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Ashley Madison - Ten una aventura. Infidelidad
Fecha: 15-Mar-07 « Anterior | Siguiente » en Amor filial

Mi hermano, la mujer de él, el culo de ella y yo

erosnovato2007
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Valoración media:
Tiempo estimado de lectura: [ 32 min. ]
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Un muchacho de 18 años, vive una primera experiencia con la bella esposa de su hermano mayor, quien es además de viejo, muy descuidaddo con su mujer. Version para imprimirEnviar este relato a un amigo/a
Ashley Madison - Ten una aventura. Infidelidad.

Mi hermano, la mujer de él, el culo de ella y yo (1).

Quiero contarles una historia que data de hace unos años atrás. Soy un verdadero novato en esto que son los relatos eróticos, por lo que les ruego toleren mis errores y envíen comentarios que desde luego me servirán mucho para el futuro. La inquietud que me ha llevado a escribir responde al cúmulo de recuerdos bellos que guardo y que he decidido compartirlos con ustedes.

Les decía que la historia es de tiempo atrás, mas o menos de cuando tenía unos 18 años. Mi hermano mayor había contraído matrimonio con una muchacha mucho más joven que él, (alumna en el colegio donde él trabajaba de maestro), se enamoraron y decidieron casarse. Mi cuñada era muy hermosa. Elegida reina del colegio recientemente, tenía piel color canela, cabellos rizados y castaños, rostro muy atractivo, ojos claros y grandes, de estatura mas bien mediana, pero de unas formas físicas que resaltaban a la vista, especialmente en lo que se refiere a las tetas y el culo: tenía un par de senos muy bien proporcionados que sobresalían de cualquier tipo de prenda que vistiese y un culo que era muy redondito, firme y con una especial forma de menearse cuando caminaba lo que era complementado por la estrecha cinturita de su sensual cuerpo. Era muy bella.

Dada la atracción que naturalmente que ella emanaba, con a mis amigos de colegio dedicábamos largos momentos en los descansos de clases, a observar todo detalle del físico de la "reina". En ese entonces aún no sabía que en secreto enamoraba con mi hermano y que tenían planes de casarse. Con mucho interés comentábamos los pormenores de sus atributos y nos deleitábamos al apreciar las partes tan deliciosas de aquel cuerpo que todos querían poseer, pero que nadie sabía que ya tenía dueño.

Producida la boda, los recién casados decidieron vivir en casa de mis padres mientras conseguían un lugar adecuado e independiente. Ante ese cambio, mi situación tornó muy especial, mas bien confusa, ella había pasado de ser la mujer apetecida a la cuñada respetada y muy querida en la familia (dada su tan atrayente personalidad que la hacía muy apreciada entre todos). Si había algo discordante era la diferencia de edad entre mi cuñada y su marido (mi hermano), pues ella en sus ratos libres o cuando él permanecía fuera de casa, junto a mis hermanas también jóvenes, se dedicaba a compartir algunos juegos (con mis hermanas), escuchar música, hacer travesuras y en fin compartir la alegría que uno siente al vivir la juventud. Mientras que él parecía vivir ignorando todo, absorto en su trabajo o atendiendo sus múltiples ocupaciones, daba la impresión de vivir en un mundo diferente.

A pesar de aquello, todo parecía ser absolutamente normal ya que conformábamos una familia feliz. Una tarde, mi madre me mandó a decir a mi hermano y a su esposa que era hora de tomar el té. Me dirigí presuroso al cuarto de ellos y me sorprendí con una escena que hasta hoy permanece en mi recuerdo. Ella estaba recostada en la cama, con una faldita muy ligera y cortita, aparentemente no llevaba los calzones puestos y mi hermano estaba a su lado durmiendo la siesta. Mi cuñada tenía una de sus manos entre las piernas y en forma muy disimulada se acariciaba el cochito, estaba dando la cara hacia la puerta por lo que pude ver el gesto de placer contenido que había en su rostro, cerrando los ojos y mordiéndose el labio inferior disfrutaba a plenitud de sus propias caricias sin hacer el menor ruido. Mi hermano disfrutando de un profundo sueño y ella disfrutando a su manera, no se percataron de mi presencia, por lo que tuve tiempo de ver que mi cuñada con la otra mano se sujetaba la blanca tetita que apenas asomaba de su blusa entreabierta.

En primera instancia creí que era un acto de privacidad de los dos, no tenía experiencia de lo que es la relación matrimonial pero percibía que algo debió estar saliendo mal ya que se trataba de una pareja de recién casados.

Por un momento quedé pasmado y confundido, por lo que no tuve otra opción que retroceder sobre mis pasos, provocando un ruido intencional en la puerta y esta vez sin ingresar al ambiente, les dije que era hora de tomar el té. Mi cuñada salió presurosa, estaba completamente turbada y quizás con la tremenda duda de cuánto había yo alcanzado a ver, no sé si producto de una falsa apreciación, del nerviosismo del momento, de mi ofuscación por lo que acababa de presenciar o del propio carácter de mi cuñada, pero lo cierto es que me pareció adivinar una sonrisa pícara y cómplice en su rostro cuando me dijo:

- "Dile que ya vamos".

Transcurrido un tiempo, mi hermano tuvo que dejar su trabajo por razones obvias y sólo encontró cabida en el área rural, es decir que tenía que viajar para ejercer el cargo de profesor, viajes que significaban un alejamiento permanente de casa y por tiempos prolongados. Por razones que desconozco, había decidido viajar solo y dejar a mi cuñada bajo el cuidado de mi madre y en compañía de nosotros.

Como les dije antes, mi relación con ella en ese momento (al menos para mí), se mantenía en lo estrictamente familiar, puesto que había entendido sencilla y naturalmente que ahora se trataba de la mujer de mi hermano y lo mas que podía hacer en su beneficio era cuidarla y atenderla.

Sin embargo, para mi cuñada la situación debió ser diferente, pues en todo momento trataba de buscar mi presencia, me pedía que la acompañe de compras o simplemente a pasear en la calle. Compartíamos juntos mucho del tiempo. Cuando salíamos de paseo, no faltaban los incidentes con hombres mayores, quienes al ver la singular belleza de mi acompañante, no dudaban de lanzarle algunas insinuaciones, muchas de ellas hasta groseras. Ella me tranquilizaba con frases suaves. En verdad me había convertido en el celoso guardián de mi cuñada, no tanto por ella sino por mi hermano que estaba ausente y se merecía la lealtad de alguien que velara por sus intereses y cuidara de quien seguramente era su ser mas amado.

