El coche-cama
(Publiqué este relato en Internet hace algunos años, con otro
seudónimo, pero creo que merece la pena que esté en Todorelatos, la página más
interesante de relatos eróticos de la red)
No sé si habéis viajado alguna vez en coche-cama. Yo lo hice
y fue, de verdad, una experiencia inolvidable. Tengo 14 años, y este año pasado
viajamos mi madre y yo por ferrocarril de S... a B..., en coche-cama. No sé si
sabéis como funciona esto: cada compartimento tiene dos camas, y se cierra por
fuera por el revisor, de tal forma que, si quieres salir, tienes que llamarlo.
Bueno, el caso es que llegamos al tren, nos atendió el revisor, que era un chico
como de 25 años o poco más. Se veía que debía ser una de las primeras veces que
trabajaba en esto, porque estaba nervioso, aunque después me di cuenta de que a
lo mejor no era por eso.
El caso es que nos hizo las camas, nos despidió hasta el día
siguiente y se marchó. Nosotros nos acostamos al poco rato. Noté que mi madre se
durmió casi enseguida. Yo estaba también adormilado, pero se me había olvidado
orinar, y, con la emoción del viaje, me entraron unas ganas enormes. Así que
llamé al timbre, con cuidado para no despertar a mi madre. Era difícil, desde
luego, porque tiene un sueño a prueba de bombas. El revisor abrió la puerta y me
preguntó, en voz baja, qué es lo que quería. Se lo dije y me dejó pasar. Yo no
me di cuenta de que iba en calzoncillos y camiseta, y allá que salí al pasillo
de esa guisa. La verdad es que a esa hora ya no había nadie, así que tampoco me
habría visto ninguna persona... excepto el revisor, claro.
Avancé por el pasillo y noté tras de mí las pisadas del
revisor. Era normal, claro, quería indicarme dónde estaba el WC, aunque yo creía
saber dónde era. Al llegar a la puerta, el revisor me adelantó por el pasillo,
para lo cual, inevitablemente, nuestros cuerpos se rozaron, y yo noté algo
extraño y duro en su pantalón al tocarme, sólo un momento. Pensé que sería una
linterna que llevaba en el bolsillo. Me abrió el hombre la puerta del servicio y
entré. Tengo que deciros una cosa: no tengo costumbre de cerrar la puerta del
cuarto de baño en mi casa. Es una costumbre de siempre, y la verdad es que no sé
por qué no lo hago. El caso es que en el tren, abstraído como estaba y medio
dormido, tampoco la cerré, y no me di cuenta de que el revisor no se marchaba.
Así que me saqué la polla, que, con el apretón que tenía de ganas de hacer pipí,
se me había puesto dura como una piedra. Intenté orinar, pero no había forma. Se
tendría que bajar la erección, o si no, no podría mear. Me la sacudí unas pocas
veces, a ver si conseguía algo. Todo esto con el revisor a poco más de un metro,
un poco escorado a mi espalda, pero con la suficiente perspectiva como para ver
lo que estaba haciendo, aunque yo seguía en la inopia de que estaba ahí, tan
cerca.
Por eso no me podía imaginar lo que iba a suceder. De repente
noté una mano que me cogía la polla: era él.
--Para lo que te pasa sólo hay un remedio; no te preocupes,
yo estoy aquí para servir a los clientes, y que no tengan ningún problema -me
dijo el revisor, con una sonrisa muy profesional, aunque me di cuenta de que en
sus ojos había un extraño brillo de ansiedad.
Y me empezó a hacer una paja. Lo cierto es que yo,
sorprendido y excitado, con la polla enhiesta y medio dormido, no reaccioné. La
verdad es que no habría sabido que hacer, y dejé que el chico siguiera. Lo
cierto es que me estaba dando un gustito... Tanto, que cerré los ojos y eché la
cabeza hacia atrás, mientras me dejaba hacer.
--Bueno, pues por ahora nada, habrá que utilizar el plan B
-le oí decir, desde la oscuridad de mis ojos cerrados.
