Mugen 6: Descubrimiento
Se descubren cosas ocultas, la trama va dilucidándose
pero.. el saber implica nuevas responsabilidades.
Volvió a su hogar, con el estuche ya volvía a ser el de
antes. La sonrisa fría se había borrado y esa sensación de poder y superioridad
desapareció. Caminaba recordando y temblando al ver lo que podía desarrollar.
Temía a esa faceta que se desataba al tener ese arma entre manos.
Al entrar en su casa vacía, un silencio lo abrazó
sobrecogiéndolo. Dejó el estuche y salió... se encaminó hacia la biblioteca,
tenía curiosidad por saber algo. Pero al entrar en el lugar no supo como pedir
material.
Disculpe ¿tienen información sobre espadas?
Claro que si, ¿sobre que tipo?. Le dijo la bibliotecaria.
Espadas de todo tipo, creo. Dijo él.
Bien, acompáñame. Dijo ella mientras se levantaba de su
asiento.
Gracias. Dijo él.
La vio tomar un bastón y caminar, era una mujer bonita a
pesar de su edad que no pasaría de los cuarenta. El vestido largo dejaba
imaginar unas caderas firmes y unas piernas algo maltratadas. No tenía unos
pechos exuberantes pero no dejaban de ser preciosos. La dama se detuvo en un
anaquel y luego buscando con su dedo extrajo un grueso volumen busco mas abajo y
saco dos libros mas. Luego le pidió:
Por favor muchacho, ¿puedes alcanzarme el segundo libro?
Yo no llego.
Leonardo asintió y estirándose sacó el mencionado libro. Ella
tomando el resto se los entrego en las manos y le dijo:
Bien, estos son todos. Si precisas algo más estaré en la
recepción.
Gracias. ¿qué le ocurrió en la pierna?. Preguntó él.
Ah esto fue un accidente automovilístico. Un precio muy
pequeño a comparación del que pago mi marido. Dijo ella con una sonrisa.
Oh lo lamento no sabía. Se disculpó el muchacho.
Esta bien, después de todo Ud. No tiene la culpa. Lo
perdono ella.
Le dio los libros y se retiró a su lugar de trabajo, Leonardo
comenzó a leer esos libros sobre algo desconocido para él. Vio cantidades de
documentos y tipos de espadas, pero ninguno hacia referencia al arma que
descansaba contenta dentro de su estuche.
Se levantó de su asiento en la sala de lectura, la luz tenue
de esa lámpara lo tenía cansado y esa oscuridad apenas dejaba ver dentro del
recinto. Volvió a llegarse hasta donde se encontraba la bibliotecaria y le dijo:
No he hallado lo que buscaba, ¿hay mas material?.
A ver, déjame ver. Dijo ella mientras buscaba en el
ordenador.
¿Y bien?. Dijo él impaciente.
Bien, he hallado un tratado muy viejo; puede servirte.
Dijo ella mientras tomaba su bastón.
Se levantó de su silla mientras comenzaba a caminar, Leonardo
la siguió hasta el rincón mas apartado del recinto. Ella se agachó y extrajo una
llave, luego abrió el anaquel cerrado y de ahí extrajo un libro polvoriento de
guardas gastadas. Se lo entrego al muchacho y luego volvió a su lugar.
Tomó el libro y comenzó a leer, ahí pudo encontrar cosas que
correspondían con la descripción de la espada que tenia en su poder. Entre ellos
encontró un boceto algo burdo que se parecía a su espada, entonces leyó con
atención:
Espada Muramasa, fecha desconocida. Estas espadas eran
utilizadas para cometer los peores crímenes y asesinatos, según las leyendas
locales el forjador de estas armas utilizaba las almas de los demonios para
crearlas. Se sabe que originalmente, en los ritos de magia negra de ciertas
sectas budistas y en especial de la secta Shingon al crear un arma se le
adosaban cientos de espíritus malignos a fin de fortalecer el deseo de matar de
su poseedor.