Así transcurría el tiempo hasta que una noche, después de cena, mi madre comentó que mi cuñada se había estado quejando desde muchas noches atrás que no podía dormir tranquila, su sueño era perturbado por ruidos en el techo; pensaban que eran ladrones pretendiendo ingresar y que, le había pedido que yo o alguien, le acompañase a dormir.

Sabiamente mi madre decidió que una hermana mayor y yo, fuésemos sus acompañantes en su dormitorio. Ella ocupaba una especie de departamentito independiente, con dos espacios uno amplio donde estaba su dormitorio y otro pequeño que hacía las veces de recibidor. En el dormitorio había una cama muy amplia donde se acomodaron las dos e improvisaron para mí, una pequeña pero en el mismo ambiente.

Pasé un momento un tanto engorroso a la hora quitarme las ropas para meterme en cama, puesto que, acostumbrado a la vida en familia o a la soledad de mi dormitorio, no me había percatado que me estaba desvistiendo en presencia de una mujer que en verdad no era propia de la familia a quien sorprendí observándome con una atención que me hizo perder el control. Mi cuñada me miraba fijamente apenas recostada en su cama con tal expresión en el rostro que sentí una especie de temor. Por un momento nuestras miradas se encontraron y pude percibir en ella una sensación de ansiedad total, un deseo contenido e insatisfecho de largo tiempo atrás y una profunda soledad. Nuestra proximidad era tal que, podía percibir su respiración agitada y con la ayuda de la luz del velador, se apreciaba un leve tic nervioso en uno de sus párpados que ella en ese momento no podía disimular.

Sin darle oportunidad a decirme nada o mas bien huyendo del inminente intercambio de palabras, en forma rápida me metí en cama dando la cara a la pared, mientras escuchaba una conversación sin sentido entre las dos mujeres ya recostadas. Mientras pensaba en aquel encuentro con la mirada ardiente de mi cuñada sentía una mezcla de miedo, deseo reprimido, incertidumbre, desazón y hasta frío. Además experimentaba ya tremenda pesadumbre; puesto que nada de aquello era correcto, estaba siendo completamente desleal e infiel con todo el mundo y posiblemente cometía el peor pecado de mi vida (mi familia era muy religiosa). Casi por instinto, permanecí inmóvil, de cara a la pared como ya les dije, entre asustado y excitado.

Transcurrida una media hora y cuando mi hermana dejó de hablar, miré para atrás lentamente, con la esperanza de que ambas estuviesen dormidas y con el pensamiento fijo en mi reacción si volvía a cruzarme con esa mirada que tanto me aterraba. Sucedió lo peor, mi hermana dormía profundamente y mi cuñada permanecía con la mirada clavada en mí, como un ave rapaz atenta a su presa, aún con el ligero temblor en su párpado derecho y con una expresión incomprensible para mi incipiente experiencia, pero que reflejaba un estado de completa ansiedad.

- "Qué miras?" Me preguntó.

No atiné a contestar nada, porque no tenía una respuesta, quedé prácticamente petrificado pues sentía que el fantasma del pecado estaba presente en el lugar y era mi obligación controlarme ante situación tan embarazosa.

- "Si no te atreves a tomar lo que deseas como lo debe hacer un hombre, es mejor que no mires nada cuñadito" Me dijo en un tono suave y como queriendo no despertar a mi hermana.

Una vez mas guardé silencio, porque presentía que todo aquello era producto de una mala interpretación mía de las intensiones de mi cuñada o por el temor a que mi hermana escuchara la respuesta o mi cuñada entendiese mal o finalmente, fuera una treta planeada por las dos mujeres (que dicho sea de paso eran muy amigas) en mi contra. Lo cierto es que, nada parecía tener sentido. Opté por darme vuelta en la cama nuevamente, fingiendo haber caído en un sueño profundo. Mi cuñada no dijo nada mas. Apagó la luz desde el velador y sentí que se recostó en la cama, dando un suspiro profundo.

Me dio un ataque de insomnio, no pude dormir pensando en los ojos llameantes de mi cuñada en medio de la noche. Percibía la respiración calmada de mi hermana dormida, de mi cuñadita ni el menor movimiento.

Empecé a experimentar un estado de excitación con mi corazón como un bombo tratando de saltar al exterior, mi respiración agitada, mi cuerpo en medio de un sudor frío, mis manos temblorosas aún cuando trataba de sujetarlas entre las piernas y mi miembro, inexplicablemente despertando en una erección que estaba seguro no podría después aplacar. No quise moverme siquiera, mi erección era tal que me incomodaba con las sábanas, aunque el ambiente estaba completamente oscuro, trataba de esconderla, ya que no sabría explicarle especialmente a ella el porqué, en el caso de que ella se percatase de que tenía la verga parada y lista ¿para qué?.

Entonces ocurrió lo peor. Dado mi estado de nerviosismo, no pude percibir que mi cuñada se había incorporado de la cama, sólo sentí una sigilosa mano deslizándose entre las sábanas que cubrían mi cuerpo, mi estado de postración fue en aumento, no sabía ya ni lo que sentía, mas su mano avanzaba en medio de la oscuridad cual amenazante serpiente en pos de su presa, y dirigiéndose directamente a mis entrepiernas buscando mi miembro, cuya erección (aunque lo intenté en el último momento) ya no podía disimular.

Por encima del pijama sentí un apretón en mi verga de unos dedos desesperados, pensé en rechazarla con violencia pero algo me contenía o mas bien me animaba a voltear el cuerpo lentamente hacia ella e iniciar una especie de entrega total a las caricias de mi bella cuñadita. En medio de la oscuridad pensé adivinar las facciones de su bello rostro, aproximándose al mío con la carnosa boca entreabierta en procura de un beso e instintivamente busqué lo mismo, mientras ella me acariciaba con dulzura el miembro viril ahora completamente erecto.

Sentí su aliento muy próximo y soñé con un beso. Sentí que deslizaba su otra mano hacia mi culo y suavemente desplazaba mi pijama hacia abajo, para acariciarme las nalgas con mucho cariño. No aguanté mas y dando vuelta mi cuerpo, ofreciendo mi portentoso miembro completamente listo para el amor, me puse de frente a ella, listo para el sacrificio o mas bien para la gloria. Quería llegar al final, no me importaba ya nada. Ignorando la presencia de mi hermana mayor y olvidándome del resto del mundo, ansiosamente quería llegar al final desconocido, cual guerrero que sin importarle que le espera la muerte, enfrenta con valentía al enemigo aún sabiéndose débil.

