La letra:
http://www.joaquinsabina.net/2005/11/05/corre-dijo-la-tortuga/
“Atrévete” dijo el cobarde. El mismo
cobarde que sonríe en el espejo, sabiéndose ya no tan cobarde, ya no tan
pusilánime, ya no tan perdedor. Mi mirada se pierde en el reflejo, pero va más
allá de mi cuerpo, más allá del cuarto de baño. Sale por la puerta sin siquiera
despedirse y se derrama sobre la cama iluminada por los primeros rayos de sol
que se cuelan por la balconada. O quizá son esos dos cuerpos desnudos de mujer
los que la iluminan.
Sonrío. Recuerdo. Anoche era...
***
Anoche era una noche más y yo me llevaba
a casa el fracaso de todos los días. Casa-oficina, oficina-casa, el niño que fui
hace años vomitaría a mis pies si observara el capullo obseso del trabajo en que
le he convertido. Tanto a un lado como a otro de mi coche deslumbraban los
rótulos de neón pertenecientes a pubs y garitos que invitaban a entrar a todo
aquél que quisiera pasárselo bien. Y por supuesto, yo no entraba en ese grupo.
La carretera se fue desnudando de
edificios y semáforos a medida que me alejaba del centro de la ciudad y enfilaba
hacia la autopista para volver a mi casa en un pueblo de la periferia. Sólo la
oscuridad de las montañas, la soledad del horizonte, la tristeza de la noche. Ni
siquiera llevaba música puesta. El gris de mi traje, el gris de mi coche, el
gris del asfalto que alumbraban los faros del auto... ante mí se presentaba otra
noche igual de gris y triste. Como todas.
Gris asfalto, negro aceite, blanco
pintura de carretera, plata deslucida del quitamiedos, sombras de edificios
esparcidos en la montaña de ladera caída en noche... El paisaje ofrecido por mi
parabrisas era absolutamente deprimente, una especie de pintura desteñida o
filme en blanco y negro. La noche no sabía de colores. La noche era negra y era
triste. Pero de pronto, en una curva, los faros de mi viejo coche alumbraron y
definieron sobre la oscuridad la inconfundible silueta de una pierna de mujer.
Frené bruscamente y el coche se quejó
como sólo puede quejarse un utilitario de más de diez años. El chirrido llenó la
noche de la carretera vacía.
- Amparo, corre. ¡Ha frenado!- oí gritar
a la joven que usaba su esbelta pierna a modo de canto de sirena (más efectivo,
por cierto, que el original).
- ¿Les puedo ayudar en algo?
- Sí, verá...- empezó la primera de
ellas, mientras la otra venía a la carrera, abrochándose los vaqueros,
permitiendo inconscientemente que mi vista resbalara por la parte de su vientre
que quedaba al descubierto.- es que se nos ha estropeado el coche aquí.- Señaló
a un potente Nissan que mi humilde Seat no iba a poder arrastrar ni con todo su
esfuerzo.
- No sé si habrá ahora un mecánico
abierto en el pueblo... ¿Han llamado a su seguro?
- No hemos podido. Ninguna de las dos
tenemos móvil.- se excusó.
- Si quieren las acerco a Alaquàs y
llaman desde allí.
- Muy amable.- contestó, abriendo la
puerta del copiloto.- ¡Amparo, va, que nos lleva a Alaquàs!- gritó, y su amiga,
que había estado en un segundo plano, se metió en el coche sin una sola palabra,
echando hacia delante el asiento para poder acceder al de atrás.
La otra devolvió el asiento a su
posición y se sentó a mi lado. El diablo me bisbiseó a la oreja sus virtudes y
no pude más que mirarla de reojo para comprobarlas. Cuerpazo. Tragué saliva y
trasteé distraidamente con el retrovisor para contemplar a su compañera, y nada
tenía que envidiarle. Quizá la melena azabache que en la tal Amparo era un pelo
corto y castaño. Lo mismo daba.
