El siguiente capítulo de mis "memorias" de iniciación sexual
se desarolla lejos de Marcos y del coche de su hermano.
Los que hayáis leído el anterior relato ya sabréis que Marcos
era mi novio por entonces. Lo quería mucho pero ese verano pasó lo que muchas
parejas de nuestra edad, 16 años: nos íbamos con nuestros papis al lugar de
veraneo y nuestra relación se convertía en un punto y aparte. Al volver a clase
ya lo retomaríamos donde lo habíamos dejado, nos dijimos.
Así llegó mediados de julio, conmigo en la costa Brava y él
en Salou.
Allí recuperé la intermitente amistad de cada verano. Es
curiosa ese tipo de amistad. Estás 9 meses sin verte, durante los cuales han
pasado muchas cosas y, claro, los primeros minutos de reencuentro se convierten
en un intenso resumen de lo acontecido durante el curso. Los años anteriores
siempre estaba la historia de a la que le había venido la regla, de la que ya
llevaba sujetador, los novios,etc.. Claro este año iba a ser yo la estrella: la
primera a la que le habían metido un dedo.
Pues así de segura de mí misma empecé a relatarle a mis
amigas lo acontecido en el asiento trasero de aquel Corsa blanco. Cuando llegué
al momento cumbre hice una pausa, las miré y lo dejé ir: -" y me metió el
dedo!!!! Les dije ilusionada y emitiendo una risita nerviosa y sacudiendo mis
hombros. Yo esperaba exclamaciones de sorpresa, miles de preguntas... Nada de
eso. Un simple :- "aaah, como Carol".
Y allí estaba ella. Carolina. Casi 17 años y 2 con su cuerpo
totalmente desarrollado. Desde entonces era la envidia de todas: sus biquinis
llenos, esas camisetas que le quedaban tan bien sobre sus tetas... Y claro, ella
tenía que ser la que convirtiera mi mejor historia desde mi nacimiento en un
vulgar historia más. Carol me miraba. No expresaba nada en su cara aparte de un
"a mí que me vas a contar" absolutamente sobrado.
Entonces "fingió" un ataque de camaradería apuntándose al
carro: -"¿a que es genial?, ¿te corriste con su dedo dentro?- a mí me volvía
loca cuando me lo metía entero" .... Y así hasta convertir aquello en un
monólogo con su estúpida historia.
Yo me mantuve callada todo el rato fingiendo estar atenta.
Que bien lo hacemos las mujeres eso de ser hipócritas.
Cuando aquello acabó pude llevar a cabo algo en lo que las
mujeres también somos verdaderas artistas: la confabulación interesada en pos de
una buena rajada a espaldas de otra. Con Montse pusimos a Carol a parir en todo
el camino hasta casa.
Pese a que me caía como el culo, los días fueron pasando con
aparente normalidad: mañana en la playa, tarde en la piscina o playa, y noches
en algún bar barato y, ocasionalmente en alguna disco donde nuestros
florecientes cuerpos lograsen colar por mayores de edad.
Llegó el final de julio y ya habíamos logrado llamar la
atención de un grupo de extranjeros que estaban en situación parecida a la
nuestra: vacaciones-secuestro por parte de los padres.
Pues ahí estábamos nosotras, tomando el sol rodeadas de
buitres europeos. Y cómo nos gustaba!!! Llegábamos a la playa con nuestro
horario español y ahí ya estaban ellos esperándonos, con sus toallas extendidas
desde que habían llegado, a una hora en que tú te pensabas que las playas aún
estaban cerradas.
Los primeros días nos agrupábamos las chicas casi en círculo,
como si sirviera eso para protegernos entre nosotras. Al pasar los días el
límite entre chicas y chicos se iba diluyendo hasta llegar a la agrupación casi
por parejas en los días finales de sus vacaciones.
No hace falta que os diga quien fue la primera de nosotras en
tener una toalla con maromo a su lado: la de las tetitas desarrolladas y el dedo
en su coñito, y no me refiero a mí. El tipo en cuestión era el típico cachillas
de playa con su bañador ajustado y su actitud de cabecilla de grupo.
Yo me fijé, desde el principio, en un chaval con el pelo
largo rizado, tan alto como yo y cuerpo normalito: ni gordo ni flaco, ni alto ni
bajo. Gus se llamaba.
Lo genial de la situación era la comunicación. Nosotras
sabíamos lo justo de inglés: -"Yes, No, Thank You" y alguna palabreja más. Y
ellos tres cuartos de lo mismo de castellano. La comunicación se basaba en
miradas, gestos y algunos roces. Brutal.
