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Cambié los micros por las pollas
TODORELATOS » RELATOS » MEMORIAS SEXUALES (1: EL PRIMER DEDO AJENO)
[ Cargado de hierro y cargado de miedo. ]
 TODORELATOS.COM Fecha: 11 de Octubre, 2008.
Fecha: 03-Mar-07 « Anterior | Siguiente » en Hetero: Primera vez (1078 de 1237)

Memorias sexuales (1: El primer dedo ajeno)

tania
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Decidida a sacar todo de mi interior, os explico mis primeros pasos en el sexo. 100x100 real. Hoy toca al primer dedo que me metiron. Version para imprimirEnviar este relato a un amigo/a Ver ficha del autor

Corria el año 1993. Por entonces ya había visto florecer 16 primaveras, y mi cuerpo empezaba a reclamar atenciones que mi mente rechazaba instintivamente.

Habia acabado el curso del instituto con notas apreciables y, junto a mis amigas, nos ganamos una noche de fiesta sin hora de vuelta.

Por entonces salia con un chico de clase. Se llamaba Marcos y tenia mi misma edad y mi misma experiencia sexual: la propia y la imaginada.

Teníamos nuestros escarceos, pero no pasaban de ligeros roces y tonterías. Lo máximo había sido un magreo de tetas por debajo del jersei en un parque mientras me acompañaba a casa una noche. Como era normal, como todo chico, presionaba por ir más allá, pero yo no se lo permitía. No era una falta de ganas, de eso nos sobraba, sino de decisión.

Yo empezaba la noche decidida a todo, pero a medida que iba avanzando, mi inexperto cuerpo echaba el freno de mano hasta quedarme totalmente parada. Quería y no podía.

El hecho de no tener un sitio propio donde desahogarnos tampoco ayudaba. En mi casa siempre había alguien y en la suya, de momento, aún no me sentía cómoda.

El caso es que esa noche se juntaron varias circunstancias que permitieron desbloquear ese freno de mano del que os hablaba.

La primera fue la libertad de no sentirse atada a la esclavitud de un reloj. La fiesta fue en unas carpas que había en la Diagonal, casi al salir de Barcelona, donde pude lubricar bien ese freno de mano para que no me volviese a bloquear. Tres cubatas fueron suficientes.

La segunda circunstancia llegó de la mano de un hermano de Marcos: su coche. Un Opel Corsa de color blanco y cenicero rebosante de colillas.

Marcos llegó más tarde que nosotras y ya me encontró entonadita. Sin darle tiempo a saludos, me comí su lengua y me colgué de su cuello.

Él pareció notar algo diferente porque enseguida acompañó el atracón de lengua con un magreo de tetas, cosa que, por lo general, no se atrevía a llevar a cabo hasta bien entrada la noche.

Desde que lo vi acercándose a mí entre la gente, supe que esa noche la recordaría toda mi vida. Desde que su lengua entró en mi boca la gente que nos rodeaba desapareció para mí. Ni mis amigas existían, sólo Marcos y yo.

Él se pidió un cubata y yo no solté su cintura ni un instante. Bebí de su lengua una y otra vez. Sus ojos me miraban extrañados, sin acabar de entender qué quería o qué buscaba con esa actitud tan rara y esos ojos tan atontados. Acurrucada en su pecho le miré a los ojos y le dije algo parecido a: -"hoy tenemos tiempo para más cosas...". Él pegó un buen tiento a su vaso, supongo que calibrando mis palabras.

Cuando su boca quedó vacía no tardé ni una décima en llenarla con mi lengua. Desesperadamente la buscaba una y otra vez, pero su saliva no saciaba el escozor que sentía en mis entrañas. Instintivamente frotaba mis ingles con su entrepierna y mis pechos con los suyos.

Una mano bajo mi camiseta aplacó, en parte, mis ansias. Sus dedos hurgaban en busca de algo que no tardó en encontrar. Aún encima del sujetador, el contacto con tan sensible zona me hacía estremecer y desear más y más. Parece mentira como algo tan pequeño puede provocar una honda expansiva tan enorme, pero ese pezón era como un corte repleto de sal.

Mientras él cambiaba de teta, yo metía una pierna entre las suyas y, como quien no quiere la cosa, presionaba con mi muslo contra su paquete. Yo no tenía del todo claro si eso le gustaba o no, si eso debía hacerlo o no... Pero yo quería acercarme a lo que escondía entre las piernas, aunque fuera disimulando o casi sin querer. Era un gesto lleno de, como lo diría... Miedo, respeto o yo qué sé. Una cosa tengo clara: si él hubiera dicho algo, a la primera sílaba que saliese de sus labios hubiera apartado la pierna al instante.

