No me podía creer el día que se hizo mi fantasía realidad.
Era viernes y salí tarde del trabajo, así que decidí ir con mis compañeros a
tomar unas cervezas. Esto me supuso coger el último autobús, que me llevaría
hasta mi casa. Bueno, el caso es que a las 23:55 estaba como un clavo en la
parada, esperando a que viniera el bus. No había ni un alma esperando junto a mí
y el frío de enero arreciaba. Me subí el abrigo todo lo que pude y en ese
momento fui consciente de que me había tomado alguna cerveza de más.
Pronto vi aparecer el medio de transporte que debería
llevarme hasta mi casa. Paró frente a mí y se abrieron las puertas. Subí las
escalerillas y saludé amable al conductor, que no era otro que aquel chico de
unos 26 o 27 años, delgadito, con cara algo aniñada a pesar de su sombra de
barba y su pelo marrón, largo y rizado recogido atrás con una coleta. Aquella
media melena que tanto me ponía en un hombre. Con aquel uniforme de conductor me
ponía realmente cachondo.
El caso es que no me fui muchas filas hacia atrás. Me senté,
me acomodé, me seguí acomodando y, adormilado a causa del alcohol y del
calorcito que hacía dentro del autobús, me quedé dormido. El problema es cuando
quise despertar.
Un grito y una palmada en el aire me devolvieron al mundo
real de forma abrupta. Confuso, miré a mi alrededor y me descubrí en el autobús,
detenido junto a otros muchos. Estábamos en las cocheras. Frente a mí, había
tres tipos, uno de ellos era el conductor jovencito del pelo largo y rizado,
otro era un conductor de la misma línea que tendría la misma edad pero que era
mucho más corpulento, con una cara obcecada, de rasgos rudos, y el tercero en
discordia también un compañero de los anteriores, con cara ruda como el anterior
pero de más edad. Éste último pasaba ya de los cuarenta.
—Te has quedado dormido, amigo —me sonrió el moreno rudo— y
éste ni se ha dado cuenta —señaló al chico del pelo largo.
—Y además hemos acabado el turno —dijo el mayor.
—Lo siento, tío. No me di cuenta. Pensé que te había bajado
en la última parada. Como te has recostado, pues no te he visto hasta ahora —se
explicó el jovencito.
—Joder —miré el reloj.
Me fijé en el asiento en el que reposaba mi bolsa del
trabajo. Se había abierto y mis cosas sobresalían de ella. Un boli, un cuaderno
de sudokus, un trozo de mi bufanda y… y la carátula de la película porno que
había recogido esa mañana en correos. Gracias a Dios continuaba envuelta en el
sobre marrón con su acolchado interior de plástico de burbujas.
—Oye, tú eres ese que un día se dio un beso con otro tío en
la parada y unos viejos os empezaron a insultar —recordó el jovencito.
Me quedé perplejo. No había elegido peor momento para dejarme
en evidencia.
—Sí, puede que fuera yo —respondí poniéndome en pie y
echándome mi bolsa al hombro.
—¿Éste es aquel que nos contaste? —preguntó el rudo jovencito
mirando a su compañero—. ¿Entonces tú eres el marica aquel?
Los tres me cortaban el paso. Les miré sin saber que
responder, así que, resolví que no respondería.
—¿Sabéis dónde puedo coger un taxi? —esquivé la pregunta.
—Sí. Pero tienes que esperar para salir. La verja esta
cerrada y nosotros tenemos que recoger unas cosas de la oficina. Después salimos
y si quieres te acercamos a la parada de taxi —se ofreció el mayor de todos.
La verdad es que me habían tocado dos de los conductores más
antipáticos de la línea de autobuses. El único que se salvaba era el del pelo
rizado, pero era tan capullo y estaba tan en su mundo que no me había despertado
para que me bajara en la última parada. ¡Menudo cabrón!
Éste comenzó a recoger sus cosas mientras el más mayor echaba
un vistazo a todos los asientos por si alguien se había dejado algo olvidado. El
jovencito de ruda mueca continuaba mirándome con una sonrisa jocosa.
—No has contestado a mi pregunta —insistió.
—Déjale en paz —dijo el mayor desde el fondo del bus.
—¿Te gusta chupar pollas? —continuó haciendo caso omiso a su
compañero.
Carraspeé antes de contestar.
—Oye, no te importa lo que a mí me gusta chupar —solté borde.
—No te ofendas —sonrió satisfecho por mi contestación—. Lo
digo porque tengo los huevos bastante llenos desde hace unos días y quizás te
apetecía… —No acabó la frase el muy cabrón. Simplemente bajó su gruesa mano
hasta el paquete y se lo apretó con ganas.
