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Fecha: 22-Mar-07 « Anterior | Siguiente » en Amor filial

Soy la puta de mi abuelo (6)

Kleizer
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Tiempo estimado de lectura: [ 17 min. ]
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Las tres rameras del abuelo se juntan, y Verónica descubre cuánto se extiende el círculo de depravación iniciado con don Facundo. Version para imprimirEnviar este relato a un amigo/a
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Soy la Puta de mi Abuelo 6

Por:

Dimitri Archayedevic Kleizerov

A mi admiradora incondicional,

ese bombón llamado Verónica Jazmín.

1

Hola de nuevo. Soy Verónica Araceli, y como algunos de ustedes ya lo sabrán, llevo casi un mes cogiendo a diario con mi abuelo, y desde hace dos semanas el besito de madre e hija se ha convertido en un morboso morreo que sólo logra hacerme arder como nunca… me he hecho una adicta al rechoncho pene de mi abuelo, si no se la chupo por la mañana, ya entrada la tarde me agarra una suerte de desesperación, que sólo se quita cuando lleno mi boca con ese extraño y único sabor de su inflado glande bien prensado en mi quijada, no sin antes haberme abalanzado a la entrepierna de mi agradecido abuelo.

Eran como las cinco de la tarde, el horizonte lucía arrebolado por la ventana. Mi abuelo, Facundo, yacía tendido en su cama, en su dormitorio tapizado de afiches míos, con su computadora rellena de videos muy indecentes de mamá y yo, y ahora de Berenice, mi novia… mi abuelo gemía y sonreía como en trance, y no era para menos, pues las dos mujeres que ya mencioné y yo, desnudas las tres, teníamos nuestras bocas estampadas, succionando y lamiendo el grueso y vibrante órgano de ese hombre que se había convertido en nuestro marido.

A mí me dejaban lamerle el capullo, y mamá y Berenice lamían los venosos costados, turnándonos atropelladamente para masajearle y mamarle los abultados guevos, durante una media hora, los únicos ruidos en ese cuarto fueron los jadeos carrasposos de mi abuelito y nuestros chupetones y gemidos… mamá y Berenice, mientras tanto, no perdieron oportunidad para manosearme descaradamente, para meterme dedos tanto delante como detrás… yo sentía que me moría de placer… a veces mamá se apoderaba de la verga de su padre para comérsela bien, y Berenice y yo nos besábamos como si el mundo fuera a terminarse mañana, y a veces, Berenice nos la arrebataba, momento que mamá y yo aprovechábamos para efectuar un satisfactorio, lujurioso y muy ruidoso intercambio de saliva.

En ese, Berenice profirió un mugido algo más fuerte de lo normal, y vimos que el abundante y grumoso semen del abuelo le chorreaba por las comisuras de sus sensuales y carnosos labios, corriendo en oleosos riachuelos por el pene y escurriéndose por el vello púbico y las pelotas… cosa que ni a mamá ni a mí nos arredró para abalanzarnos a lamer y chupetear esa lechita deliciosa, le mamamos los guevos y le chupamos los pelitos, y al final, nos relamimos las tres… fue una experiencia divina, oh, si así es el Infierno, que me consuman sus llamas…

-A ver, ¿cuál de mis tres putas va a ser la primera en montar este semental? -nos preguntó el abuelo, aún listo para el embate.

Ni corta ni perezosa, mamá, Leticia, se sentó a horcajadas sobre la ancha cadera de su padre, clavándose esa rica pija casi hasta la base; mamá cerró sus ojos y se quejó, pasándose la lengua por los labios.

-¡Ay, papi, qué rica la tenés! -dijo ella, con un tono de voz que en nada envidiaría al de una operadora de hotline.

Y cuando mamá comenzó a cabalgar a nuestro marido común, Berenice me abrazó… nuestras carnes ardieron al contacto, y mis senos se vieron apretados contra los más grandes y níveos de ella, nuestras bocas se juntaron, así arrodilladas al lado de la cama, nuestros besos ruidosos y la saliva chorreando nuestras mejillas y mentones. Berenice me chupó la lengua y me metió dos dedos en el culo, yo chillé y me apreté todavía más contra ella.