Arranqué el coche dejando ruido y humo a
modo de estela. Mi Seat se alejó cada vez más de ese Nissan con el espíritu del
viejo que marcha del campo de batalla cuando todo ha terminado y los cuerpos
jóvenes quedan a merced de los buitres.
Conducía. Rodaba por la carretera sin
ninguna prisa, echando furtivas miradas de vez en cuando a esas dos bellezas que
tan cerca (y tan lejos) estaban de mí. Amparo miraba por la ventana, evadiéndose
de todo. La otra miraba al frente, y no dejaba quietas sus manos, como si no
encontrara sitio para dejarlas.
Pero, finalmente, una de sus manos
pareció hallar su huequecito en el mundo, justo sobre mi muslo. Tragué saliva y
aminoré la marcha para mirar fijamente a mi copiloto.
- ¿qué...? Esto...- en ese instante hice
la firme promesa de elevar una queja a los lingüistas. No han inventado palabras
para describir esa situación. Malditos.
Al contrario de lo que pudiera parecer,
aun con la mano sobre mi muslo, la muchacha parecía nerviosa, intranquila y
hasta avergonzada. Intentaba mirar a otro lado mientras su mano me acariciaba el
muslo.
Frené. No pude hacer otra cosa. Supongo
que, aunque no esté contemplado en el código de circulación, conducir con una
mano acariciándote el muslo debe considerarse “Conducción temeraria”.
Ni siquiera dije nada. Cuando frené, nos
miramos y la interrogué sin palabras.
- Verás... es que...- empezó ella,
deteniendo el movimiento de su mano pero sin alejarla de donde estaba.
- Es que... ¿Qué?
- Mira tío...- la tal Amparo se inclinó
entre los asientos, poniendo su cabeza entre la mía y la de su compañera.- Ni
tenemos seguro, ni sitio para pasar esta noche, así que esta pedazo de puta ha
pensado que acostándose contigo tendría sitio para dormir.
- ¡JODER AMPARO!- berreó la aludida.
- Mira, Carla, ya está. Ya puedes dejar
las gilipolleces de la manita y mierdas de esas...- contestó Amparo
abandonándose de nuevo en el asiento con un gesto de fastidio, y dejándome a
cuadros.
Mi mirada se reflejó en el retrovisor.
Esto era lo más extraño que había pasado en mi vida. Y por mucho. “Están locas”
pensé. “Eso es lo que pasa. Están locas, me van a pegar una paliza cuando llegue
a mi casa y me van a robar hasta los marcos de las fotos. Pero... ¿Y si no?”
Entonces una voz, desde lo más hondo de
mi mente, o quizá desde algún sitio más profundo aún, un sitio que olía a azufre
y a incendio, llenó mi cabeza. Volví a mirar mis ojos en el retrovisor y me dije
“Atrévete”. “Atrévete”. “Haz lo que no has hecho en tu vida, rompe con todo,
sonríele a lo desconocido, cántale un death-metal al silencio, no huyas del
miedo al miedo, siéntete vivo, atrévete, atrévete, atrévete...”. No sé si alguna
vez han sonreído con los ojos. Pero yo, en ese momento, mirando mi reflejo en el
retrovisor, sonreí con los ojos.
Me coloqué de nuevo en el asiento y
arranqué sin miramientos. El Seat se quejó, pero obedeció como un buen chico,
mientras Amparo, Carla y yo nos veíamos casi empotrados en los respectivos
asientos a causa del acelerón.
- ¿Dónde vamos?- le tembló la voz a la
chica que iba a mi lado.
- A mi casa. ¿No queríais eso?- Ni yo
mismo me reconocí la voz. Demasiado ronca, demasiado segura para ser la mía.
"¿No queríais eso?" había preguntado.
Lo querían. Pero por las caras que se
marcaron en los retrovisores cuando les eché un vistazo, no parecían muy
seguras. Daba igual. La carne estaba echada sobre todo un incendio comparable al
de Roma.
