Corria el año 1993. Por entonces ya había visto florecer 16
primaveras, y mi cuerpo empezaba a reclamar atenciones que mi mente rechazaba
instintivamente.
Habia acabado el curso del instituto con notas apreciables y,
junto a mis amigas, nos ganamos una noche de fiesta sin hora de vuelta.
Por entonces salia con un chico de clase. Se llamaba Marcos y
tenia mi misma edad y mi misma experiencia sexual: la propia y la imaginada.
Teníamos nuestros escarceos, pero no pasaban de ligeros roces
y tonterías. Lo máximo había sido un magreo de tetas por debajo del jersei en un
parque mientras me acompañaba a casa una noche. Como era normal, como todo
chico, presionaba por ir más allá, pero yo no se lo permitía. No era una falta
de ganas, de eso nos sobraba, sino de decisión.
Yo empezaba la noche decidida a todo, pero a medida que iba
avanzando, mi inexperto cuerpo echaba el freno de mano hasta quedarme totalmente
parada. Quería y no podía.
El hecho de no tener un sitio propio donde desahogarnos
tampoco ayudaba. En mi casa siempre había alguien y en la suya, de momento, aún
no me sentía cómoda.
El caso es que esa noche se juntaron varias circunstancias
que permitieron desbloquear ese freno de mano del que os hablaba.
La primera fue la libertad de no sentirse atada a la
esclavitud de un reloj. La fiesta fue en unas carpas que había en la Diagonal,
casi al salir de Barcelona, donde pude lubricar bien ese freno de mano para que
no me volviese a bloquear. Tres cubatas fueron suficientes.
La segunda circunstancia llegó de la mano de un hermano de
Marcos: su coche. Un Opel Corsa de color blanco y cenicero rebosante de
colillas.
Marcos llegó más tarde que nosotras y ya me encontró
entonadita. Sin darle tiempo a saludos, me comí su lengua y me colgué de su
cuello.
Él pareció notar algo diferente porque enseguida acompañó el
atracón de lengua con un magreo de tetas, cosa que, por lo general, no se
atrevía a llevar a cabo hasta bien entrada la noche.
Desde que lo vi acercándose a mí entre la gente, supe que esa
noche la recordaría toda mi vida. Desde que su lengua entró en mi boca la gente
que nos rodeaba desapareció para mí. Ni mis amigas existían, sólo Marcos y yo.
Él se pidió un cubata y yo no solté su cintura ni un
instante. Bebí de su lengua una y otra vez. Sus ojos me miraban extrañados, sin
acabar de entender qué quería o qué buscaba con esa actitud tan rara y esos ojos
tan atontados. Acurrucada en su pecho le miré a los ojos y le dije algo parecido
a: -"hoy tenemos tiempo para más cosas...". Él pegó un buen tiento a su vaso,
supongo que calibrando mis palabras.
Cuando su boca quedó vacía no tardé ni una décima en llenarla
con mi lengua. Desesperadamente la buscaba una y otra vez, pero su saliva no
saciaba el escozor que sentía en mis entrañas. Instintivamente frotaba mis
ingles con su entrepierna y mis pechos con los suyos.
Una mano bajo mi camiseta aplacó, en parte, mis ansias. Sus
dedos hurgaban en busca de algo que no tardó en encontrar. Aún encima del
sujetador, el contacto con tan sensible zona me hacía estremecer y desear más y
más. Parece mentira como algo tan pequeño puede provocar una honda expansiva tan
enorme, pero ese pezón era como un corte repleto de sal.
Mientras él cambiaba de teta, yo metía una pierna entre las
suyas y, como quien no quiere la cosa, presionaba con mi muslo contra su
paquete. Yo no tenía del todo claro si eso le gustaba o no, si eso debía hacerlo
o no... Pero yo quería acercarme a lo que escondía entre las piernas, aunque
fuera disimulando o casi sin querer. Era un gesto lleno de, como lo diría...
Miedo, respeto o yo qué sé. Una cosa tengo clara: si él hubiera dicho algo, a la
primera sílaba que saliese de sus labios hubiera apartado la pierna al instante.
Pero esa sílaba no llegó. El hecho que su lengua llegase casi
hasta mi campanilla supongo que ayudó mucho. En fin, que yo pude seguir con mi
inspección. El muslo subía y bajaba casi imperceptiblemente y, a cada roce, yo
notaba cosas diferentes: bultos blandos y, de vez en cuando, algo más duro y
grande. Grande. Qué adjetivo tan relativo, sobretodo si lo miras desde el prisma
del tiempo y la experiencia: esa noche y aún más cuando, otro día, la pude tener
entre mis manos, me pareció una polla enormeeeee. Ahora os puedo asegurar que no
pasaba de normalita.
