Después de haber descubierto esta página de Todorelatos y
tras haber leído muchas de las historias que aquí se relatan, me he decidido a
narrar lo que pasó una tarde de agosto, esperando que les sea interesante.
Primero, me presento. Procedo de una familia del norte de
Europa, afincada desde hace años en este país. Gracias a eso, soy rubio, ojos
azules, 1'80 de altura, 80 kilos de peso, piel blanca, delgado, con un cuerpo
bien cuidado gracias a todo el deporte que hago... en fin, en resumidas cuentas,
que si fuera gay me llamaría David Beckham.
Bueno, como digo, todo empezó aquella tarde de agosto en la
que yo, mi familia, e incluso mi perro (que es como de mi familia, porque está
casado con una vecina que es casi un tío abuelo para mí.) descubrimos una moneda
de tres céntimos en el suelo y, además, una nueva forma de amarnos los unos a
los otros, los otros a los unos, y los unos a los ortos.
En fin, que ese día nos fuimos toda la familia a la playa, y
para ello cogimos el autobús que nos llevaba hasta allí. Cuando frenó, entramos
todos, yo, papá, mamá, la abuela, mi prima Gertrudis, el perro, mis hermanos, mi
tío Antonio, su mujer Maruja, su esposa Pepa (mi tío es borbón, digo mormón, y
puede casarse con varias mujeres) y yo. Sí, ya sé que he dicho dos veces yo,
pero es que tuve que entrar dos veces porque salí a recoger un condón que se me
había caído (cuando voy a la playa yo siempre cojo condones, porque si no se me
queda luego la polla toda llena de arena, que tengo el vicio de hacer agujeros
en la orilla del mar y follarme la playa. Depravaciones de uno, vaya.)
En fin, tras entrar todos en el autobús (después de untar
bien a la abuela con aceite porque si no no entraba por la puerta, la muy
gorda), tratamos de encontrar un sitio. Pero lamentablemente, los asientos
estaban ocupados por el equipo de petanca de Matalascañas, y los cuatro únicos
asientos libres fueron ocupados, respectivamente, por las nalgas y las tetas de
mi abuela (ella se sentaba en los dos de atrás y sus tetas caían hacia los dos
asientos de delante, es que mi abuela es un puto engendro).
Bueno, mi abuela es un engendro, pero mi madre es todo lo
contrario. No. No es un ordnegne (que no sé lo que significa), es una tía buena
que ni te cuento. Aún tras parir a tres hermosos varones y a mí, tiene las
medidas de Laetitia Casta, los ojos de Milla Jovovich, el culo de Jeniffer
López, los labios de Angelina Jolie, las tetas de Pamela Anderson y las piernas
de Adriana Skleranikova. Vamos, que en vez de una madre tengo al monstruo de
Frankenstein, pero en versión porno.
Nada más entrar, el conductor echó una mirada a toda la
familia y exclamó un amable y educado "¡Tía buena! ¡A ti te la iba a meter por
el culo hasta que te chirriasen los dientes!". Y claro, mi madre, que no es de
piedra, se pilló un calentón de cojones (de los cojones de mi padre, puesto que
cuando mi madre está cachonda lo único que la calma es jugar a malabares con los
testículos de mi viejo).
Pero cuál no sería nuestra sorpresa cuando el chófer se
levantó y, pasando por delante de mi madre, mi padre, las pelotas de mi padre,
yo, mi prima, mi tío, mi abuelo, mis hermanos, mis tías, el equipo de petanca de
Matalascañas y mi perro (que se llamaba Bonzo en homenaje a uno de sus héroes),
se dirigió hacia mi abuela y, poniendo su rodilla en el suelo, se declaró con
estas palabras:
- ¡Oh, mi hermoso ballenato! ¡Desde que te vi entrar a
presión por esa puerta caí enamorado de ti! ¿Concederíaisme tu gorda, rechoncha,
porcina y grasienta mano en matrimonio?
Pero resulta que mi abuela ya estaba casada, con mi abuelo,
para más inri, pero ella, mujer tan astuta como horriblemente asquerosa, halló
la solución al instante. Sacando el rifle de asalto que guardaba entre las
mollas de la tripa, descerrajó a tiros a mi pobre abuelo, que murió al instante,
lo que conllevó que todos, incluyendo el equipo de petanca de Matalascañas,
aplaudiéramos a la vieja (es que todavía no os he dicho que mi abuelo era un
clon de George Bush).
A todo esto, mi madre, para aplaudir, tuvo que dejar de hacer
malabares con las pelotas de mi padre, pero en compensación empezó a chuparle la
polla, lo que mi padre agradeció con un:
- ¡Oh, sí, nena! ¡Cómo la chupa la pedazo de puta!
Toda la familia, por culpa de las palabras de mi padre, nos
empezamos a calentar. Así que mi tío decidió violarla. Cuando me quise dar
cuenta, mi tío ya le había dicho a mi madre:
- levanta la grupa, cacho puta, que te la voy a meter.
- No, no quiero, que soy virgen.
- ¿Pero cómo vas a ser virgen si tienes cuatro hijos?
- Pues soy virgen.
- Pues me la suda, te la voy a meter como que me llamo José
Francisco.
Y, aunque mi tío no se llamaba José Francisco, se la metió.
Vaya si se la metió. Mi madre, mientras tanto, gritaba "¡No, no, no!". La verdad
no sé cómo conseguía gritar y al mismo tiempo, chuparle la polla a mi madre.