-Ven, cerdita, traje un juguete nuevo para que lo usemos juntas -me dijo Berenice al oído, no sin antes brindarme un sabrosos lengüetazo, de esos que me producen vibraciones eléctricas.

Nos pusimos de pie, y así, tuvimos un primer plano de mi propia madre montando frenética y escandalosamente a mi propio abuelo, eso no impidió que Berenice la hiciera arquear su espalda para ver a mi madre y a esa puta dándose un obsceno ósculo.

Luego, Berenice sujetó el famoso maletín, de donde salieron los dildos de la vez pasada, cosa que al recordar, me empapó en un parpadeo. Berenice sacó entonces, un muy, muy largo pene de hule con dos extremos en forma de glande, entendí de inmediato lo que se proponía… y casi brinqué de emoción.

Ella me rodeó mi esbelta cintura, atrayéndome, besándome, rozándome la piel con ese juguete sexual que en unos instantes iba a tenernos lloriqueando como si nos estuvieran matando.

-Perrita caliente -me dijo-, tal vez me ayudas en un pequeño negocio que me ha salido -mientras me tocaba como ella sabía que me derretía a velocidad vertiginosa, me quería enganchar…-, nos van a pagar mucho, verás, son chicos, les dije que podía conseguirles a la modelo de los afiches de la cerveza…

-¡Berenice, yo…! -intenté resistirme.

-No me vas a decir que no eres puta, porque, tú le podrías dar cátedra a muchas ratitas callejeras que andan por ahí… hablo de quinientos dólares, Vero, vamos, les encantarás…

Berenice me besó de nuevo y empezó a meterme esa cosota en el recto. Me prensé de ella, incapaz de negarme a cualquier cosa que quisiera hacer conmigo… por otro lado, muy en el fondo de mi ser, una parte de mí estaba ansiosa por verse rodeada de penes erectos y de ser follada sin descanso…

Nos hincamos, la una frente a la otra, y cada una ensalivó un extremo de ese dildo enorme como una culebra. Yo estaba más que ansiosa por ver cuánto de ese juguete era capaz de comerme con mi coñito ávido de fornicación. Eso, junto a los gritos de mi madre bien clavada por mi abuelo, me tenían en llamas.

Luego, Berenice y yo nos sentamos de frente, abriendo nuestras piernas, entrelazándolas. Berenice giró el dildo, para que el lado que ella ensalivó fuera el que me penetrara, y viceversa.

-Relájate, Vero, vamos a pasarla bien -me dijo ella. Cerré mis ojitos, saboreando esa cosota que mi iba entrando. Berenice gimió conmigo, y poco a poco, cada vez más sudorosas, nos íbamos acercando, tragándonos más y más de ese juguete.

Acaricié el provocativo rostro de Berenice. Estaba a punto de perder el control, ella siguió acercándose hasta que pocos centímetros de hule se interpusieron entre nuestros clítoris… empezamos a movernos, yo de modo más torpe, pero no por eso me dejó de gustar, rociando ella y yo nuestros febriles alientos… nos inclinábamos para besarnos y apretarnos, intentando devorar todo ese palo, pues ese era el reto en cuestión. Nuestros jadeos, junto a los alaridos de mamá fueron la sinfonía orgiástica que resonó por toda la casa…

Creo que me retorcí como una posesa cuando tuve mi inminente orgasmo, que hasta pringó la entrepierna de mi adorada Berenice… ella jadeó también y mamá aulló como loba en celo, de un momento a otro, todo estuvo silencioso, excepto esos cuatro resoplidos dificultosos… Berenice y yo apoyadas mutuamente, bañadas en sudor, pifiando como bestias, y mi sudorosa mamá recostada sobre mi abuelo, que ya roncaba del monstruoso esfuerzo…

Mi abuelo se durmió apenas rellenó de semen la concha de su hija, o sea mi madre, pero no por ello se durmió la extrema calentura que nos dominaba a las tres. Dimos un besito de despedida a esa monumental verga que hacía nuestras delicias y salimos silenciosamente del cuarto.

Ya en el pasillo, Berenice y mi mami se apretujaron contra mí, turnándose para besarme con la mayor lascivia, manoseándome toda… no podía creer lo cachonda que me ponía la perita lengua de mi madre…

Qué les puedo decir, me engancharon de nuevo el collar y la cadena, y mientras mamá y Berenice retozaban de lo lindo en el sofá de la sala, yo, así encuerada, tuve que hacerles la cena, de la cual yo fui el postre, claro; y de nuevo, fui follada con el dildo que mamá hizo usando como molde la pija de mi padre.

 

2

Al día siguiente, después de las clases en la Universidad, papá pasó por mí. Su nombre es Enrique, tiene 42 años, y aún es un hombre atractivo, con una pizca de canas en las sienes, un estómago apenas abultado; acude al gimnasio de vez en cuando, así que cuenta con una fornida figura. Al igual que mamá es empresario, y al igual… pronto iba a conocerlo de un modo mucho más íntimo… qué puta soy…

Me subí al asiento del pasajero. Ese día yo vestía unos apretados pantalones jeans y una camisa con mangas arremangadas y los botones abiertos hasta un poco debajo de lo normal. Mi papá no consiguió evitar mi busto que casi se asomaba, sonrojándose por su incestuoso atrevimiento… y estremeciendo mi sexo de un modo inimaginable… cielos, debía luchar; saber que, técnicamente, ya había follado con él, me ponía ardiente como magma.

-¿Cómo está, Vero? ¿Qué tal te ha ido en los exámenes? -me preguntó él, siempre tan formal, aunque lo noté algo nervioso.

-Pues, han estado difíciles, pero creo que logré aprobarlos todos -respondí, apoyando mi codo sobre el quicio de la ventana del carro, sonriendo pícara, incrédula al estar coqueteándole a mi propio padre, pero a decir verdad, la boca se me hacía agua al saber que ese pollón estaba al alcance de mi mano y sin poder sujetarlo, mucho menos masajearlo o pajearlo, y mucho menos, sin poder metérmelo a la boca… Dios, Dios, soy una puta con master…

Durante el camino, platicamos sobre otras cosas, me compró un licuado y me llevó a su apartamento, pues era Viernes y le había dicho que pasaría el fin de semana con él. Se había peleado con su actual novia, Susana, así que iba a estar solo un par de días. Mi corazón golpeaba con fuerza el interior de mi pecho, consciente de que estaba a punto de cometer una locura…

Cuando papá empezó a hacer la cena, mi yo siniestro decidió hacer su jugada.

-Me voy a dar una ducha, papi -le dije, con un tono de voz muy infantil.

-Está bien, Vero, esto va a tardar un poco de todos modos -me contestó, tan refinado y reprimido.

Así, mientras mi ingenuo padre preparaba la cena, yo me convidaba una efímera pero rica paja en el baño, atrapando entre mis dientes unos calzoncillos de él que hallé en la canasta de la ropa sucia… una fuerza oscura se había apoderado de mí, pero me estaba encantando. Creo que papá nunca tuvo idea de lo que ocurría entre mamá y el abuelo, y no sé cómo tomaría saber que ahora yo también caí en ese rico gancho del abuelito.

Algunos minutos después, cuando bajé las escaleras, papá se puso rojo como un tomate y desvió su mirada de mí. Lo disfruté, si todo salía de acuerdo al plan, dentro de algunas horas estaría cabalgándolo… pues, sólo llevaba puesto un corto camisón café claro, que se apretaba mucho contra mis bamboleantes senos -libres de todo sostén- y que se terminaba en la mitad de mis redondas nalgas, donde sólo me cubría la parte baja de un bikini negro. Yo me dediqué a revolotear a su alrededor fingiendo una inocencia y un candor dignos de una niña, sin perder oportunidad de abrazarlo y darle besos en sus mejillas recién afeitadas, frotando mi febril y ansioso cuerpo con el suyo.