Fue una noche en la playa cuando nos enrollamos por primera
vez. Carol y el cachas se habían alejado del grupo. A lo lejos se observaba el
típico movimiento de magreo desenfrenado. Yo tomé posición cerca de mi elegido y
simulé un cansancio extremo. Al poco rato me recuperaba de mi "lipotimia" con mi
cabeza en su regazo. Él estaba sentado sobre la arena mientras sus manos
acariciaban cuidadosamente mi cabello. Yo simulaba tener fuerzas sólo para abrir
mis ojos y sonreirle satisfecha por estar a su cuidado. Llegué a decirle algunas
cosas como "honey", "thank you" mientras le acariciaba lentamente la mejilla con
el dorso de mi mano. La luna iluminó el momento del primer beso. Lo primero que
noté fue sus cabellos cayendo sobre mis mejillas. Las cosquillas se unieron a
una respiración y un corazón cada vez más desbocados a medida que nuestras bocas
se acercaban. Todo se inició con un roce de labios casi inexistente.
Otro más.
Ambos íbamos con cuidado, con la sensación que el más mínimo
gesto mal hecho podría echar a perder todo lo de después. Pero el error no
llegó... Y nuestras lenguas lo ratificaron. Colgada de su cuello admití su
lengua en mi boca y bailé con ella: primero un vals, luego un tango y finalmente
un cha-cha-chá.
Su mano se posó en mi vientre mientras nuestras salivas se
mezclaban. Esa noche no pasamos de ahí pese a que podía notar a su duro
compañero con ganas de ver la luna. El bultazo que se adivinaba en los
pantalones era de aúpa.
Nosotras veraneábamos en distintas urbanizaciones que
alternábamos por las tardes. Si tocaba pasar la tarde en la mía, significaba
estar sin hacer nada con Gus por la posible interferencia de mi familia. Por la
contra, las amigas que no tenían a su familia cerca aprovechaban para pegarse un
buen lote. Así manteníamos nuestra buena reputación de cara a nuestros padres.
Y no sabría deciros la razón, pero los mayores calentones me
venían las tardes que piscineábamos en casa de Carol. Recuerdo una en la que Gus
y yo estábamos en la piscina: yo lo tenía emparedado contra una de las paredes.
Era imposible estar más cerca. Yo rodeaba su cintura con mis piernas y mis pies
se unían detrás de su culo. Con ayuda del agua él me mantenía alzada a pulso y,
aunque en un principio mantuvimos la compostura, no tardamos en comernos la boca
para merendar. Aprovechando las postura y el camuflaje del agua Gus me sujetó el
culo con sus delicadas manos. Las sentía agarradas con fuerza a mis nalgas pero
sin dejar de moverse. Eran movimientos tímidos pero estudiados. Se cuidaba bien
de no llegar a ningún sitio concreto.
Yo, en cambio, buscaba provocarle a tope: apretaba con mis
pies hacia mí. El resultado, evidente. Nuestros sexos separados sólo por dos
finas telas de baño. Luego inicié un ligero vaivén de caderas que tuvo una
respuesta inmediata en forma de erección que casi me hace gritar de júbilo.
Sentir ese submarino holandés golpeando en los lugares más recónditos de mis
muslos hizo que me pusiera a sudar pese a estar rodeada de agua.
A nuestro alrededor nadaban niños, padres, madres,
hermanas... A nosotros nos daba igual. Una de sus manos lo demostró metiéndose
entre el bañador y mis nalgas. Yo le respondí con un golpe en su hombro y una
sonrisa juguetona y me separé de él nadando lo más rápido que pude. Fue un golpe
de aviso simpático pero dejándole claro que no se pasase ni un pelo. Hoy y
ahora, no.
Me dirigía hacia donde estaban mis amigas. Todas ocupaban su
toalla y la mayoría nos observaba divertidas. Las oí gritar mi nombre y el de
Gus mientras sacudían sus brazos.
Me giré y vi a Gus nadando a toda pastilla con la quilla que
tenía entre sus pantalones dirigiéndolo recto y directo hacia mí.
Yo inicié la fuga y llegué al borde de la piscina, a escasos
metros de mis amigas que me seguían animando y empujando con sus carcajadas.
Un esfuerzo más y estaría salvada.