Entre ellas, se destaca un ejemplar que presuntamente se ha
perdido; se trata de la espada que utilizaba el ayudante para los seppukus que
ordenaba el emperador. Con ella este sujeto tomó la vida de su propio
gobernante.
Esto lo dejó intranquilo, parecía salido de una película de
terror. Pero eso explicaba esas sensaciones que lo invadían al tomar ese arma
entre sus manos. A eso se debía el cambio de conducta, sin embargo lo atraía.
Se levantó y le dejó el libro a la mujer que amablemente le
sonrió. Salió de la biblioteca y caminó hasta su casa. Los pensamientos vagaban
en su mente aturdiéndolo, era demasiado loco; pero cierto. Tenía en su poder un
arma maldita, un contenedor de demonios sedientos de sangre y maldad.
Volvió a su hogar, su hermana lo recibió con un beso que lo
descoloco. La sacó de encima suyo y le dijo:
¿Qué haces?
Solo te saludo. Le dijo ella mientras lo miraba a los
ojos.
Pues ya termínala con estas cosas, ya te dije que no
quiero saber nada mas de lo que paso. Dijo él algo mosqueado.
Una vez que cocino ¿ y me venis con esto?. Preguntó ella.
¿Cocinaste?, eso si que es de no creer. Dijo él, en tono
burlón.
Se sentaron a la mesa, comieron en silencio ella lo miraba
con atención esperando a que él hablara. Entonces Leonardo le preguntó:
¿Y tus amigas?
Se fueron a sus casas. Dijo ella con una sonrisa entre
picara y macabra.
Que lastima, como siempre andan juntas. Comentó él.
Solo quería estar sola por un rato. Comentó ella.
Bien, ahora que hemos terminado de comer ¿lavaras los
platos?. Preguntó él.
Si, luego me iré a dormir. Dijo ella en tono sospechoso.
Él se levantó de la mesa y se fue a su habitación, miró y vio
una nueva caja ahora abierta. Seguramente su hermana la abrió y miro lo que
había dentro, reviso y todo estaba allí. Vio el video, nuevamente ese hombre le
daba las felicitaciones y le entregaba otra misión.
Haz cumplido mejor de lo que esperábamos con la misión,
tu siguiente blanco será un empresario alemán que llegara al país el diez de
noviembre. El nueve del mismo mes, a las 20:00 hrs. Un contacto te estará
esperando en las puertas del estadio de fútbol, hasta entonces permanece
oculto.
El muchacho suspiró aliviado, al menos por un tiempo no
tendría que volver a tomar esa arma entre sus manos. El saber que ese objeto
había probado sangre desde hace siglos lo atemorizaba. Se cambio y luego volvió
a su cama, durmió pero tuvo pesadillas.
Los demonios danzaban mientras luchaban contra algo, ese
acero brilló mientras algunos caían otros se abalanzaban sobre su portador. Pero
este los acababa rápidamente, sus cabellos oscuros y su mirada perversa solo se
igualaban a su sonrisa maliciosa.
Parado entre podredumbre y vísceras que no podría describir
ese sujeto comenzó a avanzar en busca de mas criaturas para matar...
Luego apareció un hombre que no conocía con una extraña
armadura, entre sus manos sostenía la espada. Lo vio sonreír mientras corrían
hacia él multitudes de hombres, los gritos lo aturdían. Los movimientos apenas
se percibían, pero el silencio prevaleció y ese sujeto con la armadura destruida
comenzaba a avanzar.
Corrió y se abalanzó sobre él mientras le clavaba la espada,
pero no era él... un anciano de ropas finas aferraba por los hombros a su
asesino. Este sin responder le practicó un corte ascendente, terminando de
partirlo en dos. La sangre salpicó por todos lados, el bosque quedó en silencio
mientras el guerrero se retiraba del lugar.
Se despertó sobresaltado, pero eso no fue nada en comparación
de lo que le esperaba... había algo entre sus manos ¡La espada!. Tiró el objeto
al instante y luego lo guardó en el estuche. Traspiraba, no podía siquiera
dilucidar como había llegado hasta sus manos; se sentó en la cama...