—¡No seas maricón! —gritó divertido el mayor desde el fondo
del bus.
—Es verdad. Vosotros follaréis con vuestras novias o vuestras
mujercitas, pero yo no tengo nada de eso. No hago asco a una boca caliente.
Aunque sea de un tío.
—Eso es porque eres un poco marica —le pinchó el jovencito
del pelo largo y rizado, que había acabado de recoger sus cosas del asiento del
conductor.
—No les hagas caso —me dijo aquel cabrón con cara de bestia—.
¿Qué me dices? ¿Te apetece?
Los otros dos llegaron hasta donde estábamos y estudiaron mi
cara para saber qué iba a responder.
—Tengo que irme a casa —respondí simple.
—¡Joder! —exclamó el afectado en cuestión.
—¿Por qué iba a querer este chico chuparte el nabo? A lo
mejor ni siquiera es maricón —habló el mayor mirándome, y se giró para salir por
la puerta delantera del bus.
—Yo te vi con tu novio —explicó el jovencito del pelo largo—.
Os morreasteis y los viejos os gritaron.
—Si no tienes novio mucho mejor. Así no serás infiel a nadie
si me la chupas —replicó el moreno.
—¿Se la chuparías? —me preguntó el del pelo largo.
—¡Vámonos! —gritó el mayor desde el último escalón de la
puerta delantera.
—Si me la chupas primero luego te acerco a tu casa —sonrió el
moreno cabrón ante su proposición.
—Puedo coger un taxi —repliqué.
—¡Venga! —elevó el tono de voz el mayor, esperando a que nos
decidiéramos a salir.
—Según dicen el Maxi tiene una buena polla —me informó el del
pelo rizado, refiriéndose al moreno. Y para qué os voy a engañar. A esas alturas
ya me moría por comerle todo el trozo a ese hijo de puta.
—Si quieres te la enseño —se ofreció éste.
—No, no hace falta —simulé de mala gana. Pero finalmente me
atreví—. ¿En serio quieres que te coma el nabo? —pregunté. Él tipo asintió
sonriente. Solté mi bolsa y me senté en el asiento, mirando hacia el pasillo,
hacia donde estaba él—. Pues venga, acércate y dámela.
—¡Eh, Damián! —llamó el del pelo rizado al mayor—. ¡Sube que
aquí hay tema!
El moreno dio un paso adelante y me entregó su paquete para
que fuera yo el que le bajara la bragueta y le sacara la polla. Sin ningún
reparo le toque el paquete con la mano, le bajé la cremallera y busqué su polla,
la cual liberé sacándola por encima de la goma de los gallumbos.
—¡No me jodas, Maxi! ¡Te vas a volver maricón! —se quejó el
mayor, Damián, al verme sopesando aquella tremenda morcilla en la palma de mi
mano.
—Calla y disfruta. Hoy meto la polla en un agujero caliente
—sonrió Maxi, que toda la cara de rudo que tenía se correspondía con sus pocas
luces.
Pero no hacía mucho caso a su intercambio de frases pues
estaba anonadado con el terrible calibre que se gastaba aquel tipo entre las
piernas. Aquel cipote morcillón, de piel oscura, era un trabuco considerable.
Era una de las mejores pollas que había visto en mi vida y no quería ni imaginar
lo grande y gorda que se pondría cuando estuviera dura.
—Es verdad lo que decían, eh —le dio un codazo el del pelo
rizado—. ¡Tienes una buena polla!
—¡Es tremenda! —exclamé.
—Venga, chúpamela —me empujó Maxi la cabeza para que me la
metiera en la boca. ¡Cómo olía a verga aquel trozo de carne! Exhalaba un hedor a
polla indescriptible.
Obedecí y chupé la parte del capullo que estaba descubierta.
Saboreé y paladeé el fuerte y rancio gusto a polla y meado que inundó toda mi
boca. ¡Qué buena! Y sólo era el principio. Acto seguido me la metí más a la par
que le descapullaba y el saborazo a cipote inundaba mis papilas gustativas. Era
uno de los nabos más deliciosos que jamás había probado. Y es que nunca un macho
como aquel me había ofrecido su chorizo cantimpalo para degustarlo. Tras unas
buenas lamidas y chupadas me la saqué y refulgió llena de saliva.
—Te gusta, eh —indicó Maxi sonriente—. Chupa todo lo que
quieras.
