Después de nuestro primer encuentro, entre Marta y yo se
estableció una relación muy simple. Ella estaba a mi disposición, satisfacía
todos mis caprichos, se entregaba a todos mis juegos. Nunca la llamé esclava, ni
ella a mi amo. ¿Para qué? Ni ella ni yo nos engañábamos. Era un juego, en el que
separábamos claramente el resto de nuestras vidas, de aquella especie de oasis.
Además, ¿quién mandaba y quien obedecía? Cuantas conversaciones tuvimos...
Cuantas tardes en aquel café, ambos juntos, yo explorando y ella dejándose
explorar sus fantasías, para que luego, un día cualquiera, por sorpresa, se
hicieran realidad. Si, ¿quién mandaba?
Esta tarde que recuerdo ahora, yo estaba de nuevo en el piso
que utilizábamos repetidamente para nuestros encuentros. Me encontraba sólo, y
mientras me preparaba una copa, tomé mi móvil y la llamé.
-Marta..
-¿sí?
-dentro de 45 minutos en el piso.
-De acuerdo. ¿Qué me pongo?..Ella ya sabía que debía
preguntarme siempre como tenia que vestirse para reunirse conmigo. Y, además,
con el tiempo, había reunido una bonita colección de lencería que yo le había
ido suministrando. Aunque hoy, no me apetecía que utilizara demasiada ropa.
-El abrigo negro, las medias rojas, los zapatos rojos de
tacón... Nada más.
-De acuerdo.
-Ah, Marta, y dos fotos.
-Como digas.
Colgué y me senté a esperarla con calma. En mis pantalones ya
se dibujaba cierta excitación. Esta tarde yo tenía preparada una novedad muy
especial para Marta, y yo ya estaba disfrutando por anticipado.
No habían pasado ni veinte minutos, cuando sonó la alerta de
mensajes de mi móvil. Abrí el correo, y, si, efectivamente, allí estaban las dos
fotos enviadas por Marta, tomadas por ella con su propio móvil. En la primera,
estaba de espaldas a la cámara, completamente desnuda, a excepción de sus medias
y los zapatos, inclinando su cuerpo hacia delante y apoyándose en la pared, como
ella sabía que me gustaba. En la segunda, ya se había puesto el abrigo, aunque
lo mantenía sin abrochar de frente a la cámara, para demostrarme como iba a
salir a la calle para reunirse conmigo.
Mi excitación aumentó, y no pude evitar frotarme un poco la
polla por encima de mi pantalón. Realmente Marta sabía ser muy obediente, sí.
A la hora convenida llegó. Le abrí la puerta, y ella entró.
Eran ya unas cuantas citas con ésta, y ella era realmente muy aplicada. Sin que
yo cerrara la puerta, se quitó el abrigo y me lo entregó, y caminó después
lentamente hacia el dormitorio.
Me recreé en la visión de su culo desnudo, cerré la puerta y
entré yo también en el dormitorio. Ella ya estaba en su posición habitual, de
pie, con las piernas ligeramente abiertas, sus manos en la espalda, esperándome.
Me miraba, aunque no podía evitar echar alguna ojeada a lo que yo había
depositado encima de la cama.
De esa cama cogí unas esposas y se las puse, mientras le
besaba despacito la espalda. Y situándome enfrente de ella, la saludé de la
manera a la que la había acostumbrado, es decir, metiendo dos de mis dedos en su
sexo, moviéndolos de arriba a abajo, primero despacio, luego un poco más
deprisa. Ella respondió como siempre...cerró los ojos , gimió , se inclino
ligeramente hacia mi , apoyó su cabeza contra mi pecho..Su coño totalmente
depilado chorreaba ya, como siempre...
Retiré mi mano, le quité las esposas, y le dije a Marta:
-Ponte el vestido que está encima de la cama.
Abrió los ojos, y aunque su cara, ya totalmente roja de
excitación, indicaba que necesitaba mas sexo, y que lo necesitaba ya, se acercó
a la cama, tomó el vestido y se lo puso, dándose luego la vuelta hacia mi, para
que yo contemplara como le quedaba.
