UN ENTIERRO Y UN POLVO INESPERADO
La noticia nos sacudió, a toda la familia, de forma
inesperada. Y nos sacudió porque un entierro a media semana, en pleno invierno y
en un pueblo al que, el que más y el que menos, hacía años que no acudíamos, no
es cosa agradable.
No por tener noventa años habíamos de esperar el repentino
fallecimiento de tío Eusebio; no en vano era, en todos los sentidos, el
patriarca y estandarte del clan. Su vitalidad era sorprendente pues cada día se
desayunaba en el bar del pueblo con una copa de aguardiente tras haber
despertado a su tercera esposa de la forma más cariñosa que conocía:
-¡Chiquita, ábrete de piernas!
Dorotea ("la Doro" para los íntimos) había sido la sirvienta
hasta que falleció su segunda mujer, de eso hacía ya diez años, y aunque ella
solo tenía treinta años, no le arredró el desafío al Eusebio pues llevaba ya
cinco trajinándosela a espaldas de la Felisa(que le había salido poco folladora).
Llamadle matrimonio de conveniencia, pues a ambos les convino, pero a la Doro
todos la respetábamos y queríamos por hacendosa, honrada, limpia, trabajadora y
maciza que está.
Fue el entierro lucido donde los haya pues tres curas
oficiaron la misa, en la iglesia del pueblo no cabía un alfiler (aunque es
pequeña) y entre todos los sobrinos llevamos, a hombros, el ataúd hasta el
camposanto en donde reposa junto a sus difuntas esposas. Se despidió el duelo,
partieron todos; unos a Madrid, otros a Bilbao y yo, con seiscientos kilómetros
por delante hasta Tarragona, quedé solo con la viuda.
-Carlitos, ¿adonde vas a dormir?- me preguntó la Doro-
-Yo que se, por el camino, algo encontraré- contesté
resignado-
-De eso nada, tú te vienes a casa y mañana carretera….
De nada sirvieron mis protestas y excusas, estaba decidido:
cenaríamos tempranito y luego a la cama que "tienes que madrugar para ir con
el fresco de la mañana".
A medida que llegábamos a la casa, yo me fui rezagando a
saludar a conocidos de otros tiempos y ello me dio oportunidad de valorar el
magnifico trasero de la Doro. A pesar del riguroso luto lucía esplendida, no le
sobraba ni un kilo y caminaba erguida y resuelta a pesar de la pena que la
embargaba.
Acabé cediendo a las invitaciones de los antiguos amigos del
pueblo y hube de echarme al coleto cuatro generosos tintos y soportar las bromas
de mal gusto sobre la noche que iba a pasar con la viuda.
Llegué al caserón un tanto achispado y ya me esperaba la Doro
con la cena en la mesa y el gesto torcido. Cenamos casi en silencio y ya en los
postres, me dijo:
-No voy a poder dormir sola esta noche, tengo miedo.¡Por
favor Carlos, acompáñame!
Lo dijo sin picardía ni intención alguna, mirándome a los
ojos y con los suyos anegados en lágrimas.
-Si con eso te vas a sentir mejor, no hay ningún problema-respondí
disimulando mi excitación-
Me puse el pijama en el cuarto de baño mientras ella lo
hacía, púdicamente, en la habitación. Una vez apagada la luz me llamó.
-Ya puedes acostarte-dijo-en el lado derecho, por
favor.
Su voz sonaba agitada y entrecortada pero parecía que ya no
lloraba.
Me metí en la cama con una tremenda erección que la
oscuridad-afortunadamente-ocultaba y me quedé encogido en mi lado. Poco a poco
se me fue acercando para, finalmente, reposar su cabeza en mi pecho. Yo, por mi
parte, ceñí su hombro con mi brazo izquierdo.
-Carlos, he estado muy sola estos años… ¡no sabes cuanto!-dijo
en un susurro-
-Tu tío se limitaba a echarme el polvo matutino, sin
hablarme, ni entonces ni en todo el día y yo no podía contárselo a nadie…ha sido
muy duro.
Desahogate- le dije-yo te escucho y todo quedará entre
nosotros.
-Yo soy joven, todavía, y necesito algo más…necesito cariño.
Mientras hablaba, su mano iba acariciando mi pecho, jugando
con mi vello que se iba erizando mientras mi mano derecha comenzó a acariciar su
vientre que se mostraba calido y prometedor bajo la tela del áspero camisón de
dormir.
-Hoy en el entierro, os iba mirando a todos los sobrinos y mi
mirada siempre volvía a ti, tú siempre has sido el más cariñoso conmigo y el que
más viene al pueblo….
Si-respondí- y el único que se ha quedado…
-Claro y ¡se que lo has hecho para estar conmigo!
Bajó entonces su mano, con lentitud, hasta mi entrepierna y
dio un respingo cuando notó la caliente tranca.
¡Jesús!... ¿Que te he hecho yo para merecer esto?-
preguntó riendo-
Con el hielo roto (más bien, fundido) todo se desarrolló a
una velocidad vertiginosa.
Me apretó con fuerza la polla mientras su lengua entró,
voraz, en mi boca y yo levanté el borde del camisón para encontrar un sexo
húmedo, caliente y….
¡Carlos….! Tú tío nunca me comió el coño, ni tú tío ni
nadie….
No había terminado la frase cuando ya me sumergía bajo las
sabanas para complacerla.