Cuando ya tenía medio cuerpo fuera del agua algo me agarró
los tobillos y tiró con fuerza. El depredador había sido más rápido que la
presa. Suele pasar cuando la presa desea ser atrapada.
Gus me zambulló entera y no paré de reírme hasta que volví a
emerger.
Sólo salían nuestra cabezas por encima del agua. Reíamos. Me
dispuse a abrazarle y besuquearlo cuando él tomó la iniciativa y me agarró por
las axilas.
Como si fuera un títere, me volteó, dejándome contra el borde
de la piscina, mirando a mis amigas y a sus amigos.
-"Don’t move. You are under arrest"- creo que fue lo que me
dijo.
Descansé los codos sobre el borde y obedecí al policía.
-"You are a bad girl"- me dijo mientras rodeaba mi cintura
con sus manos.
No paré de reír hasta que me di cuenta que aquello iba en
serio: cuando noté la porra del policía que me apuntaba directamente a las
nalgas.
Aquello me paralizó. Supongo que mis amigas vieron algo en mi
cara que las puso sobre aviso. Todas rieron. Supongo que fue la boca en forma de
Oooo y los ojos del tamaño de naranjas.
Entonces logré recuperar el control de mi cuerpo. Empecé a
sacudirme intentando escapar.
Fue en vano. O todo lo contrario. Con la porra clavada entre
mis nalgas convertía cada uno de mis movimientos de escape en más placentero que
el anterior.
No tuve más opción que quedarme quieta a su merced.
Yo mantenía la barbilla y los brazos apoyados en la playa de
las piscina y Gus se apoyaba con las manos por fuera de mí.
Miré hacia donde estaba el grupo y les transmití
telepáticamente lo que pasaba bajo el agua. Me esforcé especialmente en que mis
ondas cerebrales llegasen a Carol. La miré fijamente a los ojos mientras mis
nalgas recibían el cacheo: la endurecida punta me recorría todo el culo,
reseguían la raja hasta llegar a la espalda, subían un poco y volvían a bajar
para volver a empezar.
Viendo la expresión de Carol ya me di por satisfecha: su ceño
fruncido, su cachas a tres metros de ella que no se perdía nada de lo que
hacíamos Gus y yo... Y, claro, me animé, aún más.
Fue un simple gesto. Un movimiento de apenas unos centímetros
pero demoledor: subí la cintura, poniendo mi culito en una pompa perfecta.
Para Gus, aquello ya no era un culo, era una diana que pedía
ser acertada en pleno centro.
Sus manos desaparecieron de la superfície y, fijando el
objetivo por las caderas, lanzó el dardo todo lo fuerte y certero que pudo. Y
vaya si acertó !!!!. Hasta el fondo.
Lo que me sorprendió es que no acertó en la diana principal,
sino en la otra. Nunca había sentido nada parecido en mi ano.
Instintivamente me protegí con una mano que usé a modo de
escudo.
La maniobra surtió el efecto principal deseado, pero conllevó
uno colateral inesperado: su polla quedó perfectamente alojada entre mis dedos.
Repito, su polla. No su bañador. No sé cuando ni cómo se lo
había hecho, pero era una evidencia.
Cuando logré salir de mi estupor habían pasado unos segundos
preciososos durante los cuales Gus aprovechó para, literalmente, follarme la
mano. Con leves sacudidas de cadera, el falo cruzó mis dedos unas cuantas veces.
Sentía la piel arrugarse entre ellos y algo más suave y caliente saliendo,
tocando mis cerrados dedos.
De un salto abandoné la piscina. No recuerdo cómo crucé el
espacio que me separaba de las toallas, ni cómo me senté, ni dónde. Cuando me
recuperé estaba en mi toalla, con la mirada de todas mi amigas fija en mí. Gus
seguía en el agua... Y no pudo salir durante un buen rato...
Al salir, ya "más tranquilo" se sentó a mi lado y me besó,
calibrando mi estado de ánimo. Supongo que si me hubiese mostrado contrariada no
sería extraño, pero no lo estaba. Únicamente estaba desubicada. Era la primera
vez que tocaba directamente una polla y me sentía un poco mal por que no fuera
la de Marcos. Se merecía que, si mi coño había sido el primero que él había
tocado, hubiese pasado lo mismo al contrario. Ahora ya no había vuelta atrás. Y
Gus era increíble. Le devolví el beso encantada y Marcos y su polla
desaparecieron de mi mente en el instante que su lengua contactó con la mía.