Pero esa sílaba no llegó. El hecho que su lengua llegase casi hasta mi campanilla supongo que ayudó mucho. En fin, que yo pude seguir con mi inspección. El muslo subía y bajaba casi imperceptiblemente y, a cada roce, yo notaba cosas diferentes: bultos blandos y, de vez en cuando, algo más duro y grande. Grande. Qué adjetivo tan relativo, sobretodo si lo miras desde el prisma del tiempo y la experiencia: esa noche y aún más cuando, otro día, la pude tener entre mis manos, me pareció una polla enormeeeee. Ahora os puedo asegurar que no pasaba de normalita.

En fin que con mi masaje de muslo esperaba que captase que esa noche deseaba algo más. Y pareció captarlo, no sólo por la tienda de campaña que apareció en sus pantalones, sino porque también se decidió a cruzar la barrera del sujetador. Sus dedos se colaron entre éste y mi piel y fueron de un pezón a otro sin descanso.

Como os decía antes, me sentía como si fuéramos los únicos en la disco, así que no pensaba en que alguien viera esa mano descaradamente bajo mi camiseta. Me importaba un huevo, sólo quería que no parase y que lo hiciera más fuerte.

Sin dejar de sobarme las tetas, él abandonó mi boca y pasó a lamerme el cuello. Y luego mi hombro para volver al cuello y acabar en el hombro opuesto. Mi liberada boca empezó a emitir gemidos que se introducían directamente en su oreja. Esto lo animó y me pellizcó un pezón con fuerza. Yo me quejé pero fue en vano. Al poco pasó al otro botón rosado. Yo me dejé hacer, pensando que él sabía lo que hacía y que era yo que no estaba acostumbrada... Craso error que, con tiempo, logré controlar y evitar. Es algo que no me gusta y que casi todos los tíos hacen.

Entonces Marcos se separó de mí y, agarrándome de una mano, me quiso llevar a un lugar más apartado. Por lo que se ve, él no tenía mi capacidad de abstracción y le molestaba sentirse observado. Yo le seguí mientras me recolocaba la camiseta en su sitio. Lo que no pude colocar bien fue el sujetador y crucé toda la pista con los pezones asomando por encima de las copas y bien grabados en el algodón de la camiseta. El rato que duró el tránsito hasta un lugar más tranquilo me sentí observada por todo el mundo. Sentía mis pezones como dos luceros que atraían las miradas de todo el mundo.

Proseguimos en una esquina del complejo con nuestro pulso de lenguas y el magreo de tetas. Yo cambié el muslo por mi mano. Con auténtico terror palpé por primera vez su entrepierna. El trempado miembro destacaba sobre cualquier otra cosa. Hasta dejé de notar sus manos sobre mis tetas. Tenía toda la atención puesta en mi mano. Los pantalones obligaban al pene a doblarse hacia un lado. Creo que lo reseguí unas mil doscientas veces hasta que Marcos volvió a decir algo: -"mierda de mirones". Al levantar la vista pude ver varios ojos centrados en nosotros.

No tuve tiempo de más: yo y mis pezones luminosos fuimos arrastrados de nuevo a través de la gente. Marcos no paró hasta llegar al lado de un grupo de chicos mayores. Entonces me soltó y me pidió que lo esperase. Así lo hice y vi como le decía algo a uno de ellos. Éste sonrió y empezó a buscar con su mirada. No paró hasta encontrarme. Volvió a sonreír y le dio algo a Marcos. Al separarse, Marcos recibió unas palmaditas en la espalda y ahora todo el grupo acompañó las sonoras risotadas del primero. Marcos llegó a mi lado con la cara aún como un tomate.

-"Quienes son?" -le pregunté.

-"Ese es mi hermano."- me contestó secamente.

-"Que le has dicho?"- volví a preguntar.

-"Le he pedido las llaves de su coche"- y guiñándome un ojo añadió: -"así estaremos tranquilos".

Cuando empezamos a caminar, algo detuvo a Marcos. Volvía a ser su hermano. Sin quitarme los ojos de encima le dijo algo al oído que hacía unos minutos estaba dentro de mi boca. Algo en su mirada me creaba una terrible inquietud, algo ocultaban... Nunca me habría imaginado lo que el hermano de Marcos significó en mi vida. Ya os lo contaré en otro relato.

Enseguida nos dejó seguir a lo nuestro no sin antes dirigirme unas lindas palabras: -"adiós guapa. Que os lo paséis bien" mientras me reseguía entera con sus ojos.

Marcos me sacó del recinto y le seguí mientras esquivábamos los coches aparcados. Nos paramos ante el Opel Corsa de color blanco.

Sacó unas llaves del bolsillo, abrió la puerta trasera y me cedió el paso.

Entré y él me siguió, cerrando la puerta. El olor a tabaco me saturó las fosas nasales.

No dijimos nada. No hacía falta. De nuevo nuestros labios se unieron, dejando campo libre a las lenguas. Yo me agarraba a su cuello mientras nuestras cabezas giraban, los ojos se cerraban y nuestros sexos se despertaban de nuevo.

Yo tenía la entrepierna encharcada, húmeda como pocas veces. Con sólo moverme un milímetro sentía los labios resbalar uno contra el otro.

Las manos de Marcos empezaron atacando la camiseta. La elevaron por encima de los pechos, dejándolos completamente al aire. Los pezones seguían asomados al balcón tan enfadados como el resto de la noche. Marcos los atacó como una ave rapaz hubiera atacado a un cachorro indefenso. Su lengua resiguió la parte superior del sujetador empezando por la parte cercana al sobaco. Mirándome a los ojos empezó a desplazarse hacia el interior. Justo cuando iba a llegar al primer pezón se paró, evitó la protuberancia y resiguió el sujetador. Repitió la operación al llegar al otro pezón.

Yo me moría por dentro. Deseaba... no, necesitaba que los lamiese, que me los mordisquease, pero ni yo me atrevía a pedírselo ni él a hacerlo.

Entonces volvió al pezón inicial, se detuvo de nuevo, y me miró. Creo que, a su manera, me pedía permiso.

Yo le devolví la sonrisa y asentí con una caída de párpados.

Su lengua salió al exterior.

Mis ojos se cerraron. Mi boca se abrió y me relamí llena de ansiedad. Y todo esto porque me chupasen las tetas. Ahora mientras lo escribo me entra la risa.

La punta me rozó el pezón.

Gemí.

Sus labios encerraron al botón de sensaciones en una húmeda prisión, donde recibió una tortura a base de lametones.

Cuando se fue a por el otro me quedé observando el primero. Era la primera vez que lo veía rociado de saliva que no fuese mía.

Pasé mis manos entre su pelo animándole a seguir más y más. Presioné hacia mí con suavidad, como si de un bebé se tratase. Y cómo tragaba el chaval!!!.

Enseguida mi sujetador quedó casi a la altura de la barbilla mientras él disfrutaba de la visión que mis liberadas tetas le brindaban. Parecía un pirata ante el tesoro que ha estado buscando toda su vida.

Palpando cuidadosamente se cercioró que aquello era cierto. Sus delicadas manos pasaban por mi fina piel poniéndome de punta el vello de todo el cuerpo. Con las palmas hacia arriba me las sopesó. Las vírgenes tetitas respondieron con firmeza.

Sin mover las manos de debajo, volvió a amorrarse al pilón. Las subía y las apretaba como si fueran una bota de vino. Yo tenía ya los pezones a punto de explotar y, si no hubiera llevado pantalones, seguro que me iría escurriendo asiento abajo. Aquello más que un coño parecía un mar embrabecido.

Poquito a poquito fue bajando hasta llegar al ombligo. Lo rodeó y se metió dentro.

Continuó bajando.

Se detuvo sobre mis pantalones y aspiró.

Sus ojos se cerraron mientras lo hacía. No sé qué olió pero estaba tan concentrado como Hannibal Lecter oliendo el perfume de Clarice.

-"Increíble"- es lo único que dijo.

-"Qué es increíble"- le pregunté.

Me respondió con una única palabra que me desmontó y arrancó de cuajo ese freno de mano que tantas veces nos había impedido llegar donde llegamos esa noche: -"Tú"-

Agarré su cabeza y la levanté para poderle dar el beso más necesario que había dado en mi vida hasta entonces.

Le metí la lengua hasta el estómago y él se agarró a mis tetas para no ahogarse con mi torrente de saliva. Sus pulgares se sacudían como la cola de una lagartija sobre mis pezones hasta que una mano cobró vida e inició un viaje descendente que acabó donde tenía que acabar: entre mis piernas.