Y entonces noté cómo el capullo de mi polla era engullido por
algo húmedo que me la empezaba a chupar. Abrí los ojos, absolutamente
sorprendido, y me encontré al revisor agachado delante de mí, con mi nabo entre
sus labios. Me miró un momento y me guiñó un ojo; yo no salía de mi asombro,
pero el placer que me estaba dando aquel joven era inenarrable, así que me dejé
llevar. El hombre se metía mi polla en su boca, entera, y después la sacaba
lentamente, y me chupaba los huevos, en los que, dicho sea de paso, no tengo ni
un solo pelo. Cuando me los chupaba me parecía que me elevaba del suelo, pero
inmediatamente me restregaba el glande por el interior de sus mejillas, y
aquello era todavía mejor. Con la punta de la lengua hacía por meterse en el
agujerito de mi capullo, y ahí ya no pude aguantarme más: me corrí y quise
apartarle la cabeza de mi polla, pero el hombre aguantó firme. Miré entonces el
espectáculo. Mientras notaba cómo me corría, vi como el hombre tenía la vista
perdida, como si estuviera en trance, mientras chupaba con una ansiedad
inusitada la leche que yo le estaba depositando dentro de su boca. Aún me siguió
mamando varios minutos después de que la última gota saliera de mi nabo, con la
vista perdida como si hubiera alcanzado el nirvana. Por fin, tuve que
despegármelo, porque ya se me había pasado la emoción y la situación era en
extremo chocante, con el revisor, de uniforme, a mis pies, en el water del tren,
aunque ciertamente no había peligro de que nadie se acercara. Todos estaban
encerrados y tenían que llamar al revisor, quien, desde luego, no estaba en ese
momento muy por la labor de ir a abrirles... Lo dejé aún de rodillas, en el
water, me subí el slip y me fui más aprisa que corriendo a mi compartimento. Mi
madre seguía durmiendo, como pensaba. Me acosté, aún con el corazón latiéndome
como un tambor. Aquella experiencia había sido realmente extraordinaria. Hasta
entonces yo no había tenido relación alguna, ni con chicas ni, por supuesto, con
chicos; eso era cosa de mariquitas, y yo no lo era, claro... Pero el caso es
que, tenía que reconocerlo, me había gustado muchísimo lo que me había hecho
aquel joven; no tenía nada que ver con las pajas que me hacía, mañana, tarde y
noche, en el cuarto de baño de mi casa.
A pesar de todo, empecé a quedarme dormido. El caso es que,
entre sueños, noté como la puerta del compartimento se abría. No sabía que
pasaba ahora. Vi una sombra recortarse en el umbral de la puerta, y después ésta
volvió a cerrarse; habrá abierto para comprobar que todo iba bien, supuse. Pero
pocos momentos después, alguien me puso la mano en la boca. Intenté zafarme,
pero quien quiera que fuese (y ya me imaginaba quien era) era fuerte y no pude
hacer nada. Yo estaba tumbado boca abajo, y el revisor se tumbó encima de mí. Me
susurró al oído:
--No querrás que tu mamá se despierte y se entere de lo que
te has dejado hacer hace unos momentos, ¿no? A mí me echarían del trabajo, pero
imagínate en tu caso qué imagen tendrías. Además, no puedes mentirme, a ti te ha
gustado lo que te he hecho, ¿a que sí?
Yo intenté negar con la cabeza, pero el hombre no esperó la
respuesta. Con la mano que le quedaba libre me dio un tirón del slip. Noté cómo
se abría el cinturón, el botón, la cremallera y se bajaba el pantalón. Sentí
algo grueso, duro y caliente apoyado entre las cachas del culo. Estaba realmente
asustado del giro que tomaban los acontecimientos, pero sabía que no podía hacer
frente al hombre, que era mucho más fuerte que yo. El revisor sumergió un dedo
entre mis cachas, buscando mi agujero. Lo encontró, cerrado a cal y canto; yo,
por supuesto, era virgen, pero además, con aquella situación, el esfínter se
había cerrado aún más. Sacó el dedo de aquella puerta que parecía infranqueable,
y oí, en el silencio de la noche, cómo se lo metía en la boca y lo ensalivaba
bien. Volvió a la puerta oscura de mi culo y tanteó. Con el dedo muy húmedo, mi
agujero ya no se sintió tan seguro y abrió sus primeras defensas; además, debo
reconocerlo, sentir aquel índice rezumante de saliva en una zona tan sensible
contrarrestaba con ventaja mis intenciones de echar el cerrojo. El hombre
repitió la operación del dedo varias veces, hasta que su índice pudo entrar sin
problemas en mi agujero. Para ese momento yo estaba ya otra vez empalmado,
aunque esperaba que no se diera cuenta.
