"EL TELÉFONO, EL VECINO, MI DESPERTAR"
A mis 28 años había llegado a la conclusión de que
gran parte de lo que tiene que ver con el sexo y el amor ya lo había conocido.
No quiero que piensen que he viajado por todas las perversiones
conocidas, sino que mi conclusión tiene mucho más que ver con una falta de
exploración que otra cosa. Una falta de ambición quizás, que me hacía pensar que
el sexo era el amor o el amor era el sexo y no había muchas más vueltas que
darle al asunto.
Vivía yo , y en virtud de una inédita estabilidad amorosa, con Luis.
Un tipo con el cual habíamos coincidido casi como en un trámite, como si nuestro
encuentro hubiera estado pactado en la agenda de nuestras vidas y así nos
dedicamos a llenar los formularios correspondientes.
Frío, lo sé, pero esa era mi única manera de ver las cosas y cumpliendo
ese paradigma era, o eso creía al menos, feliz.
Siempre me han catalogado como mujer fatal, aunque en esto siempre los
hombres exageran, y hasta he tenido que ocultar un poco mi cuerpo, aunque la
ropa siempre me resultó odiosa, sólo para evitar los incesantes piropos en cada
caminata que hacía.
Nuestro departamento era muy cómodo, y tenía una terraza que era mi
delirio. Me pasaba las tardes de ese verano candente tomando sol arrullada por
el sinuoso ir y venir lejano de personas anónimas y disfrutaba cada momento de
mi soledad. Llevábamos viviendo juntos 6 meses y la verdad es que la nuestra era
una vida normal, monótona.
Teníamos un nuevo vecino desde hace poco más de una semana. Vivíamos en
un barrio cercano a la ciudad universitaria y no me costó mucho adivinar que
Gustavo, tal es su nombre, estaba terminando alguna carrera o algún trajín afín
a los estudios.
Comencé a notar su presencia desde algunos cruces en el ascensor, sobre
todo en los primeros días de su mudanza. Sus viajes acarreando cosas eran
constantes y pude verlo cargando trastos con una camisa de jean a medio sujetar.
Intercambiamos saludos y como al final Luis le terminó ayudando nos fuimos
haciendo más familiares.
Gustavo es un tipo de hombre extraño. No tiene lo que se dice una belleza
de esas de actor de telenovela sino que sus rasgos físicos no tan agraciados se
diluyen con su mirada.
Dios mío, qué ojos.
La primera vez que me miró un poco más de la cuenta, aunque sólo unos
segundos, me sentí como si hubiera viajado hacia algún lugar de remansos y paz,
de murmullos dulces mezclados con un perfume, su perfume, de incipientes
azahares y duraznos maduros. Él captó mi turbación y enseguida desconectó sus
ojos hipnóticos de mi alma y me saludó con un "nos vemos lueguito", con una
sonrisa que contagió la mía en el acto.
Desde ese día comencé a tener sueños inconsistentes con mi ralo estilo de
vida. Me despertaba con la respiración acelerada y de manera inevitable se
conjugaban dos elementos: mi vecino y mis bragas totalmente anegadas.
Esta especie de escalada en el nivel de los sentidos con lo que tenía que ver
con Gus coincidía, por azar, de veras que no lo planeé, con un descenso a la
mediocridad total en mi relación con Luis.
La falta de fuego, de pasión y sobre todo de cambios, trazaban un panorama
sombrío sobre nuestro futuro.
Cada vez más tardes me sorprendían recostada en la terraza, admitiendo como
confesor absoluto al sol y la brisa marina que me arrullaba sin poder ni querer
decirle que no.
Entre esos furtivos despertares, a medio camino entre la lucidez y el
ensueño, uno de esos días comencé a percatarme de que latía en el aire una
mirada, una invasión a mi figura semidesnuda.
El único que tenía la posibilidad de hacerlo, de observarme a sus anchas si
quisiera era mi vecino, pero en vez de tomar una actitud de cuidados u
ocultamiento, comencé un juego de despreocupación total a medida que pasaban los
días.
Es así que procuraba variar la posición de la reposera, soltar cada vez más
pliegues y ataduras, dejar que el viento levante lo que quiera levantar y todo
esto a sabiendas de que tenía un espectador cautivo.
En esos afanes, mi situación con Luis llegó a punto de la ruptura. Tal es así,
que habíamos dejado de hacer el amor desde hace unas semanas e incluso, y era
una de mis excusas, había dejado de tomar las pastillas anticonceptivas para un
descanso.
Esa noche, todo se había desmadrado en una discusión sin medias tintas, que
culminó con su consabido portazo y rauda huida hacia la calle. Como toda pelea,
tiene su ciclo de vida y lánguida muerte. Entonces venía el llamado y el
desandar de las aguas tumultuosas. O las flores y la promesa de cambio .Pero mi
paciencia estaba en lo más bajo aquella vez.
Tomé una botella de vino tinto, dulce uva syrah que bauticé remedio para mis
males, y me dirigí a mi querida terraza.
