EL ANIVERSARIO (O DE COMO ACABAMOS FOLLANDO MI SUEGRA,
MI MUJER, NUESTRO HIJO Y QUIEN SUSCRIBE)
Ese día –precisamente- cumplía veinte años de casado con mi
esposa. No puedo quejarme; creo que he sido feliz en todos esos años y desearía
que mi mujer también lo haya sido. Sin embargo y a pesar de la proximidad de tan
señalada fecha, como dos meses antes nuestro matrimonio no atravesaba su mejor
momento. Quizá fuera por el fallecimiento de mi suegro que, lógicamente, abatió
a mi esposa y, también, quizá fuera porque el deceso me obligó a aceptar que mi
suegra viniera a vivir con nosotros, pues se había quedado sola.
No es que mis suegros me cayeran mal, no; es que,
sencillamente, no existían para mí, lo cual era recíproco. No me tengo por un
"progre", pero sinceramente estoy a años luz del estilo de vida de mis papis
políticos: unos auténticos carcas.
Pero como en la vida hay que tragar de todo, engullí como
mejor pude la cohabitación con mi puritana suegra; eso sí, con el visto bueno de
nuestro hijo: inútil –por cierto- frente a la ordenanza de su madre. En
cualquier caso como el chaval tenía sincero afecto a su abuela, preferí sosegar
mi disgusto democráticamente, autoconvenciéndome de que mi oposición era
minoritaria, mitigando mi frustración de no haber sido consultado, ya que
–definitivamente- tal situación había sido impuesta por mi mujer.
Sin embargo, la frialdad de mi esposa por la muerte de su
padre y su férrea dictadura pudo con mi optimismo; y es por ello que no recuerdo
mayor desafección marital que la que se dio en tal trance.
Total que, ya instalada mi querida suegra en nuestro hogar y
siendo yo tan invisible como ella lo era para mí, llegó el vigésimo aniversario
de mi boda. Ni que decir tiene que, aun desganado, pensé celebrarlo con una cena
en algún restaurante puntero a la que asistiríamos los cuatro. Cuando se lo dije
a mi esposa se puso muy contenta, creyendo que invitaba a Doña Intransigente de
corazón. Aunque no me gusta falsear, aproveché el equívoco con la sana intención
de que nuestra relación de pareja mejorara.
La sorpresa fue mayúscula cuando nuestro hijo y su abuela
declinaron asistir. Explicando doñita, muy generosamente, que tal evento
debíamos celebrarlo a solas, pues últimamente nos notaba muy distanciados.
Créanme que en ese instante -por primera vez en mi existencia conyugal- noté que
la vieja me daba por vivo.
Bueno, la verdad es que me alegré de que no viniera a la cena
mi suegra, aunque sentí la ausencia de nuestro hijo y, tras de un sin fin de
vanos convencimientos por parte de mi esposa para que nos acompañaran, me decidí
a tomarla del brazo dirigiéndole a la puerta. Su madre, extrañamente cariñosa,
nos dijo al salir que no tuviéramos prisa, que incluso fuéramos a bailar tras la
cena y que, si acabábamos en un hotelito, tampoco nos iban a echar de menos por
un día.
La idea me sedujo y traté de animar a mi mujer. Quizá,
después de este tiempo, lo mismo había suerte y terminábamos...ya saben. Pero lo
de mi esposa ya era patológico: a pesar de que le serví bastante vino en la cena
no cambió su morugo semblante; desplegué mis mejores ocurrencias y creo que ni
siquiera las oyó. En fin, la cena fue un fracaso; y si duró hora y media fue
porque la media es lo que tardaron en traernos la cuenta.
Derrotado, superado por no comprender a la que fuera mi amor,
conduciendo hacia casa pensé que terminaríamos en divorcio.
Aparcamos el coche en el garaje y, subiendo la escalera que
lleva a la casa, llegaron a nuestros oídos una especie de leves jadeos, gemidos.
La intriga provocó que abriéramos la puerta de acceso al hall sigilosamente. Ya
en él, vimos que el salón estaba iluminado únicamente por la televisión, a la
vez que sentíamos esos gemidos más fuertes. La puerta del salón estaba
entornada. Mi mujer, muy pausadamente, se acercó a ella, volviéndose al instante
hacia mí con los ojos desorbitados, señalándome con su dedo índice en los labios
que guardara silencio, a la vez que con la otra mano pedía que me acercara.
