TESTIGO DE LA HERMOSURA 19
Hacia las ocho y media sentí ganas de ir al baño. Fui
centrándome y recordé con agrado que no estaba solo en la cama. Ray dormía
profundamente, como siempre. Si no había cambiado de costumbres, era capaz de
pasarse la mañana entera en la cama. Pero yo no podía permitirme ese lujo. El
corazón se me encogía cuando pensaba que el grupo se desmoronaba. Lalo se iba
esa misma tarde, sin que nada ni nadie pudiera detener el tiempo. De regreso del
baño me entró pánico. ¿Quién me aseguraba a mí que volvería a ver a ese
madrileño tan especial? Aunque viviera cerca de Ray, ¿le apetecería el
reencuentro, pasado un tiempo? Me desconsolaba que la distancia nos separase,
aunque no fueran más que quinientos quilómetros. Me consolé observando a Ray.
Yacía boca abajo, y la poca luz que se filtraba iluminaba sus glúteos
exuberantes como montañas, que cedían un poco en altura para formar la espalda,
creciendo sin embargo en amplitud. Desde luego, tenía un cuerpazo. Lo había
disfrutado y ahora lo admiraba, quizá turbado aún por el cambio experimentado
durante el último año. Me situé al pie del lecho. Desde allí la vista era
espléndida. Su silueta se recortaba magníficamente: sus muslos poderosos, sus
nalgas algo abiertas, su agujerazo rosado, los huevos que asomaban delicados,
sus hombros imponentes y su cuello majestuoso. En cinco segundos de observación
mi polla estaba tiesa. Pero no esperaba nada. Sería una novedad, si se daba el
caso de un polvo matutino. Me tendí y lo abracé. Su espalda era un mar de
terciopelo que mi mano surcaba como una nave extasiada. Traspasé la cintura y
agarré un glúteo, comprobando su vigor y firmeza. Tanteé su entrada, seguramente
el pedazo de piel más suave de su cuerpo. Se sobresaltó y se dio la vuelta,
adormilado. Su sexo, absolutamente hinchado, me saludó. La cabeza me llamaba
reclamando homenajes. La tomé con la lengua y me la introduje lentamente en la
boca, saboreando centímetro a centímetro. Un gemido acompañó mi gesto, y el
miembro se endureció un poco más. Sentía los latidos del corazón de Ray empujar
la sangre hasta su polla. La saboreaba con los ojos abiertos, observando sus
testículos enormes, depilados a conciencia. Su estómago se había convertido en
mi almohada y así, como un niño con un chupete, me quedé dormido un rato. A las
nueve y media sonó el teléfono. Era Jordi, que con suavidad y dulzura me
recordaba que era nuestro último día los cuatro juntos, y que los tres ya habían
desayunado. Lo desperté.
-Ray, me voy con los muchachos. Puedes quedarte a dormir si
quieres. Hacia la una vienen a limpiar la habitación.
-¿Eh?
-Que limpian la habitación hacia la una.
-Ya, ya… ¿Qué vais a hacer?
-No lo sé. Lalo se va esta tarde.
-¿Ya?
-Sí.
-Me cae bien el chaval. Y tiene un buen cuerpo.
-No me digas que te apetece follar con él.
-¿Estás loco? Con lo que ha pasado esta noche me voy a tirar
cinco años sin estar con un hombre.
-Cualquiera diría que lo has pasado mal.
No respondió. Simplemente sonreía, tendido boca arriba con el
capullo a la altura del ombligo y sus huevazos adornando el monumento. Me lancé
sobre él, besando su cuello y agarrando el enorme pedazo de carne dura. Quería
besarle la boca, pero me lo impedía con su fuerza brutal. Me zafé y alcancé el
glande con la lengua. Unas gotas de fluido engalanaban la punta. Las devoré,
pero sus brazos musculados me apartaron. Me pegó una colleja cariñosa.
-¡Nunca por la mañana! –exclamó burlón.
-Esa costumbre también hay que cambiarla.
-Vale. Nos vemos el verano del 2008. Hasta entonces, nada.
-¡Ya te vale! ¿Para qué sirve un cuerpazo así, si no se puede
disfrutar?
-¡Tú no lo puedes disfrutar! –respondió recalcando el "tú"-.
Las chicas, en cambio…
-Eres un cerdo.
-Un cerdo que está muy bueno.
-Sí. No te mereces que te quiera.
-¿Quererme?
-Sí. ¿Cómo explicas que haya despreciado a las tres bellezas
que me estaban esperando si no te quisiera?
-Porque estoy buenísimo. Hasta me follaría a mí mismo.
Además, como siempre, no has parado en toda la noche. Has tenido unas buenas
raciones.
-¿Qué no he parado? ¡Si me quedé dormido enseguida!
-Ya me di cuenta. Roncabas como un caballo. Pero luego te
despertaste y me has estado dando la vara. Claro que… yo te entiendo. Con un
cuerpo como el mío…
-Oye, te lo digo en serio. Yo me quedé dormido y hasta esta
mañana. Te he abrazado y basta.
-Sí, un abrazo que incluye la polla y los huevos.
-¿Qué dices? Yo no he hecho nada de eso.
-Ya.
-Oriol. Ha sido el cabrón de Oriol –supuse en voz alta.
-¡Si lo mandaste a la cama! Cuando le pegaste el grito se
acojonó. Casi se pone a llorar.
-¡Vaya uno, para llorar! ¡No sabes lo teatrero que es!
Ray se incorporó y me miró a la cara.
-De veras crees que él… A ese chaval le voy a dar dos
hostias.
-Claro, el muy cabroncete, luego regresó…
Cuando entrada la madrugada escuchamos girar la cerradura,
adoptamos una postura inocente y fingimos dormir. La llave la tenía yo, y la
copia estaba en recepción, por lo tanto… Imaginé por unos momentos que podía ser
mi hermana, pero no, ella hubiera llamado antes de entrar. Así que abrí los ojos
y me encontré al enano intentando acercarse a la cama en la oscuridad.
-La madre que te parió! ¿A dónde vas?
-Es que esos dos se han quedado dormidos y yo tengo ganas de
marcha.
-La marcha te la voy a dar en el culo.
-Eso es lo que me gustaría.
-Sí, pero en forma de patada. ¡Lárgate!
-No. Me quiero acostar con vosotros. En medio.
-¡Que te largues! –Exclamé alzándome y agarrándolo por el
pescuezo-. Y dime de dónde has sacado la llave.
-Se la he pedido a tu hermana. Le he metido una bola y…
-Mi hermana se ha acostado hace rato.
-Está bien. El tipo de recepción se ha quedado dormido, y
como sé el cajón donde están las copias…
-Eres increíble. Venga, lárgate. Devuelves la llave a su
sitio y te acuestas.
-No, déjame quedarme- sollozó.
-¡Que te largues! –levanté la voz.
-No puedo. No tengo la llave del cuarto de Lalo.
-Pues la robas. O duermes en el pasillo.
-¡Pero si voy en pelotas!
Era verdad. No llevaba más que un slip donde se marcaba una
pollita tiesa.
-¡Que te largues de una vez! –grité, y pronto me arrepentí.
Seguramente había despertado a toda la planta.
-Está bien –aceptó lloriqueando.
-Cierra con llave y devuélvela a su sitio.
Y salió. Pero por lo visto no devolvió la llave, sino que
esperó a que durmiéramos. Entró de nuevo y…
-Qué has notado?
-No sé… unas chupadas… la mano en el culo… Estaba destrozado
y ya sabes que yo duermo profundamente.