Cuando ellos se fueron a cenar a casa, a eso de las 7 de la
tarde, mis amigas cayeron sobre mí aporreándome a preguntas. Yo iba a
contestarles con evasivas, pero fue ver la cara de Carol y salió todo el
episodio de la piscina de "pe a pa". Hasta añadí algún toqueteo vaginal y
alargué la duración de la estancia de la polla entre mis dedos... El ligero roce
de falo se convirtió en una soberana paja. Ahora, si hubiesen contado el tiempo
que estuvimos juntos en el agua y, sabiendo lo que suele durar una buena paja,
no hubiera colado, pero entonces y a esa edad, el solo hecho de estar a dos
centímetros de una polla ya era todo un acto sexual.
Por supuesto, Carol esa misma noche le hizo una tremenda paja
a su cachas holandés... Era evidente la rivalidad que existía entre nosotras y
que aumentaba día a día. Yo me creí justo la mitad de lo que contó. Seguro que
no había pasado de un simple toqueteo de polla y nada más. Cómo podía mentir a
sus amigas así...era una arpía mentirosa, Carol, claro está.
Dos amigas más también se emparejaron ese verano pero no
pasaron de simples magreos de mamas y besuqueos varios. La "competición" era
entre Carol y yo.
Y llegamos a la meta muy igualadas. Era un sábado noche. Al
día siguiente partían todos a sus lugares de origen y nos preparamos un botellón
en la playa, ya que por entonces aún no estaba prohibido.
Pese a que todos éramos conscientes de lo que significaba,
nos la planteamos como una noche más, no como la última noche. Desde un
principio sabíamos que aquello tenía fecha de caducidad, y no era cuestión de
perder las pocas horas que nos quedaban llorando. Ya habría tiempo para eso
mañana.
Hace poco visité la misma playa una noche, ya acompañada de
mi novio actual. Unas potentes farolas anulan todo lo que aquella noche nos
sirvió de tapadera: la íntima oscuridad y el misterio del mar agitándose
invisible. Me imagino una multitudinaria manifestación de padres pidiendo esas
farolas para poder encontrar la virginidad que le habían robado a sus santas
hijas unos desalmados aprovechándose de la oscuridad... Una pena, pero que le
vamos a hacer.
Volvamos a esa noche. Sería principios de agosto. El mar
parecía una piscina de petróleo y lo único que alteraba la calma eran nuestros
gritos y risas. Cada ciertos metros se adivinaban otros grupitos como el
nuestro, pero cada uno éramos cuerpos celestes con órbitas independientes. Era
como si no existieran, además, seguro que ellos no eran tan geniales y guays
como nosotros. Algunos encendían pequeñas hogueras para dar más calidez al
asunto. Pero nosotros no lo necesitábamos. De eso nos sobraba.
Equipados con garrafas infinitas de sangría y de diferentes
combinados a cuál más explosivo iniciamos la beach-fiesta, que era como ellos
llamaban a este tipo de eventos.
No había tiempo que perder y no fue una noche de largas
conversaciones en grupo. Cada cuál con el suyo tan pronto como el alcohol empezó
a surtir su efecto.
Yo ya estaba estirada junto a Gus, aferrada a él y dando de
comer a nuestras lenguas. Como he dicho antes era una noche para no perder el
tiempo y su mano enseguida se coló bajo mi camiseta. Otras veces le paraba un
poco los pies, pero esa noche no. El sujetador era un collar atento a las
atenciones que "sus amigas" recibían con placer. Me las amasaba pacientemente,
trabajando mi cuerpo con tranquilidad, como debe ser. De vez en cuando forzaba
hacia arriba y apretaba, aumentando el contacto y la sensación que me producía.
Pasaba de una a otra teta sin prisas, en el momento justo. A diferencia de
Marcos hacía cada cosa a su tiempo, sin malas consejeras.
Os diría que Gus era como un cocinero experto que sabe cuando
un plato está en su punto y ya puede cocinar el siguiente y poner el primero en
el horno ... Y desde luego que el segundo plato ya estaba preparado, y el horno
a temperatura máxima. Yo, toda entera, era un horno y de segundo plato había
almeja.
Su mano fue reptando hacia abajo sobre mi piel. Llegó a los
pantalones y se frenó. Pero no paró.
Empezó dibujando círculos invisibles.
Yo no dije nada.
Supongo que en holandés también entienden lo de "quien calla,
otorga" y aumentó la presión.
Las braguitas se me clavaron en plena raja. Noté como todo se
empapaba al instante. Mis caderas empezaron a subir y bajar al tiempo que mis
piernas se separaban ligeramente.