Sobraban las palabras. Por primera vez
en mucho tiempo, estaba seguro de lo que iba a hacer. Ellas se echaban miradas
inseguras, como pidiendo una ayuda que les animara a seguir adelante en esa
noche.
Frené, casi derrapando, frente a mi
portal, y aparqué en un inesperado hueco que habían dejado justo enfrente de mi
casa. Normalmente, cada noche me tocaba estacionar a dos manzanas de allí. Pero
claro. Esa noche todo era especial. Todo era mejor.
- Hemos llegado.- murmuré, mientras
abría mi puerta. Ellas se consultaron con la mirada y decidieron seguirme.
Me acerqué al portal e introduje la
llave en la cerradura. No la giré. La dejé ahí y me volví hacia las dos jóvenes.
No sé qué me movió a aquello. Un repentino ataque de conciencia, una
reminiscencia de mi vida gris, un intento de no creerme que eso me pudiese pasar
a mí... lo que fuera. Sea como sea, suspiré y lo eché todo por la borda.
- Mirad. Os voy a dejar dormir en mi
casa. Pero no vais a tener que pagarme nada. De ninguna forma. Esto lo hago sin
esperar nada a cambio. No podría obligarte a acostarte conmigo, Clara...-
apunté, y ellas, las dos, suspiraron.
- Mira, de eso que te salvas, puta...-
murmuró Amparo.
- Vete a la mierda, nena...
- No os peleéis. Subamos y cenemos
algo...- les dije, mientras abría la puerta, esperando que sus discusiones no me
dieran la noche.
Miraditas entre ellas. Rencor y reproche
a partes iguales. Pero ni una sola palabra mientras subíamos en el ascensor. Un
metro cuadrado de tensión agarrotada. En los pocos segundos que tardó el
armatoste en completar su viaje cuyo silencio sólo era interrumpido por el
murmullo del motor, y casi emparedado entre una y otra, tuve tiempo de maldecir
en mis adentros haber dicho lo de antes. ¿Cómo había perdido la oportunidad de
obligarlas a acostarse conmigo? Aunque... quizá, con mucha suerte, aún podía
hacer algo con Clara... Había hecho lo que se supone que debía hacer un
caballero y eso debería recompensarse...
“Olvídate”- dijo en mi mente mi parte
más oscura, la que más odio, la que más me odia.- “Olvídate, la has cagado. Las
mujeres no buscan caballeros, gilipollas. Las mujeres buscan un macho, alguien
que demuestre que tiene un par de huevos, cobarde de mierda.”
Cobarde. Dijo el que me hace un corte de
mangas todas las mañanas desde el espejo.
Cobarde. Dijo la voz de mi cabeza a la
que jamás había querido hacer caso, por más que llevara razón las más veces.
Cobarde. Cobarde. Fui un cobarde. Soy
cobarde.
Cuarta planta.
Cuarta planta. Mi planta. Sacudiendo la
cabeza, salí del ascensor y las hice pasar a mi casa. Me fui a la cocina a
preparar la cena mientras ellas seguían discutiendo en susurros.
Afortunadamente, alrededor de unas
cuantas cervezas, el fruncido ceño de Amparo se desfrunció y hasta se atrevió a
sonreír, gracias al buen humor que mostraba Clara, que no dejaba de bromear y
reír durante toda la cena, colgándole las primeras risas a la noche.
Pero de pronto, Amparo hizo la pregunta
que más temía...
- ¿Y cómo nos vamos a arreglar para
dormir?
Tragué saliva, me mesé el pelo, las dos
chavalas me miraron...
- Sólo tengo ése sofá y una cama.- dije,
señalando a un desvencijado sofá que se recostaba sobre la pared del fondo.- Yo
puedo dormir en el sofá y vosotras dos en la cama. Es grande, de matrimonio, no
habrá ningún problema...- aclaré...
- De eso nada, tío...- exclamó Clara.-
Nosotras dormimos en el sofá, no vas a dejar de dormir tú en la cama por nuestra
culpa.