Sentí el roce de sus ardientes labios en contacto con los míos, sentí su respiración al borde del colapso, sentí la especial fragancia que en ese momento su cuerpo despedía y su abundante pelo rozando mi rostro. Mis sentidos se bloquearon, dejándome llevar únicamente por aquella ansiedad que se manifestaba como una especie de dolor en el vientre y que tenía la urgente necesidad de aplacar, por lo que casi inconsciente me apresté a todo.

- "Te levantaste Lupita?"

Sonó en medio de la oscuridad la pregunta de mi hermana que había despertado. A la velocidad del rayo todo ese sueño se convirtió en lo que en realidad era: la pesadilla de un inconfesable pecado entre la mujer de mi hermano mayor y yo. Se retiró violentamente y dirigiéndose hacia la puerta, nerviosa dijo:

- "Si. Voy al baño".

Esa noche acabó todo de esa manera tan cruel. Aquello que pretendía ser el paraíso, era en verdad el mismo infierno. Aquello que en forma aparente era un sueño, era una realidad tan cruda que acompañaba un sentimiento de culpa intolerable. Entonces opté por el único recurso que me parecía válido: esconderme de ella y de todo el mundo y especialmente de ella, y no dar la cara nunca mas ya que si me pedía una explicación de lo sucedido, no sabría ni por donde empezar. Evitando cualquier contacto con mi cuñada, pretendía ignorarlo todo. Busqué un pretexto creíble para nunca mas acompañarla a dormir y el tema pareció olvidado. Al menos por un tiempo.

Probablemente a sugerencia de mi madre, mi hermano decidió llevarse consigo a su joven esposa, alejándola de nosotros por mucho tiempo, al cabo del cual volvió a la ciudad embarazada de su primer hijo.

A su llegada la situación fue diferente, ya que esperábamos el nacimiento del primer nieto de la familia, las atenciones hacia ella se incrementaron y mi sentido de responsabilidad, equivocado o no, volvió a florecer hasta tal punto que fui testigo del alumbramiento en lugar del verdadero padre que no pudo llegar a tiempo.

Después de una corta estadía de mi hermano en casa, nuevamente mi cuñada quedó sola al lado de nosotros. Esta vez por los cuidados que el bebé necesitaba, dada su inexperiencia en las tareas de madre y la atención solícita de mis hermanas para todo aquello. Transcurridos los tres primeros meses de vida del bebé, mi cuñada volvió a recobrar su ímpetu de mujer, se mostraba muy complaciente para todo, muy alegre, ágil y plenamente activa; se la veía realmente feliz. Me gustaba verla pasar por el patio, con su figura ya recuperada del embarazo, con el aditamento de una madurez exquisita, puesto que la maternidad había tenido un efecto positivo en su físico. Para entonces ella tenía unos 20 años.

Sus formas eran mas definidas, sus tetas parecían querer abandonar su ropa interior que las aprisionaban, mostrando por momentos una ligera humedad a la altura de los pezones, lo que me turbaba de sobremanera. Su culo había aumentado de volumen pero en una forma muy provechosa para mi gusto. Volvió a vestir las falditas cortas de antes, resaltando maliciosamente la belleza de sus bien proporcionadas piernas en absoluta armonía con el exquisito y gran trasero que mi cuñada se gastaba.

Para ese tiempo, había cumplido yo los diez y nueve y en las conversaciones con mis amigos se hablaba abiertamente de sexo. El intercambio de revistas o fotos pornográficas era de práctica común y por lo tanto cualquier oportunidad que se nos presentaba para hacer algún comentario de cualquier mujer que conocíamos era bien aprovechada, fantaseando, alardeando, deseando……. En una de esas largas charlas de amigos, alguien me comentó la excepcional belleza de mi cuñada y de la vida en soledad que llevaba. Lejos de molestarme el comentario, prácticamente me dejó muy intrigado. Desde aquel momento empecé a fantasear con mi cuñada y su espléndido cuerpo.

Una vez, al estar ella dándole de mamar a su hijo, fingiendo una conversación con el bebé y dirigiéndome de reojo aquella mirada que yo adoraba, dijo:

- "O te tomas tu lechecita o se la doy a tu tío". Mirando en forma directa a sus senos y sonriendo pícaramente.

No me quedó alternativa que contestar, (con cierto temor):

- "Pero su tío no devuelve los envases". Ella rió tan a gusto, que mi temor inicial se convirtió en un atrevimiento inusual, (ya que soy bastante tímido), y agregué:

- "Además su tío le gusta la lechecita mas tarde".

Creo que fue el inicio de un entendimiento que había madurado desde el primer día en que ya casada llegó a casa de mis padres. Manteníamos conversaciones muy amenas y dedicábamos nuestro tiempo a las atenciones del bebé tal como si fuésemos ambos los padres. Cuando me acercaba a mi cuñadita, sentía algo muy especial, un aroma a maternidad que hacía a esa mujer mucho mas apetecible.

Ella se movía a mi alrededor con tal naturalidad que se asemejaba al revoloteo de una mariposa feliz, sus movimientos eran tan ágiles y sensuales que no me daba tiempo para disfrutar toda la belleza que emanaba de aquella forma extraña de armonía total entre nuestros cuerpos, que sin llegar al contacto directo permanecían en un estado de excitación interminable. Era todo esto verdaderamente placentero.

Podía percibir la necesidad de un hombre a su lado, no solo por los cuidados del bebé, sino porque esa joven madre debía compartir con su hombre la alegría de tener un hijo tan bello y saludable. Por demás está decir que siendo ella joven y bella, tenía también necesidad de una vida sexual plena y abundante, naturalmente con el hombre que había escogido para compartir el resto de su vida, su marido, es decir mi hermano mayor.

Así transcurría el tiempo, viviendo casi en pareja pero sin serlo, compartiendo cada día de nuestras vidas y todas las delicias del bebé, disfrutando de cada momento y haciendo de todo aquello una especie de novela privada y secreta, tan secreta que hasta los propios protagonistas no sabían o pretendían ignorar lo que realmente pasaba. Yo vivía para los dos. Mis notas en el colegio en vez de desmejorar, fueron en ascenso porque de alguna manera quería impresionar a mi cuñada o llamar su atención y qué mejor forma de hacerlo si no es siendo un "buen chico" que pudiese merecer algún premio, alguna atención, algún privilegio o por último alguna limosna.