-Así que el gran follador ya sabe el sabor que tiene tu
polla.
-Y mis huevos. También me chupó los huevos.
-El muy cabrón es capaz de meterse en la cama y follarte
mientras duermes…
-Ahora que lo dices… No, no, es broma. Yo estaba convencido
de que eras tú.
-Pues te puedo asegurar…
-Yo las dos hostias se las doy.
-No, no, mejor no le digas nada hasta que Lalo se haya
marchado. No vayamos a amargar las pocas horas que nos quedan.
-Vale. Pero en cuanto pueda, le doy una lección.
En el comedor, los cachorros me esperaban con caras largas.
Intenté animarlos mientras tomaba un bocado y guardaba algunos bollos para Ray
en una bolsa.
-¿Qué os parece si nos vamos al pantano? –propuse.
-Eso, vamos al sitio donde empezó todo –observó Oriol.
-Para mí, todo empezó en la acampada –opinó Lalo, con voz
compungida.
-Vamos, Lalo, anímate un poco –le dije mientras rodeaba su
delicioso cuello con el brazo.
-Es que ya se termina…
-Bueno, pero otras historias comienzan. ¿Vas a ir a Costa
Rica?
-No sé si me dejará mi padre. Tengo que hacerle frente. Mi
madre no lo ve muy claro, pero terminaré convenciéndola. Pero mi padre… Pasamos
quince días en Marbella y… a mí no me apetece nada, después de este mes con
vosotros… Si no puedo ir a Costa Rica, me voy a morir de rabia.
-Pues dile a tu tío que venga él –propuso Jordi-. Seguro que
se puede tomar unos días…
-Sí, puede ser…
-Y te vas de acampada con tu tío –añadió Oriol-. Todo el día
desnudos y follando…
-Ya veremos…
-Qué, ¿se ha muerto alguien? –intervino Ray, apareciendo de
repente. Llevaba su excitante pelo largo y rizado todavía húmedo.
Le contamos nuestro plan y no le apeteció en absoluto.
Decidió ir a Benasque a comprar algunas cosas. Se había olvidado el neceser. Nos
dirigimos al aparcamiento y allí estaba su superbólido. Oriol nos lo enseñó como
si fuera parte de su patrimonio, pero Ray lo mandó callar. La atención de los
chavales se centró absolutamente en el coche, y yo me armé de paciencia. Ray
explicaba con lujo de detalles todos los arreglos que había hecho a su Seat León
Cupra R tuneado especialmente. Todos escuchaban con atención y admiración, pero
poco a poco mi amigo se fue centrando más y más en Lalo, como si realmente sólo
hablara para él. Incluso ignoró un par de veces los comentarios ingeniosos pero
fuera de lugar de Oriol, y cuando quisimos darnos cuenta, Lalo ya estaba montado
en el asiento del copiloto y el vehículo se alejaba dejando tras de si una nube
de polvo motivada por la salida vertiginosa del aparcamiento. Los tres restantes
nos miramos estupefactos. Sólo Oriol acertó a decir:
-¿Qué cabrones! ¡Se han largado!
Esperamos pacientemente en la piscina más de una hora, pero
con el ánimo decaído. El poco rato que nos quedaba para compartir con Lalo lo
estábamos desperdiciando. Llamé al móvil de Ray, pero no respondía. Así que
tomamos la decisión de ir al lago. Allí rememoramos los tiernos momentos que
significaron nuestro comienzo, cuando cualquier movimiento no era más que un
tanteo y el estudio de la reacción de los demás. Nadamos desnudos y visitamos
nuestra isla, pero admirablemente Oriol no tenía ganas de saltar desde el
tobogán, tan sólo restregaba su aparato siempre tieso contra nuestros hombros y
espaldas, mientras Jordi y yo nos mirábamos con dulzura y nos besábamos de vez
en cuando. Recordar en voz alta aquellos momentos pasados en el agua nos puso
melancólicos, y pronto echamos de menos a Lalo.
-¿Crees que conseguirá ver a su tío? –preguntó lánguidamente
Jordi.
-Espero que sí. Aunque no hay que olvidar que el guerrero
tiene tan sólo 13 años. No sé si sus padres lo consideran preparado para cruzar
el charco en solitario.
-Yo también tengo trece y voy a pasar Agosto en otro país.
Voy a tomar el avión hasta Londres y…
-Te vas a perder en el metro –bromeó el enano-. Darás vueltas
y más vueltas hasta que venga yo a salvarte.
-¡Ni lo sueñes! ¡Ahora que por fin voy a librarme de ti!
Además, vendrán a buscarme en coche al aeropuerto.
-¡Vaya lata! –concluyó el menor-, pasarse todo el mes
practicando inglés…
-¿Y tus padres? –pregunté.
-Mi padre se marcha unos días al Japón. Allí tiene un
proyecto. Mi madre se va a Nueva York, para algo de su empresa.
Me di cuenta de que el pobre chico no sabía aún que ese
sería, probablemente su destino dentro de unos meses, y me entristecí tanto que
los chavales lo notaron.
-¿Qué te pasa?
-Nada. Que todo lo bueno se acaba.
-Pero no pasa nada –afirmó Oriol, con falso optimismo-, a ti
te espera tu novio.
-Chicos, me gustaría comentaros algo.
La gravedad del tono que había empleado les hizo quedarse
mudos y a la expectativa. Jordi me miró y luego bajó la cabeza. Oriol, en
cambió, buscó mis ojos con su mirada azulada e hizo una mueca sin dejar de
observarme.
-Veréis, hay muchas formas de comunicar lo que uno siente,
pero creo que las palabras lo dejan más claro, más explícito. Quiero a Miki y a
algún otro chico, pero lo que he pasado y sentido este mes con vosotros ha sido
increíble, mágico, especial. A mí me va dejar una marca imborrable. Hemos vivido
unos momentos de compañerismo y complicidad extraordinarios. Creo que somos unos
privilegiados. Y os quiero. Os quiero tanto, que sería capaz de irme a vivir a
Cataluña para estar cerca de vosotros.
Vi la ilusión en sus ojos, pero la corté antes de que fuera
demasiado tarde.
Pero no puede ser. La vida continúa, y la mía está toda
organizada en Bilbao. Pero debemos jurar que nos volveremos a ver.
-¡Claro, el verano que viene! –exclamó el pequeño-. ¡No
pararemos de follar! ¿Mirad, ya la tengo dura sólo de pensar las guarradas que
nos esperan!
Jordi me agarró la mano y la llevó hacia su cuello,
animándome a abrazarlo. Se acercó más y se acurrucó, obligando a Oriol a
separarse un poco.
-¡Ay, sí, los amantes!
El tono de burla ofendió a mi niño, que, enojado, empujó al
pequeño y éste cayó al agua sin poder evitarlo. Nos reímos, pero también nos
abrazamos con más fuerza. El chavalín se sorprendió por el empujón, pero pronto
intentó encaramarse de nuevo a la embarcación. Se lo impedí con el pie. Cada vez
que intentaba el ascenso, recibía un rechazo por parte de uno de los dos
navegantes, hasta que hubo tragado bastante agua y comenzaba a enfadarse. Al
final, le tendí una mano y tiré de él con fuerza. Él aprovechó el empuje para
sentarse sobre mi regazo. Lo acogí cariñosamente, sin dejar de abrazar y
acariciar a Jordi. Su sexo no mostraba tanta alegría como antes.