-No me había dado cuenta de lo bonita que te has vuelto -me aduló, muy ruborizado, evitando mi lujuriosa mirada, creo que ya era consciente de mis intenciones-, veo que ya eres toda una mujer.

-Gracias, papi -le dije, abrazándolo de nuevo, apretándome contra él, sintiendo cómo, vacilante, apoyaba su mano sobre mi cintura, y de algún modo supe que poco le faltó para bajarla y apoderarse de mis nalgas, que temblaban de ganas por dar todo placer posible a mi padre.

-Ven, toma asiento en el comedor -dijo papá, algo titubeante su voz. Me calenté al imaginar que serían mis pezones perfectamente visibles la causa de su nerviosismo.

-No, mejor comamos en el sofá, viendo la tele -repliqué entonces, y sin darle tiempo a responder, lo traje conmigo, sentándonos bien apretados, yo con mi show de niña virginal e inocente, y él intentando guardar la compostura… estaba tan desesperada por agarrarle su verga…

-¿Por qué estás haciendo esto, Verónica? -me preguntó entonces, cortándome en seco.

-¿Qué cosa, de qué hablas? -repliqué, siguiendo con el teatro de la niña buena.

-Mira, eres una mujer muy hermosa, pero eres mi hija, y debes comportarte -me dijo, viéndome, casi me muero de vergüenza, pero "ese" lado oscuro no me permitió perder la lid tan fácil.

-Papá, ¿qué te pasa? Hace días que no te veo y, por eso, quería abrazarte y tenerte cerca, ¿de qué hablas? -me defendí, enrojeciéndose mis ojos… fue en ese momento que él se sintió culpable y se puso blando, abrazándome para que me calmara… fue en ese momento que cayó en mi trampa-, además, no me gusta saber que estás solo…

-Hija, yo no quería que te sintieras mal, yo… -se quedó mudo cuando froté mi cabeza contra su robusto hombro, sus manos temblorosas posadas en mi espalda. Mi aliento sobre su oído lo estremeció de pies a cabeza, y sus brazos musculosos se cerraron más a mi alrededor.

-Hazme tuya, papi -le susurré, sin poder creérmelo.

-¿Por qué lo haces, puedes tener al hombre que desees, Verónica, por qué a mí?

-Porque te amo, papi, te amo, te deseo… -y lo miré a sus ojos, algo aterrorizados pero con cierto brillo peligroso-, tú me cuidaste, me educaste, quiero hacerte feliz, quiero que estemos juntos, nadie tiene por qué saberlo -argumenté, pareciéndome que era una suerte de espíritu maligno el que hablaba por mi boca.

Mi padre temblaba en mis manos. Casi poseída, busqué su cremallera. Papá se dejó hacer, luego intentó detenerme, pero, al sentir mi mano apretando su verga, creciente, se detuvo…

-Verónica, basta, esto está mal -me susurró sin mucha convicción.

-Papi, sólo quiero ser tuya, yo lo deseo, no tienes idea lo feliz que me harás si me posees, si me coges como siempre quisiste hacerlo… -y sin añadir nada más, me incliné abruptamente y abrí mi boca para saborear ese divino cipote gracias al cual recibí la vida.

-¡Verónica, por favor! -exclamó papá, estremeciéndose, pero sin hacer nada para frenarme. Yo ya chupeteaba, feliz y extasiada, ese largo, firme y venoso pene, embobada con su sabor, mi cabeza deslizándose de arriba abajo, embadurnándolo con mi saliva- ¡Hija mía, qué haces…! Chúpamela…

Con inefable alegría, devoré con locura la verga de papá, succionándola, lamiéndola, frotándomela en la cara y en mi largo cabello, dándome golpecitos en el rostro con ella… un rato después, yo, arrodillada en el piso, sin mi camisón, sólo con mi tanga negra, mamándole el pito a mi padre, quien abría sus piernas y me acariciaba el cabello, diciéndome cuánto me amaba y con sus ojos brillantes de prohibido deseo… lo que me tenía a mil… tragaba más de la mitad, me la sacaba y me la volvía a comer… estaba loca de deseo… finalmente, lo había conseguido, tener sexo con el abuelo, con mamá y ahora con papá…

Papá me sujetó del rostro, sacándose su verga de mi salvaje boquita, y se inclinó, para besarme. Sentí que esos labios y esa lengua me derretían. Papá manoseó y apretó los senos que le había estado ofreciendo, volviéndome casi un animal de deseo, mis manos aún enganchadas en su enhiesto pene, brillante con mi saliva. Gentilmente, atrajo mi torso hacia su vara firme, adiviné sus planes, ni con el abuelo había hecho tal cosa, así que mi padre iba a ser el primero… aprisioné su delicioso miembro entre mis redondos pechos y empecé a moverme, deslizando esa virilidad en el canal de mi busto, arrancando ardientes gemidos a mi papá.

-¿Te gusta, papi, te gusta? Haré todo lo que me pidas… todo -le dije, con una voz de puta redomada, pasándome la lengua por los labios cuando entreabrió sus ojos para verme.

-Sí, Verónica, sigue… siempre te había soñado… -me confesó, en medio de un suspiro, y tal testimonio me impactó un poco, pero luego me puso muy feliz. Me moví con mayor rapidez, lamiendo la punta sonrojada de ese cipote tan tieso y rico, no veía el momento de cabalgarlo…

Mi papá, seguramente por mantenerse en buen estado físico, tenía un gran aguante, y se la estuve chupando un buen rato, doblegando sus últimos reparos. Pasé casi veinte minutos hincada frente a él, chupando ruidosamente esa verga que me diera la vida hace diecinueve años… mi papá tenía un gran gusto en darme golpecitos en el rostro con su animal, así como de frotar su capullo contra mis duros pezones, y de cuando en cuando nos dábamos salvajes besos, ya prendidos los dos, éramos un hombre y una mujer ganosos de aparearse, el vínculo padre-hija había sido superado.

Esa verga tembló dentro de mi boca, mientras pajeaba lo que no me podía tragar, papá quiso frenarme, pero mi tozudez le dio a entender que deseaba hasta su semen, y se relajó, estallando en mi boca, golpeando esos chorros de tibia lechita mi garganta y derramándose entre mis labios, bañando su trémulo pincho y mi mano derecha aún aferrada al mismo.

-¡Ah, Vero, mi amor, así es, cómete a tus hermanos! -rugió papá. Qué forma más excitante de canibalismo, pensé.

Me dediqué un par de minutos a limpiar todo rastro de semen del mástil, el vello y las pelotas de papá, y finalmente, limpié mi mano, lamiendo la lefa cual seductora gatita, sonriéndole a mi incestuoso progenitor, quien me regaló uno de esos increíbles besotes que de ahora en adelante disfrutaría más seguido.

 

3

Más tarde, como a eso de las ocho de la noche, papá me llevó en sus brazos a su dormitorio. Me tendió sobre su cama. Quise despojarme de mi ahora molesta tanga, pero él, con un gesto, me dio a entender que deseaba hacerlo por sí mismo. Se desnudó entonces, ante mí, mostrando su cuerpo, no tan blanco, pero sí terso y moderadamente velludo, sus fornidos brazos y piernas y su estilete afilado y duro, listo para empalarme como Dios manda.

Se subió a la cama, colocándose sobre mí… me besó con delicadeza y me abrazó con suavidad. Arqueé mi espalda de súbito, dejándome llevar por la repentina oleada de placer, cuando papá metió una de sus cálidas manos en la tanga, palpando así, mi ya bastante húmedo sexo.