En fin que con mi masaje de muslo esperaba que captase que
esa noche deseaba algo más. Y pareció captarlo, no sólo por la tienda de campaña
que apareció en sus pantalones, sino porque también se decidió a cruzar la
barrera del sujetador. Sus dedos se colaron entre éste y mi piel y fueron de un
pezón a otro sin descanso.
Como os decía antes, me sentía como si fuéramos los únicos en
la disco, así que no pensaba en que alguien viera esa mano descaradamente bajo
mi camiseta. Me importaba un huevo, sólo quería que no parase y que lo hiciera
más fuerte.
Sin dejar de sobarme las tetas, él abandonó mi boca y pasó a
lamerme el cuello. Y luego mi hombro para volver al cuello y acabar en el hombro
opuesto. Mi liberada boca empezó a emitir gemidos que se introducían
directamente en su oreja. Esto lo animó y me pellizcó un pezón con fuerza. Yo me
quejé pero fue en vano. Al poco pasó al otro botón rosado. Yo me dejé hacer,
pensando que él sabía lo que hacía y que era yo que no estaba acostumbrada...
Craso error que, con tiempo, logré controlar y evitar. Es algo que no me gusta y
que casi todos los tíos hacen.
Entonces Marcos se separó de mí y, agarrándome de una mano,
me quiso llevar a un lugar más apartado. Por lo que se ve, él no tenía mi
capacidad de abstracción y le molestaba sentirse observado. Yo le seguí mientras
me recolocaba la camiseta en su sitio. Lo que no pude colocar bien fue el
sujetador y crucé toda la pista con los pezones asomando por encima de las copas
y bien grabados en el algodón de la camiseta. El rato que duró el tránsito hasta
un lugar más tranquilo me sentí observada por todo el mundo. Sentía mis pezones
como dos luceros que atraían las miradas de todo el mundo.
Proseguimos en una esquina del complejo con nuestro pulso de
lenguas y el magreo de tetas. Yo cambié el muslo por mi mano. Con auténtico
terror palpé por primera vez su entrepierna. El trempado miembro destacaba sobre
cualquier otra cosa. Hasta dejé de notar sus manos sobre mis tetas. Tenía toda
la atención puesta en mi mano. Los pantalones obligaban al pene a doblarse hacia
un lado. Creo que lo reseguí unas mil doscientas veces hasta que Marcos volvió a
decir algo: -"mierda de mirones". Al levantar la vista pude ver varios ojos
centrados en nosotros.
No tuve tiempo de más: yo y mis pezones luminosos fuimos
arrastrados de nuevo a través de la gente. Marcos no paró hasta llegar al lado
de un grupo de chicos mayores. Entonces me soltó y me pidió que lo esperase. Así
lo hice y vi como le decía algo a uno de ellos. Éste sonrió y empezó a buscar
con su mirada. No paró hasta encontrarme. Volvió a sonreír y le dio algo a
Marcos. Al separarse, Marcos recibió unas palmaditas en la espalda y ahora todo
el grupo acompañó las sonoras risotadas del primero. Marcos llegó a mi lado con
la cara aún como un tomate.
-"Quienes son?" -le pregunté.
-"Ese es mi hermano."- me contestó secamente.
-"Que le has dicho?"- volví a preguntar.
-"Le he pedido las llaves de su coche"- y guiñándome un ojo
añadió: -"así estaremos tranquilos".
Cuando empezamos a caminar, algo detuvo a Marcos. Volvía a
ser su hermano. Sin quitarme los ojos de encima le dijo algo al oído que hacía
unos minutos estaba dentro de mi boca. Algo en su mirada me creaba una terrible
inquietud, algo ocultaban... Nunca me habría imaginado lo que el hermano de
Marcos significó en mi vida. Ya os lo contaré en otro relato.
Enseguida nos dejó seguir a lo nuestro no sin antes dirigirme
unas lindas palabras: -"adiós guapa. Que os lo paséis bien" mientras me reseguía
entera con sus ojos.
Marcos me sacó del recinto y le seguí mientras esquivábamos
los coches aparcados. Nos paramos ante el Opel Corsa de color blanco.
