El cubo: Grande, blanco y vacío...
Al verla parada frente a ella tan sola, desnuda, tan
frágil, con aquellos ojitos rasgados, color café, cuya mirada parecía perdida en
algún lugar entre su alma y el infinito, lo único que se le ocurrió a la
pelirroja fue acercarse lentamente, tomarla por los hombros, besarla con gran
delicadeza en los labios... e incrustar violentamente una rodilla en sus
genitales; al instante, los ojos de la pelirroja se llenaron de lágrimas y se
posaron por un momento en el techo.
La habitación era la misma que siempre había sido (o eso le
parecía a ella): completamente blanca, con las paredes acolchadas, tres
tragaluces en el techo iluminaban el estéril cuadro, inclinados con diferentes
ángulos para aprovechar lo más posible la luz del sol, con sólo una plataforma
elevada junto a una pared que hacía las veces de cama, con un colchón
razonablemente cómodo.
Ya había perdido la cuenta de los días, al principio intentó
llevarla, pero después de 30 o 40 dejó de interesarle, incluso los recuerdos de
su vida anterior eran, en el mejor de los casos, apenas borrosas manchas de
colores que nunca alcanzaban a tomar forma en su mente.
Parecía que su vida entera había transcurrido en aquella
habitación y lo primero que recordaba con claridad, grabado a fuego en su
memoria, era haber abierto los ojos y haberse encontrado completamente sola y
desnuda en medio de aquella luminosa blancura, su cabeza dolía y su garganta
estaba seca como un estropajo, pero no estaba segura de cómo había llegado ahí.
No obstante la ausencia de recuerdos, un inmenso nudo en su
estómago le decía que su vida estaba en peligro, aunque no sabía por qué; en
unos cuantos segundos, aquel sentimiento de desasosiego se convirtió en mero
terror y comenzó a gritar y gritó y maldijo y dio verdaderos alaridos durante lo
que le parecieron horas, hasta que su garganta no pudo más y, sin embargo, nada,
sólo el silencio respondió a su desesperación, ni siquiera obtuvo respuesta del
eco, ya que las altas paredes acolchadas absorbían cualquier sonido, hasta que
finalmente se quedó dormida.
Quizá pasaron varias horas o tal vez fueron sólo unos
minutos, pero cuando por fin despertó sintió una aguda punzada de hambre y
entonces lo vio: en una de las esquinas del cuarto un cubo amarillo sobresalía
de la pared y al acercarse notó que la parte superior tenía varios
compartimientos que se hundían dentro del cubo.
El más profundo y cilíndrico tenía integrada una pajilla,
como si fuera el vaso de un niño pequeño, lleno con agua; uno de los otros
compartimientos tenía espagueti, el otro algunos trozos de carne y el otro una
rebanada de pastel, pero no había ningún indicio de cubiertos. Intentó jalar el
objeto, pero estaba firmemente anclado a la pared.
Aunque tenía hambre, no tenía ganas de comer y no probó
bocado, además en cuanto fueran a recoger la comida podría hablar o pelear o
suplicar a quien la tuviera en aquel lugar. Sin embargo, aquello no ocurrió, un
tiempo después, el cubo comenzó a deslizarse dentro de la pared y sólo unas
estrechas rendijas señalaban dónde había estado alguna vez.
Lanzó un insulto casi blasfemo, pero nada más, ya sin fuerza
ni ánimo para gritar se derrumbó en un amargo llanto, otra vez hasta quedarse
dormida.
Cuando volvió a despertar encontró el cubo otra vez
extendido, ahora contenía leche, una tortilla de huevo y algunos trozos de
fruta; de nuevo sin cubiertos, ni un tenedor, ni una cuchara, nada con lo que
pudiera hacerle daño a alguien, ni siquiera a sí misma.
-¡Chingas a tu puta madre! ¡No quiero tu asquerosa comida!
¡QUIERO QUE ME DEJES IR!-
Apenas terminó de hablar, el cubo se deslizó suavemente
dentro de la pared, ella volvió a gritar, a maldecir y a llorar, pero nada ni
nadie respondía. Ya avanzada la tarde y otra vez por la noche la escena se
repitió, y de nuevo tres veces al día siguiente, sin embargo, la tercera mañana
ya no pudo más, el hambre y la sed por fin la doblegaron y devoró la comida
hasta casi atragantarse, en medio de gruesas lágrimas de dolor e impotencia.
Después de su primer alimento, una amarga resignación la
inundó en mente y alma y fue aún peor cuando se dio cuenta de que su mundo
entero comenzaba a girar en torno a la hora de las comidas, de modo que decidió
mantener su mente ocupada: repasó la letra de todas las canciones que conocía,
incluso las que aprendió en preescolar; repitió también las tablas de
multiplicar desde el uno hasta el 20, recitó hasta la saciedad todos los poemas
que se había aprendido, recordó los nombres completos de toda su familia y sus
fechas de cumpleaños, hasta las de los parientes más lejanos que llegó a
conocer, incluso, desde algún rincón perdido de su mente, logró recordar los
primeros 80 elementos de la tabla periódica.
