BROMA DE MEFISTO
Una actriz celosa espía a su marido y
cae en una trampa tendida por…
Mi marido es un idiota consumado. Y yo
también gracias a mis celos obsesivos que me incitan a espiarle días y noches.
Me he convertido en la comidilla de todos porque no le dejo ni a sol ni a
sombra. Los dos trabajamos de actores en el mismo teatro y hemos ganado cierta
fama. Especialmente él quien suele interpretar los papeles de amantes fatales
aunque le falta pelo, le sobran canas, le salen verrugas y orzuelos en los
momentos más inapropiados y luce una panza de 9 meses, fruto de su unión con
Madame Cerveza. Pero su voz de trueno retumba debajo de las candilejas, irrumpe
en los palcos, arrasa la platea y se vuelve melosamente patética durante el
desenlace dramático para el gran regocijo de momias teatrales, ataviadas de
negro. A la luz de focos, semioculto por columnas, parece pasable e incluso
imponente como un coronel de vacaciones. Y claro, es irresistible cuando hace
mutis o, aún mejor, después de la caída del telón. ¿Por qué me deliro por un
pedazo de degenerado como éste? Muy fácil. Tiene sangre judía. ¿Entendéis? Un
vicioso nato que fornica al estilo de conejos. Cuando me bombea soy capaz de
perdonarle cualquier cosa. No me importan sus bufidos de bisonte ni sus ojos
desorbitados ni la danza frenética de su grasa. De acuerdo, apesta a patatas
podridas y quesos franceses. ¿Y qué? No siento naúsea, no cambiaría esta
“fragancia” por todas las rosas del planeta. Su verga gigantesca lo recompensa
con creces. Me encanta ponerle verde durante mis reuniones con amigas, afilar el
cuchillo de mi ironía hasta límites insospechados y, sin embargo, la llegada de
la noche aniquila mi personalidad, me reduce a un yunque incandescente que sólo
desea los golpes de su martillo.
Nadie me cree cuando confieso que yo,
Silvia Barrera, siempre he sido fiel a mi espantapájaros rechoncho, nacido en el
mismo año que mi padre. ¡Una mujer joven, desinhibida, traviesa, rodeada de
admiradores! A mis 28 años aparento 23 como máximo debido a mi cuerpo esbelto y
mi carita de ángel. Mi físico contiene los rasgos característicos de una pícara,
una niña mujer que atrapa en sus redes a los hombres de todas las edades: rubia,
pelo largo, piel de madreperla, ojos verdigris de expresión ingenua, naricilla
respingona, boquita carnosa, pechos casi adolescentes, culito bien moldeado. No
en vano he interpretado a tantas criadas graciosas que derrochan donaire y
eclipsan a las aristócratas desabridas. A pesar de que practico el sexo
maratónico mi vagina sigue siendo apretada, elástica y acogedora, dispuesta a
asombrar con sus profundidades de seda. Ya véis, yo y mi marido representamos
dos polos diametralmente opuestos, pero, según dice un dicho, los extremos se
tocan. Y a mí me toca de maravilla.
Sus jueguitos… un tema aparte. Por
ejemplo, me obliga a follar en una peluca pelirroja mientras golpea mi trasero
con un bastón y repite de mil maneras posibles: “Te voy a quitar el pellejo,
zorra astuta”. Y yo debo responder: “No me lastimes, hermanito lobo”. O me
disfrazo de una señorita cursi que lleva un corsé ceñido y chilla cada 15
minutos: “¡Me está violando! ¡Pare! ¡Soy una duquesa virgen! ¡Ay, qué gusto!”
De vez en cuando montamos una orgía sobre la bandera roja imaginando que somos
aliados de Lenin. Entonces decimos: “Compañero, tenga la bondad de correrse”,
“Compañera, ¿acaso ha olvidado los votos comunistas?” Su diversión favorita se
llama “cliente melindrosa”. El procedimiento es sencillo. Hay que untarle el
pubis de flan y natillas, adornar el miembro con fresas, guindas y uvas,
aderezar con vainilla y canela +
algunos detalles que dependen de la situación. Juanito
declara solemnemente: “Aquí está el postre, señorita”. Y yo, fingiendo
indignación: “¡No voy a comer semejante barbaridad! ¡No he pedido carne!” Y él:
“Según las reglas de nuestro establecimiento ha de zampar el plato o pagar una
indemnización”. Poco a poco voy aceptando las condiciones del “restaurante”, me
arrodillo y doy unas lamidas flojas con una mueca de repulsión. “¿Qué pasa?