Y lo que pude ver por la rendija de la puerta convulsionó
totalmente mi idea respecto de mi suegra, ya que se estaba follando a nuestro
hijo.
Lo tenía sentado en medio del tresillo, más bien estirado,
porque sus nalgas se aferraban al borde de los cojines. Los dos en pelotas y la
que yo creí "puritana" subida encima de mi chaval, con todo su pene entrándole y
saliéndole, una y otra vez, rápido, rápido; jadeando ambos, presas de tan
incestuosa lujuria.
La azulada luz del televisor regaba su acoplamiento. Por
primera vez, desde que le conocí, reparé en que mi suegra tenía una bonita
figura. El cuello era elegante; los hombros equilibrados; la espalda delineada,
dividida por una columna cuyas vértebras en ese momento se estiraban y contraían
rítmicamente, contribuyendo así a la penetración de su nieto; sus caderas,
anchas, sostenían firmemente las nalgas, turgentes y lisas, pese a su edad;
cuando su desatada libido le elevaba, la azulada luz del televisor resplandecía
en la polla de nuestro hijo, empapada de sus flujos, tardando muy poco en
incrustarse dentro de su abuela, asiéndole sus glúteos, abriéndoselos, hasta
hacer tope con sus testículos, repletos de venas que pulsaban por regar.
Se tarda más en contar lo visto que en percibirlo. Ahora, ¡se
lo juro!: la escena me puso muy cachondo; al igual que a mi mujer, que
teniéndole de espaldas a mí, notó en su culete la presión de mi rabo,
convenciéndome de que sufría la misma calentura al llevar mis manos a sus
pechos, presididos por la dureza de sus pezones.
Me entregué a masajear los senos de mi mujer y a empujarle
más el nabo contra su culo, contemplando el espectáculo, notando cómo la
respiración de mi esposa se aceleraba, síntoma de su excitación.
Mi niña volvió su carita y en sus ojos adiviné que la escena
le agradaba tanto como a mí. Asentí levemente; le empujé suavemente de las
caderas y entramos en el salón silenciosos, como furtivos.
Los incestuosos amantes no apreciaron nuestra presencia hasta
que su madre asió el miembro de nuestro hijo, sacándolo del coño de la abuela
para inmediatamente refugiarlo entre sus labios, prodigándole una excelente
mamada. A todo esto acallé la protesta de mi suegra levantándole de mi hijo,
echándole al sofá y, sin permitir que cerrara las piernas, le comí el coño con
devoción. Le abrí mucho los mayores; extraje del capuchón su clítoris y lo
succioné furiosamente con mi empapada boca. ¡Joder!: ¡que bien sabía el chocho
de la puritana!. Le gustaba; se espatarraba a lo más; me acercaba del cogote a
su raja y, en medio de tal frenesí, desvio la cabeza a la derecha contemplando
como mi mujer se comportaba igual que su madre ante la comidita que le propinaba
su hijo.
Esto provocó que mis calzoncillos se empaparan de flujo, por
lo que liberé mi rabo y empecé a sobarlo en la dilatada raja de mi suegra. Ella
no esperó; tomó mi polla y la dirigió a su vagina, que no fue difícil invadir de
un solo empujón.
Volví a mirar a la derecha y aún se enervó más mi lujuria al
ver cómo el coño de mi esposa estaba siendo taladrado a grandes revoluciones por
la polla de mi hijo.
Eso ya fue apoteósico. Yo tirándome a mi suegra y mi hijo a
su madre. Venga y dale; fuerte y fuerte; hasta el fondo. Para mí no había duda:
me iba a correr dentro de mi suegra; no era peligroso. Sin embargo el éxtasis de
mi hijo no le permitió hacer tal disquisición, viniéndose en su madre sin
preguntar; claro que -como toma la píldora- agradeció sus espasmos eyaculadores
correspondiendo a cada uno con un: "me encanta, me encantaa, me encantaaa, me
encantaaaaaaaaa...".
En definitiva: ha sido el mejor polvo que he echado en mi
vida y, además, ha servido para relanzar mi matrimonio, porque ahora estamos los
cuatro muy contentos de vivir juntos. Supongo que se imaginarán la razón.
Salud.