Una vez más me lo tuvo que repetir mi madre:
-Sara, recuerda que son tus primas. Pórtate bien con ellas.
-Vaaaaaaale.
-Es que no entiendo por qué tienes que ser tan antipática con
ellas, si son unas chicas muy majas.
¡Qué pesada era mi madre! Ya estaba hasta las narices de la
visita familiar y todavía no habían llegado.
-Que sí, mamá, que seré muy buena con la Pixi y la Dixi…
-¡Ni se te ocurra llamarlas así! -se escandalizó ella, pero
yo me eché a reír porque así es como me gustaba llamarlas de siempre. A mamá
también le hacía gracia en el fondo pero no quería reconocerlo.
Es que no era para menos. Recordé a aquellas niñas tan
adorables, tan ricas, tan repelentes… Con sus vestiditos rosa y azul para
distinguirlas, las recordaba como la típica pareja clónica de gemelos. ¿Quién
podía soportarlo?
Algo habrían cambiado, aunque tampoco creía que mucho, porque
la última vez que las había visto no tenían más de once o doce años. Ahora
serían unas adolescentes como yo, pero intuía que en el fondo seguirían siendo
las mismas.
Me retiré a mi cuarto y me eché sobre la cama para pensar en
la visita. Menudo aburrimiento… Y encima traerían la cama plegable a mi
habitación para que compartiese el cuarto con una; la otra dormiría en el salón.
Bueno, podría ser peor: aguantarlas a las dos en mi habitación rayaría lo
insoportable.
-¡Hola, cuánto tiempo!
Era la voz de mi tía. Habían llegado por fin y salí a
recibirles muy poco entusiasmada.
-¡Sí que has crecido, Sara! ¡Ven a darle un beso a tu tía!
También ella había crecido, pero en horizontal, porque había
engordado bastante. Por su parte, mi tío parecía algo más calvo. Me fijé en las
voluminosas maletas que traían en las manos: mala señal.
Y entonces vi cuatro ojos claros, grisáceos como los de mi
tía, observándome. Mis adorables primas habían crecido y ya no eran las niñas
que recordaba. El pelo, de color miel, lo llevaban largo y suelto sobre los
hombros, no recogido en coletas. Tampoco llevaban aquellos vestiditos tan monos
pero casi hubiera sido mejor, porque no había quien las diferenciase ahora que
llevaban la misma camiseta roja y los mismos vaqueros. Puede que ya no fueran
unas niñas pero supe que eran ellas, las gemelísimas sonrientes e inseparables.
Me esforcé por devolver la sonrisa. Qué ilusión, ya estábamos en familia…
Aquella noche mi madre me guardaba otra sorpresa.
-En el salón sólo hay sitio para tus tíos, Sara. Tendrás que
compartir la habitación con tus dos primas.
-¡Pero qué dices, mamá! ¡Es mi cuarto y no caben!
-No levantes la voz, que nos van a oír. Haz sitio y ayúdame a
traer las camas plegables…
Esa noche comprendí las ventajas de vivir en tu propia casa,
pero de momento me tuve que aguantar y desmontar las dos camas para que mi
habitación se convirtiese en el camarote de los hermanos Marx.
A la mañana siguiente salimos a dar un paseo por la ciudad.
Nada especial, pero no pude hacer nada cuando ellas, sin darme tiempo a
reaccionar, me cogieron de la mano y ya no me soltaron. Qué adorables debíamos
ir las tres de la manita, ellas vestidas con idéntica camiseta y pantalón corto
y yo en medio…
Cada vez me caían peor y a pesar de todo, cuando me miraban
con esas sonrisas en par que parecían de muñecas, era como si me obligaran a
sonreír aunque por dentro estuviera cada vez más cansada. Eso era lo peor: eran
tan encantadoras, tan adorables que sentía asco y las arcadas me daban de dos en
dos.
Por no hablar del tener que compartir mi habitación.