-No debes burlarte de los sentimientos –lo amonesté-. Has
tenido la gran suerte de experimentar unos juegos sexuales siendo muy joven,
pero debes entender que esos juegos, además de sexuales, también son amorosos.
Sin el cariño que existe entre nosotros el sexo sería mucho menos interesante.
¿Lo entiendes?
-Claro que lo entiendo; no soy un niño.
-Yo creo que aún no lo entiendes. Eres demasiado joven. Yo lo
he descubierto este verano. Ya te llegará.
-Yo entiendo que la gente se quiera, y…
-No te esfuerces –corté-, pronto lo descubrirás.
Se había quedado con un rostro serio y compungido. Su ademán
era tan raro que me empujó a besarlo. Probé de nuevo el frescor auténtico de la
juventud en sus labios, en su boca. Él, como si hubiera comprendido el mensaje,
se brindó al beso apoyándose en un abrazo de gran calidez. El rostro de Jordi se
acercaba por la derecha y buscaba también su boca. Se la concedí, y los observé,
privilegiado, entregarse a un morreo repleto de cariño, instintivamente amoroso.
Su polla volvía a estar dura. Lo comprobé cuando lo aparté
para sentarlo un poco más al extremo, casi en mis rodillas, para que quedáramos
los tres cara a cara. Una mirada fugaz bastó para que comprendieran mis
intenciones, y nos arrojamos al placer del beso compartido. Juntamos las caras y
las lenguas se enlazaron. Acercamos los labios y las bocas se pegaron. Los
brazos que más fuerte apretaban para soldar esa simbólica unión eran los del
enano.
Pero no se puede cambiar tanto en tan poco tiempo. Muy pronto
una manita exploradora quiso averiguar el estado de mi sexo, y lógicamente, lo
encontró a punto. Lo agarró e inició un movimiento. Se separaron las bocas para
dar paso a una mirada tierna y expectante. Jordi y yo decidimos continuar el
beso, y el niño no se atrevió a romper la magia del momento y se agregó a la
contienda. Concluido el intercambio, bajó su rostro para encontrarse con mi
segunda cabeza. Se lo impedí.
-A ver, estaría bien, pero resulta imposible. Estamos en
medio del lago y nos puede ver cualquiera. Fíjate que alrededor todos los puntos
están más altos que nosotros.
-¿Y si nos metemos dentro del agua?
No esperaba esa propuesta. La faz de Jordi se iluminó y
comprendí que podía estar bien. Nos acercamos a la orilla más desierta y
desembarcamos, buscando el punto donde hacer pie. En el trayecto de pedaleo el
pequeño no había cesado de gritar: "¡vamos a follar en el agua!" hasta que
estuve a punto de echarlo por la borda.
Dado que el fondo era irregular, pronto encontramos una
piedra sobre la que se colocó Jordi, dándome la espalda. Me apetecía volver a
recorrer sus adentros después de 24 horas de abandono. Oriol se molestó al
principio porque él quería ser el primero, pero pronto encontró su camino.
Abrazado a los anchos hombros de mi amado me abrí paso en sus entrañas sin
dificultad alguna. La embarcación nos parapetaba. Cuando comencé el vaivén
arrebatador me pareció estar soñando. Sí, se terminaba nuestro tiempo, pero ¿qué
importaba eso ahora que tenía todo ese cuerpo perfecto entregado a mis
caprichos? Ya tendría ocasión más tarde de lamentar la separación, ahora era
hora de sentir a fondo el placer del cariño.
Oriol no acababa de acertar su posición. Se había sumergido a
mirar la follada, me había introducido varios dedos, le había chupado el asta
orgullosa a su amiguito, pero me ponía nervioso porque no se estaba quieto en
ninguna parte. Decidí ayudarlo. Me apetecía enormemente saborear las gráciles
fibras del portentoso culo del chaval, así que lo agarré e intenté montarlo
sobre los hombros de Jordi, pero la posición era inestable. Finalmente lo
coloqué echado boca abajo sobre un extremo de la embarcación, y cuando entendió
mis intenciones abrió de par en par su agujero para recibir más intensamente mis
lamidas. Disfruté de la satisfacción tan interior de gozar de dos pieles para
compartir, de sentir dos seres brindando su belleza para ser disfrutada durante
un buen rato. A veces Jordi ladeaba la cabeza para contemplar la escena, se reía
y, sin perder concentración, regresaba a su estado de placer. Mi polla deseaba
ya vaciarse, pero yo mantenía el control, retrasando el espléndido momento del
clímax. Entonces el enano se cansó y decidió abordar otro rol que debía haber
estudiado anteriormente. Aprovechó mi inclinación hacia delante para encaramarse
sobre mi espalda. Se sujetaba tan fuerte que casi me dolían sus brazos contra mi
pecho. Se deslizó hacia abajo y noté que pretendía ensartarme. Me agaché un poco
más, poniendo en peligro la respiración de Jordi, y el muchacho acertó. Me
estaba encantando notar su miembro tremendamente rígido entrar y salir de mí.
Llegar a acoplar los movimientos ya sería una obra de arte. No lo conseguimos
exactamente, pero nos acercamos. La sensación era desconcertante, el frescor del
agua contrastando con la calidez de los cuerpos, el ritmo compulsivo que
imprimía rigor a las avanzadillas y la amabilidad receptiva.
Llegó el gran momento. Aumentó la presión de las extremidades
en el momento en que se liberaron las tensiones. La incomodidad se tornó
imperceptible. La felicidad impregnó el momento y nos dejamos caer, vencidos,
para que el agua nos envolviera completamente.
La casualidad quiso que en el camino de regreso nos
tropezáramos con Ray y Lalo. El vehículo nos adelantó a toda velocidad, no la
suficiente como para impedir divisar el rostro sonriente del chico, que nos
saludó ostensiblemente.
-Míralo como disfruta –observó agriamente Oriol-. Ha pasado
de nosotros el día de su despedida.
-No te preocupes –concilió el nadador-. Sólo son las doce y
media. Lalo se va después de comer.
-¡Por eso me quejo! ¡No vamos a tener tiempo de follar con
él!
El niño respondió a nuestras carcajadas con un gesto de
irritación. Era imposible tomarlo en serio.
En al aparcamiento del hotel nos esperaban dos bellezas junto
a un coche llamativo. Para mí, el vehículo no ofrecía interés alguno, no así sus
tripulantes. Tenía claro que el abandono a que nos habían sometido era
mayoritariamente culpa del adulto, pero por algún motivo especial Lalo se había
entregado sin resistencia. Oriol le expresó abiertamente su disgusto, pero el
madrileño se limitó a acariciarle la sedosa melena rubia y a atraerle sobre si.
Entramos al recinto hotelero. A todos nos apetecía un refresco. Ray realizó el
sorprendente gesto de invitarnos a todos. ¡Realmente estaba evolucionando! Jordi
se situó a mi lado y masculló unas palabras que no entendí. Acerqué el oído a su
boca.
-Lo guapo sería que ahora Lalo quisiera subir a la
habitación. Aún nos queda una hora antes de comer.
-No creo que se le ocurra. ¿No notas que está fascinado por
Ray? Recuerda que tuvo el valor de confesar que el musculoso significaba algo
para él.
-Sí, pero Ray lo ha mantenido a raya. Ni siquiera se acordaba
de él.
-Estaba fingiendo. Se lo pedí cuando hablamos por teléfono.
-Eres perverso. Y un poco sádico. ¡Al principio se le quedó
una cara!
En ese momento Ray se dirigió a una máquina tragaperras. Lalo
iba a seguirlo, pero Oriol lo agarró del brazo.