Y, realmente, el vestido le sentaba como yo quería que le
sentara. Como a una puta. Era un vestido negro, de látex, cortísimo, ya que
apenas le tapaba el culo. Sin mangas, con un escote amplísimo que dejaba la
mayor parte de sus pechos al descubierto, y además se le pegaba al cuerpo
recalcando totalmente sus curvas.
Le volví a esposar las manos a su espalda, la puse de frente
a la cama e hice que se arrodillara.
-Inclínate, Marta.
Si, ya la tenía como yo quería. Su cabeza, sus tetas y su
vientre sobre el colchón, sus rodillas en el suelo, sus manos esposadas. En esa
postura, el vestido ya corto de por sí, se levantaba un poquito más, mostrando
una espléndida vista desde atrás de su vulva y de gran parte de su culo.
Me senté en la cama a su lado y le subí todavía un poco más
el vestido. Mi mano empezó a recorrer su culo, hurgaba entre sus piernas... Le
di el primer azote. Ella gimió. No lo podía disimular, le encantaba. Sus gemidos
eran como llamadas de socorro, pidiendo más azotes. Y le di otro. Y otro...
Primero una nalga. luego otra...
-¿te gusta, eh, Marta. ?
-Sii...
-¿por qué te gusta tanto? ¿Por qué eres una putita?
-Si,... soy una putita...
-¿qué más eres, Marta?
-Tu putita. soy tu putita...tu perrita...ahhh...
Entre azote y azote, de nuevo mis dedos se introducían en su
coño. Ella ya se había corrido, pero la humedad afloraba de nuevo. Mi polla
estaba a punto de reventar mis pantalones, pero todavía no era el momento.
Me levanté, y ante la cara de sorpresa de Marta, marqué un
número en mi móvil.
- Hola. Ya puedes subir.
La cara de Marta era un poema. Mezcla de sorpresa, asombro,
excitación y deseo. No se atrevía a mirarme, seguía inmóvil, con el culo al
aire, rojo, esperando..
Llamaron a la puerta, y dejando a Marta tal y como estaba,
fui a la entrada y abrí. Era un chico joven, de unos 24 años de edad, al cual yo
había seleccionado previamente.
Sabía muy bien a lo que venía y su cara ya reflejaba la
excitación que sentía.
-Hola, dijo.
-Hola, pasa. Vete al salón y espéranos allí. Ahora vamos.
Volví a la habitación dónde Marta seguía tal y como la había
dejado. La levanté..
-Marta, tenemos visita. ¿verdad que la vas a tratar bien..?
-Sí..
-¿verdad que te vas a portar como la putita que eres?
-Siii...
Le bajé el vestido.
-Espera, te falta algo para estar mejor vestida.
Cogí de la cama un bonito collar con correa y se lo puse...
Ella estaba ya con esa cara que yo ya conocía tan bien. Se sentía humillada,
pero eso la ponía fuera de sí, la convertía en una perrita en celo.
-Vamos...
Tiré ligeramente de la correa y ella me siguió caminando
hasta el salón. Allí ya estaba el chico, Javier, totalmente desnudo sentado en
un sillón. Su polla estaba totalmente tiesa, y era un aparato de proporciones
considerables y bastante gordo. El chico estaba algo nervioso, pero no pudo
evitar el llevarse la mano a su polla cuando nos vio aparecer.
Situé a Marta de pie, frente al chico, y yo me puse por
detrás de mi chica.
-¿Te gusta esta zorrita, Javier?
-Ufff... Siiii... Dios, me la follaría ahora mismo..
-No corras, hombre... si todavía no la has visto bien...
Mientras yo decía esto, lentamente subía el vestido de Marta
hasta su cintura. Javier se tocaba enfrente de ella, viendo su coñito, y viendo
de nuevo como mi mano aparecía y desaparecía entre sus piernas...