¿Padece anorexia? Le impondremos un castigo por falta de apetito”. Después de
muchos arrumacos me lanzo a devorar el postre con tanta saña que recibo una
bebida extra – un enorme vaso de leche. En fin, podría escribir un tratado sobre
nuestros alicientes sexuales. Quizá me dedique a eso en el umbral de jubilación
con tal de amasar un capital para mi grandioso entierro.
*
Mi historia empieza un día lluvioso de
noviembre, más triste que las zapatillas de una solterona, cuando nuestro
querido director Alfonso se enamoró de la idea de plasmar su versión escénica de
“Fausto”. No hubo problemas con el reparto de papeles dado que yo y Juanito nos
considerábamos las estrellas más brillantes: él – Fausto, yo – Margarita. ¿Y
Mefisto? El Señor de Tinieblas nos encerró en un callejón sin salida. El primer
pretendiente a este papel fue hospitalizado con urgencia (un ladrillo le aplastó
el pie cuando se paseaba por una obra en construcción). El segundo se mudó a
otra ciudad por razones desconocidas. El tercero se negó rotundamente bajo el
pretexto de que tenía “sueños amenazantes”. El cuarto empezó a tartamudear y se
vio obligado a abandonar el teatro. Empezamos a pensar en suspender el proyecto.
Y entonces se presentó el quinto – nuestro salvador. Alto, moreno, atlético,
melena negra hasta los hombros, mirada penetrante. Lo adecuado para la imagen
del Diablo. Le calculé unos 30 años aunque su sabiduría y la sagacidad de sus
comentarios despertaban la sospecha sobre una madurez más avanzada. Trabajaba en
una unión de actores independientes, ubicada no sé dónde. Su nombre sonaba raro
– Atanás (elección de su padre griego, decía él). Alfonso bromeaba que venía a
pelo. Durante los ensayos me fijé en un detalle sorprendente: no hacía ningún
esfuerzo para encajar con el personaje, sencillamente entraba en él y se portaba
con naturalidad. Nos enseñó a todos una lección de maestría artística.
El estreno resultó un éxito innegable.
Yo enternecía con mi candor infantil, Juanito infundía respeto con la gravedad
de su voz y la redondez de su barriga que le daba semejanza con un barril
artesano, Atanás deslumbraba con la desenvoltura de un papel tan complicado.
Cosechamos una lluvia de aplausos y felicitaciones que garantizaría buenas
reseñas en los medios de comunicación. Misión cumplida. Lo importante ocurrió
después de la función. Atanás me llevó al pasillo y allí anunció en un tono
burlón:
- Tu marido te va a poner los
cuernos.
- ¿Cómo? ¿Estás loco?
- Dentro de cinco minutos te
dirá: Cariño, necesito hablar con el ministro de cultura. Quiere otorgar una
subvención para mi primer experimento. Sabes perfectamente qué ilusión me daría
dirigir una obra. Insiste en discutirlo en un bar, a solas. No tardaré mucho en
volver. Nos vemos en casa, ¿vale? En realidad irá a su camerín para retozar con
Marta, vuestra contadora.
- No me agrada tu sentido de
humor.
- Ya verás.
Me escondí en el servicio y me puse a
contar como tonta: 1, 2, 3, 4…
- ¿Silvia? – mi marido llamaba a
la puerta. – Cariño, necesito hablar con el ministro de cultura… - reprodujo el
monólogo que acababa de oír de Atanás, palabra por palabra.
Atolondrada, omití mi interrogatorio
habitual y le dejé partir. El “vidente” me esperaba a la salida del teatro.
- Quédate. No hace falta comprar
un hacha para descuartizar a la parejita. Existe otra opción: observarles sin
que te vean. ¡Menuda ventaja!