Se me había puesto durísima dentro de la boca. La tenía a
reventar, aquellos 17 cm de carne que tenían un diámetro imposible,
—¡La tienes gordísima! —susurré cachondo.
—Eso no es nada —replicó Damián, el mayor—. Yo la tengo mucho
más grande y más gorda que tú.
Maxi miró sonriente a Damián.
—No sabes lo que dices —habló Maxi—. Pero si mira que rabo
que tengo, colega —le mostró su enhiesto cimbel mientras se desabotonaba el
pantalón azul marino del uniforme y lo dejaba caer hasta sus tobillos, lo mismo
que unos gallumbos sueltos y largos de cuadritos grises y blancos. Maxi dejó al
descubierto una indomable pelambrera de vello púbico que recubría la base de su
polla, se extendía por todos los muslos y cobijaba dos gordas e hinchadas
pelotas que se me antojaron de caballo. Tenía unos cojones de auténtico
semental—. Y mira que cojones más gordos tengo —se los mostró tomándolos en una
mano, y casi ni le cabían.
—Sí. Sí que tienes unos buenos huevos. Pero yo los tengo
igual o más grades —siguió Damián en sus trece.
—Enséñalos, venga —le retó Maxi.
—Si es que esto es una mariconería —se quejó el mayor, pero
aceptó. Yo continuaba con la polla dura de Maxi en mi mano, masturbándole
lentamente. Los tres estábamos pendientes de Damián, que desabotonó su pantalón,
bajó su bragueta y se levantó la camisa. Tirando hacia debajo de la goma de sus
slips azules muy claros, una polla fláccida pero que apuntaba maneras quedó
colgando.
—Chúpasela al Damián para que veamos todos que mi polla es
más grande —dijo alegre Maxi.
Lejos de poner alguna queja, el conductor mayor se acercó a
mí, se terminó de sacar los huevos y me dio polla. Me metí en la boca aquella
salchicha que en nada y menos empezaba a ponerse dura.
—La chupa bien —dijo éste a Maxi, que le dio la razón dándome
su polla también—. Vamos, Jose. Únete —animó al jovencito del pelo largo—, que
éste cabrón la chupa de vicio. Así que el jovencito se desabrochó también el
pantalón y me dio a probar su cipote.
Al momento me encontré de rodillas, con tres pollas frente a
mi cara, pujando por entrar en mi boca y alojarse en lo más hondo de la
garganta, a cual más grande y gorda. La polla de Jose también me había sabido un
montón a rabo y a meado, que era como a mí me gustaba que supieran. La tenía más
pequeña que sus compañeros, y más fina, pero es que lo de los otros no era
normal. Al final Damián, el mayor, superaba por poco el grosor y el tamaño del
nabo de Maxi, aunque éste tenía unas bolas que ninguno igualaba.
La verdad es que los tíos no tenían ningún reparo en follarme
la boca. Maxi se colocaba detrás de mí y me sujetaba la cabeza con una mano,
entonces Damián me follaba la boca a un ritmo infernal y el hijo de puta de Maxi
le ponía una mano en las nalgas para animarle a que me follara más fuerte. Podía
ver como Maxi le daba sonoras palmadas al culo regordete de Damián y se lo
pellizcaba y apretujaba con fruición mientras que el otro no se quejaba. Aquello
me ponía a cien. Después se cambiaba Damián y el que me follaba era Jose. Y por
último Maxi.
Yo, desinhibido como estaba, me permitía acariciarles los
peludos cojones con las manos, chupárselos, y luego escalar por sus vientres
hasta sus pechos, tapados por la camisa y el jersey del uniforme de empresa.
¡Menudos cuerpos! Me gustaban. Desde el delgadito Jose y su ralo y velludo
pecho, pasando por un Maxi tremendamente peludo como una bestia y con chichas de
las que agarrarse, hasta un Damián con las mismas chichas que Maxi pero sin
apenas vello.
Las ventanas del autobús que quedaban a nuestro lado
comenzaban a empañarse, y no era para menos. Mis manos recorrían sus pectorales
y estómagos por debajo de su ropa. Les sobaba las tetas a los tres, que habían
comenzado una lucha por hacerse un sitio dentro de mi boca. Tres cipotes de
aquellos diámetros no tenían espacio entre mis labios y mis comisuras se abrían
todo lo posible, pero no era suficiente. Las babas se me escurrían por la
barbilla, sus nabos estaban relucientes e incluso mi saliva escapaba hasta
apelmazarse en los pelos de sus cojones.