- Pero... en el sofá no cabéis las
dos...
- Si hace falta, con una manta duermo yo
en el suelo.- terció Amparo.
- Podemos hacer una cosa...- susurró
Clara.- Si eso, Amparo, duermes tú en el sofá y yo duermo en la cama con Mario.
- Clara...- le intenté reprender (sin
ninguna convicción, todo sea dicho).
- No, Mario, estaba dispuesta a follar
contigo para no tener que pasar la noche en el coche... también puedo acostarme
contigo...
- bueno, lo que tú quieras. Pero ya te
he dicho que de "pagármelo", nada...- traté de sonreír, aunque, por dentro, me
reconcomía la certeza de que ella pasara una noche a mi lado y no iba a poder
tocarla.
- Eres increíble.- se indignó Amparo,
con un gesto de desaprobación hacia su compañera.
- Coño, Amparo... si quieres dormir en
blando...- empezó Clara, pero su amiga le cortó a las primeras de cambio...
- Que te pierdas... que me dejes en
paz.- masculló, levantándose de la mesa, dirigiéndose al sofá y echándose en él.
Fin de la fiesta. Los tres acabamos con
el gesto torcido, y yo saqué unas sábanas y una almohada para que a Amparo le
fuera más cómodo dormir en el sofá. Mientrastanto, Clara ya se había metido bajo
las sábanas.
- Buenas noches.- murmuré, cuando volví
a mi habitación y la vi ya arrebujada hasta el cuello.
- Buenas noches...- rió ella mientras me
daba la espalda.
Del último de los cajones en la parte
más oscura de la habitación extraje un pijama que, extrañamente, no estaba
apolillado a pesar de los eones que debería llevar allí metido.
Rápidamente, me despojé de mi traje gris
y me coloqué el pijama blanco al que, herido por años de abandono y lejía, le
quedaba poco, muy poco, de blanco.
Al meterme bajo las sábanas me llegó a
los ojos un retazo de piel de la espalda de Clara. Fue sólo un instante. Un
instante y un resquicio diminuto entre las sábanas en el que vi su piel morena
cruzada por el cierre del sostén. Me tumbé en la cama y le di la espalda a la
espalda de Clara. Estaba en ropa interior. Clara estaba en mi cama, en ropa
interior. El corazón se me aceleró y distribuyó a mi sangre la noticia de que en
algún punto de mi organismo se celebraba una fiesta y todo el mundo estaba
invitado.
Clara en ropa interior a escasos
centímetros de mí. Escuché el susurro de la tela de las sábanas mientras la
joven se removía bajo ellas... Tragué saliva... esas sábanas... esas sábanas
sobre las que tanto he dormido ahora estarían acariciando su piel, delimitarían
su figura, se alzarían demostrando sus pechos y cubrirían sus braguitas... La
sábana que yo mismo tocaba en ese momento estaba tocando sus braguitas... y sus
nalgas... o no, ya no. Se había puesto boca arriba y ahora era el colchón sobre
el que yo estaba acostado el que se encargaba de palpar ese culo divino.
Más susurro de sábana. Clara seguía
moviéndose a mi lado, separado su cuerpo semi-desnudo de mí sólo por escasos
centímetros... la situación me iba a enloquecer, pero no quería moverme, había
una parte masoca dentro de mi mente que quería seguir disfrutando de la
sensación de tener ese cuerpo perfecto tan cerca de mí...
- ¿No puedes dormir?- la vocecilla de
Clara me petrificó de tan cercana. Hasta su aliento me rozó la oreja. Estaba
vuelta hacia mí, con su boca pegada a mi oído... Y de pronto... De pronto coro
de timbales y fantasía... Su mano, la mano de Clara, esa que se había colocado
sobre mi pierna mientras íbamos en coche, esa mano viajó hasta la tienda de
campaña de mi pijama, aferrando la erección que allí habitaba.
- ¿Q-qué haces?- me alarmé.
- Tsschhh... calle usted, caballero.- me
dijo jocosa al oído.
- P-pero ya te he dicho que no hacía
falta que...
- tsssssschhh.Que te calles te digo. Ya
sé que no hace falta... pero no me negarás este antojo que tengo... ¿Verdad?
Clara parecía pasárselo en grande
manejándome a su antojo y, por qué no decirlo, yo también disfrutaba. La mano de
Carla entonces superó el obstáculo que parecía suponer mi pantalón y se hundió
en su interior para pajearme a conciencia.
Sus pechos, protegidos únicamente por la
leve tela de encaje rosa de su sostén, se apretaban en mi espalda. Su mano se
movía en mis pantalones. Su voz me susurraba palabras que no podía entender pero
que me asemejaban a lasciva palabra de diablo y diablesa. Su mano traveseaba en
mis pantalones. Su otro brazo, escabulléndose bajo mi cabeza me desabrochó la
camisa del pijama y comenzó a acariciarme el pecho. Su mano traviesa iba arriba
y abajo en mis pantalones. Su piel estaba caliente. Su mano me masturbaba.
- Clara... si sigues así vas a hacer que
me corra...- intenté murmurar lo más bajo posible para que Amparo, de la que nos
separaba solamente una miserable pared, no me oyera.
- Mejor... así luego durarás más.- me
gruñió al oído con una voz increíblemente lasciva. La mano que me había estado
acariciando el pecho ahora la sentía a mi espalda, entre Clara y yo, y el pensar
dónde podía acabar, bajo qué braguita se había metido y el lugar que estaba
tocando hizo que aguantar un solo segundo más fuera imposible.
Me corrí. Me corrí como si no fuera a
volver a hacerlo o como si fuera la primera vez en mi vida que lo hacía. El
semen escapó de mi verga y fue a parar a calzoncillos y pantalones mientras yo
gemía como un animal herido.
- Vaya, vaya...- suspiró Clara en mi
oído...- venga, desvístete y empecemos la parte principal...
Me faltaron décimas en un segundo para
responder a la orden dada por mi deseada casi-desconocida. En un instante,
estábamos los dos desnudos.
Enviamos a las sábanas a los pies de la
cama en un destierro eterno. En el país de mi colchón hoy sólo cabían dos y las
sábanas contaban demasiados.
Clara desnuda, bañada por unas luces de
de neón que entraban por la ventana y querían ser luz de luna, era una belleza
inenarrable... la maja desnuda es un adefesio mojigato al lado del traje de Eva
de esa mujer. Los pechos, que se ofrecían ante mis dedos como dos manantiales de
caricias y calidez, encajaban por completo en mis manos, como hechos a medida.
Clara me montó, mientras yo no perdía de vista ni de tacto esas dos montañas de
carne que parecían anunciar a gritos un pasaje al mágico mundo del sexo.
Clara se introdujo mi verga (aún en
erección, como en sus mejores tiempos), y yo me semi-incorporé para darme
respuesta a la pregunta que estaba haciendo desde hacía minutos... "¿A qué saben
los pezones de las diosas?". Ella comenzó a moverse, adelante y atrás,
cabalgándome como la mejor amazona, al tiempo que mis labios y lengua se
encargaron de escribir con saliva letras todavía no inventadas sobre sus pechos.
- Mmmmmm...- gimoteaba ella.
- No levantes la voz, que nos va a
escuchar tu amiga...- intenté bisbisearle yo. Como única respuesta, Clara
aumentó la velocidad de su cuerpo y el volumen de sus gemidos.
- Te va a escuchar.- repetía yo, aún a
sabiendas de que Clara no iba a hacer nada por remediarlo.
Aquello era un constante ir y venir.
Pasaban los minutos y los gemidos de Clara (algunos fingidos, otros claramente
no) cada vez eran más ostentosos. Cambiamos de postura. Se puso ella abajo y
dejó que yo la penetrara sin piedad. Chocaban las caderas, gemía Clara y yo, de
vez en cuando, para romper su monólogo de gemidos, le repetía aquello de:
- Te va a escuchar...