- ¿Cómo?
- Desde mi camerín contiguo. Hay
una rendija en la pared… lo suficientemente grande…
Acepté la propuesta. Por una parte,
ardía de furia, por otra – de curiosidad por comparar las artimañas a las que
recurría mi esposo en cópulas legales y en polvetes secretos.
Marta. ¡Vaya elección acertada! Pasaría
por su hermana gemela. La misma edad, la misma voz de trueno, en vez de cuerpo –
jalea y sebo por doquier. Pertenecía al tipo “molinera sin complejos”. Estaría
menos enfadada si mi esposo me engañara con una mujer digna de rivalizar
conmigo. En cambio, el retrasado mental con quien tengo la desgracia de
compartir la cama decía: “¡Qué guapa te has puesto, Martita! Eres plato de
primera, para chuparse los dedos”. “Pues chúpalos. ¿A qué esperas?” – espetó la
muy puta. Ni corto ni perezoso Juanito metió tres dedos suyos en la boca y
empezó a devorarlos. Siempre le gustaban salchichas pringosas. ¡Pervertido!
“Quieta, se van enterar” – advirtió Atanás arrimando su hombro al mío. Su
aliento parecía de magma. Me incomodaba bastante, pero no hubo posibilidad de
evitarlo por falta de espacio. Entretanto, aquellos dos cerdos se entregaron a
un morreo desvergonzado que ponía por tierra los baluartes de decencia.
Literalmente bebían la mezcla afrodisíaca de sus babas y practicaban la revisión
dental uno a otro. Se oía el chapoteo de sus labios gruesos y la fricción de sus
lenguas enroscadas. No, no eran cerdos. Dos medusas deformes que se fundían en
un mar tranquilo, apenas moviendo los tentáculos. Me relamí la boca por instinto
y en seguida sentí la presión caliente de un beso que me atrapaba en la telaraña
de deseo. Voraz y tierno a la vez. A duras penas lo interrumpí para leer un
sermón moralista al invasor. “A sus órdenes, señora, no la molestaré” –
respondió malicioso. Menos mal que la incipiente humedad entre mis piernas no
supiera hablar. Diría otras cosas.
La pornostar exclusiva se quitó la blusa
y el sujetador que bien podrían servir de velas para Titanic. La descripción de
sus tetas requiere un superlativo especial, no inventado hasta la fecha.
“Peras”, “melones”, “piñas” y “sandías” no corresponden a la altura de su
escala. “Qué bonito, chiquilla. Mi mujer carece de pecho. Y el tuyo sabe a
tortilla de patatas. ¡Riquísimo!” “Pobre Silvia. Deberá operarse” ¡Al menos mis
pechos no llegan hasta el ombligo! ¡Apuntan hacia arriba! Claro, incluso él los
tenía más grandes que yo, rellenaría la copa de talla B. Mis ojos se empañaron
de lágrimas. Costaba demasiado contemplar el espectáculo. Juanito le amasaba las
mamas como si estuviera preparando panes para toda la población africana. Lamía
sus enormes aureolas, chupaba sus erectos pezones, se atragantaba con el resto…
Había que proceder con cuidado. Un paso atrevido y dos bloques de cemento
provocarían una conmoción cerebral. Sin embargo, no le importaba. Disfrutaba a
tope, como un bebé insaciable. Noté que mis pezones se erguían también.
Necesitaba mi parte de estímulo. “Atanás, ¿crees que mis tetitas son feas?” “Ni
por asomo, Silvia. ¿Me permites realizar un análisis táctil?” Llevé su mano al
sostén de encaje y suspiré con alivio cuando se deslizó debajo de la tela, palpó
mis pequeñas amigas y las sopesó delicadamente mientras mordía mi orejita y
hacía cosquillas con su barbilla recién afeitada. A medida de mis suspiros iba
acelerando el ritmo del masaje hasta convertirlo en un magreo feroz. Me derretía
de gusto. Ni siquiera presté atención a sus sortijas que me rasgaban la piel. El
actor se acomodó en el suelo, apoyó la espalda contra la pared, me colocó sobre
sus rodillas y me abrió el vestido para saborear el manjar con mayor libertad.