El hombre repitió la operación, pero noté que ahora el índice
venía acompañado por otro dedo, seguramente el medio, también profusamente
ensalivado. Costó algo de trabajo que entraran los dos, pero finalmente lo
consiguió. Con los dos dedos me folló suavemente, despaciosamente, y me di
cuenta de que, si no fuera por la mano que me tapaba la boca, habría empezado a
jadear de gusto. Metió un tercer dedo ensalivado, el anular, y aquello ya era un
placer total. Los tres dedos entraban y salían de mi agujero, a esas alturas ya
totalmente distendido.
Sacó los tres dedos y, si no hubiera tenido la boca tapada,
me habría quejado de aquella ausencia; menos mal... No sabía qué pasaba, aunque
pronto me di cuenta: noté en el umbral mismo de mi agujero algo enorme y húmedo,
que pugnaba por entrar tímidamente en aquel pequeño cubículo. La mano que me
tapaba la boca se afianzó aún más, y un momento después algo duro y grande entró
de un solo golpe en mi culo. El dolor fue vivísimo, y un gemido escapó de mi
boca, aún cerrada. Miré hacia donde estaba mi madre, pero seguía durmiendo sin
enterarse de nada. El dolor continuaba, pero me di cuenta de que, poco a poco,
iba siendo sustituido por un placer extraño y peculiar. El nabo del revisor se
iba enterrando, poco a poco, en mi estrecho agujero, una polla demasiado grande
para un sitio tan pequeño, y mientras iba barrenándome por dentro, notaba que el
dolor y el placer se conjugaban como nunca pensé que pudiera ocurrir. Finalmente
llegó con su enorme carajo hasta el final; lo supe porque noté sus huevos
tocando en mis cachas, por abajo, y su pelambre púbica, por arriba de mi culo.
Inició entonces un metisaca, suave primero, más rápido después, y comprendí
entonces qué es lo que era disfrutar del sexo. Aquel vergajo me entraba en el
culo, ahora ya perfectamente adaptado a su notable grosor, y salía, y volvía a
entrar, y en cada embolada el rabo del revisor me regalaba una oleada de placer.
Empecé a ronronear, como los gatitos, ya que no podía expresar libremente lo que
sentía. El revisor debió darse cuenta, porque aflojó la presión de la mano en mi
boca y pude así dar rienda suelta, en parte, a mis impulsos: empecé a lanzar
pequeños ayes, al compás de aquella herramienta prodigiosa que me arrancaba
desde el culo los jadeos que lanzaba yo, en voz baja (mi madre seguía estando a
poco más de un metro), por la boca. Cada estocada me parecía maravillosa, un
obús de carne dura y caliente y palpitante abriéndome en canal, un roce de sus
huevos sobre la piel de mi culo, su cuerpo sobre el mío, un olor a macho que
trasminaba.
Pero de repente se detuvo. Yo, que iba al son que marcaban
aquellas deliciosas emboladas, protesté de la única forma que podía hacerlo:
culeé ostentosamente para que volviera a metérmela. Sin embargo, el chico no
retomaba el metisaca. Volví a culear, y entonces me llevé la gran sorpresa. Me
quitó la mano de la boca y me dijo, en voz baja:
--Si esto te ha gustado, no veas lo que ahora te voy a hacer.
Con la boca libre, no se me ocurrió gritar ni nada por el
estilo. Aparte de lo que ocurriría si mi madre se despertaba, lo cierto es que
estaba gozando como jamás había gozado en mi vida, y no tenía intención de
interrumpirlo. El joven me hizo darme la vuelta sobre la cama. Notó entonces que
yo estaba empalmado como hacía un cuarto de hora, y me pareció, en la
semioscuridad, que sonreía. Se incorporó, a horcajadas como estaba sobre mi
cuerpo, y vi como acercaba su pelvis, arrastrando las rodillas, hacia mi cabeza.
Entendí entonces lo que iba a pasar. Un momento después, en la penumbra de la
habitación, me encontré con el vergajo del chico a poco más de diez centímetros
de mi boca.
--Esta vez no te voy a obligar, chico, sólo lo harás si tú
quieres -me dijo el hombre, siempre en voz baja.