Al séptimo día, por fin ocurrió algo diferente. El sol
entraba directamente por la claraboya del centro y ella se encontraba acurrucada
sobre la cama, tarareando con voz tenue una canción de cuna que le cantaba su
mamá cuando era niña (o al menos eso quería recordar), de repente un tenue
zumbido se escuchó en medio del profundo silencio y un panel, muy bien oculto en
la pared opuesta a la cama, comenzó a deslizarse hacia arriba.
Una oleada de emociones encontradas giraron confusas dentro
de su mente: miedo, odio, furia, tristeza, esperanza pero, sobre todo, alegría.
No obstante, la agradable sensación que le producía saber que estaba a punto de
volver a ver a un ser humano, dio paso, sin previo aviso, a una furia total y
devastadora al ver quién entraba por la puerta.
Lo había conocido la noche anterior a su llegada a la
habitación... en una fiesta, bailaron, se divirtieron, se besaron y le pareció
la persona más agradable que había conocido, incluso llegó a pensar que por fin
había encontrado a su "príncipe azul". Pero ahora, al verlo ahí parado frente a
ella, con aquel rostro inexpresivo y su mirada vacía se sintió profundamente
traicionada y la ira dio paso a la acción...
-¡HIJO DE PERRA! ¡Déjame ir, desgraciado hijo de puta!-
Un grito gutural salió de su garganta y se abalanzó sobre él,
sus manos, convertidas en garras gracias a la furia, buscaron directo los ojos
de su captor, sin embargo, nunca lo alcanzaron, él la sujetó por las muñecas y
con un solo movimiento la hizo dar media vuelta, le torció el brazo derecho por
la espalda y la aferró por la garganta. Por un segundo, temió lo peor y su mente
se llenó con dos imágenes fugaces: ella siendo brutalmente violada por aquel
sujeto y ella tirada en algún lote baldío estrangulada, acuchillada y baleada.
Sin embargo, nada de aquello ocurrió, él se limitó a darle un
fuerte empujón que la arrojo de bruces casi en el centro de la habitación, dio
un paso atrás y de inmediato la puerta se cerró con un zumbido, ella trató de
alcanzarlo, pero fue inútil, el panel se selló, sin dejar siquiera una rendija
donde clavar las uñas.
Pasaron siete días más en soledad y la imagen de El entrando
por la puerta se repetía una y otra vez en su mente, la repasó una y otra vez
tratando de imaginar una forma de salir, ya sea hablándole, suplicándole o
volviéndolo a atacar, no sabía qué hacer y eso comenzó a causar estragos en su
mente, al grado que una noche tuvo una larga y reconfortante conversación con
Sor Juana Inés de la Cruz, quien le recomendó que en cuanto se apareciera se
abalanzara sobre El y lo mordiera en el cuello hasta extraerle cada gota de
sangre de su cuerpo.
Su oportunidad llegó al día siguiente, exactamente a la misma
hora, y en cuanto el zumbido del mecanismo de la puerta inundó la habitación sus
tripas se hicieron nudo y quedó paralizada por un momento, sin embargo, en
cuanto lo vio entrar se lanzó contra El con la furia del infierno ardiendo en
sus entrañas y en cuanto lo alcanzó... se derrumbó a sus pies llorando y
suplicando.
-Porfavorporfavorporfavor... déjame ir, te lo imploro, te lo
suplico, te lo ruego... déjame ir... pídeme lo que quieras... mis papás tienen
dinero... mucho dinero... déjame hablar con ellos y te consigo lo que quieras...
de verdad... de verdad...-
Gruesas lágrimas resbalaban por su mejillas y caían en los
zapatos deportivos de El, amargos sollozos salían de su garganta y su nariz
moqueaba mientras lo abrazaba por las rodillas, de repente, El se agachó, la
tomó delicadamente por la cara, se la levantó un poco, la vio a los ojos y la
besó...
Por mero reflejo, ella se retiró e intentó plantarle una
bofetada; con reflejos felinos El alcanzó a librarse del golpe, bajó las manos a
la garganta de la chica, la apretó y se puso de pie levantándola por el cuello
hasta que sus caras quedaron a la misma altura, ella estiró sus pies y piernas
al límite, hasta quedar de puntillas, luchando con desesperación por cada
bocanada de aire y justo cuando creyó que iba a desmayarse El la soltó y volvió
a salir de la habitación sin decir palabra, mientras ella se desplomaba en el
suelo, tosiendo violentamente y sin apenas poder moverse.
Un minuto después que El salió, ocurrió algo que no había
pasado en todos esos días: las claraboyas que dejaban entrar la luz del sol
comenzaron a cerrarse lentamente hasta dejarla completamente a oscuras...
Ante el brutal impacto, la pequeña asiática se derrumbo en el
piso a la vez que se llevaba las manos a la parte dolorida, encogida en posición
fetal; al escuchar el destemplado alarido de la pequeña al recibir el golpe,
Ella retiró los ojos de los tragaluces, se hincó a su lado, la levantó un poco y
la estrechó contra su regazo, acunándola y arrullándola como a una pequeñita.
Continuará...