Será que, además de tener las medidas de Laetitia Casta, los ojos de Milla
Jovovich, el culo de Jeniffer López, los labios de Angelina Jolie, las tetas de
Pamela Anderson y las piernas de Adriana Skleranikova, pues también tiene la
habilidad de ventriloquía de Mari Carmen y sus muñecos.
- ¿Cómo que no? Si te gusta.- gritaba mi tío.
- No, no me gusta.- gritaba mi madre mientras su hermano se
la follaba.
- ¿Ah, no? Hostia, pues lo siento, perdóname, creía que te
gustaba.- se disculpó mi tío y dejó de violar a mi madre.
- ¡Pero gilipollas!- le gritó mi madre.- ¡No se te ocurra
parar! ¿Es que los hombres no aceptáis una ironía?- Y mi tío volvió a violar a
mi madre mientras mi madre volvía a gritar "No, no, no".
A todo esto, mi abuela ya se había puesto de pie, y
aprovechando que al conductor del autobús se le había quedado la rodilla pegada
al suelo por culpa de un chicle, se bajó las bragas, se subió las mollas y dijo:
- ¡Cómeme el coño si quieres casarte conmigo!
Y el conductor, que entre tanto michelín estaba como en el
cielo, obedeció y comenzó a lamer la panocha de mi abuela.
Mientras, mi prima y mis hermanos ya se habían despelotado y
comenzaron a follar encima del mejor jugador del equipo de petanca. La pelota de
mis hermanos chocaban con el culo de mi prima, mientras los dos se la follaban
(es que mis hermanos nacieron siameses, unidos por los cojones. Y los médicos al
separarlos, perdieron los otros tres). Entonces, mi tía Pepa le bajó las bragas
a mi tía Maruja y comenzó a chuparle la polla. ¿Ein? ¿Mi tía Maruja tiene polla?
Menos mal que mi tío estaba allí (follándose a mi madre) para explicármelo todo
detalladamente.
- Sí. Tiene polla.
Por otra parte, los del equipo de petanca, cada vez más
calientes, ya comenzaban a pajearse, por lo que llamé a Bonzo y le dije:
- ¡Eh, Bonzo Junior, lámeme un poco las pelotas!- Y Bonzo me
las lamió.
Los jugadores del equipo de petanca también quisieron sumarse
a la fiesta, pero les dije que no, que era sólo para familiares. Entonces uno,
para participar en la orgía me preguntó si quería casarme con él. Y aunque él no
era más que un anciano millonario con una dolencia crítica del corazón y yo un
joven ambicioso que mataría a su padre por una moneda de dos euros, acepté.
Por suerte, el portero del equipo de petanca era también
sacerdote, y nos casó allí mismo. Luego preguntó si alguien más quería casarse,
lo que coincidió con un orgásmico grito de mi madre tal que:
- ¡Violadme cabrones!
Eso conllevó un alzamiento de manos semejante al que causaría
un loco con un bazooka gritando "¡Manos arriba, esto es un atraco!". Así pues,
toda la línea defensiva del equipo de petanca se casó con mi hermano mayor. La
media, con mi hermano pequeño. La delantera con mi tío Maruja. Y yo me tuve que
conformar con los suplentes.
Yo pregunté que porqué nadie se casaba con mi prima
Gertrudis, o con mi tía Pepa, pero el cura me dijo que él sólo oficiaba
matrimonios homosexuales. Que lo demás era una total depravación.
Así pues, todos empezamos la gran orgía, y no hubo agujero
sin tapar. Bocas, coños, culos, vaginas, orejas, ortos, panochas, ombligos, la
cuenca del ojo de un jugador que era tuerto, conchas, anos, manos, agujeros de
la nariz y hasta una gotera que había en el techo. Todo fue tapado
respectivamente por pollas, chorras, vergas, mingas, pichas, trancas, cipotes,
falos, pitos, miembros, porongas, nabos, rabos y hasta penes.
La orgía iba tan bien que hasta mi abuelo resucitó para poder
percular a Bonzo, que lo agradeció con lastimeros ladridos. Pero de pronto, me
di cuenta de una cosa. Hacía dos horas que el bus se movía, pero el conductor
estaba desde entonces buceando entre los flotadores de carne de mi abuela para
encontrarle un agujero por donde meterla (más tarde sabríamos que se conformaría
con hacerse una paja con sus mollas).
- ¡Dios mío!- grité.
- ¿Qué pasa?- me preguntó Dios, que estaba sentado a mi lado.
- ¡El autobús está sin control, Dios, y nos vamos a estrellar
contra ese edificio! ¡Haz algo!
Entonces Dios miró hacia delante y dijo.
- ¡Hostia! ¡Claro que voy a hacer algo! ¡Me voy a pirar de
aquí que no quiero moriiiiir!- y desapareció.
Y, al tiempo que todos nosotros nos corríamos a la vez (la
natación sincronizada es una chufla al lado de eso), el autobús se estampó
contra el Pentágono (en las dos horas de viaje el autobús había cruzado el
océano Atlántico y casi todo Estados Unidos... sin pagar ni un puto peaje y sin
tener problemas con los de inmigración. ¡Chuparos esa "Minute Men"!).
Esto fue el 11 de septiembre del 2001. Yo, el cura y Bonzo
(aunque quedó bastante pelado) fuimos los únicos que sobrevivimos de aquél
autobús. Ayer salí por fin del hospital, y narré esto para que a nadie se le
olvide que, si participa en una orgía violando a su madre en un autobús con el
equipo de petanca de Matalascañas, se acuerde de mirar que el freno de mano esté
echado.
Ah, sí. Lo prometido es deuda. Aquí están las fotos:
El autobús:
El cura (buscando gays para casar):
Bonzo:
Mari Carmen y sus muñecos: