AMOR OCULTO
Un escritor famoso que vive solo en un
lejano fiordo noruego recibe una visita relacionada con su amante. Se aclaran
las relaciones dentro de un triángulo complicado. Versión libre de una pieza
teatral de Eric-Emmanuel Schmitt.
ABEL
No sé por qué estoy escribiendo eso.
Creía que ya me harté de letras, ideas, imágenes recurrentes, sentimientos
disecados por la mente analítica de un hombre que acaba de llevarse un premio
Nobel por su supuesta maestría. No ansío más que un pedacito de mi isla donde
reina la Soledad hostil, donde puedo erigir torres de marfil y saborear el
azúcar de las nubes, azotado por rugidos monótonos del mar. El mar del Norte…
¿Acaso hay otra fuerza que te infunde tanta seguridad con su caos? La superficie
no deja de sufrir mutaciones abarcando toda una gama cromática, pero el fondo
permanece negro como si ocultara un monstruo con fauces abiertas. El Tiempo se
ha olvidado de su propia existencia en este fiordo noruego. La primavera es
sinónimo de otoño y ambos son sinónimos de “nada”: sólo existe un invierno
ininterrumpido, una película en blanco y negro, un chicle que rumia a sí mismo.
Nostalgia – el único condimento. Aquí he creado mis mejores piezas, incluyendo
la última obra premiada, una novela epistolar que contiene un carteo extenso con
una Desconocida. Una desconocida para el público y la más amada para mí.
¡Helena! Un nombre-suspiro que llega
directamente al corazón. No se distinguía de la multitud de mis estudiantes,
había visto a mujeres mucho más guapas, elegantes y seductoras. Más tarde me
fijé en algo sutil que traslucía en sus ojos, un temblor en las comisuras de sus
labios, un encanto anguloso en sus movimientos. En fin, según dice un bolero,
“no sé decirte cómo fue, pero de ti me enamoré”. Se mantenía distanciada de todo
el curso, siempre al margen, siempre sumida en ensueños difusos. Me sentía
atraído por su cuerpo esbelto, rebosante de juventud. Esta piel, más blanca que
el corazón de una manzana, prometía demasiado… Nos unía un fuerte vínculo
telepático. El sonido de unos cascabeles, disperso en el aire, anunciaba su
acercamiento. Pese a que se había enamorado de mí mucho más antes que yo de
ella, se mostró muy terca al notar mis tentativas de conquistarla. Sin embargo,
la espera valió la pena. El triunfo sabía a gloria cuando por fin se rindió. Mi
primera experiencia de entrega total. Tuve relaciones con decenas de mujeres que
se asomaban de vez en cuando por las páginas de mis libros. Ninguna de ellas
supo tocar la fibra sensible. Un duende observador, inserto en mi cabeza,
impedía establecer un contacto profundo. No las veía como seres humanos, sino
como personajes prefabricados que servían de materia prima para mis
experimentos. Las peripecias de uno u otro romance se igualaban a una
tragicomedia barata, interpretada por enésima vez en las tablas de un teatro
provincial. Aquella chica “ordinaria” encontró la llave y abrió de par en par la
puerta enmohecida de mis emociones.
El desarrollo de nuestra historia parece
predecible. Nos esclavizamos mutuamente y nos aislamos del mundo, absortos en el
milagro puro. Yo era el primero quien descubrió la seda de sus pechos y el calor
de su vagina, el primero quien le enseñó a disfrutar del terremoto orgásmico, el
primero quien la marcó con el fuego del semen. Y seré el último. Al robar la
virginidad corporal me robé a su personalidad: su cerebro también estaba marcado
con el fuego de mi poder, su imaginación – inundada de mi imagen al igual que
sus entrañas de mis espermatozoides, su voluntad – destornillada y destripada,
flotando detrás de mis órdenes. Por desgracia llegamos a un túnel que ofrecía
una bifurcación banal: matrimonio o ruptura. Entonces me iluminó una idea genial
en su sencillez. Debíamos separarnos en la cúspide de pasión sin esperar el
enfriamiento inevitable. Y después llegaba el turno de lo mejor – la
correspondencia destinada a preservar la magia. Helena aceptó el trato. Regresó
a su ciudad natal, una localidad pequeña y aburrida. Yo me trasladé a la isla
que se convirtió en mi hogar.
Han pasado 15 años. Mi plan funciona.
Seguimos escribiendo cartas – interesantes, ardientes, frescas que nutren
nuestro inmenso amor. Hemos superado la prueba de cambiar el oro de sentimientos
auténticos por un trapo sucio, denominado “vida conyugal”. Mucha gente quisiera
experimentarlo. El éxito de mi novela lo demuestra. Por cierto, he prometido una
entrevista a un periodista que viene desde muy lejos. No suelo hacerlo debido a
mis costumbres de ermitaño, pero éste es un caso especial. Dice que trae un
mensaje importante de mi Helena. Ya está llamando a la puerta. ¡Y con qué
insistencia! ¡Cabrón! Bueno, te dejo pasar. Ten en cuenta que traigo mi escopeta
favorita. Si me tomas el pelo te fusilaré por haber profanado mi espacio
privado. ¿Entendido?
HELENA
La fiebre sigue subiendo. Eric está
desesperado. “¡Qué suerte! ¡Un marido tan cuidadoso!” – dice la doctora. Sí,
tengo un marido muy cuidadoso, pero nada de suerte. Le pongo los cuernos con mis
recuerdos, más reales que la realidad, con la sombra de mi adorado Maestro que
envuelve nuestra casa. Un adulterio así es muchísimo peor que un lío con un
hombre de sangre y hueso. ¿Hay algún remedio? No. La única manera de tener a
Abel – apartarme y escribir, escribir, escribir… Eric lo sabe y me ayuda a
medida de sus posibilidades. Curioso. Su idolatría por mí parece a mi idolatría
por Abel cuya idolatría se centra en su arte. ¡Bonito triángulo!
¿Por qué decidí casarme si pertenecía
toda al Maestro? Quizá para demostrar a mí misma que me quedaba una migaja de
rebeldía, que era capaz de acostarme con otro. ¿Qué podía dar a Eric? Mi cuerpo,
mi rutina, mi cariño, muy poco en comparación con sus expectativas. El sabor de
culpa… lo que faltaba al platillo de mi tortura. Me pregunto muchas veces qué
siente cuando me mira los ojos y adivina el reflejo de mi verdadero dueño
mientras hacemos el amor. Imito a perfección los detalles del comportamiento de
una buena amante. Hay de todo: sudores, fluidos, olores, gemidos, caricias,
técnicas, cambio de posturas, descargas orgásmicas. La cosa avanza desde el
punto de vista fisiológico, pues Eric es guapo y tierno. Intento complacerle y
en parte lo consigo. ¿Qué nos falta entonces? Me falta la plenitud posterior que
encontraba en los brazos de Abel. Y a él le falta mi presencia. No está
poseyendo una mujer, sino una cáscara vacía que reproduce un algoritmo
determinado. ¡Pobrecito! No se lo merece.
Dicen que los moribundos evocan los
episodios más destacados de su pasado antes de cruzar el umbral de otro mundo.
Me viene a la mente una escena en la playa. La natación me fascina. Desde
siempre. Puedo permanecer en el agua durante horas. La tristeza se evapora por
arte de magia. Y la felicidad se refuerza. Aquella tarde me sumergí en el mar
llena de euforia. Tal vez por ello no me di cuenta de que me alejé demasiado de
la costa. Se levantó un viento fuerte que impedía luchar con las olas. Los
gritos angustiosos de gaviotas firmaban la sentencia de mi muerte. Tuve que
gastar miles de esfuerzos para alcanzar la meta. Varias veces estaba a punto de
ahogarme. Al llegar a la orilla, fuera del peligro, me tumbé en la arena y caí
en un pozo insondable de un desmayo. Flotaba en la oscuridad, a la deriva,
gozando del dulce abandono, hasta que la luz de un faro me arrancó del plasma
helado. El faro de mi vida, el rostro de Abel. La proximidad de una amenaza
superada nos encendió hasta un punto inverosímil. Los besos agresivos trituraban
nuestros labios y sabían a sangre fresca – la de los dos. “¿Quién eres? ¿Quién
eres?” – gemía durante las pausas. “¿Y tú?” – respondía él. Nos fundimos al
instante, dos camiones enloquecidos en una colisión mortal. Sentía una
coalescencia salvaje como si se tratara de mis propios tejidos, transmitidos en
otra persona. Los aullidos del mar se mezclaban con la furia de aquel mar que
llevábamos muy dentro y que nos mecía en la espuma de sus crestas. Pensé que las
embestidas irrefrenables acabarían conmigo hasta reducir a un puñado de sal, me
alegré y estallé en un éxtasis multicolor que abría la puerta de otra dimensión
temporal, olvidada al nacer. Una experiencia incomparable, una unión tan
perfecta que rayaba en la destrucción y la hacía atractiva.
Es preferible que me muera, sin duda.
Eric volverá a casarse y hallará el consuelo al lado de una mujer que sabrá
responder a su profunda capacidad de amar. La muerte no me da miedo. Hace tiempo
que me identifico con una zombie. Además, dejaré de sufrir del acoso de una
pesadilla: me escapo de la tormenta, salgo del mar y descubro que la orilla está
desierta. Ningún rastro de Abel. Y eso es verdad. Mi maestro disfruta de soledad
en la orilla a la que nunca vendré, contento y satisfecho, ya que me tiene a su
manera. Pero… ¿quién le escribirá si me muero? ¿Quién le ayudará a crear sus
obras? Se llevará un disgusto enorme. ¡Dios mío! ¡Me mareo! ¡Eric! ¡Ven aquí!
¡Sálvame, Eric!
ABEL Y ERIC
- ¿Una mujer real o ficticia?
¿Qué te importa, hijo de puta? La trama engancha y basta.
- Me importa más de lo que
puedes imaginar.
- ¿A qué insinúas, pedazo de
mierda? Vale, la mujer que me inspira es Helena. ¿Y...?
- Lo sé sin tus confesiones
patéticas, soy su marido.
- ¿Marido? Jajaja. Lamentable.
Siempre con la presencia de un tercero a quien ella ama de verdad. Espera…
Resulta que tuvo sexo contigo y me traicionó. ¡Maldita zorra!
- Sí que tuvo sexo
conmigo y le encantaba.
- Imposible. Después de lo
nuestro… La poseía, ¿entiendes? No estaba endemoniada, estaba enabelada. Salta a
la vista en las cartas. Si has leído mi novela sabrás qué digo.
- Quizá fuera un juego de su
parte. Y nada más.
- ¡Mete en el culo tus
conjeturas! ¿Me dejas escribirle una nota de despedida? Quiero felicitarla con
su naufragio en el infierno de acciones previsibles y sensaciones marchitas.
¿Cuántos sedantes habrá que tragar para aguantar toda una vida vomitivamente
ordenada? A ver que contesta.
- No te contestará, Abel.
- ¿Acaso se lo prohibes?
- Nadie contesta desde la tumba.
Estás invitado al entierro de tu amada.
- ¡NO-O-O!
- Sí. Ha muerto sufriendo por
ti. ¡Por un símbolo! Por un viejo repleto de enfermedades y rencores. Desde el
principio representabas su muerte. La enterraste en la telaraña de un carteo que
no tenía salida y bloqueaba el desarrollo de su personalidad. La contagiaste con
tu virus de esterilidad y sequía.
- ¡Cierra la boca o te pegaré un
tiro!
- Voy a actuar más rápido.
- ¡Ay, qué chico tan listo!
¡Vienes armado!
- Claro, he soñado con este
momento. Coserte a balazos… qué maravilla. Pero antes me gustaría aclarar algo.
¿Por qué la arrebataste del mundo de un amor real? ¿Cómo la encadenaste a tu
perversión?
- Soy mago y mi hechizo surte
efecto.
- ¡Magia! ¡Palabra clave! ¿Crees
que la magia es un producto congelado que se guarda en la nevera? ¿Un alimento
del narcicismo? ¡Idiota! La magia nace y se mantiene en el contacto vivo, en el
intercambio de energía. ¿Cómo lo explico a un ciego?
- Helena no estaba de acuerdo
contigo.
- ¿La acompañas al cementerio,
célebre amante?
- No me muevo de aquí. Los
viajes perjudican la salud. Soy capaz de despedirme de Ella en mi mente.
- ¡Quién lo dudaría! No hace
ninguna falta que te muevas de tu sepulcro. Mi mujer no ha muerto ahora sino
hace 12 años.
- ¡Madre mía! ¡Helena! Una
sombra blanca que se perdió en lugares desconocidos. Un eco divino que enciende
estrellas en mi interior.
- ¡Sombra blanca! ¡Eco divino!
