…y me besó. No puedo decir lo que pensé, porque todo daba
vueltas a mi alrededor. No recuerdo nada más que el roce de sus labios sobre los
míos, la humedad de su lengua, el calor de su cuerpo al apretarse contra el mío,
las caricias de sus manos en mi espalda, en mi nuca, la dureza de sus pechos,
mis dedos perdiéndose entre su pelo, llevando su cabeza suavemente hacia atrás
para dejar al descubierto su cuello, al que me lancé con desesperación,
besándolo, lamiéndolo, mordiéndolo, arrancando un gemido ahogado de su
garganta…podía ver su deseo en aquel pecho palpitante, olerlo y saborearlo en su
piel. Por mi cabeza no pasaba nada más en aquel momento, estaba completamente
rendido a aquel impulso animal que nos había lanzado al uno en brazos del
otro…sentí su pierna subiendo por mi costado, intentando enlazarse en mi
cintura, cómo la tela de la camiseta se recogía con aquel movimiento…mi mano
bajó como la de un autómata para posarse en aquel muslo ardiente, queriendo
pegarlo aún más a mí, hacer el contacto más intenso aunque fuera imposible.
Volvimos a besarnos…nuestras lenguas se entrelazaban llenas de un deseo salvaje,
mis dedos buscaban ya el elástico de sus braguitas, deslizándose por debajo,
siguiéndolo hacia atrás, buscando con lujuria sus nalgas, acariciándolas con la
palma de la mano, atrayéndola con fuerza hacia mí. Ella se dejaba hacer y
notando lo excitado que estaba movía sus caderas de un lado a otro, consiguiendo
que se me pusiera aún mas dura. De pronto Marta subió la otra pierna y quedó
enlazada alrededor de mi cintura. El impulso me llevó hacia atrás hasta la
encimera, sobre la que quedé ligeramente reclinado. Ella aprovechó el apoyo que
aquella postura le daba para elevarse un poco y buscar con dedos ansiosos los
botones de mi pantalón, desabrochándolos con soltura para poder colarse dentro y
hacer que ahora fuera yo el que gimiera…
"No…no…Marta, para, por favor…qué estamos haciendo…", le
dije. Ella no hizo caso de mi súplica, su mano seguía jugueteando por encima de
mi boxer, deslizándose de arriba abajo.
Entonces la retiré. "Marta", dije, alzando la voz "¡Marta!".
Fue como si despertara de un profundo sueño. El desconcierto inicial que vi en
sus ojos se convirtió en una mezcla de vergüenza y miedo después. Me miró como
si fuera una aparición y dio dos pasos atrás.
"Perdona…perdóname. No, no sabía lo que…perdóname". Y echó a
correr hacia el baño y se encerró allí. Esperé unos minutos, pero como no salía
me acerqué a la puerta y llamé, golpeando suavemente con los nudillos.
"¿Estás bien? Venga, sal, que no pasa nada, vamos, por
favor". Silencio. Volví a llamar, y esta vez se oyó el cerrojo descorrerse y el
picaporte se movió levemente hacia abajo. Me retiré un poco para dejarla salir.
Lo hizo con la cabeza agachada, sin atreverse a mirarme directamente a los ojos.
Se había cambiado, pero aún tenía el pelo algo revuelto y los colores
permanecían en sus mejillas. Fue al sofá para coger su bolso.
"Espera. No te puedes ir así", le dije, tocando su hombro por
detrás. Ella reaccionó como si la hubieran marcado con un hierro al rojo.
"Esto no…no sé qué me ha pasado. Ha sido sin querer.",
balbuceó.
"Ya lo sé…No te preocupes, estábamos los dos alterados y nos
ha salido así…aunque bueno, así como ibas vestida no me extraña, cómo vais ahora
las niñas!", le dije, riendo, para rebajar la tensión. Y lo conseguí. Se abrazó
a mí y me preguntó: "¿De verdad que no te has molestado? Ha sido una locura del
momento, pero no quiero que pueda cambiar nada entre nosotros…".
"Ni se te ocurra pensar eso…si además, ya sé que es difícil
resistirse a mis encantos, no eres la única…", dije, guiñando un ojo. Se volvió
a reír. "Eres un payaso, no tienes arreglo…pero eres un cielo. Pero por si acaso
me voy, a ver si me va a dar otro ataque y esta vez no me puedo controlar…". Nos
dimos un beso y se fue. Cuando cerré la puerta me di cuenta de todo lo que
acababa de pasar…y de lo que podía haber pasado si no llego a pararle los pies,
porque lo peor de todo es que una parte de mí se arrepentía de haberlo hecho.