Entoncesvel dedo desapareció. Las bragas seguían metidas
entre mis labios. No podía parar la cadencia que habían iniciado mis caderas.
Solas, subían y bajaban e iban de lado a lado.
Mis ojos se cruzaron con los de Gus. Los cerré y me lamí los
labios. Cogí su mano y forcejeé para meterla en mis pantalones.
Él se soltó de un tirón.
-"Wait, my darling, wait..."- me dijo.
Yo no podía esperar. Necesitaba esos dedos dentro de mí. Ya.
Ahora.
Me desesperaba esa frialdad y ese autocontrol.
Mientra yo estaba ahí estirada, él me observaba
tranquilamente de pies a cabeza y me acariciaba la barriga.
Qué cabrón, pero que bueno era.
El coño me ardía como nunca y el tío se dedicaba a mirarme y
a besarme el ombligo casi sin rozarme, sólo con sus labios.
Mi espalda se arqueó. Necesitaba tensar todos mis músculos
para contrarrestar lo que mi entrepierna me producía: un escozor terrible.
Alzó un poco mi jersei y repitió la caricia con sus labios
sobre un pezón.
Diooos!!!!!!.
Continuó con el otro después de tapar el primero
ordenadamente con mi jersei.
El roce de su labio superior me hizo jadear. El roce del
inferior me volvió loca.
Agarré su cabeza y la incrusté en mi pecho.
De nuevo, se zafó de mis abrazo, escapándose por un lado.
Mirándome a los ojos me preguntó: -"what do you want?".
Yo agarré su mano derecha y me dispuse a bajarla al centro de
mi ser.
De nuevo una desesperante resistencia.
-"No... Say it"- me dijo con toda su jeta.
Busqué desesperadamente en mi cabeza todas las palabras en
inglés que conocía. ¿Cómo iba a decirle algo que no había dicho nunca ni en
castellano?.
-"Please...- empecé rogando- I want, no, I need- corregí-
inside me".
Su mirada delató que quizás me habìa excedido con mis
palabras.
-"Your hand"- añadí rápidamente.
Él sonrió. -"Tranqüila"- me dijo en un macarrónico español, y
me besó.
Antes de notar su lengua, ya sentía la mano bajando por mi
estómago. Yo le devolvía el beso por inercia. Todo mi ser se concentraba en el
recorrido de esa mano.
En un abrir y cerrar de ojos el botón de los pantalones
abandonó su ojal. Sin apenas esfuerzo, la cremallera fue abriéndose bajo el
mandato de uno de sus dedos.
Las bragas no supusieron ningún obstáculo para sus mágicos
dedos. Como durante toda la noche, Gus empezó trabajando con tranquilidad:
acarició mi rizado vello, la parte interna de mis muslos y, finalmente, mi
rajita. Se desplazó a lo largo de ella lo necesario para lubricar su dedo: dos
veces. No necesitó más.
A diferencia del primer día con Marcos, hoy estaba tranquila,
relajada y tremendamente excitada.
El dedo no me penetró, mi vagina se lo tragó. Pese a la falta
de resistencia, noté como entraba cada uno de los centímetros de aquel dedo.
Empezó entrando hasta el final con cierta dureza.
No me quejé, era lo que necesitaba.
Luego lo sacó un poco y reemprendió el trabajo con más
suavidad. Utilizando sólo la punta palpó las acolchadas paredes de mi vagina. De
nuevo en el exterior, el dedo tomó aire jugueteando con el clítoris. Húmedo como
estaba aquello resbalaba como si fuera de gelatina.
No tuve más remedio que morder su hombro para acallar el
grito que nacía en mi garganta.
Los lentos círculos clitorianos acabaron en otra violenta
penetración... Hasta el nudillo.
Notaba los otros dedos apelotonados en la vertical puerta,
envidiosos de la fiesta que se estaba pegando el índice.
No dejé de besarle en todo el rato que duró aquello. No podía
parar. Me lo hubiera comido entero.
Mi coño ardía. Por primera vez en mi vida empecé a notar algo
ahí dentro por acciones externas a mí. Cuando el pulgar empezó a tocar la
guitarra fue lo máximo.
-"Yes, yes"- le susurraba al oído.
Entonces oímos unos gritos y unas risas. Yo ni me moví. Se
podía estar acabando el mundo que yo no hubiera dejado de mover mis caderas.