Porque pasó de ser un incordio a ser un serio problema. Una
noche desperté con ganas de ir al servició y me encontré con que no sabía cómo
salir sin pasar por sus camas. Encima, estaba muy oscuro y cuando intenté dar un
paso para escapar por la cabecera de mi cama acabé dando un traspié y
golpeándome el pie contra la puerta del armario. Me quejé porque me dolió
bastante.
Se encendió la luz, alguna le había dado al interruptor, y
ambas se frotaron los ojos para ver cómo me sujetaba el pie con la mano de tanto
que me dolía. Se sorprendieron pero no tanto como yo viéndolas dentro de la
misma cama.
-¿Qué ha pasado?
-Me golpeé el pie… ¿Es que dormís juntas en ropa interior?
-Claro, siempre nos gusta estar juntas y hacerlo todo juntas.
En ropa interior se está más a gusto.
¡Vaya par de dos!, pensé para mí y salí de la habitación. Me
pareció oír sus risas. Cualquiera diría que no podían vivir separadas… Lo que yo
no podía ni imaginarme era hasta qué punto dependían la una de la otra.
El caso es que ahora veía algo distinto en ellas, o al menos
eso me pareció en los siguientes días. Algo perturbador intuía en su forma de
mirarme, de sonreírme. A veces me sentía incómoda, con la sensación de que esas
dos estaban tramando algo y se burlaban de mí porque no conocía su secreto. Ese
secreto existía pero creo que yo no lo hubiera adivinado jamás.
Pensando en que se traerían entre manos las gemelísimas me
acosté la noche que supe la verdad, hasta que el frufrú de las sábanas de su
cama me despertó. Debían estar otra vez juntas, aunque yo no podía verlas en la
oscuridad completa de la habitación. No le di más importancia e intenté dormirme
otra vez, pero ellas no dejaban de moverse. El caso es que a veces me parecía
oír algún sonido extraño… De golpe me vino la inspiración. ¿Y si estaban…? Me
quedé de piedra pensándolo. Pero me respondí que era absurdo, que mejor que
procurase dormirme en vez de pensar calenturientas bobadas.
No, aquello no podía ser porque no tenía lógica ninguna. Pero
si no podía ser, ¿qué era ese ligero jadeo y el suave gemido que oí después? Era
imposible que estuvieran haciendo lo que empezaba a imaginarme. Vale, las dos
estaban muy unidas y todo eso, pero esto me parecía demasiado. No podía
creérmelo. Apenas había un metro entre mi cama y la suya y ellas podían estar
haciendo "eso", sin que les importara que yo me diera cuenta. ¡Pero qué cosas
más tontas se me ocurrían! Me volví hacia la pared y cerré los ojos para dormir.
Pero esa noche iba a dormir más bien poco. ¡Escuché un gemido
y no había sido mi imaginación! Fue tan inconfundible como el sonido de un beso
que oí después. ¡Esas dos estaban liadas y no les importaba que fuera mi
habitación! Eso si es que no adivinaban que yo me estaba enterando de todo…
Lo quisiera o no, empezaba a sentirme muy nerviosa. También
furiosa, porque estaban haciéndolo en mi propio cuarto, en mi espacio más íntimo
y sagrado, incluso sabiendo que podía darme cuenta. Al mismo tiempo apareció esa
extraña emoción que se parece algo a cuando estamos en peligro pero que es mucho
más agradable, ese hormigueo que te surge con la excitación de lo imprevisible.
Era tan violento, tan increíble… tan excitante. Quería sentirme furiosa porque
esas dos zorras -así las llamé mentalmente- estaban haciendo cosas inimaginables
a mi lado. Furiosa, acabé deslizando la mano hasta los pechos porque quería
acariciármelos…
Había perdido el sueño y ya no había remedio. Trataba de no
hacer ningún ruido mientras estaba pendiente de cualquier sonido, por minúsculo
que fuese. El roce de un cuerpo contra la sábana bastaba para que el corazón me
latiese más fuerte. De vez en cuando se oía un jadeo o una respiración más
ansiosa de lo normal y eso bastaba para sobresaltarme.
Sin hacer ningún ruido, continué acariciándome. Despacio y en
silencio, mucho silencio, me acariciaba desde debajo del cuello y seguía bajando
hasta mis pezones. Me estaba excitando y la sensación de gusto empezaba a vencer
al pudor mientras mi mano resbalaba por mi ombligo… Quería tocarme más abajo
pero no me atrevía. Era demencial masturbarme imaginando a mis primas, pero es
que simplemente me excitaba. Nunca me había imaginado algo tan morboso y me
excitaba lo quisiera o no. Quizás, en ese mismo momento, ellas se estaban
acariciando entre sí, o besándose con sus bocas idénticas…
Sentí sus cuerpos moviéndose en esa cama muy claramente, y
por fin me atreví. Fue posar mis dedos sobre mi monte de Venus y era tanta la
excitación contenida que un ligero suspiro de mi boca escapó sin que yo lo
quisiera...
No podía verme en la oscuridad pero sé que en ese momento me
ruboricé entera. Me quedé completamente quieta entonces, deseando que ellas no
se hubieran dado cuenta. Apenas había sido un breve suspiro pero estaba muerta
de vergüenza y arrepentida.
Y ellas dejaron de moverse. Luego escuché una risita y me
quedé completamente helada. Se levantaron de la cama pero yo seguí haciendo como
que dormía.
-¡Vamos, que tú no estás durmiendo! ¿Nos estabas escuchando?
No respondí y seguí con los ojos cerrados como si durmiera.
No me sirvió de nada porque fue notar la punta de una lengua sobre mi cara y no
pude contenerme.
-¡Eh, no hagas eso!
-No te enfades y di la verdad: ¿cuánto rato llevas
espiándonos?
-¿Espiando a quién?
-No seas tan tímida. Te pregunto cuándo te has dado cuenta de
que estábamos las dos liadas. ¿Te gustaba, verdad? A nosotras nos gusta mucho
tocarnos y besarnos. Es excitante.
Yo no podía responder nada porque me había quedado sin
palabras. ¡Claro que se habían dado cuenta de que las había estado espiando!
Pero yo no podía reconocerlo. Sólo me quedaba negar.
-No sé de qué hablas…
-¿Ah no?
Las dos se metieron en la cama conmigo y no me atreví a hacer
nada. Apenas había luz y yo cerraba los ojos para intentar hacer como que no
pasaba nada.
-¿Estabas pensando en lo que hacíamos? ¿Te excitaba?
-¿Qué hacíais?
-No te hagas la tonta, prima… Pero, mira, te voy a decir lo
que estábamos haciendo. Nos estábamos acariciando, besándonos muy despacio
mientras nos metíamos la mano entre los muslos y nos masturbábamos. Eso es lo
que estábamos haciendo… ¿Has probado a acariciarte alguna vez con una amiga?
Deberías, y a nosotras no nos importaría jugar con alguien más. Si es que
tenemos una prima muy guapa…
Acorralada, me tenían acorralada. Sentí el contacto de una
pierna y me di cuenta de que estaban desnudas. Una boca se posó sobre mi mejilla
y yo me di la vuelta pero la otra estaba esperándome. Me habían emboscado con
sus bocas y yo me quedé quietecita mientras ellas me besaban en la cara, primero
con los labios y luego con las lenguas, que recorrían mi piel como un par de
pinceles sobre un lienzo. En realidad, si realmente lo hubiera querido, podría
haberme marchado, pero no estaba tan convencida de que no me gustase. Mi
respiración se hizo más fuerte.
-Nunca hemos probado con otra chica, siempre nosotras dos
solas… No estés tensa, sólo piensa lo mismo que estabas pensando antes, prima.
No respondí y hasta hice caso. Pero ahora no me las imaginaba
a ellas dos sino a mí misma mientras me besaban y lamían el cuello. Quise
tocarme pero me agarraron la muñeca para que no lo hiciese: ellas mismas querían
ayudarme con sus dedos. Y era mucho más excitante de esa forma, cuando cada
caricia podía llegarme de improviso. Cada vez que me tocaban un poco más abajo
era como si no sintiera ya el cuerpo por debajo de las piernas. Cuando noté sus
dedos en la entrepierna yo quise parar el juego, protestar, pero es que una boca
me calló pegándose a la mía. ¿Qué iba a decir yo si mi lengua estaba atada a las
suyas? Primero la punta de otra lengua bailó sobre la mía. Segundo… Segundo,
abracé la cabeza de mi prima y compartí la humedad de mi boca con ella mientras
los dedos de su hermana se acercaban a la otra humedad, la que había en mi sexo,
y yo ni quería ni podía evitarlo.
Ni siquiera pude gemir porque tenía una lengua dentro de mi
boca. Mi cuerpo se sobresaltó y los pezones se me tensaron bajo unas manos
cálidas. Mi cuarto, mi cuerpo, mi sexo… No respetaban nada y yo no podía poner
normas a aquellos dedos que iban descubriendo una parte de mí que creía tan mía,
un placer que sólo podía darme yo… Ni siquiera pude quejarme al final, todo lo
que tenía que decir quedó ahogado en sus bocas. Sabían cómo darme placer.
Perdí todo el pudor. Ahora no intentaba preguntarme el por
qué ni el cómo. Simplemente era un juego, un juego en el que tres cuerpos se
frotaban entre sí, tres bocas se buscaban y seis manos jugaban a tocarse. Ya no
sabía a cuál de ellas estaba besando, lamiendo o acariciando. Llegó un momento
en que ni siquiera distinguía mi cuerpo de los suyos. El juego se hacía más
salvaje y al mismo tiempo era delicado, suave, voluptuoso. Jadeábamos,
suspirábamos, reíamos.
No podíamos vernos en la oscuridad pero los otros sentidos se
habían hecho más agudos para que eso no importara en nuestro placer. Nos
sentíamos con nuestra piel. Sentía su tacto en todos los puntos de mi cuerpo,
unas veces el cálido roce de sus cuerpos y otras el roce más húmedo y fresco de
una lengua...
Entonces oí un gemido largo. Había sido yo misma. Me había
masturbado otras veces pero esto no tenía nada que ver, era muchísimo mejor. Era
completamente distinto. También las oí suspirar a ellas.
Me desperté sola, con la impresión de haber tenido un sueño
increíble, y la verdad es que nada de lo que recordaba podía haber ocurrido. No
era lógico, pero algo tenía que haber pasado porque yo estaba desnuda y me
quedaba una agradable placidez.
Ellas no estaban en la habitación. Me vestí para ir a
desayunar y les di los buenos días como si hubiera sido una noche como cualquier
otra, pero me miraron de una forma que entendí que sí había pasado… Compartíamos
las tres un gran secreto y ahora yo era parte de él.
-¿Has dormido bien?
-Muy bien –les respondí yo.
Mi madre entró entonces en la cocina.
-Por fin te has levantado –me dijo-. Ve a despedirte de tu
tía y a darle un beso, que se van.
-¿Que se van?
-¿Es que ya no te acordabas?
Había deseado tanto que se fueran y nos dejaran en paz, y
ahora, cuando deseaba que se quedaran, se iban tan de pronto como habían
llegado.
-Bueno, prima, nos vemos.
-Sí, nos vemos… -dije yo, sin asimilar todavía lo que había
pasado.
-No te pongas así, seguro que pronto vienes a hacernos una
visita. Además, seguro que te mueres de ganas de repetir lo de esta noche…
-¿Qué habéis esta noche? –preguntó la curiosa de mi madre, y
yo me puse roja como un tomate otra vez.
-Nada, cosas nuestras.
En fin, todo había terminado. Una hora después mis tíos
cargaban las maletas en el coche y mis primas se fueron.
-¿Ves como no son tan malas? Al final habéis hecho muy buenas
migas.
-Es verdad… ¿Podré verlas pronto?
-Claro, cielo. Si tanto quieres verlas, iremos a visitar a
tus tíos en Semana Santa.
Y hasta Semana Santa tuve que esperar para ver de nuevo a mis
adorables primitas. Tan guapas, tan adorables, tan majas…