Los siguientes días transcurrieron lentamente mientras yo era
incapaz de pensar en otra cosa que no fuera en lo que ocurriría el miércoles
señalado.
Pero el tiempo aparentemente relativo en nuestras diferentes
apreciaciones, iba avanzando inexorable en su implacable camino, y el día temido
y deseado a un mismo tiempo llegó y me encontré puntual y arreglada para la
ocasión en la recepción de la prisión lista para ser sacrificada en aras del
bienestar de mi hijo.
Pero mis humillaciones no habían hecho más que comenzar.
Antes de pasar a compartir el bis a bis con los presos, las
esposas y novias debíamos pasar por un registro rutinario con el fin de que no
les pasáramos ningún tipo de objeto prohibido, armas, drogas, dinero, etc etc.
que pudiéramos llevar oculto en cualquier parte de nuestro cuerpo.
Así que para evitarlo, además de pasar por los detectores,
dos celadoras nos iban registrando meticulosamente.
El proceso era sencillo, nos hacían pasar de una en una a una
austera habitación, donde nos desnudábamos completamente, y mientras una
celadora registraba y revisaba nuestras ropas, la otra nos examinaba
minuciosamente hasta el más escondido orificio del cuerpo.
Pero por la manera de hacerlo, su excesiva recreación y las
procaces caricias que sentía de manera mas o menos disimulada, enseguida me di
cuenta que aquella mujer cumplía con su trabajo con una dedicación que excedía
con mucho sus obligaciones.
Sin duda era una lesbiana que había encontrado en ese destino
su trabajo ideal.
Podía manosear a placer a numerosas mujeres de toda
condición, edad, y aspecto, y ninguna de nosotras podíamos quejarnos si no
queríamos exponernos a quedarnos sin el privilegio de que nos concedieran el
pase conyugal. Así que callábamos y nos sometíamos dóciles y resignadas a sus
indecentes toqueteos.
Luego nos llevaron hasta un largo pasillo con numerosas
puertas numeradas, similar a un hotel barato y al entrar en la que me fue
asignada vi que, Falo, como se había presentado el día que lo conocí, ya me
estaba esperando sentado cómodamente en el humilde y sencillo, pero limpio,
camastro que haría las funciones de lecho conyugal.
Pero una vez mas me equivoqué en mis expectativas pues sin
mediar apenas ni media palabra de saludo o bienvenida me escupió con desprecio
casi masticando las palabras:
- Desnúdate, ¿a que estas esperando?
Me sentí desconcertada pues no era lo que esperaba y había
imaginado una y mil veces en mi mente de cómo se desarrollarían los
acontecimientos.
Mi rostro estaba encendido por la tremenda vergüenza y porque
no reconocerlo también de una creciente e imparable excitación que
incomprensiblemente se iba apoderando de todos los poros de mi cuerpo haciendo
que palpitaran esperando el momento de ser poseída por aquel ser extrañamente
culto y primitivo a un mismo tiempo.
Sin mediar palabra y agachando la cabeza lentamente fui
despojándome de mis ropas hasta que éstas fueron cayendo una a una a mis pies
formando un pequeño remolino desordenado de telas.
Y una vez quedé completamente desnuda permanecí en un
respetuoso silencio esperando que Falo tomara la iniciativa como sin duda estaba
acostumbrado a hacer.
Pronto quedó claro que la relación que estábamos a punto de
entablar estaría exenta de todo respeto y afecto por su parte.
Quería humillarme hasta romper mis pocas defensas morales,
tratarme como un pedazo de carne destinado a su uso y disfrute, y quería que yo
fuera consciente de mi degradación.
Sentado aun en el camastro, se limitó a observarme con todo
detenimiento como valorando la propiedad que acababa de adquirir de forma tan
sencilla y gratuita.
Aquello duró unos interminables minutos en los que si me
hubiera rozado con uno de sus dedos me hubiera estremecido de placer tal era mi
sensible estado de animo.
Inexplicablemente ser tratada de forma tan despreciativa y
sórdida hacía que mi cuerpo pidiera a gritos ser poseída hasta el alma por aquel
delincuente.
Pero no lo hizo, se limitó a comentarme que mi coño estaba
demasiado peludo y que la próxima vez debería afeitármelo hasta que quedara
suave y desprovisto de cualquier indicio de pelo, comentario que hizo que de
nuevo se incrementara mi incontrolada pasión.
Asimismo me indico que no le gustaba que sus putas, así lo
dijo, llevaran ropa interior, que era un lujo que no se merecían, y que jamás
volviera a presentarme ante él llevándolas.
Luego lentamente se levantó y se puso delante de mí, se bajó
los pantalones y una erecta y excitada polla de tamaño medio se irguió antes mis
ojos.
Yo permanecí inmóvil sin saber como actuar hasta que el de
nuevo me dijo:
- De rodillas, puta. Y separa las piernas.
Nada mas obedecer su orden, me cogió de los cabellos con las
dos manos a modo de riendas y metió de un solo empujón su polla hasta lo más
profundo de mi boca.
E inmediatamente comenzó un furioso mete saca, follándomela
como si la hubiera metido en mi coño.
Apenas tardó unos minutos en correrse y derramar su espesa
leche dentro de mí. Como seguía sujetando mi cabeza contra su polla no tuve más
remedio que tragármela toda, aunque la sensación no fue en absoluto
desagradable, tan solo extraña y diferente.
No tardó ni cinco minutos en volverse a excitar y que su
polla se pusiera de nuevo completamente erecta, sin duda estaba tan excitado y
deseoso de follarme como yo de lo que lo hiciera.
De un brusco aunque no demasiado enérgico empujón hizo que me
pusiera a cuatro patas en el suelo y seguidamente note como su polla se abría
paso en mi humedecido y entreabierto coño.