Me apresuraba a llegar a casa, almorzaba lo que ella muy atenta me servía e inmediatamente iniciaba mis tareas de colegio en la mesita de su recibidor, mientras Lupita y alguna de mis hermanas atendían al bebé o conversaban disfrutando de la vida en familia. Alguna noche, intencionalmente me quedaba hasta muy tarde, argumentando que tenía mucha tarea. Esto se hizo tan frecuente que mis hermanas y mi madre, aceptaban con toda naturalidad esa mi relación tan íntima con mi cuñada, ya que se retiraban a dormir, dejándonos solos.

Me pareció que las circunstancias habían puesto la situación a mi favor, ya que mi presencia en la intimidad de mi cuñada era práctica común, inclusive hasta muy altas horas de la noche. Yo en el recibidor fingiendo hacer tareas y soñando con lo prohibido por Dios, la familia y la sociedad. Ella en su dormitorio, semidesnuda, alguna vez con parte de su exuberante belleza al descuido; talvez fingiendo dormir, pero ignorándome y sometiéndome a una especie de castigo, quizás por lo mal que salieron las cosas aquella primera vez o por el convencimiento de que ahora era madre de un hijo a quien debería consagrarse, además de la atención de su marido lo que significaría que yo debería renunciar a toda pretensión hacia ella.

Pero como suele ser en el amor, la inquietud y las tremendas ganas de cumplir con aquello que parecía mas que una simple atracción una obsesión, ahora nacía con fuerza incontenible de mí. Esto tornaba la situación muy complicada, al forzar mi permanencia por interminables horas en el recibidor de mi cuñada, fantaseando lo que le haría si fuese mía, doliéndome de no poder ser mayor y capaz de mantenerla para arrebatársela a su dueño, muriéndome de las ganas de poseerla y de vez en cuando, levantándome de la silla y a las escondidas, deleitando mis ojos con su bello cuerpo de mujer madura y madre reciente; parcialmente cubierto por las cobijas.

Mi imaginación me hacía fantasear que me ofrecía su cuerpo a manera de presente adelantado, a veces dejándome una teta al descubierto, otras una pierna y en la culminación de mi lujuria, su gran culo perdido a medias entre las sábanas, apenas cubierto por un pequeño calzoncito, ofreciéndose indefenso para que yo lo poseyera. En su dormido rostro imaginaba una sonrisa pícara de mujer adulta queriendo tentar al naciente lívido de un muchacho con los impulsos sexuales alborotados.

Maldecía mil veces por lo injusto que Dios era conmigo. ¿Porqué negarme la dicha de tener una mujer tan bella como la que tenía mi hermano? ¿Porqué permitía tal desperdicio dándosela a quien no la quería sino para adorno o para no sé qué?

Como no unir nuestros dos cuerpos jóvenes y fuertes, deseosos de amar y prestos a disfrutar del máximo placer que brinda la práctica del sexo como naturalmente debía haberlo hecho, en vez de cometer la aberración de juntar esa joven y bella y ardiente mujer con el vejete de mi hermano que además parecía estar ya conforme con haberle hecho un hijo, para luego olvidarse de ella y tenerla como un objeto siempre disponible para cuando se le antoje.

Cuanta diferencia habría del trato que esa mujer recibiría si fuese yo el dueño. Daría no solo la vida por ella, sino que tomaría prestado de quien fuese las fuerzas y las ganas de trabajar y prosperar para darle el futuro que ella y su hijo se merecían. Le robaría horas a los días para cumplir sus deseos y llenar sus expectativas. Me faltarían horas de la noche, para hacerle el amor las veces que ella lo quisiese o las veces que yo pudiese. Vendería al mismo diablo mi alma para lograr que ella fuese feliz, con el solo propósito de recibir una sonrisa, una caricia, un beso o mejor todo su cuerpo entero, como premio mayor por mis esfuerzos.

Era tanta mi fantasía y mi estado de excitación que no me quedó otra alternativa que adoptar la costumbre de observarla cada noche en cama, contemplarla dormida breve y deliciosamente en toda su belleza a veces con el hijo al lado y dirigirme de inmediato a mi dormitorio a continuar mis fantasías, las que casi siempre finalizaban con una espléndida paja, recordando cada detalle de su belleza corporal y en honor al gran y lindo culo de mi cuñada Lupita; a veces a sus excepcionales tetas, otras a sus contorneadas piernas o a su bello rostro, lanzaba los incontenibles chorros de felicidad con la mente fija en ella y nadie mas que ella, mi querida cuñadita; quien continuaba con esa especie de apatía hacía mí que lejos de desanimarme, alimentaba cada día y cada noche mi codicia.

Una mañana ya en clases, caí en la razón de que había dejado olvidado en casa el trabajo de matemáticas que la noche anterior había completado. Obtuve el permiso para retornar a casa por la tarea en cuestión. Al llegar, comprobé que no había nadie, miré hacia el cuarto de mi cuñada y no percibí movimiento pero la puerta estaba entreabierta. Me acerqué en forma silenciosa; alcanzando a verla dormida sobre el lecho, su cuerpo no estaba cubierto ya que algunos rayos de sol entraban por la ventana cubriendo parte de la cama lo que creaba un ambiente muy acogedor. Llevaba una camisa de dormir muy sexy y tenía al hijo amamantando a su lado.

Ese cuadro me enloqueció, sentí en el cerebro un zumbido al igual que cuando se recibe un fuerte golpe en la cabeza, entrecerré en forma breve los ojos como queriendo aplacar el dolor, pero los abrí de inmediato para seguir contemplando a esa bella mujer recostada, semidesnuda, con el bebé que yo también quería a su lado. Sus hermosas piernas descubiertas hasta donde era suficiente para dejar libre mi imaginación y completar esa hermosa imagen. Debajo de la camisa blanca, apenas asomaba un calzoncito muy pequeño de color rosado. La teta que daba al niño estaba completamente fuera de sus ropas mostrando su sensual redondez. Todo aquello era el espectáculo mas exquisito que yo había podido imaginar. Pero déjenme describirles lo que mas resaltaba del cuadro; el hermoso, gran y apetecido culo de mi cuñada que a pesar de la forma suelta de la ropa que llevaba, se mostraba en posición muy sensual y en dirección a mis ojos a manera de hermoso trofeo a mi disposición y que según mi cálculo, ya había hecho los suficientes méritos para poseerlo.