-¿Qué pasa, Jefe?
-Eso digo yo, ¿qué te pasa a ti?
-A mí, nada. ¿Por qué?
Nos quedamos mudos. Nos miró uno por uno y añadió:
-¡Joder! No soporto las despedidas!
-¿Quién habla de despedidas? Sólo queremos estar un rato
juntos.
Se quedó pensativo. Luego agregó:
-Lo siento.
Y se sentó junto a Oriol, que en seguida se abrazó a su
torso.
No aparecía ningún comentario optimista, así que Jordi se
atrevió a preguntar por el famoso coche tuneado. El tema fue lo suficientemente
sugerente como para cambiar el humor de la concurrencia. Ray notó que se hablaba
de la niña de sus ojos, pero cuando hizo ademán de acercarse le hice un signo
bastante explícito. Lo comprendió, pero se acercó igualmente. Creo que se me
notó la cara de inconveniencia.
-Oye, tengo que comprarme espuma de afeitar y gel de baño.
¡Nos vemos más tarde?
Respiré aliviado y miré a Lalo. Estaba esperando un "¿Quieres
que te acompañe?" que no llegó.
Siguió la charla en torno a las actividades que cada uno
tenía previstas para el mes de Agosto. Pero decidimos trasladarnos a la piscina.
Sin haber llegado a un acuerdo previo, los chavales y yo nos dirigimos
espontáneamente a la mesa más alejada de la entrada al recinto, casi escondida
tras un chopo. Allí estuvimos un buen rato, hasta que el guerrero invocó:
-Oye, Sóc, vamos a tu coche…
-¿Para qué?
-Ya lo verás.
Entramos, él y yo delante, los cachorros detrás.
-Todos los cd que tienes son copias, ¿no?
-Sí.
-Venga, pon música. Los que me gusten me los llevo.
-¿Qué tipo de música?
-No sé. Ilústrame.
Improvisamos una audición de Led Zeppelin, Pink Floid, Queen…
En todos los discos encontró algo que le gustaba, así que los fue acumulando
sobre su muslo derecho. Yo miraba el montón que se iba formando, pero también el
bulto del chico, que se insinuaba apetecible. Me relamí y él me vio. Se sonrió.
-¿Por dónde debo empezar para conocer algo de música clásica?
Le ofrecí algunos compactos más. Pasando hojas del portacd
apareció una con una inscripción en rotulador verde que rezaba: Réquiem versión
Ray.
-¿Y esto? ¿Lo interpreta Ray?
-No. Es que le presté el Réquiem de Mozart y lo perdió. Quiso
devolvérmelo y compró la primera versión que encontró. Tuvo tanta mala suerte
que me regaló la peor de todas, la de Von Karajan. Es insoportablemente lenta y
demasiado apasionada. Una pena, vaya. Una música exquisita en manos de un
manazas, rudo y torpe. La llevo en el coche para demostrarle que me hizo
ilusión. Es el único regalo que me hizo en diez años. ¡Ni se os ocurra decirle
que la versión es penosa!
-O sea que existen versiones, y unas son mejores que otras.
Bueno, si algún día te regalo música, me aseguraré de acertar.
Me encantó el comentario. Reflejaba que se había planteado
que continuaríamos siendo amigos y contemplaba la posibilidad de hacerme un
obsequio. Eso sí que era un regalo.
Nos quedamos callados. Yo no cesaba de vigilar su paquete,
por si había movimiento. Si me agachaba se la podía comer sin que nadie nos
viera. El parquing estaba desierto.
-Me apetece…
-Hoy llevo ropa interior –cortó.
-Te la puedo romper con los dientes.
-No hará falta.
Alzó el trasero del asiento y se bajó slip y short hasta los
tobillos. Su polla magnífica aún no estaba del todo dura, pero después de tres
lengüetazos parecía un poste. La carne estaba sabrosa, al punto. Detrás, los
chavales no decían nada. Sólo Oriol suspiraba profundamente. Quizá se estaban
devorando entre si, como tantas veces.
Me recreé un rato con sus huevos, algo más pequeños que
normalmente. Él echaba la cabeza hacia atrás y suspiraba. Con un movimiento casi
imperceptible deslizaba las yemas de sus dedos por mi testuz. Más que guiarme,
me acompañaba. Regresé al glande y lo adoré. Después intenté tragarme todo su
miembro, respirar la suave brisa de su vello púbico. La posición era rara, pero
no imposible. Lo conseguí. Me quedé un rato quieto, con toda la longitud de su
nabo en contacto con mi esófago, mi lengua, mis dientes, mi paladar. Esperaba
que se impacientara, pero su garganta no dijo nada, habló su cuerpo, que se
revolvió en espasmos. Comprendí que se acercaba la explosión, y retrocedí hasta
las primeras posiciones. Como es lógico, quería saborear su semen así que debía
despejar las papilas gustativas. Un buen chorro de leche espesa y sabrosa me
llenó la garganta. Un trofeo, una metáfora, un símbolo. Reposé la cabeza sobre
el atlético muslo del guerrero. Abrí los ojos. Unos dientes perfectos, una
sonrisa de anuncio publicitario.
-¿En qué piensas? –susurré.
Mantuvo la sonrisa. Al cabo de un rato agachó la cabeza.
Busqué sus labios y le brindé parte del sabor de su propio semen. Su lengua
profundizaba en la exploración. Esa boca exquisita pronto se alejaría de mí,
pero iba a dejar un recuerdo imborrable.
-¿En qué piensas? –repetí.
Acercó su boca a mi oreja y murmuró:
-En mi tío.
-¿Por qué?
-No será el primero –y lanzó una carcajada.
-No creo que le importe demasiado.
-Tampoco será el segundo –siguió riendo.
Al principio no entendí a qué se refería. Cuando caí en la
cuenta no me lo creí. Jamás, en diez años, Ray había mantenido relaciones con un
hombre que no fuera yo. Habíamos bromeado cientos de veces. El musculoso
afirmaba que él era heterosocrasexual. ¿Podía romper su compromiso con alguien
como Lalo? Evidentemente, era el ser ideal para quebrantar un juramento. Aún así
dudaba. Había vivido muchas situaciones al lado de Ray como para estar seguro de
ese extremo. Me incorporé.
-No me lo creo.
-Me lo imaginaba.
-Se lo preguntaré.
-No lo reconocerá.
-¿De qué estáis hablando? –preguntó el enano desde atrás.
Estaba lamiendo el oído de Lalo.
-De nada.
-Bueno, ahora me toca a mí –afirmó el enano con seguridad.
-¡Ahora no, cariño!
-¡Me has llamado cariño! ¡Eh, chicos, me ha llamado cariño!
-Claro que sí. Yo te quiero.
-Pues vamos a follar.
-Ahora no. Más tarde.
-Más tarde te tendrás que marchar. Ahora.
-No, tonto. Me marcho a las cuatro. Después de comer.
-Vale. Pero yo quiero tu leche. Oye, Sóc, dame leche.
Halló mi boca entreabierta. Me avasalló sin reparos. Una cosa
es un morreo y otra una explotación minera.
-Oíd -interrumpió Lalo-, no se os ocurra hacer una escena
delante de mis padres cuando nos despidamos, ¿eh? Me refiero a que nada de besos
ni abrazos. Solamente nos chocaremos la mano y…
-¿Qué tiene de raro que un niño le de un beso a un amigo?
–objetó maliciosamente el enano.
-¿Niño? Yo no veo a ningún niño.