-Y mira sus tetas. Le bajé el vestido, que ahora era ya sólo
un trozo de tela enrollado en su cintura... Mis manos ahora, por detrás de
Marta, tocaban y masajeaban sus pechos. Apretaban sus pezones... El ritmo de la
masturbación de Javier aumentaba..
-Marta, de rodillas... dije..
-Ella obedeció, y su cara quedó a escasos centímetros de la
polla de Javier. Ella miraba fijamente esa polla, su boca quería abrirse... Con
mi mano lleve su cabeza hacia esa polla y ella empezó a lamerla, entre los
suspiros de Javier... este se puso de pie y le metió ya de lleno en su boca sus
cerca de 18 cms...
Por mi parte, yo ya me había desnudado y me situé al lado de
ellos. Javier no aguantaba más y se corrió echando un gran chorro de leche en la
cara de Marta ...
-Lámesela bien, mi niña, le dije. Lámesela...
Le quité las esposas...
-Ahora vas a chupármela a mí... pero luego te vamos a follar
los dos. Así que, vete poniéndosela dura otra vez a nuestro invitado..
Marta se aplicó a la tarea. De rodillas, chupaba casi con
desesperación mi polla , mientras que con una mano empezaba a masajear la polla
de Javier, que, maravillas de la juventud, empezaba a mostrar un aspecto
imponente de nuevo...
-Marta, a cuatro patas...
Se colocó obediente, colocando su culito bien hacia arriba, y
yo la penetré por detrás...
Mientras la follaba, le daba unos cachetitos de vez en cuando
en su trasero. javier ya se había colocado enfrente de ella y había vuelto a
meter su polla en la boca de Marta.
Javier y yo intercambiamos las posiciones... marta, que era
multiorgásmica, ya se había corrido entre gritos, otras dos veces...
-Eres una zorrita, Marta... ¿cuántos tíos voy a tener que
traerte... ?Le decía yo mientras me la chupaba...
-Si, soy una zorra... tú lo sabes. soy tu zorra...
-Hoy eres mi zorra y la de Javier... Enséñanos lo que sabes
hacer...
-Javier y yo nos retiramos ligeramente y Marta siguió a
cuatro patas, ahora sola, masturbándose para nosotros..
-Toma, mi niña, usa esto...
-Marta tomó un vibrador y empezó a metérselo y sacárselo
frenéticamente, jadeando de nuevo, hasta que volvió a correrse...
-¿has visto Javier? No tiene límites... y seguro que quiere
más... ¿quieres más, Marta?
-Siii...
-Ven, perrita... La tomé de la cadena y me siguió dócilmente
hasta la habitación. Javier iba detrás de nosotros con la mano en la polla otra
vez...
-Échate en la cama...
Se echó en la cama, y até sus manos a las esquinas. Abrí
luego sus piernas, y también las até a las patas de la cama. Estaba totalmente
inmovilizada, pero aún así, sus caderas se movían ligeramente, alzaba algo su
culito... Quería más..
Me subí sobre ella y la penetré rápidamente. Ella dio un
gritito, aunque no pudo dar muchos mas, porque Javier ya estaba a su lado de
nuevo, haciendo que lamiera su polla. Yo no aguantaba más, la estaba follando ya
frenéticamente, y, sacando mi aparato, me corrí en sus tetas. Javier aprovechó y
ahora fue él el que rápidamente se puso a cabalgar a Marta...No tardó demasiado
de nuevo en correrse encima de ella...
Marta jadeaba, atada, los ojos cerrados... su coño
encharcado... sus brazos se habían relajado, y permanecía en esa quietud que
sigue al orgasmo.
Miré a Javier y le dije:
-Adiós, Javier.
Javier lo entendió. Lo sabía desde antes de entrar al piso.
Sin decir palabra, rápidamente, se duchó, se vistió y se marchó, mientras Marta
y yo, nos quedábamos juntos en la cama. Ella todavía atada, mirándome...