Sacó unas llaves del bolsillo, abrió la puerta trasera y me
cedió el paso.
Entré y él me siguió, cerrando la puerta. El olor a tabaco me
saturó las fosas nasales.
No dijimos nada. No hacía falta. De nuevo nuestros labios se
unieron, dejando campo libre a las lenguas. Yo me agarraba a su cuello mientras
nuestras cabezas giraban, los ojos se cerraban y nuestros sexos se despertaban
de nuevo.
Yo tenía la entrepierna encharcada, húmeda como pocas veces.
Con sólo moverme un milímetro sentía los labios resbalar uno contra el otro.
Las manos de Marcos empezaron atacando la camiseta. La
elevaron por encima de los pechos, dejándolos completamente al aire. Los pezones
seguían asomados al balcón tan enfadados como el resto de la noche. Marcos los
atacó como una ave rapaz hubiera atacado a un cachorro indefenso. Su lengua
resiguió la parte superior del sujetador empezando por la parte cercana al
sobaco. Mirándome a los ojos empezó a desplazarse hacia el interior. Justo
cuando iba a llegar al primer pezón se paró, evitó la protuberancia y resiguió
el sujetador. Repitió la operación al llegar al otro pezón.
Yo me moría por dentro. Deseaba... no, necesitaba que los
lamiese, que me los mordisquease, pero ni yo me atrevía a pedírselo ni él a
hacerlo.
Entonces volvió al pezón inicial, se detuvo de nuevo, y me
miró. Creo que, a su manera, me pedía permiso.
Yo le devolví la sonrisa y asentí con una caída de párpados.
Su lengua salió al exterior.
Mis ojos se cerraron. Mi boca se abrió y me relamí llena de
ansiedad. Y todo esto porque me chupasen las tetas. Ahora mientras lo escribo me
entra la risa.
La punta me rozó el pezón.
Gemí.
Sus labios encerraron al botón de sensaciones en una húmeda
prisión, donde recibió una tortura a base de lametones.
Cuando se fue a por el otro me quedé observando el primero.
Era la primera vez que lo veía rociado de saliva que no fuese mía.
Pasé mis manos entre su pelo animándole a seguir más y más.
Presioné hacia mí con suavidad, como si de un bebé se tratase. Y cómo tragaba el
chaval!!!.
Enseguida mi sujetador quedó casi a la altura de la barbilla
mientras él disfrutaba de la visión que mis liberadas tetas le brindaban.
Parecía un pirata ante el tesoro que ha estado buscando toda su vida.
Palpando cuidadosamente se cercioró que aquello era cierto.
Sus delicadas manos pasaban por mi fina piel poniéndome de punta el vello de
todo el cuerpo. Con las palmas hacia arriba me las sopesó. Las vírgenes tetitas
respondieron con firmeza.
Sin mover las manos de debajo, volvió a amorrarse al pilón.
Las subía y las apretaba como si fueran una bota de vino. Yo tenía ya los
pezones a punto de explotar y, si no hubiera llevado pantalones, seguro que me
iría escurriendo asiento abajo. Aquello más que un coño parecía un mar
embrabecido.
Poquito a poquito fue bajando hasta llegar al ombligo. Lo
rodeó y se metió dentro.
Continuó bajando.
Se detuvo sobre mis pantalones y aspiró.
Sus ojos se cerraron mientras lo hacía. No sé qué olió pero
estaba tan concentrado como Hannibal Lecter oliendo el perfume de Clarice.
-"Increíble"- es lo único que dijo.
-"Qué es increíble"- le pregunté.
Me respondió con una única palabra que me desmontó y arrancó
de cuajo ese freno de mano que tantas veces nos había impedido llegar donde
llegamos esa noche: -"Tú"-
Agarré su cabeza y la levanté para poderle dar el beso más
necesario que había dado en mi vida hasta entonces.
Le metí la lengua hasta el estómago y él se agarró a mis
tetas para no ahogarse con mi torrente de saliva. Sus pulgares se sacudían como
la cola de una lagartija sobre mis pezones hasta que una mano cobró vida e
inició un viaje descendente que acabó donde tenía que acabar: entre mis piernas.
Marcos empezó a hurgar sin el destino claro. Con su dedo
índice parecía buscar el lugar exacto. Mientras lo hacía me miraba esperando una
ayuda de mi parte.
No hubo respuesta porque no acertaba. O muy arriba o muy
abajo.