Una voz interna me decía que esta era la hora tan esperada, me impulsaba a tomar lo que me pertenecía, me convencía de que ella en verdad no estaba dormida sino que fingía ese sueño y que en realidad sentía los mismos deseos de unir su cuerpo al mío. Me conminaba a demostrar mi valentía y hombría tomando aquel cuerpo de una vez, ya que había hecho los suficientes méritos para merecerlo.

No sé cuánto tiempo permanecí deleitándome con aquella imagen, lo cierto es que el bebé hizo un ligero movimiento acompañado de un leve gemido y empezó a chupar con mas fuerza, lo que la despertó abriendo sus hermosos ojos, sorprendiéndose en primer plano con la imagen de su cuñadito, parado en el umbral de la puerta, seguramente con el rostro compungido y con unas ganas tremendas de decirle de una vez por todas, la verdad.

Hizo un movimiento un tanto brusco y nervioso, trató de cubrirse con algo sin encontrar con qué. Me miró, se sonrió y me volvió a preguntar, en el mismo tono de aquella primera vez cuando la acompañé a dormir:

- "¿Qué miras?".

Pensé en muchas respuestas. Debía decirle que miraba sus hermosas piernas que bien se merecían ser llenadas de besos desde las uñas hasta glorioso final, sus lindas tetas que deseaba peleármelas a capa y espada con mi querido sobrino; su hermoso cochito que aún no conocía pero que me lo imaginaba tierno, indefenso y tan inexperto como yo; su hermoso rostro que a esa hora de la mañana estaba listo y despierto para el amor, en fin, su hermoso culo que se ofrecía a mi tierna experiencia de amante secreto. Que miraba con verdadera codicia el cuerpo completo de la mujer prohibida, aquel cuerpo que me moría de las ganas de poseer ya que por ahora no era de nadie, que miraba con total envidia lo que el pelotudo de mi hermano mayor dejaba libre, como un verdadero "perro del hortelano" que "no comía ni dejaba comer".

O al contrario, quizás debía decirle que simplemente observaba a la respetadísima mujer de mi hermano junto a mi amado sobrino, con su espléndida belleza, su cuerpo delicioso y sensual por completo propiedad de mi hermano, todo aquello que con respeto me sentía en la responsabilidad de cuidar aún a costa de mi propia vida, sin el mas leve pensamiento pecaminoso ni deseo lujurioso y renunciando a mi propia virilidad, cual fiel monje entregado al celoso cuidado de la propiedad privada de mi honorable hermano mayor; como lo mas preciado del mundo.

Opté por algo tan confuso que ahora no recuerdo. Ignorando mi respuesta, ella tomando la iniciativa me dijo:

- "Es hora de que dejemos de mirarnos o nos miremos de una manera diferente, ya que sabes que soy una mujer completa y decidida".

Y con su habitual picardía en los ojos, concluyó:

- "Y ya es hora de que te hagas hombrecito de una vez por todas".

No sabía cómo interpretar aquello, solo atiné a que la naturaleza cumpliese con su trabajo y me dejé llevar por mi instinto, al acercarme lentamente cual dócil animal dispuesto a cualquier sacrificio, mientras ella apartaba suavemente al bebé hacia el otro extremo del amplio lecho.

Dado el estado de abandono en el que me encontraba, quise sentarme al borde de la cama para recobrar el aliento, ella no me dio tregua. De un zarpazo me agarró del cinturón y me bajó los pantalones con una destreza, decisión y firmeza que me hizo recordar a mi madre cuando muy niño, me desnudaba para darme un baño de agua fría en castigo.

No tuve alternativa que dejarme llevar por las manos diestras y apresuradas de mi cuñadita Lupe. Lo cierto es que de repente quedé completamente desnudo, de pie al borde de la cama y con mi hermosa cuñada ya recostada, abriéndome los brazos en la más exquisita invitación que hasta ahora haya recibido.

Ya sea por mi temprana edad o mi acentuada inexperiencia en las faenas del amor, o porque en ese preciso momento extrañaba a mi madre quien siempre me aconsejaba lo que debería hacer en mis momentos difíciles, lo primero que hice fue, apoyar mi cabeza en el pecho de mi cuñadita e instintivamente busqué con los labios sus turgentes pezones que aún estaban húmedos de la lactancia de mi sobrino. Sentí un sabor dulce y agradable al succionar suavemente la lechecita. Ella, recurriendo otra vez a su singular sentido del humor, me dijo:

- "No te acabes el desayuno de tu sobrino".

- "No te preocupes", le contesté acariciando suavemente las redondas y bien proporcionadas tetas y mirándolas con codicia: "aquí alcanza para cuatro".

Nos reímos con la naturalidad de viejos amantes. Aún al tratarse de nuestra primera experiencia en la práctica exquisita de la infidelidad, actuábamos con la sapiencia de dos expertos en las artes del pecado. En eso, aproveché para poner mi mano derecha sobre lo que más apreciaba de mi cuñada, su hermoso culo. Al sentir el inesperado contacto se estremeció levemente. Al parecer, el primer contacto de mis labios con sus tetas, debió parecerle algo natural, por estar acostumbrada a la atención a su bebé o porque nuestro contacto diario había alimentado (entre nosotros dos) una especie de relación madre - hijo. Lo cierto es que cuando mi mano hizo contacto con su culo, empezó a respirar de una manera muy especial y me acarició tiernamente la nuca, haciéndome una leve presión con sus delgados dedos que se deslizaban entre mis cabellos.

Quise deleitarme con la belleza de su rostro, mirándola fijamente, lo que vi fue un hermoso gesto de placer adelantado, abrió su hermosa boca y atrayendo mi rostro hacia el suyo, me regaló el beso mas lindo que jamás sentí y que de tanto tiempo atrás había deseado.

Mientras nos besábamos, con ágiles y diestros movimientos de su mano libre, se quitó lentamente el diminuto calzoncito y agarrando mi tímida mano la dirigió hacia aquello que yo deseaba con toda el alma pero que no me animaba a tocar por mi estúpida timidez: me llevó directamente hacia aquel hermoso cochito que al primer contacto de mis dedos dio una especie de brinquito, cual nervioso pollito que queriendo huir se entregaba entero a mis caricias. Para disfrutar mas aún del espectáculo dirigí la mirada hacia su concha y por primera vez pude ver los hermosos pelos que rodeaban aquel apetecible espécimen, eran del mismo color castaño de su pelo (pero mas rizados y abundantes). Había tal la cantidad de bellos, que me hizo un fugaz recuerdo de las revistas porno que compartía con mis amigos, pues el sapito de mi cuñada era muy parecido al de las ocasionales "estrellas" debido a la abundancia de aquellos sensuales pelos.