-¡Oh, sí, oh, sí, yo lo quiero, papi, lo deseo, si me amas hazlo! -le supliqué, para eliminar algún resquemor final. Papá me besó con más confianza, acariciando todo mi cuerpo, aún incrédulo… y en ese manoseo me di cuenta que no me había mentido, siempre me había deseado en silencio y ahora quería saborear ese primer instante en que yo me le había entregado, sus manos calurosas recorriendo mi vibrante carne me estaban volviendo loca…

Me aferré a él y le pasé los brazos por el cuello, cuando sentí sus gruesos dedos removiéndose en el mojado interior de mi concha, haciéndolo de manera experta, haciéndome gemir y sudar en sus brazos…

A veces nuestros labios se separaban y solamente nuestras lenguas se contactaban por la punta, retorciéndose como libidinosas sanguijuelas… jamás imaginé una escena así con mi padre, al menos no hasta hace un par de semanas… papá me chupaba la lengua y el labio inferior, y luego yo se la chupaba a él, había una gran química entre nosotros dos, y eso me estaba fascinando.

Papá, entonces, me besó en la frente, un beso de padre, justo los que solía darme luego de las buenas noches… luego siguió con mi boca, mis orejas, mi barbilla, mi esbelto cuello, hasta detenerse -lo habría apostado- en mis pechos desnudos e indefensos, los que me lamió y masajeó con una rara mezcla de salvajismo y ternura, yo tuve que morderme algunos dedos para amortiguar mi gimoteo escandaloso. Papá resoplaba como bestia mientras devoraba mi busto, apretándome contra él, mordisqueándome los pezones, sólo con sus chupetones ya me tenía al borde del orgasmo.

Luego, prosiguió su exquisito descenso, hasta llegar a mi sexo que era un tornado de emociones… papá rompió la tanga y hundió su cara en mi raja…

-¡Ay, papi, sí, sí! -exclamé, fuera de mí, aferrándome a la sábana, retorciendo mi cabeza hacia todos lados. Papi me hizo gritar cuando me chupó el clítoris, y aferré su cabeza con mis dos manos, mordiéndome los labios, presa de aludes incontenibles de placer… entonces, él me pidió que dijera algo, una frase reveladora, de que fui yo quien estuvo en su juego todo este tiempo…

-Vero, hija mía, quiero que digas que eres mi puta… -y mientras me lo decía, me alojó de súbito, uno de sus largos y gruesos dedos en el ano, arrancándome un inesperado chispazo de dolor.

-¿Qué, qué dices…? -logré preguntar, pues tanta lujuria me tenía ofuscada la mente, pero empecé a atar cabos.

-Tu madre me ha enviado algunos videos y fotos de lo bien que te lo pasas con esa puta de Berenice, qué buenos tríos armábamos antes de separarnos, ahora haz lo que te digo, putita -me conminó, y mientras me revelaba esto, retorcía despiadadamente su dedo en mi esfínter.

-¡Ooooohhh! -me quejé, el placer y la confusión, justo como cuando mi abuelo me reveló que también se cogía a mi madre- ¡Soy tu puta, papi, soy tu puta, toda tuya! -escupí, bastante estimulada por esa lengua y esos dedos haciendo desastres en mis dos orificios.

-Así es, ramerita, te estaba esperando desde hace días -y luego que hubo dicho esto, sacó sus dedos de mí y me tomó de las muñecas, alzándome cual muñeca de trapo, me besó de nuevo, yo casi en shock al haber comprobado lo extensa que era esa red de depravación familiar, pero la ágil lengua de papá en mi boca pronto me hicieron relegar a segundo plano todo ese "complot"…

Papá se acostó, llevándome con él. Supe lo que quería, y era lo que yo quería también.