¡Qué barbaridad! Siempre lo era para ti, viva o muerta.
- ¿Y las cartas? ¿Las cartas de
mi amada? ¿De dónde surgieron?
- No se requiere un CI de
Einstein para adivinarlo.
- ¡¿Tú?!
- Tu novela se basa en la
correspondencia conmigo. Me debes un Nobel.
- ¿Para qué? ¿Para qué lo
hiciste?
- Para no volverme loco. Para
resucitarla de alguna manera. Para convertirme en ella. Para cumplir su último
deseo. Durante la agonía Helena no dejaba de atormentarse por el hecho de que no
te ayudaría a crear tus obras maestras. ¿He cumplido la función de médium?
- Me regalaste su presencia. Yo
te ayudé a hacer más fuerte la ilusión. Quid pro quod. No somos enemigos, Eric.
No somos héroes de Troya que se pelean por el fantasma de Elena, la Bella. Hemos
querido a una mujer especial y ella a nosotros. ¿Verdad que su piel parecía una
perla, de tacto más suave que un pétalo de magnolia?
- Por supuesto. Y su pelo dorado
tenía algo de brisa marina.
- Sus ojos te acariciaban
entero. Gotitas de turquesa, de color nórdico y de expresión oriental,
aterciopelada.
- Sus labios no soltaban
secretos del pasado, pero daban besos reconfortantes de una madre.
- ¿Y sus pechos? ¡Dios! Nunca he
visto un matiz tan níveo.
- Yo tampoco. Palomitas
extraviadas en mis manos.
- Su sexo acogía como un
manantial lleno de calientes burbujas minerales.
- Dentro de ella anhelabas una
sola cosa: quedarte para siempre.
- O morir mientras te
derramabas.
- Sabes, Abel, mi odio se ha
ido, disuelto en la pena compartida.
- Me pasa lo mismo. Melancolía y
ternura. Ni una pizca de agresión. Helena se ha transformado en una melodía
cautivadora que formará parte de nuestros corazones durante la eternidad. Y
ahora te dejo. Necesito estar a solas con mi Dolor. ¡Ay!
ERIC
Abel sale al jardín. Suena un disparo.
¿Se habrá suicidado? ¿O se trata de otro tiro al aire que simboliza el final de
la historia? No descarto las dos opciones y me trae sin cuidado cuál es
correcta. El escritor representa una Muerte personificada, ya lo he dicho.
Helena se salvó del poder maléfico gracias a la autoaniquilación. La obsesión
absorbió su cerebro y sembró la enfermedad en su frágil cuerpo. No pude librarla
por más que me esforzara en ahuyentar el fantasma. Los fantasmas se marchan una
vez disipado su enigma sugerente. Según las palabras de una sabia, amamos lo que
huye de nosotros. La tortura termina en el momento cuando logramos descifrar el
secreto esquivo. El problema es que mi mujer, bien atascada en las redes de un
espejismo, no lo logró. Yo poseía mucho más características de su alma gemela
que el desgraciado de Abel, pero estaba a su lado, siempre dispuesto a cuidarla
y mimarla, y él, cubierto por el velo de la distancia, se le antojaba
infinitamente deseable. Así son las leyes que guían nuestros corazones
despistados hacia un amor, oculto para nosotros mismos.
Helena, amor mío, me despido de ti en
esta isla desierta donde soplan los vientos gélidos. No significa que te
olvidaré, de eso nada (me marcaste con estigma de obsesión al igual que te había
marcado tu adorado Maestro). Quiero decir que te dejo partir, tus hombres ya no
van a ejercer el control sobre ti mediante las cartas en las que te hacían
hablar por fuerza y te ataban a sus vidas. Duerme tranquila en tu cuna de
tierra. Abel está arrepentido, créeme. Durante nuestra conversación ha entendido
que una pila de libros polvorientos, su única compañía, no vale un roce de tu
mano, una chispa de tu calor. Se ha dado cuenta de lo absurdo de vuestro
sacrificio. Y yo le perdono con toda la sinceridad que hay en mí. No siento más
que compasión por un viejo desgreñado, presa de delirio, aferrado a su escopeta.
Adiós, mi hada. Me iré de aquí purificado, sin la carga de tu sufrimiento que
llevaba a cuestas tantos años. Nuestro mal ha desaparecido. Fin de grabación.