Como respuesta sólo se me ocurrió cerrar las piernas,
aprisionando sus dedos en un intento de aumentar la presión. En un inicio fue
una mala decisión porque Marcos creyó que le cerraba el paso. Nada más lejos de
la realidad.
Claramente contrariado abandonó mi entrepierna y me miró con
ojos de cordero degollado. Seguro que si le hubiese lanzado un sopapo no le
hubiese sorprendido. Pero no lo hice. No.
-"Lo sien..." empezaba a salir de sus labios, pero se los
sellé con mi dedo índice y le pedía que se callase soplando entre mis dientes.
Pasé una mano sobre la suya y le acaricié esos delicados
dedos.
La alcé.
Besé un dedo.
Luego otro hasta acabar con todos.
Volví al índice y lamí la punta. Una, dos y tres veces
repetí. Lo reseguí por completo hasta el nudillo con la punta de la lengua.
Volví al principio y lo metí en mi boca de un tirón. Aspiré, lamí y succioné.
Mis mofletes se hundían aprisionándolo y le miraba directamente a los ojos.
En ese momento me imaginaba que no era su dedo lo que me
tragaba y casi estaba segura que así era. Y creo que él también por el bultazo
que veía en sus pantalones.
Viendo sus intenciones grabadas en su cara, le propuse un
plan alternativo. Aún no estaba preparada para eso, o eso creía yo.
Con pasmosa tranquilidad fui bajando la mano, aún sin soltar
la suya. Su dedo mojado fue dejando un rastro recto de mi saliva entre las
tetas, un círculo alrededor del ombligo, una curva en mi vientre y, entonces, el
rastro se volvió invisible bajo mis pantalones. El paso estaba reducido por lo
ajustado de la ropa así que metí mi vientre y moví las caderas lo justo para que
su mano se colase bien. Una vez dentro, él solito se coló bajo las braguitas y,
entonces lo abandoné.
Al hacerlo se comportó con la misma agilidad que caminaría un
bebé de seis meses. Fue dando tumbos y rodeos sin saber donde ir: se enredó con
los rizados pelos más de mil veces, golpeó contra los muslos, arañó los labios
externos y, finalmente, se introdujo en mis entrañas.
Sin saber bien bien porqué, lancé un sonoro y exagerado
gemido que retumbó en toda la tapicería del coche. No era placer, ni mucho
menos, era una mezcla de sorpresa y pavor. Ya no había marcha atrás. Este sería,
de por vida, el primer dedo ajeno a mi persona que había penetrado mi coño.
Penetración sí, pero de masturbación, nada de nada. El dedo
entraba y salía con el ritmo del pistón de un Formula1. Eso sí, yo hacía mi
trabajo a la perfección: mi cuenca era un verdadero río de fluidos. El dedo no
hubiera estado más lubricado ni en un mar de aceite de coche.
Y cómo gemía. Un crítico de cine hubiese calificado mi papel
de una sobreactuación histórica, pero yo tampoco sabía bien qué debía hacer.
Pensaba que se esperaba eso de mí. Y a Marcos parecía que le gustaba.
Desde luego me excitaba mucho más la situación, con su mano
metida en mis pantalones que el dedo en sí.
Él lo intentaba y conseguía ciertas cosas cuando ralentizaba
el ritmo y desplazaba su dedo a lo largo de la raja, separando ligeramente los
labios, pero cuando se volvía a meter recuperaba el ritmo infernal que distaba
mucho de ser placentero.
Finalmente le dije: -"Poco a poco".
No me decidí a pedirle más pero me moría de ganas de decirle:
-"más arriba, más arriba, lento, en círculos...". Al menos él recogió mi
petición y la cosa mejoró un poco, pero entonces él también se lanzó a lanzar un
silencioso ruego desplazando mi mano derecha entre sus piernas.
La zona destilaba un calor extremo y poseía una dureza
marmórea. Cerré mis dedos alrededor del mástil y los moví arriba y abajo con
lentitud.
Él hacía lo propio en mi raja cada vez más ahogada de
fluidos. El dedo entró de nuevo casi por completo y el pulgar se acomodó en un
nuevo lugar: por fin el lugar correcto.
Yo me desahogué con un gemido que pugnaba por llegar a ser
grito. Mis piernas se cerraron fijando la mano donde nunca debería de salir.