En ese momento, esto lo pienso ahora, estaba completamente segura de que todo
lo que quería era aislarme del mundo una vez más y dejarme llevar por el alcohol
y el sueño en una noche exquisitamente adornada.
De hecho, me quedé semidormida rápidamente y sólo llegaba a mis oídos el
murmullo lejano de una ciudad que daba vueltas aún sin poder dormir.
Primero, una caricia en el pelo, leve, simple y delicada caricia que me volvía
del mundo del ensueño. Luego su mano en mi cara, rodeando mis mejillas,
entornando mis ojos, y yo que despierto. Pero el sobresalto es controlado de
manera total por sus ojos, sus manos, su beso en mis lágrimas secas y párpados
tibios y cerrados.
Lo había hecho.
Cruzó la barrera que nos separaba y comenzó el designio de una travesía
inevitable.
Gustavo estaba tomando en sus manos el destino y lo apretaba y acariciaba
según una música ancestral, tribal, compuesta para el amor.
Le ofrecí mis labios; nuestros cuerpos se acercaban sin control mientras él
probaba mis deseos que se revelaban en cada uno de mis besos.
Sus manos desarmaban mi vestido como desenvolviendo una obra de arte, sus
cuidados me hacían sentir una pieza muy valiosa, única, deseada hasta el
paroxismo. Sus caricias eran ahora pinceladas, torrentes de luz y color que
pintaban mi cuerpo como si fuera un lienzo en blanco. Yo estaba naciendo al
mundo de los sentidos, de la belleza, y mi pintor iniciaba con sus caricias mi
total entrega.
Descendía sobre mi vientre su cuerpo, sus manos, y sus ojos me besaban como
si fueran sus labios. Nuestras respiraciones ya eran un tropel de inconexas
explosiones de lujuria y seducción.
Sus labios recorrían mi cuerpo hasta llegar a mis secretas intimidades. Allí
me elevó con sus manos en mis nalgas y se sirvió de mis mieles como si fueran el
último alimento disponible. Lo recuerdo ahora y mis dedos tiemblan con cada
palabra.
Llegué así a un orgasmo interminable de gritos y jadeos, que abría una puerta,
que mostraba un camino lleno de luz hacía un universo peligroso y seductor.
Quedé casi desmayada por el placer y cuando recobré algo de conciencia, él
estaba mirándome a los ojos como si admirara un cuadro ya terminado. Ya estaba a
las puertas del lado prohibido y todo era gracias en cuerpo y en mi boca, que
buscó su verga que se volvió fuego y hielo en mi lengua, que devoré con hambre y
sed de siglos de insatisfacción.
Aquel invasor erguido en mi boca era el alimento eterno; cerraba mis ojos con
cada empujón y disfrutaba los gemidos mayúsculos de mi ansiado vecino.
Gustavo tuvo que detenerme.
Yo sentía su verga palpitar y llenarse de semen y no iba a parar hasta
tragarme absolutamente todo. Pero él me apartó con delicadeza y se dispuso a
penetrarme. Tomó su garrote y volvió a transformarse en pincel, dibujando mapas
meticulosos en mis pechos, mi cuello, mi vientre, con su libido escurriendo
caliente, profuso, hasta llegar a la entrada a la gloria. Jugueteaba con mis
labios vaginales, recorría hacia arriba y abajo como queriéndolos abrir, como si
hiciera falta tocar a la puerta. Mis ojos se abrían ante tanta excitación
acumulada y le rogaban que me tomara de una vez. Pero sus tortura seguía y
provocó mi reacción. Me levanté y me le puse encima. Me apoyé en sus hombros y
suavemente me ensarté toda su verga, milímetro a milímetro, hasta que ya no
quedó nada más por meter.
Me movía en círculos sobre él y besaba sus labios y le ofrecía mis pechos, ya
colorados de tanto ser sobados.
Lentamente el ritmo se hizo vertiginoso y cada vez me adhería a su pubis con
mayor violencia. Nuestros gemidos se hicieron uno, acompasado, armonioso, y
nuestra loca carrera era una guerra, una lucha, nuestros cuerpos se cacheteaban
sin piedad y en ese último tramo recordé y olvidé en un milisegundo mi total
desprotección frente a su esperma vital.
Y así me liberé de todas y cada una de mis ataduras, las físicas, las
emocionales, las del alma, las del corazón; amé a ese hombre en un abrir y
cerrar de ojos, y cuando sus espasmos ya eran evidentes, cuando su verga pedía a
gritos descargarse en mi interior prohibido, cuando la puerta del universo de
luz ya había sido traspasada, un sonido lejano y cercano comenzaba a llegar a mi
conciencia.
Su semen llegó como una tempestad, arrasando e inundando todo mi cuerpo y
pasado, mi presente y futuro, provocando alarmas generales y desbande de
enmohecidos sentimientos, mientras mis uñas eran las que ahora se sujetaban a su
espalda en la traza de un nuevo mapa, ceñida a mi hombre a salvo de la tormenta
y la mediocridad.
En tanto, el teléfono de mi dormitorio seguía y seguía llamando a quien sabe
que alma desprevenida.
25/12/2006