Abriendo las piernas, me ofreció su concha, hermosa e indefensa a mi tierna hombría que en ese momento se manifestaba con toda su potencia a través de mi duro miembro que apuntaba con ansias hacia ella, dándome unos deseos incontenibles de penetrarla. Diestramente ella cogió mi verga dándole una especie de masaje para ponerla "a punto", cuando vio que mi respuesta era inmediata, emprendió leves masajes apenas con la punta de su dedo índice justo en el lugar donde emergía el líquido lubricante esparciéndolo por toda la cabecita, preparándolo ingresar en su interior.

Por mi parte, no tuve tiempo ni paciencia para ver si ella estaba lubricada o no, si tenía el cocho seco o no y si yo tenía algún derecho sobre aquel hermoso cuerpo. O si disponía del permiso para cogérmela o no y por último si era de mi propiedad o no. Lo cierto es que sin medir consecuencias la penetré de un solo envión, cual travieso niño que se llena la boca con la apetecida golosina, de una vez por todas.

Empecé como un loco a tomar lo que no me pertenecía, como si alguien estuviese a punto de arrebatármelo o como si de una sola vez quisiese comerme enterito aquel cuerpo que por fin tenía a mi disposición, después de tanto soñar, de tanto desear, de tanto fantasear, de tanto intentar y de tanto pajear.

Todos esos años de mirar con ansias a mi cuñadita, todos los deseos acumulados de culeármela y de hacer mío cada parte de su hermoso cuerpo y como contraparte, todo el nerviosismo de saber que me merecía la excomulgación por el tremendo pecado que estaba cometiendo, todo ese cúmulo de sentimientos contradictorios se descargaban en ese gesto de machismo al tomar algo que en verdad no era mío sino de mi hermano.

Sentí en el glorioso ingreso de mi miembro en su interior un recibimiento tibio y cariñoso y unas tremendas fuerzas transmitidas por sus brazos para no retroceder ni un solo milímetro, sino mas bien avanzar decididamente adelante para seguir penetrándola hasta el fondo. Su respiración en suspenso, sus ojos completamente abiertos, su boca besándome con pasión, sus piernas alrededor de mis caderas aprisionando mi endeble cuerpo, su vientre sediento y desesperado de ser llenada por mis embates, todo aquello era justo lo que había soñado toda mi vida y que al final estaba logrando en medio de un singular acto de posesión de aquello que reclamaba como propio, aunque la cruel verdad era otra. Esta especie de sueño en pleno paraíso, no era otra cosa que un acto sexual de un adolescente con la mujer prohibida. Un pecado.

Quizás para asegurarme que lo que estaba ocurriendo no era otra simple fantasía (de las muchas que en mi soledad alimentaba con mi cuñadita), saqué mi verga de su interior, incorporándome parcialmente en la cama, la observé plácidamente con los ojos llenos de tanta belleza y pude ver algo realmente hermoso: tendida ella de espaldas con el cabello suelto sobre las almohadas, con los ojos bien abiertos, mostrando una expresión de desesperación por haber yo interrumpido la unión de nuestros cuerpos, pero sin decir palabra alguna. Sus tetas aún repletas de leche erguidas y con los pezones exaltados apuntando hacia mí. Con las hermosas piernas semilevantadas y abiertas y aquel hermoso cocho pendiente de mi miembro, toda una poesía, mucho para un inexperto amante, mucho para un simple mortal intruso en territorio que no le pertenecía, muy poco para tanta belleza y demasiado para lo poco que podía ofrecerle.

Como un niño caprichoso, volví entonces a la práctica de aquello tan delicioso y con la ayuda de su hábil mano derecha, ambos logramos una nueva penetración igual deliciosa, sintiendo yo el contacto de mis bolas con su hermoso cochito que se ofrecía completo en esa posición, mientras nos dábamos besos desesperados. Ella jadeaba con tal fuerza que pensé que en cualquier momento podría faltarle la respiración, daba gritos tan fuertes que solo me tranquilizaba el convencimiento de que no había nadie en casa, gritos que se aplacaban parcialmente cada vez que nos besábamos. Con sus muy bien formados y protuberantes labios me besaba con tanta fuerza y pasión que cada beso era una especie de pedido de auxilio de quien necesita en forma urgente amor, placer y atención.

Después de estar haciendo el amor en la posición del "misionero" por unos minutos, aparentemente se cansó de la misma o mas bien quería aun mas, de tal manera que terminó subiendo sus piernas hasta colocarlas por encima de mis hombros. Advertí cierto temor o precaución a la hora de cambiar la posición, las razones las sabría en mis futuras experiencias sexuales con ella.

El contacto de la concha de mi cuñada con mi sexo en esta posición era tal, que prácticamente sentía hasta el mas leve latido de sus labios vaginales. Su humedad producto de la excitación, me habían empapado parte del vientre. Así permanecimos otro rato al final del que yo le pedí que no se mueva, sentía que estaba por venirme, pero que deseaba disfrutarla un poquito mas y que deberíamos descansar. Ella prácticamente me suplicó:

- "Está bien, descansemos, pero por favor no la saques".

Accedí gustoso porque estando dentro de ella me sentía protegido por su exquisita concha como una especie de abrigo maternal. Abrazándome, bajó ligeramente las piernas hasta recuperar la posición inicial. Después de besarnos larga y apasionadamente, dijo:

- "He deseado hacer esto desde aquella tarde en que me viste en la cama mientras mi marido dormía". "He deseado hacer el amor contigo la noche entera que me acompañaste a dormir en la que por desgracia todo salió mal y que no pudimos hacer nada".

Mi cuñada me estaba revelando que ella vio lo que yo vi y que sintió lo que presentí. Era evidente que en esa ya lejana tarde, ella estaba pajeándose al lado de su viejo marido dormido y que la noche de nuestra primera mirada, de nuestro singular y cruelmente frustrado primer encuentro, era toda una excusa para coger conmigo. Ambas revelaciones me despertaron nuevamente las ganas de seguir en el empeño de penetrarla una y otra vez a placer, siempre por delante y cada vez con más ímpetu, acariciando sus hermosas tetas una con cada mano y besándola en la boca en forma repetida.

- "Qué rico lo haces cuñadita", le dije. "Si hay algo que realmente deseo es cogerme a la mujer de mi hermano por detrás……..tu culo me tiene loco desde que te conozco".