Forcé mis músculos vaginales convirtiéndolos en el más cálido de los guantes e
intentando convertir su dedo en un piercing de clítoris. Lo conseguí durante
unos instantes que se convirtieron en los más fantásticos de mi vida hasta
entonces. El contacto de su yema me provocó un hormigueo en el estómago y una
punzada en el espinazo que me hizo perder la noción del tiempo, el lugar y la
realidad. Imaginad que hasta le dije: -"te quiero". Esas dos palabras salieron
de mis labios saltando desde el clítoris y no desde mi corazón, como debería
haber sido.
Marcos cesó el movimiento de su pulgar e interpretó las dos
palabras a su manera: sin esconderse se bajó la cremallera y desabrochó el botón
del pantalón. El blanco calzoncillo emergió con la potencia de un geiser
empujado desde abajo por un torrente de sangre en ebullición.
Yo aparté la mirada. Aquello me daba miedo, un terror
irracional alimentado con muchos años de comida de cabeza. Aquello me lo habían
presentado como al enemigo a evitar por toda niña decente como yo y, aunque mi
cuerpo me decía que sí, mi cabeza me gritaba que NO.
También me habían enseñado que la mejor defensa era un buen
ataque así que ataqué: hice lo mismo que él con mis pantalones y acompañé su
mano con la mía. Con el camino más libre puse mi índice sobre el suyo y le
mostré el egoísta camino del placer propio.
Empecé a masturbarme yo misma con su dedo y, ahora, como debe
hacerse, roces suaves, casi sin querer, en el clítoris. Arriba y abajo separando
para despejar el camino y, una vez abierto, una espiral en caída libre sobre el
botoncito.
Cerré los ojos.
Me imaginé ahí sentada en el asiento trasero de un coche, con
las piernas separadas, los pantalones abiertos y mientras mis tetas observan
fijamente el bulto de su mano moviéndose en mi coño.
Seguro que mi padre no hubiera aprobado esa imagen.
Pero yo sí, y mucho.
Empecé a sentir verdadero placer pero quería que lo hiciese
él. Necesitaba parar todos mis músculos y concentrarme en ese dedo. Visualizar
cada uno de sus trazos y ser solo para mi clítoris y todo lo que éste quería
decirme.
Pero Marcos, de nuevo, volvió a no estar de acuerdo con mis
deseos. Él también cogió mi mano y hizo lo mismo que había hecho yo antes, se la
llevó a su paquete.
Mis dedos se apartaron de aquello como si hubiesen tocado una
estufa eléctrica.
Volví a agarrar su mano y la subí hasta mi boca, le miré y la
abrí.
Antes de tragarme un dedo, aspiré el aroma que desprendía. El
olor a tabaco desapareció bajo un manto denso. Nada puede competir con el olor a
sexo.
Borracha de mi propio olor volví a chupar ese dedo, ahora
mucho más delicioso que antes y que los míos cuando hacía esto mismo en mis
sesiones particulares.
Marcos hundió su otra mano en sus calzoncillos y cerró los
ojos en un intento de comunicar mi lengua con su polla a través de sus brazos.
Yo lamía con mi lengua la punta del dedo y rotaba mi cabeza
alrededor de ese eje que casi me llegaba a la campanilla, sacaba mi lengua y
subía desde la palma hasta la punta de la falange por la cara inferior.
Su dedo pulgar se clavó en mi clítoris, haciéndome jadear,
mientras el índice se colaba dentro de mí. Mi boca formó una gran O sin soltar
más que pequeños soplidos.
Con la mano libre me agarré una teta. Lo hice
disimuladamente, casi sin querer. Me daba vergüenza que me viese haciendo eso.
Mientras, su mano sacó la polla de los calzoncillos y me
mostró en vivo y en directo como se hace una paja un tío. Yo pensaba que se las
hacían con los dedos índice y pulgar formando un círculo. Al menos así las
representábamos mis amigas y yo cuando bromeábamos sobre ello, pero no: Marcos
se agarraba el pene con toda su mano, abarcándola por completo. Sólo iba
saliendo el rojo capullo de vez en cuando al acercar sus dedos a sus testículos.
Su dedo continuaba en mi boca ya bien limpio y estéril. Volví
a condimentarlo en una rápida visita a "mi salero" y me dispuse a retomar la
lamida que tanto le parecía gustar, pero el dedo se quedó clavado, forzando por
no salir de allí.
Así, masturbando en stereo, se mantuvo Marcos durante unos
minutos hasta que soltó su polla y la metió en uno de sus bolsillos.
Entre sus manos salió algo cuadrado y brillante con una forma
redonda marcada en su interior.