Yo seguía con mi labor de voyeur mucho más relajada. “Estoy gozando igual que
vosotros, malditos traidores” – triunfaba para mis adentros sintiendo mis senos
inflamados a punto de reventarse debido a la intensidad de sus succiones y
lamidas.
“¿Te apetece una hamburguesa?”“Por
supuesto, no estoy en régimen”. Marta le bajó la bragueta librando a mi mascota
favorita a la que llamaba Tarzán o Willy. “¡Qué porra! ¿Ma vas a castigar
mucho?” “Mucho y duro en el caso de que no me ofreces la flor de tus labios,
ansiosa por recibir el néctar de mi lujuria”. “¿De qué pieza es?” “Qué más da.
Manos a la obra, esclava”. ¡Si pudiera sacar unas tijeras y cortarle estas
muñecas rellenitas junto con su lengua de serpiente! ¿Qué derecho tenía a tocar
lo mío? Atanás adivinó bien mi esencia de destripadora. Por cierto, sus dedos
ágiles me retenían en mi sitio. Trazaban círculos sobre la superficie lisa de
abdomen y caderas, acariciaban la cara interna de mis muslos, derramaban chispas
eléctricas cerca de la entrepierna deteniéndose a un centímetro del elástico de
braguitas. La sensación reconfortante que me prodigaba ayudó a guardar la
compostura mientras una ballena hacía una paja soberana a mi marido. Ambos
sudaban copiosamente. “Martita, aunque eres contadora puedes causar pequeñas
muertes incontables” – jadeaba mi Fausto. Ella gruñó algo aprobativo y metió en
la boca la máxima cantidad de carne que cabía. ¡Qué torpeza! ¿Y el preludio? Por
lo visto una conducta simplificada complacía a Juanito no menos que nuestros
trucos. Cerré los ojos e imaginé claramente que fui yo quien se adueñaba de su
pene, lamía el glande, engullía el tronco, jugaba con testículos. Noté que
violaba la insondable ventosa de ejecutiva casi con desdén y me alegré. Así.
Dale, mi amor. Humilla a esa criatura repulsiva. El que me servía de silla
estalló en una risa sonora y guió mi mano hacia su paquete. Me llevé una grata
sorpresa al descubrir que apenas se distinguía de la herramienta con la que
solía trabajar. Empecé a frotar suavemente con la vista clavada en el campo de
batalla principal. Allí resonaban los berridos de un hombre satisfecho que
acababa de venirse. Se me antojaba que inundaba mi boca con su sabor familiar y
Marta no tenía nada que ver. Una pregunta me corroía por dentro: ¿por qué nos
parece tan hermoso cuando somos participantes y tan grotesco desde la posición
de observador?
“Voy a pedir a Alfonso que te dé una
medalla por haberme ordeñado, jajaja”. “Lo hará gustoso, sabe por experiencia
mis capacidades de ordeño”. “¡Ay, qué ramerita he pescado!” Se aferraron a una
botella de vino para recuperar las fuerzas. Yo seguía con mi entretenimiento
manual. El aguante de Atanás y la dureza de su portento impactaron en lo más
profundo de mi ser. Mi gordito mentiroso creía que le esperaba en casa sin
sospechar que me consolaba con un buen ariete, frente a él. “Quítate toda la
ropa, así me pondrás a mil, nena”. La “nena” de 120 kilos se desnudó a velocidad
de rayo. Un strip tease poco convincente para mi gusto. Juanito no estaba de
acuerdo. “¿Quién podría contenerse ante un contoneo tan insinuante?” Lógica
masculina. Bonita alfombra fabricaría de su falda. Marta se recostó sobre el
sofá y se abrió de piernas mostrando el acceso a la habitación secreta de su
cuerpo. Me quedé de piedra. La opulencia alabastrina la convertía en una diosa
de fertilidad. Juanito no era más que un sacerdote de su culto, listo para
depositar su semilla en la matriz de Madre Tierra. Sus muslos, rotundos como
montañas, realzaban una raja mojada entre los arbustos oscuros del pubis.
