La hermana mayor.
Conocí a María en la facultad. Era muy bonita y enseguida me
enganché. Alta, delgada, de figura elegante, caderas estrechas y senos pequeños
pero firmes. Sus piernas torneadas de rodillas y tobillos marcados, la hacían
sumamente atractiva. Sus ojos oscuros de mirada profunda me sedujeron.
Salíamos a pasear y disfrutábamos de la libertad que le
permitían sus padres, hasta que decidió presentarme a su familia. Sus
progenitores me recibieron con beneplácito y su hermana Luisa, varios años mayor
que María, pareció aprobar nuestra relación.
Luisa estaba casada desde hacía cinco años. Su marido
trabajaba como técnico mecánico especialista en la reparación de maquinas
agrícolas. Debido a su empleo viajaba por el interior del país por períodos
prolongados que iban de 15 a 20 días por mes. Ellos habitaban un departamento
construido en el piso alto de la casa de los padres, por lo que prácticamente
convivía toda la familia bajo un mismo techo.
Luisa se quejaba por los largos períodos de soledad y
abstinencia sexual debido a la ausencia de su marido por su trabajo. Traté de
comprenderla y cuando entre en confianza, no la pude convencer pese a explicarle
que la remuneración de Roberto les permitiría con el tiempo, comprarse una casa
para independizarse. Siempre terminaba la conversación aconsejándome que no
cometiese con María el mismo error de ellos, pues el desgaste de la relación era
inevitable.
Luisa era atractiva y muy parecida a su hermana. Un poco más
alta y más delgada. Era muy rígida en sus pensamientos y todo lo relativo al
sexo lo consideraba pecaminoso. Contaba que había perdido la virginidad con el
matrimonio y nunca había conocido a otro hombre, ni antes ni después de casarse
ya que su experiencia había sido frustrante y no consideraba placentero las
relaciones que tenía con su marido con el que solo cumplía como esposa. Yo me
encargaba de refutarla diciéndole que ese era su problema, no haber tenido otras
experiencias. Como consejo final le sugería que recurriese a un sexólogo para
plantearle su insatisfacción.
Siempre terminaba con una frase en tono jocoso pero con doble
intención, "Yo te haría disfrutar lo desconocido, y si no pregunta a tu hermana
como lo pasamos cada vez que estamos juntos".

Pasaron algunos meses, y me di cuenta que yo no le era
indiferente. A mi Luisa me gustaba y el sentido pecaminoso de la relación me
motivaba. Mi prédica fue dando resultado y me propuse demostrarle cuanto tiempo
había perdido, y cuan equivocaba estaba con su pensamiento respecto al placer
sexual.
Me transforme en un macho que acecha a su presa. Con palabras
intencionadas fui despertando sus instintos dormidos. "¿Sigues firme en tus
convicciones?, ¿no querrías probar algo diferente?", le decía cuando estábamos
solos.
Notaba que se sonrojaba y desviaba la conversación, Hasta que
un día la noté diferente y se sinceró ante mi enésima insinuación. "No me atrevo
con quien lo haría".
"¿Estas dispuesta?". Fue mi respuesta, intuyendo que estaba
decidida a dar el paso.
"No conozco a nadie y se me hace imposible pensar en alguien
desconocido".
Estábamos solos. María había ido a la facultad, Roberto
estaba de viaje, y los padres de vacaciones. Era la oportunidad. Me acerqué y la
tomé entre mis brazos. Temblaba como una hoja. Con voz entrecortada se defendió.
"Por favor estás loco", "No lo hagamos", "piensa en María".
En ese momento me di cuenta que ya no habría marcha atrás. Me
olvidé de mi novia y de su esposo. Decidido la tomé de la mano y subimos a su
departamento sin pronunciar palabra. Su cama matrimonial estaba impecable como
siempre, todo en su vida había sido previsible y monótono. De un tirón saqué el
acolchado, y mirándola a sus ojos y tomándole entre mis brazos la alcé en vilo y
le ordené con voz firme.
"Debes entregarte siguiendo tus instintos y tus deseos", "No
te vas a arrepentir".
Me desvestí, mientras ella torpemente hacía lo mismo.
"Por favor no sigamos", balbuceaba Luisa. Sin embargo
continuó hasta quedar cubierta solo por el sostén y la bikini. Tenía un cuerpo
espectacular. La giré y desprendí el sostén y le bajé la bikini. Nos enfrentamos
y admiré ese cuerpo maduro necesitado de una atención especial. La besé.
Respondió y nos besamos. Sentí esa lengua pegajosa y sensual. Mi miembro se paró
y frotó su vientre al abrazarnos. Mi boca se apoderó de sus senos los besó y con
los dientes suavemente, mordió los pezones lánguidos que se endurecieron como
una roca.
Luisa se desesperó, estaba excitadísima. Se arrodilló y tomó
con sus manos mi miembro rígido y palpitante, y comenzó una mamada descomunal.
Jadeaba y gemía por la caricia. Le pedí por favor que se detuviese pues iba a
eyacular. No me hizo caso y continuó con sus caricias hasta que derramé mi semen
dentro de su boca. Lo que no pudo tragar escurrió por la comisura de sus labios.
Se incorporó. Nos besamos. Nuestros labios y lenguas intercambiaron sus jugos.
Sentí aún el sabor del semen que le había derramado. Me pidió que la esperase.
La observé caminando hacia el baño y admiré sus glúteos que ocultaban el
orificio anal, y me propuse explorarlo y disfrutarlo.

Al regresar estaba arrebolada. Sus mejillas y su boca
entreabierta me hicieron saber que esperaba lo mejor. Me acerqué, la levanté en
vilo y la llevé hacia su cama matrimonial. Me pidió por favor que no lo
hiciésemos allí, pues no quería que profanásemos su lecho nupcial donde tuvo sus
únicas relaciones desde su casamiento con Roberto. No me importó y no le hice
caso. La recosté de espaldas y me coloqué entre sus muslos, abriendo sus
piernas. Observé su concha de labios gruesos y luego de sorber los jugos que
fluían me dediqué al clítoris.
Luisa jadeaba y gemía de placer. Se arqueaba pidiéndome con
palabras entrecortadas que poseyese su concha humedecida. "Papito, es toda
tuya", "Nunca gocé así".
Luego me incorporé, y me situé ante su vello pubiano que
cubría la entrada a su cueva sedienta.
"Que miembro enorme mi dios","Lo quiero todo para mi".
Jamás me la había imaginado tan suelta y expresiva. Estaba
desconocida.
Jugué en la entrada de la concha acariciando el clítoris con
el glande enrojecido y descubierto de mi pene rígido, hasta que con voz
desfalleciente me rogó que no la hiciese esperar más. Le enterré mi verga hasta
los testículos y comencé a bombear con fuerza. Se desesperó y abrazó con sus
piernas mi cintura. De su boca surgían palabras de pasión y lujuria.
"Amor, que placer, nunca imaginé que podía gozar de esta
manera", "Que verga enorme y gruesa, por dios" musitaba entre dientes.
"¿Es más grande que la de tu marido?". Me atreví a
preguntarle.
"Por favor, ahora entiendo mi frustración". "Quiero que seas
mi amante de ahora en más".
"Voy a eyacular, no aguanto más", le dije en un susurro.
"Hazlo no te preocupes no hay peligro", me instó con voz
desfalleciente.
Derramé chorros de semen caliente y pegajoso que inundaron la
concha de Luisa que se agitó y tuvo un orgasmo ruidoso mientras se deshacía con
palabras de pasión y lujuria, besándome con desesperación.
Descansamos abrazados y entre besos y arrumacos, nos
excitamos nuevamente. Le pregunté si había tenido relaciones anales. Me confesó
que jamás lo había hecho y no lo pensaba hacer pues temía por el posible dolor.
No me di por vencido e insistí. Acaricié sus senos y besé sus pezones. Le pedí
besar el ano sin profanarlo, "Te va a dar un gran placer", le imploré. Por fin
excitada como estaba aceptó. La coloqué a los pies de la cama, de rodillas
apoyada con sus antebrazos, y me situé por detrás. Abrí con mis manos sus
glúteos y quedó a mi merced el pequeño y oscuro orificio anal. Lo besé y mi
lengua comenzó a recorrerlo y dilatarlo. Luisa se movía y gemía. En un momento
apoyó su cabeza en la almohada y separó aún más con sus manos los glúteos señal
de que disfrutaba y me lo ofrecía. No lo dudé. Mi miembro rígido apoyó el glande
en la entrada, húmeda por la saliva.
Luisa solo atinó a pedirme que no le hiciese doler. Comencé
lentamente a insinuar el glande en ese culo virgen cuyo orificio anal se fue
dilatando a medida que progresaba en el interior del recto. Luisa se quejó hasta
que al franquear el esfínter lanzó un grito contenido de dolor. No me detuve y
proseguí con la penetración hasta que mis testículos chocaron con sus glúteos.
Luego todo fue más fácil. Luisa ya no se quejaba, gemía y contribuía con sus
movimientos acelerando los movimientos de mete y saca. Sentí por sus expresiones
que llegaba al orgasmo y entonces eyaculé derramando hasta la última gota de
semen en ese culo magnífico.
Nos bañamos juntos y entre besos apasionados me hizo prometer
que nadie se enteraría de lo nuestro. Yo sería su amante sin descuidar a María,
y su esposo un cornudo responsable de la situación, por lo que no tenía ningún
remordimiento.
MUNJOL