Cuando llegamos al comedor el culturista no había regresado
todavía. Los chavales pidieron permiso a los padres y se sentaron conmigo. Se
mostraban animados, pero la procesión iba por dentro. Un mensaje de móvil llegó
cuando íbamos por el segundo plato. Ray me anunciaba que se quedaba a comer
fuera. Había comprendido que debía dejarnos solos.
Lalo y sus padres habían dejado las habitaciones libres antes
de las doce, tal como mandaban las normas del hotel. Sus maletas estaban
consignadas en recepción, así que si queríamos hacer algo debíamos ir a mi
habitación.
-¿Cómo es que no os marcháis ya? –pregunté intrigado.
-¿Tantas ganas tienes de perderme de vista?
-No es eso. Es que me extraña que, sin habitación, os quedéis
aún un rato.
-Es que estamos esperando a unos amigos que están cerca.
Ellos han alquilado una casa rural, y también regresan hoy a Madrid. ¿Vamos a la
habitación?
Lalo entró muy serio y decidido en mi recámara. Miró a un
lado y a otro, como si quisiera grabar en su memoria la disposición de la
estancia. Luego suspiró.
-Bueno, vamos al grano.
Y se desnudó. Su polla estaba algo excitada, pero no como
otras veces que se erguía malintencionada. Buscó la testa de Oriol y la hizo
bajar hasta el miembro, que pronto estuvo en su esplendor. Me extrañaba tanta
frialdad, pero interpreté que se debía a los nervios.
-Perdonadme, pero… hay prisa –dijo con displicencia.
Escupió en el culo del enano y entró sin preámbulos. Jordi y
yo nos miramos, sin comprender.
-¡Joder, Jefe, que tierno eres! –masculló mientras culeaba.
Alargué el brazo y rodeé su pecho. Busqué los pezones y los
acaricié. Se volvió y me sonrió, pero se concentró de nuevo en la follada. Besé
su cuello, y Jordi se colocó a otro lado, acariciando suavemente su espalda y
sus nalgas oscilantes. Lamí el sudor de sus hombros. Alzó la cabeza y respiró
fondo. Oriol jadeaba y absorbía el manjar entre las piernas. Murmuraba sílabas
sueltas. De vez en cuando sonaba más claro: "más, más, más". El guerrero se
agachó y manoseó con estilo el sexo del pequeño, que se arremangó de placer. Lo
estaba pajeando, acelerando el ritmo normal de la cogida, cediendo a las prisas.
Al cabo de poco me enseñó la mano bañada del semen translúcido del enano. Iba a
sacarla, pero el pequeño protestó:
-¡Más, quiero más!
-No hay más.
-¿Cómo que no hay más?
Oriol se incorporó y se lanzó al cuello del madrileño. Lo
rodeaba con sus brazos y buscaba sus labios. Consiguió quebrantar la seriedad de
su compañero y sus labios se soldaron. Poco a poco Gonzalo fue cediendo a la
ternura y abrazó también el precioso cuerpo del pequeño. Yo me enternecía de
verlos, hasta que el enano abrió los ojos y me hizo un gesto con las cejas,
apenas perceptible. Lo repitió, ahora con los ojos. Me miraba intensamente y
luego me señalaba al suelo. Como no atinaba, acompaño el mensaje señalando con
la mano derecha, con la que rodeaba el cuello y la espalda del guerrero. Por fin
entendí. Me arrodillé al nivel del manjar primoroso que se ofrecía a media
altura. La polla aún estaba algo tiesa, brillante, inmodesta. La agarré y la
manipulé para meterla en el erosionado agujero de Oriol, que estaba a poca
distancia. El follador no dijo nada, simplemente la fue colocando de nuevo en la
atractiva hendidura y bombeó otra vez a un ritmo pausado. El enano disponía de
la boca y del rabo de su amado, y eso debía ser arrebatador, a tenor de las
fuertes respiraciones nasales que se escuchaban. Los enérgicos brazos de Lalo
agarraban con fuerza las nalgas del pequeño, ayudando en la penetración y
suspendiéndolo en el aire. Oriol también se agarraba con fuerza, pero más bien
parecía que se sujetara a través de la lengua. Jordi tanteaba las dulces nalgas
del guerrero, y yo, que aún no me había levantado, comencé a lamerle los huevos.
No tardó mucho en convulsionarse y escupir su abundante leche dentro del
pequeño, sin gritos, sin gemidos, sólo con jadeos de supervivencia. Después del
tiempo imprescindible para el aterrizaje, sin separar la boca de la garganta del
menor, se dejó caer sobre la cama, abrazado aún a la ardorosa carne de Oriol.
Respiró hondo y nos miró. Por lo visto nuestras caras eran de antología, puesto
que sonrió al mirarnos alternativamente.
-Lo siento. Voy muy mal de tiempo –dijo mirando el reloj.
-¡Eres cojonudo! –gritó el rubito, que restregaba su polla
sobre el estómago del madrileño.
-Espera, espera, Jefe. Quiero que sepas que esta follada ha
sido la última.
-Hombre, claro, ¡si te vas!
-No. Me refiero a la última, última. No sé si nos volveremos
a ver, pero si sucede yo ya no follaré con tíos.
Hizo una pausa.
-¿Entendido?
-No.
-Yo no quiero ser gay. Follaré con mi tío porque se lo debo.
Pero luego, nunca más.
-¡Vaya tontería! –exclamó en un arrojo de sinceridad el
enano-. ¿Vas a venir el verano que viene?
-Es probable. Mis padres han estado a gusto, y ayer hablaban
en ese sentido.
-Pues te guardo el culo. Mi culo es tuyo. Nadie más lo va a
tener hasta que nos volvamos a ver.
Todos reímos la ocurrencia del pequeño.
-¿De qué os reís? Nadie lo va tener aparte de Sóc y Jordi,
claro.
-¡Aaaaahhhh!
Seguimos riendo, pero Lalo recuperó su formalidad y se
dirigió a Jordi.
-Jordi, tengo muy poco tiempo. ¿Qué te apetece?
-Nada especial, lo que tú quieras.
-Eres un tío cojonudo. ¿Quieres follarme tú a mí? Yo noto que
mis fuerzas flaquean…
-Me parece bien, pero también quiero tu boca.
-Tendré que tomar aire –bromeó mientras apartaba al enano y
levantaba las piernas.
Oriol sonreía satisfecho mientras contemplaba la tierna
escena. Jordi se había colocado rápidamente, y comenzaba ya el vaivén turbador.
Su culo encantador avanzaba y retrocedía dulcemente, como si exhibiera su
portentosa anatomía. Lo acaricié, y casi me muero de placer al notar su cálida
suavidad. Debajo de él, el fuerte torso del madrileño era un mar de perlas de
sudor. En el abrazo, los bíceps de éste se recortaban ostensiblemente mientras
las manos recorrían la espalda del nadador, que correspondía acariciando el
cuello y pescuezo de su oponente. Se repitieron los silbidos nasales de
respiraciones entrecortadas y profundas. El beso se estrechó al tiempo que el
ritmo se aceleró, y la exquisitez brotó de nuevo para sellar amistades
inquebrantables.
La paz de los momentos de después se apoderó de todos. Nos
separábamos, pero habíamos estado acoplados hasta el paroxismo. Bueno, faltaba
yo, pero Lalo no cesaba de mirar el reloj y ya me había conformado con el
regalito de hacía unas horas en el coche. Se levantó y miró por la ventana.