Debía haber preparado el encuentro con minuciosidad; el pubis
recién depilado y perfumado hacía más apetitoso aquel insólito manjar que solo
unas horas antes no cabía ni en la más calenturienta de mis fantasías. Mi lengua
se movió rápida y entró profundamente en la palpitante raja que se contraía en
violentos espasmos mientras su dueña emitía un gemido ronco y prolongado.
-¡Cielos!, ¡lo que me he estado perdiendo!... ¡sigue…sigue,
sigue!
Y seguí hasta que, en su paroxismo me retorció los testículos
con tal violencia que me hizo lanzar un grito de dolor.
¡OH!, perdona, creo que me estás volviendo loca de placer y
todavía no ha empezado la noche.
Convencido ya de que aquello no tenía vuelta atrás, me
incorporé para decirle:
-Espera un momento que voy a por las gomas…
-¡Quia!- respondió- no hace falta, debo ser estéril.
Quince años con el viejo y ni una sola falta…sigue,¡sigue!
Me tumbó de espaldas y ella misma se ensartó con un agudo
grito de placer mientras notaba como mi pene se hundía, chapoteando, en su
hambrienta vagina y comenzaba a cabalgarme de un modo desenfrenado que concluyó
con un rugido de placer. Cayó sobre mí durante unos instantes y volvió de nuevo
con renovado ímpetu, jadeando y gritando alborozada cuando notó que yo
descargaba, dentro de ella, la blanca confirmación de mi disfrute mientras ella
seguía gozando con frenesí desmesurado hasta que cayó, derrengada, sobre mi.
Alcanzó, a tientas, la botella de aguardiente que estaba
sobre la mesilla de noche y le dio un buen tiento, después me la pasó.
-Bebe, esto reanima un muerto….¡uy! perdón.
Entre trago y trago iba pasando su mano por mi entrepierna
hasta que consideró que aquel muerto si se estaba reanimando y entonces se
zambullo ella bajo las sabanas para conseguir la dureza necesaria.
La mamada fue antológica y me demostró que hay habilidades
innatas que no requieren de una práctica continuada para alcanzar el supremo
virtuosismo; su lengua sabía acariciar, sus labios succionar y sus manos rematar
la faena con un sabio masaje testicular que pronto me tuvo al borde de otro
orgasmo.
-Tranquilo, muchacho, que eso es todo mío-dijo-
volviéndose a colocar sobre mi para que su chorreante coño se engullera el
anhelante falo por segunda vez.
Eran ahora sus movimientos más reposados y sin embargo más
intensos. No tardó en comenzar a gemir en un crescendo brutal mientras sus manos
sobaban, alternativamente, sus pechos y el clítoris y yo amasaba sus duros
pechos y mordía los rígidos y protuberantes pezones.
La penetré de todas las maneras posibles y solo cuando
intenté desflorar su hermoso ano se negó en redondo.
-¡Serás marrano!,¿ quien te ha enseñado esas cochinadas?
No hubo modo de convencerla y ya cantaban los gallos cuando
nos quedamos dormidos.
Debía ser el mediodía cuando comenzamos a despertarnos con la
mente nublada por la resaca del cabezón aguardiente y yo particularmente con la
confusión de encontrarme desnudo y en la cama de mi tía.
Ella se acurrucó, de nuevo, en mi pecho.
-Carlitos, no esperaba esto de ti-murmuró ronroneando-
Yo…el alcohol, la tensión…..¡lo siento!-dije avergonzado-
¡¿Qué coño sientes?! Si no llega a ser por eso me matas a
polvos.
Llamé al trabajo con una excusa pueril por mi ausencia y tras
una reparadora comida volvimos a la cama,"a echar una siestecita", que se
prolongó hasta bien entrada la noche. Estaba claro que la Doro pretendía
recuperar aquellos años perdidos en sesiones intensivas de sexo.
Su sexo estaba tumefacto y dilatado y mi pene no estaba en
mejores condiciones pero a pesar de todo volvimos a revolcarnos como animales.
De madrugada me despedí de ella prometiéndole regresar en Semana Santa y
emprendí el regreso, agotado, pero satisfecho.
Dos meses después me llamó Dorotea.
-Estoy embarazada, el hijo póstumo de tu tío Eusebio-dijo
con tranquilidad-
-¿El hijo…que?-pregunté con asombro mal disimulado-
-¿Eres idiota o que? El hijo póstumo del Eusebio-afirmó,
ahora con rotundidad-
-Bueno…pues felicidades. ¿Podré ser el padrino?
-No es que puedas, es que debes serlo porque es…tu primito.
A mediados de agosto nació Eusebin, un precioso niño de, casi
cuatro kilos con los innegables rasgos de la familia paterna (de lo que nadie se
escandalizó) y a los pocos días se celebró el bautizo dado que la familia estaba
en el pueblo de vacaciones y a todos pareció normal que el padrino se alojase en
casa de la madre viuda.
La Doro había quedado, después del parto, mucho mejor de lo
que estaba nueve meses antes y yo tenía ganas de repetir.
Se acostó temprano sin darme ni una sola seña de que ella lo
desease. A pesar de todo, cuando apagó la luz, me acerqué a la cama con cautela
y me metí dentro.
No tardó en comenzar a gemir y a retorcerse mientras mis
dedos trabajaban sobre su clítoris, hasta que toco mi dispuesto vergón.
-¿Pero que haces desgraciado? ¡Venga, venga, ponte la goma….o
¿piensas que van a tragar otra vez con lo del hijo póstumo?
Dorotea casó al poco con un indiano sesentón que había hecho
fortuna en Brasil y regresó con él a Sao Paulo. Lo sentí por mi primo, le había
cogido un insólito cariño al enano.