El negro del sex shop.
(Publiqué este relato en Internet hace algunos años, con otro
seudónimo, pero creo que merece la pena que esté en Todorelatos, la página más
interesante de relatos eróticos de la red)
Siempre he vivido en un pequeño pueblo del centro de España,
y hasta que cumplí los 18 años no viajé a Madrid. Entre las muchas cosas que
quería hacer en la gran ciudad estaba visitar un sex shop, donde amigos que
habían estado allí me decían que se podía ver películas guarras. Lo cierto es
que en mi pueblo nunca había podido ver nada así, porque allí no había esos
establecimientos. Me tenía que conformar con algunas de las revistas porno que
mis amigos conseguían cuando viajaban a la capital, y lo cierto es que me ponían
a cien. Me gustaban sobre todo aquellas fotos en las que se veían primeros
planos de grandes pollas en las bocas de tías que parecían gozar una barbaridad
con aquellas inmensas estacas de carne entre los labios. Me ponían muy cachondo
aquellas fotos, y no veía llegado el momento de poder ver una película de
aquellas, con movimiento y todo.
El día en que, por fin, fui a la ciudad (esto fue el verano
pasado), busqué en una revista de tiempo libre donde había un sex shop, y elegí
uno que me pillaba cerca de donde estaba. Al llegar allí, tuve que vencer la
vergüenza de entrar en un establecimiento de aquellos, pero una vez que crucé el
umbral, todo el pudor se quedó afuera, cuando vi las grandes estanterías
cubiertas de películas y de revistas en las que el color predominante era,
apabullantemente, el de la carne humana. Di una vuelta por el establecimiento, y
estuve repasando las carátulas de las cintas de vídeo.
Las había de todas clases; algunas de ellas tenían en portada
aquella imagen que tanto me gustaba, tías tragándose vergas impresionantes. Mi
excitación iba en aumento, y decidí que ya era hora de estrenarme viendo una de
aquellas películas. Le pregunté al chico del mostrador, y me dijo que funcionaba
por monedas, que se iban introduciendo en la ranura correspondiente de la cabina
que ocupara, y que de esta forma podía ver la película que quisiera de un
amplísimo catálogo que tenían en exhibición continua, más de cien vídeos. Así
que cambié unos billetes para tener buena provisión de monedas, y me dirigí a la
zona trasera, donde estaban las cabinas. Aquella zona era como un pasillo, y se
podía entrar por un lado o por el otro, dependiendo de en qué lugar de la tienda
estuvieras. Cuando me introduje en el pasillo, vi que por el otro lado venía
otro chico, en este caso negro; ambos fuimos mirando las cabinas, que resultaron
estar todas cerradas (y, por tanto, ocupadas) hasta llegar a las dos centrales,
que sí estaban libres. Nos miramos un momento, como diciendo, "menos mal que hay
dos, si no, nos íbamos a tener que pelear"; no sé por qué, pero,
involuntariamente, al ir a entrar en la cabina, mi mirada se paseó
descuidadamente por el chico, y encontré un bulto considerable entre sus
piernas, enmarcado en un ajustado pantalón vaquero.
Fue algo totalmente involuntario, quizá motivado por el hecho
de que, en las fotos que había visto en mi pueblo de tías guarras mamando
cacharros, siempre me llamó la atención que los nabos negros se veían más
grandes y más gordos; había algo morboso en ellos. Me sonreí para mis adentros;
este chico realmente debía confirmar que los negros, en cuanto a sexo, están
mucho mejor dotados que los blancos. Entré en la cabina, me senté en el asiento
y me hice una idea de como iba aquello. Frente por frente tenía una pantalla de
televisión, a la derecha de ésta había una ranurita indicando "1 euro" y en el
reposabrazos derecho había unos botoncitos; eché una moneda y salió una imagen,
con una chica siendo follada por un tío; la admiré un ratito, observando aquel
metisaca, pero después empecé a cambiar buscando otra imagen. Tenía el volumen
bajito (otro de los mandos permitía subirlo o bajarlo), y ello me permitió, en
un momento dado, escuchar el sonido de la cabina de al lado, donde había visto
meterse al negro.