-Mis padres aún no están en el coche. ¿Lo probamos?
-Como quieras.
-No. Como quieras tú.
-¿Te queda fuerza para clavarme?
-Lo intento.
Parecía que sí, porque su miembro relucía de belleza después
de unas lamidas. Me lo clavé y comencé a moverme para ayudarlo. Yo también
saboreaba su sabrosa boca buscando fundirme con él. Lo sentía empujando
diligente en mis profundidades, mientras yo le palpaba los hombros y las
clavículas y buscaba el más delicioso cuello que he abrazado. Sonó el teléfono y
Jordi contestó.
-Es tu hermana, Sóc. Dice que los padres de Lalo lo están
buscando.
No nos soltamos. Con el intercambio de fluidos intercambiamos
también nuestros deseos e intenciones: llegar pronto al clímax. Aceleramos el
ritmo y profundizamos los lengüetazos en sendas gargantas. Arrojamos con delirio
nuestros líquidos casi simultáneamente, y nos abandonamos después del esfuerzo
en una convalecencia breve, apremiante.
-Me tengo que ir.
-Pégate una ducha. Hueles a hombre.
-Será por mi culpa –observó Oriol.
-Claro, Jefe.
Marqué el número de mi hermana. Le pregunté si realmente era
tan urgente. Resultó que los padres del chaval estaban en el vestíbulo con todo
a punto, pero aún no habían llegado sus amigos. Habían requerido a Lalo para
sacar las maletas de la consigna y cargarlas en el auto, pero ahora ya no
preguntaban por él. Le dije que en diez minutos estaría abajo y colgué. Miré por
la ventana. El aparcamiento no registraba ningún movimiento. En el baño los
cachorros competían para enjabonar a Lalo, que se dejaba divertido. Oriol se
entretenía con los huevos y Jordi buscaba el culo, con gran insistencia en la
rendija. Por raro que parezca, las bocas descansaban. Me metí dentro y me
apoderé de Lalo con un beso. Me siguió la corriente. Noté su lengua húmeda y
resbaladiza entre mis dientes. Era un chico increíble, tan bello por fuera como
por dentro, digno de perder el juicio para amarlo. Hacía poco más de veinte días
una enorme distancia nos separaba. Ahora parecíamos hermanos de sangre.
-Por favor, nos despedimos aquí –dijo cuando se hubo
vestido-. Me temo una escena lacrimógena.
Todos estábamos mudos. Todo lo que había que decir lo
sabíamos de sobras. Lo íbamos a echar de menos. Todos nos íbamos a echar de
menos.
Volví a mirar por la ventana. Un vehículo familiar cargado
hasta los topes se había estacionado cerca del de Lalo. Dos guapos niños jugaban
y enredaban mientras los padres del madrileño saludaban a sus conocidos.
-Lalo, ya están aquí.
Se colocó a mi lado y me dio una palmada en el culo.
-No mires tanto. Son demasiado pequeños para ti.
-Eso lo arregla el tiempo.
Al lado de la puerta nos fundimos los cuatro en un abrazo. No
nos besamos, pero nuestras mejillas se rozaron. Hubiéramos pasado horas en esa
posición, pero el claxon de un vehículo se mostró insistente. La ventana
entreabierta nos trajo un comentario blasfemo de una voz conocida.
-Me voy.
Y se separó. Vimos cómo se alejaba por el pasillo. Se dio la
vuelta tres veces, grave, sereno. La última vez nos lanzó un beso.
-¡Cuídate mucho! ¡Y llama cuando llegues!
Típicos comentarios de adultos, nunca tan necesarios como
entonces.
Nos abocamos a la ventana. Los niños saludaron
escandalosamente a Lalo, que los besó y acarició. Su padre ya había trasladado
sus efectos personales al coche. En pocos instantes todo había terminado. Una
mano levantada antes de montarse. Una sonrisa. Dos vehículos que abandonaron el
recinto del hotel sigilosamente, sin prisas.
Miré de reojo a los niños. Oriol estaba llorando sin perder
de vista la carretera, Jordi se resistía. Nos miramos y algunas lágrimas
acudieron a lubricar nuestra mirada dolorida. El rugido de un motor preparado
ensombreció nuestro ánimo.
-¡Hola, chicos! –saludó Ray cuando le abrí la puerta de mi
habitación.
-Ray, ¡Lalo se ha marchado! –sollozó Oriol, abrazándose al
musculoso a la altura de la barriga.
-No, llores, hombre. Porque tú eres un hombre, ¿no? Y no
aproveches la ocasión para meterme mano.
-No digas tonterías. Los hombres también lloran- dijo
separándose-. Es que Lalo se ha marchado.
-No te has despedido de él –observó Jordi.
-Bueno, yo tampoco lo conocía tan "íntimamente como
vosotros". Además, casi somos vecinos…
-¿Qué envidia me das! –reconoció el enano-. Ray, tienes que
invitarme a tu casa. No, mejor: Lalo tiene que invitarme a su casa.
-No es mala idea –opiné. También a mí me gustaría recibir una
invitación así.
-Sóc, veamos –dijo el musculoso-, he hecho algunas compras.
¿De cuánto tiempo disponemos para enseñar a estos hombrecitos el placer de la
velocidad?
-¿Qué te propones? –inquirí, temiendo que quería iniciar un
viaje en su automóvil disfrazado.
-¡Volar! ¡Me propongo volar!
-¿Volar? –los rostros de los cachorros se iluminaron.
-¿Se te ocurre un buen lugar para montar un puente tirolés?
Traigo cuerdas, arnés, poleas, mosquetones…
Excelente idea. Podíamos pasar la tarde entretenida
procurando olvidar la cuenta atrás. Nos dirigimos a la zona donde acampamos
semanas atrás. El lugar estaba algo cambiado, quizá un poco más seco. Hasta en
las zonas húmedas se notaba un verano tan seco. Siguiendo el camino por el cual
paseábamos Jordi y yo encontramos unos desniveles que podían convenirnos. Atamos
las cuerdas a unos árboles y nos lanzamos a la locura. En el extremo inferior
desviábamos la cuerda hacia un lado tirando de ella con otra cuerda. Así quedaba
un espacio en forma de V y la frenada no era tan brusca. Además, Ray se colocaba
cerca del tramo final y agarraba a los muchachos para disminuir un poco la
velocidad. Oriol no tardó en querer experimentarlo desnudo, y Ray se comportó
sin dar muestras de repulsión. Recogió al chaval al final de la pendiente
agarrándolo por la cintura y atrayéndolo hacia si, sin remilgos. No hace falta
decir que el niño lucía su inmutable erección.
Llegó la hora de la merienda. Los niños se abalanzaron sobre
la comida y se sentaron juntos. Ray ocupó un puesto a mi lado.
-Son buenos chicos. Me recuerdan…
-Tú eras como ellos. Tu adolescencia no está tan lejos…
A unos metros, mis amiguitos se disputaban un bollo con la
boca. Oriol seguía desnudo.
-Sí, pero yo no era tan libre como ellos. Tenía muchos
complejos…
-Ayer estuviste bien –le dije mirándolo directamente.
-¿Si?
-Contando nuestra historia. Me alegra que después de tantos
años no te avergüences.
-El escenario exigía sinceridad. Todo lo que dije nunca lo
contaría a según quien.
-Di mejor que nunca se lo contarías a nadie. Ayer hiciste una
excepción, y te la agradezco.
-¿Y mi actuación?
-¿Ante Lalo?
-Pobre chaval. Me dio pena. Pero hay que reconocer que el
papel me salió bordado.