Extasiado por la obscenidad del panorama, mi marido se lanzó a paladear
torrentes de líquido viscoso que emanaban de esa concha incansable. Además,
volvía a apretar sus “cañones” (no se me ocurre otra definición) como si
quisiera exprimir leche o arrancarlos de cuajo.
Mi excitación iba en aumento. Me quejé
con un hilillo de voz y alcé las caderas iniciando una especie de cabalgata
sobre mi jinete. Aceptó la invitación, hizo a un lado la lencería, pellizcó mis
labios vaginales y me penetró con un dedo, sustituido rápidamente por dos que
soltaron las aguas subterráneas de mi cuevita tibia. Se lo agradecí con un
estremecimiento elocuente y me pegué otra vez a la grieta en la pared. Juanito
no paraba de dar lengua a su ídolo, contento de provocarle espasmos y aullidos
de placer. Marta se tumbó boca abajo y entregó el templo del trasero a los
besuqueos de su admirador que restregaba el miembro reanimado en los cachetes
inmensos. Reaccioné con un brinco e inconscientemente aprisioné la mano de
Atanás que me exploraba a fondo. De pronto una oleada de remordimientos me
despertó del trance. “No voy a permitir que llegue hasta el final. No soy tan
guarra como mi bandido. Me marcho”. – me prometí arrepentida. Debió de leerme el
pensamiento, ya que me levantó en vilo y se situó debajo para hundir su rostro
en mi sexo palpitante. No había escapatoria. Espatarrada, inmóvil, llena de
vergüenza, cedí a la locura. Su lengua, cual una ávida sanguijuela, se adentraba
en el estrecho túnel, absorbía todas mis fuerzas y al mismo tiempo me hacía
adicta a esta tortura. No me quedaba otra opción que presionar su cabeza con mis
piernas, arquear la espalda, mover la pelvis arriba-abajo como una muñeca de
trapo. El clítoris me ardía más fuerte que una antorcha. Para el colmo,
introdujo un dedo en mi agujero posterior y me estimuló con maestría abriendo
los grifos del orgasmo demoledor.
Juanito se hartó de preliminares,
masajeó por última vez la vulva de su “molinera” y la ensartó con una sola
estocada. Yo deseaba lo mismo. Olvidé mi ira, mis planes de venganza, mi
angustia de verle con otra. El único objetivo se concentraba en el garrote de
Atanás. Sólo él podía apagar las llamas infernales que abrasaban mis entrañas.
“Saca tu arma de empuñadura, mi fiel escudero, y clávala en mi alma” – supliqué
y en seguida me mordí los labios (se trataba de una frase que utilizaba cuando
Juanito se disponía a tomarme). El actor me miró con una sonrisa cínica. “Ponte
de pie y no apartes los ojos de tu adorado cónyuge”. Obedecí en silencio. Se
colocó detrás y durante unos minutos interminables jugaba conmigo alargando la
espera, metiendo y sacando la punta de su verga férrea. Estaba a punto de romper
a llorar. Aquellos dos lo pasaban fenomenal, totalmente perdidos en su polvo. Al
final, cuando casi me despedí de la esperanza de recibir la recompensa, irrumpió
en mí al ritmo de un tren descarrilado, haciéndome sentir una presa en las
garras de un ave depredador. “Grita, Silvia. He dicho a tu marido que voy a
encontrar a una chica callejera para pasar con ella un rato agradable. No se
asombrará”. Por poco me desgarré la garganta durante el concierto de chillidos,
inspirado por un acoplamiento de ensueño. Ellos se pusieron cachondísimos,
repetían con exactitud nuestros gestos espasmódicos. Éramos reflejos de nuestros
reflejos, fantasmas que se van y no vuelven.