No me esperaba aquello ni tampoco sabía qué quería hacer con
eso.
-"Qué haces con eso?"- le pregunté.
-"Me lo ha dado mi hermano- me dijo mientras pugnaba por
abrirlo con la mano que no hurgaba en mi coño.- "No quiero manchar el coche de
mi.... Aaahh" y su polla empezó a escupir contra el respaldo del asiento del
copiloto mientras decía: -"hermaaaaanoorggg" y el dedo que tenía en mi chocho se
retorcía creando un interrogante en mi coño.
La cantidad de esperma que salió fue inhumana, más propia de
un caballo, que no de un chaval de 16 años, o eso creí entonces. El primer
disparo juraría que atravesó la tapicería del asiento porque no vi donde fue a
parar, la segunda impactó de lleno en el asiento, y la tercera. El resto ya
goteó sobre la alfombrilla del suelo.
Marcos parecìa otro, con su cara desencajada, su verga
moribunda y, de nuevo, con dos manos. Ni me enteré cuando me había abandonado el
coño porque estaba demasiado alucinada con su corrida.
Unos golpes en la ventanilla.
Nada que ver. Los vidrios estaban empañados.
Otro golpe, ahora más insistente.
-"mierda, mierda, mierda" – no paraba de repetir Marcos,
mientras miraba su reloj con la mano con que aún sujetaba el condón.
-"Qué pasa?"- pregunté.
-"mierda, mierda, mierda"- volvía a repetir mientras se
abrochaba los pantalones y limpiaba, sin ningún tipo de éxito, los desperfectos
que su orgasmo había provocado.
Sin saber por qué, yo también me adecenté colocando bien el
sujetador, la camiseta, y cerrando los pantalones.
Él abrió la puerta sin mirar si yo estaba lista.
Afortunadamente lo estaba. Más o menos.
Por debajo del techo apareció la cara de su hermano. Nos
miró.
-"Lo siento chavales, esto se acabó. Otro día más". Estaba
claro que sabía que había interrumpido, y mucho. No nos quitaba los ojos de
encima. Se quedó un rato mirándome, viendo mi camiseta mal puesta, con la tripa
al aire y, supongo, que mi cara desencajada.
-"Martí, un poco más. Venga".- suplicaba Marcos.
-"No, chaval, ya es la hora y aún nos queda un rato para
llegar a casa. Un trato es un trato y si no estás en la cama dentro de nada,
mamá me matará".
Marcos siguió suplicando pero su hermano no dio opción. Ni
siquiera cuando vio el condón aún en su mano.
-"Chiquilla, sal del coche, o quieres que te llevemos a
casas?"- me preguntó.
Yo ni contesté. Sin mirarlos, abrí la puerta y bajé.
Con los brazos cruzando mi pecho y las manos recogidas bajo
los brazos, vi como el coche iniciaba la marcha. Cuando salió del aparcamiento
me giré y fui en busca de mis amigas. Pese a que la noche acabó un poco torcida,
enseguida sentí la necesidad de explicar lo que había pasado. Fue un verdadero
acontecimiento entre mis amigas más cercanas: Cristina y Sonia. No en vano fui
la primera de las tres en subir ese escalón en el camino del sexo. Ellas, cuando
hicieron lo mismo, también corrieron a explicárnoslo a las otras dos.
Lo que me dejó mal cuerpo fue no poder despedirme de Marcos
con un beso.
Mientras pensaba eso, y en lo que había pasado, caí en la
cuenta que aún quedaba algo de nuestra sesión en mí: mi propio aroma en mi mano
derecha. Disimulando hacia mis amigas, lo olisqueé. Al cabo de dos minutos
estaba en el baño frotándola hasta casi gastarla.
A Marcos, le pasaría lo mismo?, me pregunté. ¿Haría lo mismo
que yo, lavarse la mano para no dejar rastro de lo que había hecho esa noche?
No supe nunca si se lavó o no al llegar a casa, pero lo que
sí supe más tarde es que ante las preguntas de su insistente hermano, para
demostrar hasta dónde había llegado, le extendió el dedo índice bajo su nariz.
El mismo dedo que me había penetrado.
Y os preguntaréis cómo lo supe. No fue al cabo de una hora
cuando el hermano volvió con sus amigos y me buscó. Y cuando me encontró,
intentó ligar conmigo. No. No fue entonces. Me enteré al cabo de unos meses….
Pero eso es otro relato. El de otra primera cosa que hice.