-Lo pasó mal un rato. Y aún no sabe que estábamos jugando.
Tendré que decírselo esta noche.
-Ya lo sabe. Se lo he dicho esta mañana.
-Vale, por eso estabais tan reconciliados.
-¿Reconciliados? ¿Es una de tus ironías?
-Si no fuera porque conozco tus principios…Parecía que tu
hubieras rendido a sus encantos. Cosa que no me extrañaría, porque, encantos,
tiene un montón.
-Es muy atractivo. Va a ser un tío bueno, como él dice.
-Espero que seáis buenos amigos.
-Yo también. Nos veremos de nuevo en septiembre. Hemos
quedado para las fiestas de Majadahonda.
-¿Y en el gimnasio?
-Sí, también en el gimnasio.
-¿Tú sabías que él te observaba mientras te duchas?
-Todo el mundo me observa cuando me ducho. Es un espectáculo
interesante.
-Eres un creído. La verdad es que ahora estás buenísimo.
Además, creo que has ganado en… humanidad.
-Me alegro de gustarte. Soy el nuevo Ray. Ya no me gusta
estar liado con tres chicas a la vez. Ahora sólo con dos.
-Las compadezco. Bueno, sólo en unos aspectos. En otros…
-Ya. En la cama…
-Eres un gran follador.
-Es lo que me ha dicho…
Se quedó cortado. Carraspeó y se giró:
-¿Dónde están los chavales?
Los chavales estaban a unos metros de nosotros. El pequeño
había atado de pies y manos con unas cuerdas sobrantes al nadador y le
restregaba su cuerpo voluptuoso.
-¿Qué ibas a decir? Continúa, por favor -insistí.
-No me acuerdo.
-¿Quién te ha dicho que eres un gran follador? Aparte de mí,
claro.
-¿Eso decía? No me acuerdo.
-Eso no se afirma alocadamente. Quién lo ha dicho lo ha dicho
con conocimiento de causa.
-Bueno.. Sí…
-Venga, suéltalo ya. A ver si es lo que yo me imagino.
-Ya sabía yo que no se te escaparía.
Hizo una pausa.
-Ya no eres el único hombre de mi vida.
-Vaya, sí que te has dado prisa. Cuéntame, vamos.
-Verás, Gonzalo se ha mostrado muy interesado en mi coche,
así que… he conducido con rudeza, para ver si lo acojonaba, pero el chaval es
muy íntegro, no decía nada. Hasta que al cabo de un rato ha hecho un comentario
que me ha dado pie.
-¿A qué?
-A jugar con las palabras. Ha dicho: "ahora entiendo lo de
ponerse a cien". Me ha dicho que la velocidad es excitante, que hace que el
cuerpo reaccione, se estimule… Así que le he preguntado si se estaba excitando.
No me ha respondido, pero creo que se ha acariciado el paquete. Como no podía
dejar de mirar la carretera, he aprovechado un cambio de marchas para palparle
el paquete. ¡Estaba tieso como un poste! Le he dicho que parecía que tenía un
buen nabo, y él me ha respondido que no tan grande como el mío. Hemos hablado de
las duchas, etc. Y entonces me ha preguntado cuál era mi fantasía sexual.
-¿Se lo has dicho?
-Tengo muchas, pero ya sabes que…
Los niños habían desaparecido. Dado que no se escuchaba
vociferar ninguna garganta salvaje, pensé que se estaban demostrando el cariño
que sentían el uno por el otro.
-Te la ha mamado –concluí-. A toda velocidad.
-Una locura. En cuanto le he dicho que me gusta que me la
chupen mientras conduzco, con una suavidad casi felina me ha bajado la bragueta.
Casi no podía sacarla de dura que la tenía. Me ha desabrochado el botón y se ha
agachado… ¡Joder, cómo la come! ¿Dónde ha aprendido a chuparla así? ¿Es que das
clases particulares? Bueno, el hecho es que yo estaba enloqueciendo de placer e
iba aumentado la velocidad. Nos dirigíamos al sur, la carretera la conozco de
ayer. Ya sabes que hay algunas curvas traidoras… Casi chocamos contra la presa;
he tomado el viraje con demasiada velocidad. He pensado en ti, la precaución con
que conduces cuando vas con chavales y… Bueno, lo he apartado de mi polla. Creo
que no se ha dado cuenta de que casi nos matamos. En vez de quejarse porque no
lo he dejado seguir mamando, ha dicho que lo entendía, que está claro que soy
heterosexual.
-¿Y ya está?
-¡No! Yo me moría por continuar. Estaba muy excitado. Ya me
había guardado mi aparato, pero el bulto seguía ahí. Él se estaba tocando cada
vez más descaradamente, así que le he dicho que si se quería hacer una paja no
me importaba. Tiene una polla preciosa y bastante grande, con un capullo muy
sexy, ¿no? Estábamos en la cuneta. He conducido unos metros hasta meterme en un
camino forestal. Sólo un pequeño tramo, ya sabes que mi coche es muy bajo. Y yo
también he comenzado a pajearme. Me miraba y jadeaba, se relamía sin dejar de
mirar mi sexo, mis abdominales, mis pezones, mis labios… Hasta que he acercado
un poco la cabeza y se ha lanzado contra mi boca. Me ha metido la lengua hasta
el estómago. Era un morreo apasionado, muy excitante, muy profundo… Me he
sentido empujado a abrazarlo, y mis manos recorrían su espalda, sus bíceps, sus
muslos… Y luego su polla. Se la he agarrado. Estaba húmeda, casi viscosa por la
punta. Me ha gustado, qué quieres que te diga. Él se ha agachado y ha continuado
la mamada. Sólo ha dejado de chupar para decir:"quiero tu leche". Pocas tías me
han dicho eso, así que me he calentado aún más. Me han entrado unas ganas
irresistibles de meterla, y, te lo juro, enseguida he tenido claro que me lo iba
a follar. Ya sé que te vas a cabrear, pero lo tenía que hacer.
-¿Por qué me tendría que cabrear?
-No sé. Tu eres el único macho con el que yo…
-Lo que me cabrea es que utilices a la gente. Como con aquél
caballero, el dueño del concesionario de coches. Le calentaste la polla tres
meses, le sacaste recambios y hasta te prestó un coche cuando te pegaste la
hostia. ¿Para qué? Para nada. Cuatro restregadas y ya está.
-¿Ves cómo te estás cabreando?
-No te equivoques. Me alegro que hayas follado con Lalo. Por
ti y por él. Pero sigue con la narración.
-Pues el chaval estaba acoplado a mi polla que no la soltaba.
El muy cabrón se la comía hasta el fondo, me sobaba los huevos, se los comía
enteros…
-¿Enteros?
-Sí, como tú.
-¿Ninguna chica te los ha comido enteros?
-No.
-No saben apreciar los manjares exquisitos.
-Gracias. ¡Pues el tipo que se empezaba a meter los dedos!
Supongo que lo hacía para indicarme el camino a seguir. Se la ha jugado. Igual
podía haberlo mandado al infierno. Pero no. Le he apartado la mano que se metía
y le he escupido un buen lapo. Levantaba el culo como una hembra en celo.
-O como un macho.
-Bueno, como quieras. El chaval está buenísimo. Me ha
encantado sentirlo por dentro, suave, mucho más suave que… Bueno, ya me
entiendes. Se me ha puesto increíble de dura mientras se la clavaba.
-Me estás calentando –interrumpí, puesto que mi polla hacía
evidente mi estado.