Me llamó la atención que se escuchaban grandes jadeos de
timbre masculino, cuando en la película que yo había visto, y en las dos o tres
que había después ojeado mientras buscaba otra, eran siempre las tías las que
daban unos jadeos tremendos; en principio no le presté mayor atención, hasta
que, zapeando por los distintos canales del monitor televisivo, apareció una en
la que un chico rubito estaba pegándole una gran mamada a un hombre negro, que
tenía un nabo de auténtica exposición; no me hubiera detenido en la imagen,
porque a mí el sexo con hombres no me había interesado nunca, si no hubiera sido
porque me pareció identificar los fuertes jadeos que pegaba el negro con los que
había escuchado sólo unos momentos antes en la cabina anexa. Intrigado, bajé el
volumen de mi película al mínimo, y allí estaban, en efecto, los mismos jadeos
en el ambiente, procedentes de la cabina de al lado. Así que el chico negro del
paquete enorme que había visto al entrar estaba viendo un vídeo gay...
Incomprensiblemente, noté que la polla se me ponía más dura de lo que ya la
tenía; no quise darle mayor importancia, aunque lo cierto es que tener a
escasamente un metro de distancia, con sólo una pared de madera de por medio, a
un negro maricón cascándose su polla me pareció tremendamente excitante. Seguí
mirando la película, en la que el mocito rubio seguía metiéndose dentro de su
mínima boca aquella herramienta negra y brillante, que salía entre sus labios
chorreante de saliva; me fijé que el rubito tenía los ojos cerrados y una cara
de indescriptible placer, y de vez en cuando emitía ronroneos como de gatito; el
nabo entraba en su boca con una facilidad increíble, teniendo en cuenta que era
una verga descomunal, como de por los menos 22 ó 23 centímetros, y muy gruesa. A
pesar de todo, aquel rubio que vendría a tener mi edad se la metía entera,
enterrando su nariz en la pelambrera púbica del negro, arqueando la garganta
para dar cabida a toda aquella masa de carne.
La verdad es que cada vez me sentía más excitado viendo
aquellas imágenes, y no tuve más remedio que bajarme los pantalones a medio
muslo y empezar a pajearme. Tenía mi propio nabo totalmente a tope, como no
recordaba haberlo tenido nunca en mis muchas sesiones de masturbación; de
repente me acordé de mi vecino negro que estaba a poco más de un metro, en la
otra cabina. No sé cómo, pero miré hacia arriba, y vi que las cabinas tenían un
techo común, tipo corcho estilizado. Se me ocurrió entonces que podría, quizá,
desplazar ese techo y ver qué estaba haciendo mi vecino negro; imaginaba
perfectamente lo que estaba haciendo, pero me excitaba tremendamente verlo con
mis propios ojos y, sobre todo, saber si aquel paquete protuberante realmente
escondía la herramienta que prometía. Me subí los pantalones como pude, me
afiancé con los pies sobre los reposabrazos del asiento, que era firme y no
había peligro de que se cayera, y me coloqué, con cuidado, con mis antebrazos
contra el falso techo de corcho. Hice un poco de presión y, efectivamente, no
estaba sujeto con nada, sólo sobrepuesto y mantenido en su sitio por la propia
fuerza de la gravedad. Lo icé con cuidado y lo corrí hacia atrás. Después
introduje la cabeza en el hueco del falso techo y, siempre con mucho cuidado,
tomé con mis manos los laterales del corcho que hacía las veces de techo sobre
la cabina de mi vecino negro. Lo corrí un poquito, sólo un poco, y me asomé con
mucho cuidado: por la rendija que había abierto en el techo pude ver al negro
sentado, como yo había estado hasta sólo unos minutos antes: Lo veía desde
arriba, mientras el chico estaba absorto en las imágenes del monitor, que
seguían siendo las del rubito mamando el nabo del negro. Pude ver que mi vecino
tenía los pantalones a la mitad de los muslos, y con la mano derecha se
masajeaba una verga que me dejó sin aliento. Aquella manguera negra no podía
medir menos de 26 centímetros, según pude observar, anonadado, desde mi
observatorio; poco le faltaba para llegarle a la rodilla. Además, era gruesa,
calculo que como de 6 centímetros de diámetro. De hecho, la mano no podía
cerrarla en torno al grueso tronco de aquel prodigio de la naturaleza. Tenía una
cabeza sonrosada, ligeramente teñida de negro por los lados, una cabeza grande y
descapullada, brillante por los líquidos preseminales. Abrí un poco más la
rendija, para ver más, y debí hacer algo de ruido, porque el chico miró en ese
momento hacia arriba.
Me eché hacia atrás, horrorizado, con el corazón a punto de
salírseme por la boca. Me bajé desde mi atalaya y me senté en la butaca, todavía
aturdido por lo que acababa de pasar; en la pantalla, el rubito seguía mamando
aquella estaca negra. Recuperé un poco el aliento y, aunque debería de haber
cambiado de canal, lo cierto es que no tenía ninguna gana; simplemente no toqué
los botones y seguí viendo aquella boca tan pequeña que prodigiosamente daba
cabida a algo tan grande. En ello estaba cuando me di cuenta de que el volumen
de la cabina de al lado cesaba abruptamente, como si se hubiera acabado la
provisión de monedas y el negro no hubiera echado más. Bajé el volumen de mi
película y, en efecto, ya no se escuchaba nada. Oí entonces el ruido de la
puerta al abrirse; así que el negro se marchaba; ya se habría terminado de hacer
la paja y se iba. Tengo que reconocer que saber que ya no estaría tan cerca,
cascándosela a placer, me produjo cierto pesar, y la verdad es que no sé por
qué. Me disponía a subir un poco el volumen de mi película, para seguir
escuchando los jadeos del negro que follaba por la boca al adolescente rubio,
cuando me pareció escuchar en la puerta de mi cabina dos golpes dados sobre la
madera, muy leves. Hubiera pensado que era mi imaginación, pero por otro lado mi
oído me decía que sí había escuchado aquellos quedos golpecitos. Estuve así un
ratito, y cuando ya pensé que, efectivamente, la imaginación me había jugado una
mala pasada, oí de nuevo otros dos golpecitos, ahora algo más fuertes. Había
alguien al otro lado de la puerta, queriendo entrar, y yo tenía alguna idea de
quien era... El corazón me latía con una velocidad tremenda. ¿qué hacer? Por un
lado, el hecho de abrir la puerta y que entrara aquel negrazo maricón iba
totalmente en contra de mis perjuicios sexuales de toda la vida: jamás había ni
siquiera imaginado tener sexo con otros hombres, y siempre me había reído de los
mariquitas... Pero, por otro, estaba tan excitado no sólo con las imágenes de la
película sino también, por qué no decirlo, por la inmensa polla de aquel negro
que, ahora, presumiblemente, aporreaba mi puerta, que, casi maquinalmente, la
abrí, aunque un resto de prurito, en el último momento, hizo que la abriera sólo
unos 15 centímetros, y bloqueara con el pie la puerta para no permitir una
abertura mayor. Me agaché para asomarme a ver a través de esa rendija, pero
antes de que pudiera hacerlo, entre las sombras de la cabina, alumbrado solo con
los reflejos de la imagen del televisor, apareció en la puerta entrecerrada el
enhiesto glande de un nabo negro, monumental, de cabeza que rezumaba líquidos.
Me llegó una vaharada de olor que anunciaba aromas de macho, placeres oscuros y
secretos, y sentí como perdía fuerzas mi resistencia. Aún pude mantener el tipo,
mientras el nabo penetraba un poco más entre la angosta estrechura que yo había
permitido en la puerta de la cabina. Pude apreciar entonces, desde muy cerca, la
belleza de aquel aparato prodigioso, esbelto y a la vez poderoso, grueso pero
aerodinámico, y largo, muy largo; la hermosura de las venas que lo surcaban, que
le daban una majestuosidad mareante, y la gracia del glande, totalmente
desplegado, latiendo casi imperceptiblemente por la excitación. En ese momento
escuché una voz, procedente del exterior de la cabina, apenas un susurro:
--Déjame entrar, que viene alguien...
Actúe sin pensarlo: me puse en pie, desbloquée la puerta del
pie que la mantenía entrecerrada y la abrí totalmente. El chico negro entró como
un rayo y cerró la puerta tras él. Un momento después escuchamos los pasos de
alguien que pasaba, buscando a buen seguro una cabina en la que cascársela
viendo una chica... o con un chico, según había podido comprobar. Pude entonces
ver de cerca al dueño de aquella herramienta prodigiosa; aparentaba tener como
unos 25 años, era de rasgos agraciados, tipo negro americano, aunque su acento
era de un muy correcto español. Vestía informal, con vaqueros, de cuya bragueta
pendía aquel badajo que, ahora, estaba tan cerca de mí, y ambos dentro de la
cabina. Yo estaba muy excitado pero también muy asustado; intuía que estaba
próximo a ocurrir algo que podía cambiar mi vida, y eso me hacía estar aún más
nervioso. El chico me sonrió y miró hacia abajo. Supongo que la imagen que
dábamos debía ser, cuando menos, curiosa: dos jóvenes, ambos con los pantalones
desabrochados y las vergas empalmadas fuera de sus nidos... Yo también miré
hacia abajo, y pude ver nuestros nabos enhiestos, y, al lado, el rubito del
televisor mamando como un cachorrillo; como si estuviera hipnotizado, noté que
me ponía de cuclillas, aunque mi cerebro, estaba seguro, no había mandado la
orden a mis piernas; era la excitación la que mandaba. Estaba ahora situado a la
altura del nabo del negro, cuyo glande se encontraba a unos escasos 15
centímetros de mi boca, que permanecía semiabierta. Pero mi excitación no daba
para llegar más allá, pues mis prejuicios me mantenían donde estaba, sin dar mas
pasos. Vi entonces como aquel nabo se acercaba muy poco a poco, al aproximar el
negro su pelvis hacia mí.
Era impresionante ver aquel aparato, aquella herramienta
prodigiosa acercarse inexorablemente hacia mi cabeza, aunque yo seguía
paralizado. Por un lado, me hubiera gustado dar un paso y acoger en el seno de
mi boca aquel portento, pero no podía, estaba como congelado, a pesar de que
sentía entre mis piernas un volcán deseoso de entrar en erupción. Pero el nabo
negro continuaba, inexorable, su camino hacia mi boca, y, aunque iba despacio,
llegó el momento en el que el contacto era inminente. En ese instante, casi a
punto de marearme, cerré los ojos; un momento después, algo suave, cálido,
ligeramente húmedo, con una tremenda sensación de poder, rozó mis labios. Me
estremecí, y sentí algo muy raro en el agujero del culo, como si aquella íntima
zona de mi anatomía, por primera vez, protestara del agravio que suponía que
aquella verga de exposición recalara entre mis labios.
El roce con el glande se hizo más intenso, y ya éste
impregnaba mis labios de la sustancia viscosa pero extraordinariamente erótica
de los líquidos preseminales. Pero el nabo ya no podía avanzar más, porque yo
mantenía aún los dientes entrecerrados, todavía paralizado por los nervios del
momento; pero, como si fuera un resorte, los dientes cedieron y se abrieron, y
el nabo del negro penetró en mi boca, ahora ya sin obstáculos. Sentí que mi
espacio oral era ocupado por algo sabroso, grande, caliente, palpitante, como
tener un erótico corazón en la boca, y entonces supe que aquello era lo que
quería hacer. Fue un momento de descubrimiento, de encontrar, por fin, lo que
buscaba. Abrí por completo los labios y los dientes y di cabida, ya sin ambages,
a aquel prodigio de la naturaleza; sentí como el glande se encaminaba, dentro de
mi prieta boca, hacia la campanilla, y allí chocó, cuando apenas si tenía la
mitad de aquel gran pedazo de carne en mi interior. Como si hubiera tenido una
inspiración, miré a la pantalla del televisor, y allí estaba el rubito todavía
mamando, y pude entonces tener una clase práctica de qué hacer; ahuequé, como
hacía el puto adolescente de la imagen, la garganta, y pronto el esfuerzo tuvo
su recompensa. Al tercer intento, aquel obús de carne penetró en mi garganta,
perforándola, y continuó su camino hacia el esófago. El negro empezó a follarme
por la boca y me di cuenta de que mi imagen mamándole el nabo se reflejaba sobre
la pantalla del televisor, y que curiosamente mi cara y la del rubio tenían el
mismo aspecto superexcitado.
El negro hizo que, sin dejar de mamarle la verga, me
incorporara sobre mis cuartos traseros; no sabía qué se proponía, pero seguro
que era placentero, así que le dejé hacer. El tío se recostó sobre mi espalda, y
noté como uno de sus dedos, ensalivado, intentaba penetrar en el agujero de mi
culo; la primera intención fue la de cerrar aquel íntimo reducto, pero después
pensé que no tenía sentido, y me dejé llevar. El dedo en mi culo empezó a
proporcionarme una dosis de placer extra, mientras que continuaba mamándole como
un cachorrillo aquella verga de lujo. Me metió otro dedo ensalivado y me folló
con los dos, y después un tercero, y con cada nuevo inquilino me gustaba más;
culeé como una maricona salida, deseando algo más gordo y largo, y, como si
tuviera telepatía con el negro, éste retiró su vergajo de mi boca y me hizo
girar sobre mí mismo, quedando ahora con el culo en pompa y su nabo entre las
cachas de mi culo. Me di cuenta entonces de que aquel vergajo inmenso podía
partirme en dos, pero ya era demasiado tarde; además, la excitación ya
sobrepasaba de largo a mis miedos, así que me abrí de cachas todo lo que pude y
esperé aquel obús dentro de mi más íntimo recinto. Pero el negro todavía tenía
otra fase que yo ni siquiera imaginaba. Noté algo húmedo en el agujero de mi
culo, pero estaba claro que no era el nabo: miré entre mis piernas, y vi al
negro chupándome el agujero; el tío me metía la lengua cuanto podía, y sentir
aquel trozo de carne húmeda y tan íntima me produjo una serie de escalofríos;
cada vez que su lengua acariciaba el interior de mi recto, los vellos se me
ponían de punta, y un estremecimiento recorría mi espalda. Creí que me iba a
correr con aquellos escalofríos, pero, con un esfuerzo sobrehumano, conseguí
evitarlo.