Hasta que, en una de esas, Clara me
atrapó inmovilizándome con sus piernas la cadera y con sus manos mi nuca y me
atrajo todo lo que pudo a su cuerpecito delgado.
- Calla y escucha.- me susurró pegando
sus labios a mi oreja, con un hilillo de voz casi inaudible.
Obedecí, y pude escuchar otros gemidos
apagados, amortiguados por la distancia y por una pared de un par de centímetros
de espesor.
- ¿Amparo?- murmuré, casi explicándoselo
a la almohada, al ladito de la cabeza de Clara, que aún me mantenía encarcelado
en la mejor jaula nunca ideada. La jaula de sus brazos y piernas.
- Ahora vuelvo.- me dijo,
desembarazándose de mi peso y levantándose de la cama.
- ¿Dónde vas?- Las curvas de Clara
brillaban, húmedas de sudor, a la luz de neón del anuncio de una finca cercana.
- Tranquilo, ahora vuelvo.
Sin embargo, mi verga, dura, erecta y
caliente, clamaba por una respuesta más completa. Pero ella no la iba a dar.
Desnuda, atravesó la puerta y se perdió en la oscuridad del salón de mi casa.
Silencio. Un susurro inaudible. Silencio.
- ¡Clara!- gritó Amparo. Otro susurro.-
¡Ni de coña!
- ¿Seguro que no?- la voz, ronca y
lasciva, de Clara me llegó a los oídos con dificultad.
Un gemido. Aquello que sonó era un
gemido de Amparo. Como los que había oído mientras ella se masturbaba,
enardecida por oír a su amiga follar con un desconocido. Un desconocido que era
yo.
La oscuridad y la soledad se
compincharon unos segundos con el silencio en una trinidad que colmaba mi
paciencia. Cuando ya estaba a punto de levantarme para buscar a la pareja de
mujeres, aparecieron. Entraron a mi habitación, las dos, una desnuda y otra
vestida, una morena y otra castaña, una bellísima y la otra también. Clara
encendió la luz.
- Creo que Amparo quiere sumarse a la
fiesta...- rió ella mientras su amiga, avergonzada, sostenía su mirada gacha y
sus mejillas sonrojadas.
Clara y Amparo. Amparo y Clara. Ellas y
yo. Ellas. EllaS. Dos. Para mí. La excitación que sentí en ese momento es
incomparable. Incluso yo mismo pensaba hasta ese momento que era imposible.
Un trío. Un trío. La palabra estallaba
en mi mente y me enervaba la polla. Trío. Grupo de tres. Ella, yo y ella.
- Venid...- ronqueé yo.
Clara comenzó a desnudar a Amparo. La
camiseta fue la primera en anunciar a los cuatro vientos la generosidad de sus
pechos, que luchaban por escaparse del sujetador blanco que los apresaba. Amparo
no se movía, era un pelele avergonzado en manos de Clara, que con suavidad,
desabrochó sus vaqueros y los hizo descender lentamente, mientras yo contemplaba
la escena desde la cama.
Aquella imagen... Clara desnuda
desnudando a Amparo... creo que ya es una fotografía que tendré toda mi vida en
las retinas. Poco a poco, Clara fue desvistiendo a su amiga, hasta acabar
dejándola vestida sólo con las braguitas... En ese momento le dije que se
acercara.
Amparo no sabía muy bien qué hacer.
Pienso que, si Clara no hubiera estado a su espalda, quizá habría salido
corriendo. Pero, en vez de eso, caminó lenta y tímidamente hacia mí.
- Túmbate en la cama...- le dije,
golpeando el colchón a mi lado. Pude ver como, mientras tomaba sitio, sus ojos
no despegaron la vista de mi polla que se mantenía erecta sin pudor. Tragó
saliva, se mordió en labio inferior, y cerró los ojos tras tumbarse.