Pero Gus alzó su cara atraído por la súbita algarabía.
Si hubiera podido moverme habría visto un tío desnudo
corriendo hacia el mar... Y detrás de él una de mis amigas.
Nada de eso me importaba. Sólo maldecía a esos dedos parados,
muertos dentro de mi chocho. Y qué deciros cuando éstos cobrabron vida, no para
seguir hurgando, sinó para dejar mi cueva vacía.
Quería morirme. Sólo sentía la necesidad de tocarme, de
acabar yo el trabajo que ese puto holandés estaba dejando a medias.
Al abrir los ojos lo primero que vi fueron mis pantalones
abiertos de par en par y unos pelillos asomando por debajo de las braguitas. Me
tapé con las manos y miré a ver qué coño pasaba.
Cualquier cosa que hubiese visto, creo que sería más creíble
que la realidad: Gus en pelota picada dándome la espalda.
-"Come on, Tania.... Let's go to the sea".- es ll que creo
que me dijo, pero yo estaba atenta a otra cosa: su polla. Al hablarme, Gus se
giró un poco mostrándome su atributo. Su enorme atributo. Debido a todo lo
previo, la tenía bien dilatada, por decir algo. Por lo que fuera, la oscuridad,
mi excitación me pareció como el doble que la de Marcos.
Mientras pensaba todo esto, Gus y su polla salieron corriendo
hacia el mar. Hubiera pagado millones por estar delante suyo y poder ver cómo se
agitaba aquello.
El mar se tragó a Gus y a su polla.
Sola. Y con los pantalones desabrochados y echando humo. Eso
no se hace.
Entonces vi pasar por mi lado a una chica en ropa interior.
Entró en el agua de la mano de un fuerte y rubio calamar holandés. Era Carol.
Sus risas y los abrazos que le daba al cachas me sacaron de mi letargo.
Ya de pie, vi a las "guardarropa". Así llamábamos a las que
no tenían pareja. Hay mucho aprovechado en las playas nocturnas y es necesario
disponer de esas amigas menos lanzadas y, generalmente, abstemias que evitaban
hurtos incómodos.
Sin pensarlo más, me despojé de la ropa en un segundo y la
lancé junto a mi guardarropa personal: Mari, así se llamaba. Gracias Mari.
Sólo con mis bragas blancas llegué a la orilla. Podéis pensar
lo que queráis. Si fui la única que se quitó el sujetador no fue para destacar,
ni para superar a Carol. Simplemente salieron solos al quitarme la camiseta. Es
que los tenía desabrochados y a forma de collar...
Ante el agua me paré buscando a Gus. Una mano se agitaba
llamando mi atención, creo que desde las Baleares.
Con otro gesto le pedí que se acercase.
Mientras venía en mi busca, me dispuse a meterme. Agarroté
todos mis músculos esperando un agua gélida.
Qué sorpresa me llevé, el agua estaba tan caliente como yo.
Cuando ya estaba metida hasta el cuello, busqué otra vez.
Sólo veía a Carol aferrada al cachas, a Maribel con el suyo y a Montse siendo
hundida.
Ni rastro de Gus.
Me introduje un poco más, no mucho porque no me hacía mucha
gracia meterme en algo tan oscuro, y esperé.
Cuando ya empezaba a ponerme nerviosa, algo rozó mis piernas.
Aullé y nadé hacia la orilla.
No me movía.
Entonces sentí un tirón.
Todo oscuro.
No podía respirar.
Unas manos me agarraron y tiraron hacia arriba.
Ya en la superficie llené mis pulmones de nuevo. Las manos
que me habían salvado se agarraban con fuerza a mis tetas.
En mi espalda otra piel enganchada.
Entre mis nalgas, de nuevo una porra.
Sin girarme la agarré. Estaba caliente. Ardiendo.
Arriesgándome a un terrible malentendido, empecé a agitar mi
mano.
Él se pegó más a mí sin soltar mis salvavidas.
Notaba sus huevos pegados a las nalgas. El miembro subía por
ellas agradecido por tanta carne en contacto.
Una de sus manos inició una caída hacia el lugar que nunca
debería haber abandonado... Y, claro, tanto peso y tantos miembros ocupados no
pudieron seguir a flote.
Sin decir nada, los dos nos dirigimos a zonas menos profundas
y más adecuadas para los menesteres que pretendíamos.