—¿Te gusta? —me preguntó Jose, el delgadito de pelo largo y
rizado. Yo asentí con la cabeza. Después miró a sus compañeros—. Yo tengo que
acabar ya porque no puedo llegar más tarde que mi novia me está esperando.
—Sí —estuvo de acuerdo Damián—. Yo también tengo que volver a
casa. Así que será mejor que acabemos.
—Nos corremos entonces —aceptó Maxi.
—¿Puedo comerme vuestra leche? —pedí inocente. Damián sonrió.
—Claro —dijo—. Has sido un buen chico —me acarició el pelo,
flexionó un poco las rodillas y me encasquetó todo su rabo en el hocico.
Maxi y Jose se masturbaban enérgicamente mientras Damián me
tunelaba el esófago con su tremenda salchicha. Éste gemía y echaba su cabeza
hacia detrás de puro placer y yo me aguantaba las arcadas que su capullazo
provocaba en mi traquea. Me sujetaba la cabeza con las manos sobre mis sienes y
yo había plantado las mías en su culo regordete y sudado para que las embestidas
fueran más fieras. Una fiereza que me estaba pasando factura en cada arcada que
me causaba aquel pollón que se hundía demasiado dentro. Pero pronto noté que
Damián se venía sin intención de sacar ni un centímetro de su cimbel de entre
mis labios. Así que me preparé a tragar. El cuarentón avisó en sus últimas
embestidas.
—¡Me corro! ¡Me corro, joder! ¡Me corrroooooo!
Chorrazos intensos de leche llenaron mis carrillos e hice por
tragar, pero eran densos y calientes, lo que provocó que se acumularan en mi
boca como si fuera una amalgama láctea. Abrí la boca para dejar salir aquel
trabuco y éste apareció lleno de lefazo que me disponía a limpiar. Pero ahora el
que avisaba con sus jadeos era Jose, que se corría. Así que me endiñó su nabo en
mi boca ya llena de leche y degusté sus disparos, algo menos copiosos que los de
Damián y algo más líquidos.
Hice que aquella leche bajara por mi garganta y liberé
igualmente el rabo de Jose. Observé ambos penes, el de éste último y el de
Damián. Los tomé por la base y comencé a recoger con la punta de mi lengua y mis
labios la sustancia blanquecina que quedaba en ellos. Cuando ya los tenía bien
limpios Maxi dio un paso hacia delante y me dio a comer su cipote. Casi no le
dio tiempo, porque inesperadamente brotaron chorros de semen del gordo agujero
de su gordo capullo.
Un fortísimo sabor barrió mis papilas gustativas. Aquel
lefazo no tenía un gusto suave como los dos anteriores, sino que por un momento
me resultó hasta nauseabundo. Incluso el arenoso tacto que éste tenía en mi
lengua, como si aquella leche tuviera grumazos. ¿Cuánto hacía que aquel cabrón
no se corría? Aquella corrida estaba condensadísima. Pero, siendo sincero, fue
la que más disfrute.
Maxi acabó sentado en un asiento, con sus peludas piernas
abiertas mientras yo le limpiaba los restos que habían quedado pegados en su
gorda polla, a cada poco más fláccida. El chico sudaba profusamente e intentaba
recuperar la respiración. Me miraba sonriente, satisfecho, mientras Damián y
Jose recogían sus calzoncillos y se los ponían, ocultando sus también fláccidos
penes.
Antes de retirarme de Maxi le besé el capullo y el ombligo.
Me lanzó una nueva sonrisa y me quité, poniéndome en pie. Él hizo lo propio,
buscó su calzoncillo y empezó a vestirse.
—¡Ha estado de puta madre! —exclamó José, arreglándose la
maltrecha coleta que recogía su pelo.
—Sí, panda de maricas. Ha estado bien —aceptó Damián con
sentimientos encontrados en su voz—. A ver qué le digo a mi mujer si ahora me
pide cama.
—Pues dile que estás cansado —le ayudó Maxi.
—Eso lo dices porque no conoces a mi mujer —bromeó el
cuarentón.
Maxi se subió los pantalones y me miró fijamente.
—La verdad es que no me importaría repetir —opinó—. Podíamos
hacer esto mismo algún otro día que estemos los tres. —Los demás estuvieron de
acuerdo, a pesar de que Damián intentó no pronunciarse demasiado—. Tengo ganas
de que me coman el ojete —añadió.
—Sí —asintió Damián con la cabeza—. No estaría mal que nos
comieras los culos.
—Me encantaría hacerlo —susurré.
—Bien —sonrió Damián acercándose a mí y dándome unas
palmaditas en la cara—. Sabía que eras un buen chico.