A su izquierda estaba yo. A su derecha
se puso Clara. Yo traté de besar a Amparo en la boca, pero se resistió. Sólo en
un principio. Luego fue abriendo suavemente la boca y dejó que mi lengua entrara
a acariciar la suya. Mi mano descendió por su vientre y se sumergió bajo la leve
tela de su ropa interior. No tardó en recibir la compañía de otra mano femenina.
En un principio pensé que era amparo, pero pude divisar sus brazos laxos a ambos
lados de su cuerpo.
Sorprendido, retiré la mano y dejé que
Clara masturbara a Amparo. Separé mis labios del beso que habían construido y a
Amparo se le escapó un suspiro. Observé a Clara. Arrodillada en el suelo, al
borde de la cama, mamaba del pezón derecho de Amparo mientras sus dedos se
marcaban bajo sus braguitas.
Está claro que las mujeres se entienden
entre ellas sin problemas, porque Amparo no tardó en empezar a gemir quedamente,
mientras yo me esforzaba en llenar de besos su nada despreciable cuerpo.
- Clara... por Dios... no me hagas
esto... me estás... me estás...- y bien porque no encontraba la palabra, o
porque no existía todavía, Amparo desistió de seguir hablando y se centró en
gemir llevada por los dedos de Clara que se metían bajo su ropa interior hasta
que me decidí a terminar de desnudar a la belleza castaña.
Con parsimonia, bajé las braguitas hasta
sus tobillos, desnudando el sexo de Amparo y los dedos de Clara que en ese
instante eran uno solo. Al final, le saque la prenda completamente enrollada
sobre sí misma y la tiré al suelo, a hacerle compañía al goteo de prendas que lo
decoraban.
Clara aprovechó y se subió a la cama,
colocándose sobre Amparo, con su boca a la altura de sus tetas y sus dedos sin
detener un ápice el tratamiento de placer sobre Amparo. A cuatro patas, la
visión que me ofrecía de su culo era imposible de desperdiciar, así que le di
una sonora cachetada en las nalgas y me arrodillé tras ella.
Mi polla entró en su coño como el
cuchillo en la mantequilla. Sólo que la mantequilla no gime, ni contrae sus
músculos vaginales en agradecimiento, ni masturba a su amiga mientras me la
follo.
Clara acompasó mis movimientos con los
de su mano, como si quisiera trasladar a Amparo la follada que yo estaba
llevando a cabo. Plas. Plas. El choque de nuestras caderas y el de la mano de
Clara con el pubis de Amparo eran todo uno. Hasta que Amparo, quizá huyendo de
la vergüenza de tener a su amiga masturbándola, quizá por los retorcimientos de
su cuerpo a causa del placer, se fue alejando de la mano de su amiga, trepando
sobre la cama. Pero, quién sabe, fue mejor el remedio que la enfermedad. El sexo
de Amparo quedó al alcance de la boca de Clara y ésta no se lo pensó dos veces,
hundió su cara en el pubis de su compañera y comenzó a lamerle el coño sin
piedad, mientras yo me la follaba.
Amparo gemía. Clara gemía. Amparo
gritaba. Acariciaba con pasión la melena negra de Clara mientras se removía bajo
su lengua, lanzada en pos del clímax.
- ¿Cómo come el coño tu amiga?- pregunté
riendo, sin dejar de embestir a Clara.
- No es mi amiga.- gruñó Amparo,
tratando de rehacerse de sus gemidos. Tras un silencio de décimas de segundo en
los que un gemido se cortó en su cuello, añadió.- Es mi hermana.
El mundo se pintó de rosa o del color
más alegre que exista. Clara y Amparo no eran sólo amigas. Eran hermanas. Clara,
comiéndole el coño, era hermana de Amparo. Amparo, gimiendo de placer por la
lengua de Clara, era su hermana.