-Ya tuviste la de hule, ahora ven por la de verdad, Vero -me invitó. Me acomodé sobre sus caderas y con mis manos, conduje esa vara carnal hasta mi entrada secreta…

-¡Oh, puta, sí! -exclamé cuando el hongo de papá hubo desaparecido en mi vagina- ¡Cielos, sí, qué delicia de polvo nos vamos a volar! -y seguí descendiendo, con cuidado, hasta que sentí mi carne topar contra el pubis de mi papi.

-Pequeña golosa -me dijo, tomándome de la cintura-. Vamos, muévete, amor.

Y así realicé ese sueño… con tímidos movimientos, empecé a cabalgar a ese potro hermoso y bien dotado que era mi padre. Posé mis manos sobre su amplio pecho para impulsarme, y en pocos instantes, alcanzamos un buen ritmo.

-¡Qué rico, papi! ¿Te gusto, te gusto mucho?

-¡Me encantas, hija, eres lo máximo! ¡Sós la cosita más bella que me he tirado!

Recuerdo haber sonreído ante ese dulce piropo, y continué montándolo, amé sentirme una con él, nuestras manos entrelazadas, nuestros gemidos al unísono, diciéndonos ora palabras tiernas ora cochinadas, mi cara chorreaba sudor, pero yo estaba en el cielo. Papá me atrajo hacia él entonces, abrazándome, luego sujetándome de mis bronceadas nalgas para regular él el mete y saca.

Papá alzaba y bajaba mi redondo culo, masturbando su pene con los movimientos de mi cuerpo a su merced. Así, me follaba mientras nos comíamos a besos.

-¡Papi, no quiero que esto se acabe, me tenés en la gloria, qué rico me estás pisando! -le confesé, mi boca a escasos centímetros de la suya.

-Mi angelito, mi putita linda, sós lo mejor que he tenido -y seguimos lamiéndonos.

-¿Mejor que Susana?

-Mil veces, Vero.

Y eso me hizo muy feliz. Me enderecé entonces, para recuperar las riendas de la cogida, nos tomamos de las manos y seguí follándolo, clavándome más y más su rica verga, mucho mejor que la imitación con la que mamá gustaba de reventarme el culo casi a diario desde aquella ocasión.

-¡Papi, amor mío, te amo! -exclamé al sentirme presa de las primeras convulsiones que anunciaban un orgasmo que iba a marcar un antes y un después en mi vida.

Papá se incorporó entonces, abrazándome y dándome vuelta, para aplastarme con su peso, abriendo mis piernas, yo me aferré a él…

-Viólame -le susurré.

Ese semental que me dio la vida me regaló unas embestidas horribles, que me hicieron bramar como animal herido, mi orgasmo se aproximaba a toda velocidad como una estampida en el horizonte, y por los rugidos de papá, supe que el suyo no tardaba, cogiéndome con locura, con una mano me cubrió los ojos, besándome con animalidad, apareándose conmigo frenéticamente, a punto de depositar en mí su semilla… no me importó qué clase de consecuencias podrían haber…

-¡Aaaaah, papi, ya no…! -y reventé como una fuente, lancé un alarido y mi mente se nubló. Como en lontananza, oí a mi padre jadear, y una oleada de calor ardiente inundó mis entrañas. Mis hermanitos retozaban dentro de mí.

Nos quedamos abrazados y bañados de sudor, respirando con dificultad, pero esbozando sendas sonrisas. Nos besamos un buen rato, y yo no dejé de sobarle la verga, ansiosa porque se recuperara.

-Estoy muy feliz de haber sido tu mujer, papi -le confesé-, me has hecho muy feliz, y espero haberte agradado.

-Eres la mejor, Verónica, la mejor que he tenido…

-Soy tu puta, papi… -últimamente soy la puta de varia gente, pensé. Y nos dormimos un rato.

Y esto fue cómo me convertí también en la puta de papá. Les recuerdo que esto sucedió apenas la noche del viernes, aún quedaban el sábado y el domingo por delante…

 

 

CONTINUARA…



© Kleizer

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