Cuando me acercaba al borde del clímax,
aún más intenso que el anterior, sucedió una cosa extraña. Me desmayé y divisé
un desierto, una estatua, unos signos indescifrables en la arena. Quería huir de
una algarabía de voces amenazantes. Lo conseguí. Una soledad espantosa me cobijó
entre sus alas. Alguien me tendió un libro antiguo. “¡No leas!” – ordenó Atanás
y me obligó a explotar en el geiser de su eyaculación. Un viento nórdico me
barrió de allí y me aterrizó en el camerín. Me encontraba sola aunque los jugos
seguían escurriendo de mi vagina recién taladrada y una cicatriz se quedó
grabada en mi nuca donde sentí una ligera cornada hace unos minutos. Una densa
humareda se esparcía por el techo. Lo entendí todo en un instante y me libré de
una carga pesada. “No tengo la culpa, Juanito. Ninguna mujer, incluso la más
pudorosa, es capaz de resistir a Él si se empeña en transformarla en su puta
privada. Así son bromitas de Mefisto” – dije mentalmente a mi marido sin
importarme que no me oyera en plena faena de descargar sus necesidades
libidinosas. Ya no había ganas de observar por la rendija. Me vestí y me
disolví como una sombra en los pasillos del teatro.
*
La aventura me influyó positivamente. Al
aprender la lección “nunca digas de esta agua no beberé” dejé de atormentarme
con celos. Y salí ganando. La infidelidad de Juanito se debía al deseo de violar
un tabú, desafiar a la disciplina impuesta. Cuando lo prohibido se hizo
permitido perdió el interés por su propia libertad ilimitada. Porque me ama. Yo
también amo a esta bola de tocino que rueda por las tablas del escenario y no
sabe presentar ningún monólogo sin entonaciones empalagosas. Sólo a él regalo
los latidos de mi corazón y los mejores momentos de mi pasado, presente y
futuro. Le perdoné su lío con Marta. Los hombres buscan la variedad. Los que
suelen comer bizcochos finos sueñan con pan rallado. Leyes universales. Nada de
extrañar que Juanito, acostumbrado a mi frágil cuerpo de colegiala, se enrolló
con una madurita, bien metida en carnes, cuyos bruscos modales contrastaban con
mis travesuras elegantes. Al menos no la inició en nuestros juegos – “hermanito
lobo”, “duquesa violada”, “comunistas viciosos”, “cliente melindrosa”, etc. Debo
confesar que durante algún tiempo echaba de menos a mi seductor sobrenatural y
anhelaba otro encuentro con él. Intenté averiguar algo sobre la unión de actores
independientes y me enteré de que no existía. Más tarde le agradecí su ausencia
discreta. Era lo correcto. Me regaló una clase práctica de adulterio maravilloso
y ya está. No había sentido en las citas posteriores que turbarían mi estado de
ánimo. Dificilmente me veo montando una escoba, surcando los aires rumbo a un
aquelarre. Prefiero preparar unas chuletas a mi Pantagruel y dormir la siesta
sobre el edredón de su barriga. Y claro, mi amante ocasional lo
sabía.
Al cabo de nueve meses di a luz a un
niño precioso. Tiene los ojos algo amarillos y los dientes algo afilados, pero
no se nota demasiado. “El siguiente será de Juanito – prometí a mí misma. – Ya
no habrá mefistos rondando a mi alrededor”. Me aburría en casa, así que contraté
a una niñera y me reincorporé al trabajo. Por más raro que parezca, el ministro
de cultura nos otorgó la subvención necesaria para montar nuestra versión de “La
zapatera prodigiosa” de García Lorca. Los expertos aseguran que es el papel
clave de mi vida. Podéis imaginar con qué deleite pronuncio las últimas palabras
de la obra: ¡Corremundos! ¡Ay, cómo me alegra que hayas venido! ¡Qué vida te voy
a dar...! ¡Ni la Inquisión! ¡Ni los templarios de Roma! ¡Qué desgraciada soy!
¡Con este hombre que Dios me ha dado! ¡Callarse, largos de lengua, judíos
colorados! Y venid, venid ahora si queréis. Ya somos dos a defender mi casa,
¡dos!, ¡dos! ¡Yo y mi marido!… ¡Con este pillo! ¡Con este granuja!
Después del estreno un mensajero
desconocido me entregó un ramo de camelias con una tarjeta que lucía la única
letra “M”.
Se dedica a mi novio con todo mi amor.
Gracias a él he conocido el ambiente artístico donde abundan los personajes
pintorescos como los que han servido de prototipos para el presente relato.