Por fin cara a cara, pude comprobar que no me equivoqué de
polla. Era Gus. Abrazados, gozábamos mutuamente del contacto directo de nuestras
pieles. Nuestras lenguas se enredaban. Los pezones las imitaban. Nuestros
vientres eran uno y su polla se colaba entre mis muslos a escasos milímetros de
mi coño.
Me fascinaba el calor que emanaba de aquel miembro. La sangre
bullía en su interior y mantenía su forma por mucho que yo lo atenazase con mis
muslos.
Mis caderas iban y venían simulando una follada sin
penetración. La polla se agitaba nerviosa, sabedora de la cercanía de su hábitat
natural: mi coño. Nunca éste había tenido una polla tan cerca, y también
palpitaba completamente desbocado.
Aproveché para palpar sus nalgas desnudas. Eran firmes,
exentas de pelo. Las apreté hacia mí, embutiendo aún más su falo entre mis
muslos.
Gus coló una de sus manos entre nosotros. Mis bragas la
acogieron con entusiasmo.
Miré al cielo estrellado esperando a que se reiniciase la
masturbación abortada minutos antes... Pero la mano continuó bajando saliendo
por uno de los agujeros para las piernas. Pensé que me las iba a arrancar de
cuajo, obligándome a salir sin bragas del agua. Qué gran triunfo hubiera sido
eso. Carol mirándome muerta de envidia por ser tan atrevida y lanzada que ni
siquiera sabía donde habían ido a parar mis bragas.
Pero no. De nuevo me equivoqué.
La mano se unió al otro apéndice de su cuerpo y retrocedió el
camino andado, llevando consigo al tiburón dentro de la jaula. Creo que me
hubiera espantado menos si fuera una piraña lo que danzaba dentro de mis bragas.
Brinqué al notar su carne viva dentro de mis bragas y
buscando cobijo. Creo que llegué a tocar una estrella del salto.
Al caer Gus no me dejó escapar.
-"Be quiet, my love. I’m not gonna fuck You…. If you don’t
want.."- me tranquilizó.
-"I don’t want, I don’t want"-
-"I promise."- y al decir eso me besó con suavidad uno de mis
dedos.
Yo no dije nada. Volví a pegarme a él y a colgarme de su
cuello. Estaba claro que confiaba en él.
De nuevo se repitió la operación de la polla en las bragas.
Yo le miraba. Con mis ojos le decía: -"me lo has prometido,
me lo has prometido…". Aún no sé qué deseaba de verdad. Ni entonces ni ahora lo
tengo claro.
Sólo sé que empezó a pasar su polla por todo mi conejo: -
raja arriba y raja abajo. Al llegar al punto superior, apretaba aún más y me la
clavaba. Demasiado arriba, pero ya estaba bien. Luego bajaba lentamente y se
paseaba entre los labios, pero sin meterse…. Dios ahora que lo pienso.. soy
incapaz de aguantar eso ahora. Si me lo hacen , me la metería yo misma, pero
entonces.. me daba demasiado miedo.
Llegó un punto que pensé que no habría vuelta atrás. Que
mañana un pescador se encontraría mi himen flotando mar adentro y que yo sería
la ganadora de la competición con Carol, por goleada absoluta…. Pero logré
controlar la situación.
Viendo que aquello estaba yendo demasiado lejos, se la cogí.
Le miré a los ojos.
Apreté su polla con el puño cerrado… Estuve tentada de
fregarme yo misma la raja con aquello que tenía entre manos, pero no lo hice...
Menos mal.
Sin decirle nada me puse detrás suyo y me pegué a él. Rallé
su espalda con mis pezones. Le besé una oreja y le susurré: -"I want to please
You". Y bajé mis manos por su pecho. Pasé de largo de su vientre y las manos se
sumergieron. No pararon hasta enredarse en el vello de su pubis.
Mientras la izquierda seguía enredada, la derecha llegó a
contactar con su miembro.
Aún estaba firme y caliente.
Cerré mis dedos a su alrededor y apreté.
Desde atrás, fui dándole a la zambomba a buen ritmo. La piel
se arrugaba y recuperaba su ubicación original siguiendo el mandato de mis
dedos.
Presioné mis caderas en su culo y me restregué en sus nalgas.
Poco a poco aumenté el ritmo y la longitud de mi sacudida.
En un momento que no ubico demasiado bien, sé que me bajé las
bragas hasta las rodillas y froté mi felpudo contra sus glúteos.
Él intentó tocarlo pero no le dejé. Ahora era yo la policía y
él el chico malo.