-Yo también. ¡Mira!
Su polla tremenda se marcaba bajo el short, como en las
sugerentes fotos de los modelos porno.
-¿Cuánto rato ha durado el polvo?
-No sé… más de media hora. Lo clavaba y lo acariciaba. Me ha
gustado también su piel, tierna y firme. Se le nota el gimnasio.
-Ye veo que el próximo curso vais a practicar otra gimnasia…
-No lo sé. No me arrepiento, ha sido colosal. Pero no sé si
se repetirá.
-Por eso has desaparecido?
-No. Bueno, en parte. También quería dejarte un rato de
intimidad con los chicos.
-Igual que ellos ahora. ¡Han desaparecido!
-¿Nos han dejado solos por si…?
-Eso parece.
Me tendí en el suelo con el muslo de Ray de almohada. Él se
tocó el sexo por encima del pantalón, queriendo liberarlo. Le pegué dos chupadas
por encima de la prenda y se decidió a quitársela. Me tragué el miembro caliente
de forma relajada, sin urgencias.
-Sigue, sigue contando.
-¿Estás loco? Yo así no puedo… aaaah.
-¡Sigue contando!
-Vale. Pero chupa más suave. Si no me voy a correr. Hemos
probado tres posiciones: boca arriba, boca abajo y de lado. De lado me ha
gustado. Podía abrazarlo y magrearlo mientras metía y sacaba. Y le he sobado y
pajeado la polla. Gemía de placer, como una… como un puto. Ha conseguido lo que
quería. Ha tenido mi leche. Y por partida doble. Me he corrido en su culo. Una
locura. Hasta ha gritado.
-¿Y…?
-Ponte bien. Ya no puedo más.
Me sentí forzado a colocarme a cuatro patas. Los músculos no
eran pura decoración. Ray mostraba una fuerza y una seguridad sorprendentes.
Escupió en la punta y me ensartó. Yo le animaba a seguir con la narración:
-¿Te has corrido dos veces? Sigue contando.
-¡Joder! Él se ha corrido y me ha manchado la tapicería, pero
el tipo no es tonto y lo ha limpiado enseguida con la lengua. Después nos hemos
vuelto a comer las bocas y las pollas seguían duras. Y aquí viene lo bueno.
Ahora sí que te cabreas.
-¡No te pares! ¡Habla sin dejar de follar!
-¡No sé hacer dos cosas a la vez! ¡Se la he chupado!
-¿Tú a él?
Volví la vista hacia atrás para ver su rostro. No sabía si
bromeaba. Jamás se había introducido una polla en la boca. Me imaginé la escena
y casi me corro.
-No tenía muchas ganas, pero me apetecía. Me gusta el tipo.
¡Es muy macho, musculado… y tan… tierno!
-¿Te gustó?
-No mucho. No te hagas ilusiones. Creo que no voy a repetir.
Sentía el miembro aporrearme las entrañas. Notaba el aliento
sobre mi cuello, y una lamida de vez en cuando recorrer mi testuz. Yo ya estaba
a punto. Me estaba controlando para que lo que inspiraba el placer durara más.
Entonces vi a los niños. Estaban detrás de unas matas que se
movieron traidoramente. Oriol me enseñó su polla erecta mientras se masturbaba.
Al verse descubiertos se rieron. Ray dejó de bombear.
-¡Largaos!
-Ray, sigue. Pasa de ellos.
Los niños se acercaban. El enano iba delante, Jordi un metro
por detrás. También su lanza estaba lista para la batalla.
-Perdonen –dijo el pequeño entre carcajadas-, ¿No hay por
aquí una fuente? Es que vamos a llenar unos cántaros…
-No me reí. Sin embargo, sí recordé la situación que había
inspirado el chiste. Pero una polla elegante y deliciosa se había aparcado en mi
recto.
-Ray, sigue, joder.
Me abrazó más, como si quisiera esconder la penetración. Los
niños se colocaron a sendos laterales y siguieron con los movimientos
masturbatorios. Ya no se reían. Miraban con ojos turbios, con mirada sedienta,
con los párpados entreabiertos. Oh, si se les ocurriera acercarme sus deliciosas
estacas…
Ray pronto se acostumbró al público. Empujó con fuerza pero
no habló más. Yo, retorciendo un poco el cuello les hice un gesto. Se acercó
Jordi por la derecha. Enseguida me la metió en la boca. Su humedad dulce
combinada con su textura rígida fue como un halo balsámico. El Jefe se apuntó a
continuación. Tres pollas para mí. De nuevo tres pollas. Las saboreé con placer
de gourmet, paralelas pero separadas. Mi garganta ofrecía múltiples
posibilidades. Sin duda, Lalo hubiera calificado aquello de circo. Sentimientos
contradictorios me invadieron al pensar en él. Pero me calenté, me calenté mucho
cuando imaginé su boca exquisita comiendo la placentera polla de Ray. ¡Dios, lo
que hubiera pagado por verlo en directo!
-Ray, sigue. ¿Y la otra lechada?
-Me voy a correr.
-Cuéntalo. Dilo.
-De regreso al hotel me he moderado en la conducción. Gonzalo
iba acariciándome los pectorales y, de vez en cuando, me comía un pezón, el de
su lado. Íbamos desabrochados, con las pollas al aire. Ha bajado y me la ha
chupado de nuevo.
-¿Ves? ¡Te lo dije! –exclamó el enano-. Se lo han montado,
Por eso han tardado tanto.
-¡Y por eso Lalo iba tan contento! –concluyó el nadador.
-Callaos. ¡Cómo chupaba el cabrón! Se la tragaba y la
soltaba. La miraba, me miraba y volvía a la carga. Lamía un rato el capullo y me
lo absorbía como una ventosa.
Mi Hércules iba acelerando el ritmo. Sorprendentemente, yo
tenía disposición para todo: escuchaba su historia, disfrutaba los roces
excelsos de su sexo, gozaba los sabores exultantes de las pollas juveniles,
abrazaba sus nalgas con delirio… Ray seguía narrando mientras empujaba cada vez
con más fuerza. Sus manos me sujetaban fuertemente de la cintura.
-Sí, el muy cabrón, aspiraba mis líquidos, quería mi corrida…
como una ventosa, pegado y chupando, lamiendo y besando mi capullazo… Esa cara
tan guapa, esos labios tan besucones, chupándome todo… Ah, el muy cerdo sabía
que venía una recta, y se estaba aprovechando… Yo quería abrazarlo y besarlo,
pero él tenía mi polla, y la adoraba, la trataba con delicadeza y luego con
desdén, estaba excavando para extraer mis mejores líquidos, chupaba como un
condenado para tenerla toda, y toda la ha tenido, que ni una gota ha quedado.
Ah, se la ha tragado toda, una lechada monumental, una inundación de semen sobre
su lengua experta, un torrente de placer que se ha esfumado en su boca… ¡Aaaaaahhhh!
¡Cómo me he corrido en su boca, en su cara tan bella, sobre sus labios…! Me he
corrido como un endemoniado, loco de placer sobre su rostro, sobre su lengua… ¡Aaaaayyyyy!
Un clímax planificado jamás hubiera resultado tan efectivo.
Notando un vacío enorme me corrí. Inmediatamente después me sentí lleno,
completo, fecundado. Un chorro espeso me invadió el intestino, y a continuación,
como una catarata artística, los muchachos soltaron sus efluvios perfumados. Los
cuatro gozamos como posesos. ¿Los cuatro? A decir verdad parecía que éramos
cinco.