Hermanas. Me estaba follando a dos
hermanas. Clara y Amparo. Hermanas. Eran hermanas. Clara parecía menor que
Amparo. Me estaba follando a la hermana menor mientras ella le comía el coño a
la mayor. Trío. Incesto. Se me pasó por la mente la visión de un tribunal
eclesiástico juzgándome por mis pecados y yo, en el banquillo de los acusados,
con una sonrisa de oreja a oreja, y pajeándome a la salud de las dos hermanas.
Hermanas. ¡Qué palabra más bonita! Sobre todo, cuando tenía a las dos desnudas
ante mí.
Amparo comenzó a gemir a más volumen,
casi hasta llegar a gruñidos. Aún siendo tan poco armónico, no existe sonido más
bello. Gritos, gemidos, blasfemias, el orgasmo de una mujer. Me corrí. Como si
mi cuerpo no me perteneciera a mí, sino a Amparo y tuviera que correrme con
ella. O, mejor aún, como si ninguno de nuestros cuerpos nos pertenecieran.
Pertenecían a Clara y ella quiso llevarnos al orgasmo juntos. Me vacié por
completo en aquel agradabilísimo coño. Uno, dos, tres, cinco chorros de semen
descargaron nuevamente mis testículos.
Amparo no se quedó atrás... arqueando su
cuerpo, con un grito que se cortó en el mismo momento en que se corría, como si
flujo y grito no pudieran salir juntos, agarrando la cabeza de su hermana, llegó
a un orgasmo total y poderoso.
Amparo quedó tumbada, desmadejada como
una muñeca de trapo, tirada en la cama, mientras relámpagos de placer aún la
hacían contraer los muslos.
Clara se despegó de mí y se tumbó al
lado de su hermana, sonriendo de satisfacción.
- Bien hecho...- nos dijo sonriendo. Yo
miré a su hermana y la sonrisa fue general.
- Esto todavía no ha acabado.- le
susurré, tumbándome a su izquierda, en un trocito de cama que quedaba desierto.
- Es verdad...- murmuró Amparo, y su voz
era un torrente de perversión.- Que a mí me gustaría probar la leche de Mario...
Clara mudó el gesto a uno de sorpresa,
pero luego, mientras su hermana se incorporaba sobre ella, su sonrisa volvió,
cada vez más grande, hasta que la enterró un beso mío. Yo y Clara nos besábamos
mientras su hermana le abría las piernas y acercaba su boca al sexo de Clara,
que desbordaba un hilillo de semen.
Las manos de Clara se posaron en mi
cabeza y en mi culo. Cuando por un instante pareció que quería clavarme sus
dedos en el cuerpo, supuse que Amparo había empezado su peculiar batalla con el
clítoris de su hermana.
Amparo sabía comer coños. Eso quedó
claro. Clara se removía, envuelta en gemidos de placer, luego que mi boca
hubiera dejado la suya para centrarse en su pezón derecho. Hermanas. Saliva y
flujo hermanos se estaban uniendo allí abajo, en el sexo de Clara, con mi semen.
El orgasmo de Clara no se hizo de rogar
mucho. Llegó como llegan las mejores noticias. A gritos y sin avisar. A lo
grande.
Tras un obligado descanso, volvimos a la
acción. Me follé a Amparo mientras ellas hacían un 69. Clarita me ofreció su
culo. Amparo lamió el mío mientras me follaba a su hermana.
Follamos como reyes. Como jodidos reyes.
No sé qué hora de la madrugada sería cuando decidimos entregarnos, por fin, en
brazos de Morfeo. Nos dormimos abrazados, desnudos, yo en el centro de esas dos
maravillosas hermanas. Jamás he tenido un dormir ni un despertar más agradable.
***
Mi mirada no deja de pasear de mi
sonrisa en el espejo al reflejo de las dos hermanas desnudas y dormidas sobre la
cama. Brillan los dos cuerpos. Ya son altas horas de la mañana. Quizá debería
despertarlas. A lo mejor, me consuelan con un polvo de despedida.
"Atrévete" me digo.
Y me atrevo.