Al escuchar esto, ella se estremeció de tal forma que su respiración se paralizó, hizo un último movimiento circular de su estrecha cintura logrando que su conchita le dé un masaje especial a mi verga, que me permitía percibir en la dura pared de mi sensible miembro el contacto de su sobresaliente clítoris, que a manera de un botoncito viviente, se restregaba una y otra vez en cada vaivén de nuestros cuerpos haciendo que toda ella temblara, en un suave vaivén en oleadas de ese físico tan armoniosamente distribuido.

- "Por fin soy tuya cuñadito", me dijo. "Dame por todo cuanto me deseaste, hazme llegar al orgasmo, lo deseo de veras".

- "Quiero que goces mi amor, quiero que disfrutes", le dije, "Quiero sentirme hombre, un hombre que hace feliz a una mujer tan bella como tú".

Entonces se vino, en un espasmo que nunca más he podido experimentar en ninguna otra mujer. Ya sea por el abundante tiempo que ella había permanecido sin mantener un contacto sexual con hombre alguno o por su propia característica al acabar, su orgasmo fue tal que prácticamente me sorprendió; pude sentir los temblores de sus labios vaginales y el abundante líquido que manaba de su conchita, pude ver sus hermosos pezones que ahora estaban mas protuberantes que nunca y su hermoso rostro en un estado de delirio y una vez mas su tic nervioso aún mas pronunciado, prueba de su total excitación.

Sentí el temblor general de su cuerpo, desde los pies a la cabeza, en su abdomen y especialmente en su conchita, mientras daba gemidos ahora cortos y suaves pidiéndome que no la saque. En ese momento, aunque yo no había llegado aún al orgasmo, fui tremendamente feliz y juré serle siempre fiel y siempre leal por el resto de mi vida.

Poco a poco dejó de menearse, manteniendo su boca pegada a la mía, besándome suavecito, con mucho cuidado sacó mi verga de su concha, quedándose quietecita, me preguntó:

- "Cómo quieres acabar mi amor?"

Mi respuesta no fue inmediata, sólo la besé en la boca. Manteniendo ella la misma posición, metí ambas manos debajo del culo y volví a penetrarla por delante. Tenía en mis manos el poderoso culo de mi cuñada, sentía la firmeza de aquella delicia de su cuerpo, era suave y firme a la vez, lleno de vigor y con unas tremendas ganas de seguir cogiendo. Al saberme poseedor del culo de la mujer de mi hermano mayor entre mis manos y su bella conchita penetrada por mi verga me exasperé en extremo, al disponer libremente de algo que no era mío y que lo tomaba porque me daba la mismísima y real gana, que me la tiraba porque además ella me aceptaba y lo deseaba y que podría de hoy en adelante hacer lo que yo quisiese…. todo eso me daba una sensación de poder adicional.

A la mierda todos los preceptos religiosos y las taras que echan a perder el amor, me dije, al diablo con lo prohibido, al carajo las taras sociales que nos encajonan. Para mí lo único realmente prohibido era el inútil y cruel desperdicio que ocasionaba mi hermano no sólo de la belleza del cuerpo de su mujer, sino de su excepcional forma de hacer el amor y de su capacidad para dejarse amar.

Esas cavilaciones, la sensación de estar pecando sin importarnos de la presencia de mi pequeño sobrino en la misma cama y el extremo peligro que ambos corríamos de ser sorprendidos por algún inoportuno, me mantenía en vilo, sintiendo los primeros espasmos de una corrida que se manifestaba en forma inapelable. Ella lo percibió, por lo que hizo unos movimientos de cadera circulares y rítmicos y me hizo gozar en medio de los gritos y gemidos de ambos, mientras yo empujaba mi miembro lo más profundo posible, para llegar a lo mas bello en el interior de ella; como queriendo dejar mi semilla en el terreno mas fértil de mi amante y pretendiendo compensar mi inexperiencia con una entrega total, sin medidas, sin recatos, sin nada de precauciones ni privaciones y con mucha bronca a la vez.

Aunque ya había tenido algunas experiencias sexuales anteriores con muchachas de mi edad, yo recuerdo aquella como mi primera vez, por la especie de toque eléctrico en toda mi columna vertebral. Mi cuerpo entero se vació a través de mi verga y me desleché en la concha de mi cuñada, prácticamente llenando de semen ese hermoso agujero en cantidad abundante. Al sacar mi verga una vez satisfecho, pude ver un poquito de mi semen saliendo de su cuerpo como expulsado por los espasmos que todavía ella sentía.

Luego, aprovechando que mi miembro aún estaba duro, ella lo cogió con cariño y metiéndoselo nuevamente con gran maestría, me dijo:

- "Aún falta un poquito".

Nos quedamos así, yo dentro de ella y ella llena de mí. Permanecimos completamente quietos, yo porque sentía mi verga tan sensible que no soportaba la mas leve caricia, ella porque estaba preparándome algo especial o adicional al supremo placer que ambos acabábamos de experimentar. Permanecimos pues uno o dos minutos muy quietos, sin hablar nada y sin hacer movimiento alguno, pero aún besándonos suavemente en la boca.

- "Quieres sentir cuán feliz me haces?", me dijo.

- "No solo deseo sentirlo, sino que ansío compartirlo", le contesté.

Entonces ella, con suavidad y destreza, sacó mi verga de su interior que como podrán entender estaba completamente empapada, guiando luego suavemente con ambas manos mi cuerpo para que me bajase y me tendió boca arriba en la cama.

Me dejé llevar como un bebé que se deja atender por su madre, no puse ninguna objeción, por el contrario, dócilmente cual corderito me dejé conducir rumbo al sacrificio. Estaba dispuesto a morir en aras del amor, del amor prohibido, de esa relación pecaminosa que sin embargo resultaba tan placentera que nos mantenía embriagados.

Mi miembro aún mantenía una cierta erección, ella lo acarició suavemente con ambas manos, la reacción pareció ser inmediata, observé levantando la cabeza que mi verga aún sobresalía de mi cuerpo como dispuesta a continuar con el juego. Ella sin pérdida de tiempo se subió encima en la posición "a caballo", manteniendo su cuerpo sobre sus rodillas ubicadas en ambos lados de mi cuerpo, mientras se apoyaba en mi pecho con una mano pero sin ser penetrada aún.