Volvió a dormirse rápido, estaba muy cansado y
afortunadamente era viernes; podría dormir hasta tarde. Cuando despertó, fue
hacia el baño a ducharse un poco... se sacó el pijama y dejó la ropa limpia en
un lugar seco para ponerse.
Sintió unos pasos que venían hacia el baño. Pero no les dio
importancia, seguramente era su hermana. Siguió bañándose tranquilamente, la
puerta se abrió de repente y alguien gritó. Leonardo no tenía con que taparse,
ni siquiera cortina había... miró hacia donde vino el grito y casi se muere al
verla: era la chica del subte.
La chica lo reconoció, poniéndose mas colorada... luego se
tambaleo, desmayándose. Leonardo se alarmó y salió de la ducha mientras se
cubría con una toalla. Se arrodilló, alzando a la chica y miró a su hermana que
venía subiendo la escalera rápidamente.
¿Qué hacia esta chica aquí?. Preguntó él.
Es Marisa, una compañera de clases que se quedo a dormir
ayer en casa. Le dije que bajara a la cocina. Respondió Micaela.
Lo malo es que me vio desnudo. Dijo él con vergüenza.
Bueno, al menos vio algo que la alegró. Completó su
hermana con una risa burlona.
No seas así, Micaela. La retó él.
La chica ayudó a su hermano a recostar a la jovencita en la
cama de ella. Leonardo se fue a cambiar, mientras Micaela se quedaba con Marisa.
La rubia se despertaba de nuevo, su amiga le preguntó:
¿Estas bien?
Si, tuve un mal sueño... iba caminando hasta el baño de
tu casa y había un hombre duchándose. Dijo ella.
No fue un sueño, mi hermano se estaba duchando en el
baño. Vos lo viste y te desmayaste. Le respondió su amiga mientras le daba
un suave golpecito en la frente.
Ah, lo siento mucho. Creo que será mejor que vuelva a mi
casa... aunque no quiera. Comentó la chica.
Desde debajo de las escaleras pudieron escuchar el grito que
las llamaba a desayunar, en efecto; era Leonardo. Las chicas bajaron, la mesa ya
estaba servida y el cocinero ya estaba tomando sus apuntes para irse hacia la
biblioteca.
Se cruzaron por un momento, él saludo y luego salió cerrando
la puerta. La mirada de esa chica le recordaba lo que hacia cuando nadie lo
veía. Subió al colectivo y se acomodo en un asiento vacío. Unas paradas mas
adelante, una voz femenina le preguntó:
¿Esta ocupado el asiento?
No, podes sentarte si queres. Respondió sin mirar.
Gracias. Dijo la voz.
Cuando miró quien era, se sorprendió al ver a la chica del
callejón. Se reconocieron, pero ella no dijo nada; solo se sonrió. Tal vez
recordando a una de las pocas personas que tuvo un gesto de humildad y piedad
para con ella.
Leonardo se quedó atónito, pero también veía que su parada se
acercaba. Le pidió permiso a la chica y presionando el timbre bajo en la calle
de la biblioteca. Subió las escaleras y entró de nuevo al recinto, de nuevo ahí
estaba esa mujer con sus libros ya listos.
Le agradeció a la mujer mientras se iba de nuevo a la mesa
mas alejada a seguir investigando para ese seminario de investigación de la
facu. Las horas allí adentro pasaron rápido, la luz eléctrica iluminaba esa mesa
en la que habían desparramados una gran cantidad de libros y apuntes.
El joven miró la hora, eran las nueve de la noche. Salió de
ahí por unos momentos a comprar algo para llenar su estomago que pronto
empezaría a rugir. Entró a un kiosco y se compró unas papas fritas y una
gaseosa. A hurtadillas entró en la biblioteca con los alimentos.
Llegó hasta la mesa de trabajo y volvió a prestarle atención
a su entremés. Pudo oír los golpecitos del bastón acercándose, era la
bibliotecaria. La mujer le preguntó:
¿Qué traías?
Nada, solo salí a tomar un poco de aire. Dijo él,
fingiendo.
Entonces ¿por qué huelo a fritura?. Preguntó ella.
Puedo explicarlo. Dijo él.
Aquí no se permite entrar con alimentos. Dijo ella,
estricta.
Por favor, ¿tengo que ir afuera a comer?. Pidió él.
Esta bien, pero tendrás que hacer algo por mi. Dijo ella,
mirándolo con malicia.
Leonardo se levantó de la silla y siguió a la mujer hasta el
rincón mas apartado y oscuro, luego soltó el bastón y trayéndolo bien cerca de
ella le dijo:
Bien, ahora voy a darte tu castigo.
Pero... ¿esto esta bien?. Preguntó él.
Claro que si, nadie vendrá por aquí. Dijo ella.
Ella le bajó los pantalones junto con la ropa interior. Luego
se agachó y comenzó a lamerle los huevos, el joven se dejaba hacer mientras
gemía de placer. Ella comenzó a pajearle esa herramienta tan dura, luego comenzó
a recorrer el contorno de ese mango con su lengua cálida.
Leonardo la levantó, sentándola sobre el anaquel para luego
sacarle la ropa y el brasier; dejando a la vista unos pechos con unas areolas
abundantes. Comenzó a besarle los pezones, haciéndola derretir de placer.
Ella le pidió en un susurro que la besara en el cuello. Así
lo hizo, la bibliotecaria sentía como si la invadieran impulsos eléctricos. Sus
bragas ya estaban muy humedecidas, le pidió al joven que se las quitara...
Así lo hizo, luego contemplándola por unos momentos ella lo
animo a que le comiera el coño. La lengua de ese muchacho se afianzó dentro de
sus otros labios, lamiéndola y comiéndole el panocho con una fruición infinita.
No tardó mucho en correrse delante del joven sorprendido,
viéndola contonearse ante las convulsiones de ese orgasmo. La dama jadeaba,
estaba empapada frente a ese joven que la volvía loca. Él se paró y mientras la
besaba iba introduciéndole de a poco su miembro.
Ella se movió, introduciéndose esa polla tiesa, dura y venosa
mas profundo aún. Esto lo sorprendió, pero no significo que se amilanara.
Tomándola de los pechos comenzó a bombearla, mientras masajeaba sus pechos.
Las embestidas fueron subiendo en intensidad, ella gozaba con
cada golpe, cada empellón la hacia sentirse amada. El pelo de ella se revolvía
en el aire, la mujer abrazó al muchacho con fuerza.
Se aferró a él, como buscando fundirse con ese ser; podía
sentir como ese mástil subía y bajaba dentro de su almeja. Lo hacia con
constancia y dedicación, ella seguía gimiendo... el momento llegó y volvió a
correrse. Él la levantó y entonces la colmó de su cálido y espeso esperma.
Ella se paró, mientras él se sentaba en el piso. Estaba todo
sudado, pero ella lo valía la miro ahí frente a él. Toda revuelta, excitada,
jadeante; ella se arrodilló, para buscar mas besos en los labios del muchacho.
Él la beso, mientras la traía con fuerza hasta su lado; luego
la sentó sobre su regazo haciéndola sentir como crecía ese mástil. Luego él le
pidió:
Tengo que irme, pero quiero saber algo ¿tu nombre?.
Celsia, ¿eso querías saber Leonardo?. Inquirió ella.
No, solo quiero saber...
Cuando quieras, las veces que lo desees. Le dijo ella,
mientras le robaba un beso de los labios.
Gracias. Dijo él.
Se levantaron y se arreglaron la ropa lo mejor que pudieron,
él vio como ella se movía normalmente sin el bastón. Ella lo miró y sonriéndole
por lo bajo le pidió que guardara el secreto.
Leonardo tomo sus libros y apuntes, se los dejo sobre la mesa
y con un saludo se despidió de Celsia. Salió de la biblioteca y volvió a su
casa, nuevas aventuras aguardaban...