Marcos empezó a hurgar sin el destino claro. Con su dedo índice parecía buscar el lugar exacto. Mientras lo hacía me miraba esperando una ayuda de mi parte.

No hubo respuesta porque no acertaba. O muy arriba o muy abajo.

Como respuesta sólo se me ocurrió cerrar las piernas, aprisionando sus dedos en un intento de aumentar la presión. En un inicio fue una mala decisión porque Marcos creyó que le cerraba el paso. Nada más lejos de la realidad.

Claramente contrariado abandonó mi entrepierna y me miró con ojos de cordero degollado. Seguro que si le hubiese lanzado un sopapo no le hubiese sorprendido. Pero no lo hice. No.

-"Lo sien..." empezaba a salir de sus labios, pero se los sellé con mi dedo índice y le pedía que se callase soplando entre mis dientes.

Pasé una mano sobre la suya y le acaricié esos delicados dedos.

La alcé.

Besé un dedo.

Luego otro hasta acabar con todos.

Volví al índice y lamí la punta. Una, dos y tres veces repetí. Lo reseguí por completo hasta el nudillo con la punta de la lengua. Volví al principio y lo metí en mi boca de un tirón. Aspiré, lamí y succioné. Mis mofletes se hundían aprisionándolo y le miraba directamente a los ojos.

En ese momento me imaginaba que no era su dedo lo que me tragaba y casi estaba segura que así era. Y creo que él también por el bultazo que veía en sus pantalones.

Viendo sus intenciones grabadas en su cara, le propuse un plan alternativo. Aún no estaba preparada para eso, o eso creía yo.

Con pasmosa tranquilidad fui bajando la mano, aún sin soltar la suya. Su dedo mojado fue dejando un rastro recto de mi saliva entre las tetas, un círculo alrededor del ombligo, una curva en mi vientre y, entonces, el rastro se volvió invisible bajo mis pantalones. El paso estaba reducido por lo ajustado de la ropa así que metí mi vientre y moví las caderas lo justo para que su mano se colase bien. Una vez dentro, él solito se coló bajo las braguitas y, entonces lo abandoné.

Al hacerlo se comportó con la misma agilidad que caminaría un bebé de seis meses. Fue dando tumbos y rodeos sin saber donde ir: se enredó con los rizados pelos más de mil veces, golpeó contra los muslos, arañó los labios externos y, finalmente, se introdujo en mis entrañas.

Sin saber bien bien porqué, lancé un sonoro y exagerado gemido que retumbó en toda la tapicería del coche. No era placer, ni mucho menos, era una mezcla de sorpresa y pavor. Ya no había marcha atrás. Este sería, de por vida, el primer dedo ajeno a mi persona que había penetrado mi coño.

Penetración sí, pero de masturbación, nada de nada. El dedo entraba y salía con el ritmo del pistón de un Formula1. Eso sí, yo hacía mi trabajo a la perfección: mi cuenca era un verdadero río de fluidos. El dedo no hubiera estado más lubricado ni en un mar de aceite de coche.

Y cómo gemía. Un crítico de cine hubiese calificado mi papel de una sobreactuación histórica, pero yo tampoco sabía bien qué debía hacer. Pensaba que se esperaba eso de mí. Y a Marcos parecía que le gustaba.

Desde luego me excitaba mucho más la situación, con su mano metida en mis pantalones que el dedo en sí.

Él lo intentaba y conseguía ciertas cosas cuando ralentizaba el ritmo y desplazaba su dedo a lo largo de la raja, separando ligeramente los labios, pero cuando se volvía a meter recuperaba el ritmo infernal que distaba mucho de ser placentero.

Finalmente le dije: -"Poco a poco".

No me decidí a pedirle más pero me moría de ganas de decirle: -"más arriba, más arriba, lento, en círculos...". Al menos él recogió mi petición y la cosa mejoró un poco, pero entonces él también se lanzó a lanzar un silencioso ruego desplazando mi mano derecha entre sus piernas.

La zona destilaba un calor extremo y poseía una dureza marmórea. Cerré mis dedos alrededor del mástil y los moví arriba y abajo con lentitud.

Él hacía lo propio en mi raja cada vez más ahogada de fluidos. El dedo entró de nuevo casi por completo y el pulgar se acomodó en un nuevo lugar: por fin el lugar correcto.