Cuando el negro creyó que ya me tenía bien lubricado, me
colocó el glande entre las cachas y probó a meter la punta. Sentí como si me
estuvieran metiendo por el culo un bate de béisbol. El dolor era tremendo, pero
al mismo tiempo proporcionaba un placer indescriptible. El negro paró, al darse
cuenta del dolor que me causaba, pero pude farfullar:
--Sigue, sigue, no pares... métemela toda...
El tío, entonces, dio un empellón tremendo y me metió el nabo
hasta el fondo. Creí morir de dolor; era como una barrena de tamaño gigante
horadando mi agujero. Y, sin embargo, sobrenadando sobre ese intensísimo dolor,
empecé a sentir un placer brutal, que nacía del agujero perforado para
extenderse, por oleadas, por el resto de mi cuerpo. Pegué mi culo a aquella
herramienta prodigiosa y comencé a culear como una perra salida. El negro empezó
a bombear, y aquel barreno entraba y salía de mi culo, ahora ya sin mayores
dificultades, acomodándose cada vez mejor al angosto recinto de mi trasero. Cada
vez que entraba el nabo sentía el placer de su piel negra rozando mis entrañas,
y el glande que me tocaba muy al fondo del recto. Siguió así durante unos
minutos, pero pronto los jadeos del chico me hicieron ver que estaba a punto de
terminar. Pero aún me esperaba otra sorpresa: el negro me sacó el nabo del culo,
me hizo girar de nuevo sobre mi eje y, cuando estaba frente a frente de nuevo a
su polla, me metió el glande en la boca; empecé a mamar de nuevo, porque era una
sensación exquisita, cuando, de repente, algo viscoso y caliente empezó a
inundar mi boca; se me estaba corriendo en la lengua, y aunque al principio me
pareció algo asqueroso, enseguida me di cuenta de que aquel líquido enmelazado,
aquella sustancia de sabor algo acre, era sin embargo delicioso de sabor y
tremendamente erótico y morboso; así que, lejos de rechazarlo, me dispuse a
saborear todo lo que aquel carajo negro fuera capaz de expulsar, que era mucho,
por cierto. Hasta diez churretazos de cálida, viscosa leche, conté entre mis
labios, y tuve que hacer un esfuerzo para que no se me derramara entre las
comisuras. Cuando ya estuvo claro que no había más esperma que salir, me regodeé
relamiendo el glande entre mis labios, rezumante de su propia leche. Después,
poco a poco, como el que saborea el extraordinario manjar que era, me lo fui
tragando.
El negro hizo entonces que me pusiera de pie, se acuclilló a
mis pies y se metió mi nabo, que estaba totalmente empalmado, en la boca; apenas
tres o cuatro mamazos expertos y me corrí como un becerro en su boca, saboreando
también aquel puto la leche que le largué entre los labios. Cuando se incorporó,
todavía con mi leche asomando entre los labios, la verdad es que no sabía como
reaccionar. Él lo arregló: me dio un beso de lengua, en el que las leches que
todavía las impregnaban se mezclaron, y después, con una sonrisa, abrió la
puerta de la cabina y se marchó. Yo me senté, todavía aturdido por lo que
acababa de ocurrir; en la pantalla, el rubio recibía en su lengua un churretazo
de semen, y después otro, y otro, en un primer plano que mostraba los ojos
cerrados del puto adolescente, y como gozaba con aquella leche que le entraba a
espuertas en la boca. Entonces supe que eso era lo que yo quería, en sexo, para
el resto de mi vida. ¿Lo entendéis?