EL VUELO DEL FÉNIX (I)
Raquel
Conocí a Raquel en la oficina, poco
antes de Navidad. Entró en el departamento para sustituir a un compañero que
estaba de baja, y llamó la atención de la mayoría de los miembros masculinos del
staff. Era rubia, llevaba el pelo corto, pequeñita y vivaracha, muy
extrovertida, y en lugar de vestir como si quisiera parecer la secretaria de
dirección (lo que hacen la mayoría de las chicas cuando entran en una gran
empresa) vestía amplias faldas de colores vivos, lo que hacía fruncir el ceño al
Bisonte. El Bisonte es nuestro jefe de sección, para quien ella trabajaba
directamente. La verdad es que a mí me gustan las mujeres con vestidos
ajustados, pero ella compensaba ese factor con sus zapatos de tacón alto (una de
mis debilidades) y sus amplios escotes. Hablaba con voz fuerte, sin dejarse
acoquinar por la atmósfera opresiva que reinaba en las oficinas. No tardé en
coincidir intencionadamente con ella en la fotocopiadora o en la máquina de
café, y pronto hicimos amistad. Yo le contaba chistes malísimos del Bisonte y
ella se partía de risa, índice claro de que yo la atraía.
La víspera de Nochebuena la empresa
suele hacer la fiesta anual, en la que es ya clásico ver a miembros de todo el
escalafón bailando borrachos y haciendo peleas de corbatas. Entre confettis y
música de baile conseguí arrancar a Raquel de su animada conversación con varios
de los capullos del departamento de análisis de datos, unos engreídos. Nos
pusimos a bailar en un ángulo de la sala, los dos bastante bebidos. Ella no
paraba de hablar y reír, y yo le hice un par de proposiciones altamente
deshonestas. Me miró burlonamente y me dijo:
–Vaya, pero si eres un depravado! Quién
lo diría, un depravado guapo… Y ¿qué harías conmigo si yo te dejara, baby?
–Te llevaría en volandas al paraíso,
preciosa… Mira cómo me pones… –y llevé su mano hasta mi bragueta. Ella agarró el
bulto con gusto, se puso de espaldas a mí, apretando sus nalgas contra mí y
llevó una de mis manos hasta sus tetas. Cogió el dedo anular de mi otra mano y
se lo llevó a los labios, lo besó y se lo metió en la boca, chupándolo con
expresión de éxtasis. Yo me estaba poniendo a cien. Se volvió, agarrándome por
la cintura, y me preguntó:
–¿Qué me harías, si yo te dejara, eh? Y
que conste que hablo en hipótesis… Dime, ¿qué me harías? No me digas que me
llevarías al paraíso o a no sé dónde, ¿qué te gusta hacer para asustar a las
novatas de la sección? Algo que sea fuerte e intenso…
A pesar de que el alcohol me había
envalentonado, me sentí un poco incómodo. Me gusta llevar la iniciativa con mis
ligues, pero ella estaba llevando el reto más lejos que yo. Decidí demostrarle
que yo no era ningún panoli.
–Cuidado con lo que pides, rubita, que
igual lo encuentras! Te puedo encular como si fueras una cerda hasta que grites
de dolor y de placer, qué te parece?
–¿Por el culo? Para eso hay que tenerla
muy dura, chavalote, no sé si podrás…
–¡Ah, vaya, no te gusta tanto la idea de
que te la meta por detrás, eh?
Me miró con los ojos muy abiertos:
–¡Pero qué dices! ¡Si el coito anal es
lo que más me gusta! Eso, agárrame por el culo, mira qué nalgas más prietas
tengo. ¿Quieres desfilar por entre ellas? Así, levántame la falda, aquí mismo…
Algunos de mis compañeros nos miraban
riendo; nuestro magreo no había pasado desapercibido, y empezaban a señalarnos
diciendo:
–¡Ánimo chavales, no os cortéis por
nosotros! ¡Que se la tire, que se la tire…!
El Bisonte, bastante sobrio aún, miraba
también con aire desaprobador. Empezó a formarse un corro, y yo quise coger a
Raquel de la mano y llevármela de allí. Ella debió de tener la misma idea, pero
tiramos en direcciones diferentes y nos separamos, perdiéndonos entre el
jolgorio. Alguien me dio una copa y me la bebí mientras la buscaba, y luego
otras más. A partir de entonces, no recuerdo nada.
El archivo
Unos días después, de vuelta al trabajo,
todo el mundo se comportaba como si nada hubiera pasado. La verdad era que
algunos habían terminado bastante peor que yo. Pero yo no podía quitarme de la
cabeza lo que ella me había dicho. ¿De verdad a ella le gustaba el coito anal?
Era la primera vez que una tía no me daba una bofetada ante semejante
proposición; incluso rompí con una novia que tuve durante años por intentarlo.
Raquel también se comportaba como si
nada, pero cuando nos quedamos un momento a solas en el pasillo, ella parecía
azorada. Yo dije algo respecto a la fiesta, y ella me cortó:
–Mira, estábamos todos borrachos, vale?