Pero el muy cabrón sabía que quería, claro. Tras haber
sentido aquella mole dentro de mi culo y haber tenido la más fuerte experiencia
de mi vida, ver aquel enorme trozo de carne enhiesta delante de mí era como
ponerle un caramelo en la boca a un niño; abrí los labios y el hombre entendió:
el glande, enorme y viscoso de sus jugos y los de mi culo, entró en mi boca, y
al principio pensé que aquello me iba a ahogar; era grande, muy grande, pero
también delicioso, algo que jamás había probado y que nunca pensé que iba a
probar. El hombre metió más adentro su rabo, y la punta me llegó a la
campanilla. Me dio como una arcada, y el revisor hizo ademán de retirarlo. Pero
yo se lo agarré con ambas manos y me lo metí más adentró. No sabía como hacerlo,
pero pronto aprendí; recordé lo que me había hecho un rato antes, y empecé a
lamerle aquella gran cabeza de su polla, a ensalivarla y a buscarle el agujerito
del glande. Noté cómo le gustaba, cómo se retorcía de placer, y su goce fue
también el mío. Aquella polla enorme entraba y salía de mi pequeña boca, me
parecía imposible alojar dentro de mí un bicho tan descomunal, pero así era. Es
más, deseoso de poseerlo todo, me metí más adentro aún el carajo; al rozar la
campanilla, tuve un acceso de tos, pero conseguí vencerlo y empujé aún más
adentro. Noté como aquel grande enorme traspasaba la campanilla y se hundía en
la garganta, y sentí como el hombre tenía ganas de aullar de placer, aunque se
contenía a duras penas. Levanté aún más la cabeza y el nabo siguió hacia
adentro, en mi cuerpo. Ya no me cabía más, tenía enterrada mi nariz en su bajo
vientre, mientras con mi labio inferior besaba sus huevos de ensueño. El chico
me empezó a follar salvajemente, y el nabo entraba en mi boca y salía, cuan
largo era, una vez que la campanilla ya no era obstáculo para ello. Finalmente
el chico se detuvo, se cogió la polla y se quedó fuera de mí. Yo tenía la boca
abierta, esperando que siguiera metiéndomela, cuando de aquel nabo que tenía a
menos de diez centímetros de mis labios salió un churretazo tremendo de leche
que me cayó directamente en la lengua. Me quedé de piedra: pero, lo cierto es
que aquel líquido, lejos de ser asqueroso, como suponía, estaba muy bueno;
mientras paladeaba este primer trallazo, otros varios lo siguieron, y alcé la
lengua para que nada se escapara: coloqué la punta justo en el sitio donde
adivinaba que estaba el surtidor de leche, y me regodeé sintiendo cómo el semen
me empapaba la lengua. Cuando ya vi que no salía más, la chasqueé, saboreando
aquella sustancia espesa y apetitosa. El joven me enterró entonces la polla en
la boca, y pude paladear la leche junto al géiser de donde había partido, en un
fin de fiesta singularmente gozoso.
El revisor me besó en la boca, y nuestras lenguas lucharon
por los restos de su leche, en un revoltijo de papilas y semen. Después, vi como
hacía algo que no me esperaba, aunque a estas alturas ya nada me sorprendía. Se
bajó los pantalones hasta los tobillos y se colocó con su culo sobre mi cara. No
entendía nada, pero la visión y, sobre todo, el olor de aquel agujero oscuro,
que olía a macho y a sudor, me hizo pasar tímidamente la lengua, aún pringosa de
leche, por aquella hendidura. Noté como el hombre daba un respingo, y supe que
aquel sabor, agridulce, húmedo, no me desagradaba en absoluto. Tomé al joven por
las caderas y lo bajé hasta que pude sepultar mi cabeza entre la raja de sus
cachas, y allí le metí la lengua hasta el máximo que pude; a cada lengüetazo el
joven se retorcía como un poseso, mientras notaba que mi propio carajo se ponía
a tope. No duró mucho aquello, porque el hombre se me retiró para sepultar mi
nabo en su culo, sentándose encima de mí. Entró mi carajo con cierta facilidad,
y pude ver entonces lo que es el placer pintado en una cara; aún en la
semipenumbra, el rostro del chico era el reflejo vívido del gozo más extremo;
algo me cayó sobre el vientre, y supe que era la baba que se le caía de su boca
abierta.
El hombre subía y bajaba, subía y bajaba, y en cada
movimiento se metía hasta lo más profundo mi nabo. Rozaba mis huevos con su
culo, y me pareció extraordinariamente erótico. Noté que me corría, y él también
se debió dar cuenta porque se salió de mi rabo y se lo metió en la boca, donde
recibió toda mi descarga de leche.
Cuando, desde el umbral de la puerta, el revisor me hizo un
gesto de despedida con la mano, miré a mi madre, que seguía plácidamente
dormida, sin saber que su hijo había encontrado su tendencia sexual en la vida.