Esta vez tardo mucho más en correrse y mientras me bombeaba y
embestía por detrás como hubiera hecho un animal, no cesaba de decirme todo tipo
de obscenidades y guarrerías lo que contribuía a que yo me sintiera cada vez más
excitada, emputecida, y entregada a su dominio.
Ambos estábamos completamente empapados en nuestro sudor.
Pero las sorpresas todavía no habían hecho más que comenzar.
Me ordenó tumbarme en el suelo boca arriba y entonces Falo se
colocó encima de mí en cuclillas a pocos centímetros de mi boca. Y poco a poco
fue bajando su ano hasta que casi rozaba mis labios. De inmediato un intenso
aroma a sudor y a letrina invadió mis fosas nasales.
No hacía falta ser muy lista para saber lo que pretendía y yo
que estaba completamente entregada y en sus manos hice lo único que podía hacer
en esos momentos.
Abrí la boca, saqué la lengua y empecé a lamer su íntimo,
oculto, y poco aseado agujero trasero.
Enseguida comenzó a gemir como si fuera un niño pequeño, casi
me enterneció, si no hubiera sido porque el motivo era que le estaba limpiando
el culo con mi propia lengua.
No se cuanto tiempo estuve en esa posición lamiendo y
chupando, pero si que volvió a correrse sin que le hubiera tocado ni acariciado
su verga.
Realmente su zona anal era muy sensible y no pude dejar de
preguntarme cuantas veces la lengua de mi hijo habría estado en el mismo lugar
que ahora se encontraba la mía.
Como un súbito relámpago, tal pensamiento provocó que un
orgasmo atronador irrumpiera desde lo más hondo de mi coño, lo que hizo que me
asustara de mi misma. De donde acababa de meterme y como estaba influyendo ya en
mis pensamientos y en mí forma de entender la vida.
En tan solo una semana había pasado de ser una persona
completamente normal a empezar a pensar y sentir como una completa degenerada y
lujuriosa pervertida.
¿Cómo podía correrme pensando en mi hijo lamiéndole el culo a
otro hombre?
Al día siguiente, aun conmocionada por los sucesos acaecidos
y sobre todo por mi sumisa y pervertida conducta y reacción ante los deseos de
mi dominador, fui a la oficina de correos y puse un giro postal con Falo como
destinatario por la cantidad acordada de 1200 euros, y comprobé como mi sueldo
mensual menguaba de forma alarmante.
Afortunadamente disponía de unos pocos ahorros, pero haciendo
un rápido cálculo mental vaticiné que de continuar la situación tal cual, antes
del fin de la condena de mi hijo no dispondría de suficiente dinero para pagarle
el tributo a Falo y hacer frente a mis propios gastos.
No obstante yo ahora tenía otras preocupaciones y asuntos más
inmediatos en mi cabeza, y me dije que ya me preocuparía por el futuro cuando
fuera necesario.
La verdad es que no podía quitarme de la cabeza a Falo, las
cosas que me había hecho y como me había tratado.
Ciertamente no recordaba haber sentido tan intenso placer y
encadenar tantos orgasmos seguidos desde que era una adolescente inexperta y
ávida de nuevos y prohibidos horizontes.
Los siguientes días traté de seguir con mi rutina diaria con
toda la normalidad que me fue posible, aunque mis compañeros de la oficina y mis
amigas mas cercanas notaban un sutil cambio en mi actitud y rendimiento, estaba
como abstraída y distante, y me distraía constantemente quedándome embobada
mirando al vacío.
Cuando llegó el fin de semana, me vestí lo mas discreta y
sobria tratando de disimular con ello el torbellino que se desarrollaba en mi
interior y me dispuse a con mi visita semanal a mi hijo.
Me sorprendió el aspecto indefenso y femenino con el que se
presento en la pequeña sala del locutorio.
Pese a que aun hacia bastante frío, solo vestía con una
sucinta camiseta de tirantes que permitía ver que llevaba las axilas
completamente depiladas, como cualquier mujer hace habitualmente, y unos
vaqueros cortados casi a la altura de las ingles y que dejaba la parte baja de
las nalgas al descubierto, convirtiendo sus vaqueros en unos atrevidos
mini-shorts.
También mostraba sus piernas depiladas, sin ningún solo pelo,
y después de fijarme con detenimiento pude apreciar un ligero toque de sombra de
ojos y de carmín en su rostro.
Mi hijo al darse cuenta por mi cara de sorpresa que me había
dado cuenta de su cambio de aspecto me explicó que a Falo le gustaba que
estuviera lo más bello y atractivo para él. Y con rostro entristecido me contó
que Falo le había contado mi experiencia sexual con él y los cambios que se
habían sucedido en nuestra relación.
Y apenas llevábamos unos minutos de visita en los que apenas
habíamos podido hablar de nada mas cuando sorprendentemente la puerta del
locutorio se abrió de repente y Falo en persona hizo acto de presencia en la
pequeña estancia acomodándose con toda calma en la silla situada al lado de mi
hijo.
De un rápido vistazo comprobé que mi dinero ya debía haberle
llegado pues las ropas que ahora vestía se apreciaban nuevas y de calidad
superior a las que había llevado durante nuestros dos primeros contactos.
Y ante mi cara de sorpresa por su presencia no programada
para aquel día, exhibiendo una alegre sonrisa de tiburón bien alimentado me dijo
con cinismo.
- ¿Sorprendida, mamá?
- Pues en realidad todo te lo debo a ti, no te puedes
imaginar los privilegios que se pueden conseguir en una prisión con un poco
de dinero extra convenientemente distribuido aquí y allá.
Me gustará recibir todo tipo de sugerencias, comentarios,
criticas, o cualquier cosa que los lectores quieran compartir conmigo.