Aquella tarde, Karlhos me invitó a tomar
un café. Los tocamientos bajo el agua del jacuzzi ya no daban más de sí. Rara
vez estábamos solos en la sauna y apenas si teníamos tiempo para un beso. Nada
más sentarnos ante la mesa, me preguntó si yo quería follar con él, si una mujer
casada como yo quería que otro hombre se la metiera. Aquellas palabras tan
directas y tan vulgares me encendieron. Una sensación abrasadora recorría mis
entrañas. Me miró a los ojos con tanta intensidad que tuve la impresión de que
aquel pene que tantas veces había acariciado bajo las burbujas estaba pugnando
entre mis piernas por entrar en mi.
Tomamos el café rápidamente y huimos en
su coche hasta el bosque. Salimos del coche y me besó con tanta pasión que se me
humedeció el sexo hasta el punto de sentirme empapada. Se pudo detrás de mi y
apretó su cuerpo contra el mío para que sintiera la dureza de su deseo mientras
sus manos manoseaban mis pechos sin llegar a rozar mis pezones a pesar de que
los tenía inflamados y ansiosos por ser aprisionados entre sus dedos.
Fue en aquel momento cuando me preguntó
en un susurro si alguna vez había chupado una polla. Me estremecí. Nunca antes
lo había hecho, ni siquiera había engañado nunca a mi marido.
Abrió la puerta del coche y me obligó a
sentarme. Se bajó los pantalones y dejó ante mi cara su falo con una excitación
mediana y unos testículos oscuros. Los cogí entre mis manos y los acaricié. El
hablaba, pero yo no escuchaba nada. Estaba absorta con el sexo de un hombre a
tan solo unos centímetros de mi cara.
Acaricié su pene y lo observé
detenidamente: el grosor, su color, las venas, el glande cubierto por el
prepucio, el vello castaño que cubría toda la pelvis. Deslicé la piel para dejar
al descubierto un glande rosado que creció a las primeras caricias y adquirió un
brillo terso.
Acerqué mis labios y lo besé. Tenía
cierto reparo al sabor y a la sensación de tocar con mis labios el sexo de un
hombre. La primera sensación me desinhibió. Deposité varios besos alrededor del
glande. Y seguí por el tronco del pene hasta los testítulos. Las dos bolitas
resbalaban de un lado a otro huyendo de mis labios. Instintivamente, saqué la
lengua para controlar los vaivenes y logré jugar unos instantes con ellos. El
sabor de la piel era delicioso, me recordaba el de las mandarinas. Volví con mis
labios a recorrer el la superficie del pene, pero la punta de mi lengua iba
dibujando un reguero de saliva por su piel hasta llegar al frenillo. Recorrí
cada pliegue de aquella frontera entre el glande y el tronco de un falo tan
apetitoso.
El sabor a mandarina aceleró mis
palpitaciones. Mi boca se abrió para ir mordisqueando su dureza por la parte
superior hasta llegar a la pelvis y seguí con la lengua hasta el ombligo.
Separé mi cara para admirar el sexo de
mi primer y único amante hasta entonces. Los besos en aquel miembro excitado me
llenaban completamente. Mi agitación era tan húmeda que tenía la braguita
empapada. Una gota blanca apareció por aquella abertura pequeña y la recogí con
mi lengua. Tenía un gusto
Deposité nuevos besos sobre el pene y mi
lengua buscó nuevamente aquel sabor afrutado. Mis labios rozaron el glande, los
froté alrededor y el ardor de mis entrañas y la presión de mis pechos abrieron
mi boca para introducirme aquella punta gorda, rosada y dura. Mis labios
chuparon el glande con deleite. La lengua friccionaba el agujero y paladeaba
cada milímetro. No pude controlar mi excitación e introduje todo el falo hasta
mi garganta. Lo metía y sacaba para darle todo el placer que retenía en mi
vientre. Quería transmitirle todo el deseo que abrasaba mis entrañas. Abrí mi
blusa y dejé libres mis pechos. Me bajé los pantalones y las bragas para tocarme
con una mano una vulva que me abrasaba. Tenía el clítoris muy inflamado y las
descargas eléctricas que me producía cada roce de mis dedos, estuvieron a punto
de arrojarme a un orgasmo.
Mi boca estaba llena de su polla. Sus
gemidos se confundían con sus palabras, pero yo no entendía nada de lo que
decía. Estaba absorta disfrutando todas las sensaciones que me regalaba el tener
aquella verga en mi boca. La primera verga que yo chupaba. Mi marido no me lo
había pedido nunca y a mi nunca me apeteció, como nunca me comió el coño aunque
yo soñaba con ello. Ahora tenía en mi boca un pene delicioso que gozaba con mis
chupadas y me daba una dulzura desconocida.
Las palpitaciones del pene aumentaron
coincidiendo con los gemidos de Carlos. La dureza era impresionante, pero la
dulzura también. Mis labios aprisionaron de nuevo el glande y los chupé con
especial cuidado. La humedad de mi boca y el fuego de aquella picha formaban un
lubricante especial.
Fue entonces cuando me cogió la cara con
sus manos para que le prestara atención y me dijo que se corría. Me estaba
diciendo que eligiese, o bien continuar la masturbación con la mano o que
recibiera su esperma en mi boca. Mi ardor me impedía pensar. Tenía la vulva
empapada con un placer tan intenso que me estaba corriendo continuamente y sabía
que aún podía alcanzar un nivel mucho más alto, casi hasta perder el
conocimiento por unos segundos abrumada por el gozo.
El abrió las piernas ligeramente y lo
entendí como el aviso de que eyacularía en cualquier momento. Recordé que
algunos hombres disfrutan aún más si les introduces un dedo en el ano. Lo hice y
a los pocos segundos un chorro de esperma muy caliente golpeó mi garganta. Ahora
era él quien movía su cintura para acelerar su corrida y para gozar con mi dedo
en su ano. Sin darme cuenta, le había introducido todo el dedo corazón. Con la
otra mano sostenía la polla y la mantenía controlada mientras un caudal de leche
llenaba mi boca. Ya no me cabía más, pero el continuaba arrojándola dentro de
mi. Sentí que se me escapaba y llenaba mi barbilla y se deslizaba hasta mi
cuello. Tragué un poco y me produjo tal morbosidad que empecé a ingerirla hasta
que apenas si dejé algunas gotas. Fue entonces cuando me pidió que no me la
tragase toda y la compartiese con él. Guardé la que aún salía mientras yo
masajeaba su falo. La cantidad fue suficiente para que al besarnos en la boca,
el pudiese tomar un buen trago de su propio semen.
Había sido mi primera mamada, pero
también había sido mi primer amante. Me tumbó sobre el asiento trasero y me besó
la pelvis y entre las piernas hasta que su boca se acopló a mi vulva y su lengua
hizo tales maravillas que tuve un orgasmo con una intensidad hasta entonces
desconocida para mi. Hubo un momento en que perdí el conocimiento mientras
gritaba totalmente enajenada.
Han pasado cincuenta y cinco años de mi
vida para gozar chupando el pene de un hombre. ¡Cuántos placeres he dejado pasar
a lo largo de mi vida!