiguar algo sobre la unión de actores independientes y me enteré de que no existía. Más tarde le agradecí su ausencia discreta. Era lo correcto. Me regaló una clase práctica de adulterio maravilloso y ya está. No había sentido en las citas posteriores que turbarían mi estado de ánimo. Dificilmente me veo montando una escoba, surcando los aires rumbo a un aquelarre. Prefiero preparar unas chuletas a mi Pantagruel y dormir la siesta sobre el edredón de su barriga. Y claro, mi amante ocasional lo sabía.                     

Al cabo de nueve meses di a luz a un niño precioso. Tiene los ojos algo amarillos y los dientes algo afilados, pero no se nota demasiado. “El siguiente será de Juanito – prometí a mí misma. – Ya no habrá mefistos rondando a mi alrededor”. Me aburría en casa, así que contraté a una niñera y me reincorporé al trabajo. Por más raro que parezca, el ministro de cultura nos otorgó la subvención necesaria para montar nuestra versión de “La zapatera prodigiosa” de García Lorca. Los expertos aseguran que es el papel clave de mi vida. Podéis imaginar con qué deleite pronuncio las últimas palabras de la obra: ¡Corremundos! ¡Ay, cómo me alegra que hayas venido! ¡Qué vida te voy a dar...! ¡Ni la Inquisión! ¡Ni los templarios de Roma! ¡Qué desgraciada soy! ¡Con este hombre que Dios me ha dado! ¡Callarse, largos de lengua, judíos colorados! Y venid, venid ahora si queréis. Ya somos dos a defender mi casa, ¡dos!, ¡dos! ¡Yo y mi marido!… ¡Con este pillo! ¡Con este granuja!

Después del estreno un mensajero desconocido me entregó un ramo de camelias con una tarjeta que lucía la única letra “M”.  

 

Se dedica a mi novio con todo mi amor. Gracias a él he conocido el ambiente artístico donde abundan los personajes pintorescos como los que han servido de prototipos para el presente relato.

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