De vez en cuando bajaba el ritmo y me concentraba en el
capullo. Me encantaba notar la zona esa donde el capullo se amplía y la piel
desaparecía. La apretaba un poco con el pulgar y el índice en una sacudida
rápida y nerviosa.
Luego volvía a agarrarla con todos los dedos. Era genial el
tamaño que tenía. Se amoldaba perfectamente al tamaño de mi mano.
Gus retorció su cuello para llegar a besarme. Me encanta
besar así. Te da una posición dominante que las mujeres no solemos tener.
La paja continuaba inexorable hasta su clímax final.
La lengua de Gus se paralizó en mi boca. Otra parte de su
cuerpo le copaba toda su atención.
-"Be quiet", me dijo dentro de mi boca.
Cesé la sacudida y apreté la polla entre mis dedos. Y la
soltaba. Y volvía a apretarla.
Entonces su lengua se puso rígida en mi boca. El pene parecía
endurecerse aún más.
Yo le miré.
Él seguía con la lengua fuera y los ojos cerrados.
Mis dedos notaron un temblor.
Gus frunció el ceño y apretó sus párpados. Perfectamente
podría pasar por una mueca de dolor.
Su boca se abrió y emitió unos gruñidos.
Aflojé los dedos sumergidos y Gus gritó. El sonido acabó
ahogado en uno de mis hombros y un jadeo me resbaló espalda abajo.
Sin yo darme cuenta, millones de espermatozoides fueron
lanzados al mar.
Eso estaba oscuro.
Eso estaba húmedo.
Eso estaba salado.
Pero eso no era un útero.
Todos movían sus colas intentando remontar el camino hacia la
meta, pero sus cuerpecillos se hundían más y más arrastrados por grumos de
esperma que se iban diluyendo como el humo de un cigarro.
Yo había soltado el miembro y separado un poco de Gus. Me
daba miedo tocarlo. No sabía bien bien qué hacer: tocarlo, abrazarlo, seguir con
la paja, callarme, decirle cosas bonitas al oído...
Lo cierto es que me subí las bragas sin dejar de observarlo.
Pensé que estaba enfadado, que yo había hecho algo mal y que
no volvería a hablarme nunca más...
De pie, con el agua a la altura de las rodillas y los pezones
como piedras esperé que dijese algo.
No lo hizo. Simplemente me besó. Fue un beso infinito,
sentido y lleno de gratitud. Nuestros cuerpos se rozaron de nuevo, y por última
vez, desnudos y ardientes. Su verga, ya más reducida pero aún morcillona, se
enganchaba a mi vientre gracias a los restos de pegamento natural que mis manos
habían conseguido extraer.
Pese a estar completamente mojados, sentía eso diferente que
tenía en la punta de su verga y que dejaba a mi vientre como si fuera el rastro
de un caracol.
Ya en tierra firme, nos secamos y vestimos sin decirnos nada.
Todos nos reunimos, de nuevo, en un gran grupo. El silencio
fue el gran protagonista a partir de entonces.
En el ambiente, ahora sí, se notaba un aire de despedida. Yo
pensaba en lo que Gus había dejado en mi barriga, Montse en esos dedos que le
habían rozadoel clítoris, Carol en esa polla que casi la había desvirgado... Y
así llegamos a casa, cada una con el recuerdo que aquellos holandeses nos habían
dejado para siempre.
El día siguiente sí que fue un verdadero drama. De película.
Ellos partiendo uno a uno en sus coches familiares, agitando sus manos desde la
luna trasera y nosotras llorando como magdalenas, consolándonos unas a otras.
Hasta me supo mal por Carol. Sus ojos enrojecidos, su cara desencajada...
Fue bonito mientras duró y más bonito que yo os lo pueda
explicar a vosotros.
Fue dura la despedida, pero las vacaciones no se habían
acabado y debíamos estar listas para la siguiente remesa: Ahora les tocaba el
turno a los franceses, italianos y españoles... El plato típico de agosto.
Para acabar, deciros que Carol fue la ganadora de nuestro
pulso personal, por goleada absoluta. A un español le regaló su primera
mamada... Un español amnésico, para más señas... Que se olvidó de avisarla en el
momento cumbre.
Por cierto, si este español amnésico lee esto, no estaría mal
pedirle perdón a Carol. Aún está esperando la pobre... No ha de ser tan difícil
encontrar un español amnésico en esos instantes. No puede haber tantos...
Porque he de pensar que se le olvidó avisarla y que lo tíos
no hacéis eso a propósito, no?