En esa posición, mi miembro que es ligeramente torcido hacia arriba cuando está erecto; mantenía delicioso contacto con el calientito canal del culo de mi cuñada. Este roce era lo que yo estaba buscando. La idea de cogérmela por el culo era algo que me mantenía obsesionado y el solo hecho de imaginarme mi miembro en medio de aquel canal glorioso, rodeado por las abundantes carnes de las nalgas de mi cuñada, me hacía sentir dichoso. Agarrando con la mano libre por detrás de su cuerpo, guió mi verga hacia su conchita una vez mas. La penetración fue nuevamente maravillosa. Otra vez me sentí el ser mas protegido del mundo, ella tenía el interior también calientito y acogedor y me presionaba con una fuerza que de veras me hacía sentir muy bien.

La expresión de su rostro en frente de mí que podía apreciar con toda plenitud era de absoluto placer, ahora con los ojos cerrados y la boca entreabierta, disfrutaba de cada movimiento. Con la mano que guió mi verga ahora me toqueteaba las bolas por momentos y luego se acariciaba los senos que colgaban de su cuerpo maravillosas, redondas y llenas. Cuando se inclinaba para besarme, el espectáculo era mucho mas hermoso, pues sus senos, tan armoniosamente distribuidos, tan sensualmente "cargados" y tan propiciamente a mi medida y a mi entera disposición, se mecían en suave vaivén rozándome el cuerpo con sus protuberantes pezones, posándose finalmente como mansas palomas sobre mi pecho, haciendo un contacto directo digno de los dioses.

En esa posición, besándonos apasionadamente y moviéndonos rítmicamente para procurar ese mete y saca tan delicioso, mi cuñadita por momentos dirigía su mano para sacar mi verga de su interior, acariciándomela y masajéandose suavemente el cochito, volvérsela a meter enterita, lo que nos daba tal placer que no aguantábamos los suspiros y los gestos de felicidad.

Entonces levantando el cuerpo, mostrándome sus bellos pechos y su rostro conteniendo un gesto de total excitación, con el cabello cayendo como cascada sobre unos de sus senos y apoyada apenas sobre los dedos en contacto con mi abdomen, empezó una "cabalgata" digna de la reina de las "Amazonas". Con rápidos y acompasados movimientos, permitía la entrada y salida de mi verga en una danza perfectamente acoplada, como mil veces ensayada, con un ritmo cada vez mas acelerado, con unos ruidos tan sensuales de su culo chocando con mis caderas y de su concha ahora ya completamente mojada por mi leche mezclada con sus propios jugos y de sus senos que seguían la cabalgata en completa armonía, libres y felices.

Llegó lo que tenía que llegar, me apretó con mucha fuerza la cintura con sus manos, sentí que me levantaba en vilo y me "comía" enterito con su concha, aprisionaba con tremenda fuerza mi cuerpo con sus piernas y descargaba todo el peso de su cuerpo sobre mi verga, sentí el contacto en lo mas profundo de su vientre, era algo indescriptible, sólo la punta de mi miembro podía disfrutar en forma completa y directa aquel contacto hermoso.

Como ya había llegado al orgasmo antes, un poco mas tranquilo disponía de la serenidad necesaria para percibir los detalles del deleite que ella estaba por experimentar.

Hizo una especie de movimiento circular de sus caderas sobre el "eje" que significaba mi verga dentro su cuerpo, acompañando con otro movimiento similar de su cabeza seguida de su abundante pelo y de sus hermosos senos cuyo movimiento completaba aquella danza divina, inició el movimiento de retorno girando las caderas en sentido contrario, pero no llegó a completarlo porque se vino en una andanada de contracciones de su concha, sus piernas y sus brazos que me sujetaban con mucha fuerza.

Derramando abundante líquido cuyo leve chorro sentí resbalar lentamente por mi entrepierna camino a las sábanas, llegó a un orgasmo tan bello que no me quedó otra alternativa que "solidarizarme" y, embriagado de placer, cerrando los ojos, provoqué una deslechada, jalándole de los pelos para que me besara y sacando mi verga después de haber dejado el primer chorro en su interior, apenas con el tiempo suficiente para terminar de descargar esos líquidos en el precioso canal de sus nalgas completamente abiertas para mí y parte en el abundante culo que se mostraba protuberante y completo dada la posición.

Mi cuñada, metiéndosela rápidamente me regaló con una especie de exprimida con su conchita que me dio una sensación de ser succionado por el pene con mucha fuerza y cariño a la vez.

- "Gracias mi amor", dijo simplemente y ambos nos derrumbamos en la cama exhaustos de la experiencia.

Aún me sobró tiempo para reprocharme en voz alta el no haberme dado el gusto de cogerla por detrás, de "comerme" aquel culo que tanto deseaba.

- "Tienes aún que hacer méritos". Me dijo "Eso es algo muy especial que te lo daré una vez que cumplas ciertos requisitos…….. Si todo va bien, una de estas noches tendremos mas tiempo, tengo un plan", finalizó.

Cuando vi el reloj, eran prácticamente las once de la mañana, me vestí apresurado, pensando en el profesor que estaba esperando mi retorno con la tarea hecha. Salí de casa; sin importarme del especial olor que mi cuerpo despedía por el contacto que acababa de mantener, convencido de que a partir de ese momento todo había cambiado para mí y que se había abierto una especie de portalón en mi vida sexual y sentimental.

Me sentí dichoso por la feliz iniciación; pero a la vez tremendamente compungido por las consecuencias que parecían avecinarse. Después del infinito placer mezclado con el máximo riesgo que ambos no tuvimos tiempo ni siquiera de calcular, empezó de inmediato el crudo sentimiento de culpa que ni siquiera me permitía percibir los verdaderos efectos de este primer contacto no solo en mi vida particular, sino que en la familiar y en mi relación con mi hermano mayor. Menos aún darme cuenta que esta y otras experiencias con mi cuñada, marcarían para siempre mi comportamiento sexual. Aún ahora, siento que mi desenvolvimiento en la cama, sea cual fuere mi pareja, tiene algún toque de aquella primera vez y hasta me animaría a decir que en cada pareja que consigo, trato de encontrar algo de esa espléndida mujer.

Eso es todo por ahora, tengo ganas de contarles mis posteriores experiencias con Lupita, de nuestros problemas posteriores, de los apuros que corríamos para vernos a solas aunque fuese por breves momentos y del tremendo sufrimiento que significó para ambos el haber iniciado esa relación tan proscrita por las costumbres de nuestra sociedad. También desearía contarles de cómo me hice acreedor al premio mayor, al mas esperado, al mas codiciado, al mas apetecido: a su gran y lindo culo. Siempre y cuando la paciencia ustedes mis lectores lo permita.

Escríbanme comentarios, los espero, chau. Mi correo es: erosnovato2007@yahoo.es



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