No le demos más importancia al asunto.
–Pero es que yo te deseo, Raquel, de
verdad; ya me gustabas antes de la fiesta, pero luego… aquello que me dijiste…
Me miró extrañada:
–¿Qué te dije?
–Sí mujer, lo de que te gusta… vamos…
por detrás y eso…
–Claro, me encanta; si se hace bien,
claro. No me gusta que me hagan daño.
Yo la miraba, alucinado.
–¿Qué pasa, –siguió ella, sonriendo
divertida– que nunca has hecho el Vuelo del Fénix?
–¿El vuelo de qué?
–¡Sshh, baja la voz! Los chinos lo
llaman así, el Vuelo del Fénix. Y si se hace suavecito, con cuidado, es una
gozada.
–Pues a ver si me enseñas, eh? ¿Qué te
parece?
–Es posible… Cuidado, el Bisonte.
El jefe venía charlando con uno de los
directores, y Raquel y yo seguimos caminos distintos, fingiendo estar atareados.
Aquella tarde estuve trabajando con un
colega en el despacho de al lado, y cuando volví a mi mesa vi una nota que
decía:
“17:30 en el archivo”
No reconocí la letra. ¿Quién me podía
citar en el archivo, y para qué? Mi trabajo no me hacía ir allí más que
ocasionalmente, pero sabía que Raquel solía tener que ir a menudo a guardar
informes. Estaba claro que la nota era de ella. Miré el reloj: las cinco y
veinte.
Cogí algunos papeles que me dieran la
excusa de ir allí; el archivo es un lugar solitario, pero había que pasar frente
a un guardia jurado que anotaba el nombre de quienes entraban alli, aunque era
cierto que a última hora de la tarde las visitas al archivo eran raras y el
segurata no solía estar en su puesto. Además, los jefes se solían marchar a esa
hora, y solía haber menos actividad; buen momento para prácticas
extraprofesionales.
El corazón me latía como un tambor al
salir del ascensor en el sótano. En efecto, el guardia no estaba en su mesa;
debía estar haciendo la ronda en la planta baja. Entré en el archivo y cerré la
pesada puerta de acero tras de mí, no sin albergar algunas dudas; ¿No sería
alguna broma? Avancé cautelosamente entre las estanterías silenciosas. Al final
del pasillo central había un espacio con una mesa y un teléfono. Raquel estaba
sentada sobre la mesa, sonriente. Su blusa negra tenía varios botones
desabrochados y tenía la falda arremangada sobre los muslos, mostrando las
piernas. Estaba verdaderamente atractiva.
–Hola, guapo –me dijo, con su voz
profunda– Las cinco y media, ¡qué puntual!
Recobré mi aplomo; no parecía tratarse
de ninguna broma. Sonreí y me acerqué hasta oler su perfume. No dije nada. La
abracé y la besé largamente en los labios, y nuestras lenguas se acariciaron
mutuamente durante un rato. Pero pronto pasamos a la acción. Febrilmente, ella
me abrió la bragueta y empezó a masajear mi pene, lubricándolo con leche
hidratante. Yo saqué un condón de mi bolsillo, y ya me lo iba a poner, cuando
ella lo cogió y se lo metió en la boca, chupándolo como si fuera un caramelo,
mirándome con ojos traviesos. Lo sacó de la boca y me lo puso hábilmente.
Yo traté de desabrocharle la falda, pero
ella se dio la vuelta y la levantó hasta la cintura, enseñándome sus piernas y
sus bragas. Se las bajé hasta dejar su culo al descubierto, y ella
inmediatamente se inclinó hacia adelante, apoyándose en la mesa con una mano
mientras con la otra dirigía mi pene entre sus nalgas. Acaricié su vientre y
quise bajar hasta su clítoris, pero ella estaba firmemente apoyada sobre el
borde de la mesa, que me lo impedía. Ella estaba muy excitada, yo creo que había
pasado largo rato masturbándose antes de llegar yo. Me dijo en un susurro:
–Desabrocha la blusa.
Solté el único botón de la blusa que
faltaba por desabrochar, y me encontré con que, al menos, no llevaba sujetador.
Acaricié sus tetas, hermosas, duras y jóvenes. Murmuró algo así como: ‘Sí, así,
con las dos manos, oh, eso sí que me pone…’ Así que seguí con sus tetas mientras
ella introducía mi pene entre las duras nalgas; sin duda ella hacía gimnasia,
tenía un culazo duro y musculoso. Empecé a moverme poco a poco atrás y adelante;
yo quería ir despacio, juro que es lo que quería, pero ese meneo me estaba
poniendo a mil por hora. Ella trató de sujetar la bestia que salía de mi
entrepierna, pero yo me moría por penetrarla.
–Despacio –dijo ella– no hay prisa,
corazón… –pero aquello era muy intenso, y yo temía correrme sin haber llegado a
la meta. La punta de mi pene golpeaba ya su ano, que ella había lubricado
abundantemente antes, y a cada aldabonazo amenazaba con penetrarla.