Yo me desahogué con un gemido que pugnaba por llegar a ser grito. Mis piernas se cerraron fijando la mano donde nunca debería de salir. Forcé mis músculos vaginales convirtiéndolos en el más cálido de los guantes e intentando convertir su dedo en un piercing de clítoris. Lo conseguí durante unos instantes que se convirtieron en los más fantásticos de mi vida hasta entonces. El contacto de su yema me provocó un hormigueo en el estómago y una punzada en el espinazo que me hizo perder la noción del tiempo, el lugar y la realidad. Imaginad que hasta le dije: -"te quiero". Esas dos palabras salieron de mis labios saltando desde el clítoris y no desde mi corazón, como debería haber sido.

Marcos cesó el movimiento de su pulgar e interpretó las dos palabras a su manera: sin esconderse se bajó la cremallera y desabrochó el botón del pantalón. El blanco calzoncillo emergió con la potencia de un geiser empujado desde abajo por un torrente de sangre en ebullición.

Yo aparté la mirada. Aquello me daba miedo, un terror irracional alimentado con muchos años de comida de cabeza. Aquello me lo habían presentado como al enemigo a evitar por toda niña decente como yo y, aunque mi cuerpo me decía que sí, mi cabeza me gritaba que NO.

También me habían enseñado que la mejor defensa era un buen ataque así que ataqué: hice lo mismo que él con mis pantalones y acompañé su mano con la mía. Con el camino más libre puse mi índice sobre el suyo y le mostré el egoísta camino del placer propio.

Empecé a masturbarme yo misma con su dedo y, ahora, como debe hacerse, roces suaves, casi sin querer, en el clítoris. Arriba y abajo separando para despejar el camino y, una vez abierto, una espiral en caída libre sobre el botoncito.

Cerré los ojos.

Me imaginé ahí sentada en el asiento trasero de un coche, con las piernas separadas, los pantalones abiertos y mientras mis tetas observan fijamente el bulto de su mano moviéndose en mi coño.

Seguro que mi padre no hubiera aprobado esa imagen.

Pero yo sí, y mucho.

Empecé a sentir verdadero placer pero quería que lo hiciese él. Necesitaba parar todos mis músculos y concentrarme en ese dedo. Visualizar cada uno de sus trazos y ser solo para mi clítoris y todo lo que éste quería decirme.

Pero Marcos, de nuevo, volvió a no estar de acuerdo con mis deseos. Él también cogió mi mano y hizo lo mismo que había hecho yo antes, se la llevó a su paquete.

Mis dedos se apartaron de aquello como si hubiesen tocado una estufa eléctrica.

Volví a agarrar su mano y la subí hasta mi boca, le miré y la abrí.

Antes de tragarme un dedo, aspiré el aroma que desprendía. El olor a tabaco desapareció bajo un manto denso. Nada puede competir con el olor a sexo.

Borracha de mi propio olor volví a chupar ese dedo, ahora mucho más delicioso que antes y que los míos cuando hacía esto mismo en mis sesiones particulares.

Marcos hundió su otra mano en sus calzoncillos y cerró los ojos en un intento de comunicar mi lengua con su polla a través de sus brazos.

Yo lamía con mi lengua la punta del dedo y rotaba mi cabeza alrededor de ese eje que casi me llegaba a la campanilla, sacaba mi lengua y subía desde la palma hasta la punta de la falange por la cara inferior.

Su dedo pulgar se clavó en mi clítoris, haciéndome jadear, mientras el índice se colaba dentro de mí. Mi boca formó una gran O sin soltar más que pequeños soplidos.

Con la mano libre me agarré una teta. Lo hice disimuladamente, casi sin querer. Me daba vergüenza que me viese haciendo eso.

Mientras, su mano sacó la polla de los calzoncillos y me mostró en vivo y en directo como se hace una paja un tío. Yo pensaba que se las hacían con los dedos índice y pulgar formando un círculo. Al menos así las representábamos mis amigas y yo cuando bromeábamos sobre ello, pero no: Marcos se agarraba el pene con toda su mano, abarcándola por completo. Sólo iba saliendo el rojo capullo de vez en cuando al acercar sus dedos a sus testículos.

Su dedo continuaba en mi boca ya bien limpio y estéril. Volví a condimentarlo en una rápida visita a "mi salero" y me dispuse a retomar la lamida que tanto le parecía gustar, pero el dedo se quedó clavado, forzando por no salir de allí.

Así, masturbando en stereo, se mantuvo Marcos durante unos minutos hasta que soltó su polla y la metió en uno de sus bolsillos.

Entre sus manos salió algo cuadrado y brillante con una forma redonda marcada en su interior.

No me esperaba aquello ni tampoco sabía qué quería hacer con eso.

-"Qué haces con eso?"- le pregunté.

-"Me lo ha dado mi hermano- me dijo mientras pugnaba por abrirlo con la mano que no hurgaba en mi coño.- "No quiero manchar el coche de mi.... Aaahh" y su polla empezó a escupir contra el respaldo del asiento del copiloto mientras decía: -"hermaaaaanoorggg" y el dedo que tenía en mi chocho se retorcía creando un interrogante en mi coño.

La cantidad de esperma que salió fue inhumana, más propia de un caballo, que no de un chaval de 16 años, o eso creí entonces. El primer disparo juraría que atravesó la tapicería del asiento porque no vi donde fue a parar, la segunda impactó de lleno en el asiento, y la tercera. El resto ya goteó sobre la alfombrilla del suelo.

Marcos parecìa otro, con su cara desencajada, su verga moribunda y, de nuevo, con dos manos. Ni me enteré cuando me había abandonado el coño porque estaba demasiado alucinada con su corrida.

Unos golpes en la ventanilla.

Nada que ver. Los vidrios estaban empañados.

Otro golpe, ahora más insistente.

-"mierda, mierda, mierda" – no paraba de repetir Marcos, mientras miraba su reloj con la mano con que aún sujetaba el condón.

-"Qué pasa?"- pregunté.

-"mierda, mierda, mierda"- volvía a repetir mientras se abrochaba los pantalones y limpiaba, sin ningún tipo de éxito, los desperfectos que su orgasmo había provocado.

Sin saber por qué, yo también me adecenté colocando bien el sujetador, la camiseta, y cerrando los pantalones.

Él abrió la puerta sin mirar si yo estaba lista. Afortunadamente lo estaba. Más o menos.

Por debajo del techo apareció la cara de su hermano. Nos miró.

-"Lo siento chavales, esto se acabó. Otro día más". Estaba claro que sabía que había interrumpido, y mucho. No nos quitaba los ojos de encima. Se quedó un rato mirándome, viendo mi camiseta mal puesta, con la tripa al aire y, supongo, que mi cara desencajada.

-"Martí, un poco más. Venga".- suplicaba Marcos.

-"No, chaval, ya es la hora y aún nos queda un rato para llegar a casa. Un trato es un trato y si no estás en la cama dentro de nada, mamá me matará".

Marcos siguió suplicando pero su hermano no dio opción. Ni siquiera cuando vio el condón aún en su mano.

-"Chiquilla, sal del coche, o quieres que te llevemos a casas?"- me preguntó.

Yo ni contesté. Sin mirarlos, abrí la puerta y bajé.

Con los brazos cruzando mi pecho y las manos recogidas bajo los brazos, vi como el coche iniciaba la marcha. Cuando salió del aparcamiento me giré y fui en busca de mis amigas. Pese a que la noche acabó un poco torcida, enseguida sentí la necesidad de explicar lo que había pasado. Fue un verdadero acontecimiento entre mis amigas más cercanas: Cristina y Sonia. No en vano fui la primera de las tres en subir ese escalón en el camino del sexo. Ellas, cuando hicieron lo mismo, también corrieron a explicárnoslo a las otras dos.

Lo que me dejó mal cuerpo fue no poder despedirme de Marcos con un beso.

Mientras pensaba eso, y en lo que había pasado, caí en la cuenta que aún quedaba algo de nuestra sesión en mí: mi propio aroma en mi mano derecha. Disimulando hacia mis amigas, lo olisqueé. Al cabo de dos minutos estaba en el baño frotándola hasta casi gastarla.

A Marcos, le pasaría lo mismo?, me pregunté. ¿Haría lo mismo que yo, lavarse la mano para no dejar rastro de lo que había hecho esa noche?

No supe nunca si se lavó o no al llegar a casa, pero lo que sí supe más tarde es que ante las preguntas de su insistente hermano, para demostrar hasta dónde había llegado, le extendió el dedo índice bajo su nariz. El mismo dedo que me había penetrado.

Y os preguntaréis cómo lo supe. No fue al cabo de una hora cuando el hermano volvió con sus amigos y me buscó. Y cuando me encontró, intentó ligar conmigo. No. No fue entonces. Me enteré al cabo de unos meses…. Pero eso es otro relato. El de otra primera cosa que hice.

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