–¡Despacio! –casi gritó, con voz ronca
por el placer. A ella también le gustaba, estaba claro, pero quería controlar
ella. Hasta que ya era demasiado tarde no se había dado cuenta de que yo era un
semental desbocado. La agarré por los hombros para dar la embestida definitiva…
y sonó el teléfono. Nos quedamos los dos en suspenso un segundo. El aparato
estaba a unos centímetros de Raquel, que hizo ademán de cogerlo.
–¡Déjalo! –le dije– No lo cojas.
–Puede ser el Bisonte. Él sabe que estoy
aquí.
Maldije por lo bajo mientras ella
descolgaba. La voz de Raquel sonó temblorosa al contestar. No cambiamos de
posición; ella seguía apoyada en la mesa y yo detrás de ella, tratando de follar
su culo. A pesar de la intromisión telefónica, mi polla seguía dura y grande,
resbalando en el prieto y bien engrasado culo de Raquel, pero sin haber
traspasado aún su esfínter. Otro motivo para odiar al jefe; ¿por qué tenía que
meter horas e incordiar al personal? Yo podía oír su voz autoritaria en el
aparato, dando instrucciones a Raquel, que se había serenado un poco y se
esforzaba en contestar con normalidad. La llamada no terminaba, así que yo volví
a iniciar mi movimiento de vaivén, despacio al principio y luego con más
intensidad. ¡Oh, Dios, temía correrme en el umbral! Decidí no esperar más. La
punta de mi pene presionaba fuertemente contra su ano, ya algo distendido. Di un
fuerte empujón y la penetré, con cierta dificultad; ella se estremeció y gritó,
incorporándose vivamente. Nuestras cabezas se juntaron, y yo podía oír
perfectamente al Bisonte diciendo:
–¿Raquel? ¿Está usted bien? ¿Qué pasa
ahí? ¿Hay alguien más?
Seguro que el cabrón había podido oír mi
aliento cerca del auricular.
–No, no señor Ayesa, no se preocupe, me
he pillado una mano con el cajón de la mesa, no es nada.
–¿Seguro que está bien? Su voz suena
como si le pasara algo…
Ya lo creo que le estaba pasando. Yo
estaba follándome su culo, que formaba un prieto anillo alrededor de mi pene, el
cual ahora entraba entero. ¡Qué sensación! Dejé sus tetas y la cogí por las
caderas para controlar mejor el movimiento, mientras le mordisqueaba la oreja
que tenía libre. La voz de Raquel se volvió trémula otra vez:
–No-no se preocupe… señor Ayesa… sólo
estoy mareada… el sótano, como no hay ventanas… no es nada…
–Si se encuentra mal, mandaré a alguien
a que la atienda, no se vaya a desmayar…
¡Vaya momento que había elegido ese
capullo para volverse solícito! Ella trató de disuadirle, pero él dijo algo
sobre avisar al guarda jurado para que la atendiera. Finalmente, colgó.
Ya la estaba atendiendo yo; sin miedo de
ser escuchado ahora, jadeé de placer, libre para tirármela a mi gusto. Ella
gritó:
–¡Más despacio, que me haces mucho daño,
por favor!
Trató de separarse de mí, pero yo la
tenía bien agarrada; le magreaba las tetas, el culo, traté de llegar hasta su
entrepierna, pero la mesa me lo impidió. Mis embestidas fueron en aumento,
espachurrándola sobre la mesa, me tumbé sobre ella en un supremo esfuerzo por
metérsela aún más profundamente. Un hilo de baba caía de mi boca y se perdía en
su pelo, mientras sentía cómo mi orgasmo iba llegando e invadiéndome. Me detuve
un instante; su ano seguía apretando firmemente mi duro miembro, ella se
retorcía, como si tratara de escapar… y me corrí como una bestia, eyaculando con
tanta fuerza que creí que le saldría esperma por la boca.
Me desplomé sobre ella, agotado. Raquel
no se movía; estaba tendida sobre la mesa. Se oyeron ruidos en la entrada del
archivo: alguien accionaba la puerta para entrar. Seguramente sería el guarda
jurado enviado por el Bisonte.
Saqué mi pene, aún duro, lo más
delicadamente que pude, me quité el condón y me abroché el pantalón
apresuradamente. Ella se subió las bragas, se bajó la falda y escondió el
frasco de leche hidratante. Ya se oían los pasos del guarda por el pasillo
central. Me deslicé entre los estantes y esperé, aún con el condón en la mano.
Raquel explicó al guarda que se había
sentido indispuesta, pero que ya se encontraba bien; sólo necesitaba ir al
lavabo. Después volvería al archivo a recoger sus papeles, así que no merecía la
pena cerrar la puerta con llave.
Raquel y el guarda salieron, y yo me
pude deslizar sin que nadie me viera. Volví a mi puesto, donde nadie me había
echado en falta, y traté de comportarme normalmente hasta la hora de salir.